Petra, de Jaime Rosales

LOS LÍMITES QUE NOS IMPONEMOS.

En el cine de Jaime Rosales (Barcelona, 1970) no han nada producto al azar, todo forma parte de una estructura dramática medida y construida para cada película, consiguiendo de esta manera una película diferente cada vez, pero con rasgos definibles y conocidos que vendrían a conformar una mirada contemporánea y profunda sobre la condición humana en procesos dramáticos donde la violencia se convierte en un eje transformador de las existencias de los personajes en cuestión. En su debut, Las horas del día (2003) indagaba en la personalidad de un hombre común de una gran ciudad que asesinaba de forma fría y salvaje, en una mise en scène que aprovechaba el espacio de manera perturbadora, en que alargaba el tempo cinematográfico consiguiendo aterrorizar aún más si cabe al espectador. En su siguiente película, La soledad (2007) construía un juego visual en el que dividía la pantalla en dos, al que llamó Polivisión, en el que volvía a jugar con el espacio y los movimientos de sus personajes, para hablarnos del destino de dos mujeres en una ciudad cualquiera que deben lidiar con un hecho trágico. En Tiro en la cabeza (2008) nos introducía en la piel de unos terroristas de ETA y uno de sus asesinatos, pero vistos desde la distancia con teleobjetivos y prescindiendo del diálogo. Sueño y silencio (2012) en la que se centraba en una familia en el Delta del Ebro que sufrían un accidente que trastocaría toda su vida, supone un paréntesis en su filmografía, una película que devendría en el fin de un recorrido como cineasta, donde su comunión con el público estaba rota y Rosales tuvo que redefinirse como autor y emprender una búsqueda interior. De todo ese proceso nacería dos años después Hermosa juventud, en el que es una reinvención de su estilo, en el que la naturalidad presente se convierte n el centro de la trama, con intérpretes debutantes y equipo joven para hablarnos de las penurias económicas de una pareja que tiene que hacer porno amateur para ganarse la vida.

En Petra, sexto título de su carrera, Rosales parece haberse reencontrando consigo mismo como cineasta, construyendo un relato aristotélico en el que ha ido mucho más allá, empezando por la construcción del guión, en el que ha contado con la veteranía de Michel Gaztambide (habitual del cine de Urbizu) y la juventud de Clara Roquet (coguionista de 10.000 km e incipiente directora de estupendos cortometrajes) una mezcla interesante que ha generado un relato dividido en capítulos desordenados en el tiempo que empiezan con un Dónde conoceremos o sabremos…, como hacía Cervantes en su inmortal El Quijote…, en una trama instalada en la familia, con el pasado y la mentira como ejes centrales, un retrato naturalista, inquietante y fascinante que nos lleva a una trama repleta de mentiras, espacios ocultos y perversos, en que el tiempo hacía delante o hacía atrás consigue sumergirnos en una trama inacabable, llena de falsedades, (des) encuentros entre sus personajes y un relato que se clava en nuestro interior vapuleándonos de manera eficiente y brutal. Porque Rosales nos cuenta historias interesantes, aunque su imprenta autoral podríamos encontrarla en el Cómo lo cuenta, y aquí, consigue esa mezcla estupenda en que nos interesa tanto el qué como el cómo, abriéndonos múltiples puntos de vista en nuestra manera de mirar la película, y recolocando mentalmente las piezas desordenados del guión.

Otro de los elementos de la película que más llaman la atención son sus espacios y su manera de filmarlos, con esos planos secuencia y panorámicas donde no siempre lo que está sucediendo es lo mostrado, sino que Rosales juega con el espacio convirtiéndolo en una herramienta narrativa de gran calado, en la que no sólo nos muestra a sus personajes y sus reacciones, sino el espacio en que los enmarca, que suele decirnos muchas más cosas de las que a simple vista nos muestra, con el acompañamiento musical que incide en todo lo que se muestra o no, y esos espejos que reflejan los estados anímicos de unos personajes entrecruzados en un ambiente perverso de amos y criados. La elección de la película analógica de 35 mm y su cinematógrafo Hélène Louvert (habitual del cine de Marc Recha, y también, de la reciente Lázaro feliz, de Alice Rohrwacher, filmada en 16 mm) pintan la película aprovechando la luz natural y la singularidad de sus espacios rurales, en los que la piedra y la madera están presentes en ellos, una luz fría y natural que contrastan con la oscuridad de las relaciones que allí se cuecen, y también, con esos espacios sombríos de la ciudad. Rosales es un estudioso del espacio y su forma de filmarlos, en el que prevalece la precisión y austeridad, nada que distraiga a los espectadores, construyendo narrativas de extraordinaria limpieza visual,  que constantemente interpelan al espectador en el que todo el interior de los personajes y la soledad que transmiten, acaba teniendo su materialización tanto en el espacio como en la luz que lo baña.

El cineasta barcelonés nos introduce en su película con la Petra de su título, que será ella, desde su mirada, que nos muestra la atmósfera y los personajes que la habitan, Petra es una joven pintora que llega a vivir una residencia con Jaume, un artista mayor consagrado (una llegada que recuerda a la entrada en el piso de la protagonista de La soledad). En esa casa ampurdanesa conocerá a Marisa, la madura esposa de Jaume, y Lucas, el hijo de ambos que también es un artista. En la casa, trabajan Juanjo, el guarda y Teresa, su mujer, y Pau, el hijo de ambos, que tendrán su importancia en los hechos que allí sucederán. Petra ha llegado con la excusa de pintar, pero sobre todo, conocer a Jaume y confesarle que cree que es su padre, entre medias, se tejerán una serie de relaciones difíciles y complejas entre los personajes, en el que Jaume actúa como un maléfico despiadado en el que desprecia a todos y cada uno de los que le rodean, convirtiéndose en una especie de ogro moderno en que su posición y poder lo llevan a aprovecharse de todos. Para más desazón, la violencia emocional y física, harán acto de presencia en la trama, como es habitual en el cine de Rosales, en el que veremos las diferentes reacciones hostiles de los personajes y sus posteriores acciones.

Unos personajes interpretados por un grupo de intérpretes concisos y sobrios, que sienten y mienten más que hablan, donde las miradas y sus gestos lo son todo, encabezados por una magnífica Bárbara Lennie haciendo de Petra, bien acompañada por la sobriedad de Alex Brendemühl (que ya fue el asesino abyecto de Las horas del día) Marisa Paredes como la madre que con sólo una mirada nos introduce en esa relación perversa que mantiene con Jaume, que da vida Joan Botey, debutante reclutado durante el proceso de búsqueda de localizaciones, que hace de ese artista malvado y perverso, capaz de todo, en un estudio interesante sobre el arte y los monstruos que crea, y unos actores de reparto sublimes como Oriol Pla, ese hijo que nunca tuvo Jaume, en un personaje sociable que aguarda su momento, Carme Pla en un breve pero brutal caracterización de esa mujer condenada a la perversidad de Jaume, Petra Martínez (que estaba en La soledad) como la madre de Lennie, con su secreto bien guardado, y por último, Chema del Barco como el guarda callado y ejemplar que advierte a Petra del carácter de Jaume.

El cineasta catalán comparte cuestiones formales y argumentales con el universo de  Almodóvar en su faceta más negra y laberínticos pasados familiares, cercanos al folletín, pero tratados de forma y fondo antagónicos a ese género popular, con una mirada sobria y alejada de sentimentalismos, con la serenidad del cineasta interesado en las relaciones humanas y la tragedia que a veces esconden,  pero filmados de manera diferente, y con un humor tratado de maneras distintas, con el aroma de la violencia rural al estilo de Furtivos, de Borau o Pascual Duarte, tanto la novela de Cela como la película de Ricardo Franco, con rasgos del cine de Haneke o Von Trier, en esos personajes malvados y abyectos, en que la violencia forma parte de su realidad más cotidiana e inmediata, la sobriedad de clásicos como Ozu o Bresson, que ya conocíamos en otras películas de Rosales, en un relato oscuro y terrorífico en el que nos habla de identidades, de búsquedas, de familia, y mentiras, en el que todos y cada uno de los personajes, se mueve siguiendo en ocasiones sus más bajos instintos, luchando encarnizadamente con sus emociones y sus conflictos internos, en una trama perversa y maléfica, que nos inquietará y agradará por partes iguales, y no nos dejará en absoluto indiferentes.

Climax, de Gaspar Noé

DANZAD, DANZAD, MALDITOS.

“La existencia no es más que una ilusión efímera que todos nos llevamos a la tumba.”

Gaspar Noé

El espectacular y rompedor arranque de la película con los cuerpos de los bailarines danzando al ritmo adrenalínico y frenético de la música, con esa cámara suspendida en el aire que va recogiendo todos sus movimientos a velocidad de crucero, sometiendo a los espectadores en una vorágine brutal y llena de energía que nos deja completamente hipnotizados con su sonio y ritmo. Una apertura de estas características deja muy claras las intenciones de Gaspar Noé (Buenos Aires, Argentina, 1963) de proponer un viaje hipnótico y sensorial a través de la música, en el que tenemos que dejarnos llevar, dejar de lado la racionalidad y que nuestro subconsciente nos guié por ese mundo de sensaciones y de espiritualidad. El cineasta argentino afincado en Francia no hace un cine complaciente y cómodo, sino todo lo contrario, nos sumerge en relatos cotidianos en apariencia, que a medida que avanza el metraje, se irán radicalizándose, en el que sus personajes se sumergirán en un laberinto emocional y complejo donde la violencia más extrema y brutal hará acto de presencia, destapando las partes más oscuras de la condición humana.

Y si esto fuera poco, Noé echa mano de un virtuosismo formal muy radical, marca de su cine, en el que sus planos retratan de forma cruda y realista todo aquello que ocurre, con encuadres imposibles y extremos, en el que capta todos los puntos de vista de los personajes, y sobre todo, sus estados de ánimos, como si la cámara fuese el alma del personaje, moviéndose y captando todo aquello que desprende su interior, siguiendo con crudeza y suciedad todas las acciones violentas y durísimas que viven sus criaturas. En Climax empieza con ese prólogo donde los bailarines hablan a la cámara en una especie de casting sobre sus ilusiones y miedos, para luego pasar al brutal baile de apertura de la película y a la fiesta que vendrá a continuación, donde veremos a los bailarines bailando sin descanso al ritmo de la música en directo, que no dejará de sonar en todo el metraje, también, iremos conociendo las relaciones personales entre ellos, con ese vocabulario de la calle, donde hablan de sexo, alcohol y drogas, entre otras cosas sobre pasarlo bien y disfrutar de la vida.

Estamos a mediados de los 90, la música electrónica y dance francesa es la más rompedora del planeta, con grupos como Daft punk a la cabeza, en un recóndito lugar alejado de todos y todo, en una historia real como nos anuncian en los títulos del inicio de la película, en los que hay alguna que otra broma y nos dan paso al ambiente festivo y alegre que recorre una parte de la película. Noé ha reclutado a un buen puñado de bailares profesionales, encajando su película en un solo espacio, con el epicentro de la sala de baile, en el que podríamos reconocer el Cielo o el Paraíso, donde la danza transporta a todos los jóvenes a sus lugares y estados favoritos, llenos de luz y paz, después pasaríamos a los pasillos y otros espacios, con sus habitaciones, donde entraríamos en una especie de purgatorio, en el que cada uno de los personajes penetra en sus lugares ocultos y personales, donde estallan las diferentes tensiones y conflictos, y por último, nuevamente la sala de baile, ahora convertida en el Infierno, donde todo ha cambiado, en el que cada uno de ellos ya no es el mismo, está poseído por algo, en una especie de trance demoniaco en el que la construcción del inicio ha dejado paso a la destrucción de uno mismo y los de sus alrededor, en un estado zombie de almas desterradas, perdidas y llevadas por el delirio más infernal.

Noé parte su película en muchísimos trozos, aunque podríamos diferenciar un par, en el primero, todo es fiesta, alegría y baile, y en el segundo, después que se dan cuenta que la sangría estaba dopado con un potente LSD, donde cada uno de los personajes se mueve de un lugar a otro de forma anormal, como poseídas por algo, donde sus actos ya no obedecen a la consciencia, sino a otros espíritus, en el que los actos sinsentido y violentos se irán sumando, sin descanso, donde la cámara de Noé, testigo de toda esta locura y paranoia, representará todo estos actos y escenarios de manera inquieta y terrorífica, colocando el punto de vista al revés, y a ras del suelo, en el que nos iremos tropezando con jóvenes arrastrándose por el piso, manteniendo sexo, gritando, rasgándose el cuerpo y la ropa y moviéndose con extrema dificultad, en un estado de trance psicotrópico, donde todo está abierto en canal a lo más oscuro y brutal, en una bacanal de sexo, violencia y horror absolutos, donde la fiesta se convierte en pesadilla, y donde cada uno de los jóvenes se trasnforma en el peor de sus miedos y monstruos. Noé nos habla a la cara, de frente, sin tapujos ni vericuetos, y nos somete a su película, en este viaje psicodélico, para que seamos testigos y vivamos una experiencia algo parecido a lo que viven sus personajes, introduciéndonos en este malvado y cruel descenso a los infiernos, en el que cada uno de nosotros experimentará la película de formas y conceptos realmente muy personales, donde su radicalidad visual ya argumental, gustará más o menos, pero indiferente no dejará a nadie que se atreva a acercarse a este emocionante y sangrante cruce entre drama, terror y paranoia social.

Cold War, de Pawel Pawlikowski

UNA CANCIÓN DE AMOR DESESPERADA.

“El amor es el amor y no se puede hacer nada».

La primeras imágenes de la película nos remiten al cine documental, en el que su protagonista viaja a bordo de una camioneta por las zonas rurales de una Polonia de posguerra ruinosa y fría. Un viaje en el que se dedican a grabar las canciones populares de los campesinos, en que la cámara filma esa inmediatez y fisicidad de los lugareños, imágenes en las que Pawlikowski impone tantos años de experiencia en el documental. Luego, Wiktor, el protagonista del relato, junto a Irene, realizarán un casting donde buscan voces y bailarines entre los campesinos. En una de esas pruebas, quedará prendado de Zula, una enigmática rubia, de carácter y pasado oscuro. Entre los dos, sin que ellos mismos puedan remediarlo, nacerá una intensa y desesperada historia de amor, entre idas y venidas, que abarcará desde el año 1949 hasta el 1964. Pawel Pawlikowksi (Varsovia, Polonia, 1957) había instalado su filmografía en retratos de personajes de naturalezas y personalidades distintas en que las circunstancias los llevaban a relacionarse con todo lo que implica el choque entre dos mundos antagónicos.

Después de algunos títulos interesantes y dotados de personalidad, irrumpe con fuerza en el panorama internacional con Ida (2013) una película que lo devolvía a su país y a su idioma, en un exquisito y elaborado blanco y negro y el formato de 1: 1’33, nos contaba una sobria y amarga historia, con reminiscencias a Viridiana, de Buñuel, donde una novicia descubría su oscuro pasado familiar en la Polonia de los años sesenta. Cold War se sitúa una década anterior, en los cincuenta, y también adopta la plasticidad minuciosa y elegante del banco y negro y el formato cuadrado, para contarnos una historia dura y bella sobre dos amantes en un amor imposible en tiempos de desolación y grises. Viktor y Zula son la pareja de enamorados basados en los padres del director, a los que dedica la película, y en esos amores que se aman y se separan y vuelven a reunirse a lo largo de 15 años, unas veces por sus caracteres diferentes, otras, por las circunstancias políticas que les condicionan terriblemente, y en algunas, por caprichos del destino.

El cineasta polaco sitúa su trama en esa Europa de posguerra, con los dos bloques del este y oeste bien diferenciados, con esa Polonia militarizada y controladora, pasando por el París bohemio y divertido, aunque también, dificultoso para vivir, el Berlín oeste con su libertad, pero imbuido en el miedo, o la Yugoslavia socialista, donde nadie está a salvo de nadie. La película nos habla de una Europa herida y en reconstrucción, donde no hay lugares realmente buenos para vivir, donde todos tienen algo positivo y también, negativo, algunos más que otros. Las diferentes tonalidades de blanco y negro que opta la película describen con naturalidad y sobriedad las diferentes atmósferas que se respiran en uno y otro país, teniendo más contrastes entre la Polonia de tonos grisáceos con ese París libre y musical, donde parecen que las canciones suenan de otra manera. Pawlikowski nos cuenta los amores de Viktor y Zula mediante la música, rodeados de tantos temas que según sus diferentes estados de ánimo y la situación de su amor, nos lleva a sentir una cosa u otra, como por ejemplo el tema “Dos corazones”, de Mazowsze, que escucharemos un par de versiones del mismo tema, como canción popular interpretada por una campesina en Polonia, para luego más tarde escucharla como jazz en los labios de Zula en París. Desde el folklore  polaco hasta los ritmos modernos como el rock, el jazz y demás.

Una imagen pulcra, oscura o etérea, obra de Lukas Zal (que también hizo la de Ida) con esos encuadres majestuosos, donde como ocurría en Ida, casi todo se reduce al primer tercio de la imagen, dejando vacíos los dos tercios restantes, para evidenciar aún más la soledad y desesperación que sienten los protagonistas, como le ocurría a Anna, la joven novicia. El cineasta polaco condensa tantos años en 89 minutos que nos llevan de un espacio a otro, y a un país a otro, con cuidadísimas elipsis, donde es tant importante lo que vemos como aquello que se nos oculta, pasando por diferentes atmósferas y estados de ánimo, donde tanto Viktor como Zula se sienten continuamente amenazados por circunstancias tan adversas, donde el poder político era inmenso, donde la falta de libertad propia y ajena era el común denominador, en el que nada ni nadie se encontraba a salvo en un mundo con miedo, receloso y ruinoso, tanto físicamente como emocionalmente, donde unos y otros luchaban encarnizadamente por liderar los cambios del nuevo orden político, social, económico y cultural.

Pawlikowski se ha rodeado de buena parte de sus colaboradores habituales, muchos de ellos ya estuvieron en Ida, como el mencionado cinematógrafo, los diseñadores de producción Katarzyna Sobanska y Marcel Slawinski, la productora Ewa Puszczynska, y algunos de sus intérpretes como Joanna Kulig que ya estaba en Ida, y ahora da vida a la desdichada y cambiante Zula, bien acompañada por Tomas Kot como Viktor, y a su lado, Agata Kuleska que hace de Irene, y en Ida interpretó a la malvada y déspota tía de la protagonista, y la presencia del director francés Cédric Khan dando vida a otro cineasta parisino, y Jeanne Balibar en un breve pero interesante rol. Cold War, contundente y revelador título para una película de garra y fuerza, tanto plástica como argumentalmente hablando, en la que encontramos a uno de los cineastas europeos más interesantes del momento, con una gran personalidad como autor, que describe con aplomo y detalle de cirujano esos años oscuros de posguerra donde Polonia y sus ciudadanos debían resurgir de pozos muy oscuros para moverse y respirar en un país ruinoso que imponía un orden estricto y férreo, que dejaba a sus habitantes vacíos y encarcelados en vida.

Girl, de Lukas Dhont

LA LUCHA INTERNA.

Todos los que hemos experimentado la adolescencia conocemos ese período de cambios, un espacio de transición entre la infancia que vamos dejando y la edad adulta a la que llegamos llenos de dudas e incertidumbre. Todo nuestro alrededor cambiará drásticamente, nuestras ideas, nuestros objetivos, nuestros miedos y sobre todo, nuestro cuerpo, un cuerpo al que iremos descubriendo nuevamente, como si la vida y nuestro cuerpo se reiniciarán y todo empezase de nuevo. Un cuerpo que en algunos momentos nos satisfará, y en otros, en cambio, nos disgustará y mucho. Lara nació Víctor. Ahora, tiene 15 años y vive como una mujer, y trabaja duro por seguir su sueño, ser bailarina de danza. La puesta de largo de Lukas Dhont (Gante, Bélgica, 1991) se desarrolla en el marco de la adolescencia, de alguien que a los 15 años deberá de ser contra sí misma y contra su entorno social, una chica que quiere ser ella misma, y se levanta cada mañana para demostrarse a sí misma que puede hacerlo, que nada ni nadie significará un obstáculo en su camino.

El cineasta belga que ya había tocado la danza, la transformación y la identidad en sus anteriores trabajos, se lanza a contarnos una fábula actual, de tremenda cotidianidad, en el que seguimos la vida de Lara, su lucha contra ese cuerpo que es masculino, pero ella hace lo imposible, incluso dejándose la salud, para convertirlo en femenino, o al menos que tenga ese aspecto para los demás, mientras espera (im) pacientemente el día de la operación. Su ansiedad, sus conflictos físimos y sobre todo, emocionales, provocarán en Lara diversos cambios de actitud y carácter que le harán meterse en un pozo oscuro. El apoyo incondicional y humanista de Mathias, ese padre sin esposa (porque la madre de Lara está ausente) y el hermano pequeño Milo. Dhont propone un retrato íntimo y transparente de la cotidianidad del instituto y las clases de danza, de la exigencia de Lara y los problemas físicos y emocionales que le provoca su cuerpo, convertido para ella en una especie de condena de la que quiere escapar cuanto antes. La película nos habla de identidad, de género y la perseverancia de conseguir lo que uno quiere en su vida, y de perseguir sus sueños, cueste lo que cueste, aceptando las dificultades del camino y superando los diferentes obstáculos que se vaya encontrando.

Su tono frío y desangelado, acompañado por esa ciudad pequeña, donde parece que todo funciona con normalidad, ayuda a entrar y conocer mejor la vida de Lara, sus miedos e inseguridades, su soledad y sus conflictos con ella misma, con su cuerpo, convertido en su mayor enemigo, y las dificultades de tener una relación con los demás, como las tensiones con sus compañeras de danza, o con el chico que le gusta. Dhont teje un intenso y áspero drama, a medio camino entre el documental y la ficción, sobre la transexualidad en la adolescencia, sobre nuestro lugar en el mundo y nuestra identidad, sobre todos los problemas internos que nos ocasiona nuestro físico y la incapacidad de la sociedad por aceptar al diferente tal y cómo es, sin cortapisas ni prejuicios. El inmenso y extraordinario trabajo de los actores principales encabezados por Víctor Polster dando vida a Lara, nuestra heroína cotidiana que luchará contra ella misma, su cuerpo y su entorno para entender y entenderse, para llegar al final de su proceso, donde emocionalmente y sobre todo, físicamente, se sentirá bien con su cuerpo y podrá desarrollarse emocionalmente como siempre ha deseado, a su lado, Arieh Worthalter, que interpreta a Mathias, ese padre coraje que estará al lado de su hija y de sus problemas, aunque deberá ser paciente para aceptar todos esos cambios y ayudar a Lara cuando esta se deje ayudar.

Dhont cimenta con maestría y aplomo una película sin juicios ni sentimentalismos, con un par de personajes dentro de un entorno académico y vital que se convertirán en jueces implacables para el devenir de Lara, una mirada que bebe del cine inmediato con raíces en el documental que tanto practicaban Pialat o Vittorio De Seta, y más recientemente, los hermanos Dardenne, donde explican con minuciosidad y detalle los conflictos morales, físicos y emocionales de sus personajes, y sobre todo, de su entorno, una sociedad que le cuesta aceptar a todo aquello que desconoce, que desaprueba socialmente, en las que las películas se convierten en durísimos y desgarradores dramas sociales en el que impone una manera de narrar donde tanto la forma (con esas cámaras inquisitivas que se mueven con naturalidad y se erigen como espejos deformantes sobre nosotros y la sociedad en la que vivimos) como su contenido, en el que priman las dificultades de los más desfavorecidos, tanto a un nivel social como emocional.

Entrevista a Laura Ferrés

Entrevista a Laura Ferrés, directora de la película «Los desheredados». El encuentro tuvo lugar el martes 27 de marzo de 2018, en los Jardins Teatre Grec en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Ferrés, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Montse Pedrós de Inicia Films, por su simpatía, generosidad, paciencia y cariño, y a mi buen amigo Óscar Fernández Orengo, por su fantástica fotografía, su cariño, amistad y generosidad.

Happy End, de Michael Haneke

DISECCIONANDO A LA FAMILIA BURGUESA.

“Son una llamada a un cine que aporte insistentes cuestiones en lugar de respuestas falsas (por lo excesivamente rápidas), que clarifique las distancias en lugar de violar la cercanía, que abogue por la provocación y el diálogo en lugar de la consunción y el consenso”.

Michael Haneke

Las primeras imágenes de la película nos introducen en el objetivo de un Smartphone, en el que vemos situaciones cotidianas de una mujer, y una voz en off de una niña nos va relatando esos actos de forma mecánica y fría. Este prólogo nos evidencia una característica común en el cine de Michael Haneke (Múnich, Alemania, 1942) el interés del cineasta por reformular las imágenes contemporáneas introduciendo en sus películas los diversos formatos domésticos que van apareciendo, y la interactuación de sus personajes en su vida cotidiana, y cómo esas imágenes captadas desde la inmediatez y la improvisación acaban redefiniendo nuestras relaciones con los demás, y sobre todo, explorando aquello más oscuro del alma humana.

Haneke se erige como uno de los observadores de la sociedad contemporánea más incisivos y críticos sobre los comportamientos de los individuos, siempre en entornos burgueses, aquellos que aparentemente tienen resueltos todos sus problemas económicos, aunque, más allá de proporcionarles estabilidad y paz, los convierte en unos seres egocéntricos, falsos e hipócritas, incapaces de relacionarse con los suyos, y sobre todo, torpes en revolver sus problemas emocionales, porque todos sus actos les hacen convertirse en seres resentidos, tristes y solitarios, atrapados en la maraña de sus espacios y aburridos de ellos mismos, apartados de los problemas sociales, y completamente perdidos en su descontrol y miseria. Aunque Haneke huye de todos los convencionalismos narrativos para contarnos la existencia de sus criaturas, sumergiéndonos en ambientes reconocibles, a los que introduce elementos distorsionadores y perturbadores que rompen esa aparentemente armonía planteada en un inicio.

En Happy End, nos sumerge en el ambiente doméstico de una familia burguesa francesa que vive en Calais (que no es para nada arbitrario el lugar elegido, ya que es una ciudad costera donde llegan inmigrantes ilegales) y allí conoceremos a los integrantes de esta familia: Georges (interpretado por Jean-Louis Trintignant, que repite con Haneke después de la excelente Amor) el patriarca familiar, viudo y sólo, con la idea fija de quitarse la vida, también nos encontraremos con Anne (Isabelle Huppert, una de las habituales de Haneke, con aquella grandísima composición de la masoquista perturbada de La pianista) es la responsable de una empresa con problemas, con mala relación con su hijo díscolo Pierre (que da vida el actor alemán Franz Rogowski) y enamorada de un abogada estadounidense (que interpreta Toby Jones), y el otro vástago, Thomas (con la sobriedad de Mathieu Kassovitz) cirujano reconocido, casada en segundas nupcias con Anaïs (Laura Verlinden) que recibe la visita de Eve (maravillosa la interpretación de Fantine Harduin, uno de los grandes logros de la película, con esa mirada inocente y a la vez, maligna) la hija adolescente de su primer matrimonio.

 

Haneke a través de su estilo frío y alejado, adoptando el papel de observador, algo así como un testigo que mira sin inmiscuirse, captando cada detalle, cada mirada, cada gesto, con esa capacidad para sumergirnos hasta lo más profundo, con lo más mínimo, consiguiendo esa aparente tranquilidad y paz, y diseccionando con maestría de cirujano experto los problemas emocionales de esta prole, a la que no veremos nunca reunida, salvo en muy pocas ocasiones, alguna que otra cena, y esa reunión y los diálogos que se producen, aún nos evidenciaran más su desencanto, incomunicación y desesperación como grupo, situándonos en el epicentro de sus males, de esa oscuridad inquietante que tan bien maneja Haneke, provocándonos a cada momento, obligándonos a mirar, a explorar la miserable vida de sus personajes, de sus mentes perversas y de sus indiferencias ante los problemas sociales, imbuidos en esa vida de oropel, de lujo y de mierda.

El cineasta alemán disecciona los males contemporáneos de la bienintencionada Europa, con su cinismo de ayuda y colaboración con el desprotegido, pero en el fondo, toda ausencia de empatía con el necesitado, enfrascado en sus vidas, en sus intereses y en sus existencias ociosas, apartadas de todos y todo, mirándose a sus espejos de falsedad, aburrimiento y maldad, incapaces de expresar sus sentimientos y alejados de aquellos que aman, o simplemente, creen amar, porque cómo nos evidenciará la película en uno de sus momentos memorables, sólo nos queremos a nosotros mismos, incapaces de aceptar nuestra terrible soledad, y la soportamos mintiendo a los demás, y sobre todo, autoengañarnos a nosotros mismos. Haneke nos habla de inmigración sin casi aparecer inmigrantes, ni tampoco ese tipo de discursos amables y falsos de tantas películas, con esa idea de buenísimo, aunque esos actos aparentemente de ayuda y amistad, carezcan, en el fondo, de solidez y amor.

Los universos que nos cuenta Haneke son inquietantes, sombríos y extremadamente turbios, en los que los ambientes malsanos recorren todos sus espacios, en los que, en cualquier instante, puede producirse un estadillo de violencia, de horror, que late en el interior esperando su oportunidad, como si fuese un asesino a la espera de reventar su sed de sangre, aunque el cineasta alemán opta por una forma cotidiana e íntima, alejándose de las formas convencionales narrativas, en su cine, el plano y su duración consiguen inquietarnos de manera brutal, de agobiarnos, de hacernos daño con sus imágenes, a través de planos generales, donde sus espacios, ya sean urbanos o domésticos, parecen aparentemente tranquilos y en paz, pero más lejos de eso, están hirviendo y apunto para estallar y sobrecogernos a todos, aunque, en ocasiones todo continua igual, capturando de manera magistral la atención del espectador, seduciéndolo con esas imágenes repetitivas donde parece que algo va a suceder, que todo cambiará, pero, en ocasiones, esto no sucede, y esa imaginación, nos inquieta aún más.

En este sentido, la mirada inquisidora y siniestra de Haneke hacia la burguesía se acerca al cine de Antonioni o Chabrol, donde esa manada burguesa, perdida, solitaria y vacía, se mueve casi por inercia, incapaz de sentirse bien, y abrumada por los problemas emocionales, en el que viven o simplemente, existen, en los que la incapacidad para comunicarse, para hablar de lo que sienten, de ayudarse y ayudar a los otros, en donde la maldad o la muerte, en muchas ocasiones, es la única salida que tienen para soportar esas existencias tan mundanas, egoístas y estúpidas, movidas por su ambigüedad y constradicciones, aunque, estas decisiones tan oscuras y a la par, que sinceras, los lleven a sumergirse en más oscuridad y terror, pero, en su existencia ensimismada en ellos mismos y sus cosas tan lujosas, y a la vez, tan vacías, sean tan miserables para aceptar sus problemas y encontrar soluciones a sus situaciones, enfrentándose a sí mismos, pero en cambio, optan por actos irracionales que les hacen más daño, y sobre todos, a los suyos, a esos que tienen a su alrededor, a ese escenario inventado y construido a su imagen, lleno de su egoísmo y vanidad.

La cámara de Claire, de Hong Sangsoo

CUENTO DE PRIMAVERA.

“Hago fotos porque para cambiar las cosas hay que volver a verlas lentamente”

Si leemos la definición de variación musical, nos explica que:   Se trata de una composición por contener un tema musicalizador que se imita en otros subtemas o variaciones, los cuales guardan el mismo patrón armónico del tema original, y cada parte se asocia una con la otra. Difieren entre ellas los patrones melódicos y el tempo de cada variación” Dicho esto, si mirásemos el cine de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) como una partitura musical, encontraríamos en la variación su espíritu, esa naturaleza irreductible que emanan las imágenes de un cineasta peculiar, intenso y natural, en la que todas sus películas se mueven en un marco parecido, tragicomedias sobre la vida y el amor, a saber, personajes relacionados con el mundo del cine, conversaciones infinitas sobre el cine, la vida y el amor, y todas sus “variaciones” sentimentales, desde la fragilidad de las emociones, los combates internos entre aquello que deseamos o sentimos, la vulnerabilidad de los affaire amorosos, y la incapacidad de enfrentarse a aquello que sentimos y la torpeza en las relaciones sentimentales, y todo estos elementos nos lo cuenta mientras sus criaturas comen y beben, y a través de una planificación extremadamente sencilla, emulando a sus referentes franceses de la Nouvelle Vague, donde la cámara quieta se muestra desde la distancia, a modo de observadora, de testigo impertérrito que captura todo aquello que acontece frente a su objetivo, a los que acompañan leves movimientos como esos característicos zooms, muy populares en el cine de antaño, así como otros movimientos que van, tanto a izquierda como a derecha, como en una forma de corregir el plano o mostrarnos algo que ha quedado fuera de campo.

La incansable y prolífica carrera de Sangsoo parece no tener descanso, porque acumula más de 20 títulos desde su primer largometraje allá por 1996 (casi a película por año) sólo el año pasado presentó En la playa sola de noche, en la Berlinale, y otros dos títulos en Cannes, The day after y La cámara de Claire (alusión explicita a la película La rodilla de Clara, de Rohmer). En su nuevo trabajo, recupera a Isabelle Huppert (con la que ya trabajó en En otro país, de 2012, donde la imbuía en un fascinante juego de dobles, en el que la maravillosa actriz francesa juega a ser quién no era y viceversa). El juego del doble, en el que los personajes asumen un doble rol, el que tienen en la vida real, y luego el que SangSoo les da en la ficción, en el que vida y cine, o lo que es lo mismo, realidad y ficción se fusionan, donde todo lo que vemos parece tener origen en la vida propia de SangSoo, para luego, transmutarse en una película donde se reflexiona profundamente sobre lo acontecido en la vida real, a modo de terapia personal para el director y aquellos que lo rodean.

Las consencuencias derivadas del sonado romance vivido por el propio Sangsoo y su actriz fetiche Kim Min-Hee, roto por el matrimonio del director, ha sido reflejado en varias de sus últimas películas. Aquí, vuelve a ese mismo esquema, pero mirado desde otro ángulo, dando otra visión, y sobre todo, en otro país, en la ciudad de Cannes, en que el festival cinematográfico actúa como marco invisible, porque apenas se aprecia, en el que Jeon Manhee (interpretada por Kim Min-Hee) que está trabajando en la comunicación de un director coreano que presenta una película, es despedida por su jefa, después que está se ha enterado que ha tenido un romance con el director, que a su vez tiene una relación con la productora, jefa de Jeon. A partir de ese instante, y de modo fugaz, la joven coreana se encuentra con Claire (el personaje de Isabelle Huppert) y entre las dos nace una amistad, a los que hay que añadir que Claire también se encuentra casualmente con el director. Todos estos encuentros fugaces durante el festival, nos conducen por una ciudad donde todos sus personajes están de paso, vemos la vitalidad y la naturalidad de Claire, frente a la melancolía y la desazón de Jeon Manhee, y los diferentes encuentros con otros personajes, se mostrarán íntimas y emocionales, abriéndose entre ellas y reconociéndose entre esos dos mundos que las separan en un instante, y después, las acerca.

Sangsoo sólo necesita de 69 minutos para hablarnos de lo más profundo de nuestras emociones, pero enmarcado desde la más pura sencillez, desde esa naturalidad de unos personajes que hablan de cine, de literatura (ese mágico momento en la biblioteca ojeando un libro de Duras) de fotografía (la alusión a esa fugacidad que queda impregnada en las polaroids que dispara con amor y sencillez la Claire) y sobre todo, de sentimientos, emociones y amor, y todas esas variaciones y devaneos intensos y ambiguos que sentimos. Los personajes de Sang-Soo hablan de todo aquello que sienten de manera abierta, sin lanzar discursos pesados, y sin encontrar respuestas a tantas preguntas y males sentimentales, sólo se mueven enfrentándose a aquello que sienten, de forma torpe, natural y humilde, provocándonos esa afinidad que consigue el cine de Sangsoo sin en ningún instante caer en la artificialidad, la impostura o la falsa intelectualidad, su cine respira vida, cercanía, amor y sobre todo, esa sensación que todo fluye y todo puede cambiarse si sabemos mirar la vida desde un tiempo quieto, lento y sin prisas, donde todo a nuestro alrededor es maravilloso y especial, dejándonos llevar por aquello más leve e íntimo.

El hombre que mató a Don Quijote, de Terry Gilliam

LAS AVENTURAS DE UN INGENIOSO HIDALGO.

“Llevamos tanto tiempo con esto que la simple idea de poder terminar de rodar esta película ‘clandestina’ es casi surrealista. Cualquier persona sensata se habría rendido hace años, pero a veces los soñadores cabezotas ganan al final. ¡Así que gracias a todos los fantasiosos, a los paganos y creyentes que se unieron a mí para hacer de este sueño de casi toda una vida una realidad!”

Terry Gilliam

La película se abre con un texto significativo sobre la historia de la película, en el que el propio director nos explica brevemente que después de 20 años, haciendo y deshaciendo la película, por fin se puede mostrar. Porque la historia de este proyecto arrancó allá por 1998, en el año 2000 empezó el rodaje con Jean Rochefort como Quijote y Johnny Depp como partenaire, después de problemas y contratiempos de toda índole, el rodaje se detuvo a las dos semanas, buena cuenta de todo lo ocurrido podemos encontrarlo en el documental Lost in La Mancha (2000). Hubo otro intento serio de hacer la película con John Hurt como Quijote, pero al poco la grave enfermedad que sufría el actor paró todo el rodaje. Finalmente, en el año de 2017, la película empezó su rodaje y todo llegó a buen puerto.

La película es una obsesión personal de Terry Gilliam (Mineápolis, Minnesota, EE.UU., 1940) un tipo curioso y peculiar que fue uno de los miembros de los Monty Python, el grupo cómico, satírico y burlón sobre la idiosincrasia británica, en el que Guilliam codirigió algunas de sus películas como Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores o Los héroes del tiempo, después de la disolución del grupo, Guilliam debutará en solitario con Brazil (1985) distopía sobre un futuro deshumanizado, cruel y vacío, convertido en uno de los títulos más prestigiosos de su filmografía, le siguieron Las aventuras del Barón Münchhausen, El rey pescador o Doce monos, películas que aumentaron su prestigio como cineasta, luego llegaron otros filmes muy desiguales como Miedo y asco en Las Vegas, El secreto de los hermanos Grimm, Tideland, El imaginario del Dr. Parnassus y The Zero Theorem. Cine que mezcla de forma abusiva, la acumulación de personajes envueltos en situaciones rocambolescas que parecen no tener fin ni mesura, en la que sus fábulas a medio camino entre el circo, el clown, la farsa, el metalenguaje y demás, unas veces irrita sobremanera y otras enloquece sin encontrar una medida justa. El hombre que mató a Don Quijote tiene desmesura y locura, como no podía ser de otra manera, tiene excesos narrativos y secuencias que funcionan unas mejor que otras, donde ese límite entre lo contenido y lo acumulativo, no siempre casa con la mejor de las posibilidades.

Gilliam inventa y reinventa su lectura del universo cervantino, al que no siempre se ha sabido capturar en la gran pantalla, los trabajos de Manuel Gutiérrez Aragón, tanto en formato de serie televisivo o cine, se fraguan más en lo clásico, siguiendo las andaduras del ingenioso hidalgo y su fiel y salvador escudero. Quizás, la visión de Welles con su Don Quijote inacabado, que finalmente acabó su ayudante Jesús Franco, tiene esa relectura del clásico, convirtiendo a los dos protagonistas en auténticos símbolos de lo antaño, de lo que perdura, aunque el mundo se haya transformado, haciéndolos emprender sus andanzas en la España franquista del momento, visitando ciudades en fiestas. Guilliam no sumerge en una aventura que mezcla múltiples formas y texturas, en la que Toby, un cineasta perdido está rodando un spot protagonizado por Don Quijote y Sancho Panza, cuando hastiado y nervioso, coge una moto y se presenta en un pueblo perdido de La Mancha, donde años atrás filmó su versión del Quijote en plan cine independiente. Allí, se reencontrará a Javier, un zapatero que dio vida a su Quijote, aunque el tal Javier ha perdido el oremus y vive creyéndose su personaje (algo parecido le sucedió a Bela Lugosi con Drácula o a Jonny Weissmüller con Tarzán) y si quererlo ni pretenderlo, los dos asumen sus roles y empiezan a encontrarse en situaciones de todo tipo, más aún cuando Toby se reencontrará con Angélica, la joven que interpretó a Dulcinea en su película de la que está secretamente enamorado.

Gilliam vuelve a contar con Tony Grisoni, uno de sus cómplices, en tareas de escritura, y no sumerge en la mente distorsionada de Javier/Quijote, en el que la realidad deja de tener sentido para abrir otra dimensión, donde lo que vemos es una mezcla entre realidad y ficción, entre tiempos de antaño y actuales, entre conflictos y sueños, aunque en algún momento los excesos de Guilliam se imponen en la película, y parece llevarnos hacia la acumulación y la desmesura, en cambio, en otros, en su mayoría donde la película es un fascinante juego de metacine, en el que todo es posible, donde la trama se convierte en una auténtica aventura de Don Quijote y Sancho Panza, en el que nos encontramos diversos personajes, que nos trasladan al siglo XVI y a los tiempos actuales, donde una puerta o un camino te transporta a otra dimensión, a otro estado de ánimo, donde te esperan granjeros o inmigrantes sin papeles, donde taberneros se convierten en caballeros feroces que se baten en duelo, o donde un baño en un río o un lago deviene la aparición de ese amor secreto y añorado.

Una película donde podemos toparnos con un castillo en el que hay los enemigos más acérrimos pasan a ser mafiosos rusos que se divierten riéndose del débil, de aquel que en su locura o su imaginación, o las dos cosas a la vez, no sabe distinguir la realidad ni a él mismo, o quizás, reinterpreta la realidad que rechaza a su manera, dejándose llevar por su interior o sus sueños. A través de la luz, inspirada en las pinturas de Goya, que van desde la luminosidad de los exteriores, atrapados en ruinas o ríos, a la oscuridad y la suciedad de los interiores, con sus momentos abstractos o surrealistas, en el que las pinturas de Doré (que ilustró en el siglo XIX la obra de El Quijote) en el que la leyenda y las novelas de caballería adquieren todo su imaginario y esplendor, en el que el inmenso trabajo de Benjamín Fernández en el arte, contribuye a crear esos microcosmos oscuros, apabullantes y misteriosos donde conviven reinos y lugares a cuál más suntuoso o ruinoso, y la espectacular y maravillosa de Roque Baños.

Gilliam rescata al perdido Jonathan Pryce de Brazil para que sea su Don Quijote, con su locura, su rechazo a las convenciones modernas, su amor por las formas de la caballería, y su posición adversa a un mundo desorientado y vacío. Le acompaña Adam Driver en un imposible Sancho, como ese cineasta sin camino, añorando el pasado e incapaz de tomar las riendas de su vida, que se mueve en la película como un extraño en tierra extraña, entre batacazo y golpe, la presencia maravillosa de Joana Ribeiro como Angélica, que se mueve entre la dureza de ser esclava del señor oligarca o ese amor recuperado, entre medias de una vida fracasada como actriz, o las inquietantes y divertidas presencias Óscar Jaenada como Gitano, Sergi López y Rossy de Palma como matrimonio de granjeros o no, y Jordi Mollá, como amo y señor del castillo, algo así como una caricatura de Putin o algo peor. Por fin podemos ver la interpretación de Gilliam sobre Don Quijote, en la que hay más ideas bien contadas y resueltas que no, en una película que no deja indiferente, que entras o no, que consigue atraparte o en cambio, te deja fuera, invitándote a ese universo paralelo o no, a ese mundo en el que cabe de todo, diversión, comicidad, drama, tragedia, donde se mezclan tiempos, personajes, mitología, leyendas, mitos y mucha aventura.

¡Lumière! Comienza la aventura, de Thierry Frémaux.

EL CINEMATÓGRAFO VE LA LUZ.

«Hubo un tiempo en que el cine surgió de los árboles, estalló desde el mar, cuando el hombre con la cámara mágica se paraba en las plazas, los cafés, cuando las pantallas abrían una ventana al infinito. Esa era la época de Louis Lumière”.

Henri Langlois

“Louis Lumière era heredero de Flaubert, a través de los Impresionistas, pero también de Stendhal, cuyo espejo siempre siguió llevando al borde del camino”.

Jean-Luc Godard

El 19 de marzo de 1895, los hermanos Louis (1864-1948) y Auguste Lumière (1862-1954) filmaron La salida de la fábrica, aunque la volvieron a filmar en dos ocasiones más, descubriendo desde el primer instante las inmensas posibilidades de su invento y su capacidad artística. La película, de apenas 17 metros y 35 mm de anchura y 50 segundos de duración, se convirtió en la primera filmación de la historia. A partir de ese instante, el mundo dejará de ser desconocido porque la cámara de los Lumière lo mostrará a los demás. «Mostrar el mundo al mundo», en palabras del cineasta Bertrand Tavernier (cofundador del Insituto Lumipere). La imagen en movimiento había sido inventada. El cinematógrafo había visto la luz. El día D, el día elegido para que el público viese aquella maravilla fue el 28 de diciembre del mismo año. Aquellos señores todavía no sabían el alcance de su invento, porque más de un siglo después, 122 años para ser exactos, aquel invento que filmaba y recogía escenas cotidianas en su mayoría, se convertiría en la industria cultural más importante del siglo XX.

Para conmemorar esa efeméride, el Instituto Lumière, creado en 1982, y de la mano de su director, Thierry Frémaux (que es a su vez director del Festival de Cannes, el más prestigioso del mundo) y un equipo de colaboradores, han seleccionado 114 películas de las 1422 que componen el inmenso catálogo de los Lumière que abarca un lustro (1895-1905). Frémaux y su equipo han restaurado todas las imágenes, algunas desconocidas o poco vistas, convirtiéndolas en unas imágenes nítidas y excelentes que parecen recién filmadas, manteniendo su blanco y negro. La película se estructura a través de 11 capítulos, en las que recorremos los momentos más significativos del universo de los Lumière, abriéndose con las primeras películas, la comentada salida, la llegada del tren a la estación de Ciorlat, lugar de descanso de la familia Lumière, un desayuno con el propio Lumière, y no sólo filmaciones documentales, sino también, alguna que otra obra de ficción, como El regador regado, que como nos mostrará la película, tendrá diversas versiones, ya que las películas, a parte de su amterial delicado, se estropeaban de tantas ocasiones que se proyectaban.

Luego pasamos a ver Lyon, ciudad donde vivían los Lumière, después la infancia, el trabajo, el ocio de los franceses, o el París de 1900, con el espíritu de Proust, y más tarde, con el apoyo de varios cinematógrafos enviados por el mundo, como Alexandre Promio, Gabriel Veyre, Francesco Felicetti, Constant Girel, Félix Mesguich y Charles Moisson, en su afán de mostrar el mundo a todos, donde desubrimos el Londres con el Big Ben, el Nueva York de primeros de siglo, donde la industrialización avanzaba a pasos agigantados, la Barcelona modernista o popular, la Venecia en gondola, el Japón de las tradiciones milenarias, el mundo de los faraones y sus desiertos, y el África negra… Todos maravillados por las filmaciones, en las que también actúan frente a ellas para captar su atención. También, los cambios del nuevo siglo, su industrialización, su modernidad, y los nuevos inventos mostrados en las exposiciones unviersales que recorrían el mundo, las vanguardias, hasta llegar a su capítulo final, un epílogo, que agradece a los Lumière su cine, su mirada y su valioso e incalculabe legado artístico y documental, un oficio maravilloso y genial de unos inventores que captaron, de manera ingeniosa y artística, un invento que documentaba el mundo que se movía delante de ellos, de manera sencilla, inteligente.

El legado cinematográfico de los Lumipere queda patente en estas imágenes donde podemos apreciar la capacidad creadora de estos cineastas pioneros con los innumerables inventos y elementos cinematográficos  que todavía perviven en la construcción de las películas, como los encuadres, en los que se desarrollan varias situaciones, captando la línea del horizonte (como le mencionó el cineasta John ford a un imberbe Spielberg) en su ingenio para captar varias situaciones colocando la cámara en el ángulo preciso, creando secuencias sociales, divertidas, incluso misteriosas y poéticas, los seguimientos, ahora llamados travelling y en aquella época Panorama, desde plantar la cámara en un barco u otro tipo de vehículo, incluso en un globo aerostático, creando formas vanguardistas y surrealistas, la continuidad en la acción que filman, la ficción, la acutación, el color, el gag, efectos especiales, la acción hacia atrás, y demás elementos.

Pequeñas películas que no sólo documentan la vida cotidiana, y nos devuelven a un tiempo borrado, inexistente, películas de un gran tesoro para la humanidad, que vistas ahora contribuyen un valiosísimo legado histórico, social y sultura, de una época de entre tiempo, de innumerables cambios tecnológicos, industriales, económicos y sociales, unas filmaciones que en la actualidad documentan la vida cotidiana de aquellas personas del XIX que dejaban un siglo oscuro y conservador para adentrarse en el XX, el siglo de la modernidad, de la industrialización y la velocidad, películas, narradas por Frémaux (a través de su propia historia interna, su análisis cinematográfico, su divulgación pedagógica y maravillándose por todas las filmaciones captando la vida, la sencillez y la humanidad a borbotones que desprenden unas imágenes con más de un siglo de historia, pero que siguen emocionándonos como aquellos espectadores sorprendidos que vieron el cinematógrafo por primera vez en sus vidas, un invento que se convertiría en una parte elemental en las vidas de todos aquellos que venimos después.

 

Omar, de Hany Abu-Assad

1010863_fr_omar_1378206363758Amor a pesar de la barbarie

Hany Abu-Assad, palestino de nacimiento pero holandés de adopción, lleva desde los años 90 produciendo y dirigiendo películas con un alto contenido político, y situadas en el difícil conflicto que mantienen palestinos e israelís desde principios del siglo XX. Su saltó a la fama mundial se produjo con Paradise now (2005),  brillante e intenso retrato del último día en la vida de dos suicidas palestinos. La película obtuvo un gran reconocimiento internacional que vino acompañado de una nominación a los Oscar, el Globo de Oro y sendos premios en la Berlinale. Ahora, vuelve a mostrarnos otro retrato ambientado en los territorios ocupados de la franja de Cisjordania, un lugar situado entre dos mundos, el que separa el muro que divide una tierra marcada por la sangre y la tragedia. Siguiendo la línea que vertebra buena parte de su filmografía, la trama se centra en la figura de Omar, un joven palestino de oficio panadero, que salta el muro de la vergüenza cada vez que visita a  su novia, Nadia, con la mantiene una relación secreta. La joven,  hermana de Tarek, que con Amjad, -que también ama a Nadia-, y el propio Omar, a parte de ser amigos desde la infancia, pertenecen a un grupo de resistencia, que realizan actividades armadas clandestinas contra el ejército israelí. En uno de los ataques asesinan a un soldado judío, hecho que provocará la detención y encarcelamiento de Omar. La cámara de Abu Assad sigue sin descanso a unas criaturas que viven bajo la amenaza constante del yugo terrorífico del estado de Israel. El realizador palestino filma con pulso firme, conoce los mecanismos cinematográficos a la perfección y sabe dotar a cada situación de la intensidad dramática que requiere en ese momento. Tragedia de tintes shakesperianos en el que la mirada de Abu-Assad nos confina en situaciones complejas en que nos mira de frente y nos cuestiona elementos humanos como son la amistad, la traición, la venganza, la lealtad, la lucha armada como única vía a la ocupación… Remitiéndonos a un cine político de primera magnitud con nombres como los de Bertolucci, Costa-Gavras, Petri y otros tantos que se interesaron por los conflictos políticos que asolaron buena parte de la segunda mitad del siglo XX. Magnífica película con una impecable composición Adam Bakri, que interpreta al desdichado Omar, dotándole de una mirada y una fuerza que llegan a sobrecoger. El filme se alzó con el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, y fue nominada a los Oscar. El realizador palestino nos habla del amor como una vía posible para soportar la barbarie cotidiana en la que se ha convertido la vida de muchos palestinos que sobreviven en los territorios ocupados. Aunque la lucha constante y diaria por la supervivencia acaba minando a todos los personajes, conduciéndolos a una encrucijada donde ya nadie sabe en quién puede confiar, y sobre todo, a enfrentarse, no solamente a los demás y a su propio entorno, sino a uno mismo, que es quizás, el peor de los conflictos.