Petra, de Jaime Rosales

LOS LÍMITES QUE NOS IMPONEMOS.

En el cine de Jaime Rosales (Barcelona, 1970) no han nada producto al azar, todo forma parte de una estructura dramática medida y construida para cada película, consiguiendo de esta manera una película diferente cada vez, pero con rasgos definibles y conocidos que vendrían a conformar una mirada contemporánea y profunda sobre la condición humana en procesos dramáticos donde la violencia se convierte en un eje transformador de las existencias de los personajes en cuestión. En su debut, Las horas del día (2003) indagaba en la personalidad de un hombre común de una gran ciudad que asesinaba de forma fría y salvaje, en una mise en scène que aprovechaba el espacio de manera perturbadora, en que alargaba el tempo cinematográfico consiguiendo aterrorizar aún más si cabe al espectador. En su siguiente película, La soledad (2007) construía un juego visual en el que dividía la pantalla en dos, al que llamó Polivisión, en el que volvía a jugar con el espacio y los movimientos de sus personajes, para hablarnos del destino de dos mujeres en una ciudad cualquiera que deben lidiar con un hecho trágico. En Tiro en la cabeza (2008) nos introducía en la piel de unos terroristas de ETA y uno de sus asesinatos, pero vistos desde la distancia con teleobjetivos y prescindiendo del diálogo. Sueño y silencio (2012) en la que se centraba en una familia en el Delta del Ebro que sufrían un accidente que trastocaría toda su vida, supone un paréntesis en su filmografía, una película que devendría en el fin de un recorrido como cineasta, donde su comunión con el público estaba rota y Rosales tuvo que redefinirse como autor y emprender una búsqueda interior. De todo ese proceso nacería dos años después Hermosa juventud, en el que es una reinvención de su estilo, en el que la naturalidad presente se convierte n el centro de la trama, con intérpretes debutantes y equipo joven para hablarnos de las penurias económicas de una pareja que tiene que hacer porno amateur para ganarse la vida.

En Petra, sexto título de su carrera, Rosales parece haberse reencontrando consigo mismo como cineasta, construyendo un relato aristotélico en el que ha ido mucho más allá, empezando por la construcción del guión, en el que ha contado con la veteranía de Michel Gaztambide (habitual del cine de Urbizu) y la juventud de Clara Roquet (coguionista de 10.000 km e incipiente directora de estupendos cortometrajes) una mezcla interesante que ha generado un relato dividido en capítulos desordenados en el tiempo que empiezan con un Dónde conoceremos o sabremos…, como hacía Cervantes en su inmortal El Quijote…, en una trama instalada en la familia, con el pasado y la mentira como ejes centrales, un retrato naturalista, inquietante y fascinante que nos lleva a una trama repleta de mentiras, espacios ocultos y perversos, en que el tiempo hacía delante o hacía atrás consigue sumergirnos en una trama inacabable, llena de falsedades, (des) encuentros entre sus personajes y un relato que se clava en nuestro interior vapuleándonos de manera eficiente y brutal. Porque Rosales nos cuenta historias interesantes, aunque su imprenta autoral podríamos encontrarla en el Cómo lo cuenta, y aquí, consigue esa mezcla estupenda en que nos interesa tanto el qué como el cómo, abriéndonos múltiples puntos de vista en nuestra manera de mirar la película, y recolocando mentalmente las piezas desordenados del guión.

Otro de los elementos de la película que más llaman la atención son sus espacios y su manera de filmarlos, con esos planos secuencia y panorámicas donde no siempre lo que está sucediendo es lo mostrado, sino que Rosales juega con el espacio convirtiéndolo en una herramienta narrativa de gran calado, en la que no sólo nos muestra a sus personajes y sus reacciones, sino el espacio en que los enmarca, que suele decirnos muchas más cosas de las que a simple vista nos muestra, con el acompañamiento musical que incide en todo lo que se muestra o no, y esos espejos que reflejan los estados anímicos de unos personajes entrecruzados en un ambiente perverso de amos y criados. La elección de la película analógica de 35 mm y su cinematógrafo Hélène Louvert (habitual del cine de Marc Recha, y también, de la reciente Lázaro feliz, de Alice Rohrwacher, filmada en 16 mm) pintan la película aprovechando la luz natural y la singularidad de sus espacios rurales, en los que la piedra y la madera están presentes en ellos, una luz fría y natural que contrastan con la oscuridad de las relaciones que allí se cuecen, y también, con esos espacios sombríos de la ciudad. Rosales es un estudioso del espacio y su forma de filmarlos, en el que prevalece la precisión y austeridad, nada que distraiga a los espectadores, construyendo narrativas de extraordinaria limpieza visual,  que constantemente interpelan al espectador en el que todo el interior de los personajes y la soledad que transmiten, acaba teniendo su materialización tanto en el espacio como en la luz que lo baña.

El cineasta barcelonés nos introduce en su película con la Petra de su título, que será ella, desde su mirada, que nos muestra la atmósfera y los personajes que la habitan, Petra es una joven pintora que llega a vivir una residencia con Jaume, un artista mayor consagrado (una llegada que recuerda a la entrada en el piso de la protagonista de La soledad). En esa casa ampurdanesa conocerá a Marisa, la madura esposa de Jaume, y Lucas, el hijo de ambos que también es un artista. En la casa, trabajan Juanjo, el guarda y Teresa, su mujer, y Pau, el hijo de ambos, que tendrán su importancia en los hechos que allí sucederán. Petra ha llegado con la excusa de pintar, pero sobre todo, conocer a Jaume y confesarle que cree que es su padre, entre medias, se tejerán una serie de relaciones difíciles y complejas entre los personajes, en el que Jaume actúa como un maléfico despiadado en el que desprecia a todos y cada uno de los que le rodean, convirtiéndose en una especie de ogro moderno en que su posición y poder lo llevan a aprovecharse de todos. Para más desazón, la violencia emocional y física, harán acto de presencia en la trama, como es habitual en el cine de Rosales, en el que veremos las diferentes reacciones hostiles de los personajes y sus posteriores acciones.

Unos personajes interpretados por un grupo de intérpretes concisos y sobrios, que sienten y mienten más que hablan, donde las miradas y sus gestos lo son todo, encabezados por una magnífica Bárbara Lennie haciendo de Petra, bien acompañada por la sobriedad de Alex Brendemühl (que ya fue el asesino abyecto de Las horas del día) Marisa Paredes como la madre que con sólo una mirada nos introduce en esa relación perversa que mantiene con Jaume, que da vida Joan Botey, debutante reclutado durante el proceso de búsqueda de localizaciones, que hace de ese artista malvado y perverso, capaz de todo, en un estudio interesante sobre el arte y los monstruos que crea, y unos actores de reparto sublimes como Oriol Pla, ese hijo que nunca tuvo Jaume, en un personaje sociable que aguarda su momento, Carme Pla en un breve pero brutal caracterización de esa mujer condenada a la perversidad de Jaume, Petra Martínez (que estaba en La soledad) como la madre de Lennie, con su secreto bien guardado, y por último, Chema del Barco como el guarda callado y ejemplar que advierte a Petra del carácter de Jaume.

El cineasta catalán comparte cuestiones formales y argumentales con el universo de  Almodóvar en su faceta más negra y laberínticos pasados familiares, cercanos al folletín, pero tratados de forma y fondo antagónicos a ese género popular, con una mirada sobria y alejada de sentimentalismos, con la serenidad del cineasta interesado en las relaciones humanas y la tragedia que a veces esconden,  pero filmados de manera diferente, y con un humor tratado de maneras distintas, con el aroma de la violencia rural al estilo de Furtivos, de Borau o Pascual Duarte, tanto la novela de Cela como la película de Ricardo Franco, con rasgos del cine de Haneke o Von Trier, en esos personajes malvados y abyectos, en que la violencia forma parte de su realidad más cotidiana e inmediata, la sobriedad de clásicos como Ozu o Bresson, que ya conocíamos en otras películas de Rosales, en un relato oscuro y terrorífico en el que nos habla de identidades, de búsquedas, de familia, y mentiras, en el que todos y cada uno de los personajes, se mueve siguiendo en ocasiones sus más bajos instintos, luchando encarnizadamente con sus emociones y sus conflictos internos, en una trama perversa y maléfica, que nos inquietará y agradará por partes iguales, y no nos dejará en absoluto indiferentes.

El león duerme esta noche, de Nobuhiro Suwa

LA VIDA, EL AMOR Y LA MUERTE.

 “La muerte es el encuentro, lo importante es verla llegar”

Jean-Pierre Léaud

Hemos tenido que esperar casi una década para ver el nuevo trabajo de Nobuhiro Suwa (Hiroshima, Japón, 1960) uno de los autores contemporáneos más interesantes y diferentes que surgió a mediados de los noventa con la película 2/Dúo (1997) en la que a través de una pareja analizaba los sinsabores de la convivencia, le siguió M/Other (1999) a partir de las difíciles relaciones entre una mujer y el hijo de su pareja, en el 2001 abordó la película H Story, en la que un director japonés (el propio Suwa) rodaba un remake de Hiroshima mon amour, donde hacía una estupendo análisis del valor actual de las imágenes de la cinta de Resnais y la memoria colectiva de un país. Luego, se trasladó a Francia donde dirigió Una pareja perfecta (2005) en la que diseccionaba con delicadeza e intimidad la separación de una pareja. Cuatro años más tarde filmaba Yuki & Nina, donde se sumergía en el universo de la infancia a través de la amistad de dos niñas que por circunstancias ajenas tenían que separarse.

En El león duerme esta noche, título nacido de una canción infantil que habla de la muerte de un león pero en un tono alegre y festivo, Suwa, al igual que la melodía, juega a esa dicotomía, a la mezcla de la vida y la muerte, de las alegrías y las tristezas, a las ilusiones y las desesperanzas, a vivir y a morir, pero, a partir de la realidad y la ficción, uno de sus elementos preferidos, a investigar la validez de las imágenes pasadas, presentes y futuras, a través de un fascinante y enigmático juego de espejos donde nos sumergimos en un emocionante y maravilloso cuento en el que nos encontraremos con un actor veterano que rueda una película (especial el arranque de la película, con el rostro de Jean- Pierre Lèaud inundando el cuadro) que en de sus parones, se tropezará con un caserón vació en el sur de Francia, un espacio donde se reencontrará con Juliette, el fantasma de un amor de juventud que jamás pudo olvidar, y también, con un grupo de niños que pretenden hacer una película con él, el viejo caserón y fantasmas.

Suwa a través de una sutil y sobria delicadeza, nos sumerge en ese mundo donde todo es posible, en el que se mezclan tiempos, fantasmas e infancia, en el que la vida y la muerte viven y se alimentan de una forma natural, como un mecanismo certero y cotidiano, pero todo lo hace con una sensibilidad apabullante, en el que la belleza cotidiana de las cosas toma el mando narrativo, capturando esa luz mediterránea (obra del cinematógrafo Tom Harari) que invade de naturalidad cada espacio de la película, azotándolo con esa luz brillante y luminosa los rostros, tanto de Léaud como de Juliette (la maravillosa naturalidad de Pauline Etienne, vista en Edén de Mia Hansen-Love) como de esos niños (reclutados en Grasse en un taller de cine) que se convierten junto a Léaud, en los auténticos protagonistas de la cinta, con esas magníficas secuencias donde comparten espacio, naturalidad, imrovisación y espontaneidad con el veterano actor.

El cineasta japonés evoca la vida y la muerte en un mismo espacio, con dulzura y sensibilidad, escuchando esas canciones que nos devuelven a la infancia perdida, a aquello que fuimos, a todo lo que dejamos, pero no es una película triste o nostálgica, sino todo lo contrario, habla de la vida, de su esplendor, de nuestro interior, de la alegría de vivir, de lo magnífico que es estar vivo y hacer cine, compartir momentos y sentir que las cosas, aunque hayan momentos duros y tristes, siempre hay un motivo para cantar, reír y perseguir y (re) encontrarse fantasmas. Suwa crea un inmensa y onírica fábula donde todo obedece a una armonía singular, extraña y esplendorosa, en la que sigue explorando sus temas favoritos: el amor, el tiempo, la vida, la infancia, las inmensas e infinitas posibilidades del lenguaje cinematográfico, la metaficción y la realidad vivida o soñada, y sobre todo, las relaciones humanas entre unos y otros, sus orígenes y su pervivencia, la incertidumbre y la maravillosa existencia que puede provocarnos un cisma sorprendente o una crisis existencial, en que el tiempo constantemente juega con nosotros y nos retorna de manera mágica y oscura  a aquel tiempo en el que nos enamoramos y no pudimos olvidar.

Suwa nos lo cuenta con la presencia de Jean-Pierre Léaud, que entró por la puerta grande del cine cuando a los 14 años protagonizó Los 400 golpes, y ha trabajado con los grandes del cine de antes, y de ahora, en un fascinante caleidoscopio de espejos donde ficción y realidad se mezclan creando un nuevo espacio onírico y fascinante (como ya ocurrió en What Time Is It Over There?, de Tasi Ming-Liang, en el que un apasionado de la película de Truffaut se encontraba con Léaud) en una película que es casi en un diario filmado de su propia vida, donde nos habla de la muerte, de sus sueños, sus amores y su oficio de actor (como la canción escrita por su padre, que interpreta junto a Etienne)  excelentemente acompañado de Pauline Etienne, que emana dulzura, carácter y naturalidad, y esos niños fantásticos y soñadores (que recuerdan a esa infancia de Truffaut o Eustache) que nos devuelven a esa pasión primigenia, inocente y mágica de hacer cine, de amar el cine y convertirse en otros, aunque sean sólo por unos instantes.