Entre dos amaneceres, de Selman Nacar

KADIR Y SU FAMILIA.

“La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica”.

Bertrand Russell

El ruido ensordecedor de unas máquinas fabricando tejidos abre la película, inundando toda la pantalla. El movimiento y la agitación es frenético, tanto de máquinas como de empleados, todo es un continuo torbellino de idas y venidas. Entre todo ese caos, emergen las figuras de los patronos. Dos hermanos: Serpil, el heredero y el mano dura de la empresa, y Kadir, siempre en la sombra, más apartado. Y es en esa última figura, en que la película se posara para contarnos el conflicto. Porque todo se tuerce y de qué manera, cuando uno de los trabajadores se introduce en una máquina para limpiar y un chorro de vapor descontrolado lo quema y es trasladado al hospital. A partir de ahí, la película seguirá a Kadir que, instado por su padre, hermano mayor y abogado de la empresa, tendrá la dura misión de convencer a la familia del accidentado de firmar y así eximir a la empresa de cualquier responsabilidad. Además, ese jornada que sirve de marco y emplazamiento para la película, también, es un día muy importante para el devenir del protagonista, ya que irá a cenar con su novia Esma y los padres de ésta.

La primera película de Selman Nacar (Uçak, Turquía, 1990), cuenta un conflicto moral, pero lo hace como si de un thriller se tratara, muy al estilo de Asghar Farhadi, en el que las veinticuatro horas que dura toda la trama, sirven para ahogar al protagonista literalmente, en una especie de día a contrarreloj en que todo se vuelve del revés y la solución parece imposible. El director turco se acompaña de una cinematografía espectacular, donde priman los planos cortos y medios en sitios cerrados, que aún remarca el aislamiento en el que se ve sometido Kadir. Un gran trabajo del cinematógrafo Tudor Valdimir Panduru, que tiene en su haber películas tan importantes como Los exámenes, de Christian Mungiu y Malmkrog, de Cristi Puiu, entre otras. El detallado y rítmico montaje que firman Bugra Dedeoglu, Melik Kuru y el propio director, acentúa esa carrera de velocidad en el que está envuelto el protagonista, en una especie de laberinto kafkiano donde todo se vuelve en su contra, donde cada vez está más solo y desesperado.

Entre dos amaneceres nos habla muy profundamente de las escalas de poder en la sociedad y en la propia familia, donde los poderosos hacen lo que sea por mantener su estatus y su posición, aún transgrediendo la ley y sobre todo, la moral, que la usan según su conveniencia e intereses personales y económicos. Kadir, un tipo noble e integro que se verá entre la espada y la pared de las artimañas de su familia y de la clase social a la que pertenece, un antihéroe a su pesar, que se verá arrastrado por las miserias de los suyos. Nacar se aleja completamente de los subrayados narrativos y formales, creando un entramado cinematográfico donde prima la sutileza y el detalle, en que las interpretaciones de su poderoso reparto ayuda a manejar el conflicto y desarrollarlo con inteligencia y audacia. Un reparto entre los que destaca Mucahit Kocack que se mete en la piel del desdichado Kadir, un individuo preso de su familia y las circunstancias, alguien que creía que pertenecía a otro mundo y estaba rodeado de otras personas. A su lado, le acompañan Nezaket Erden como Serpil, el hermano, o dicho de otro modo, el otro lado del espejo, el heredero sin escrúpulos capaz de todo para seguir manteniendo su estatus de poder, y finalmente, Burcu Göldegar como Esma, la novia de Kadir, que lo ama y que está a su lado.

Nacar ha construido una ópera prima que brilla en cada plano y encuadre, y sobre todo, en su peculiar descripción de las múltiples oscuridades de la condición humana, alejándose en todos los sentidos de la peliculita moralista de buenos y malos, aquí no hay nada de eso, aquí hay intereses, poder y circunstancias y víctimas, ninguna se lo merece, ninguna ha hecho nada, solo existir y sobre todo, entorpecer, muy a su pesar, los caminos del poder, y sus ansias de riqueza y miseria. Porque lo que cuenta Entre dos amaneceres no es desgraciadamente, algo aislado, sino piedra común en estas sociedades occidentales en las que vivimos o simplemente, sobrevivimos, en las que los poderosos cada vez tienen más poder, y los trabajadores cada vez tienen menos visibilidad, tanta que poco a poco están desapareciendo sus derechos y sus libertades, si es que alguna vez las hubo completamente plenas y de verdad, aunque eso sería otro cantar, y el personaje de Kadir tendría mucho que hablar de su identidad, de cuál es su camino y sobre todo, porque se merece todo eso que le está pasando, sin él ser responsable directo, pero como decía aquel, hay cosas que nunca cambiarán y si lo hacen, siempre será para peor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mil incendios, de Saeed Taji Farouky

LA FAMILIA BIRMANA.

“Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”.

Proverbio oriental

La película se abre de forma magnífica y muy descriptiva. Vemos una zona rural, una tierra que emana fuego, agujereada de pequeños pozos que de forma manual intentan sacar petróleo del subsuelo. El sonido natural ha dejado paso a un intenso ruido mecanizado de las diferentes máquinas y motores rudimentarios para extraer el valioso oro negro. Nos encontramos en Myanmar (Birmania), y conocemos al matrimonio Thein Shwe y Htwe Tin, que han dejado la agricultura y se dedican a la extracción de petróleo manual, un trabajo durísimo, sucio, asfixiante, y sobre todo, muy explotador para el rendimiento que se saca, en un subsuelo cada vez más seco. Zin Ke Aung, el hijo de la pareja, se niega a seguir la tradición familiar y quiere probar suerte con su sueño de futbolista en la ciudad. La familia le apoya, pero también, le entristece perder a su único hijo.

El director palestino y británico Saeed Taji Farouky, ha cimentado una filmografía en el campo documental, adentrándose en una defensa a ultranza por las injusticias de las minorías, componiendo un cine a favor de los derechos humanos, como en The Runner (2013), en el que retrataba la vida de Salah Ameidan, un saharaui occidental que quiere representar como corredor a su país olvidado y no reconocido internacionalmente. En Tell Spring Not to come This Year (2015), película aclamada en el prestigioso Festival de Berlín, en la que se centraba en la intimidad y cotidianidad de dos soldados afganos y hacía todo un profundo recorrido por la historia del país árabe. Con Mil incendios, se ha trasladado a una zona también olvidada, a una zona rural de Birmania, una zona donde malviven muchas familias en el oficio de la extracción de petróleo. La cámara filma y captura esa intimidad familiar, desde el trabajo rutinario, pesado y difícil, las pausas para comer, sobre todo, arroz y algún pescado, y los escasísimos momentos de asueto familiar, donde cada uno sueña con sus cosas, sus ilusiones olvidadas, y sus esperanzas maltrechas.

El extraordinario trabajo de montaje de la experimentada Catherine Rascon, con más de cuarenta títulos en el documental, consigue una película, donde el sonido es capital, porque siempre las máquinas están en funcionamiento, nunca cesas, un ruido que se mezcla con el de la escasa cotidianidad familiar, con esos parones, en los que asisten a ver jugar a fútbol al hijo y lo llevan a la ciudad a las pruebas, o esos otros, que van en moto, con el bidón de petróleo a cuestas, para venderlo en otra aldea más grande, y muchos instantes más. La excelente música de Fátima Dunn, ayuda a relajar tanta desigualdad y miseria, y alegrarnos, porque a pesar de las dificultades, siempre hay tiempo para sonreír y jugar con el recién llegado. Aunque la película retrate unas condiciones de vida y trabajo durísimas y esclavistas, Saeed Taji Farouky no se regodea en esa suciedad y miseria, sino que la filma desde el respeto y la honestidad, huyendo de la “porno miseria”, que mencionaba nuestro añorado Luis Ospina, y dotando de humanismo y sinceridad a todo lo que vemos, a darle valor a esa resistencia de las gentes humildes que, a pesar de tanta negrura, siguen diariamente en sus quehaceres laborales, intentando salir adelante y ayudar a sus hijos.

La película plantea de forma sutil y magnífica las confrontaciones entre padres e hijos o lo que es lo mismo, entre el pasado y el futuro, entre una vida tradicional con trabajos duros y esa otra vida, alejada de la aldea y encaminada a la modernidad, en este caso, el fútbol como vía para huir de tanta explotación. El mismo conflicto del cine del maravilloso e inolvidable Yasujiro Ozu, un cine que hablaba de nosotros, y de cómo el tiempo nos reflejaba en el espejo y nos devolvía otra persona. El cineasta palestino-británico apenas echa mano de los diálogos y construye una película de miradas, gestos, y sobre todo, mucho ruido ensordecedor que inunda toda la pantalla, un ruido mecanizado que no solo expulsa cualquier atisbo de la palabra y por ende, de humanidad, sino que invade todo aquello que vemos en la historia, solo roto por esos escasos momentos ya mencionados, donde la película se transforma en una profunda exploración de sus gentes, sus vidas, sus creencias, sus vidas pasadas, su astrología y todo aquello de donde vienen y hacia donde van. Mil incendios es una película grandiosa, por la sutileza y la honestidad con la que cuenta unas vidas que, en manos de otro, daría a una de esas películas horribles donde el sentimentalismo y la condescendencia se apoderan de todo, y es un desastre. Afortunadamente, Saeed Taji Farouky trata con sumo respeto a todas aquellas personas que filma y lo hace desde la cercanía y la sinceridad del cineasta que observa y no juzga. Una gran película, que no debería perdérsela nadie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Alcarràs, de Carla Simón

LA MEVA TERRA FERMA, CASA AMADA.  

“Si el sol fos jornaler, no matinaria tant. Si el marquès hagués de batre, ja ens hauríem mort de fam. Jo no canto per la veu, ni a l’alba, ni al nou dia, canto per un meu amic que per mi ha perdut la vida”. (…) “Canto per la meva terra ferma, casa amada”.

De “La cançó del pandero”.

Dos de los momentos más recordados de Alcarràs, la segunda película de Carla Simón (Barcelona, 1986), son cuando el abuelo Rogelio comienza a cantar espontáneamente “La canço del pandero”, y los niños le siguen. Más adelante, se repetirá ese instante, pero a la inversa, cuando en la función que interpretan los niños, Iris, la pequeña de la casa, comienza a cantarla y el abuelo la sigue. Dos momentos que resumen la historia que nos cuenta la película. Por un lado, vemos el legado que dejan los mayores en las futuras generaciones, y por otro, los niños acogen esa sabiduría y la hacen suya. La pertenencia a una tierra, un lugar y un modo de vida, el legado de los que estuvieron antes que nosotros, y los conflictos familiares entre padres e hijos y hermanos son los temas principales que explica la historia.

Con Estiu 1993  (2017), Simón volvía su memoria al verano que quedó huérfana y se fue a vivir con sus tíos al campo. Una película filmada en diversas localizaciones de La Garrotxa (Girona). Ahora, se ha ido unos kilómetros al oeste, a la comarca del Segrià, en Lleida, para hablarnos de la familia Solé, agricultores que llevan tres generaciones trabajando la tierra y cultivando melocotones. Pero, una orden de desahucio cae sobre sus vidas y a finales de verano deben dejar las tierras, porque el dueño quiere instalar placas solares. En esta ocasión, la directora mira a su abuelo fallecido, su legado, y sus tíos y primos agricultores de la zona, y construye la película a cuatro manos, junto a Arnau Vilaró (Bellvís, Lleida, 1986), conocedor del lugar. Un relato que arranca de forma profética, sin dejar lugar a dudas del fatal desenlace de los Solé. Unos niños juegan en un dos caballos abandonado en mitad del campo. De repente, el sonido de una excavadora los alerta y salen corriendo a avisar a Mariona, la hermana más mayor. Todos vuelven y la máquina se lleva el dos caballos. Más adelante, unos camiones de la empresa de placas solares pondrá en alerta nuevamente, a toda la familia y desde la colina, todos mirarán en silencio como lo inevitable de sus no futuros está de camino.

Carla Simón ya demostró en Estiu 1993 como en sus otros trabajos, su interés por retratar un pedazo de vida de sus personajes, filmándolos de forma natural e íntima, mirando sus existencias y vidas muy alejadas del tumulto y las prisas de la gran ciudad. Observando de un modo sencillo y poderoso el universo rural, donde los conflictos siempre se registran de forma naturalista y sin estridencias, tampoco hay autocomplacencia, ni mucho menos, sino un trabajo detallado y conciso de sus realidades, ya sean amables y conciliadoras, como difíciles y complejas. Alcarràs es la crónica de una muerte anunciada, y el relato de un naufragio, eso sí, la historia de los Solé es una fábula sobre la derrota, sobre los vencidos, pero con dignidad, porque ellos son los que mueren con alma, con resistencia, como veremos en su lucha porque la última cosecha sea buena, entre todos y con todos. Los Solé se van a quedar sin trabajo y por consiguiente, sin vida, y deben lidiar con sus conflictos domésticos, entre los que el epicentro es Quimet, el padre, que se está enfrentado al problema de un modo egoísta y alzando muros contra los suyos. Y luego, están los problemas sociales, la lucha por la agricultura ecológica frente a la de las grandes multinacionales, el bajo precio de la fruta, completamente inviable para los pequeños payeses, y el cambio de una forma de vida que se muere por otra avasalladora que arrasa con lo tradicional, sin importarle nada ni nadie.

Muchos de los cómplices de Estiu 1993, repiten en Alcarràs, como son Eva Valiño en el sonido, Arnau Vilaró, que en la otra estuvo en el equipo de dirección, Ana Pfaff en el montaje, Mónica Bernuy en el arte, Mireia Juárez en el casting, y demás. Se incorpora en la cinematografía Daniela Cajías, que la conocimos en su gran labor en Las niñas, de Pilar Palomero. Y qué decir del inmenso trabajo del reparto no profesional de la película, personas de la zona, agricultores en su mayoría, con su peculiar acento, hablando su dialecto catalán muy propio de la zona, reclutadas de las zonas donde se ha rodado la película. Los Josep Abad como Rogelio, el abuelo, Jordi Pujol Dolcet como Quimet, el padre, Anna Otín es Dolors, la madre, Xènia es Mariona, una de los hijos, al igual que Albert Bosch como Roger, Ainet Jounou es Iris, que es una especie de reencarnación de la Frida de Estiu 1993, por su liderazgo entre los primos pequeños, su inteligencia y madurez, Montse Oró es Nati, y Carles Cabós es Cisco, que son la hermana y el cuñado de Quimet, sus hijos, los gemelos Joel e Isaac Rovira que son Pere y Pau, y Berta Pippó, tía de Carla Simón como Glòria y Elna Folguera, sobrina de uno de los productores, son la hermana y sobrina de Quimet, y Antònia Castells como Pepica, entre otros.

Alcarràs tiene, tanto en su forma como en su fondo, y en el sentido humanista el aroma del cine de Renoir, como en su Toni (1934) y en El hombre del sur (1945); con esa idea de retratar desde el alma y la profundidad unas vidas y circunstancias nada complacientes. No podemos olvidar la herencia del neorrealismo, en su idea de registrar lo íntimo y lo social, desde un forma naturalista, honesta y con personas interpretando a personajes muy cercanos a ellos, como ocurría en La terra trema, de Visconti, y en Ladrón de bicicletas, de De Sica, ambas de 1948. Y más adelante, pero con el espíritu neorrealista, la magnífica El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, en la que también se retrata las duras condiciones de vida de los campesinos de finales del siglo XIX, con mucha naturalidad, con actores no profesionales y con gran dignidad, en que los Solé serían unos herederos muy cercanos, de vidas complejas y difíciles, tanto en la tierra como en la familia, como les ocurría a los intérpretes de La gente del arrozal (1994), de Rithy Panh, la primera película del genio camboyano.

Nos alegramos porque exista una película como Alcarràs, triste y alegre por igual, como es la vida, vamos, y llena de vida, de humanismo y de celebración de la vida, el trabajo y el cine, que tiene de todo, que a veces, es maravillosa, y otras, duele mucho. Porque hay que celebrar con fuerza que en nuestra cinematografía se sigan produciendo historias que hablen de nosotros, de lo que fuimos y desgraciadamente, no seremos, porque los tiempos cambian, y no como nos gustarían, en muchas ocasiones. El pedazo de vida de los Solé que retrata y registra Carla Simón, no es solo sus vidas, el final de sus vidas como payeses, sino que también es un pedazo de su dignidad, o dicho de otra forma, la manera que tienen de enfrentarse a sus miedos, sus inseguridades, y sobre todo, sus pérdidas, porque la directora catalana en el fondo nos está hablando de todo lo que somos, la identidad que le debemos a tantos otros que nos precedieron, y sobre todo, las formas en las que afrontamos todo lo que vamos a dejar de ser, y eso, nunca es fácil, ni para los Solé ni para nadie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Sundown, de Michel Franco

EN LA CIUDAD QUEMADA.

“Estoy cansada de tratar de llenar mis espacios vacíos con cosas que no necesito y personas que no me gustan”

Virginia Woolf

Las familias desordenadas y la violencia que azota la sociedad mexicana son dos de los elementos imprescindibles en el cine de Michel Franco (Ciudad de México, 1979). El director mexicano ha abordado los conflictos personales y familiares en sus siete largometrajes hasta la fecha. A partir de relatos íntimos y sencillos, los problemas se desatan en una inexistente unidad familiar, siempre enturbiada por la falta de comunicación, viéndose inmersa en la mentira, la distancia y la violencia. Después de Nuevo orden (2020), una película que abordaba la lucha de clases, otro elemento indispensable en su filmografía, y profundizaba en la violencia como una enfermedad difícil de erradicar en México. Con Sundown, vuelve al cine intimista y de pocos personajes, profundizando en la desunión familiar que tanto le interesa al director mexicano, a través de la figura de Neil, un tipo ambiguo del que poco sabemos de su vida, solo que finge el olvido del pasaporte para no volver a Inglaterra con su hermana y los hijos de esta, cuando la madre muere súbitamente. En cambio, deja el hotel lujoso en Acapulco, en la costa sur del país, y se va a un hotel de medio pelo en un barrio popular junto al mar, en un gesto premonitorio en su particular descenso a los infiernos.

La historia sigue a Neil Bennett, del que iremos descubriendo muy poco a poco lo que hace y lo que va sintiendo, aunque siempre de forma sutil, como es habitual en Franco, porque todo se va ennegreciendo dentro de una cotidianidad que hace daño de lo cercanísima que resulta. Neil conoce a Berenice, no es causal el nombre, una mujer que trabaja vendiendo souvenirs, con la que entabla una relación sentimental y sexual. La nueva vida de Neil y su estado emocional, recuerda mucho a Paul, el personaje que interpretaba Bruno Ganz en la maravillosa En la ciudad blanca (1983), de Alain Tanner, un marino que sin nada que hacer, deambulaba por el Lisboa del 82 y conoce a Rosa, una mujer con la que pasará el tiempo. Tanto Franco como Tanner se alejan del relato al uso, adentrándose en el estado emocional del individuo que retratan, en una idea de letargo o ensoñación que experimentan ambos personajes. Son hombres que parece que fueron, porque ahora mismo no son, se dejan llevar por la ciudad, por el sol, por la mujer que conocen, en una experiencia de olvidarse de todo, de todos, y sobre todo, de ellos mismos.

Franco nos sitúa en la ciudad costera de Acapulco, una ciudad que, al igual que el personaje, también fue antaño una ciudad diferente. Ahora, una urbe de vacaciones en el que todo parece enturbiado, porque en cualquier momento puede estallar una violencia soterrada que contamina la ciudad y el país. Una tranquilidad extraña y muy tensa como suele ocurrir en la filmografía del director mexicano, donde la violencia siempre irrumpe de forma salvaje y sin concisiones, una violencia que descoloca a los personajes y los lleva a la oscuridad más brutal, una violencia que se torna cotidiana, demasiado cotidiana. La cinematografía de Yves Cape, todo un referente en el cine más vanguardista francés con nombres tan ilustres como los de Bruno Dumont, Claire Denis, Leos Carax y Bertrand Bonello, entre otros, que ha trabajado en las cuatro últimas películas del cineasta mexicano, otorga esa luz donde el sol abrasador es parte intrínseca de todo lo que está sucediendo al personaje principal, donde lo cotidiano se apodera del relato, una intimidad que está filmada como si un documental fuese, en que la inquietud está presente en cada encuadre de la película.

El estupendo trabajo de montaje que firman el propio director junto a Óscar Figueroa, otro de los nombres imprescindibles del cine mexicano con más de medio centenar de películas en su haber, condensando una trama que abarca los ochenta y tres minutos de metraje, en el que se cuenta todo lo imprescindible, y sobre todo,  con un buen ritmo y agilidad, sin caer en lo superfluo y mucho menos en lo evidente, siempre de forma sutil, profundizando en la existencia de Neil, que no estaría muy lejos de aquellos pistoleros cansados y envejecidos que solo buscan un poco de paz, algo de sol, un trago y quizás, algo de compañía. La maravillosa presencia de Tim Roth, que repite con Franco después de la interesante Chronic (2015), amén de coproducir la película, en otro personaje silencioso y solitario, del que poco sabemos. Un personaje hermético y espectral, que parece que la vida ya no le dice nada o tal vez, él ya se ha cansado de su familia enriquecida con el negocio de la carne, y de esa forma de vivir lujosa y vacía. Le acompañan una fantástica Charlotte Gainsbourg, hermana del protagonista, en las antípodas del personaje de Roth. Iazua Larios como la Berenice que se cruza con Neil, y Henry Goodman como Richard, el amigo y abogado de los millonarios Bennett. Franco nos invita a tomar el sol en Acapulco, a pasear y contemplar la vida con Neil, o con lo que queda de él, porque todos somos un poco como el protagonista, en un momento de nuestras existencias, solo querremos tomar el sol, olvidarnos de nosotros y vagar sin rumbo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esta lluvia nunca cesará, de Alina Gorlova

ANDRIY SULEIMAN, REFUGIADO KURDO.

“Esto es lo que hace la guerra. Y aquello es lo que hace, también. La guerra rasga, desgarra. La guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina”.

“Ante el dolor de los demás” (2002), Susan Sontag

Conocía la existencia del conflicto kurdo, pero fue viendo La espalda del mundo (2000), de Javier Corcuera, que conocí la tremenda gravedad del problema. La película explicaba el caso de Leyla Zana, una parlamentaria encarcelada en Turquía por temas políticos. El capítulo seguía la gris y triste existencia de su familia exiliada en Suecia, después que el marido pasase dieciséis años en la cárcel. Cuatro años después, en Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi, ambientada en un campo de refugiados del Kurdistán iraquí, éramos testigos de las condiciones miserables de un pueblo como el kurdo condenado a la huida constante, intentando encontrar un lugar al que pertenecer. La cineasta Alina Gorlova (Zaporiyia, Ucrania, 1992), de la que conocíamos su trabajo en el campo documental con la película No Obvious Signs (2018), en la que retrataba a una soldada ucraniana en pleno proceso de rehabilitación por estrés postraumático.

En Esta lluvia nunca cesará (significativo y desesperanzador título), el retrato se centra en la vida de Andriy Suleiman, un kurdo sirio que abandonó el país árabe por la guerra de 2012, y se instala en Lysychansk, al este de Ucrania, país de origen de su madre. La cámara de Gorlova sigue la vida del joven, voluntario de la Curz Roja en la guerra del Donbass en 2014, y de su familia, y su periplo por varios países donde se encuentra diseminada su familia y amigos, como Irak, Kurdistán y Alemania, donde quiere empezar de nuevo. La cineasta ucraniana divide en diez partes su película, a modo de capítulos, y usa el blanco y negro para mostrar esas vidas errantes, grises, difíciles y rotas, vidas que son meras sombras debidos a los graves efectos y causas de la guerra, que parece seguirles allá donde van. El retrato es profundamente humano y alejado de sentimentalismos. Todo se cuenta desde la verdad, o mejor dicho, desde lo auténtico de unas vidas que quieren salir adelante y a duras penas lo consiguen, poniendo el foco en todas las personas anónimas que han huido de su país, sus trabajos y su vida, e intentan encontrar ese lugar en el que volver a estar tranquilos y en paz.

Gorlova construye una intimidad que traspasa, que nos seduce con muy pocos elementos, y nos convierte a los espectadores no solo en testigos privilegiados del drama humano de este grupo de kurdos, sino en personas que conocen una verdad que es en realidad la de muchos refugiados en todo el mundo, personas que lo dejan todo por la guerra, personas acogidas en países extranjeros, personas que deben luchar diariamente para no perder su identidad, no en un sentido nacionalista ni patriótico, sino en el concepto humano, de tus orígenes, de tu forma de vivir, de tus tradiciones, de todo lo que significa ser kurdo. Un documento excepcional y cercano, cimentado con la complejidad de las diferentes existencias, como la labor humanitaria del protagonista kurdo frente al desfile de la máquina militar pesada ucraniana que van a la guerra del Donbass, al este del país, una zona de eterno conflicto entre los prorusos y los ucranianos contrarios, un conflicto que retrató de forma magistral el cineasta ucraniano Serguéi Loznitsa en su película homónima de 2018. Las contradicciones de los bailes tradicionales kurdos y ucranianos, así como el desfile de soldados frente a la marcha del orgullo gay en Berlín.

Un mundo lleno de contrastes, de grises automatizados, de perversidad y alegría en la mismo espacio o según en la perspectiva que te encuentres o te toque circunstancialmente. Esta lluvia nunca cesará no es una película apológica ni se decanta por nadie ni por nada, si hay una idea política, porque en cualquier acción humana la hay, es sin lugar a dudas, la del lado de lo humano, de mirar de frente a todos aquellos que huyen por la guerra, a todos aquellos que, lejos de sus tierras, siguen viviendo la guerra diariamente, de los traumas que deja la guerra, el exilio y estar lejos de todo sin saber donde se está, de todos los espacios oscuros que construyen unos poquísimos y afectan a millones de personas alrededor del mundo, de la guerra como mal eterno de la historia de la humanidad que define mucho nuestra forma de vivir, de compartir y de mirar al otro. Andriy Suleiman es uno de tantos refugiados que cada día abandonan su vida para emprender un camino lleno de peligros y de dolor del que desconocen completamente donde les llevará y que será de ellos, y lo más incierto, si algún día podrán regresar a sus vidas y cuántas vidas costará tanto desastre imposible de detener. Aunque la película no solo muestra desgracia y tristeza, porque también hay tiempo para el reencuentro, para seguir adelante a pesar de todo, y sobre todo, hay tiempo para seguir se esté donde se esté. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Para Chiara, de Jonas Carpignano

LA HIJA DEL FUGITIVO. 

“Siempre he tenido una sensación de que todos estamos prácticamente solos en la vida, particularmente en la adolescencia”

Robert Cormier

Las tres películas que conforman la filmografía de Jonas Carpignano (New York, EE.UU., 1984), se sitúan en la primera juventud, en ese período laberíntico cuando todavía no dejas de ser niño y ya te enfrentas a problemas que te superan, con esas ansías locas de querer ser más mayor y hacer lo que hacen los más mayores. Sus retratos caminan en ese espacio de incertidumbre vital, de crecer a golpes y de sopetón, sin tiempo para pensar, todo sucede muy rápido para las criaturas del director que creció entre Roma y New York, donde sus jóvenes protagonistas se enfrentan a su entorno, siempre hostil y muy cercano, ya que son sus familias, con el propósito de saber y comprender, situaciones que los llevarán a vivir momentos tensos y peligrosos. Pero los adolescentes de sus películas no son chavales que se detengan ante las dificultades, sus deseos de saber les llevarán a derribar todos los obstáculos habidos y por haber, porque ya no pueden volver atrás, a lo que fueron, ahora ya han emprendido ese tránsito a la edad adulta, a darse cuenta de las cosas, a conocer la verdad de los suyos, situación que les hará debatirse entre aquello que aman con aquello a lo que no quieren pertenecer.

En su opera prima, Mediterranea (2015), conocíamos a dos jóvenes de Burkina Faso que se lanzaban a un viaje suicida, en el que pretendían cruzar medio continente para llegar a Libia y de ahí, embarcarse a Italia. A Ciambra (2017), su segundo trabajo, partía de un cortometraje de 2015, ambientado en la ciudad de Gioia Tauro, en Calabria, en el que seguía la vida de Pio, un chaval gitano que quería ser uno más del clan delincuente, y empezaba a sufrir las dificultades de ser uno más. En Para Chiara, vuelve, o mejor dicho, sigue en los ambientes de Gioia Tauro, no muy lejos de la atmósfera de A Ciambra, en un par de barrios más allá, donde conocemos a la familia Guerrasio, una familia calabresa que se dedica a negocios ocultos y desconocidos para la joven. El foco lo sitúa en la mirada y el cuerpo de Chiara, una joven de 15 años, una joven a la que le saltarán todas las alarmas cuando su padre desaparece, y ella, intrigada por el suceso, comenzará a investigar en secreto, preguntando al resto de la familia y yendo donde sea para saber que ha ocurrido con su padre fugitivo.

Carpignano vuelve a contar con muchos de sus colaboradores de sus películas anteriores como el cinematógrafo Tim Curtin, para construir un encuadre desde la perspectiva de Chiara, donde la acompañamos con una cámara de seguimiento, que captura todo lo que ocurre de una forma que fusiona de forma extraordinaria el documento con la ficción, al mejor estilo de los neorrealistas italianos. Una cámara muy cerca de ella, explorando su intimidad, siendo una parte más de cuerpo, descubriendo a la par de ella, sumergidos en ese mundo que desparece con ese otro que va a ir apareciendo muy poco a poco, al igual que el gran trabajo de sonido de Tim Curtin, en una película altamente sensorial y corpórea, donde todo se construye desde fuera, desde el espacio en off, creando constantemente esa sensación incierta y oscura que persigue en el deambular de Chiara, como el ajustado y soberbio montaje de Affonso Gonçalves (habitual en el cine de Todd Haynes y Jim Jarmusch), que intensifica la relación de Chiara con sus dos universos: el que conoce hasta ahora, su familia, sus amigas y su intimidad, y ese otro, el de fuera, el desconocido y lleno de sombras y peligro, a través de planos cortos fusionados con los secuenciales, para crear esa atmósfera cortante y asfixiante de la joven en su inmediata investigación, con esa intrepidez que se cuelga de ella,  y la extraordinaria composición musical del dúo Dan Romer y Ben Zeitlin (del que conocíamos su faceta como director en títulos como Bestias del sur salvaje y Wendy).

El reparto de la película es otro de los grandes trabajos de la película, porque está conformado por un par de familias, la que conforman los Fumo y los Rotolo, entre los que destaca la presencia de Swamy Rotolo, nuestra Chiara, un personaje construido a través de la mirada, con dos partes bien diferenciadas. En una primera, nos adentramos en su intimidad, con esa cercanía, propia del documental, donde conocemos su realidad y sus deseos e ilusiones, y en esa otra, cuando el padre desaparece, donde la fisicidad contamina cada encuadre y plano, porque el movimiento se apodera de todo el relato y su estructura, y donde la inquietud se convierte en personaje principal, y Chiara adquiere todo el protagonismo, donde Carpignano hace un guiño A Ciambra, con la aparición de Pio Amato, el protagonista gitano, donde el cine adquiere toda su importancia, donde el autor se mira a sí mismo, o mejor dicho, el cineasta mira a su universo y éste, inevitablemente, se mezcla casi sin querer.

El italiano-estadounidense ha construido a fuego lento una película que pasa de una volada, que nos tiene en constante tensión sus dos horas de metraje, con esa mirada observadora de la intimidad de esta ciudad de Calabria, o de su periferia, esos barrios donde ocurren tantas cosas y pocos se han atrevido a mirarlas y mostrarlas, y hacerlo con tanta precisión, autenticidad y sin sentimentalismos, ni condescendencias, sino con mirada, cuerpo y piel.  A Chiara es un extraordinario retrato sobre la adolescencia, sobre la familia, y sobre quiénes somos, sobre todo, sobre nuestra identidad, de dónde venimos, donde hemos crecido, y conforma una interesante reflexión sobre las elecciones de la vida, sobre las dificultades de romper con lo que somos, de los nuestros, y decidir nuestra propia vida, a pesar de los pesares y con las pocas herramientas que tenemos a nuestro alcance, porque Chiara solo tiene claro una cosa, aunque quizás todavía hasta ahora no sé lo había planteado, que quiere a su familia, pero también se quiere a sí misma, y las dos cosas no eran incompatibles hasta ahora, a partir de ahora, puede que sí. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Virginia Demorata

Entrevista a Virginia Demorata, actriz de la película «La mancha negra», de Enrique García, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 23 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Virginia Demorata, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Rubén Codeseira de Comunicación-Cine, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Enrique García

Entrevista a Enrique García, director de la película «La mancha negra», en el Soho House en Barcelona, el miércoles 23 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Enrique García, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Rubén Codeseira de Comunicación-Cine, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Dylan Moreno

Entrevista a Dylan Moreno, productor de la película «La mancha negra», de Enrique García, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 23 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Dylan Moreno, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Rubén Codeseira de Comunicación-Cine, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mancha negra, de Enrique García

DOÑA MATILDE CISNEROS HA MUERTO.

“Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad”.

“Bodas de sangre”, de Federico García Lorca

Estamos en 1971, en Aljarria, uno de esos pueblos del interior de Andalucía, perdidos de la mano de Dios. Son los años duros de los setenta con los últimos coletazos del franquismo. Tiempos de incertidumbre, de rencores y de odios a punto de explotar después de años de silencio. Unos odios y rencores instalados en la familia de los Cisneros. La matriarca Doña Matilde acaba de morir. Con ella se va un tiempo de odio, de silencios y sobre todo, un tiempo que advierte un porvenir difícil. Al mismo tiempo, el único varón de la familia, Eugenio, viene de vuelta al pueblo después de más de quince años, acompañada de su mujer Emilia. Parece que las cosas le han ido bien, o al menos eso parece. En Aljarria, se encontrará con sus tres hermanas, Modesta, la servicial, la callada y la sumisa, Manuela, la independiente, la señalada y la de carácter, y finalmente, Mercedes, que perdió la cabeza y ahora se ha convertido en un muerto.

El recién llegado se enfrentará a Doña Julia, una arpía que, compinchada con Don Andrés, el cura, ya que traman arrebatarles todo el dinero a la familia, y sin olvidarnos, del hermano de Doña Julia, el Juaneque, un pobre infeliz y retrasado que quería con locura a la finada. La llegada del antiguo habitante del pueblo, no solo desatará las envidias y demás entre los lugareños, sino que generará el mayor de los cimas en casa de los Cisneros. De Enrique García (Málaga, 1971), conocíamos su trabajo en el cortometraje, y sus tres largometrajes, 321 días en Michigan (2014), Manic Tales (206), en la que dirige uno de los segmentos, y Resort Paraíso (2016). Un cine que ha buceado por el thriller, el terror y el drama, tres géneros que se dan la mano en su cuarto trabajo La mancha negra, coescrita con su guionista habitual Isa Sánchez (de la que hemos visto hace poco Alegría, de Violeta Salama), en una película carpetovetónica, centrada en una sola jornada, en un velatorio y entierro de armas tomar, donde los Cisneros pondrán sus cartas sobre la mesa, donde muerta la madre, ya nada podrá detener tantos años de odio y maldad.

La excelente cinematografía de José Antonio Crespillo, que ya estaba en Manic Tales y Resort Paraíso, conjuga con habilidad la luz asfixiante que recorre todo el metraje, con esos primeros planos y encuadres cerrados bien compuestos, para generar esa fragmentación que existe entre los cuartos hermanos, con un brillante manejo del tempo en el montaje de Ana Álvarez-Ossorio (que es habitual en los trabajos de Paco León), y la cortante música de Jesús Calderón, una eminencia en el mundo del corto, que sabe atraparnos desde el primer minuto. Nos encontramos ante una película donde el universo lorquiano juega un papel fundamental, con esas mujeres enlutadas, esas miradas que echan fuego y esa violencia soterrada a punto de explotar. El imaginario de Delibes, y sus santos inocentes, con ese caciquismo que representa el cura del lugar, y esa Mercedes, que no está muy lejos de la “niña chica”, y esa España negra con la violencia extrema de se palpa en cada rincón de “La familia de Pascual Duarte”, de Cela, o el fatalismo que recorre el mundo de Aldecoa y Benet. En el cine, amén de las adaptaciones de los autores ya citados, bebe mucho de La caza, de Saura y Furtivos, de Borau, donde existen esos pueblos llenos de amargura y miseria, donde la violencia es el pan de cada día.

Tenemos lo más intrínseco de nuestra forma de vivir y sentir, bien fusionado con el thriller estadounidense de los setenta que marcó una época con los Peckinpah, Boorman y Frankenheimer, entre muchos otros, unos policíacos sucios, llenos de vidas autodestructivas, muy violentas, fatalistas y amargas, donde nunca hay esperanza, solo disparar y rendirse a la violencia. Y claro, un relato que juega mucho a todo lo que nos e dice, a todo lo que se oculta, y a todo lo que quema por dentro, tenía que componer un reparto muy coral y digno de unos personajes complejos, derrotados y amargados. Un grupo de intérpretes, entre los que hay compañeros de viaje del director, entre los que destacan las presencias de Natalia Roig, Virginia Demorata y Noemí Ruíz, como las tres hermanas Cisneros, junto a un gran Pablo Puyol como el hermano, Virginia Muñoz como Emilia, Cuca Escribano, fea y malvada como Doña Julia, Ignacio Nacho, que conocemos como director de El intercambio (2017), dando vida a Juaneque, toda una gran sorpresa, Aníbal Soto como el boticario, Juanma Lara como el cura, con ese corpachón y su vozarrón, y las presencias más breves de María Alfonso Rosso como la que se muere, Sebastián Haro y Joaquín Núñez.

Dylan Moreno que ya coprodujo Manic Tales y El intercambio, vuelve a producir una película de Enrique García. La mancha negra no esconde su modestia, pero tampoco hace alarde de ella, porque sabe el relato que tiene entre manos, seco, duro y violento, y lo va contando poco a poco, sin prisas pero sin pausa, en un in crescendo que hiela el alma,  dosificando con acierto la información, al modo del western, de cuando alguien volvía a un pueblo y nunca sabíamos cómo éste lo iba a recibir, generando esta tensión, ese calor que ahoga y vuelve más violenta a las personas, enhebrando don decisión todas las relaciones, todas las miradas y gestos. García ha conseguido una película muy honesta, bien equilibrada y compuesta, en el que la forma y el fondo casan con astucia y fuerza, porque cuenta lo que conoce y lo hace con lo que tiene, sin entrar en terrenos pantanosos. García ha construido una película con hechuras, con un ritmo pausado que coge velocidad en su último cuarto, donde todo explota, donde cada personaje reclama su sitio y sobre todo, su pasado, un pasado que saldrá a la superficie, y nada ni nadie podrá detenerlo y lo cambiará todo, porque cada uno de los individuos en cuestión ya está cansado de estar callado, una metáfora que define mucho el sentir de aquel país de tantos de dictadura, terror y silencio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA