En los márgenes, de Juan Diego Botto

LA DIGNIDAD DE LOS NADIES.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

Fragmento de “Los nadies”, de Eduardo Galeano.

En el imprescindible documental La dignidad de los nadies (2005), del gran Pino Solanas, se situaba en el centro del relato a las historias y los testimonios de la resistencia social Argentina frente al feroz y caníbal neoliberalismo. En la película En los márgenes, la opera prima de Juan Diego Botto (Buenos Aires, Argentina, 1975), la voz se la cede también a los de abajo, a todas aquellas personas que sufren las terribles consecuencias de eso que algunos llaman mercado liberal.

La primera vez que me fijé en Botto en el cine fue como actor, en la película Ovejas negras (1989), de José María Carreño, en la que daba vida a Adolfo, un chaval solitario del Madrid de los cincuenta con miedo a la religión, al pecado y casi todo. Luego siguieron películas industriales, y otras más comprometidas con cineastas de la talla de Montxo Armendaríz, Adolfo Aristarain, John Malkovich, Joaquín Oristrell, entre otros. Amén de su compromiso y activismo social y político, que nunca ha ocultado ni renegado. Por todo eso, no nos extraña en absoluto que para su debut en la gran pantalla, opte por una película social y activista, dos pilares fundamentales en su vida personal y profesional, y lo hace desde la verdad, sin edulcoramientos ni condescendencia, y mirando hacia los desahucios, que junto al desempleo, son los problemas más importantes del país. Habíamos visto un par de películas de ficción interesantes sobre el mismo tema en Techo y comida (2015), de Juan Miguel del Castillo, y Cerca de tu casa (2016), de Eduard Cortés.

La historia que cuenta la película, en un magnífico guion que firman el propio directo y Olga Rodríguez, periodista especializada en los conflictos de Oriente Medio, del que le ha dedicado buena parte de su trabajo y algunos libros, que debuta con esta película, tiene el desahucio como epicentro de la trama, pero pivota por diferentes historias del entorno, en un guion que se centra en veinticuatro horas vertiginosas, feroces y llenas de tensión, en una trama apropiada del cine negro, donde conoceremos una realidad amarga, que duele mucho y llena de tristeza y desilusión. Tenemos a Azucena, amenazada de desahucio, intentando pararlo como sea, en el banco que no la escuchan y en la asociación que la ayudan. Teodora, una madre que abaló a su hijo, Germán, y ahora están a punto de desahuciarla, y Rafa, un abogado activista, que ayuda a todos los que puede, en ese día, intenta localizar a una madre marroquí para informarla que su hija se la ha llevado la policía por desamparo. Un compromiso que le está afectando en su relación de pareja y en la relación con su hijastro. Será con Rafa, al que la cámara sigue como una parte más de su cuerpo, con el que conoceremos las diferentes realidades.

Un espectacular trabajo del cinematógrafo Arnau Valls, que ha trabajo con Javier Ruiz Caldera, Kike Maíllo y en Tarde para la ira, de Raúl Arévalo, otro gran actor-director. Una música que ayuda a explicar sin manipular al espectador, en una estupenda composición de Eduardo Cruz, al que hemos escuchado en Volver a nacer, de Sergio Castellito y en Competencia oficial, de Mariano Cohn y Gastón Duprat. El cuidadoso y concienzudo trabajo de montaje de Mapa Pastor, que tiene en su filmografía los nombres de Daniel Monzón y Cesc Gay, entre otros, en una película que mezcla con inteligencia lo físico de la propuesta con lo emocional, sin regodearse en absoluto en el tremendismo y en la porno-miseria que diría nuestro querido Luis Ospina. Botto ha tenido mucho cuidado en acompañarse de un reparto que fusiona caras muy conocidas como Penélope Cruz, con la que estudió en la escuela de Cristina Rota, madre de Juan Diego, y compartieron amores y desengaños en La celestina (1996), de Gerardo Vera, en este maravilloso reencuentro cinematográfico en que la actriz de Alcobendas recupera esos personas rotos por la vida y las circunstancias que ha hecho con el citado Castellito, Almodóvar, Coixet y Medem, donde no hay maquillaje y si mucha verdad, mucha calle y mucha tristeza. Su Azucena es una mujer de barrio, de entereza, de lucha y sobre todo, de dignidad.

Otro de los rostros de la película es Luis Tosar, su Rafa es pura pasión por ayudar al necesitado, al débil, al que no puede, pero también, se desayuda a sí mismo, y a los de su alrededor, la dura tarea de ayudar sin desayudarse, todo un reto mayúsculo para su personaje, en otro rol inolvidable para el lucense que nos tiene muy acostumbrados a tipos llenos de furia pero su con corazoncito. Aunque la película también opta por caras menos conocidas pero igualmente poderosas, como Aixa Villagrán, que siempre nos encanta, ya sea haciéndonos reír como encogernos el alma como hace con su Helena, la sufrida pareja de Rafa, Adelfa Calvo es otro de esos rostros auténticos, su Teodora es la que más duele, por su valentía y su arrojo, a Christian Checa, que le hemos visto en algunas series, hace de Raúl, ese hijastro que vivirá muchas cosas en ese día junto a Rafa, Font García al que hemos visto mucho en televisión, es Germán, el hijo de Adelfa, un tipo que se oculta por miedo y vergüenza, Nur Levi es una activista que tendrá su importancia en la conciencia del mencionado Raúl, y finalmente, Juan Diego Botto, que se reserva un papel, con una secuencia memorable, que es mejor no detallar por su importancia en la película, breve pero muy intensa.

En los márgenes nunca se le pude reprochar por ser una película que mire a la realidad más inmediata, y por hacerlo como lo hace, porque no embellece nada ni nadie, y centra en personajes e historias no de una sola pieza, sino sumamente complejas, y muestra algo de esperanza, la que hay que luchar y trabajar diariamente, la que cuesta, porque en esta sociedad todo cuesta mucho, desgraciadamente, porque es una película digna, llena de humanismo, que nace de las entrañas, al mejor estilo del cine de Loach como Ladybird, Ladybird y Mi nombre es Joe, entre otras, donde se habla de trabajo, de su falta, de los problemas cotidianos de gentes sin nombre, gentes-nadie, gentes anónimas, invisibles, sombras de un sistema atroz, salvaje, aniquilador y lleno de terror e implacable con el más débil y necesitado. El bonaerense adoptado por Madrid, no solo ha hecho una película, sino también un documento sobre el “problema” de este país, ese problema que los medios solo hablan cuando hay muertos y mencionan sus números, cifras sin rostros, sin vidas y sin nada, Botto les da su importancia, sus vidas, sus rostros, sus cuerpos, su dolor, su amargura, sus ilusiones enterradas, esas vidas sin vida, esos recuerdos echados en los contenedores de algún vertedero olvidado.

En los márgenes es una película social, de las pocas que se hacen en España, y tanta falta hacen, para entender que ocurre y porque ocurre, y sobre todo, para que cuando pasen los años y miremos atrás, tengamos documentos y archivo de todo lo que nos pasa porque nos pasa, de donde viene toda esa miseria, todo esa pobreza, toda esa sociedad individualizada y competitiva, una sociedad que se ha olvidado de la vida y solo piensa en por y para el dinero, y olvida a las personas y sus necesidades. La película de Botto las coloca en el centro, para que todos las veamos frente a frente, a sus rostros, porque quizás un día, nosotros también seamos ellos, y como mencionaba Martin Niemöller, quizás cuando venga a por nosotros, ya sea demasiado tarde. Miren a su alrededor, porque quizás su vecino o ese amigo que habla poco, tiene el “problema”, y por miedo, por tristeza o por vergüenza se calla y no dice nada. Hemos de estar atentos porque esta sociedad es una aniquiladora de vidas y no tiene piedad con nadie. Hay que organizarse, compartir los problemas y el dolor, porque juntos somos más. Sean valientes, nunca dejen de luchar, codo con codo, y nunca pierdan la dignidad, como nos explicaba el personaje de Darín en Luna de Avellaneda, porque si la pierden, lo perdieron todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Modelo 77, de Alberto Rodríguez

¡AMNISTIA! ¡LIBERTAD!

“En este país no ha cambiado nada, siguen mandando los hijos de los dueños”

Si hay un cineasta capital en el cine español de la transición, que se centraba en el cine más incómodo y más arriesgado, ese no es otro que Eloy de la Iglesia (1944-2006), que con películas como Navajeros (1980), Colegas (1982), El pico (1983) y su secuela de 1984, se acercó de forma transparente, con rigor y de verdad al fenómeno quinqui que asolaba el país, mostrando la cara más cruda de la sociedad española, en películas protagonizadas por delincuentes, en un tiempo de cambios políticos, sociales y culturales del país, De la Iglesia miró hacia los arrabales, hacia los más desfavorecidos y sobre todo, mostrando la rutina de los heroinómanos, y la cárcel y sus injusticias, con toda crudeza y realidad. El séptimo largometraje en solitario de Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971), el sexto que escribe junto a Rafael Cobos, también se detiene en la rutina de la cárcel, llevándonos al período donde el cine De la Iglesia mostraba las miserias del país, y más concretamente al período que abarca de febrero de 1976 hasta octubre de 1978, casi tres años de vida carcelaria de un joven llamado Manuel, acusado de desfalco que entra en la Modelo, la mítica cárcel de Barcelona.

Casi toda la película la veremos a través de la mirada de Manuel, un lugar nuevo para él, un lugar anclado en el pasado a pesar de la transformación que estaba viviendo el país. El director sevillano opta por un estilo marcadamente minimalista, muy austero, y de verdad, sin artificios ni nada que se le parezca, heredando la forma de míticas películas como Un condenado ha muerto se ha escapado (1956), de Robert Bresson, La evasión (1960), de Jacques Becker y El hombre de Alcatraz (1962), de John Frankenheimer, entre otras, donde cada mirada cuenta, cada detalles resulta esencial, y sobre todo, en un espacio muy acotado, donde la celda se convierte en el único universo. No es la primera vez que Rodríguez y Cobos nos hablan del período del tardofranquismo, ya lo hicieron en la estupenda La isla mínima (2014), donde nuevamente construían su narración a través de dos figuras, el veterano y el joven, un método recurrente en la filmografía de los andaluces, y otra vez, uno de los personajes, el más experimentado no es otro que Javier Gutiérrez, basado en una figura real.

La estructura obedece a modo de diario, en que los casi tres años que aborda la trama, nos van testimoniando la lucha de los presos por mejorar su situación personal, atrapados en condenas injustas, con la famosa ley de “vagos y maleantes”, donde entraban desde homosexuales, robos leves, borrachos, gandules y demás ciudadanos que el estado represor y fascista consideraba que debían estar mejor en la cárcel. Vemos la salida de los presos políticos, pero los comunes quedaban ahí dentro, con su reivindicación a partir de motines, cortes de venas y demás trifulcas para protestar por su situación y su mejoría, a través de Copel, una asociación que velaba por sus derechos. Modelo 77 no solo se queda en un diario de las protestas de los presos comunes, sino que va más allá, creando todo un entramado sencillo e íntimo de las normas represivas de la cárcel, que las muestra con crudeza y sin edulcorantes, y también, de las relaciones íntimas y demás que se van produciendo en la prisión, desde la homosexualidad latente, los primeros heroinómanos, los chivatos, las asambleas clandestinas y los continuos tejemanejes de unos y otros por el control de la cárcel o sus “zonas”.

Si la narración resulta verosímil y atractiva, la forma no se queda atrás, porque Rodríguez, muy sabiamente, se hace acompañar por algunos técnicos desde sus principios, como el cinematógrafo Álex Catalán, que está con él desde Bancos, el cortometraje hace veintidós años que rodó junto a Santi Amodeo, que consigue una luz apagada, muy de rostros y miradas, que contribuye a toda esa trama a partir de pequeños gestos y momentos cotidianos de los presos, la gran aportación en el montaje de José M. G. Moyano, que ha trabajado en todas las películas del cineasta sevillano, construyendo una interesantísima narración de personajes y magnética atmósfera para condensar con peripecia los ciento veinticinco minutos del metraje, que pasan con inquietud, intensidad y pausa. El excelente trabajo de Julio de la Rosa con esa música, que opta por alejar los temas populares del momento, para adentrarse en esa línea más intima y personal. Destacar el gran trabajo de Eva Leira y Yolanda Serrano en el apartado de casting, porque la película emana naturalidad y verdad en cada personaje por breve que resulte, y no podemos olvidar otro cómplice esencial en la filmografía del andaluz que no es otro que el productor José Antonio Félez, que ya estaba en El factor Pilgrim (2000), que codirigió junto a Santi Amodeo.

La película se basa en hechos reales pero se ha tomado las licencias habituales para crear su relato de los hechos acontecidos, con un reparto muy interesante, lleno de verdad, que es muy natural y sobre todo, es complejo y muy cercano, empezando por un maravilloso Miguel Hernán en la piel de Manuel, el recién llegado que no se amilanará por las durísimas condiciones de maltrato y vejación de los funcionarios y el sistema medievo carcelario, y protestará, luchará y se enfrentará a las continuas injusticias, además peleará junto a sus compañeros hasta el fin. Junto a él, un formidable Javier Gutiérrez como Pino, qué decir de un intérprete que sin hablar ya lo dice todo, con su “celda” convertida en una especie de oasis para soportar tantos años de condena, con esos libros de ciencia-ficción, sus latitas de conservas y esa pausa que parece tener constantemente. Y luego, están los otros, en un reparto muy coral, con un gran Jesús Carroza como el Negro, que ha estado en unas cuantas de Rodríguez, siempre natural y magnífico, con ese momento impagable de la presentación de Pino, y  Xavi Sáez, un actor cabecilla de Copel, homosexual y heroinómano, que luchará codo con codo con sus camaradas de cárcel.

Tenemos breves apariciones pero llenas de encanto y furia, como la de un Fernando Tejero sublime, muy alejado de la comicidad que le caracteriza, en un personaje de mal agüero como El Marbella, un tipo de armas tomar que controla la parte más conflictiva del penal, y la joven Catalina Sopelana dando vida a Lucía, la chica que visita a Manuel, en una historia que ayuda a relajar el ambiente opresivo y difícil de la cárcel, además de la retahíla de otros intérpretes que ayudan a formar toda esa jungla de desgraciados, analfabetos, pobres y miserables que poblaban las cárceles españolas franquistas. Rodríguez vuelve a ponerse el mono de cronista del país, y sobre todo, del tardofranquismo, donde se abría un mundo de esperanza e ilusiones para muchos, pero también, una etapa que arrastraba la violencia estatal de un estado demasiado anclado en el pasado y todavía resistente a la dictadura. Con Modelo 77 se afianza en un director con aplomo, que se mueve en un narración y argumento contenido, que escapa de lo gratuito y las modas, para crear un relato de buena armadura y sólido, donde demuestra su buen hacer por las atmósferas sencillas e hipnóticas, y un grandísimo trabajo de elección de intérpretes lleno de grandes trabajos, composiciones hacia adentro, de las que se recuerdan y de verdad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Girasoles silvestres, de Jaime Rosales

EL ROSTRO DE JULIA.

“No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres y mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar “ese corazón” que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia”.

Robert Bresson

Vistas las siete películas que forman la filmografía de Jaime Rosales (Barcelona, 1970), podríamos decir que existen dos etapas bien diferenciadas. En la primera, la que va de Las horas del día (2003), La soledad (2007), Tiro en la cabeza (2008) y finaliza con Sueño y silencio (2012). Cuatro trabajos donde prima el rigor estético, tanto formal como narrativo, donde su cine explora la condición humana atravesada por la irrupción violenta de un hecho que trastoca las vidas de sus personajes. Un cine que le dio una enorme reputación internacional en los festivales más prestigiosos. Con Hermosa juventud (2014), abre una nueva senda en su cine, donde las formas se suavizan, sin perder un ápice de interés, pero abriéndose más al público. Le siguen Petra (2018), y la que nos ocupa Girasoles silvestres. Un cine anclado en la mirada de tres mujeres, tres mujeres que buscan su lugar en el mundo, que sienten diferente y que no se detendrán ante nada ni nadie. Una mirada que sigue profundizando en esos brotes violentes que sacuden la aparente tranquilidad de sus individuos. Una mirada crítica de las alegrías y tristezas cotidianas en el nexo familiar, y sobre todo, un análisis certero sobre uno de los males ancestrales del ser humano y no es otro que la terrible incomunicación que padecemos, nuestra incapacidad para expresar aquello que sentimos y compartirlo con los demás.

Con su nueva película, coescrita junto a Bárbara Diez (que debuta en labores de guionista después de una carrera como jefa de producción desde Tiro en la cabeza y ejecutiva desde Hermosa juventud), Rosales hace un fiel y certero retrato de Julia, una joven de veintidós años y madre sola de dos niños pequeños. Una de esas mujeres que vive en la periferia barcelonesa, con una capacidad enorme pa’ tirar palante, y también, una luchadora incansable en su búsqueda del amor. El retrato de Julia lo hace a través de tres hombres que pasan por su vida. Óscar, es el típico nini de barrio, sin oficio ni beneficio, obsesionado con los tatoos, con su físico que se machaca haciendo deporte, y muy apasionado, posesivo y ido de la olla. También, están Marcos, el joven militar, padre de sus dos hijos, ese amor juvenil alocado y del momento, que no es capaz de asumir sus responsabilidades paternas ni tampoco emocionales, y finalmente, Alex, el tipo más centrado, más trabajador, y más racional, pero con sus defectos e inseguridades, como todos.

El director barcelonés recupera los ambientes periféricos, precarios y difíciles que ya transitó en Hermosa juventud. La Natalia que interpretaba maravillosamente Ingrid García Jonsson, no está muy lejos de Julia, pasando por el mismo momento emocional de pasión y vitalidad, a pesar de los problemas de ganarse la vida, encontrar a un hombre de verdad y tirar palante con una familia. Julia es una hermana gemela de Natalia, un ser que, a pesar de su temprana maternidad, no se rinde, sigue tirando hacia adelante, con ánimo, a pesar de los obstáculos que se va encontrando, su dependencia al amor, una especie de yonqui del amor, o mejor dicho, de la pareja, con esas emociones “montaña rusa”, que van y vienen, donde todo nace y muere cada día, en un torbellino de emociones incontroladas para bien y para mal, porque la película nunca hace un retrato maniqueo y sentimentalista de Julia y su entorno, sino todo lo contrario, imprimiendo una realidad construida que emana una naturalidad y cercanía de verdad, en la que ayuda el 35 mm de una experta como Hélène Louvart, que vuelve a trabajar con Rosales, después de las experiencia de Petra, donde se traspasa la piel y el cuerpo de los personajes para buscar esa emoción, sobre todo, la del personaje de Julia, epicentro de la trama y todo lo que vemos y lo que no.

El exquisito e inteligente montaje de Lucía Casal, en su tercer trabajo con el director después de Hermosa juventud y Petra, que condensa con sabiduría y estupendo ritmo los ciento seis minutos que abarca el metraje, donde no cesan de suceder cosas, con esos grandes espacios elípticos, marcas de la casa del universo Rosales. El gran trabajo de sonido de una grande como Eva Valiño, en la cuarta película junto al director catalán, en que el sonido se convierte en un personaje más, porque lo escuchamos todo, como ocurría en el cine de los cincuenta, sesenta y setenta europeo donde la verdad también se construía con lo que escuchábamos y con lo que no. Destaca, como ocurre en el cine de Rosales, la elección de los temas musicales, temas que escuchan los personajes al igual que nosotros, exceptuando tres canciones de Triana, que obviaremos sus títulos por el bien de la experiencia del espectador, que estructuran con inteligencia los tres segmentos en los que se sustenta el relato.

Otro de los elementos destacables en el universo cinematográfico de Rosales es su elección del reparto. Un elenco que está siempre muy bien elegido, como esos breves papeles de Manolo Solo y Carolina Yuste, como padre y hermana de Julia, que no hace falta decir palabra para saber la relación que tienen con la protagonista, con esos intervalos tan significativos que tienen entre ellos, como olvidar esa despedida en la estación, se puede decir más con tan poco, con esos maravillosos cruces de miradas y nada más, que no es poco, y ese entorno de caravanas donde se dice tanto sin subrayar nada. Tenemos a los tres tipos que se cruzarán en la vida de Julia, con un Lluís Marqués que hace de Alex, que recordamos de Isla bonita y Chavalas, aquí dando ese contrapunto de serenidad y madurez, con sus cositas que todos las tenemos,  a Quim Àvila, que nos divirtió siendo el tontaina de Poliamor para principiantes, aquí siendo Marcos, un tipo que parece centrado como militar, pero en el fondo está lleno de inmadureces que le siguen desde su adolescencia, y finalmente, Oriol Pla, que repite con Rosales como Óscar, después de su inolvidable Pau en Petra, en un rol completamente diferente a lo que le habíamos visto, un especie de macarrilla de barrio, lleno de pájaros y tremendamente pasional y descerebrado.

Mención aparte tiene el extraordinario trabajo del personaje de Julia, alma mater de Girasoles silvestres, con la mirada y la vitalidad de una apabullante Anna Castillo, una actriz dotada de una naturalidad, ingenuidad y pasión que le imprime a un personaje que vive con todas las de la ley, que ha tenido que madurar demasiado rápido debido a su pronta maternidad, pero que la asume con brío y fuerza, sin achicarse lo más mínimo. Una mujer de raza, algo alocada, pero también, llena de coraje y energía ante los avatares de la vida, alegre y triste, ingenua y madura en el amor, y sobre todo, una tía de verdad, que quiere estar bien y estar junto a un hombre con el que crear una relación con sus altibajos pero de verdad, compartiendo amor y problemas como debe ser. Nos encanta este viraje hacia formas menos rígidas que hace con cada película Jaime Rosales, porque no ha perdido aquello que le caracterizaba y le ha hecho grande que, no es otra cosa, que su mirada de observador inquieto y curioso hacia esas vidas anónimas e invisibles que se cruzan cada día con nosotros, unas existencias que su cámara recoge con sensibilidad y humanidad, explorando todos sus conflictos, complejidades y alientos, en el mismo rumbo que estarían el Free Cinema y los Dardenne, donde su Rosetta (1999), no estaría muy lejos de Julia. Un magnífico cine social y humano, que describa realidades incómodas y emociones íntimas, que tanta falta hace en la cinematografía, que no solo describa el ánimo y la situación de muchos y muchas personas, sino que deje un legado de cómo se vivía, se trabajaba cuando lo hay, y sobre todo, como nos relacionamos con los demás y con nuestro entorno, y sobre todo, con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los renglones torcidos de Dios, de Oriol Paulo

EL MISTERIO DE ALICE GOULD.

“¡Ah! Qué terrible es el signo de los pobres locos, esos “renglones torcidos”, esos yerros, esas faltas de ortografía del Creador, como los llamaba “el Autor de la Teoría de los Nueve Mundos”. Ignorante de que él era uno de los más torcidos de todos los renglones de la caligrafía divina!”.

Frase de la novela “Los renglones torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena

Desde que se publicó la novela “Los renglones torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena en 1979, se ha generado a partir de ella una aura de misterio, convirtiendo el libro en un objeto fascinante por el que no pasan los años. Lectores de diferentes edades lo descubren cada día y quedan hipnotizados por la historia de Alice Gould, esa mujer enigmática, elegante y esquiva, que oculta un misterio que nunca se nos revelará, por su historia es la de una investigadora inteligente o una sagaz impostora, nunca lo sabremos, la novela nunca lo revela, aún más, el desconcierto continúa para todos aquellos que hemos leído sus páginas. Resulta extraño que hasta la fecha, una novela tan fascinante que ha cautivado a miles de lectores, solo haya tenido una adaptación en 1983 rodada en México por el director Tulio Demicheli, en cambio, otras de sus novelas habían sido llevadas al cine por Rafael Gil, José María Forqué y Antonio Giménez-Rico.

El encargo de trasladar la novela a la gran pantalla no era tarea nada fácil, teniendo en cuenta sus 512 páginas. El trabajo ha recaído en Oriol Paulo (Barcelona, 1975), al que conocemos por thrillers de inteligente atmosfera, personajes escurridizos y un abuso de las piruetas narrativas y efectivas, tales como El cuerpo (2012), Contratiempo (2017), Durante la tormenta (2018) y la serie El inocente (2021), se enfrenta a una historia con la que vuelve a contar con el dramaturgo Guille Clua, que ya estuvo en El inocente, y la colaboración de Lara Sendim, que ha estado siempre presente en sus guiones, construyendo un guion que se centra en Alice Gould, en su historia y su relato, porque la película acoge la trama central del libro para profundizar en esos dos aspectos vitales, que pueden parecer lo mismo, pero no lo son. La historia de la protagonista, que es aquella que iremos descubriendo a través de los otros personajes, tales como Samuel Alvar, el escurridizo director del psiquiátrico, y algún que otro que es preciso no detallar, y su relato, el que cuenta ella.

La película nos sumerge en el citado Hospital Psiquiátrico, en algún momento de 1979, en pleno tardofranquismo,en sus cuatro paredes o detrás de los barrotes, rodeados de Alice, los médicos y sus perturbados pacientes. Un relato que se mueve siempre, entre estas dos, digamos realidades o no, como ocurría en la segunda parte de la famosa novela de Carroll, “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”, donde las dos realidades/irrealidades de Alicia convivían en un mismo universo, al igual que nos sucederá constantemente en la película. Cada personaje nos cambiará el rumbo que creíamos cierto, porque cada personaje formulará su versión de los hechos, una versión que la película mostrará, sin decantarse por ninguna, tal y como ocurría en la novela. La estructura se plantea a partir de tres bloques bien diferenciados, en el primero, nos adentramos en un thriller puro, con esa noche aciaga, el crimen, un incendio y los internos de aquí para allá. En el segundo bloque, asistimos a un drama, donde vemos la vida cotidiana del lugar, y las relaciones que tiene la citada Alicia con los “otros”, y finalmente, la locura, el misterio en sí, el trasunto central tanto de la novela como de la película.

Paulo construye con maestría la absorbente e inquietante atmósfera, como si se tratase de un cuento de terror victoriano, al mejor estilo hitchcockiano, donde hay huellas de películas emblemáticas sobre la locura como A través del espejo (1946), de Robert Siodmak, Corredor sin retorno (1963), de Samuel Fuller y Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), de Milos Forman, con esas imágenes tan frías y mortecinas de la llegada de Alice al sanatorio, el exquisito trabajo de diseño de producción, y su implacable factura técnica con algunos técnicos cómplices del director como el músico Fernando Velázquez, que sin estridencias y con suavidad logra generar esa confusión que tanto busca la película, el extraordinario trabajo de montaje de Jaume Martí, que ya había estado en Contratiempo y Durante la tormenta, de inmejorable tempo y pulso narrativo en los ciento cincuenta y cuatro minutos de intensos y agobiantes tramas y personajes,  y el detallista ejercicio de luz apagada y contrastada de Bernat Bosch, que repite después de El inocente. Qué decir del elegido y adecuado reparto de la función, con ese Eduard Fernández como Samuel Alvar, el lado opuesto de Alice, un doctor que innova en terapias modernas alejándose de esos procedimientos antiguos tan siniestros, pero también mantiene ciertos contactos con la ley que le ayudaban a esconder ciertas miserias del lugar, los jóvenes doctores que se oponen a los métodos de Alvar, como los fantásticos Loreto Mauleón, una mujer con carácter y decidida en un mundo tan machista de la época, y Javier Beltrán, un médico que cree en Alice, al igual que su colega. Las presencias de Adelfa Calvo, que siempre que la vemos nos encanta, en un interesante rol, al igual que Antonio Buíl, ese poli de la vieja escuela, y Samuel Soler, dando vida a un personaje muy inquietante.

Mención aparte tienen la curiosa dupla que se forma entre Pablo Derqui, dando vida a ese “tarado”, muy peculiar y misterioso, con un peso muy relevante en la trama, y finalmente, Bárbara Lennie, que vuelve al universo de Paulo, después de Contratiempo, como Alice Gould, ahí es nada, un actriz que sabe transmitir con audacia tanto la inteligencia como la locura de su personaje. Una mujer adinerada, elegante y muy femme fatale, al mejor estilo de los clásicos de Hollywood, en uno de los personajes de su carrera, con su “verdad” y su “mentira”, en su particular descenso a los infiernos. La película tiene algunos peros: siguen habiendo alguna que otra pirueta narrativa y demasiados viajes al pasado que, a veces descentran lo interesante. No obstante, esos tics son mucho menos chirriantes que en sus anteriores trabajos, y esto se agradece mucho. Aunque todo hay que decirlo, el inmenso trabajo interpretativo y la cargada y asfixiante atmósfera que tiene la película, minimizan enormemente esas piedras, y logran lo que pretendía, hacer una digna adaptación de una inmensa novela, entretener muchísimo al público, y sobre todo, alimentar esa poderosa incógnita que ya nos zumbaba la cabeza cuando leímos la novela y no es otra que, todo lo que tiene que ver con el personaje de Alice Gould, ¿Qué de verdad o mentira existe en su historia y su relato? ¿Qué otros secretos se ocultan tras las paredes del sanatorio? ¿Qué verdad encierra el personaje que hace Derqui?. Y así podríamos estar hasta el infinito y más allá, porque el misterio que encierran los personajes de “Los renglones torcidos de Dios”, siguen y seguirán siendo misterios sin resolver y ahí radica su fascinación y su poder enigmático y fabulador. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La consagración de la primavera, de Fernando Franco

LAURA CONTRA SÍ MISMA.

“Tu mirada se aclarará solo cuando puedas ver dentro de tu corazón. Aquel que mira hacia afuera, sueña; aquel que mira hacia adentro, despierta”.

Carl Jung

La tercera película de Fernando Franco (Sevilla, 1976), vuelve a transitar por las cotidianidades incómodas y oscuras que ya estructuraban sus dos anteriores trabajos. En La herida (2013), conocíamos a una mujer muy trabajadora pero con un grave déficit para relacionarse con los demás, y tendencias depresivas y de autolesión. En Morir (2017), una pareja se veía sumamente resquebrajada por la enfermedad de uno de ellos. En La consagración de la primavera, que acoge su título de la famosa composición de Ígor Stravinski, en un guion escrito por el propio director y Begoña Arostegui, con la que ha codirigido un par de cortometrajes de animación, nos lleva al rostro, a la piel y el cuerpo de Laura, un joven de Manacor, que ha llegado a Madrid para estudiar Químicas y está alojada en un Colegio Mayor de Monjas. Laura está sola, no conoce a nadie, deambula por la ciudad, por la Universidad, y una noche, de casualidad, conoce a David, un joven con parálisis cerebral, al que hará de asistente sexual.

Franco construye relatos muy cercanos y cotidianos, con muy pocos personajes, donde abunda la profundización de los aspectos psicológicos de los personajes. El director sevillano consigue sin aspavientos ni piruetas argumentales, sumergirnos en su microcosmos y enfrentarnos a situaciones difíciles y diferentes, accediendo a esos universos tremendamente incómodos, de los que huimos, a los que nos cuesta enfrentarnos, ya sea por educación, por moral, por miedo o simplemente, por desconocimiento. Laura está en un período de descubrimientos y experiencias nuevas, ya no está al amparo de una familia conservadora y cerrada, sino que ahora deberá enfrentarse a todo aquello que rechaza, a todo aquello que le atemoriza, enfrentarse a su entorno y sobre todo, así misma, una tarea que no le resultará nada fácil, una tarea donde se sorprenderá de todo lo que descubrirá de su interior. Un gran trabajo técnico empezando por esa luz mortecina y otoñal que firma el cinematógrafo Santiago Racaj, que ha estado en las tres películas de Franco, amén de trabajar con nombres tan importantes como los de Javier Rebollo, Jonás Trueba, Carlos Vermut y Carla Simón, entre otros.

El detallista y preciso trabajo de montaje de Miguel Doblado, fogueado en mil y una serie de televisión como las de Gran Reserva, Víctor Ros y Antidisturbios, entre otras, que consigue imprimir un ritmo pausado y cadencioso al relato, en el que no pasan de suceder cosas en sus ciento nueve minutos de metraje. Uno de los aspectos muy trabajados en el cine de Franco es la música, siempre diegética y tremendamente variada: música actual como techno y disco, y rock antiguo o el tema de Stravinski, un mosaico de piezas que pertenecen a ese mundo interior y complejo de los personajes, de as diferentes sensaciones, pensamientos y reflexiones de cada uno de los individuos que presenta la película. La consagración de la primavera guarda muchos paralelismos con Vivir y otras ficciones (2016), de Jo Sol, en su tratamiento de abordar aquello diferente, no normativo, en enfrentarse a los propios miedos y prejuicios y salir de tanto juicio moral y lanzarse a experimentar, a buscarse y sobre todo, a crecer sin miedo.

No estaríamos analizando con justicia la película de Franco, si solo nos quedásemos en el drama íntimo que en apariencia propone, porque la película va mucho más allá, y profundiza en muchos aspectos, usando diversas texturas y aspectos, como ese humor negro que tanto tiene, donde le da la vuelta a algunas situaciones y generando esa mirada donde todo tiene su lado cómico, o el revestimiento de comedia romántica, pero no al uso trillado de ciertos productos, sino con la maestría y la elegancia que las hacía Rohmer, en esas idas y venidas entre fiestas en pisos, cruzándose por los pasillos de la facultad y demás, y sobre todo, en el aspecto moral, donde la tolerancia y la apertura en todos los sentidos que se encuentra Laura con Isabel, la madre de David y el propio David, tan alejados al conservadurismo que trae de su familia. Laura encuentra su lugar en el mundo descubriendo que hay muchos mundos en este, que solo hace falta abrirse, atreverse y sobre todo, experimentar en libertad, abandonarse a esos universos de experimentación, de objetos sexuales y de pieles y cuerpos tocándose y sintiendo más allá de todo, de los prejuicios, miedos, inseguridades y mierdas.

Como ocurrían en sus anteriores películas, el grandísimo trabajo del equipo artístico es enorme, dotando a cada personaje de una magnífica naturalidad, a los que alguna vez no les hace falta ni tan siquiera hablar para expresar todo aquello que ocultan. Una Emma Suárez maravillosa y cercanísima, dando vida a Isabel, esa mujer que ha tenido que abrirse a los deseos de su hijo con parálisis cerebral y ser una madre tolerante y muy abierta, como deberían ser todas. Telmo Irureta un versátil intérprete, tanto en cine como en teatro, que ha dirigido varios cortometrajes, es el mejor David posible, con ese humor, esa música, y esos momentazos que nos regla a lo largo y ancho de la película, que consigue una comunicación espiritual y muy emocional con el personaje de Laura, que hace una fabulosa Valèria Sorolla, su primera vez en el cine, después de haberse curtido en el teatro y en televisión. Su Laura es uno de esos personajes de pocas palabras, todo lo expresa con esa mirada que nos atrapa, que nos hechiza, que encierra demasiadas oscuridades, y la seguiremos por su periplo emocional, por su travesía por todo aquello que debe dejar en el pasado para crecer de forma libre y sin ataduras en el futuro. No dejen de ver La consagración de la primavera, porque se alegrarán y mucho de conocer su historia y sus personajes, y sobre todo, les ayudará a cuestionarse muchas estupideces que todavía piensan y ya es tarde para abandonarlas y empezar a mirar las cosas desde otros ángulos y perspectivas, porque se están perdiendo un mundo asombroso y está muy cerca de todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

918 Gau, de Arantza Santesteban

918 NOCHES EN LA CÁRCEL.

“El 4 de octubre de 2007 fue el día que nos detuvieron. Estábamos reunidos en Segura. Y los que estábamos en la reunión pertenecíamos a un partido ilegalizado, un partido de izquierdas independentista que un juzgado español había declarado ilegal. En aquella época había conversaciones entre ETA y algunos partidos políticos. También con el Gobierno español. (…) Mientras estábamos en la reunión la Policía Nacional tomó el pueblo y aprovechó para cerrar todos los accesos por carretera. Todos los que estábamos allí sabíamos que nos detendrían tarde o temprano porque llevábamos meses bajo seguimiento policial…”

Hemos visto muchos retratos en primera persona de lo que supone la gestión física y emocional de lo que significa la detención, encarcelamiento y posterior libertad de una persona. La cineasta Arantza Santesteban (Pamplona, 1979), con formación en Historia y documental, es una inquietante investigadora que ya había dirigido piezas profundizando sobre el conflicto vasco desde una perspectiva femenina y sobre la representación cinematográfica.

La directora no solo retrata y describe minuciosamente detalles de su detención, su posterior encarcelamiento y después de 918 Gau, las 918 noches que estuvo en la cárcel, su puesta en libertad, pero lo hace desde una intimidad que resulta escalofriante, porque no hace un recorrido natural, sino que se detiene en pequeños y leves detalles, en todo lo que hace inhumano su experiencia. Santesteban lo hace desde su puesta en libertad, coge una grabadora en mano y nos lo relata, como esa asombrosa apertura desde un automóvil en movimiento y la música que penetra en nuestros sentidos, y corte a la directora sentada dentro del vehículo y empieza a testimoniar su experiencia. La cineasta navarresa nos propone un viaje hacia su intimidad y lo hace desde su interior, muy fragmentado, como decía Gabriel García Márquez que uno recordaba sus cosas, a fragmentos y sin ningún orden cronológico, en el que somos testigos de ese montón de fotografías que le envían sus amigos desde fuera, o esas otras con los y las de adentro, o las peculiaridades de unas y otras, y esos detalles de las locuras de una presa, y demás situaciones dentro de la cárcel, o aquellos primeros momentos de la detención, su comparecencia ante el juez Garzón, y luego, cuando salió, su recibimiento y su estigma por haber estado dentro.

Todo un cúmulo de sensaciones, emociones contradictorias, experiencias sexuales y de otro ámbito, mezcladas, fusionadas y a trozos, como se recuerdan las experiencias traumáticas de una vida o un tiempo de vida. 918 Gau tiene una duración corta, apenas sesenta y cinco minutos, pero sumamente cuidados y con una factura técnica magníficas, con un equipo enteramente femenino, arrancando por el tándem de productoras, Marian Fernández Pascal de Txintxua films, una productora vasca que tiene en su haber directores tan potentes como Asier Altuna, Telmo Esnal y Koldo Almandoz, y Marina Lameiro de Hiruki Filmak, excelente directora con títulos como Young & Beautiful (2018) y Dardara (2021) y el cortometraje Paraíso, del mismo año, codirigido con Maddi Barber, cinematógrafa de Gau 918, y cineasta que, consigue dotar de oscuridad y luz a todos esos momentos de intimidad que propone la película, así como el exquisito y rítmico montaje de Mariona Solé, que tiene experiencia en la edición en los equipos de las películas de Carlos Marqués Marcet y el impecable trabajo sonoro de Alazne Ameztoy, que ha trabajado en los equipos de películas tan interesantes como Amama, Mudar la piel y Maixabel.

Santesteban nos atrapa desde la sencillez y la cercanía de su película, sin artificios ni nada que se le parezca, alejándose de toda empatía y sentimentalismo con el espectador, porque no construye su película desde esa posición, sino desde otra más difícil y a la vez más interesante, porque lo hace desde la experiencia profunda e íntima de una experiencia traumática, generando así un diálogo mucho más íntimo y conmovedor con el espectador, porque lo implica de forma inmersiva y nos sumerge en un infinito puzle de emociones, pensamientos, reflexiones, y sobre todo, muy corpóreos y sensoriales, todo un viaje como dejan evidentes sus primeras imágenes y esas últimas que nos despiden. Un viaje hacia lo más profundo del alma, hacia todos aquellos lugares donde no sirven las palabras, donde hay que hablar desde otros lugares, otros estados, desde el alma, desde lo más oscuro, desde todo aquello que nos duele, que nos acaricia, desde todo aquello que no le contamos a nadie, a partir de contradicciones, ideas y sensaciones, y desde lo personal y lo político.

La cineasta pamplonesa Arantza Santesteban no solo ha construido una película magnífica y sensible sobre su experiencia, sino que ha ido más allá, porque no solo nos habla de ella, sino también de su entorno, aquel que quedó fuera, y aquel otro que se encontró dentro de la cárcel, convirtiendo esa dualidad en una forma de resistencia y carácter ante los acontecimientos adversos de su vida, y resulta ejemplar su entereza y predisposición para enfrentarse a su experiencia a través del cine, de esta película, porque no resulta nada fácil hablar y hablarnos de todo lo pasado, y haciéndolo desde esa postura tan desnuda, tan íntima y con criterio y sabiduría. 918 Gau no quiere ser una película política al uso, porque acaba siendo muchísimo más, acaba sumergiéndose en el ámbito y la postura política desde lo personal y lo íntimo, dialogando desde el alma, desde todos esos detalles sin importancia que acaban formándonos como personas y gestionando las experiencias complejas para seguir creciendo y caminando hacia delante, viendo y viéndonos desde todos los ámbitos, aspectos y situaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La casa entre los cactus, de Carlota González-Adrio

LA FAMILIA FELIZ. 

“La familia está rodeada de dolor”

Ernesto Sábato

Las imágenes que abren una película deberían ser unas imágenes que fueran acorde con la historia que se pretende contar. En La casa entre los cactus siguen esta premisa con eficacia e inteligencia, porque las imágenes que nos introducen al relato son muy potentes e inquietantes, que nos recuerdan al comienzo de El resplandor, de Kubrick, con esas montañas y la cámara avanzando entre ellas, llevándonos hacia esa casa, una casa anclada en un hueco, alejada de todos y todo, rodeada de abundante vegetación y los imponentes cactus, toda una metáfora de ese lugar, un lugar bello, aparentemente demasiado tranquilo y sobre todo, que encierra un secreto. La ópera prima de Carlota González-Adrio (Barcelona, 1996), que ya despuntó con su interesante cortometraje Solsticio de verano (2019), que también daba vueltas en el entorno familiar y un secreto que se nos revelaría poniendo patas arriba el aparentemente orden.

Con su primera película, no abandona el núcleo familiar ni tampoco ese artificioso espacio de felicidad, porque nos sitúa en algún rural de las Islas Canarias, en la década de los setenta, maravilloso el trabajo de arte de Soledad Seseña, que la hemos visto en películas de Fernando León de Aranoa, Fernando Colomo y Joaquín Oristrell, entre otros, con esa ropa ajustada y volantín, ese mercadillo que abre y cierra la película, y esos coches con el mítico Renault 4 mítico y demás. El guion obra de Paul Pen, basado en su novela homónima, similar proceso que hizo con El aviso (2018), que llevó al cine Daniel Calparsoro, es un cuento de terror, pero a la forma clásica, donde destaca el aspecto psicológico y todo lo que se calla y se silencia, dejando de lado el susto fácil y el subidón de sonido, tan de modo en los tiempos actuales. Aquí, seguimos la cotidianidad de esta familia, en pleno verano caluroso y agobiante, una familia formada por el matrimonio pasados los cuarenta, y las cinco hijas: la mayor, Lis, que perderá la vida trágicamente, después Iris, la joven devoradora de Jane Austen y deseosa de ver, descubrir y enamorarse, luego encontramos a Melissa, la adolescente apasionada del dibujo, observadora e inteligente, y finalmente, Lila y Dalia, las dos gemelas que, algunas veces, optan la personalidad de Margarita.

Una historia bien construida, dosificando la información de forma excelente, como mandan los cánones, con sus estupendos ochenta y ocho minutos que dan para mucho, explicando y callando todo aquello necesario, creando esa atmósfera malsana y perturbadora con el aroma de los mejores relatos de terror de la época victoriana. Todo ese ambiente raruno y frío cambiará con la llegada del intruso, de un visitante inesperado que no pasa de largo sino que se queda, y ese no es otro que Rafa, un tipo que parece perdido o eso al menos dice. La poca experiencia de la directora se nutre como hacía Querejeta en sus películas, con un buen puñado de grandes profesionales como Zeltia Montes en la música, que ha trabajado en thrillers como Adiós, El silencio del pantano y comedias negras como El buen patrón, entre otras, el montaje de Sofi Escudé, que ha estado en trabajos de Mar Coll, en series como Todos mienten y Hache, y en películas tan estimulantes como Las niñas (2020), de Pilar Palomero, y un fenómeno de la luz cálida y transparente como el cinematógrafo Kiko de la Rica, un crack que tiene una filmografía con nombres tan ilustres como los de Medem, Calparsoro, De la Iglesia, Verger y David Serrano, entre otros.

El reparto está muy bien escogido, porque son intérpretes de sobrada calidad y experiencia como Ariadna Gil, sobran los elogios para una de las grandes de nuestro cine, en el rol de una madre protectora y llena de vida, que esconde algo, no sabemos qué, al igual que el padre, un Daniel Grao, que sabe interpretar todo lo que le echen, en la piel de un progenitor que manda y controla a sus hijas. Y luego, están las hijas: Aina Picarolo como Iris, que se ha fogueado en varias series, Zoe Arnao, que la recordamos como Brisa, una de las maravillosas protagonistas de Las niñas, y las dos gemelas debutantes Anna y Carla Ruiz. Amén del visitante, ese recién llegado hostil, alguien que hay que expulsar del paraíso creado por Emilio y Rosa, esos padres junto a sus hijas, que no es otro que Ricardo Gómez, con otro interesante papel como los que ha hecho en El sustituto y en Mía y Moi, generando ese ser del que no se sabe nada y parece querer algo, alguien que aparece de la nada y que viene a desmontarlo todo, una especie de Terence Stamp en Teorema, de Pasolini, pero en otro aspecto del misterio que se cierne sobre esa familia. 

La casa entre los cactus bebe mucho, tanto de la literatura de los cincuenta como del cine setentero, que posaron su mirada en el realismo social, en la violencia de lo rural, en lo atávico y en lo más intrínseco de la condición humana de las gentes de este país, con títulos tan recordados como La familia de Pascual Duarte, de Cela, El Jarama, de Ferlosio y Con el viento solano, de Aldecoa, en los libros, y Furtivos, de Borau, y las adaptaciones de las novelas citadas dirigidas por Ricardo Franco y Mario Camus, respectivamente. Carlota González-Adrio ha tejido una primera película con hechuras, valiente y sobria, alejándose de modas y corrientes de la actualidad, yéndose a los grandes temas de la literatura y el cine, construyendo una interesantísima y profunda reflexión sobre el hecho de ser padres, del significado de construir una familia y sobre todo, las consecuencias de las decisiones por cumplir unos deseos que, quizás, debían haberse quedado en un lugar cerrado, en una de las películas más oscuras y terroríficas sobre los aspectos más profundos e inquietantes de la condición humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ariadna Ribas

Entrevista a Ariadna Ribas, comontadora de «Pacifiction», de Albert Serra, entre muchas otras, en su domicilio en Barcelona, el martes 6 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariadna Ribas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por hacernos un retrato tan bonito. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nyika Jancsó

Entrevista a Nyika Jancsó, cinematógrafo e hijo de Márta Mészáros, cineasta a la que la Filmoteca de Catalunya le dedica una retrospectiva, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 14 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nyika Jancsó, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos, a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mi vacío y yo, de Adrián Silvestre

SOY RAPHI NADA MÁS.

“No hay necesidad de apresurarse. No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie más que uno mismo”.

Virginia Woolf

El año pasado conocimos a Tina Recio, Alicia de Benito, Cristina Millan, Saya Solana, Magdalena Brasas y Yolanda Terol. Las seis mujeres trans que protagonizaban Sedimentos, de Adrián Silvestre (Valencia, 1981). Una estupenda película que profundizaba en el interior de seis mujeres que nos explicaban sus realidades a través de un divertido y humanista periplo por la zona rural de León. Silvestre sigue en el universo trans con la película Mi vacío y yo, en la que nos sitúa en la mirada de Raphaëlle Pérez, una mujer trans francesa que acaba de aterrizar en Barcelona. La cámara acogedora y cercanísima de Silvestre sigue incansablemente la realidad y realidades a las que se enfrenta una mujer joven, una mujer atrapada en un cuerpo de hombre, empleada en un call center, muy sensible y naïf, compleja, vital y contradictoria, que desea ser aceptaba y encontrar a un hombre con el que tener una relación.

La película parte de un magnífico guion que firman el director Carlos Marquès-Marcet, Raphaëlle y el propio director, a través de un relato que huye del sentimentalismo y el edulcoramiento, en el que hay honestidad y sensibilidad, donde construye una historia completamente descarnada y muy realista de la cotidianidad de Raphi, a la que vemos en sus visitas al médico para seguir el tratamiento de su tránsito, sus decepcionantes citas con hombres que le llevan a encuentros sexuales insatisfactorios, y su idea de ser aceptaba en una sociedad que continuamente la señala y le imponen una “normalidad” generalizada que excluye a los diferentes. Silvestre vuelve a contar en la producción con Javier Pérez Santana, al que se unen Marta Figueras y la directora Alba Sotorra, Laura Herrero Garvín vuelve a encargarse de la cinematografía como ya hiciese en Sedimentos, en un trabajo transparente, donde no hay artificio ni tampoco embellecimiento, sino algo sumamente tangible e íntimo, como si se pudiese tocar, siguiendo junto a la protagonista en sus tristezas y reflexiones, en su deambular por una Barcelona alejada de la postalita. Una ciudad de verdad, donde la gente trabaja y vive como puede, una urbe real y de cada día.

Del montaje vuelve a hacerse cargo Adrián Silvestre, en un preciso y detallista ejercicio donde prima lo físico y lo interior, consiguiendo un ritmo ágil y sencillo en el que los noventa y ocho minutos de metraje se ven con atención y sobre todo, dando tiempo a una reflexión necesaria en este tipo de historias. Como hemos mencionado, es tan importante el viaje físico como interior de Raphaëlle en la película, en este itinerario en el que ella debe aceptarse y ser aceptada en su propio camino y fluyendo con todas las cosas de su alrededor, como con las cosas que le van sucediendo, tanto las más incómodas y de rechazo, y aquellas otras donde se valora su identidad, y la persona que quiere ser como la muestra de artistas en la que ella participa, el trabajo como actriz en la obra de teatro sobre su experiencia y conocer a hombres que la valoran y desean tal y como ella es. Mi vacío y yo tiene esa forma de cuento, de relato en primera persona, de búsqueda interior y sobre todo, de encontrar tu lugar en el mundo, de seguir en el viaje a pesar de todo y todos para encontrarse a esas personas que no miran lo otro y si a la persona que tienen frente a ellos, una persona que busca quién quiere ser y ser aceptada por los demás.

Con Sedimentos y Mi vacío y yo, el director valenciano ha tejido con sabiduría y paciencia un hermosísimo díptico que no solo visibiliza el colectivo de mujeres trans, sino que profundiza en los prejuicios y “normalidades” de nuestra sociedad a la que todavía le falta sensibilidad y acercamiento a todo aquello que resulte diferente, que suele rechazar y condenar, aunque Raphaëlle se encontrará a personas, todavía pocas, que la miran de otra manera, de una forma más humana y con la inquietud de conocer y escuchar, aunque sean breves destellos, las cosas están cambiando poco a poco, y eso no es solo primordial para el crecimiento emocional de una sociedad, sino completamente necesario para construir una sociedad más plural, diversa y llena de amor y libertad. Una película que traza toda su ingeniería en la mirada y existencia de su protagonista, necesitaba a una mujer capaz de contar, sufrir y sentir como la hace Raphaëlle Pérez, una interpretación maravillosa y tan de verdad, en esta ejemplar fusión de documento y ficción, donde es tan importante lo que se ve como lo que no, porque la riqueza del relato radica en ese mundo interior de la protagonista, una persona a la que podemos mirar desde todos los ángulos, que se abre en canal para contarnos su vida, para contarnos sus intimidades, para trabajar en la aceptación de su viaje, y ser querida por los demás.

Nos encanta volver a encontrarnos a las seis maravillosas mujeres de Sedimentos en breves pero intensas intervenciones en Mi vacío y yo, porque resultan fundamentales para ayudar y acompañar a Raphaëlle en su viaje, porque no solo aportan sus experiencias y testimonios, sino que son un buen apoyo emocional en el viaje que está realizando la protagonista. El personaje de Raphi no está muy lejos de los transparentes, desdichados y cercanos personajes de las películas de Rainer Werner Fassbinder, personas que hacen lo imposible para vivir una existencia de lo más humana posible y ser uno más, amar y sentirse amados, sin cortapisas de nadie y sin trampas, de verdad, de esos amores que se sienten profundamente, que tienen algo de otro mundo, de otra dimensión, de ser ese otro que te niegas o simplemente ser uno mismo, aceptado, deseado y querido, quizás una tarea harto complicada en una sociedad que se empeña en deambular por las apariencias y en la superficialidad, aunque como sucede con todas las cosas más importantes de la vida que no cuestan dinero, pero cuestan tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA