Climax, de Gaspar Noé

DANZAD, DANZAD, MALDITOS.

“La existencia no es más que una ilusión efímera que todos nos llevamos a la tumba.”

Gaspar Noé

El espectacular y rompedor arranque de la película con los cuerpos de los bailarines danzando al ritmo adrenalínico y frenético de la música, con esa cámara suspendida en el aire que va recogiendo todos sus movimientos a velocidad de crucero, sometiendo a los espectadores en una vorágine brutal y llena de energía que nos deja completamente hipnotizados con su sonio y ritmo. Una apertura de estas características deja muy claras las intenciones de Gaspar Noé (Buenos Aires, Argentina, 1963) de proponer un viaje hipnótico y sensorial a través de la música, en el que tenemos que dejarnos llevar, dejar de lado la racionalidad y que nuestro subconsciente nos guié por ese mundo de sensaciones y de espiritualidad. El cineasta argentino afincado en Francia no hace un cine complaciente y cómodo, sino todo lo contrario, nos sumerge en relatos cotidianos en apariencia, que a medida que avanza el metraje, se irán radicalizándose, en el que sus personajes se sumergirán en un laberinto emocional y complejo donde la violencia más extrema y brutal hará acto de presencia, destapando las partes más oscuras de la condición humana.

Y si esto fuera poco, Noé echa mano de un virtuosismo formal muy radical, marca de su cine, en el que sus planos retratan de forma cruda y realista todo aquello que ocurre, con encuadres imposibles y extremos, en el que capta todos los puntos de vista de los personajes, y sobre todo, sus estados de ánimos, como si la cámara fuese el alma del personaje, moviéndose y captando todo aquello que desprende su interior, siguiendo con crudeza y suciedad todas las acciones violentas y durísimas que viven sus criaturas. En Climax empieza con ese prólogo donde los bailarines hablan a la cámara en una especie de casting sobre sus ilusiones y miedos, para luego pasar al brutal baile de apertura de la película y a la fiesta que vendrá a continuación, donde veremos a los bailarines bailando sin descanso al ritmo de la música en directo, que no dejará de sonar en todo el metraje, también, iremos conociendo las relaciones personales entre ellos, con ese vocabulario de la calle, donde hablan de sexo, alcohol y drogas, entre otras cosas sobre pasarlo bien y disfrutar de la vida.

Estamos a mediados de los 90, la música electrónica y dance francesa es la más rompedora del planeta, con grupos como Daft punk a la cabeza, en un recóndito lugar alejado de todos y todo, en una historia real como nos anuncian en los títulos del inicio de la película, en los que hay alguna que otra broma y nos dan paso al ambiente festivo y alegre que recorre una parte de la película. Noé ha reclutado a un buen puñado de bailares profesionales, encajando su película en un solo espacio, con el epicentro de la sala de baile, en el que podríamos reconocer el Cielo o el Paraíso, donde la danza transporta a todos los jóvenes a sus lugares y estados favoritos, llenos de luz y paz, después pasaríamos a los pasillos y otros espacios, con sus habitaciones, donde entraríamos en una especie de purgatorio, en el que cada uno de los personajes penetra en sus lugares ocultos y personales, donde estallan las diferentes tensiones y conflictos, y por último, nuevamente la sala de baile, ahora convertida en el Infierno, donde todo ha cambiado, en el que cada uno de ellos ya no es el mismo, está poseído por algo, en una especie de trance demoniaco en el que la construcción del inicio ha dejado paso a la destrucción de uno mismo y los de sus alrededor, en un estado zombie de almas desterradas, perdidas y llevadas por el delirio más infernal.

Noé parte su película en muchísimos trozos, aunque podríamos diferenciar un par, en el primero, todo es fiesta, alegría y baile, y en el segundo, después que se dan cuenta que la sangría estaba dopado con un potente LSD, donde cada uno de los personajes se mueve de un lugar a otro de forma anormal, como poseídas por algo, donde sus actos ya no obedecen a la consciencia, sino a otros espíritus, en el que los actos sinsentido y violentos se irán sumando, sin descanso, donde la cámara de Noé, testigo de toda esta locura y paranoia, representará todo estos actos y escenarios de manera inquieta y terrorífica, colocando el punto de vista al revés, y a ras del suelo, en el que nos iremos tropezando con jóvenes arrastrándose por el piso, manteniendo sexo, gritando, rasgándose el cuerpo y la ropa y moviéndose con extrema dificultad, en un estado de trance psicotrópico, donde todo está abierto en canal a lo más oscuro y brutal, en una bacanal de sexo, violencia y horror absolutos, donde la fiesta se convierte en pesadilla, y donde cada uno de los jóvenes se trasnforma en el peor de sus miedos y monstruos. Noé nos habla a la cara, de frente, sin tapujos ni vericuetos, y nos somete a su película, en este viaje psicodélico, para que seamos testigos y vivamos una experiencia algo parecido a lo que viven sus personajes, introduciéndonos en este malvado y cruel descenso a los infiernos, en el que cada uno de nosotros experimentará la película de formas y conceptos realmente muy personales, donde su radicalidad visual ya argumental, gustará más o menos, pero indiferente no dejará a nadie que se atreva a acercarse a este emocionante y sangrante cruce entre drama, terror y paranoia social.

La tortuga roja, de Michael Dudok de Wit

clickEL MISTERIO DE LA VIDA.

Había una vez un hombre, del que desconocíamos su procedencia, que naufragó en una isla tropical. Allí, en ese lugar inhóspito, con la única compañía de animales, vegetación y rodeado de agua, sobrevivivió a duras penas alimentándose de pescado y frutos, aunque su verdadero propósito era abandonar el lugar a bordo de una embarcación construida por él mismo, pero sus esfuerzos resultaron vanos, porque ya en alta mar, se encontraba con una tortuga roja que le destrozaba la balsa impidiéndole avanzar. La puesta de largo del cineasta Michael Dudok de Wit (Acoude, Países Bajos, 1963) mantiene los conceptos ya explorados en sus anteriores trabajos: la nostalgia y la eternidad (un guion firmado con Pascale Ferran , responsable de Pequeños arreglos con los muertos, Lady Chatterley o Bird People, obras de prestigio en los ambientes autorales) además de una animación sencilla y poética, compuesta de trazo limpio y formas reposadas, que estructuraban sus obras predecesoras y premiadas: Le moin et le poisson (1996) galardonado con el César, nos hablaba de las desventuras de un monje intentando capturar un pescado, y en la siguiente Father and Daughter (2001), que se llevó el Oscar al mejor cortometraje de animación, el relato giraba en torno a una niña que se convierte en mujer y hace su vida, aunque nunca podrá olvidar el recuerdo hacía su padre que se marchó en un barco siendo ella pequeña.

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En su primer largo animado Dudok de Wit tiene el mejor de los compañeros de viaje, la coproducción del prestigioso Studio Ghibli, en su primera coproducción europea (Fundado en 1985 por Hayao Miyazaki e Isao Takahata con una filmografia de órdago en el campo de la animación con títulos ya clásicos como La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro o La tumba de las luciérnagas…, películas construidas a través de una animación artesanal de magnífica composición, tanto de formas como colores, dotadas de una infinita  imaginación, en el que conviven de forma natural el mundo más cotidiano y sus fantasmas con la fantasía más bella y poética, en la que transmiten valores humanos como la amistad, la tolerancia hacia los demás, y el respeto hacia la naturaleza y todo aquello que nos rodea. La tortuga roja se alimenta de todos estos valores, además de recoger la tradición de la animación francesa de los 70 y 80,  de René Leloux (El planeta salvaje o Los amos del tiempo), y las recientes El secreto del libro de Kells (Tom Moore, 2009) o Ernest & Célestine (2012), para conseguir una fábula atemporal, una alegoría humanista y bellísima sobre la vida, el tiempo y los ciclos vitales.

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Construida a través de un dibujo artesanal, que apenas ha recurrido a lo digital, que se mueve entre la luminosidad de colores por el día, y una luz velada para las noches dibujadas en blanco y negro, consigue una conjugación absorbente y veraz de los sonidos de la naturaleza, como el viento, el mar y los animales, centrándose en los detalles más ínfimos, componiendo una sinfonía muda, en la que se han evitado los diálogos con el fin de centrarse completamente en la naturaleza y sus sonidos, envolventes y realistas que ayudan a componer la poética del film, en la que destaca una score de grandísimo nivel obra del compositor Laurent Pérez del Mar, una música de melodías finas y rítmicas que envuelven la historia en una majestuosa poesía de formas, colores y sonidos que nos transportan a otro mundo, aquel en el que todo puede suceder, a un mundo mágico, un universo de sueños, en el que cohabitan de manera natural hombres, naturaleza, animales y espíritus, ya sean reales o mitológicos, en el que todos y cada uno de los seres vivos funcionan a la par en un organismo vivo y en continuo movimiento y cambio. La estructura lineal y circular nos invita no sólo a ser testigos de la deriva emocional del náufrago que, a pesar de sus intentos arduos de abandonar la isla, no consigue su objetivo y deberá enfrentarse a un ser, la tortuga roja, al que no puede vencer y no tendrá otro remedio que resignarse a esa fuerza de la naturaleza que parece condenarlo a su soledad.

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El cineasta holandés compone un poema de connotaciones universales, del que no conocemos casi nada, ni el origen del hombre ni en que lugar del mundo en que se encuentra la isla, sólo sabremos su periplo vital, y las situaciones en las que se vera inmerso, y sobre todo, el mundo interior del naufrago, con sus alegrías y tristezas, sus miedos, y cómo afectan a sus emociones sus vivencias a partir de su encuentro mágico con la tortuga. Dudok de Wit nos propone un viaje sobre el alma, una obra de maravilloso prodigio visual, sobre el destino de cada uno de nosotros, de todo aquello que somos y todo lo que nos rodea, de todos los seres, tanto animales como vegetales, que forman nuestro universo, incluso aquellos microcosmos que se muestran invisibles ante nosotros, pero si nos acercamos a ellos y los miramos con detenimiento, podremos no sólo descubrir más cosas, sino descubrirnos a nosotros mismos, admirando nuestras virtudes y siendo benévolos con nuestros defectos.