Encuentro con Richard Linklater

Encuentro con Richard Linklater, director de la película «Nouvelle Vague», en los Cines Verdi en el marco del BCN Film Festival,  el viernes 26 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Richard Linklater, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a la inmensa labor de la intérprete Sílvia Palà, y al equipo de comunicación del festival, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marc Ferrer y Toñi Vargas

Entrevista a Marc Ferrer y Toñi Vargas, director y actriz protagonista de la película «Reír, cantar, tal vez llorar». en el domicilio de Toñi en Barcelona, el sábado 14 de diciembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Ferrer y Toñi Vargas, por su tiempo, sabiduría y generosidad y cariño.  . JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rondallas, de Daniel Sánchez Arévalo

TODOS JUNTOS AHORA. 

“La música expresa lo que no puede ser dicho y aquello sobre lo que es imposible permanecer en silencio”. 

Víctor Hugo

El universo cinematográfico de Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970), se compone a partir de un hecho doloroso que define, no sólo a los personajes que tiran del carro, sino que estructuran a todo un grupo, sin olvidar el humor que ayuda a tragar toda la dura situación. Después de un buen puñado de cortometrajes que lo pusieron en primer plano, debutó con la muy estimable Azul Oscuro Casi Negro (2006), le siguieron Gordos (2009), Primos (2011), y La gran familia española (2013), Diecisiete (2019), que junto a la citada Primos agrupan una especie de díptico sobre los jóvenes parientes en busca de un imposible a través de un viaje por la provincia de Santander (lugar de nacimiento del padre del cineasta que no es otro que José Ramón Sánchez, famoso ilustrador que amenizó en el inolvidable “Sabadabadá” las mañanas ochenteras de muchos de nosotros) que les ayuda a superar dramas pasados. En Las de la última fila (2022), también la travesía ayudaba a unas amigas a enfrentarse a la enfermedad. 

En Rondallas no deja el norte, porque se traslada un poco más a la izquierda, más concretamente, a la ría de Vigo, a uno de sus pueblos y a sus gentes, en el epicentro de la rondalla “Gran Sol” (como la famosa novela de Ignacio Aldecoa, que relata las duras condiciones de los pescadores santanderinos), en la que conocemos a Luis que, junto a Yayo, son los supervivientes de un barco pesquero que naufragó hace 2 años dejando viuda a muchas de las mujeres, entre ellas, a Carmen, que mantiene una relación con el citado Luis, y mantiene una relación difícil con sus dos hijas, la adolescente Noa y la pequeña Noa. En ese estado de duelo y depresión en el que pasan los días duros entre percebes y otros trabajos recordando a los que no están y esperando que aparezca el barco perdido. La “Rondalla” es el viaje en esta película, agrupaciones de música a partir de gaitas, carracas y demás objetos que continúan vivo el folklore y la tradición en un concurso que elige la mejor de la provincia. Una rondalla que revive como terapia para recordar a los ausentes y volver a vivir para los que sí están, enfrentada a las dificultades de unos y otros, donde seremos testigos de los problemas internos con los que lidia cada uno de los personajes.   

La parte técnica de la película brilla con intensidad capturando ese cielo plomizo tan característico del norte, que le viene como anillo al dedo a los atribulados personajes que arrastran su particular tragedia, como evidencia su estupendo prólogo. La cinematografía concisa de Rafa García, del que hemos visto comedias como Mala persona y los dramas Escape, y la reciente de La tregua. La estupenda música que interpreta la rondalla, tan potente y enérgica es compartida con la magnífica soundtrack que ayuda a situarnos en el estado emocional lleno de altibajos por el que pasan los diferentes personajes, que firma el argentino Federico Jusid, con más de 130 trabajos en su filmografía junto a Campanella, León de Aranoa, Larraín, Borensztein, Erice y la reciente serie El eternauta. El montaje corre a cargo de Miguel Sanz, del que hemos visto Canallas, de Daniel Guzmán, en su segunda colaboración con el director después de la mencionada Diecisiete. El montaje es sobrio y nada complaciente, y describe con detalle y precisión las situaciones emocionales y sobre todo, las relaciones que se van generando en sus casi dos horas de metraje. 

Un reparto muy bien escogido y mejor interpretado, como suele ser marca de la casa en el cine del madrileño-cántabro, sino recuerden los ya citados. Aquí tenemos a un tótem como Javier Gutiérrez, un asturiano metido en Vigo, dando vida a Luis, un tipo que debe vivir contra un fantasma que era su mejor amigo y además, es el alma mater de este grupo y de la dichosa rondalla que usa como acicate para levantar muchas cosas. A su lado, están los gallegos empezando por María Vázquez, una actriz que mira muy bien. Su Carmen es una mujer rota que quiere salir del pozo, poco a poco, eso sin miedo. Están los jóvenes Judith Fernández, que la vimos en La casa entre los cactus, y Fer Fraga, visto en la serie Rapa, que tienen sus cosas entre gaitas y egos y secretos. Otra pareja, esta vez de hermanos, que interpretan los fabulosos Tamar Novas, en un personaje que crecerá mucho durante la película, y Xosé A. Tourián, en un rol muy alejado del que hacía en las dos comedias sobre Cuñados. También está Marta Larralde, una actriz que maneja muy bien los registros de sus personajes, y el veterano Carlos Blanco, visto en mil y una, en uno de esos personajes lobo de mar que escenifica mucho el sentimiento de derrota y dignidad de la existencia. 

Los espectadores no deberían acercarse a ver Rondallas como un mero entretenimiento sin más, porque se perderían las estupendas virtudes que atesoran sus imágenes como la fusión entre cine con vocación comercial que cuenta una historia social y de verdad, llena de personajes de carne y hueso y de tramas duras pero no condescendientes. También, encontramos esa mezcla entre el drama cotidiano que se remueve entre las paredes de casa enfrentado a la alegría, la emoción y la vitalidad que desprenden los ensayos de la rondalla, cogiendo el tono y la atmósfera que desprende cierto tipo cine británico como Tocando el viento y Full Monty, entre otras. Una música llena de fuerza y pasión, y la idea de conjuntar una comunidad azotada por la tragedia, en que la música actúa como terapia reveladora para sacar los dramas personajes y exponerlos a través del arte y la forma de transmitir que tiene cada uno. Seguramente estamos ante la película más conseguida de Daniel Sánchez Arévalo y no lo digo porque se acaba de estrenar, sino porque la la energía que desprende cada fotograma contagia de energía, pasión y emoción desbordante en los momentos donde los personajes se difumina y aparece la rondalla, o lo que es lo mismo. la comunidad todos a uno viviendo, danzando y disfrutando la música y todo lo que llevan en el interior sale con fuerza y las cosas se ven menos duras y jodidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Endara

Entrevista a Ana Endara, directora de la película «Querido Trópico», en el hall del Cinema Maldà en Barcelona, el lunes 29 de diciembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Endara, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Andrés García de la Riva de Nueve Cartas Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  . JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El extranjero, de François Ozon

EL CRIMEN DE MEURSAULT.  

“Se preguntó entonces a sí misma si me quería, y yo, yo no podía saber nada sobre este punto. Tras otro momento de silencio murmuró que yo era extraño, que sin duda me amaba por eso, pero que quizás un día le repugnaría por las mismas razones ”. 

De la novela “El extranjero” (1942), de Albert Camus 

Las tres últimas películas de François Ozon (París, Francia, 1967), se ejecutan a partir de un crimen: en Mi crimen (2023), una aspirante actriz se ve involucrada en el asesinato de un famoso y odioso productor en el París de los treinta. En Cuando cae el otoño (2024), la cosa gira en torno a una abuela, su hija y su nieto y unas setas tóxicas. Dos películas y dos tonos diferentes. La comedia vodevil de la primera, y la cotidianidad y lo oscuro de la segunda. Ahora toca el turno de El extranjero (“L’étranger”, en el original), basada en la novela homónima de Albert Camus (1913-1960), publicada en 1942 por uno de los padres del existencialismo, el absurdo y el sinsentido de la vida, que ya fue llevada al cine en 1967 con el mismo título y dirigida por Luchino Visconti y protagonizada por Marcello Mastroianni. 

En El extranjero, con un guion del propio director con la colaboración de Philippe Piazzo, con el que ha trabajado en 6 películas, el director parisino hace una adaptación fiel a través de su enigmático protagonista Meursault, el oficinista que vive en el Argel francés de los treinta. Un arranque que nos retrotrae al de Casablanca, con dibujos e imágenes de la época para situarnos en una ciudad de franceses e indígenas en las que el citado tipo vive sin más, trabaja, va de aquí para allá pero sin el menor atisbo de esperanza o mera ilusión como demuestra en el contundente arranque en el entierro de su madre, hecho que le resignifica a lo largo y ancho de la trama. Ozon que se ha labrado una interesante filmografía a lo largo de sus 24 títulos en veintisiete años desde que debutara en Sitcom (1998), en la que se ha detenido en lo oculto de la psique humana a través de unos personajes rebeldes y nada convencionales que desean lo imposible, o quizás, lo que menos se ve, aquello que se anhela desde lo más profundo del alma. Su Meursault no está muy lejos de algunos de sus personajes, aunque el citado personaje de Camus podría ser el retrato más complejo y apático que ha hecho en todo su cine, porque lo encontramos cercano y a la vez, muy distante, porque no logramos saber que siente y mucho menos porque hace lo que hace. En realidad, es tan misterioso y oscuro como podemos imaginar, alguien demasiado honesto e indiferente en una sociedad donde todo es superficialidad y aparentar. 

El cineasta francés ha vestido su encuadre con un magnífico, cálido y pesado blanco y negro que firma el cinematógrafo Manuel Dacosse, que ha trabajado junto a Hèléne Cattet, Bruno Forzani y Lucile Hadzihalilovic, amén de 5 películas con Ozon. Sus planos llenan cada espacio y se mueven entre la belleza y lo oscuro de la cotidianidad y sobre todo, del alma de Meursault, en una especie de limbo donde lo absurdo de la existencia humana se desprende de una soledad demasiado dura. La música de Fatima Al Quadri, de la que conocemos sus trabajos para Atlantique, de Mati Diop, y La abuela, de Paco Plaza, escenifica esa dualidad por la que se mueve el protagonista, una faceta que ha explorado enormemente en su cine el director galo. El montaje de Clément Selitzki, del que hemos visto sus trabajos con el director Nicolas Bedos en Los amantes del engaño y Alphonse, es metódico, lleno de intensidad y muy físico, en que seguimos incansablemente la inexistencia del personaje principal, que sigue su vida como si nada, abatido en una especie de ensueño falso, a partir de una ilusión inventada y sobre todo, sintiéndose un extranjero de sí mismo en una sociedad en la que no encaja, que va de prisa y no significa nada y que hace pero no siente nada, en una sociedad desesperada por que todo siempre tenga un sentido. 

El reparto de la película, como suele suceder en el cine de Ozon, brilla con intensidad, sobre todo, en los detalles, en todo aquel submundo que no vemos pero está ahí, y no resultaba tarea nada fácil encontrar al actor que encarnará al protagonista y se ha encontrado en la mirada y el cuerpo de Benjamin Volsin, que ya nos deslumbró en Las ilusiones perdidas, otro personaje cumbre de la literatura francesa escrito por Balzac. El parisino se mete en la piel de Meursault, en una composición de altura, nada impostada en el que transmite esa desidia y ausencia de su personaje, que vimos en Verano del 85, de Ozon. Le acompaña una sensible y bellísima Rebecca Marder, que estuvo en la mencionada Mi crimen, siendo Marie que conoce al protagonista. Pierre Lottin es un vecino metido en problemas que vimos en la citada Cuando cae el otoño, haciendo un personaje también esencial en la trama. El gran Denis Lavant se mete en la piel de otro vecino que se pelea con su perro. Swann Arlaud es un sacerdote que tendrá su encuentro con el susodicho que tendrá su importancia capital en la historia. Jean-Charles Clichet es otro de los intérpretes que aparecen en la película. 

La empresa de adaptar la novela no resultaba nada sencillo para un cineasta como François Ozon, pero la cosa no ha ido mal, todo lo contrario, porque la película sabe captar el alma y la esencia del libro de Camus, y situarnos en la piel de un Meursault que no resulta un personaje que guste, y tampoco disguste, quizás en esa indiferencia, pero no tanto, en una especie de limbo en el que no sabemos si nos agrada o no, o tal vez, no nos gusta porque, en realidad, conocemos que su forma de estar y no relacionarse con la sociedad y el resto tiene mucho que ver con esa estupidez y sin sentido en el que nos vemos cada uno de nosotros en nuestras torpes y vacías existencias, o podríamos decir y citando a Rebecca Solnit, la inexistencia de la que habla en sus memorias, porque como le sucede a Meursault y su crimen del que será juzgado, o no, porque el estado francés colonialista, clasista (como se evidencia en el cine sólo para franceses), y explotador, deviene una forma de ley donde no se espera que seas libre para sentir, sino que sientas lo que está aceptado socialmente, o simplemente, lo que toca en cada momento, sometidos a una moral donde no importa la verdad de cada uno, sino lo que se debe hacer para ser uno más en la sociedad, alineado y sensible a lo que toca, no a lo que uno siente de verdad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Valor sentimental, de Joachim Trier

UNA HIJA, UN PADRE Y UNA CASA. 

“Las heridas que no se ven son las más profundas”. 

William Shakespeare

Las primeras películas de Joachim Trier (Copenhague, Dinamarca, 1974), se centraban en la desesperación y soledad en los años de juventud. Los protagonistas de Reprise (2006), Oslo, 31 de agosto (2011), y Thelma (2017), encontraban en las contradicciones y las adicciones una forma de huir de todos y sobre todo, de sí mismos. En La peor persona del mundo (2021), conocíamos a Julie, una joven perdida y llena de energía e intensidad que no sabía encontrar su camino. Con El amor es más fuerte que las bombas (2015), se adentraba en las relaciones familiares y cómo la ausencia de la madre torpedea la fragilidad de la convivencia. Todos dramas alejados de la complacencia, y centrados en esos días cotidianos, que son la mayoría, en los que se desatan tormentas internas que lo dinamitan todo. Un cine que mira desde la quietud y la paciencia para encontrar esos pliegues emocionales que nos suceden a todos. Bucear en los claroscuros que están esperando a ser invocados o lo que es lo mismo, esas emociones que nos producen miedo y no queremos que salgan y nos dominen. 

En Valor sentimental (en el original, “Affeksjonverdi”), se vuelve a meter de lleno en la familia, bajo el prisma y la mirada de Nora, una de las hijas de un matrimonio mal avenido en el interior de una casa que no sólo escenifica el dolor que allí predominaba, sino que se convierte en una losa de la que los implicados quieren deshacerse y olvidar. El dolor de Nora, después de la muerte de la madre, estalla cuando aparece Gustav, el padre, al que guarda un rencor ilimitado, ya que su ausencia devino un terror enorme. A partir de un guion del fiel cómplice del director, el cineasta y noruego Eskil Vogt que, aparte de haber coescrito las seis películas de Trier, tiene una interesante filmografía que componen títulos como Blind y The innocents. La cosa va que, después de ese inesperado reencuentro, el padre, director de cine le ofrece el papel protagonista a su hija Nora, actriz, de la que, presumiblemente, será su retirada. La joven lo rechaza y abre la caja de Pandora de las heridas nunca explicadas, de ese dolor que parecía olvidado y de tantas cosas de un pasado que creía muerto y enterrado. Su oficio ayuda a paliar ese reencuentro que tanta mierda ha dejado en ella, y la estimable ayuda de su hermana Agnes, que trabajó de actriz para su padre cuando era niña, y tiene otro recuerdo de aquellos oscuros en la casa.

El equipo técnico de la película vuelve a brillar con ese estilo desnudo y minimalista, donde prima lo cotidiano y lo más sencillo, para que las actuaciones en sus aspectos psicológicos sean el centro de todo. La cinematografía de Kasper Tuxen, que ha trabajado con el gran cineasta Gus Van Sant, y estuvo en la citada La peor persona del mundo, construye una imagen que prima la cercanía y la intimidad traspasante del cine de Trier, en el que todo se torna de una forma orgánica que se puede tocar en todo su esplendor. Con una luz cálida en su superficie y oscura en su interior que ayuda a profundizar en las tensiones emocionales de los personajes. La música de Hania Rani, que ha trabajado en la cinematografía polaca junto a nombres tan importantes como Malgorzata Szumowska y Piotr Domalewski, entre otros, imprime unas composiciones que consiguen respetar y sumergirnos en las relaciones familiares dejando el espacio pertinente para que los espectadores podamos reflexionar en todo lo que vemos. El magnífico montaje de Olivier Bugge Coutté, en las seis películas del director danés, amén del cine documental del gran director sueco Fredrik Gertten, conduce admirablemente una trama nada fácil, con sus 135 minutos de metraje, en el que cada encuentro está sazonado de grandes quiebras, rupturas y reproches. 

La parte artística de la película, una parte esencial en el cine de Trier, brilla con gran fuerza y poder, porque tenemos a una Renate Reinsve, que repite con el director después de su enorme Julie, aquí con un personaje en las antípodas, porque su Nora se lo come todo y vive abocada a su trabajo como terapia para tener tranquilos a sus demonios. La actriz noruega no sólo mira con paz y serena, sino que ejerce una gran presencia en todo lo que toca, y su forma tan íntima de manejarse con los brillantes diálogos. Si nos deslumbró siendo La peor persona del mundo, con su Nora nos muestra toda la carne en el asador de lo que callamos, de lo que nos duele y del pasado tan oscuro y demoledor. Le acompañan un inconmensurable Stellan Saksgärd que, después de años en el cine hollywoodense, vuelve casi tres décadas después a un personaje como el Jan de Rompiendo las olas (1996), de Lars Von Trier, ahora convertido en un padre ausente, reconocido como director de cine pero odiado por sus hijas, sobre todo, por Nora. Igna Ibsdotter Lilleaas es la otra hermana, que es el reverso de Nora, más reconciliada con el pasado y las heridas. La estadounidense y magnífica intérprete Elle Fanning hace de una actriz muy popular que conoce a Gustav y protagonizará su película, y mantendrá una relación muy cercana con el director sacando demasiadas cosas ocultas. Finalmente, Anders Danielsen Lie, otro cómplice del director, anda por ahí revelándose como una presencia poderosa. 

Si el espectador más exigente y escéptico todavía albergaba a algún tipo de duda en relación al cine de Joachim Trier, estoy seguro que con Valor sentimental se le han disipado cualquier duda, porque la película es excelente, tanto en su contenido como en su forma, donde el dolor, el pasado y la tristeza se cuentan sin amarillismos, y si con una contundencia donde brillan la transparencia y todo aquello que se calla para paliar el dolor. Esta película está en deuda con los grandes del drama íntimo y familiar como Casa de muñecas, de Ibsen, Imitación a la vida, de Sirk y Sonata de otoño, de Bergman, donde las relaciones hacia adentro y todo lo que nos bulle en el interior, y los conflictos paternofiliales están contados con serenidad, creando esos instantes donde los diferentes reencuentros definen las relaciones oscuras y nada sencillas. La importancia de los espacios elegidos para mostrar la historia resultan de una genialidad absoluta, con esa casa como testigo de todo, del pasado y del presente, de cualquier tiempo donde los personajes se sienten como encarcelados, con unas ansias atroces de escapar, o mejor dicho, de escapar de ellos mismos, y reconciliarse con los demás, si se da y sobre todo, con ellos, mirándose a un espejo y conocer ese reflejo y que duela menos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Presentación Flores para Antonio

Presentación de la película «Flores para Antonio», con la presencia de su protagonista Alba Flores y los directores Elena Molina e Isaki Lacuesta, en el marco de IN-EDIT Barcelona. Festival Internacional de Cine Documental Musical, en una de las salas del Aribau Mooby Cinemas en Barcelona, el miércoles 29 de octubre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Flores, Elena Molina e Isaki Lacuesta, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y al equipo de comunicación del festival, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ciudad sin sueño, de Guillermo Galoe

EL CHAVAL DE LA CAÑADA. 

“No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros (…). 

“Ciudad sin sueño”, de Federico García Lorca

La primera imagen de Ciudad sin sueño, segunda película de Guillermo Galoe, coescrita junto a Víctor Alonso-Berbel, que dirigió el excelente documental Clase valiente: el poder de las palabras de 2016, arranca de modo vertiginoso: dos galgos corren a la caza de un conejo por una de las explanadas de la Cañada Real (el asentamiento ilegal más grande de toda Europa). A los veloces animales les siguen dos coches y sus ocupantes jalean a grito pelao. Entre ellos, la cámara se posa en el rostro de Toni, un chaval gitano de 15 años que viaja junto a su abuelo chatarrero. El sentimiento de libertad y la vida en volandas se mezcla con esa precariedad en la que viven, en un espacio sin luz, que empieza a desvanecerse en un tiempo a oscuras, lleno de sombras y de incierto futuro lejos del lugar. 

El director madrileño que dirigió Fragil equilibrio (2016), interesante documento donde daba buena cuenta de las contradicciones y vulnerabilidad de este mundo, ya sitúo su cortometraje Aunque es de noche (2023), en la mirada de Toni, con 13 años, y los suyos, en esa deriva de los últimos días en la Cañada ya que el ayuntamiento ha decidido derrumbar y cambiar su fisionomía humana (también es uno de los epicentros de droga). La historia retrata en modo ficcional, con el mejor aroma pasoliniano, al igual que sucedió en Entre dos aguas (2018), de Isaki Lacuesta, donde la realidad más inmediata se cuenta como ficción donde las personas se convierten en intérpretes. Hay muchas texturas en la película, quizás la más llamativa es su inmediatez, donde se instala la fisicidad como forma de trama, con el citado Toni, junto a su inseparable amigo Bilal, que van de aquí para allá, recorriendo los espacios de la Cañada, tan alejado de todo y todos, de ese mundo capitalista que compra todo al igual que lo tira a la basura y no valora nada. Galoe no juzga a sus personajes ni el lugar, los retrata con crudeza, con cercanía, casi pegada a ellos y ellas, con toda su complejidad, su alegría y tristeza. Sí que tiene la historia la idea de tiempo que desaparece, de un espacio que hay que dejar, del que estamos asistiendo a sus últimos tiempos. El western es el género que podría asemejarse más, aunque tamizado por lo social, y las ansías de vivir, experimentar y sentir de su protagonista. 

Galoe se ha rodeado de un gran equipo técnico como el cinematógrafo Rui Poças, toda una institución en la cine portugués, ya que ha trabajado en muchas películas de Miguel Gomes y Joâo Pedro Rodrigues, amén de Lucrecia Martel, Ira Sachs, Gastón Solnicki y en O Corno, de Jaione Camborda, entre otras. Una luz que juega en dos fronteras: la nocturna, donde las sombras, los intermedios y las oscuridades de neones, y esa otra, diurna, más seca, cruda y de tono grueso, fusionada con esos efectos coloridos que genera el dispositivo móvil. Una mezcla alucinada que describe con acierto los contrastes y peculiaridades del enigmático y extraño lugar. El gran trabajo de sonido directo Barto Alcaine, con más de 180 trabajos, que ya estuvo en el mencionado Frágil equilibrio, y las mezclas de Antonie Bertucci y Vincent Arnadi, contribuyen a lograr esa profunda e inquietante atmósfera de sonidos, diálogos y músicas que suena sin cesar. El extraordinario montaje de Victoria Lammers, cómplice del director que, en sus asombros 97 minutos, captura todo la realidad vital, emocional y espiritual de los personajes, con esa fusión entre lo físico y lo más quieto, en el mundo frágil y vulnerable por el que se mueven sus habitantes formado por familias gitanas y árabes. 

En una película como esta, que nace desde la observación y la idea que para filmar ese lugar y a sus gentes hay que apartarse del documental al uso y transformarlo en una trama de ficción que habla de su realidad y su posible salida del lugar, en una idea de ir y venir sin descanso en esa agitación constante que conforma el lugar y sus habitantes. El gran trabajo de casting de Elena Saura, que ya hizo lo propio en películas tan interesantes como El agua, Los destellos y Sirat, sacando el máximo rendimiento de actores naturales convertidos en intérpretes que transmiten naturalidad y transparencia, con esas miradas y gestos que traspasan la pantalla. Tenemos al fascinante Toni Fernández Gabarre, su fiel amigo, Bilal Sedraoui, a punto de dejar la Cañada por las playas de Marsella, Jesús Chule Fernández Silva, Felisa Romero, Pura Salazar, Francisca Jiménez, y la Libe, la niña de la mandamás del asentamiento, que tiene loquillo al Toni. El personaje de Toni, que nos recuerdan al Pio y Cosimo, los chavales gitanos que protagonizan A ciambra (2017), de Jonas Carpignano que, al igual que la película que nos ocupa, también usaba la ficción para describir una realidad humana y de verdad, muy compleja, vulnerable y agitada. 

La segunda obra de Guillermo Galoe, Ciudad sin sueño, título prestado del poema de Federico García Lorca, del que la inolvidable fusión del gran Enrique Morente & Lagartija Nick puso música y quejíos en esa pieza de orfebrería que fue el disco “Omega”. No es una película que se dignifique retratando un lugar como la Cañada Real, tan denostada como usada por su ilegalidad y el trapicheo existente, sino que su forma de acercarse a esa realidad cruda es un buen ejemplo de mirar al otro y sus cosas, sin pretender endulzarlos ni mucho menos señalarlos, sino mirarlos de verdad, con toda su profundidad e intimidad, con toda su alegría y tristeza, con todo lo que son y lo que no, escuchando sus conversaciones, sus sueños frustrados e insatisfechos, su idea de pertenencia y de desarraigo, sus ideas de clan familiar y enemigos y demás. La cámara desaparece convirtiéndose en un alma más del espacio, un lugar cambiante, errante y en continuo proceso de vacío. Vean la película porque seguro que será una cinta a la que hay que volver siempre, como ocurre con la mencionada Entre dos aguas, como ocurre con Por donde pasa el silencio (2024), de Sandra Romero, en que la ficción se convierte en el mejor aliado para mostrar una realidad muy enrevesada y complicada que está muy cerca y pocas veces no detenemos a observar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa

NUESTRA AINARA QUIERE SER MONJA. 

“Lo que falta aprender en las familias es que dentro no debe existir el poder”. 

Francis Bacon

De las tres obras que componen la filmografía breve e intensa de Alauda Ruiz de Azúa (Baracaldo, 1978), la familia se erige como centro capital del que vertebran todas las ramificaciones habidas y por haber. La familia no como institución o nexo común entre una serie de individuos, sino de cómo actúa la familia cuando el conflicto estalla. Una cuestión que es diseccionada de forma quirúrgica por la cineasta vasca desde todas las posiciones posibles, en la que bucea de forma tranquila y nada complaciente, escarbando todos los pormenores, sacando a relucir las grietas invisibles que a simple vista no se ven. Un cine para reflexionar sobre personas que parecen equilibradas y reposadas en vidas que, a priori, parecen normales y nada extrañas. En Cinco lobitos (2022) su ópera prima, el tema iba sobre la maternidad de la hija y cómo eso suponía un destrozo emocional en todo el clan. En Querer (2024), miniserie para Movistar, la cosa andaba por la denuncia de una madre contra su marido por malos tratos ante la sorpresa de los hijos. 

En Los domingos estamos ante una familia religiosa y convencional que se trastorna cuando Ainara, la heredera de 17 años, exitosa en los estudios y de carácter reservado y afable, se acerca tanto a Dios que despierta su vocación y decide que será monja. Como es una familia civilizada respeta la decisión de la joven, aunque será Maite, la tía que se mostrará en contra de tal decisión e instando a su hermano, Iñaki, y padre de la niña, a que la convenza de cambiar su decisión. La película abre muchas vías que aparentemente suenan irreconciliables pero que la directora sabe manejar y mezclar con inteligencia y aplomo. Está la religión y la fe, porque la película también explora estos elementos, y como no, la familia, donde cada uno de sus miembros expresa su respeto e incredulidad, y si nos sumergimos más en sus pliegues narrativos y formales, encontraríamos una tercera vía, las cosas que nos unen y nos separan entre las personas más cercanas, y las dudas que generan esas ilusiones y soledades compartidas y alejadas. Ruiz de Azúa tiene un mecanismo frágil y potente entre manos, y lo cuida con mimo y lo muestra con serenidad, sobriedad y alejándose de lo estridente. 

La cinematografía concisa y naturalista que firma Bet Rourich, que tiene en su nómina a grandes nombres de nuestra cinematografía como Elena Trapé, Sergi Pérez, David Ilundain e Isabel Coixet, en un excelente trabajo de planos y encuadres cerrados en el que prevalece el estudio psicológico, en algunos momentos como si fuese un cuento de terror, de los que suceden en el ámbito doméstico, que son los más fuertes, con esa luz  de pura transparencia y cercana en el que cada instante ayuda a profundizar, sin prisas, y mirar con detenimiento cada situación y el interior revuelto de los personajes. El montaje de Andrés Gil, que ha estado en todas las obras de la cineasta vasca, ha sido parte fundamental en su cine, amén de haber trabajado en la reciente La buena letra, de Celia Rico. Su edición plantea un corte limpio, sin titubeos, en que la trama la arman los diferentes personajes a partir de sus (des) encuentros y diferencias, y alguna, aunque pocas cercanías, en un relato que fusiona lo íntimo con lo público de forma magistral, en todo aquello que dejamos ver a los demás y lo que ocultamos, y sobre todo, en cómo nos miramos al espejo y qué hacemos con ese reflejo que nos encontramos. En ese sentido, cabe destacar la ausencia de música extradiegética, y por contra, la presencia de la música que es tocada, cantada y escuchada in situ, como tanto apreciaba en su cine Buñuel. 

En las obras que hemos visto de la directora vizcaína, sus intérpretes no sólo muestran sus fortalezas y vulnerabilidades, sino que las transmiten con muy poco, devolviéndonos ese cine donde lo que no vemos se refleja a partir de momentos en intermedios y cotidianos, de los que pasan desapercibidos. La joven debutante Blanca Soroa se enfunda en Ainara, la niña que ha recibido la llamada de Dios y quiere dedicarse en cuerpo y alma a su bendición, en una interpretación alucinante y llena de matices y muchos grises, adoptando muchas formas y texturas, en ese mar de tormenta por el que navega, sobre todo, en relación con su familia. Le acompañan una inconmensurable Patricia López Arnaiz, qué pedazo de actriz es la vitoriana, haciendo de esa tía de carácter y fuerte, que intenta por todos los medios que su sobrina deje el camino divino y estudie una carrera. El padre lo hace Miguel Garcés, un actor lleno de carisma, qué mira muy bien, y acepta a medias lo de su hija. Un intérprete que hemos visto en los films de Estibaliz Urresola, en la serie Apagón, en Soy Nevenka, de Bollaín, y que repite con la directora después de su presencia en la citada Querer. La Miren de la mencionada Querer, la fantástica Nagore Aranburu hace de monja, una muy particular que, en la piel de la actriz vasca, se muestra tan cercana y natural. Mabel Rivera, que seguimos desde Mar adentro, es la abuela, y el actor argentino Juan Minujín, que nos encantó en El suplente, es el novio de la tía. 

La película fue galardonada con el Gran Premio de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, no sabemos si merecido o no, porque esto de los premios es así, cuestión de pareceres. Lo que sí sabemos de Los domingos es su fuerza, integridad y honestidad en su forma de investigar concienzudamente ese espacio familiar tan cercano y lejano a la vez, tan cálido y horrible, según la experiencia, tan lleno de amor como de odio. Un espacio que, para bien o para mal, resulta fundamental a nivel emocional en el devenir de nuestra existencia. Un espacio que ha sido explorado en multitud de ocasiones en el cine, aunque nunca son suficientes, porque cada familia tiene lo suyo, y la que protagoniza Los domingos, tiene su miga, como mencionaba mi abuela, una de tantas con sus cosas, tan buenas, tan malas y tan no sé qué. Tres obras he visto de Alauda Ruiz de Azúa, tres viajes a la familia y a sus reflejos y sus sombras, y me han resultado tremendamente estimulantes y brillantes, porque la cineasta retrata lo humano y su complejidad, soledad y tristeza, y sabe cómo mirar los entresijos de la familia, esos que no se ven y en el fondo, actúan de forma implacable en lo que somos, en lo que creemos ser y en lo que imaginamos que seremos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los tigres, de Alberto Rodríguez

LOS DE DEBAJO DEL AGUA. 

“Yo sé que hacer debajo del agua, fuera no sé”. 

Desde sus dos primeras películas, compartidas con Santi Amodeo, el universo de Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971), ya situaba el paisaje como el centro de la acción. Un paisaje que contribuía a deformar e intensificar la condición social y económica de los respectivos personajes. Con la entrada del guionista Rafael Cobos, a partir de 7 vírgenes (2005), ese elemento se intensificó mucho más, sobre todo, en películas como Grupo 7 (2012) y La isla mínima (2014), en que la Sevilla urbana y rural, no sólo condicionan el devenir de los personajes, sino que eran parte esencial para contar lo que se contaba y las circunstancias que rodeaban semejantes espacios como los barrios periféricos llenos callejuelas y viviendas laberínticas en una, y en otras, las inmensas e infinitas marismas del Guadalquivir que ahogaban a todo aquel que se creía invencible. Con Los tigres vuelve a situarnos en un paisaje inmenso, hostil y nada complaciente que ya no está en la superficie, sino debajo del agua, un paisaje aún más si cabe, más inhóspito, invisible y muy oscuro. Un paisaje apoyado por una serie de personajes, encabezados por Antonio, apodado como “El Tigre”, todo un experto en la materia.  

El tal Antonio, el tigre del título, es un tipo como los que tanto le gustaba retratar a los Fuller, Peckinpah y Hellman. Almas rotas, derrotadas y cansadas, que la vida les estaba reservada el último cartucho o la última vez, esperando una fortuna para salir del atolladero que se han cavado. Antonio es muy bueno debajo del agua, como espeta en un momento, pero fuera de ella es un completo desastre: adicto al juego, a la bebida, y un ex que no cumple con lo suyo y un padre a ratos. A su lado, un personaje de esos que llenan cada momento, Estrella, su hermana, también buzo como él, herencia de un padre que fue poco padre. Ella, a diferencia de su hermano mayor, piensa más las cosas aunque le cuesta hacerse valer. Eso sí, actúa como un escudero de su hermano aunque él no lo aprecie. Una pareja de personajes potentes y humanos, muy de la casa de Rodríguez-Cobos, en qué paisaje físico y humano se entrelazan en policíacos muy sociales, como se hacían antes, con el mejor aroma de los Lang, Hawks y Melville. Con ese tono pausado y muy emocional, donde lo físico se sumerge bajo el agua, en ese territorio poco visible y  altamente peligroso. 

Otra de las características esenciales del cine del director sevillano es su complicidad con un grupo nutrido de técnicos que le han acompañado desde sus primeras películas como el director de arte Pepe Domínguez del Olmo, el figurinista Fernando García, el sonidista Daniel de Zayas, entre otros, a los que añadimos los cabezas de serie como el cinematógrafo Pau Esteve Birba que, después de la serie La peste, vuelve a una película de Rodríguez aportando una luz brillante de esa Andalucía portuaria de grandes escenarios fusionada con unos interiores cortantes y las sombras de debajo del agua. Otro grande de la factoría sevillana es el músico Julio de la Rosa, nueve trabajos juntos, añade esa composición rasgada que traspasa a los protagonistas, dando ese toque que mezcla lo natural con lo oscuro, que también mantiene el tono de la compleja atmósfera del film. El montador José M. G. Moyano sería como el verdadero pilar de Rodríguez porque ha estado en todas sus 9 películas y 2 series, un verdadero aliado en sus obras, ya que siempre impone un toque de distinción a las cintas, con ese ritmo reposado, de miradas y gestos, de rostros vividos y rostros en silencio, donde la acción está al servicio de una trama de personas de almas quebradas con ritmos que encogen el alma como en Los tigres en sus 106 minutos de metraje que nos devuelven al cine de verdad, del que cuenta historias cercanas con personajes de carne y hueso. 

Los intérpretes de las películas de Alberto Rodríguez siempre brillan porque deben dar vida y conflictos a seres complejos que hacen cosas bien y cosas mal, como el Antonio de ésta, el “Tigre”, que vuelve al universo del director sevillano después de Rafael, el poli expeditivo a lo Boorman de A quemarropa, que encarna en la citada Grupo 7. Ahora, en la piel de un buzo que trabaja arreglando problemas de petroleras en alta mar, y un día encuentra un paquete que le puede solucionar sus problemas. Lo demás deberán averiguarlo en los cines. A su lado, Bárbara Lennie como Estrella, la hermana a la sombra que es mucho más de lo que parece, una alma que quiere huir o simplemente, cambiar de vida, que buena falta le hace. Lennie demuestra una vez más lo potente que es haciendo de una mujer que mira mucho y habla nada, consiguiendo expresarlo todo sin decir ni mú. Como ocurre en el cine del realizador andaluz, el resto del reparto brilla, que parecen la cuadrilla de Wild Bunch de Peckinpack como Joaquín Núñez siendo El Gordo, Jesús del Moral, César Vicente y Skone, y la presencia de Silvia Costa como ex de Antonio, y la breve pero estimulante de la actriz gallega Melania Cruz.  

Entre la avalancha de estrenos en el que estamos, espero que una película como Los tigres tenga su audiencia, porque el espectador seguidor del cine de Alberto Rodríguez se encontrará con un cine hecho de materia humana, con personajes de los que nos encontramos a diario en nuestra cotidianidad, y no lo digo por decir, porque la película transmite toda la historia de cada uno de ellos, consiguiendo expresar toda esa amalgama de emociones y sentimientos que nos sacude el alma. Rodríguez es uno de nuestros grandes fabuladores de historias, en el que conoce con claridad su entorno y lo muestra con todo su esplendor y miseria, mostrándonos todos sus lados, los que brillan y los que oscurecen, y no lo hace desde la condescendencia, sino que nos lo enseña desde los seres que lo habitan, unos seres llenos de vida, o quizás, podríamos decir, llenos de ilusiones, porque al fin y al cabo que es vivir sino tener ilusiones por seguir haciendo lo que hacemos diariamente. Antonio y Estrella lo saben, o quizás, haya llegado el momento de salir del agua y ver otros horizontes, viviendo el presente que hay que enfrentar y no ese pasado que hemos inventado a los demás y sobre todo, a nosotros mismos para no hundirnos del todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA