Aguas tranquilas, de Naomi Kawase

AGUAS-TRANQUILASDESPERTANDO A LA VIDA

En Las vacaciones del cineasta (1974), el cineasta Johan van der keuken hacía referencia a la reflexión del crítico André Bazin, que aseveró en cierta ocasión que el cine es el único medio capaz de mostrar el paso de la vida a la muerte. Esta ha sido una de las constantes del cine de Naomi Kawase (Nara, Japón. 1969), desde sus primeras películas, su objetivo ha sido filmar esa línea invisible y trascendental que separa los dos mundos. Ese lugar inherente a la vida y la muerte, ese espacio efímero, espiritual, ese tránsito entre lo que vivió y lo que acaba de morir, una grieta para abordar la ausencia y la pérdida de los seres que ya no están, sin olvidar otro de sus elementos indispensables y fundamentales en su cine, la naturaleza, esa fuente inagotable que rodea a sus personajes, esa fuerza invisible que envuelve todo y a todos, que se manifiesta de las formas más extraordinarias, inundando todo con su exquisita belleza, o por el contrario, emergiendo con toda su rugido y fuerza para arrasar con todo.

Dos estados y dos miradas, cauces por los que Kawase construye sus poemas visuales, su mirada inquieta y observadora, desde sus trabajos más íntimos y profundos, en los que coge su cámara y se filma a sí misma, y a los suyos, en Nacimiento y maternidad (2006), Genpin (2010) o Chiri (2012), o sus otras obras, las que confieren inquietudes más ambiciosas, como Shara (2003) o El bosque del luto (2007), dos trabajos de una calidad ejemplar que elevaron la obra de Kawase hasta los altares del cine contemporáneo, comparando su cine con otros nombres de la cinematografía japonesa como Nobuhiro Suwa o Kirokazu Kore-eda.

Su última película,  Aguas tranquilas (coproducida por Lluís Miñarro, última aventura, antes del cierre, de este afamado e imprescindible mecenas del cine más arriesgado, personal y a contracorriente del panorama contemporáneo internacional, que ha levantado películas de Guerín, Serra, Weerasethakul, Oliveira, etc…), entraría en esa segunda vía, en esta ocasión la directora nipona ha viajado hasta la isla de Amami-Oshima (lugar de origen de sus ancestros) para contarnos un cuento sobre dos adolescentes, Kyoko y Kaito, y su relato de iniciación a la vida (recuerdan al chaval de Verano del 42), un viaje donde conocerán el amor, el sexo, la vida y la muerte. El germen de la historia nació hace 8 años, cuando Kawase descubrió sus raíces familiares, (la realizadora fue abandonada por sus padres cuando era un bebé), a partir de ese hallazgo, acompañado del reciente fallecimiento de su madre de adopción, Kawase apoyándose en elementos de la cultura Yaorozu (en la que no existe un solo dios, sino muchos dioses sintoístas, en la que se acepta todo tipo de creencias, reduciéndolo todo a un estado de vacío llamado “MU” –nada-), vuelve a indagar en su memoria personal y familiar para reflexionar y profundizar sobre los ciclos vitales, la condición humana, y el proceso de duelo, de cómo afrontamos las alegrías y las tristezas que conforman nuestras vidas. La cineasta se adentra en las familias de los dos jóvenes, en las existencias cotidianas de los personajes de manera delicada y suave, desde una mirada contenida y en silencio, casi rozando sus cuerpos, escuchando sus alientos, explorando los pliegues de sus cuerpos, mirando lo que ellos miran, y sintiéndolos en cada instante.

Un cine parido desde lo más profundo, de luz cadente y mirada sobrecogedora, un cine que emociona y que nos muestra el lado humano, como nos enfrentamos a la muerte de alguien, y a la ausencia de ese ser, el terrible sentimiento que nos invade, y como nos relacionamos con nosotros mismos y los que nos rodean. Un cine reflexivo, que quiere atrapar lo invisible, el espíritu de las cosas, la naturaleza que se manifiesta con belleza y maldad, atrapar una brisa del viento, el rumor de las olas, un paseo en bicicleta, el primer encuentro sexual, un baño en libertad en las profundidades del mar, -el agua como elemento purificador y perturbador- a un anciano que se prepara para marcharse, el mar que nos descubre un cadáver, y un tifón que asolará la isla, dejando todo al descubierto, tanto lo emocional, lo físico y lo espiritual, desatando la contención de sus personajes. Cine poético, a flor de piel que nos envuelve entre lo vivido, lo soñado, lo intangible y sobre todo, la extraordinaria capacidad de los seres humanos de seguir viviendo a pesar de todo y todos.

El país de las maravillas, de Alice Rohrwacher

El_pa_s_de_las_maravillas-122541360-largeY EL TIEMPO SE VA…

Érase una vez al norte de Italia, en la región de Umbría, en una granja en medio del campo, que vivía una niña de 13 años que respondía al nombre de Gelsomina (explícito homenaje a Fellini con el personaje de La Strada). Esta niña y su familia (un padre inmaduro y socarrón, una madre abnegada y sufridora (personaje que interpreta la hermana de la directora), su hermana menor Marinella, que no para de imitarla, y las dos pequeñas que no cesan de revolotear) trabajaban en el campo cultivando verduras y hortalizas, criando ovejas y gallinas, y sobre todo, en el oficio artesanal de apicultores haciendo una rica miel. Los problemas por falta de dinero se acumulaban, las cosas han cambiado y en la actualidad, la granja ya no da los beneficios esperados. La llegada de un niño problemático y la aparición de un concurso de TV cambiarán la cotidianidad del entorno, y quizás provoquen la llegada del tan ansiado sustento. La segunda película de Alice Rohrwacher (1981, Fiesole, Toscana) viaja de una manera crítica e íntima hacía el mundo rural que lucha por no desaparecer, en un verano que quizás sea el último que vivan en ese lugar. Un lugar que está filmado de diferentes maneras, a modo de contrastes, como si el estado de ánimo, tanto del espacio como de sus habitantes, impregnará el ambiente que se respira. Una tierra fea y bonita a la vez, tierna y dura, con momentos de felicidad y compañía, de vitalidad y alegría, pero en cambio en otros, de tensiones, lágrimas y amargura, de convivencia y de soledad. La cineasta de madre italiana y nacida en Castel, lugar donde pasó su juventud junto a su familia. Un padre apicultor que le han inspirado en esta fábula donde no hay buenos ni malos, sino un cambio en la estructura social, que provoca la desertificación de la vida rural y campesina, en pos de un modelo económico situado en las grandes urbes. Paraísos que acaban convirtiéndose en espejismos o vestigios de un pasado que ya no volverá y se perderá en el tiempo. Rohrwarcher sigue la línea ya empezada en su debut Corpo Celeste (2011), donde una niña Marta de 10 años, a punto de confirmarse, se adaptaba junto a su familia en Calabria, en el sur de Italia, donde chocaba con la fuerte tradición católica del lugar. En esta ocasión, vuelve a centrarse en otra niña, dos personas en momentos cruciales de sus vidas, el tránsito de la infancia a la edad adulta, de dejar de ser niñas para convertirse en mujeres, sendos relatos de iniciación que tratan dos temas candentes: la desaparición del entorno rural y la moral católica. La película, en su gran parte, recuerda a otros grandes que miraron de forma lírica y amarga los problemas de los más desprotegidos que se enfrentan a la naturaleza, los terratenientes y el progreso para poder subsistir, maestros como Dino Risi, Pietro Germi o Ermanno Olmi y su magnífica El árbol de los zuecos, con la que comparte temática y mirada, y ciertos planteamientos, amén de galardones en el Festival de Cannes. Un cine poético a través de la observación de la naturaleza y su espectacular belleza, pero sin caer en la nostalgia o el excesivo embellecimiento de las imágenes. En su último tercio, la mirada de Rohrwarcher se desata y explotan las emociones contenidas de los personajes, parte que nos remite nuevamente al universo Felliniano, ya que el esperpéntico concurso televisivo entre ñoño, populista y hortera (presentado por una guapísima y valkiria Monica Bellucci) parece una secuencia extraída de alguna de sus célebres películas como La dolce vita o Ginger y Fred, esos personajes circenses y quijotescos hacen las delicias de un personal aburrido ávido de nuevas emociones. Una obra naturalista, sencilla y honesta, sin pretensiones, que observa un mundo que desaparece lentamente, el cual sólo seguirá vivo en la memoria de los personajes.