Mothers, de Myriam Bakir

EL ESTIGMA DE SER MADRE SOLTERA EN MARRUECOS.

“Hay que ser muy valiente para pedir ayuda, pero hay que ser todavía más valiente para aceptarla”.

Almudena Grandes

En la España franquista, ser madre soltera era una terrible condena. Las mujeres, en muchos casos, menores de edad, eran vilipendiadas por la sociedad y sus familias, y presionadas por todos, optaban por soluciones drásticas: abortos clandestinos, donaciones forzadas sin ningún tipo de protección legal, o abandonadas a su suerte. Las mismas situaciones las viven en la actualidad las madres solteras marroquíes. Mujeres olvidadas e invisibilizadas por una sociedad que vende modernidad, y bajo la alfombra sigue anclada en ideas muy conservadoras y medievales. Aunque para muchas de estas mujeres, existe un resquicio de luz, la Asociación Om El Banine, creada por Mahjouba Edbouche, una señora que con su equipo de trabajadoras sociales, se dedica a escuchar a estas mujeres solas, ofrecerles ayuda, acompañarlas durante el embarazo, a darles un empujón una vez son madres, y también, a trazar puentes entre estas mujeres y sus familias.

La directora Myriam Bakir, nacida y criada en París (Francia), pero de padres marroquíes, ya tocó un tema candente como la prostitución en su primer largo de ficción Agadir-Bombay (2011). Para su primer documental, la directora se centra en otro gravísimo problema para las mujeres que tienen hijos fuera del matrimonio, que como marca la ley, pueden ser causadas de prostitución, un delito muy grave en Marruecos, que las puede llevar a la cárcel. Bakir compone una película breve, de sesenta y dos minutos de metraje, y filma el proceso de seis mujeres: Karima, Bahija, Ilham, Imane, Sarah y Fátima, seis mujeres a las que nunca veremos el rostro, siempre de espaldas o de lado a la cámara, que empiezan explicando su caso a la trabajadora social, en planos cerrados, encajonándolas en esos trances por los que están pasando, casi siempre en interiores, donde las escuchamos y conocemos los pormenores de su embarazo y la nula relación con su familia, que desconoce los hechos. Las veremos en el piso tutelado de la asociación, en sus quehaceres diarios, en sus encuentros con abogados y doctores, con sus preocupaciones, sus ilusiones y sus tristezas, todo contado desde una intimidad que encoge el alma, desde esa posición de frente y directa, en que el relato cuenta, sin juzgar y siempre desde la distancia justa y no intrusiva, sino optando una voz amiga, tendiendo un puente en que retrata y da voz a estar mujeres que la sociedad oculta, estigmatiza y las obliga a tomar decisiones drásticas.

La directora franco-marroquí no embellece ni maquilla su dispositivo, todo desprende una realidad tangible, cercanísima y llena de humanidad, acercándonos una realidad más acogedora y una línea de luz, en la que la asociación consigue algo muy emocionante, una lucha diaria para financiarse, y sobre todo, una herramienta necesaria y vital para todas estas mujeres, una ayuda indispensable para llevar el mal trago de ser madre soltera en Marruecos. Hace tres temporadas, vimos la película Sofia, de Meryem Bemm’Barek, en que tomaba el caso de una menor embarazada y el vía crucis doloroso y traumático en el que se veía sometida por su familia y el estado para regularizar su situación. Una película que encaja perfectamente en la idea que plantea la película de Bakir, mostrar unos hechos deleznables para una sociedad, y también, explicar las acciones de ayuda y humanitarias que se dan desde la asociación para no abandonar a estar mujeres, acompañarlas, asesorarlas y sobre todo, seguirlas decidan lo que decidan, pero siempre desde el respeto y el amor.

Mothers es un brutal puñetazo de realidad, que hiela el alma, y también, resulta reconfortante, porque da un poco de luz. La cinta no se anda con atajos ni condescendencias, sino que lo muestra todo de forma áspera, cruda y honesta, mostrando una realidad terrible, sin concesiones, pero no olvida ese punto de esperanza que da la asociación, ofreciendo ayuda y apoyo, en un camino que no será en absoluto nada fácil, pero sí, muy diferente, un camino que ya no tendrán que hacer solas. La Asociación Oum El Banine y su creadora, la grandísima Mahjouba Edbouche, se convierten en esas personas que demuestran que con mucha voluntad, trabajo y esfuerzo, las pequeñas ideas pueden salvar muchísimas vidas y derribar muros de intolerancia, machismo y dolor y dar mucho de vida, humanidad y sobre todo, esperanza, que siempre es difícil, a veces casi imposible, pero con amor, solidaridad y libertad pueden llegar a cuantas mujeres mejor y ofrecer otra forma de hacer las cosas, y sobre todo, de ayudar, esa palabra que tanto se dice y tan poco se práctica, ayudar y ayudar a los demás, que es la única actitud que nos hace humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Aitor Merino

Entrevista a Aitor Merino, director de la película «Fantasía», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Teatre CCCB en Barcelona, el martes 16 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aitor Merino, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fantasía, de Aitor Merino

RESCATARNOS DEL OLVIDO.

“Todo lo que somos lo debemos a otros”

Antonio Muñoz Molina en su libro “Volver a dónde”

De Aitor Merino (San Sebastián, 1972), conocíamos su carrera como actor, trabajando a las órdenes de grandes nombres de nuestro cine como Montxo Armendaríz, Vicente Aranda, Pilar Miró, Icíar Bollaín, Chus Gutiérrez y Manolo Matji, entre otros. En el 2007 debuta en la dirección con El pan nuestro, una película de 19 minutos sobre el drama de la inmigración. Seis años más tarde, volvía a ponerse tras las cámaras con Asier y yo (Asier eta biok), codigirgida junto a su hermana Amaia, un largometraje que indagaba en la relación del propio Aitor con su amigo del alma, Asier, que ingresó en Eta en el 2002. Una película compleja, brillante e íntima, que nos maravilló por su enrome sensibilidad y naturalidad para retratar un conflicto muy difícil. Ocho años más tarde, Aitor Merino vuelve a dirigir, ahora en solitario, una película muy íntima y cercanísima, en la que profundiza en la memoria familiar, a través de todos los que ya no están y los presentes, sus padres, Iñaki y Kontxi, un par de jubilados de Iruñea.

Todo arranca en el 2015 con la excusa de un viaje en crucero, que se llama Fantasía, en el que los cuatro miembros de la familia, padres y los dos hijos, se reúnen para celebrar las bodas de oro de los progenitores. Una parte que Merino filma como si se tratase de un vídeo doméstico, atropellado y naturalista, según van sucediendo las situaciones, abriéndonos a un universo donde la intimidad aflora a cada encuadre, donde las acciones muy divertidas en general, y alguna más seria, donde se habla del aquí y el futuro, donde los padres ya no estarán. La tremenda agitación y corredizas del viaje nos conduce por una película ágil, divertidísima y llena de vida. Esas imágenes del crucero se cruzan con otros más reposadas, las de las navidades del mismo año, donde Amaia, que vive en Ecuador no puede viajar a pasar las fechas tan señaladas, y Aitor filma a sus padres, los filma en armonía, cada uno a sus cosas, también, enfadados, que no se dirigen la palabra, y Aitor actúa como mediador del conflicto, componiendo ese maravilloso plano en el que sus propios dedos juntan a sus padres, separados por escasos metros. También, habrá otras imágenes, en la que los cuatro conviven en la casa familiar, entre bromas, diálogos, discusiones, y reflexiones.

Merino no solo habla del presente, sino también del pasado, acordándose de aquel familiar del siglo XVIII, tan lejano como presente como todos los ausentes, aquellos miembros familiares que se fueron, y que pueblan nuestros recuerdos, y físicamente están presentes en forma de fotografías, cuadros y en charlas y recuerdos, donde la memoria se vuelve omnipresente y totalmente necesaria para recordarlos y sobre todo, recordarnos a nosotros de dónde venimos y quiénes somos. Fantasía tiene ese aroma que desprendían películas como Stories We Tell (2012), de Sarah Polley, y Muchos hijos, un mono y un castillo (2017), de Gustavo Salmerón, donde se habla de pasado desde el presente, se habla de familia, de ausencias, y sobre todo, se habla en un tono de investigación y divertido. Merino hace un retrato sobre la memoria, o quizás, podríamos decir que la película es un retrato contra el olvido, porque su razón de ser es recordar a los ausentes, pero también, filmar a los presentes, a los padres, a Iñaki y Kontxi, que nos devuelven al presente a todos los que no están, y lo hace desde la sencillez, la intimidad, la honestidad, y la brillantez, sin ser condescendiente ni juzgante, solo filmar la vida, la cotidianidad, lo doméstico, desde la sinceridad y desde lo humano, con sus deseos, ilusiones, tristezas y amarguras de la existencia.

Una película hecha en familia, la real y la profesional, porque el guion lo firman Ainhoa Andraka, que también se encarga del montaje y de la producción, junto a Zuri Goikoetxea y Cristina Hergueta (los mismos productores de Asier y yo), y los dos hermanos Amaia, y Aitor, que firma la cinematografía y el sonido directo. Los cien minutos de la película pasan volando, porque hay tiempo para todo, para viajar en el “Fantasía”, echar unas risas, recordar a los otros, unos ratos de tristeza, otros, de hospital por la dolencia respiratoria del padre, otros, para echarse de menos cuando Amaia está fuera, las visitas a la abuela, y otros, para recordar y hablar de los no presentes, y todos esos espacios donde va pasando la vida, va pasando el tiempo, y los padres en sus cosas y Aitor con su cámara capturándolos para la posteridad, generando esas imágenes que tendrán un grandísimo valor cuando los filmados no estén. Fantasía no es solo un retrato sobre una familia y sus dos hijos mayores, sino que es además un profundo, sensible y magnífico documento sobre la memoria y sobre contra el olvido, porque mientras alguien nos siga recordando, los que ya no están, seguirán vivos en nuestra memoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Libertad, de Clara Roquet

EL ÚLTIMO VERANO.

“Uno no puede ser uno mismo de manera absoluta cuando se está en público, porque estar en público ya te obliga a cierta autodefensa”

John Lennon

Para hablar de Libertad, opera prima de Clara Roquet (Malla, Barcelona, 1988), nos tenemos que ir a sus primeros trabajos, El adiós (2015), una película de quince minutos, en la que nos hablaba de forma muy íntima y profunda de la muerte, a través de la cuidadora sudamericana y de una niña bien. En su segundo trabajo, Les bones nenes (2016), de 17 minutos, retrataba las consecuencias de los actos a través de una niña y su hermana adolescente en un entorno rural. Para su debut en el largometraje, la directora barcelonesa nos envuelve en un verano, el último de la infancia de Nora, una adolescente de 14 años, con su familia, una familia tradicional y conservadora que representa su madre Teresa, y su abuela Ángela, cuidada por Rosana, una colombiana que recibirá la visita de su hija Libertad, a la que no ve hace años. La recién llegada trastocará por completo la existencia de Nora, porque lo que parecía un verano más, aburrida y solitaria por los juegos demasiado infantiles de los pequeños, y las conversaciones ajenas de los adultos, se convertirá en otra cosa, porque Libertad, un año más que ella, le mostrará otra forma de vivir, de relacionarse con los chicos, y una especie de libertad que hasta ahora, era una quimera para Nora, siempre vigilada y caminando por una senda trazada de antemano.

Roquet se ayuda de parte del equipo que le ha acompañado en sus anteriores trabajos como la productora Lastor Media, el músico Paul Tyan, que le da ese toque sutil y triste de los conflictos que atraviesa la protagonista, y la cinematógrafa Gris Jordana, con una luz cegadora en el exterior, e íntima y densa en los interiores, que recoge con precisión los diferentes tipos de luz que había en los cortometrajes citados, y el delicioso y acogedor montaje de la siempre estupenda Ana Pfaff. Libertad no subraya en absoluto las situaciones que se van produciendo, todo está contado desde el interior y la mirada de Nora, que a modo de fábula, nos va conduciendo por esa transición en la que está inmersa. Por un lado, no encaja en esa vida llena de convenciones, de la que se siente muy alejada, una desconocida para ellos, luego, a más está las decisiones de su madre que no entiende, por la hipocresía y falsedad en la que se mueve, luego, su abuela, ensimismada en sus recuerdos y su demencia, en la que entrada de Libertad en la casa y en ese verano que pinta tedioso, dará un vuelco en el todo cambiara. La visitante le mostrará otra forma de ver la vida, más acorde a lo que Nora siente, sus juegos, sus escapadas, sus baños a la luz de la luna, y sobre todo, una vida de idas y venidas, todo lo contrario a la vivida por Nora.

Nos rondan en la cabeza algunas películas que tienen mucho que ver con lo que cuenta Roquet, esa mirada libre, extraordinaria y sensible de acercarse a esos universos familiares, de verano y llenos de oscuridades, como por ejemplo, La ciénaga, de Lucrecia Martel, Tres días con la familia, de Mar Coll,  Las horas del verano, de Olivier Assayas y Una segunda madre, de Anna Muylaert, donde el verano, la familia, las cuidadoras e hijos/as de éstas, juegan un papel fundamental en ese choque de clases, en ese espejo deformador entre los privilegios de unos y las carencias de otros, en esa especie de paraísos invertidos porque lo que materialmente les sobra a unos, emocionalmente les falta. La directora catalana que ha coescrito películas tan interesantes como 10000 km y Los días que vendrán, de Carlos Marqués-Marcet, y Petra, de Jaime Rosales, conoce estos universos burgueses y sus grietas, ya que creció en una familia de estas características, y sabe atrapar de forma sutil y extraordinaria, sus intimidades, sus zonas oscuras y todas sus apariencias y mentiras, y los muestra de forma detalla, intensa y nada invasiva, como deja patente en el cuadro que abre la película, con esas cortinas mecidas levemente por el viento, y de repente, Rosana, las abre y empieza a destapar los muebles ante la inminente llegada de Nora y su familia.

Todo se cuenta sin sobresaltos ni piruetas argumentales, todo encaja de forma maravillosa y llena de sutilezas, el guion escrito por la propia directora, se acoge a un relato lineal, un relato de iniciación, o podríamos decir, un relato de despedida, de ese tiempo de la infancia que Nora está dejando, y entrando en la vida de los adultos, donde todo está bajo la alfombra, donde todo se oculta, donde todo está impregnado de la tristeza y la mentira, de ese mundo que Nora va a huir porque no es el suyo, y sobre todo, porque está provisto de la verdad y la libertad de ser y ejercer de uno mismo, eso que da tanto miedo a los adultos, y por eso siguen el plan establecido desde generaciones. Cada detalle, cada plano y cada movimiento de cámara está supeditado al estado de ánimo de la protagonista, como ocurre con las dos canciones que suenan durante la película: “Pena, penita pena”, de Lola Flores, relacionada con ese mundo de la abuela que se está extinguiendo, y el otro tema que escuchamos, “Si supieras”, de Gloria, que alude completamente a las emociones de Nora, a esa cárcel y esos impedimentos de su madre hacia la joven.

Amén de las interpretaciones brillantes de Nora Navas que es Teresa, la madre de Nora, esa mujer acomodada, que sigue una tradición que ya ni cree ni siente, Vicky Peña como la abuela Ángela, en su mundo, con su enfermedad y ausente y cercana, Carol Hurtado como Rosana, la cuidadora, servil y una más, aunque en la práctica, una menos, y las dos niñas, Nicolle García es Libertad, y María Morera como Nora, que ya nos encantó en La vida sense la Sara Amat, de Laura Jou, se erigen no solo como la pareja protagonista de la película, sino como el contrapunto perfecto a todo el entramado de la historias, con esas dos formas de mirar, de sentir, de esos dos mundos opuestos, tan diferentes, pero que en la práctica, las dos adolescentes tan distintas entre sí, encontrarán ese punto que las une, las acerca, a pesar de sus diferencias, que son muchas, encontrarán aquello que las hace iguales, las ansias por ser ellas mismas, por descubrir el mundo de fuera, sintiéndose que están haciendo algo por ellas, sin nadie que las dirija, que les diga y dejándolas sentir todo eso que andaban tanto tiempo buscando o queriendo encontrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tokyo Shaking, de Olivier Peyon

LA SACUDIDA INTERIOR.

“Hay palabras que suben como el humo, y otras que caen como la lluvia”.

Madame de Sévigné

Alexandra es una mujer de mundo, su trabajo como jefa en un banco la ha llevado a recorrer medio mundo. Ahora, ha llegado a Tokyo procedente de Hong Kong, junto a sus dos hijos, dejando al marido por trabajo en el territorio autónomo chino. Estamos en los días previos del 1 de marzo de 2011, cuando el terremoto más trágico de Japón, asoló el país, provocando decenas de miles de fallecidos, y ocasionando el accidente nuclear en Fukushima. Después del incidente, la estampida y el caos se apoderan de los empleados del banco donde trabaja Alexandra, y de toda la ciudad de Tokyo, con esa disparidad de información ante el tsunami y las diversas amenazas tóxicas que se acercan o no. Las dos películas de ficción anteriores de Olivier Peyon (L’Haÿ-Les-Roses, Francia, 1969), se centraban en dos mujeres de diferentes edades, en contextos ajenos, que deben luchar contra los elementos y sus monstruos interiores, la abuela de Les petites vacances (2006), y la madre en busca de su hijo en Uruguay en Une vie ailleus (2017), mujeres que luchan y rompen prejuicios y barreras como la madre que pierde a su hijo y se hace activista en el documental Latifa, le coeur au combat.

Alexandra sigue la estela de las mujeres que ya había retratado el director francés, porque se trata de grandes profesionales en sus empleos, que con fuerza, valentía y coraje siguen con todo, y como las demás, también se halla en un país extraño, en el que lleva apenas un mes, y solo conoce las cuatro paredes de su banco, y su vivienda, y no aminará ante la convulsión que sucede a su alrededor, tanto exterior como interior, con varios frentes abiertos: seguir en Tokyo al frente del banco cuando la ciudad parece amenazada, escuchar las advertencias de su marido preso del pánico, dejar que sus hijos se vayan con su padre, ceder ante las decisiones erróneas de sus jefes, y por último, escuchar a sus empleados japoneses que parece que la seguirán vaya donde vaya. El guion que firman el propio director y Cyril Brody, su guionista de confianza, nos cuentan estos pocos días de la película, bajo la mirada de Alexandra, una mujer que no las tiene todas consigo, que recibe órdenes de sus superiores y debe acatarlas, aunque no les parezcan idóneas ante la situación en la que se encuentran.

Una mujer que debe empezar a escuchar y sobre todo, a escucharse, a mirar a su alrededor y mirar a los que la rodean, y mantener la calma, sobre todo, por sus aparentemente calmados empleados japoneses, y su lugarteniente, un joven congoleño brillante que, segundos antes del terremoto, había despedido. Quizás la película quiera tocar demasiadas teclas, y algunas le salgan algo desafinadas, pero el conjunto está ordenado, desprende mucha cercanía, humanidad, y no nos distrae con atajos emocionales que no llevan a nada, manteniendo todo el conjunto bien sujetado, moviéndose entre el conflicto social de la amenaza exterior, y los conflictos interiores que van desarrollándose, tanto en el personaje de Alexandra como con sus empleados, entre los conflictos laborales, las decisiones arbitrarias de los jefes, y la paciencia y la humanidad que tienen los japoneses ante una tragedia de tal magnitud. Un reparto que desprende vida y humanismo, entre los que destacan Stéphane Bak que da vida a Amani, el ayudante de Alexandra, que estando despedido, seguirá arrimando el hombro y ayudando a su jefa en todo lo que haga falta, Yumi Narita como Kimiko, la otra ayudante, que habla un francés perfecto, que es la voz cantante del ejemplo de solidaridad y de honor que mantienen todos los trabajadores japoneses, con esa idea de unión y compañerismo ante la tragedia.

La voz cantante del relato y el alma de este drama íntimo es Karin Viard en la piel de Alexandra, una actriz portentosa y que siempre brilla, aunque los papeles no estén a su altura. Aquí está fantástica, dotando a su mujer de ahora y profesionalmente ejemplar de humanismo, de verdad y sobre todo, de fragilidad, de tirar hacia delante sin saber qué hacer, pero saber también escuchar y aprender de todo lo que sucede y las acciones de uno y otro cuando la soga aprieta el cuello. Peyon no sucede con honestidad y valores humanos, en una película que se sumerge en la calidad humana de hoy en día, en esos aspectos como la palabra dada, la confianza y el honor, en una situación que es de todo menos tranquila, en una situación de terror donde realmente conocemos a quién tenemos al lado, la verdadera naturaleza de los que nos rodean, como sucedía en la interesantísima Fuerza mayor (2014), de Ruben Östlund, película que guarda ciertas semejanzas con los conflictos que aborda de forma inteligente e íntima Tokyo Shaking, que habla de una mujer francesa en Tokyo ante la tragedia y ante sí misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las consecuencias, de Claudia Pinto Emperador

LOS MONSTRUOS QUE NOS HABITAN.

“Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado. Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido. Pero desafortunadamente, solo con el tiempo…“
Jorge Luis Borges

Con La distancia más larga (2013), la directora Claudia Pinto Emperador (Caracas, Venezuela, 1977), debutó en el largometraje con una historia intimista y familiar, en la cual la naturaleza tenía una importancia sublime, por el tremendo contraste entre la violenta y caótica capital venezolana con la libertad y paz de La Gran Sabana, al sureste de Venezuela, donde el monte Roraima, se convertía en el epicentro del pasado y presente de los personajes. Un relato sobre las heridas que arrastramos, sobre el perdón, el amor que tanto cuesta y tanto evitamos, sobre todas esos traumas físicos y emocionales que no sabemos manejar ni relacionarnos con ellos en paz. La película viajó por el mundo, cosechando premios y excelentes críticas. Han pasado ocho años de todo aquello, en los que Pinto Emperador ha trabajado en el medio televisivo, dirigiendo series y realizando programas.

Con Las consecuencias, su segundo trabajo como directora, vuelve a la familia como centro de todo, y a la naturaleza como paisaje, que, al igual que sucedía en su opera prima, vuelve a tener una importancia capital en el transcurso de la trama. Del monte Roraima pasamos a una isla volcánica, una isla donde llegarán Fabiola, una mujer rota, en descomposición emocional, tratando de levantarse de la culpa por la muerte accidental del marido mientras buceaban, César, su padre, un hombre maduro y cordial, que lleva también su propia culpa que se irá desvelando, y finalmente, Gaby, la hija de Fabiola, y nieta de César, de 14 años, independiente y rebelde, que será de vital importancia en el transcurrir de los hechos. También, encontramos a Teresa, madre de Fabiola y esposa de César, que actúa más como testigo del devenir de unos acontecimientos que nada ni nadie podrá detener. Pinto Emperador escribe junto a Eduardo Sánchez Rugeles, un guion que mezcla el drama familiar con el thriller psicológico, en un entorno asfixiante, turbio y muy oscuro, donde cada acción, gesto y mirada encierra demasiadas cosas ocultas del pasado, donde esa familia laberíntica y llena de mentiras, cosen las heridas mal y a través del dolor del otro, donde el misterio que encierra este grupo pronto entrará en erupción, dejando los monstruos en libertad, tanto los reales como los inventados.

La directora venezolana, afincada en España, vuelve a contar con los técnicos que le ayudaron en su primer largometraje, Vicent Barrière (asiduo de Adán Aliaga, Alberto Morais y Roser Aguilar, entre otros), que construye una música maravillosa, que casa de forma eficaz y sugerente a esas imágenes poderosas, elegantes y fantásticas, en muchos momentos, del cinematógrafo Gabo Guerra, y el exquisito y brillante montaje de Elena Ruiz, que tiene en su filmografía a directores tan importantes como Mar Coll, Julio Medem, Isabel Coixet y J. A. Bayona, entre otros. La película es inquietante, filmada de manera elegante y extraordinaria, en un paisaje demoledor que acaba subyugando a todos los personajes, donde la cotidianidad de esa isla habitada por monstruos se manifiesta a cada instante, donde todo parece regir entre la armonía de una vida rota y desesperada, de la que nunca se habla, se esconde, y se culpabiliza, con otra, más aparente, mentirosa y sin alma, con ese aroma que tenían películas como La tormenta de hielo (1997), de Ang Lee, y la más reciente Algunas bestias, de Jorge Riquelme Serrano.

Una película en la que todas las emociones se ocultan, se mienten y se dejan atrás, necesitaba un plantel de intérpretes de grandísimo nivel. Juana Acosta, que después de El inconveniente, la vemos encarnando a Fabiola, un personaje en las antípodas de aquel, enfundándose en una mujer embarrada en la culpa, en proceso de reconstrucción, que arrastra un dolor intenso, y se tropezará con otro aún mayor, que ama a su hija y se acerca a ella torpemente, situación que la aleja muchísimo más. César, un tipo lleno de arrugas en el alma, necesitado de amor, quizás de otra clase, que también arrastra su dolor y rabia, condenado a un deseo imposible de comprender, al que da vida un inconmensurable Alfredo Castro, uno de esos actores de la vieja escuela, que con solo mirar ya dice todo lo que se cuece en su interior. Gaby es la benjamina de la familia, interpretada por la debutante María Romanillos, una adolescente a lo suyo, que no encaja en esta familia podrida, y además, quiere saber y tener su espacio, aunque no le resultará fácil, y todo estará rodeado de una extrañeza demasiado inquietante.

En las dos películas de Pinto Emperador nos encontramos personajes de reparto que tienen pocas secuencias, pero que los recordamos por su intensidad, como el padre o la doctora de La distancia más larga. En Las distancias, ese parte la hacen el personaje de Teresa, a la que da vida Carme Elias, que vuelve a ponerse a las órdenes de la cineasta venezolana, después del maravilloso e inolvidable rol de Martina, la mujer que quería morir en paz. Ahora se enfrenta a esa madre, esposa y abuela, testigo silencioso de la que sabe, pero tiene miedo a hablar para no romper esa aparente tranquilidad, que en realidad es monstruosa. Y finalmente, Sonia Almarcha, siempre eficaz y sensible, en un personaje breve pero muy intenso, la hermana de César, la que se cuida del viejo moribundo que hace Héctor Alterio, una situación que evoca a aquel militar que hacía en la recordada Cría Cuervos (1975), de Carlos Saura. Pinto Emperador vuelve a demostrar su grandísima valía para construir atmósferas cotidianas e inquietantes, de diseccionar y psicoanalizar a las familias, y sobre todo, todo lo que esconden, todos esos monstruos que habitan en ellas, todo ese pasado demoledor, toda esa culpa asfixiante, y todo ese dolor mezclado con un deseo prohibido y callado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La metamorfosis de los pájaros, de Catarina Vasconcelos

LOS FANTASMAS Y SUS RECUERDOS.

“Los muertos no saben que están muertos. La muerte es asunto de los vivos”.

Reconstruir la memoria siempre ha sido un proceso arduo y muy complejo. En ocasiones, la memoria es un ejercicio imposible lleno de oscuridades, silencios y documentación. El gran cineasta Chris Marker (1921-2012), uno de los grandes ensayistas cinematográficos que más trabajó la memoria, su construcción y el archivo, nunca trató de persuadirnos a través de la verdad, si no a través de la vida, de ese compendio de lugares, recuerdos, escritos, imágenes y sobre todo, de invención, una ficción que ayudase a recordar, a componer la memoria perdida y olvidada, a ocupar tantos espacios vacíos cuando hay tanto desierto. La memoria es el vehículo de los trabajos de Catarina Vasconcelos (Lisboa, Portugal, 1986), como dejó claro en su trabajo final de carrera. En el cortometraje Metáfora ou a Tristeza Virada de Avesso (2014), donde indagaba en el duelo por la muerte de su madre y la revolución portuguesa con imágenes en Super8.

La directora lusa en su opera prima vuelve a la memoria y a la memoria de su madre, de su abuela, y de todas las madres. Arranca con sus abuelos, Beatriz y Henrique, y sus seis hijos, entre ellos, el mayor, Jacinto, el padre de la directora. Con una mirada íntima y muy personal, Vasconcelos arma entre el ensayo, el documental, la ficción, el género fantástico, y la poesía, una fábula que no solo nos sumerge en la vida de su familia, sino en la sociedad portuguesa, con sus alegrías y tristezas. Todo rezuma verdad, una verdad extraída de la correspondencia de sus abuelos, los recuerdos de sus tíos y de su padre, y sus propios recuerdos. Un conmovedor y sensible calidoscopio de imágenes sobrecogedoras, de una belleza plástica abrumadora, ayudada por el formato cuadrado en un grandioso trabajo de cinematografía que firma Paulo Menezes, y no menos impactante resulta el minucioso y detallista trabajo de edición de Francisco Moreira, que sabe darle cadencia o ritmo a tantas imágenes, que nos van guiando por esta travesía sobre el tiempo, la memoria de los que ya no están, y todas aquellas sombras y espectros que quedan en el interior de nosotros.

La voz en off compuesta por diferentes voces que nos ayudan a explorar el pasado y el presente, a mirar y mirarnos, a esculpir en el tiempo, que mencionaba Tarkovsky, a ejercitar nuestra memoria y a perdernos y encontrarnos en ese tiempo indefinido, un tiempo que condensa muchos tiempos, muchos recuerdos, muchas imágenes, reconstruyendo una memoria, mediante herramientas de archivo, con las fotografías que nos transportan a otra época y lugar, a otra forma de mirar y sentir, con la maravillosa metáfora de Jacinto, el niño que creía ser un pájaro, que imaginaba su vuelo y andaba en las ramas. Vasconcelos tiene una asombrosa habilidad para ir de un tiempo a otro, de aglutinar el tiempo de su familia en un casa o en un bosque, un tiempo que se diluye en el presente que se filma la película, un presente de aquí y ahora que es todos los tiempos, que es todos los lugares de su familia, que son todas las madres de su familia, que son todos los que ya no están. La directora portuguesa se toma su tiempo en crear su tiempo y su memoria, en reconstruir una memoria en la que apenas tiene imágenes y archivo al que recurrir, ella ha de inventarse la realidad, lo real como ficción, una ficción que ayude a acercarnos esa realidad y la memoria de los suyos.

Un trabajo parecido al que hizo en El gran vuelo (2014), de Carolina Astudillo, en la que construía la memoria de Clara Pueyo Jurnet, dirigente comunista desparecida a principios de los cuarenta, a través de imágenes de otros, imágenes de su época que la ayudaban a reconstruir la vida de alguien en el que apenas quedaban huellas. La abuela Beatriz, “Triz” como la llama la directora, criando sola a sus seis hijos. Su marido Henrique, el marinero ausente, Jacinto, el hijo mayor, el que quería ser pájaro, padre de la directora, y la propia cineasta, recuerdan, vuelven al lugar de los hechos, y nos hablan sobre todos esos fantasmas que ya no están, todos aquellos que partieron, todos los recuerdos que les dejaron, toda la vida que vivieron, todo lo que hicieron, todo lo que fueron y lo que son para los vivos, para los que se quedan. La metamorfosis de los pájaros no es solo una película, es mucho más, porque tiene el poder de traspasar la pantalla y traspasarnos a nosotros mismos, sumergiéndonos en la memoria de una familia como cualquier otra en aquellos años en Portugal, pero tan cerca que podría ser nuestra familia, con sus secretos y sus misterios.

Un relato profundo, fascinante y extraordinario, lleno de silencios y de habitaciones secretas que está contado como un cuento, junto al fuego, en las noches donde el silencio se apodera de todo, donde todos quieren escuchar y sobre todo, quieren saber y adentrarse en el pasado y en el tiempo de los fantasmas y recuerdos familiares. Una fábula sobre la memoria, sobre como recordamos, con ese ritmo cadencioso, como si se tratase de una vela encendida mecida por el viento, con ese misterio donde los muertos cobran vida a través de los vivos, a través de sus recuerdos, de sus escasísimas huellas, y la memoria como motor esencial que nos ayuda a saber de dónde venimos, a recomponernos y sobre todo, a mirarnos a través de los otros, de los que nos precedieron, de los que nos ayudaron a estar donde estamos, a recordarlos con una mirada serena, a caminar hacia adelante sin olvidar el pasado y nuestro pasado, en este continuo pasado-presente en el que estamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Wildland, de Jeanette Nordahl

AMOR Y VIOLENCIA.

“Gente que no conozco de nada me hace todo tipo de preguntas. Sobre mi tía. Y mi madre. Dicen que hay tiempo de sobra. Que descubrimos qué salió mal. Pero algunas cosas salen mal incluso antes de empezar”.

Las primeras imágenes que abren Wildland, de Jeanette Nordahl, son directas e impactantes. Un coche volcado, fragmentos del accidentado en el hospital, mientras escuchamos la voz en off de Ida, un rostro que veremos atónito, impasible y algo magullado. Ida es una adolescente de 17 años que, después de perder a su madre, la llevan con su tía Bodill, y sus tres hijos mayores que ella. Ida, por primera vez, se siente acogida, tranquila y sobre todo, querida. Pero, las cosas no son nunca lo que parecen, y la tía Bodill y sus hijos no son de una pieza, sino de muchas, y se dedican a actividades criminales. Después de pasar con gran éxito por la televisión con series como Borgen, Cuando el polvo se asienta y La ruta del dinero, la directora danesa, con un férreo y directo guión que firma Ingeborg Topsoe, debuta en el largometraje con una película enmarcada en una fábula al estilo de Hansel y Gretel y Alicia en el país de las maravillas, donde una joven de vida difícil, encuentra en el seno de una familia violenta, quién lo diría, el amor y el cariño que nunca ha tenido en su vida.

Todo se filma desde la mirada de Ida que, actúa de forma impasible a todo lo va sucediendo a su alrededor, como un testigo mudo, alguien que mira, observa y sobre todo, calla. Nordahl confía en su elenco su potente y desgarradora historia, que va in crescendo, radiografiando a todos los personajes, sus aspectos psicológicos, esenciales para este tipo de películas, las relaciones que tienen con mujeres y entre ellos, y sobre todo, la relación estrecha y amorosa que mantiene la madre, una auténtica matriarca criminal de armas tomar, con sus hijos. Tenemos a Jonas, el mayor, matón, y muy violento, el digno heredero de la madre, luego, está David, el adicto, el que desaparece sin dejar rastro, el complicado, y por último, Mads, el pequeño, adicto a los videojuegos, alguien fiel y centrado. Con ochenta y ocho minutos de metraje, la cineasta nórdica, establece un retrato muy íntimo y contundente de esta peculiar familia, y el nuevo miembro, una Ida que participará en los delitos criminales, y se mostrará apática ante la violencia, aunque quizás, ha llegado el difícil momento de elegir entre el amor familiar o involucrarse en terrenos que le pueden llevar a pozos más oscuros de los que venía.

Wildland es una película entera, de carácter, que no dejará indiferente al espectador que quería conocer de primera mano una familia danesa muy unida, que se dedican a extorsionar a aquellos que les deben dinero, a hurtos diversos y a la violencia como pan de cada día, porque la película plantea los límites del amor y la familia, vistos desde fuera, desde Ida, una joven que ha encontrado a alguien que la quieren y la respetan, pero quizás para conseguir, y sobre todo, mantener ese amor, debe pagar un precio demasiado alto para su juventud o no. El elemento que más destaca de la película es su extraordinario reparto, encabezado por una grandísima Sidse Babett Knudsen como la gran madre, esa especie de matrona italiana, de extraordinaria belleza física y “jefa” del clan violento y familiar, un pilar irrompible y capaz de todo. A su lado, Joachim Fjelstrup como Jonas, Elliott Crosset Hove como David, y Besir Zeciri como Mads, y la auténtica protagonista de esta fábula moderna que no es otra que la debutante Sandra Guldberg Kampp como Ida, una niña que crecerá de repente, sumergida en un horror que, quizás, le conviene más que le perjudica, aunque eso deberá descubrirlo por ella misma.

Jeanette Nordahl debuta en el cine de forma brillante y concisa, realizando una obra de gran calado no solo cinematográfico, sino también, un ejemplar estudio de personajes que viven situaciones extremas en un entorno donde la familia lo es todo, pero también, la violencia lo es todo. La realizadora danesa nos somete a las cuatro paredes de este núcleo familiar, a sus relaciones y a su relación con Ida, el nuevo huésped que ha venido a quedarse, consiguiendo una película sólida, devastadora y cruda, que no solo describe el amor familiar, sino también, el de una violencia como motor de ese amor y de esa forma de vivir, y frente a ellos, o a su lado, según se mire, Ida, la niña que entrará en ese mundo de amor y violencia, de realidad y fantasía, de sentimientos al límite, y de relaciones enfrentadas, aunque para Ida, todo ese enmarañado de relaciones familiares tan negras y violentas, no son más que otro peldaño hacia el infierno en el que la existencia de Ida está desde que vino al mundo, rodeada de adultos demasiado egoístas, individualistas y violentos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tres dies amb la família, de Mar Coll

REENCONTRARSE CON LA FAMILIA.  

“No es la carne y la sangre, si no el corazón lo que nos hace padres e hijos”

Friedrich Von Schiller.

Tres dies amb la família o tres días finguiendo lo que no eres, o simplemente, lo que no te gusta ser. De esta manera podríamos definir este cuento oxuro de pesadillas, que vivie nuestra protagonista Léa, una joven de una veintena de años que viaja desde su exilio particular de Francia y deja atrás una relación de pareja en crisis y unos proyectos de vida que no parecen convencerla, para reencontrarse con su familia con motivo de la muerte del patriarca de los Vich i Carbó, una saga que pertenece a la burguesía catalana instalada en Girona. Allí vivirá tres jornadas que van desde el velatorio pasando por la misa hasta el entierro. En este retrato de todos nosotros -porqué, en cierto sentido, en algún momento de nuestra vida hemos tenido una familia o la tenemos- dentro el envoltorio de una película pequeña y sencilla, encontramos toda una serie de recursos de una madurez extraordinaria, una película llena de miradas furtivas, de silencios incómodos y de momentos donde reina la quietud en un grupo de gente que está más preocupada por ser lo que esperan de ellos que ser lo que son en realidad.

El artífice de este pequeña, sencilla e estimulante film tan bello como inquietante, tan conmovedor como demoledor, es la debutante Mar Coll, una barcelonesa de veintiocho años graduada en la ESCAC, que explica que la idea de la película le vino de una manera espontánea, estimulada por la muerte de su abuelo. La directora reflexiona sobre la arquitectura argumental de su film: “La película no quiere ser una respuesta, sino que está más próximo a una foto de familia de las que quedan en los álbumes y que, cuando las ves, si te fijas bien, puedes entrever todo lo que esconden detrás de cada gesto o cada actitud. Una foto de familia burguesa y catalana.” (Cines Renoir. Hoja de sesión. 26/06/08) Durante estas setenta y dos horas, guiados por Léa, iremos conociendo a sus padres,  separados, sus tíos, su tía –la oveja negra de la familia que ha escrito un libro que no deja tan bien a su padre tal y como esperaban sus hermanos-, y sus primos, que se reencontraran a partir de los viejos recuerdos de la infancia.

La opera prima de Coll es un retrato íntimamente femenino, donde las mujeres parecen más liberadas de toda la hipocresía que rodea a los tres hermanos y que, a pesar de todo, huyen del velorio del difunto con traición y premeditación para refugiarse en un bar y dejarse llevar un rato por la vida mientras beben, brindan por el viejo patriarca muerto y bailan al son de una rumba de Manzanita, que es una versión de “Un ramito de violetas”, de la gran Cecilia. Se trata de uno de los pocos instantes liberadores en que la directora nos deja respirar un poco. La película avanza con esta contención hasta el final, donde Léa ya no puede aguantar más y explota: su catarsis la libera un poco, y el único consuelo que recibe es de parte de su padre, mientras el resto de los comensales reunidos alrededor de la mesa la miran un instante y continúan la comida, que les parece más interesante que no los sentimientos de Léa y, porque no decirlo, que los sus propios sentimientos. Belén Ginart describía las criaturas de Mar Coll como unos “minusválidos emocionales” (El País, 26/06/08) Vale la pena decir también que el rodaje de la película se ha hecho prácticamente siguiendo las escenas en orden cronológico, cosa que ayuda a este crescendo que marca el hilo de la narración.

Antes de acabar, merece una mención especial todo el reparto de la película: el padre de Léa -un magnífico Eduard Fernández-, los tíos, en la piel de Francesc Orella y Ramón Fontseré, su mare, la actriz francesa Philippine Leroy-Beaulieu, la inesperada presencia de la tía Virginia a la que da vida una increíble Amàlia Sancho, i, especialmente Léa, una adorable, inquietante, perdida y especial Nausicaa Bonnín, que aquí debuta como protagonista en un registro muy complicado, un excelente trabajo lleno de matices, introvertido y muy bien planteado, y ejecutado. Una película de muchos debutantes y gente muy joven en el equipo técnico, pero que, con todo, han conseguido resolver con nota el objetivo que se planteaban. No quiero acabar sin mencionar los premios que esta película obtuvo en el Festival de Cine español de Málaga: “Mejor dirección” y “Mejor interpretación” para Nausicaa Bonnin y Eduard Fernández. Les dejo con esta familia que está muy lejos de ser perfecta, pero, hay alguna que lo sea?. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El horizonte, de Delphine Lehericey

EL VERANO DEL 76.

“Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía”.

Anatole France

“Era el mes de junio de 1976. Tenía trece años. Era el comienzo de las vacaciones de verano. Era el año de la sequía.” Así comienza la novela “El centro del horizonte”, de Roland Buti. Un relato que nos cuenta Gus, un chaval de trece años que vive en el campo suizo. Su familia se dedica a trabajar la tierra, una tierra seca debido a la intensa sequía que lo está cambiando todo. Una falta de agua que está llevando a las familias dedicadas a trabajar el campo, unido al desmoronamiento de su familia, cuando Nicole, su madre se enamora de Céline, además, Gus se encuentra en pleno proceso de cambio, dejando la infancia y convirtiéndose en un adulto, con el consabido despertar sexual. Varios elementos se conjugan en esta historia libre, naturalista y muy íntima, que explora un verano que será el último de muchos, porque el siguiente, el que vendrá el año siguiente, ya será otro, completamente distinto, porque el verano del 76 acabará con muchas cosas, trayendo otras formas de hacer, una actitud diferente ante la vida.

La cineasta Delphine Lehericey (Lausana, Suiza, 1975), ha trabajado en el teatro como actriz y directora, en televisión haciendo series y documentales y había dirigido debutado con la película Puppylove (2013), en la que exploraba el mundo del despertar sexual de un adolescente de forma clara y directa. Para su segundo largometraje, se adentra en el universo de la novela de Buti, en un guión que firma Joanne Giger, en la que Lehericey colabora, para contarnos una película ambientada a mediados de los setenta completamente actual, ya que nos habla de las consecuencias del cambio climático, el cambio de paradigma en el rol femenino, que provoca un gran sisma en el modelo tradicional de familia, la agricultura como industria, y el despertar sexual de un adolescente, que mira ese mundo de los adultos desde su desilusión y amargura, sin entender nada de lo que sucede, y completamente perdido ante las circunstancias, hechos que le provocarán sentirse aislado y con ganas de huir.

A partir de un tratamiento naturalista y cercano, con la película en 35 mm, que firma el cinematógrafo Christopher Beaucarne (que ha trabajado con nombres tan ilustres de la cinematografía francesa como Lelouch, Amalric, Gondry o Doillon, entre muchos otros), dotando a la película de esa textura táctil que hace que tanto los personajes como aquello que se cuenta, tengan un aroma más natural, libre y poderoso, como el acertado y equilibrado trabajo de montaje de Emilie Morier (que estuvo en la Escapada, de Sarah Hirtt, otra película con una atmósfera rural parecida), para llevarnos de un lugar a otro, y en los diferentes espacios en los que se desarrolla la trama, con los momentos de trabajo y los lugares abiertos. La directora suiza mira a sus personajes de forma honesta y tranquila, no hace nunca juicios sobre ellos, sino que muestra los diferentes puntos de vista en relación a los hechos que se van produciendo, creando esa tensión y la atmósfera claustrofóbica que se incrusta en toda la película, con unos seres humanos perdidos y aislados en ellos mismos, intentando encontrar una salida a sus problemas y su dura realidad, buscando una paz y tranquilidad que parece haber pasado de largo para ellos.

El personaje de Gus, epicentro de la acción emocional y psicológica, interpretado con maravillosa naturalidad y sinceridad por el debutante Luc Bruchez, redefine todo lo que ocurre, bajo su atenta mirada que actúa como testigo de este enjambre de cambios que está sufriendo su vida, y sobre todo, la de su familia, en un verano que todos recordarán como el último de muchos, y el comienzo de otros que nada tendrán que ver con los pasados. Nicole, a la que da vida una formidable Laetitia Casta, aupada por la brisa y la fuerza  que impone Cécile bajo la piel de una magnífica Clémence Poésy, es el contrapunto de la película, a parte del caprichoso y vilipendiado clima que está hundiendo el trabajo familiar y el de los otros granjeros, porque escenifica a todas aquellas mujeres aburridas y amas de casa y madres, que encuentran en una desconocida otra vida, una inesperada, una que jamás ni siquiera soñaron, una vida que les llena, les atrapa, y deben abrazarla sin contemplaciones. La película no juzga en ningún momento, solo filma la vida, el amor y el sexo, con sus momentos agridulces y trágicos, como la brutal metáfora de ese caballo que quiere terminar sus días bajo la sombra del árbol que lo vio crecer, terrible y a la vez, real como la vida, contribuyendo a la despedida de de ese último verano escenificado en la partida del caballo. El resto del reparto brilla a la altura de los mencionados, creando ese grupo que inevitablemente se está resquebrajando sin remedio, porque la vida al igual que la muerte, y todas las cosas que hay en el medio, tienen su forma de funcionar propia e irreversible, y nada ni nadie podrá detenerlas, lo único que podrá hacer es contemplarlas, aceptar sus cambios y seguir el camino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA