Amarás sobre todas las cosas, de Chema de la Peña

poster_amaras-sobre-todas-las-cosas-5mbEL AMOR ABISMAL.

«No habrá más estabilidad, sólo desequilibrio»

Teo, un pintor en crisis conoce una noche a Ana. Una noche sin fin en el parece que todo es posible, donde deambulan por las calles céntricas de una gran ciudad, recorren los lugares entre risas, confidencias, arrumacos y demás intimidades. La noche acaba con un simulacro de boda. Teo es pura pasión desbordante, de personalidad arrolladora y encantador, Lidia se deja arrastrar, abrumada por este torrente de vida de energía explosiva que se alimenta con una vida plena que se deja llevar por el instante, el momento de ahora. Pero, no todo es plácido y cálido en Teo, Lidia descubre su otro rostro, en aquellos en que todo se vuelve oscuro, y Teo se convierte en un ser ausente, malhumorado y esquivo. Teo es bipolar. El cineasta Chema de la Peña (Salamanca, 1964) que ha tenido una carrera ecléctica, en la que podemos ver títulos más industriales como su debut Shacky carmine (1999) o 23 F: La película, con obras de cariz documental como De Salamanca a ninguna parte, sobre las famosas conversaciones de los directores por allá en los 50, o Un cine como tú en un país como este, que recorría los debuts de cineastas como Colomo, Trueba, Carmen Maura, en la comedia madrileña de principios de los 80.

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Esta nueva aventura cinematográfica Amarás sobre todas las cosas (de título con resonancias bíblicas) recoge, en cierta medida, el espíritu que recorría Sud Express (2006) que en tono documental y ficción, retrataba las vidas anónimas que transitaban por los lugares que atravesaba el tren desde París a Lisboa. Ahora, esta película realizada desde la más absoluta libertad y radicalidad, tanto en su producción (que ha abarcado un rodaje de un año filmando en diferentes etapas) como en su forma (compuesta por segmentos o secuencias con esa «luz mágica» del amanecer o atardecer, filmadas en diferentes lugares: ciudades, en pueblos, montañas, campos de colza, monumentos artísticos, y en diferentes épocas del año, donde vemos la primavera, la nieve y diferentes agentes atmosféricos, estructurados mediantes elipsis que nos llevan de un estado de ánimo a otro). Un película minimalista protagonizada por dos intérpretes, dos almas en tránsito, dos seres opuestos, dos seres que el amor los llevará por escenarios naturales (filmados con el aroma del mejor cine de Malick) llenos de vida, donde la alegría, la diversión y los momentos surrealistas se apoderarán de ellos, pero también vivirán el lado oscuro, esos paisajes que se convertirán en ceniza, en miedo, en oscuridad, en luces asfixiantes que los ahogaran y los conducirán a terrenos siniestros llenos de locura.

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La película parca en palabras, consigue de forma admirable llenar esos vacíos, donde el silencio se apodera de ellos, y mediante coreografías de danza (en la que sus personajes se desdoblan) creadas por la delicadeza de la prestigiosa Camille Hanson, en la que el cuerpo y sus movimientos contaminan la narrativa y el espacio, expresando todo aquello que resulta imposible con las palabras. Dos personajes compuestos por dos intérpretes de grandísima altura, Israel Elejalde (que recuerda a Vincent Cassel, por su magnetismo, personalidad y oscuridad) y Lidia Navarro (un contrapunto interesante que arrastrada al abismo del amor intentará no caer en él, y sentir lo que siente sin perder la razón o lo que queda de ella). De la Peña ha creado una película sincera, lúcida y amarga (que tiene más de una conexión con los (des) encuentros sentimentales de las criaturas de Mi amor, de Maïwenn Le Besco) un viaje emocional sobre el amor y la locura, sobre donde acaba uno y empieza el otro, sobre pasados tortuosos y emociones desequilibradas, llenas de amor y odio, de sentimientos contradictorios y sinceros, llenos de vida y muerte, de alegría y tristeza, de todo ello y de nada en sí mismo.


<p><a href=»https://vimeo.com/124197508″>Trailer AMAR&Aacute;S SOBRE TODAS LAS COSAS</a> from <a href=»https://vimeo.com/lavozqueyoamo»>La Voz Que Yo Amo</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Amor y amistad, de Whit Stillman

AF_A4_AMOR&AMISTAD LAS MANIOBRAS DEL AMOR.

La escritora Jane Austen (1775-1817) apenas tuvo ninguna repercusión en vida. Desgraciadamente, todo su éxito se produjo post mortem, cuando sus relatos cortos y novelas llegaron de forma masiva al gran público, tuvo el reconocimiento que se merecía. Sus obras se estructuran a través del punto de vista femenino, principalmente jóvenes de la alta burguesía provinciana, centradas en sus conflictos internos que giran en torno a cuestiones amorosas. Su rabiosa modernidad en retratar temas que profundizan sobre la complejidad del alma humana, exponiéndolos a través de una deliciosa ironía, en el que los detalles se describen de forma precisa en el retrato de los ambientes burgueses, y sobre todo, en las relaciones que establecen los personajes implicados en las tramas amorosas, incorporando cartas y notas, vehículos que utiliza para dar rienda suelta a la comicidad. A pesar de su corta obra, debido a su prematuro fallecimiento por enfermedad, Austen se ha convertido en una de las escritoras más importantes de la historia de la literatura.

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Whit Stillman (Washinton, 1952) que arrancó su carrera como agente de ventas de las primeras películas de Fernando Trueba y Fernando Colomo, en las que apareció en pequeños papeles, e incluso como productor en La línea del cielo, de Colomo, también tuvo tiempo para dedicarse a la literatura y el periodismo. Debutó en la gran pantalla con  Metropolitan (1990), que retrataba a un grupo nutrido de jóvenes burgueses neoyorquinos, le siguió Barcelona (1994), ambientada en los 80, en la que describía las andanzas de un joven estadounidense en la ciudad condal, cuatro años más tarde, presentó The last days of disco, con los 80 nuevamente como protagonistas, pero ahora, retratando a un par de amigas de la escena de New York. Un largo período de ausencia del cine, dedicados a la televisión, lo devolvió en 2011 con Damiselas en apuros, con Greta Gerwig (la musa de Baumbach) como protagonista, en la que seguía a unas jóvenes díscolas también de N.Y. Ahora, nos volvemos a encontrar con Stillman adaptando una obra corta de Jane Austen, Lady Susan, que debe el titulo de Amor y amistad, curiosamente, a un relato primerizo de Austen. Aquí, el relato también pertenece a los inicios de Austen, y en los ambientes provinciales ingleses de 1790, en la que conocemos a Lady Susan Vernon, una viuda reciente, que llega a Churchill, junto a su hija adolescente Frederica, a hospedarse en la casa familiar de su familia política, los Decourcy. Su llegada convulsiona el lugar, debido a su fama de promiscuidad y los secretos de sus verdaderas intenciones, que según cuenta, son puramente encontrar esposo a su hija, aunque su objetivo es puramente económico. El joven de los Decourcy se siente fuertemente atraído por la viuda que, juega con él y se deja querer, aunque la dama “distinguida” parece beber los vientos por otro apuesto caballero que reside en la ciudad, aunque mientras tanto se divierte en el juego del amor, tanto con el joven citado como con otro acaudalado y mojigato caballero, mientras, para pasar el rato, comparte confidencias con su joven amiga norteamericana Alicia Johnson, casada por conveniencia con el rico y aburrido Sr. Johnson.

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Stillman describe con astucia y sencillez todas las tramas y caracteres que se cuecen soterradamente en el ambiente, no hay excesos melodramáticos ni subrayados innecesarios, y alguno que hay, lo utiliza para mofarse de estos señores aburridos de almacenar riqueza. Stillman va al grano, nos divierte de forma sutil, no provoca grandes carcajadas, aunque soltemos alguna que otra, sino más bien, esa media sonrisa de finísima ironía que a ratos conlleva amargura y tristeza, que utiliza ingeniosamente,  para acentuar los conflictos que desata la belleza arrebatadora de la viuda. Estamos ante una película de corte “british”, muy alejada del tono estadounidense. Aquí todo bulle a fuego lento, la trama va in crescendo de forma reposada y suave, las formes distinguidas de los personajes, aparentemente, dejan paso a esos devaneos sentimentales que los arrastran incomprensiblemente a los brazos de quienes menos los valoran, aunque a simple vista, pueda parecer lo contrario. La pluma de Austen sacude con energía cada fotograma de la película de Stillman, nos emociona y nos conmueve, sin pasarse claro, en su justa medida, y también, cómo no, nos invita a la reflexión, de que diantres esta formada la compleja naturaleza humana, y a que se debe que muera por el ser más infecto, y en cambio, ni tenga en cuenta de aquel que lo cuida y lo valora, cuestiones difíciles de discernir, que diría el poeta.

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Amor y amistad se suma,  saliendo por la puerta grande, a otras adaptaciones cinematográficas, que con gran acierto han sabido retratar el espíritu y paisaje moral de Austen, y ese mundo de jóvenes heroínas que mueren de amor, como Sentido y sensibilidad (1995), de Ang Lee, Emma (1996) con Gwyneth Paltrow u Orgullo y prejuicio (2005) con Keira Knightley, entre otras. Stillman ha filmado una gran adaptación, con un elenco extraordinario entre los que destacan la sorprendente sutileza y elegancia de la simpática pérfida Lady Susan (que nos recuerda a ciertas maneras y astucias del arribista  y sinvergüenza Barry Lyndon, en otro contexto eso sí, de la película homónima de Kubrick) que interpreta Kate Beckinsale (alejada de sus papeles como violent femme de palomiteros blockbusters) y su confidente damisela, la interesante Cloë Sevingy (éstas dos repiten con Stillman después de The last days of disco) y un buen ramillete de intérpretes ingleses, que transmiten naturalidad y compostura con sencillez, sin necesidad de falsas estridencias, destacando las maravillosas presencias de Stephen Fry, James Fleet y Jemma Redgrave (de saga familiar ilustre). Stillman quiere que nos divirtamos, deja que miremos su película, sin prisas ni enigmas, con la belleza de sus paisajes y con la elegancia de sus interiores, con esos planos y encuadres largos, con pocos cortes, que nos da la distancia necesaria para mirar la película sin involucrarnos demasiado en las maneras de Lady Susan, sólo en sus actuaciones, algunas reales, otras no, pero al fin y al cabo, no dicen que tanto la guerra como el amor, saca a relucir lo peor de nosotros mismos.

Entrevista a Belén Macías

Entrevista a Belén Macías, directora de «Juegos de familia». El encuentro tuvo lugar el jueves 15 de septiembre de 2016 en el vestíbulo de los Cines Girona de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Macías, por su tiempo, generosidad y cariño, a Carlos Pulido de Mosaico Films Distribución, a Gustavo Sánchez de PR & PRESS Comunicación, por su paciencia, amabilidad y cariño que, además, una joven de su equipo tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación, y al maravilloso equipo de los Cines Girona, que siempre me tratan genial.

Viaje, de Paz Fábrega

CRA7StQVEAAcARbVIVIENDO EL MOMENTO.

“Todo es del viento y el viento es aire siempre de viaje”

Octavio Paz

Luciana y Pedro son dos jóvenes que se conocen una noche en una fiesta, después de intercambiar torpes palabras, se besan y deciden irse juntos. Esa noche no ocurre nada, pero tras deambular por ahí, Pedro tiene que marcharse al Rincón de la Vieja, un volcán en una ciudad próxima, donde tiene que hacer su tesis. El miedo de no verse más, ya que Luciana también marcha fuera, empuja a la joven a acompañarle. La nueva película de Paz Fábrega (1979, Costa Rica) nos zambulle de lleno en un relato construido a través del momento, de vivir el instante y dejarse llevar por lo que se está viviendo, sin más, sin pensar en el mañana, y en las consecuencias que traerá. La joven cineasta se plantea en sus trabajos una mirada crítica y constructiva sobre la realidad de la juventud, una edad de instantes y momentos líquidos, como definiría Bauman, un tiempo de sensaciones, de relaciones esporádicas, de disfrutar de todo lo que la vida ofrece, sin mirar más allá, en las que la mirada de Fábrega se interesa por la soledad que conlleva y ese deambular sin rumbo a la espera de una vida diferente a la convencional, pero que no termina por llegar.

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Nos subimos a este viaje acotado que se desarrolla en apenas tres jornadas, un fin de semana, a bordo de dos jóvenes que se acaban de conocer, que apenas recuerdan sus nombres, que no saben nada el uno del otro, pero que se dejan llevar por la aventura, guiados por el viento de cara, por la atracción del instante, por ese espíritu de libertad del momento, nada más. La cámara inquieta de Fábrega captura todos esos instantes, las bellísimas imágenes del volcán y sus alrededores, consumiéndonos con ellos, filmando los cuerpos de sus criaturas con una cercanía absorbente, mezclándose con el paisaje que los rodea. Los vemos jugando entre sábanas embriagados, recorriendo las vías de un tren o siguiendo los caminos salvajes de la jungla, bañándose desnudos en unas aguas, haciendo el amor en mitad de la nada, encaramados a un árbol, suspendidos, deteniendo el instante, en un intento inútil de parar el tiempo, pero dejándose llevar por sus sentidos y lo que están sintiendo en ese momento, disfrutando de la persona que tienen al lado, de ese amor incipiente, de esa pasión devoradora, sin más tiempo y lugar, y circunstancias personales, sólo eso, como si toda su vida fuese ese instante preciso. El estupendo e interesante giro del relato añade complejidad y una mirada profunda y analítica a toda la experiencia que estamos observando.

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Fábrega ha construido una película filmada en blanco y negro, que ayuda a describir y atrapar a sus personajes de forma abstracta, como si estuviésemos dentro de un sueño, de algo irreal, de una situación que se vive en otro mundo, muy física, minimalista (sólo dos personajes, el único personaje que interactúa con ellos está filmado en fuera de campo) y corporal, en la que asistimos a una aventura terrenal y soñada de dos almas libres, que rechazan las ataduras y las convenciones del tiempo moderno, que se mofan de las vidas tan encajonadas de sus conocidos, que se dejan arrastrar por lo que sienten. Una obra de guerrilla y a contracorriente, cine hecho desde la artesanía y el amor por el trabajo humilde y sencillo, que ha pateado innumerables certámenes en busca de financiación, cine cuidado al detalle, con el trabajo de Kattia González (también coproductora de la cinta) y Fernando Bolaños, una pareja protagonista viva, espontánea, que interpretan a sus personajes de manera cercana, transparente y honesta, captando esos momentos ínfimos que enriquecen las situaciones que estamos viviendo. Fábrega también en labores de guionista, codirectora de fotografía y de montaje, ha levantado una película pequeña, que nos llega de Costa Rica, una cinematografía desconocida por estos lares, pero que es capaz de producir obras de esta grandeza, en la que nos sumerge en esa vida propia de la juventud, en el que todo vale, y disfrutar del placer de cada momento, sin importar las consecuencias, es lo único que cuenta, dejarse llevar por la vida y el placer de experimentar esa libertad.


<p><a href=»https://vimeo.com/140967121″>Tr&aacute;iler VIAJE de Paz F&aacute;brega</a> from <a href=»https://vimeo.com/user22786367″>Mosaico Filmes Distribuciones</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Black, de Adil El Arbi y Bilall Fallah

175-cartel-black-okAMOR ENTRE FIERAS.

Mavela tiene 15 años y de raza africana, se siente sola y perdida, rehuye cualquier relación con su madre, y solo encuentra refugio y camaradería en los «Black Bronx», una banda juvenil de centroafricanos que se dedica al robo y al tráfico de drogas. Un día, por casualidad o no, se encuentra en comisaría con Marwan, marroquí, de su misma edad, y perteneciente al grupo rival, los «1080». Al poco, se citan y se enamoran. Es un amor sincero, y de verdad, adolescente y libre, pero debido a las circunstancias, deben ocultarlo y mantenerlo en secreto. El segundo trabajo de los realizadores Abil El Arbi y Bilall Fallah, después de la interesante Image (2014), en la que relataban como una periodista se introducía en el complejo mundo de la delincuencia a través de un joven marroquí, sigue en la misma línea, vuelven a situarnos en Bruselas, en la cara oculta y silenciada por los medios, en ese mundo de hijos de inmigrantes, que no pertenecen a ningún lugar, que se mueven en lo ilegal y lo transgreden, carnes de cañón con un no futuro.

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La acción arranca con una joven en medio del caos, necesitada de cariño y comprensión, que con la necesidad de huir de su madre, debido a sus carencias emocionales, acaba en el peor de los lugares, en las fauces de un dragón voraz y terrorífico. En frente, encuentra un leve respiro en Marwan y en los sentimientos que nacen entre los dos. El tono de los realizadores belgas, pero con raíces árabes, es muy seco, su violencia es física y brutal, no hay respiro, todo se desarrolla a través de la acción, una acción vertiginosa y que no deja lugar a ningún tipo de tregua. Todo sucede a un ritmo vertiginoso. La cámara filma de forma realista y transparente a estos jóvenes condenados, unas almas rotas y agazapadas, que se sienten extranjeros en el lugar donde han nacido, que encuentran en la delincuencia su forma de vida, en la que pueden adquirir todo aquello que desean sin necesidad de ninún tipo de esfuerzo y trabajo. Y en medio de toda esta suciedad y terror, algo de humanidad, la historia de amor de Mavela y Marwan, unos actualizados Romeo y Julieta, entre la disputa de sus respectivas familias los Capuleto y los Montesco, aquí, convertidos en bandas rivales a muerte, como ocurría en el inolvidable musical West Side Story, la eterna lucha fraticida entre unos y otros, todos ellos marcados y sin salida, que podría resumirse en el instante que escuchamos el tema «Back to black», de la desaparecida Amy Winehouse, aquí versionado en forma de balada triste. Alegres pero en el fondo tristes.

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La película está bien construida, muestra un lado oscuro muy alejado de la Europa bienpensante y superficial, la realidad de esos niños en la frontera, niños perdidos en su propio país, que ni se sienten de el ni pertanecen a el, que viven en esos barrios pobres, sin recursos, con indices brutales de desempleo, y olvidados de todos, que encuentran en la amistad y en el compañerismo de apariencias una forma de vida, no trabajan, pero robando consiguen lo que quieren, no hay futuro, sólo viven y disfrutan del presente, un presente lleno de violencia, muerte, sexo y consumo rápido, todo va Deprisa, deprisa como contaba la excelente película de Saura. Quizás la cinta adolece de profundidad en su discurso, más interesada en una forma exquisita y descarnada, a partes iguales Bella y triste, romántica y llena de odio y venganza. Juega a su favor ese aroma naturalista y sangrante que recorrían las calles deshumanizadas de Kids, de Larry Clark o la marginalidad y negritud de El odio, de Matthieu Kassovitz. El trabajo interpretativo, tanto de la maravillosa pareja protagonista compuesta por Martha Canga Antonio y Aboubakr Bensaihi, amén del resto del reparto, ayuda a obtener la veracidad y frescura que se respira en la película. Es una historia conocida, pero no le quita méritos a la valentía y la propuesta de los directores en sumergirnos en este cruel descenso a los infiernos, en un relato que ocurre en todas las ciudades de esta Europa vendida como unida y próspera, pero en realidad, muy clasista, porque esa prosperidad solo levanta y mantiene a unos pocos privilegiados.

 

Regreso a casa, de Zhang Yimou

489857LAS HERIDAS DE LA TIRANÍA.

La cinematografía de Zhang Yimou (1951, Xi’an, China) se dio a conocer internacionalmente en 1988, en el Festival de Berlín, con la película Sorgo rojo, que obtuvo el Oso de Oro. Protagonizada por Gong Li, nos relataba la durísima experiencia de una joven obligada a casarse con un terrateniente en la China rural de los años treinta. La fructífera relación entre ambos dio 5 títulos más: Ju dou (1990), La linterna roja (1991), Qui Ju, una mujer china (1992), ¡Vivir! (1994) y La joya de Shangai (1995), obras de extraordinaria belleza poética, que se caracterizan por desarrollar historias dramáticas, protagonizada por una mujer fuerte y valiente, que se ve inmersa en situaciones hostiles y muy adversas, teniendo todas ellas un marcado carácter político que crítica con dureza al estado opresor. En 1997, el cine de Yimou, rota su colaboración con Gong Li, empieza otra etapa, marcada por Keep Cool, que se centraba en los cambios sociales y económicos de la China contemporánea, le seguirán tres obras (Ni uno menos, El camino a casa y Happy times) protagonizadas por jóvenes adolescentes en las que vuelve a tocar temas ya expuestos en obras anteriores: las complejas relaciones entre los individuos y las dificultades tanto en entornos rurales como urbanos. En el 2002 con Hero, empieza su etapa menos interesante a nivel cinematográfico que, abarcará hasta el 2009, no obstante, todas ellas siguen disfrutando de la extraordinaria capacidad visual de Yimou y su sabiduría en plasmar relatos románticos con fuerza y energía, aunque sus guiones son menos punzantes y más condescendientes, con películas del género “Wu Xia”, de espadachines y caballeros errantes, muy populares en países asiáticos.

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En 2010 con Amor bajo el espino blanco, el cine de Yimou entra en otro campo, en un intento de recuperar el honor perdido, el cine que le hizo ganarse un espacio en el panorama de la cinematografía internacional, que se materializará con la obra Regreso a casa, décimo octavo título en la carrera de Yimou, que además de recuperar a su actriz fetiche, Gong Li (no obstante ya habían trabajado juntos en La maldición de la flor dorada de 2006, pero en un rol y contextos diferentes) en el personaje de una mujer fuerte (como los que protagonizará antaño) que tiene que tirar hacia adelante acarreando con la detención de su marido en plena Revolución Cultural (1966-1976) y criar a su hija, una excelente bailarina que opta a protagonizar una obra que ensalza las virtudes del líder Mao Zedong. Basada en la novela de Yan Geling (adaptada por realizadores chinos de prestigio como Joan Chen y Chen Kaige, y por el propio Yimou en Las flores de la guerra) y contando con el guionista Zou Jinzhi (que ya había colaborado con Yimou en La búsqueda, en la que un hombre emprende un largo viaje para estar cerca de su hijo gravemente enfermo del que lleva años sin saber nada) se adentra en los años de la tiranía de Mao Zedong, en el que todo aquel que se posicionaba en contra de su régimen inhumano era encarcelado y torturado. Yimou nos introduce en un ambiente íntimo a través de la sutileza de las miradas y gestos de sus personajes, que tienen que lidiar con un ambiente muy hostil, en un escenario de apariencias y mentiras, en el que hay que esconderse por miedo a ser delatado por algún camarada político, en unos años de purgas, desaparecidos y sangre.

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El cineasta chino logra recuperar la magia de su cine de antaño, dotando a sus personajes de una complejidad humana, a través de una sencillez conmovedora, además de lograr con enorme talento y sabiduría fundir la cotidianidad de sus criaturas que sobreviven en un contexto histórico terribles, explorando un pasado oscuro de la historia reciente de su país. A pesar de las penurias en las que viven sus personajes, Yimou logra en apenas un par de espacios y alguna que otra localización accidental, componer una obra de gran belleza, consiguiendo envolvernos en esa madeja tanto histórica como cotidiana en la que se mueven el padre, un opositor que debido a su lucha acaba escondiéndose y detenido en campos de trabajo, una mujer, que debido a las largas ausencias y la angustia sufrida acaba perdiendo la cabeza y sufriendo una enfermedad amnésica, y por último, la hija, la joven que olvida sus raíces y delata a su progenitor por miedo a perder la interpretación de su vida, y luego deberá asimilar su pasado familiar y reconciliarse con los suyos.

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Yimou ha vuelto, regresa a su cine, con esa gran dama del cine que es Gong Li, de extraordinaria belleza interpretativa, dotando de sensibilidad a un personaje que ha olvidado, no recuerda, su marido a través de cartas, fotografías y canciones intentará lo imposible,  con este drama de grandísima altura, filmado con sencillez y honestidad, que nos introduce en un tiempo de sombras, terrorífico, en que el estado eliminaba a todo aquel que pensaba diferente. Una obra sobre la voluntad humana, sobre la infinita paciencia, y capacidad inventiva de los seres humanos, y el trabajo emocional diario para reconstruir a alguien a recordar y ser quién era, una película sobre la identidad, la capacidad de los seres humanos por seguir hacia adelante, a pesar de los horrores que hayan sufrido o les haya tocado vivir. Una película excelente, que nos habla sobre la importancia de la memoria tanto histórica de un país como la personal, de cuidar lo que somos, de dónde venimos, y hacía adónde vamos, de reconstruirnos constantemente, y sobre todo, nunca perder la fe en nosotros mismos, independientemente de las situaciones adversas que tengamos que soportar. Yimou se destapa con una historia de extraordinaria humanidad que, encierra entre sus cimientos una de las historias de amor más bonitas y sensibles del cine de los últimos tiempos, a la altura de aquella que padecieron Lara y el Dr. Zhivago en medio del caos, la desesperanza y el terror, en el relato de Yimou, Lu Yanshi y su esposa, Feng Wanyu, deberán volver hacia atrás para seguir en pie y adelante, recuperar lo olvidado para volver a sentirse personas y seguir creyendo en ellos y en el amor que sienten.

La memoria del agua, de Matías Bize

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“Ya lo perdimos a él, no lo perdamos nosotros”

Amanda y Javier son una joven pareja que acaba de perder a su hijo Pedro de cuatro años. Amanda decide irse y empezar una nueva vida. Este es el arranque del nuevo viaje emocional de Matías Bize (1979, Santiago de Chile), cineasta que construye sus historias a partir de un suceso sentimental que sacude a dos personas, en un período de tiempo acotado, y en un ambiente cerrado y hostil. Debutó allá por el 2003 con Sábado, en el que una novia a punto de casarse descubre que su prometido tiene una amante y se lanzaba a las calles en su búsqueda, su siguiente película En la cama, rodada dos años después, que le valió la Espiga de Oro de la Seminci, nos sumergía en el encuentro fortuito de dos jóvenes y su noche de sexo y conversaciones en la habitación de un hotel, le siguió  Lo bueno de llorar (2007) filmada en Barcelona, en la que se adentraba en la última noche de una pareja que acababa de romper, y La vida de los peces (2010), en el que un joven exiliado volvía a Santiago y se reencontraba con un antiguo amor.

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En La memoria del agua, nos vuelve a introducirnos en una historia de fuerte carga emocional, situándonos en la forma que tiene una joven pareja de enamorados de afrontar el duelo, después de la pérdida de su hijo. Bize sigue a la par a sus criaturas, dos maneras muy diferentes de llevar el duelo, una, Amanda, llora desconsoladamente, el dolor la mata, no puede soportar vivir en el ambiente que ha compartido con su hijo ausente, y decide irse, en otro lugar, con otra persona, y empezar una nueva vida, por el contrario, Javier, es incapaz de llorar, todo lo experimenta por dentro, ese dolor seco, que ahoga y mata lentamente. El director chileno filma esos cuerpos desgarrados y sin alma, de forma naturalista, encerrándolos en planos cortos y muy cercanos, asistimos a su dolor, a su llanto, y cómo se desenvuelven en otro ambiente, sin despegarse de aquello que nos produce dolor, pero no podemos ver, sólo sentir, que nos obliga a desplazarnos y hacer nuestras cosas casi por inercia, sin pasión, sólo porque hay que hacerlas. Bize ha construido su película más oscura, dolorosa y desgarradora, aquí el amor que sienten Amanda y Javier es muy fuerte y profundo, pero debido a las circunstancias se torna frágil y va desapareciendo lentamente debido a ese dolor inmenso que sienten de formas muy intensas y diferentes. Ella lo saca al exterior, en cambio, Javier lo lleva por dentro.

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Una película de fuertes sentimientos, en el que las contradicciones e inseguridades afloran, de esos que desgarran el alma, en el que los personajes se mantienen a flote a duras penas, sin ganas de nada, atormentándose por los malditos recuerdos, de otros tiempos felices, que les devuelven inútilmente una vida que ya no está, una ausencia terrible, agotadora, que no deja respirar, ni vivir, y quita las ilusiones de seguir hacía delante, sin ganas de nada. Un relato minimalista, de planos angustiosos y terribles. Bize nos sumerge a tumba abierta en este abismo del dolor, esa batalla diaria y constante del duelo, de seguir aunque no se quiera seguir, de hacer aunque no se haga nada, con la complicidad de unos intérpretes brutales que se han lazado con su director a desentrañar las  oscuras profundidades del alma, con la presencia sublime de la maravillosa Elena Anaya (que protagonizó Habitación en Roma, de Medem, que curiosamente estaba basada en la película En la cama de Bize), en uno de sus registros más brutales y sinceros que se le recuerdan, en el otro rincón, en este combate emocional, encontramos a Benjamín Vicuña, que no le pierde la cara a un personaje introvertido, que le cuesta manifestar el dolor que siente y todo se lo guarda hacía dentro. Bize logra hacernos sentir participes de un viaje emocional desgarrador, filmado con honestidad y sensibilidad, capturando todos esos momentos invisibles, que no se ven pero están ahí, en los que alguien que ha sufrido una pérdida irreparable tiene que batallar contra sí mismo y con las personas que tiene a su alrededor.

El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté

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Había una vez una joven de 17 años llamada Sangailé que vivía fascinada por los aviones acrobáticos, pero su vértigo le hacía imposible aprender a pilotarlos. Sangailé vive con sus padres una vida acomodada en una casa en medio de un bosque, en una habitación vacía, en una existencia traumática que la ha llevado a una vida de aislamiento y distante con su familia. Un día, conoce a Austé, de su misma edad, pero de personalidad totalmente diferente, Austé es entusiasta y vitalista, vive junto a su madre en un piso alto sin ascensor de un barrio obrero de Vilnius, y tiene la habitación repleta de sus diseños de ropa y decoración. Alanté Kavaïté (1973, Vilnius, Lituania) después de su opera prima rodada en Francia con Écoute le temps (2006), con Émile Dequenne (la Rossetta de los Dardenne, entre otras) en la que nos hablaba de una joven que investiga la muerte de su madre en extrañas circunstancias, y un par de incursiones como guionista de Lucile Hadzihalilovic (en Tropique, del 2010, y en Évolution, del 2014) vuelve a centrarse en la figura de una joven que, en este caso, se encuentra en pleno tránsito de abandonar la infancia y convertirse en adulta, con todas las decisiones que conlleva ese proceso. Sangailé no hace nada, vive rodeada de miedos y frustraciones, no sabe qué camino elegir, y va dando tumbos y mostrándose aislada ante las personas que la quieren. Frente a ella, y en un maravilloso contrapunto en la película, nos encontramos a Austé, de orígenes humildes que, además de prepararse para ingresar en la escuela de diseño, trabaja en una cafetería en verano, y su personalidad arrolladora y soñadora se convierten en la persona que removerá a la perdida Sangailé para conocerse a sí misma y de esta manera, encarar sus miedos y complejos.

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Kavaïté ha construido un bellísimo relato ambientado en verano, con una luz preciosa que baña suavemente los paisajes, la luz brillante de esos días de veraneo, con el agua cristalina del mar, y los atardeceres que nos atrapan el alma, y esas noches silenciosas o a la luz de un fuego con amigos. Días de verano, días para conocer a alguien que nos despierte lo que ocultamos, o nos atrevemos a sacar, entre risas, miradas y confidencias Sangailé y Austé se enamoran, se besan, hacen el amor, observamos sus cuerpos retozando en la hierba, impregnándose de esa naturaleza salvaje y libre, o en la intimidad de la habitación de Austé (abarrotada de sus diseños a cual más estrambótico y rompedor, pero sobre todo, viscerales, nacidos desde el interior de un alma inquieta, observadora y vital). Dos almas jóvenes, dos cuerpos al sol, acariciándose, disfrutando del sexo de forma natural, sensual, que las invade y atrapa. Una historia mínima en la que seguimos la respiración, el roce de los cuerpos, el deseo sexual, y los deseos y dudas, contradicciones y miedos de dos mujeres jóvenes que despiertan a un amor sincero y puro.

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Kavaïté que, acompaña su película de un grandioso trabajo de sonido, en el que nos invade una sonoridad que recorre de forma hipnótica nuestros sentidos, junto a  la radiante y acogedora música de JeanBenoît Dunckel (autor de los score de las películas de Sofia Coppola) edifica una película muy íntima, minimalista, de deseo y carnalidad, que nos sobrecoge desde su sencillez, pero de una energía desbordante y arrolladora, con esos momentos mágicos, llenos de una poesía abrumadora, que nos arrastran hasta ese mundo de la iniciación de la juventud donde todavía todo es posible, (instantes que nos recuerdan a la forma y tratamiento de la naturaleza que impregnaba Peter Weir en la maravillosa Picnic en Hanging Rock), tiempo de verano, de amigos, de amores en la hierba, descubriéndonos a nosotros mismos, a través de los ojos de otros, superando lo que nos atenaza y nos detiene, en el que sólo nosotros somos capaces de cambiar el rumbo de nuestras vidas, y posiblemente, las personas que tenemos a nuestro lado pueden hacer mucho más por nuestras vidas de lo que imaginamos, si somos capaces de abrirnos a ellas y escucharlas.


<p><a href=»https://vimeo.com/171896009″>El verano de Sangailė Tr&aacute;iler VOSE</a> from <a href=»https://vimeo.com/cinebinariofilms»>CineBinario</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Un amor de verano, de Catherine Corsini

un_amor_de_verano-cartel-6904_0LIBRES PARA AMAR.

“Me di cuenta de que muchas cosas que hoy doy por hechas se las debo a esas mujeres comprometidas y luchadoras […] es más, las mujeres homosexuales hicieron mucho por la emancipación de la mujer en general”.

Catherine Corsini

La película arranca en plena campiña francesa, allí, conocemos a Delphine, una joven que trabaja en el campo junto a sus padres, y mantiene oculta su condición homosexual. El yugo de la vida en el campo la ahoga, y decide irse a París. Nos encontramos en 1971, en plena efervescencia de los movimientos surgidos a raíz de mayo de 1968. Delphine se tropieza con las feministas en plena calle durante una acción (tocan los traseros de los hombres como protesta) acude a sus reuniones y participa en el activismo para reivindicar los derechos de la mujer, se contagia de su vitalidad e insolencia, de la poderosa energía del grupo, bella y desobediente, en el que discuten y gritan en el paraninfo de la Universidad, rescatan a un amigo homosexual de un psiquiátrico, donde sus padres lo han ingresado debido a su condición, e incluso, tiran carne a un médico abortista, mientras lanzan octavillas y piden lo que se les niega, su derecho a ser mujeres libres, el derecho al aborto y disfrutar de su propio cuerpo. En ese ambiente parisino y de lucha política, Delphine conoce a Carole, maestra de español que vive con Manuel, pero el deseo y la atracción que sienten se desata y la pasión las devora, y se enamoran.

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Catherine Corsini (1956, Dreux, Francia) estructura su cine a través de las relaciones amorosas y homosexuales, dibujando personajes oscuros y sometidos a derivas emocionales de gran calado. En su anterior película, estrenada por estos lares, Partir (2009) se detenía en una burguesa casada, familiar y acomodada que mantenía una relación sexual con un español de oscuro pasado. Ahora, en su décimo título de su filmografía, acota la trama en la primavera y verano del 71, adentrándose en los convulsos años políticos de los 70, y en el movimiento feminista que tanto ayudó a emancipar a las mujeres, junto a su coguionista, Laurette Polmanss han rescatado una época de fuerte liberación del género femenino, sus referentes y fuentes de inspiración fueron Carole Roussopoulos y Delphine Seyrig (cineastas y artistas que hicieron películas feministas, de las que reivindican su figura, no obstante las dos protagonistas adoptan sus nombres), y otras figuras femeninas que, desde otros ámbitos, alzaron la voz sobre la situación discriminatoria de las mujeres, sometidas al yugo patriarcal en una sociedad que las silenciaba y las volvía invisibles.

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Corsini mezcla con naturalidad y sabiduría los contrastes de su propuesta, el bullicio y la libertad de París contra la intemporalidad y el aislamiento del campo, a ritmo de temas rockeros del momento de Janis Joplin, Colette Magny, Joe Dassin, y la música de Grégoire Hetzel, aportando el lirismo que pide en ciertos momentos la película. Dos mujeres que se aman, pero que deberán afrontar sus miedos e inseguridades para ser libres y afrontar su amor sin prejuicios. La cineasta francesa construye un relato bellísimo, vital, de pura energía e intimidad desaforada, sigue a dos almas enamoradas que, no sólo deberán luchas por sus derechos en el ámbito social, sino también en su intimidad, vencer los obstáculos reales e imaginarios que las acosan. La película, a través de una forma transparente, que da protagonismo a los personaes y sus emociones, describe la vida en la granja de forma detallista y realista, componiendo una imágenes bellísimas cargadas de una naturaleza absorbente, sin caer en ningún instante en la imagen edulcorada. La opresión del paisaje rural es evidente, la actitud de asfixia que siente el personaje de Delphine, atada por la enfermedad de su padre, y la mentalidad de su madre, y el miedo a mostrar su identidad homosexual en contraposición con la sensación de libertad de Carol, una mujer que ha vencido sus miedos y contradicciones y ha despertado en ella un mujer diferente, descubriendo un amor lleno de vida y deseo. Una pasión que la ha llevado a vivir en el campo con la persona que ama, dejándolo todo.

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Corsini nos sumerge en la vida rural de forma concisa y libre, desnudándonos los prejuicios, y filmando las escenas sexuales de forma sencilla y honesta, capturando la belleza sexual sin tapujos, mostrando esos cuerpos desnudos entre la hierba amándose libres, mientras las vacas mugen y pastan (con elementos que nos recuerdan a la pintura de Renoir o Manet, y el cine de Renoir o la Agnès Varda de La felicidad), sin olvidar ese ambiente cercado y de apariencias formado a partir de tradiciones ancestrales y conservadoras. El gran trabajo del trío protagonista, que contamina de humanidad y sensibilidad la película, con una maravillosa y lúcida Cécile De France, desnudándose física y emocionalmente, a su lado, Izïa Higelin, su tez morena, carnalidad, y aspecto rudo, componen un interesante contrapunto, y finalmente, Noémie Lvovsky, que interpreta a la madre de Delphine, anclada en una vida rural, de trabajo y supeditación marital. Corsini ha construido una historia de amor bellísima, apasionante y real, con su pasión, sexo, miedos, inseguridades y contradicciones, en un contexto histórico de reivindicaciones, acciones, y política, y sobre todo, impregnado por una lucha que, aunque se hayan conseguido muchos derechos, sigue en plena vigencia, porque hay luchas que continúan, y no sólo las sociales sino también las propias.

Siria: una historia de amor, de Sean McAllister

resizerEL CORAZÓN HERIDO.

El reputado documentalista Sean McAllister (1965, Kingston upon Hull, Reino Unido) construye un cine humanista, un cine que indaga y penetra de forma íntima en la existencia de personas sometidas a conflictos armados, y cómo afectan a sus vidas, yendo más allá de su oficio de cineasta, implicándose de manera muy personal. Su película arranca en Siria, en el año 2009, donde conocemos a Amer, palestino, y sus tres hijos, que viven separados de la madre Raghda, encarcelada por motivos políticos, el padre, recuerda que 20 años atrás, conoció a su esposa en la cárcel cuando los dos estaban condenados por motivos políticos. McAllister penetra en su intimidad, filma sus pensamientos, reflexiones, miedos… Somos testigos de la situación angustiosa en la que viven, la situación política inunda cada rincón de esa casa, invade sus vidas y sobreviven con la esperanza de que las cosas cambien y puedan liberar a su madre.

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McAllister nos invita a seguirles de un modo tranquilo, y muy honesto, la cercanía que transmiten sus imágenes es digna de un gran observador, que además se implica con aquello que está filmando, lo acogen convirtiéndolo en uno más de la familia, le cuentan lo que sienten y además, dialogan y le piden ayuda. Cuando estallan las revoluciones de la llamada “Primavera árabe”, en la que algunos regímenes árabes fueron derrotados, en Siria, debido a la enorme presión en la calle e internacional, Raghda es liberada y se reúne con su familia. McAllister capta todos estos instantes de felicidad en el seno familiar, e inmediatamente después, el director británico es detenido y la familia, por miedo a nuevas represalias, se exilia al Líbano, y más tarde, encontrarán refugio en Francia. Pronto, los conflictos emocionales se desatan y contaminan todo el ambiente, seguimos de modo íntimo la cotidianidad del hogar, la depresión de la madre, la angustia de los hijos que van creciendo en una vida errante e inestable. McAllister captura las emociones de forma sencilla, y deja espacio para que los propios espectadores escuchen a los personajes implicados, y después, podamos extraer nuestras propias reflexiones.

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El cineasta británico ha realizado un viaje emocional en el interior de una familia siria, en el corazón herido que late con pocas fuerzas, en el drama que viven los refugiados, la nostalgia de la tierra amada, el desgaste del amor, las dudas, contradicciones e inseguridades que nos dominan cuando pasamos por situaciones de peligro, desamparo y desilusionados con el futuro de una guerra que parece no tener fin. Es un relato sobre la ausencia, sobre lo que fuimos, que hacíamos, cómo nos sentíamos, y como la represión y el horror del estado ha borrado todo eso, y nos deja huérfanos de lo que éramos, y ahora tenemos que volver a empezar, construirnos de nuevo, en otro lugar, en otro país, algo muy ajeno a nosotros, y el desgaste emocional que sufrimos debido a todos esos cambios, a esa huida constante de uno mismo, y de todos los demás. Una familia rota, que la mayoría del tiempo está triste, grita en silencio las muertes y la destrucción de su país, el lugar que aman, vivían y el dictador le arrebato todo eso. McAllister filma a esta familia durante cinco años, un grupo humano que pasa por todos los estados emocionales inimaginables, cayéndose y levantándose constantemente, intentando sobrevivir en una situación irrespirable, buscando lo que todos necesitamos y queremos, un poco de paz y alguien que nos cuide, nos ayude y sobre todo, nos quiera.