Girl, de Lukas Dhont

LA LUCHA INTERNA.

Todos los que hemos experimentado la adolescencia conocemos ese período de cambios, un espacio de transición entre la infancia que vamos dejando y la edad adulta a la que llegamos llenos de dudas e incertidumbre. Todo nuestro alrededor cambiará drásticamente, nuestras ideas, nuestros objetivos, nuestros miedos y sobre todo, nuestro cuerpo, un cuerpo al que iremos descubriendo nuevamente, como si la vida y nuestro cuerpo se reiniciarán y todo empezase de nuevo. Un cuerpo que en algunos momentos nos satisfará, y en otros, en cambio, nos disgustará y mucho. Lara nació Víctor. Ahora, tiene 15 años y vive como una mujer, y trabaja duro por seguir su sueño, ser bailarina de danza. La puesta de largo de Lukas Dhont (Gante, Bélgica, 1991) se desarrolla en el marco de la adolescencia, de alguien que a los 15 años deberá de ser contra sí misma y contra su entorno social, una chica que quiere ser ella misma, y se levanta cada mañana para demostrarse a sí misma que puede hacerlo, que nada ni nadie significará un obstáculo en su camino.

El cineasta belga que ya había tocado la danza, la transformación y la identidad en sus anteriores trabajos, se lanza a contarnos una fábula actual, de tremenda cotidianidad, en el que seguimos la vida de Lara, su lucha contra ese cuerpo que es masculino, pero ella hace lo imposible, incluso dejándose la salud, para convertirlo en femenino, o al menos que tenga ese aspecto para los demás, mientras espera (im) pacientemente el día de la operación. Su ansiedad, sus conflictos físimos y sobre todo, emocionales, provocarán en Lara diversos cambios de actitud y carácter que le harán meterse en un pozo oscuro. El apoyo incondicional y humanista de Mathias, ese padre sin esposa (porque la madre de Lara está ausente) y el hermano pequeño Milo. Dhont propone un retrato íntimo y transparente de la cotidianidad del instituto y las clases de danza, de la exigencia de Lara y los problemas físicos y emocionales que le provoca su cuerpo, convertido para ella en una especie de condena de la que quiere escapar cuanto antes. La película nos habla de identidad, de género y la perseverancia de conseguir lo que uno quiere en su vida, y de perseguir sus sueños, cueste lo que cueste, aceptando las dificultades del camino y superando los diferentes obstáculos que se vaya encontrando.

Su tono frío y desangelado, acompañado por esa ciudad pequeña, donde parece que todo funciona con normalidad, ayuda a entrar y conocer mejor la vida de Lara, sus miedos e inseguridades, su soledad y sus conflictos con ella misma, con su cuerpo, convertido en su mayor enemigo, y las dificultades de tener una relación con los demás, como las tensiones con sus compañeras de danza, o con el chico que le gusta. Dhont teje un intenso y áspero drama, a medio camino entre el documental y la ficción, sobre la transexualidad en la adolescencia, sobre nuestro lugar en el mundo y nuestra identidad, sobre todos los problemas internos que nos ocasiona nuestro físico y la incapacidad de la sociedad por aceptar al diferente tal y cómo es, sin cortapisas ni prejuicios. El inmenso y extraordinario trabajo de los actores principales encabezados por Víctor Polster dando vida a Lara, nuestra heroína cotidiana que luchará contra ella misma, su cuerpo y su entorno para entender y entenderse, para llegar al final de su proceso, donde emocionalmente y sobre todo, físicamente, se sentirá bien con su cuerpo y podrá desarrollarse emocionalmente como siempre ha deseado, a su lado, Arieh Worthalter, que interpreta a Mathias, ese padre coraje que estará al lado de su hija y de sus problemas, aunque deberá ser paciente para aceptar todos esos cambios y ayudar a Lara cuando esta se deje ayudar.

Dhont cimenta con maestría y aplomo una película sin juicios ni sentimentalismos, con un par de personajes dentro de un entorno académico y vital que se convertirán en jueces implacables para el devenir de Lara, una mirada que bebe del cine inmediato con raíces en el documental que tanto practicaban Pialat o Vittorio De Seta, y más recientemente, los hermanos Dardenne, donde explican con minuciosidad y detalle los conflictos morales, físicos y emocionales de sus personajes, y sobre todo, de su entorno, una sociedad que le cuesta aceptar a todo aquello que desconoce, que desaprueba socialmente, en las que las películas se convierten en durísimos y desgarradores dramas sociales en el que impone una manera de narrar donde tanto la forma (con esas cámaras inquisitivas que se mueven con naturalidad y se erigen como espejos deformantes sobre nosotros y la sociedad en la que vivimos) como su contenido, en el que priman las dificultades de los más desfavorecidos, tanto a un nivel social como emocional.

52 Martes, de Sophie Hyde

52-martesMI MADRE/PADRE Y YO

Sophie Hyde es una directora australiana que lleva un lustro, junto a la colaboración del guionista Matthew Cormack, dedicada a producir y dirigir piezas de ficción y documentales para la compañía Closer Productions. Los dos colaboradores se han lanzado a abordar un tema espinoso y controvertido como es la transexualidad, en una película/experimento que se ha producido siguiendo la premisa argumental que plantea la película, en un trabajo parecido como el abordado por Richard Linklater en Boyhood. La película  explora las complejas relacionas de una madre y una hija, después que la progenitora le explica que va a recibir un tratamiento médico, de un año de duración,  para cambiar de sexo y convertirse en un hombre (tratamiento real que siguió el actor que interpreta a la madre), durante ese tiempo las dos se verán sólo los martes. La producción también se citaba cada martes durante ese año para filmar la película, con la idea que debería incluirse en la película algo de  lo filmado cada semana.

El trabajo de Hyde se mueve entre varias capas a nivel formal: la narración que actúa como elemento observacional, luego, vemos lo rodado por la madre que documenta su transformación, también, la hija, Billie, junto a dos amigos, graba en vídeo sus encuentros sexuales en un almacén, y además, también filma en soledad sus reflexiones y pensamientos sobre lo que está ocurriendo entre su madre y ella, finalmente, las imágenes de televisión que van documentando los sucesos que se van desarrollando durante los 365 días en los que transcurre la acción. La decisión de la madre, acelera el despertar sexual de la adolescente Billie, que a escondidas y sin permiso paterno (ahora vive con su padre) experimenta de forma libre y desinhibida el sexo que además filma en vídeo. Hyde opta en su película (que tuvo una gran acogida en Sundance y Berlín, certámenes en los se llevó dos galardones), por un tratamiento natural y cercano, huyendo de lo morboso y lo trágico, los personajes (actores no profesionales que debían tener algún tipo de vínculo con los roles que interpretaban), el núcleo familiar y la gente que les rodea, aceptan de manera normal la decisión de la madre de convertirse en James, si bien es Billie que quiere pasar más tiempo con su madre, y también, se desmarca escondiendo sus verdaderas opiniones sobre lo que está sucediendo, refugiándose con la ayuda de sus dos amigos, y la compañía de la noche, en unos juegos, que no resultan de lo más indicado para una joven confundida y desorientada que se siente apartada e intenta descubrirse a sí misma de manera acelerada, y más como un puñetazo de rabia que de una decisión tomada libremente.

Hyde no juzga a sus personajes ni nada de lo que ocurre, siempre deja la palabra al espectador para que sea él quien decida sobre sus propias ideas acerca de la familia, la maternidad, el género, la identidad y las difíciles relaciones entre los seres humanos ante situaciones que no entienden e intentan infructuosamente estar por encima de ellas, con los problemas que eso conlleva de adelantarse a los acontecimientos e intentar ir más rápido del tiempo que llevan las cosas.

Sólo los amantes sobreviven, de Jim Jarmusch

only_lovers_left_alive_ver5Almas románticas en desolación

El arranque del onceavo título de la carrera de Jim Jarmusch (el cineasta outsider por excelencia) nos propone un viaje hacia lo romántico, en un escenario desolado y fantasmagórico, en un tiempo inexistente en el que dos almas separadas físicamente, pero totalmente unidas en lo emocional, siguen amándose por los siglos de los siglos. Un retrato sincero y extraño protagonizado por dos vampiros que deviene una enriquecedora metáfora de la sociedad actual. Una sociedad en estado agónico poblada por no habitantes que sobreviven como pueden en esta vorágine inhumana. La primera incursión en lo fantástico del realizador estadounidense, es un cruce eficaz y muy interesante entre varios temas desarrollados a lo largo de su carrera. No faltan sus personajes en suspenso, individuos perdidos y desorientados que transitan por los márgenes de la ley, la contracultura que rompió moldes y asentó las bases de la literatura americana del siglo XX, gracias a autores como Kerouac,  Borroughs, Ginsberg… , un lenguaje personal que nace de la fusión de los clásicos, los nuevos cines europeos y los independientes de Hollywood, la música, que en su dramaturgia adquiere un significado de suma importancia deviniendo un elemento totalmente indispensable, el carácter circular de su obra, que atrapa a sus criaturas guiándolas hacia un destino inevitable y desolador. Los dos no muertos enamorados, Eve y Adam, que protagonizan el relato – personajes inspirados en Los diarios de Adán y Eva, de Mark Twain -, viven alejados, ella, en la Tánger, vitalista  y oscura, – refugio de los intelectuales expatriados como Bowles- y él, músico underground, en el Detroit, fantasmal y decrépito, dos escenarios que funcionan como contrapunto deformantes, creando una atmósfera fascinante plagada de sombras y  luces apagadas. Unas criaturas que ya no asesinan para conseguir su sangre sino que la obtienen clandestinamente, y denominan zombies a los no vampiros. El encuentro de los amantes se ve truncado con la aparición de Ava, hermana pequeña de Eve, que debido a su juventud y transgresiones los aleja de ellos. Los intérpretes, entre los que destaca la presencia andrógina de la siempre enigmática, Tilda Swinton, y un magnífico Tom Hiddleston, gran paternaire  a su altura, que parece un cruce entre Kurt Cobain y Lord Byron, muy próximo  a la figura del Conde Orlok de Nosferatu (1922), y la fascinante aparición de John Hurt, dando vida a un Christopher Marlowe, anciano y cansado, que sigue reivindicando su obra frente a Shakespeare. Un relato de género, que no estaría muy alejado del espíritu de El cielo sobre Berlín (1983), de Wenders. Un cuento de terror moderno que bebe de un sinfín de fuentes, construido desde la fascinación por el cinematógrafo de uno de los creadores más singulares y personales del siglo XXI.