Entrevista a Marc Ferrer y Toñi Vargas

Entrevista a Marc Ferrer y Toñi Vargas, director y actriz protagonista de la película «Reír, cantar, tal vez llorar». en el domicilio de Toñi en Barcelona, el sábado 14 de diciembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Ferrer y Toñi Vargas, por su tiempo, sabiduría y generosidad y cariño.  . JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Claudio Zulian

Entrevista a Claudio Zulian, director de la película «Constelación Portabella», en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 29 de octubre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudio Zulian, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Retrato de un cierto oriente, de Marcelo Gomes

FÁBULA SOBRE EL AMOR Y LA INTOLERANCIA. 

“El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor”. 

Buda

Érase una vez… La historia de Emilie y Emir dos hermanos libaneses y católicos allá por el 1949 que, después de haber perdido a sus padres y ante la inminente guerra, deciden embarcarse con destino a Brasil. Durante la travesía, Emilie se enamora de Omar, un comerciante musulmán que vive en Manaos. Emir se antepone a la relación y hará lo imposible por romperla, aludiendo a las diferencias religiosas. Retrato de un cierto oriente, de Marcelo Gomes (Recife, Brasil, 1963), es una historia sobre el amor, también lo es sobre la intolerancia, y el miedo al otro y a todo lo que representa, lo desconocido. Una historia contada como una fábula, con la atmósfera que emanaba de Las mil y una noches, que tiene mucho del cine de Miguel Gomes, a la que dedicó la trilogía homónima de 2015, y en películas como Tabu (2012), y la más reciente Gran Tour. Un cine que recoge la pasión, la aventura y lo misterioso de aquel cine en el Hollywood clásico que hacía Tourneur, donde había un enfrentamiento entre diferentes culturas, y se exponía todo lo que les separa y todo lo que les acercaba. 

A partir de un guion que firman Maria Camargo (que ha trabajado con Sergio Machado, el director de Cidade Baixa, entre otras), Gustavo Campos (que hizo con Gomes la película Paloma de 2022), y el propio director, basado en la novela homónima de Milton Hatoum, nos sitúan en la existencia de dos hermanos que huyen de su país envueltos en la desesperanza y con tiempo y actitud irán descubriendo una nueva esperanza en sus vidas. Ella, cuando conoce al enigmático y guapo Omar, y él, con Donner, un fotógrafo que va inmortalizando por el barco a todo aquel que se presta. Estamos ante una película tranquila, muy reposada, donde el traqueteo del barco va impulsando las distintas emociones que expresan la pareja protagonista, tan dispares y en continua colisión. Un relato que habla de nuestras diferencias a través de lo que nos une y nos acompaña como, por ejemplo, el baile, las tradiciones y la necesidad de ayuda del otro, como ocurre con el personaje de Anastácia, una india de la selva amazónica que entabla amistad con Emilie. Es también una obra que nos explica la importancia vital, como medio de supervivencia, de la confianza y la bondad del otro cuando el mundo parece destinado a aniquilarse. 

Una espectacular, sombría y atmosférica cinematografía en un poderoso blanco y negro que firma Pierre de Kerchove, habitual de Daniel Ribeiro, que repite con Gomes después de Joaquim (2017) y la mencionada Paloma, consiguiendo captar con suavidad las diferentes luces por las que pasan los hermanos, construyendo una luz que es un reflejo profundo de sus estados emocionales, acompañados por las diferentes texturas y grosores que se van acercando: la tenebrosa Líbano, lo misterioso y oscuro de la travesía, lo salvaje y mágico del poblado en pleno corazón selva amazónica y finalmente, la luz esperanzadora de Manaos. La música de Mateus Alves, cómplice de Kleber Mendonça Filho, Piero Bianchi y Sami Bordokan, consiguen con unas melodías atrayentes y nada estridentes capturar el misterio que encierra toda la película. El montaje de Karen Harley, habitual de la cinematografía brasileña, con una extensa trayectoria al lado de Carlos Diegues, Mika Kaurismäki, Anna Muylaert, Sergio Trefaut, y Zama (2017), de Lucrecia Martel, amén de cuatro películas con Marcelo Gomes, en un preciosista trabajo que sabe condensar los diferentes puntos de vista en sus 93 minutos de metraje que pasan con el mismo ritmo tranquilo y en calma que el viaje en barco, con sus brotes de violencia, que los hay. 

Si la parte técnica es un trabajo muy elaborado que brilla en cada encuadre y secuencia, la parte interpretativa está a la misma altura, en unas interpretaciones en las que se habla poco y se dice mucho. Tenemos a la actriz libanesa Wafa’a Celine Halawi que hace de Emilie con dulzura, belleza y carácter. A su lado, los libaneses Zakaria Kaakour es su hermano intolerante Emir, que debuta en el largometraje y Charbel Kamel interpreta a Omar, la antítesis del odio de Emir, que rivaliza con él. También encontramos a Rosa Peixoto que es Anastácia, la indigena brasileña que actúa como puente entre culturas y diferentes formas de pensar que están más cercas de lo que parece a simple vista. Y también, el actor italiano Eros Galbiati es Donner, que hace las maravillosas fotografías que son tan esenciales en la trama de la película. Acercarse a una película como Retrato de un cierto oriente, de Marcelo Gomes no es ninguna cosa baladí, porque experimentan ese aura que ha perdido mucho cine actual, donde el cine se convertía en una especie de demiurgo que nos llevaba por universos llenos de misterios, de amor, de belleza, a lo desconocido desde lo más íntimo y cercano, adentrándonos en esa parte de nosotros que desconocemos. Así que, tomen asiento, relájense y disfruten del viaje. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manolo Solo y Avelina Prat

Entrevista a Manolo solo y Avelina Prat, actor y directora de la película «Una quinta portuguesa», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el viernes 2 de mayo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manolo Solo y Avelina Prat, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Anabel Mateo de Relabel Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una quinta portuguesa, de Avelina Prat

UN LUGAR PARA OLVIDARSE DEL MUNDO. 

“Cuanto más te disfraces, más te parecerás a ti mismo”. 

De la novela “El hombre duplicado”, de José Saramago

Temas sobre mirar al otro, observarlo, reconocerse y en pocos casos, relacionarse con él de forma que los muros desaparezcan y encontrar todo aquello que compartimos o no, todo aquello que queda fuera de lo que creemos que somos. Muchas de estas cuestiones ya se planteaban en la brillante y magnética Vasil (2022), la ópera prima de Avelina Prat (Valencia, 1972), que relataba la extraña relación entre Alfredo, un jubilado profesor de matemáticas y un recién llegado de Bulgaria. Lo humano explicado a través de la cotidianidad y sencillez de unas personas que rompían sus moldes establecidos para reencontrarse con su otro yo, para mirar hacia afuera, para tropezarse con otras realidades muy cercanas a ellos. Muchos de esos elementos los volvemos a encontrar en Una quinta portuguesa, la segunda película de Prat, en el pone el foco en la existencia de Fernando, un reservado y silencioso profesor de geografía que un día, sin mediar palabra y sin ningún conflicto aparente, Milena, su mujer serbia coge la maleta y se marcha. Fernando deja su vida y se va a Portugal, donde todo virará hacia otra idea. 

La peripecia de Vasil es parecida a la de Fernando, ya que se encuentra en un lugar extraño con gentes extrañas y a modo de Robinson Crusoe explorará su nueva realidad adentrándose en el otro convirtiéndose en otro y otros, como forma de supervivencia emocional para olvidarse de quién eres y encontrarse con lo que deseas o simplemente, huyendo de uno mismo y de quién eras. Las ideas que planean sobre la película son muy trascendentales y profundas, pero la película no lo es, porque adopta un forma y relato muy sencillo, donde las relaciones copan el entramado, contado a partir de una home movie, en esa casa que es el centro de todo y de todos, a través de poquísimas palabras llenas de silencios e interludios que nos dicen mucho más de los personas que el diálogo, con sus acciones, sus momentos en soledad y sus miradas y gestos diarios. Una quinta portuguesa es de esas películas tranquilas y reposadas, en las que el conflicto se puede contar en una frase pero que todo lo que cuenta, y su peculiar forma de hacerlo, la hace muy grande, porque vuelve al cine donde todo lo rodeaba el misterio, el cine como herramienta de profundizar en el interior de las personas, en lo que somos, en lo que creen los demás que somos, y sobre todo, en esas partes calladas en las que sabemos quiénes somos y nos encantaría ser otro u otros.  

Para su segundo trabajo, la directora valenciana se ha vuelto a rodear de los técnicos que la acompañaron en su debut como el cinematógrafo Santiago Racaj, un gran director de fotografía con más de medio centenar de películas al lado de grandes nombres como Javier Rebollo, Jonás Trueba, Fernando Franco, Celia Rico y Carla Simón. Una luz cercana que traspasa la intimidad de los personajes y del espacio generando un paisaje humano donde cada elemento resulta reconocible y misterioso. La estupenda música de Vincent Barrière, que ha trabajado mucho en el cine valenciano junto a Adán Aliaga, coproductor de la cinta, Roser Aguilar, Claudia Pinto y la reciente Un bany propi, de Lucía Casañ Rodríguez, con esos toques de quietud e inquietud que ayudan a crear esa atmósfera que va entre lo doméstico y las sombras. La mezcla de sonido de Iván Martínez-Rufat resulta esencial para crear ese pequeño universo entre lo misterioso y lo mundano. El montaje de Juliana Montañés que, en sus inquietantes 114 minutos de metraje, nos van cogiendo de la mano, sin prisas, pero con extrañeza y misterio para ir descubriendo el lugar, la casa y los habitantes que por allí se mueven. 

Como sucedía en Vasil con un plantel encabezado por unos magníficos Karra Elejalde e Ivan Barnev acompañados de un elenco que transmitía veracidad y una cercanía que traspasaba la pantalla. En Una quinta portuguesa pasa lo mismo, con personajes que se instalan en lo misterioso, en esos lados donde todos actuamos, donde somos quiénes nos gustaría ser y no lo que nos ha tocado en suerte, con un gran Manolo Solo, tan conciso, sobrio y silencioso, que se asemeja al Delon de Le samurai, de Melville, alejado de sus oscuros personajes para encarnar a Fernando en una encrucijada en la que se deja llevar y convertirse en otro o en otros, huyendo de sí mismo, en un tipo parecido al que hizo en Cerrar los ojos, de Erice, porque si allí buscaba a otro, aquí se busca a su otro yo. Le acompañan los portugueses capitaneados por una extraordinaria María de Medeiros, como la mestressa de la casa, Rita Cabaço como la que cocina y limpia, Luisa Cruz, que tiene en su haber trabajos con Lisandro Alonso, Joâo Nicolao y Miguel Gomes, y Rui Morrison con Benoît Jacquot y Raoul Ruiz, son dos jugadores de cartas, las cartas otra vez haciendo presencia en el universo de Prat, y Branka Katic, la actriz que interpreta a un personaje inolvidable que ha trabajado con Kusturica, entre muchos otros. 

Si tuviéramos que hermanar la película con otras que reúnan algunas de sus singularidades podríamos pensar en el cine de Chabrol y Losey, y no lo digo por el lado policíaco que, en cierta medida, podríamos encontrar en la película de Prat, aunque los tiros y nunca mejor dicho, no van por ese lado, sino por cómo plantea la construcción de los lugares y la interacción de los personajes, encajados en una normalidad y sencillez poderosísimas, en el que las cosas y muchos menos las situaciones, son lo que parecen, donde los distintos individuos siempre andan ocultando cosas de ellos y de sus pasados, donde el misterio hace mover la trama que, es muy mínima, porque lo interesante de estas películas no es lo que cuenta, eso sólo es una excusa, lo que importa es cómo se cuentan, y cómo reaccionan los personajes ante los diferentes hechos, en un relato que los espectadores sabemos lo que ocurre y tenemos la información, siguiendo el patrón que mencionaba Hitchcock que de esa manera se creaba mucho más inquietud e interés cuando se sabía un poco más que algún personaje. No se lo piensen y descubran Una quinta portuguesa, de Avelina Prat y quédense con su nombre porque dará mucho que hablar, ya que nos devuelve el cine que hacía del misterio su razón de ser, donde sus personajes y sus hechos se erigían como misterios que había que resolver o no.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ion de Sosa y Sergio Jiménez

Entrevista a Ion de Sosa y Sergio Jiménez, director y montador de la película «Mamántula», en el marco del D’A Film Festival, en el hall del Hotel Regina en Barcelona, el viernes 12 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ion de Sosa y Sergio Jiménez, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de comunicación del Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Javier Rebollo

Entrevista al cineasta Javier Rebollo, aprovechando que está mezclando el sonido de su película «En la alcoba del sultán» en un estudio en Barcelona, en la terraza del Restaurant Cal Santi en Barcelona, el viernes 26 de enero de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Rebollo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta naturalidad y por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Dolores Fonzi

Entrevista a Dolores Fonzi, actriz y directora de la película «Blondi» en la terraza del Hotel Catalonia Barcelona 505 en Barcelona, el jueves 4 de julio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Dolores Fonzi, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta belleza, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Blondi, de Dolores Fonzi

MAMÁ ES MI AMIGA. 

“Creo que es muy importante que cada madre encuentre su propio camino”.

Solange Knowles

Blondie tiene más de cuarenta tacos, que mencionaba Sabina, no es una madre convencional, ella es ella misma, con sus cosas y consecuencias. Si la miras de lejos parece una adolescente más, una joven con ganas de vivir el momento e irse de fiesta con sus colegas, dejándose llevar por la vida, por cada día, y sobre todo, sin mirar a ese futuro que tanto miedo meten con él. Blondi vive de forma diferente, hace encuestas, vive con su hijo Mirko veinteañero, que sueña con ser dibujante,  se ve con su madre, Pepa, viuda, pero de aquí y ahora, y mantiene una relación de amor-odio con su hermana, la “perfecta” Martina, casada y con dos hijos pequeños, pero tan infeliz como cualquiera. Blondi vive al día, sale de fiesta con su hijo y sus colegas, es una más, una “colega” más, una confidente de su hijo con el que fuma porros y habla de forma abierta y libre. Eso sí, nunca ha sido una mala madre, siempre ha estado ahí, desde que se quedó embarazada a los 15. Blondi es una madre diferente, alejada de la “normalidad”, o eso que nos han vendido que es “normal”. 

De Dolores Fonzi (Buenos Aires, Argentina, 1978), ya conocíamos de sobras su faceta como actriz en la que lleva dedicada más de 25 años en películas de cineastas tan importantes como Luis Ortega, Damián Szifrón, Fabián Bielinsky, Cesc Gay, Claudia Llosa y Santiago Mitre, entre otros. Ha sido con este último, coproductor de la cinta, con el que ha debutado en el largometraje como directora que también protagoniza, con Blondi, coescrita junto la también actriz Laura Paredes, importante intérprete que conocemos por sus trabajos con el citado Mitre y los “pampero”, entre otros,  en un relato que se mueve entre un modo desenfadado, libre y cómico, nos adentramos en el microcosmos de la citada protagoniza, con un tono ligero, directo y transparente, se adentra en conflictos que no se habían tratado en el cine, porque padres diferentes ya habíamos conocido unos cuántos, pero madres, no. Por eso, la primera película actúa de llenar un vacío, retratar a este tipo de mujeres y madres, personas que no actúan según los malditos cánones establecidos, y no por eso no son buenas madres, que lo son. Hay tantas cosas que cambiar para alejarnos de tantos modelos impuestos que sólo sirven para autocensurarse y en la mayoría de los casos, señalarnos y estigmatizar por no seguir los caminos marcados y desviarnos según lo que sentimos y según lo que deseamos. La película nos hace reír, por su gamberrismo y sorpresa constante, pero también, nos conmueve porque la cinta también habla del final de un camino, un instante que tanto madre e hijo deberán aceptar para seguir viviendo. 

La ligereza y la intimidad de sus imágenes que firma el cinematógrafo Javier Juliá, con más de 30 títulos, con nombres como los de Tristán Bauer, y los mencionados Szifrón y Mitre, construyendo una obra intimista, doméstica y con muchos interiores, donde la cámara se desliza entre los intérpretes, mostrando sin juzgar. El montaje de Susana Leunda y Andrés Pepe Estrada juega en la misma latitud, donde prevalece el ritmo y la libertad de contar y construir en una película agitada, muy física y nada complaciente en sus intensos 88 minutos de metraje. Mención aparte tiene la labor musical de la película, porque contiene 6 cortes inolvidables de la Velvet Underground, entre los que destacan “Sunday Morning” y “Run Run Run”, amén de temas como “Hice todo mal”, de Las ligas menores, y algunas más, que contribuyen, junto a la composición original de Pedro Osuna, que tiene en su haber el trabajo que hizo para Argentina, 1985 (2022), de Mitre. Un gran reparto que tiene a Carla Peterson como Martina, la hermana competidora con su momento “particular”, la gran Rita Cortese, con medio centenar de filmes, es Pepa, una madre tan y tan diferente, siguiendo el no modelo familiar que retrata la película, y Toto Rovito es Mirko, el hijo-amigo, que vimos en la reciente La sociedad de la nieve, y por último, el fantástico Leonardo Sbaraglia, todo un marido, tan y tan… pelmazo, o pelotudo, como dicen por acá. 

Hemos dejado para el final la interpretación de Dolores Fonzi, porque lo hace tan bien, es decir, transmite con tanta genialidad que nos convence desde esa primera secuencia, tan loca, tan diferente, tan domingo por la mañana, y sobre todo, tan ella, una mujer tan alejada de los convencionalismos, tan inesperada como tan auténtica, viviendo su vida, su realidad, y tan de verdad que, es imposible, no sentir que todo lo que hace es por el bien de los demás. Quizás, es el personaje más de verdad, el que más amiga es de los demás, siempre de cara, y sin juzgar a los demás. Un personaje brutal por su sinceridad y complejidad, con una composición tan magnífica como la de Paulina que hizo en La patota (2015), de Mitre. Dejense llevar por lo que propone una película como Blondi, de Fonzi, porque se darán cuenta de toda esa “verdad” de mentira que rige sus vidas y sus decisiones, porque Blondi vive de forma tan diferente, tan alejada a todo eso, siguiendo su propio camino, con sus errores y meteduras de pata, y qué más dará, cuando se vive como uno desea, como uno quiere, y eso que parece tan sencillo, no lo puede decir la mayoría de la gente, más interesada en seguir el camino marcado que el suyo propio, olvidando la persona que quiere ser, y ser la madre que siente, porque lo establecido está para cuestionarlo constantemente de manera que no te impida ser la persona que quieres ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La patria perdida, de Vladimir Perisic

ENTRE DOS AGUAS. 

“No es un derecho inalienable de lo real hacerse reconocer” y cuando es demasiado desagradable o escandaloso “puede irse a hacer puñetas”

“El Real y su Doble”, de Clément Rosset

Entre las ruinas de una ciudad como Berlín durante 1948, se movía un joven llamado Edmund de 12 años en la magnífica Alemania año cero, de Rossellini. Un joven que estaba entre dos mundos que no entendía: el de los supervivientes que intentaban ganarse la vida como podían, y el de los otros, los que se escondían por miedo a las represalias de los aliados que dominaban el presente. Dos mundos muy difíciles de comprender para un chaval demasiado joven ante la devastación de todo un país. Stefan de 15 años, protagonista de La patria perdida, de Vladimir Perisic (Belgrado, Serbia, 1976), no está muy lejos de Edmund, porque también se debate en un limbo confuso, ya que su madre, portavoz del gobierno de MIlosevic, se aferra al poder en la Serbia de 1996, mientras las calles se llenan de estudiantes en contra de un nacionalismo a golpe de culata, muchos de ellos sus amigos. Un relato que ya tuvo sus antecedentes con Dremano oko (2003), un cortometraje de 31 minutos en el que ya avanzaba reflexiones que en el largometraje profundiza aún más, como ocurría en Ordinary People (2009), entre un chaval obligado a matar por un padre del gobierno de Milosevic.  

Tanto el corto como en La patria perdida están basados en experiencias autobiográficas, la madre del director estaba en el gobierno de Milosevic, y han dado a pie al guion que firman Alice Winocour, que coescribió el de Mustang (2015), amén de dirigir películas tan interesantes como Próxima y Revoir Paris, y el propio director, en el que siguen como hacía Rossellini y posteriormente los Dardenne, a su joven protagonista, en ese Belgrado invernal donde todo está y no está, porque vemos los ecos del gobierno y las protestas desde la mirada de Stefan, en una ida y venida, porque está siempre sin participar de frente, yendo de aquí para allá como una autómata, entre el amor de su madre y el de sus amigos y la terrible confusión que acarrea, enfrascado en su dilema, en su limbo particular, en un no saber qué hacer y hacia dónde dirigirse. Muy bien encuadrado en el formato 1:85 y filmado en 16mm, encerrando en unos espacios, muy domésticos y cotidianos, tanto el piso que comparte con su madre y las calles y el instituto con sus amigos, rodeado de colores vivos que contrastan con esa atmósfera apagada y fría, en un gran trabajo de cinematografía a dúo de Sara Blum, que ha trabajado con la cineasta Alice Diop, de la que hace poco vimos Saint Omer, y Louise Botkay Courcier. 

El estupendo sonido donde todo lo que sucede alrededor de Stefan va metiéndose en su espejo deformante, firmado por dos grandes de la cinematografía francesa como Roman Dymny y Olivier Giroud, que tienen en su filmografía a nombres tan importantes como Naomi Kawase, Olivier Assayas, Agnès Varda, Mia Hansen-Love, Justine Triet, y el estreno también de esta semana Green Border, de Agnieszka Holland. La música del dúo Alen et Nenad Sinkauz, de los que vimos la interesante Bajo el sol, de Dalibor Matanic, que también tenía la guerra balcánica de telón de fondo. El detallado y conciso montaje de la pareja Martial Salomon, cómplice de directores como Emmanuel Mouret, Pierre Léon y Nobuhiro Suwa, entre otros, y Jelena Maksimovic, con más de 30 títulos entre los que destaca La carga, de Ognjen Glavonic, lleno de primeros planos y planos secuencias en un ritmo lleno de tensión como un thriller psicológico en sus 98 minutos de metraje. Un grupo de colaboradores que ya habían trabajado con Perisic en sus anteriores trabajos, así como Los puentes de Sarajevo (2014), donde trece directores de diversas procedencias como Godard, Loznitsa, Puiu, Teresa Villaverde, Marc Recha, Ursula Meier, entre otras, sobre la mítica ciudad, su historia y su presente. 

Un estupendo reparto encabezado por el joven y debutante Jovan Ginic en la piel del perdido Stefan, en una interpretación muy complicada, porque tiene que transmitir toda la desazón de su personaje a través del silencio y las miradas. Bien acompañado por la extraordinaria Jasna Djuricic, de la que muchos recordamos en la impresionante Quo Vadis, Aida? (2020), de Jasmila Zbanic, que ya estuvo en Dremano oko, en el papel de madre y portavoz de Milosevic, con ese padre heredero de la resistencia del fascismo en el pasado, Pavle Cemerikic, uno de los líderes estudiantil, uno de los protagonistas de la citada La carga, y alguna que otra con Matanic, el estupendo Boris Isakovic, que hace poco le vimos en Ruta Salvatge, del mencionado Recha, y con Perisic ya hizo el corto y Ordinary People, en el rol de profesor que se posiciona en contra de Milosevic, con esa mirada y sobriedad de un actor enorme. Y luego, los debutantes Modrag Jovanovic, Lazar Cocic, amigos de Stefan, y sus abuelos que hacen Dûsko Valentic y Helena Buljan, entre otros, que consiguen la verosimilitud sin alardes ni florituras, capturando toda esa época convulsa que retrata la película, entre la recuperación de un pasado con más nostalgia que real, y otros, los más jóvenes, queriendo un país diferente después de tanta guerra y pérdida. 

No se pierdan una película como La patria perdida, de Vladimir Perisic, porque seguro que conocerán muchas cosas de aquel momento en la Serbia de Milosevic, hechos que todavía en esta Europa tan interesada y deshumanizada, y sobre todo, desde la mirada cotidiana y más cercana, y a través de un personaje como Stefan, un joven tan perdido, tan confuso y tan sólo, entre dos aguas, entre dos formas de ver y de ser, metido en un excelente thriller político y cotidiano, muy del aroma de las películas rumanas surgidas después de la caída de Ceaucescu, donde se profundiza sobre todos los males de la última época y las dificultades de esa Rumanía, año cero, donde los ciudadanos intentan seguir adelante como pueden. Un cine que no sólo rescata aquellos momentos convulsos de la Serbia del 96, como nos dice su intertítulo “República Federal Yugoslava”, al empezar la película, con el abuelo y Stefan, dos posiciones que entraran en confrontación, porque en ese limbo, cuando las cosas todavía no han llegado ese tiempo de monstruos, que citaba Gramsi, un tiempo que los más indefensos pueden sufrir mucho, como le sucede a Stefan, y en su particular via crucis, donde no sabe quién es, de dónde viene y lo que es peor, se siente abandonado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA