Entrevista a Ali Ray

Entrevista a Ali Ray, directora de la película «Frida Kalho», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 26 de abril de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ali Ray, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Matar cangrejos, de Omar Al Abdul Razzak

¡BIENVENIDO,  MR. JACKSON!. 

“La vida es una constante reescritura del ayer. Una deconstrucción de la niñez”.

Rosa Montero

Érase una vez el verano de 1993 en la isla de Tenerife, en el que habían Paula de 14 años y su hermano Rayco de 8. Un verano por delante para perder o matar el tiempo, junto a su madre soltera que trabaja con los papagayos en el parque que atrae a muchos turistas, una abuela que debe proteger su casa ante la amenaza de derribo, y un ermitaño anciano que vive junto al mar y sus cosas. Un estío que para los dos hermanos nos será igual, porque ese verano en el que esperan ansiosos la llegada del artista Michael Jackson, será un verano diferente, una temporada de descubrir, de descubrirse y de sobre todo, de darse cuenta en la realidad en la que viven donde los sueños sueños son, como cantaba Aute. Un verano en el que, abruptamente, dejarán de ser niños en su mundo, para pertenecer a ese otro mundo, ese universo de los adultos en que las cosas se debaten entre la realidad aplastante y difícil, en el que pocas cosas o ninguna salen como uno desea, porque hay cosas que nunca cambian, o quizás sí, y lo hacen para peor. 

De Omar Al Abdul Razzak (Madrid, 1982), cineasta de origen sirio que creció en Tenerife, conocemos su labor como productor y montador en más de 10 películas, sus cortometrajes y documentales como Paradiso (2014) y La tempestad calmada (2016), en el que explora la última sala X de Madrid, y la última faena de un pesquero, respectivamente. Con Matar cangrejos vuelve a su infancia, aquella que quedó en el verano de 1993, para construir una fábula sensible y naturalista, a partir de las miradas de sus jovencísimos y debutantes intérpretes con los rostros de Paula, una niña que está dejando la infancia para meterse en la adolescencia de lleno, con una relación de amor-odio con su madre, y con su panda, sus golferías y sus primeros porros y alcohol, y Rayco, el niño que conoce a ese anciano solitario y algo loco, con el que vivirá otra realidad, entre la búsqueda y la dificultad. La película se mueve con total transparencia y naturalidad entre esa realidad que parece arcaica, donde Tenerife no había sido invadido por turistas, se ven pocos, como el personaje de Johan, el holandés que tiene una relación con Ángeles. la madre díscola de los niños que está más pendiente de salir y no crecer. 

La película en un gran trabajo de reconstrucción, a través de lo mínimo y lo cotidiano, nos devuelve una especie de isla viva, natural y muy auténtica, donde todavía podemos encontrar con esa Arcadia en la que existe esa verdad en la isla, una verdad que viene de años de historia, donde todo parece auténtico, como ese chiringuito, o la festividad de la Virgen del Mar, y la posterior verbena, también, ese ruido y olor del mar, de esas casas de antiguos pescadores, de esa cotidianidad y cercanía que la orgía urbanística y masificación turística ha eliminado por completo. Razzak construye un cuento muy cercano e intimista, donde las cosas se ven y se viven y se experimentan desde la relación y el descubrimiento de dos hermanos que cada vez se están alejando, porque ese tiempo que compartían se está terminando, y cada vez necesitan otros deseos, otras cosas y empiezan a cambiar, una está de camino a la adultez, y el otro, el pequeño, sigue en esa vida de fantasía, de ensoñación, donde puedes conocer a un viejo marinero que pesca de forma artesanal y cría palomas. 

Tenemos la magnífica cinematografía de Sara Gallego, de la que hemos visto trabajos muy potentes como la inolvidable El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, y la más reciente, Contando ovejas, de José Corral, donde se profundiza en la cotidianidad, y en ese tránsito sin ser sensiblero y con una gran capacidad de observar la vida y el mundo de los niños, así como el claro y conciso montaje de la holandesa Katharina Wartena, con más de 35 trabajos a sus espaldas, en que engloba con minuciosidad la hora y cuarenta minutos a los que se va el metraje de la película. El gran trabajo de sonido del tándem cómplice del director como Emilio García y Sergio González, a los que se ha unido Josef van Galen, creando esa textura y fuerza que tiene cada actividad sonora de la película, que nos llena y traspasa. No podemos olvidar la figura del productor Manuel Arango, que con la compañía Tourmalet Films, ha coproducido los anteriores trabajos de Omar Al Abedul Razzak, y la que nos ocupa, una productora que cuida muy bien sus películas y se lanza a producir primeras películas de directores como Rodrigo Sorogoyen, Samuel Alarcón y Pedro Collantes, entre otros. 

Si hay que destacar otro elemento extraordinario de la película es su elenco, un reparto de nombres debutantes como la pareja de hermanos en la piel de Paula Campos Sánchez y Agustín Díez Hernández, tan tan naturales y frescos, muy bien acompañada por los adultos con el rostro de Sigrid Ojel como la madre, el holandés Casper Gimbrère como Johan, ese novio extranjero de Ángeles que vive en la isla, y Nino Hernández, ese abuelo que comparte su sabiduría de la isla con Rayco. No soy de recomendar películas, y seguiré sin hacerlo, sólo expongo mi humilde opinión de los valores y hallazgos con los que me encontré viendo una película como Matar cangrejos con el fin que puede ayudar a alguien y que pueda, siempre desde la honestidad, ayudar a algún espectador/a a decidirse a elegir una película como esta, si quiere ver una película sencilla, muy cercana, con un relato de esos que pasan sin hacer ruido pero se convierte en cruciales en la existencia de alguien, donde descubrimos los claroscuros de la vida, los buenos y no tan buenos momentos, todos esos sueños que se pierden o perdemos que se lleva la marea, en fin, todo eso que conforma vivir y dejar de ser niño/a, y sobre todo, de tomar partido de nuestras vidas o ese intento de no abandonarse a la sociedad consumista y seguir soñando despierto, que es la mejor herramienta para vivir dignamente, no es una tarea nada fácil, pero eso no nos puede dejar de intentarlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Héctor Fáver y Claire Ducreux

Entrevista a Héctor Fáver y Claire Ducreux, director y actriz y guionista, respectivamente, de la película «Poèmes», en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de mayo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Héctor Fáver y Calire Ducreux, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de Prensa de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Theo Montoya

Entrevista a Theo Montoya, director de la película «Anhell69», en el marco del D’A Film Festival en Barcelona, en el Hotel Regina, el miércoles 29 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Theo Montoya, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Iván Barredo de Surtsey Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Les amistats perilloses, de Pierre Choderlos de Laclos/Carol López. Teatre Lliure.

LA PERVERSIDAD DEL AMOR. 

“La fidelidad es de todas las virtudes la menos constante”.

Las amistades peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos

Que el teatro y el cine tienen su común denominador en el artificio para contar historias es de sobras conocido, por eso no hay que caer en la trampa en defender que son dos medios similares, porque a parte de su propuesta fabuladora, sus mecanismos para conseguirlo son sumamente diferentes. Digo todo esto, porque cuando nos enfrentamos a una nueva versión teatral de Las amistats perilloses, la inmortal obra de Pierre Choderlos de Laclos publicada en 1782, que ha adaptado y dirigido Carol López (Barcelona, 1969), para el Teatre Lliure, hay que olvidarse de cualquier adaptación anterior, ya sea teatral o cinematográfica, y debemos hacer el ejercicio de ir lo más vírgenes posible, es decir, no volviendo a ver ninguna de las películas, ni leyendo nada que tenga que ver con análisis de la obra o de su autor, y mucho menos leerse el programa de mano de la obra en cuestión. Eso sí, si tenemos tiempo, sería preferible leer la obra literaria en la que se basa, para ir muy empapados sobre aquello que vamos a ver. 

La novela tiene miga, como se decía antes, porque ya en su prólogo nos ponen sobre aviso que aunque está publicada en el siglo XVIII, en los albores de la Revolución Francesa, lo que allí ocurre nada tiene que ver con su época, porque sus personajes visten y se relacionan con formas y costumbres que no son de la época y sí de otras, mezcladas e inventadas como muy bien acoge López en su montaje, con ese vestuario y caracterización, que abandona las pelucas y los excesivos maquillajes, y mantiene una ropa que combina diferentes épocas y deja ver los soportes de las faldas que se colocan por encima de la citada prenda, con un aire muy moderno, con los pantalones de la Marquesa de Merteuil, y esa vistosidad de colores y formas. Quizás, la historia que nos cuenta es que la que conocemos más de antemano, con ese pacto-estrategia al que llegan los dos protagonistas principales, la mencionada Marquesa y el Vizconde de Valmont, vaya dos, la fama les precede, de libertinaje y amantes efímeros, y de jugar con los sentimientos y vete tú a saber. Su trato perverso consiste, por si hay alguien que no lo recuerda; en que, si Valmont seduce a Madame de Tourvel, una mujer casada que destaca por su virtud, podrá tener una noche de placer con Merteuil. El juego ha empezado, y también, entran en liza la joven e ingenua Cécile, hija de Volanges, prima de la Marquesa, que será usada por Valmont para conseguir su objetivo. Habrá dos más almas en esta situación, Rosemunde, tía del Vizconde, y Danceny, el joven y apuesto profesor de inglés de Cécile, del que se enamorará perdidamente. 

Si recordamos algunos montajes que hemos visto de López sabremos que sus escenografías están muy pensadas y provocan un sentimiento espejo-reflejo en el espectador, porque destacan por su sencillez y así mismo, en una elaboración muy impactante, como recordamos en Germanes (2008), que vimos en La Villarroel, o en Bonus Track, de hace tres temporadas que también se representó en el Lliure, con esas siete sillas que esperan a sus respectivos personajes, o esas paredes que suben y bajan según el momento, con esa sofá y cama tan oportuno, y esos letreros neón que hacen presencia en Les amistats perilloses, esa bilingüidad tan natural en el transcurso de la obra, para marcar los diferentes tiempos y espacios de la obra, y esas incursiones a través de temas musicales modernos, que no citaremos para no desvelar ninguna sorpresa a los futuros espectadores, que nos ayuda a dejar claro la universalidad de todos los aspectos que se dan cita en la obra. La hora y cuarenta minutos de duración del montaje mantienen un ritmo brutal, en el no que paran de suceder cosas, planteada como acción y reacción, es decir, vemos las acciones de los diferentes personajes, y luego, los escuchamos relatando lo que ha sucedido, en una implacable resolución en el espacio escénico, en el que se van sucediendo casi al instante, al unísono, pasando de un espacio y tiempo, de uno a otro, sólo con un gesto y un movimiento de los intérpretes, como si estuviéramos viendo una película, imaginándonos los diferentes planos y demás. 

Aunque si tenemos que rendirnos al montaje que se ha marcado la dramaturga y directora barcelonesa, sólo tenemos que profundizar en su reparto, uno de sus elementos más importantes, porque a todas nos viene a la memoria sus excelentes y extensos repartos de las obras que hemos mencionado anteriormente. en esta destacan, como no podía ser de otra manera, la Marquesa de Merteuil en la piel de una brutal Mónica López, con esa capa por encima, esos pantalones y ese abanico y pelo corto, en un personaje cabrón como ella sola, en un ser rígido, de metal, pero con alma, y también, con corazón, aunque siempre nos lo esté burlando y burlándose de él. Frente a ella, y nunca mejor dicho, El Vizconde de Valmont con el rostro, el cuerpo, esa barba poblada, y esa melena recogida de Gonzalo Cunill, qué bueno es este actorazo, cómo habla, cómo se mueve, y encima como se comporta, como si con él no fuese la cosa. Va a costar mucho no imaginarse estos personajes con otros rostros que no sean estos. Mima Riera en el papel de Tourvel, su candidez, su belleza, su fragilidad, frente a los lobos de Valmont y Merteuil, una actriz poderosa, brillante y llena de energía en este viaje a los infiernos, o mejor dicho, este viaje al placer y a los sentidos más carnales. Elena Tarrats es Cécile, que la hace con brillo y armonía, en otro viaje, esta vez a descubrir la primera vez, y qué primera vez, como para olvidarla, sintiendo a los hombres y el sexo, y no olvidemos al actor inglés Tom Sturguess, que es un ángel metido en la jaula de la depravación y terreno pantanoso y cruel, haciendo de Danceny, y luego están, las señoras, la Volanges, que hace una siempre excelente Marta Pérez, con esos momentos de humor tan irresistibles y madre muy madre con la pequeña Cécile, que pronto veremos que no le hace falta ninguna madre protectora y estúpida, y finalmente, Eli Iranzo como Rosemunde, una mujer madura que pasa por ahí y tiene algunas frases de esas que vienen al caso y nos hacen reflexionar y mucho. 

Celebramos y aplaudimos con pasión el nuevo montaje de Les amistats perilloses, de Carol López, porque el sábado pasado, el 20 de mayo de 2023, fue una gran idea acudir a la sesión de las cinco de la tarde al Teatre Lliure de Montjuïc, porque disfrutamos, nos emocionamos y vibramos con la obra, y pensamos que después de esto, podemos afirmar que Carol López, lo volvemos a repetir porque lo ha hecho muy grande, puede con lo que le echen, antes ya lo sabíamos, porque sigue manteniendo esa audacia, esa mirada y ese arrojo necesario para meterse con una novela de casi 250 años de vida que habla mucho de mujeres, de la fuerza de las mujeres, de su pasión, de su arrojo, de sus miedos y sus amores, porque la pluma de Choderlos de Laclos nos enfrenta al deseo, la seducción, la perversidad, la maldad, la mentira y la oscuridad de la condición humana, sino también, a nuestras más nobles pasiones como los sentimientos, el amor y la dulzura con el otro u otra, y también, nuestras más bajas pasiones, el sexo y la carnalidad, desde muchos aspectos y condiciones y advirtiéndonos que si queremos jugar, debemos estar dispuestos a perder, y no sólo eso, también a perder a aquello que no sabíamos que amábamos o quizás, lo fingíamos. Tengan cuidado y no tienten a la suerte, porque lo que pueden perder. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alejandra Molina

Entrevista a Alejandra Molina, diseñadora de sonido de «Sica», de Carla Subirana y de muchas más, en La Bonne en Barcelona, el miércoles 8 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a la persona que ha hecho posible este encuentro: a Alejandra Molina, por su amabilidad, generosidad, amistad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las ocho montañas, de Felix van Groeningen y Charlotte Vandermeersch

UNA AMISTAD Y DOS CAMINOS. 

“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”.

Aristóteles 

Erase una vez la historia de Pietro y Bruno. Cuenta la historia que se conocieron siendo niños en un verano en los Alpes italianos. Se dice que el tiempo los separó, porque Pietro era de ciudad, y en cambio, Bruno era de pueblo y quería vivir rodeado de montañas y animales. Pietro y Bruno son los dos protagonistas de Las ocho montañas, un relato que nos habla de amistad, de diferencias, de amor a uno mismo y a los demás, y cómo no, a la naturaleza, y sobre todo, a seguir tu camino y encontrar tu lugar, ese espacio que es en el que serás quién quieras ser. A partir de la novela homónima de Paolo Gognetti, Felix van Groningen (Gante, Bélgica, 1977) y Charlotte Vandermeersch (Oudenaarde, Bélgica, 1983), que repite en la escritura después de Alabama Monroe, escriben juntos un guion que nos atrapa desde el primer instante, porque arrancan con el mundo de la infancia, de los gestos y confidencias en un verano, en todos los veranos que compartían Pietro y Bruno, donde la vida tenía sentido y todo a su alrededor vivía con intensidad y asombro. De van Groningen habíamos visto la mencionada Alabama Monroe (2012), la historia de amor difícil de Elise y Didier, dos personas muy diferentes, y también, Beautiful Boy (2018), rodada en inglés, sobre las complejas relaciones de un padre y su hijo drogadicto. 

Groningen codirige con Vandermeersch un relato lleno de encanto, sensibilidad y humanismo, y su declarado y sentido amor a la amistad, a la diferencia y a la naturaleza como el bien más preciado y único de toda nuestra existencia, que ahora ha alcanzado un valor muchísimo más importante después de la pandemia. Tenemos a dos protagonistas principales tan únicos como diferentes, que el tiempo los aleja, y ese mismo tiempo, los vuelve a reunir para llevar a cabo el último deseo del padre de Pietro. Filmada desde la curiosidad y la contemplación de la belleza natural del paisaje mastodóntico y espectacular de los Alpes italianos, en el que la cámara observa, se agita y rueda cada detalle por mínimo que sea, en un magnífico trabajo del cinematógrafo Ruben Impens, que conocíamos por sus películas con Julia Ducournau, en un trabajo inmenso que traspasa cada rincón y espacio de las montañas que visitamos, así como esos rostros y camaradería entre los dos protagonistas, así como el exquisito y conciso montaje de Nico Leunen, que había estado en Ad Astra (2019), de James Gray, en una película que no se hace ni larga ni aburrida en sus casi dos horas y media de metraje, de hecho, produce el efecto contrario, quieres saber más y seguir viviendo en esas montañas y dejándote llevar por sus protagonistas y sus conflictos. 

Tanto Impens como Leunen son dos grandes técnicos-cómplices de van Groeningen, y la incursión del músico Daniel Norgren, que no se limita a acompañar las imágenes poderosas de las montañas, sino que las acoge y ayuda a entender con más profundidad la película y a sus personajes. Una película que invita a detenerse, acomodarse a la butaca y dejarse un tiempo de nuestra existencia y nuestros quehaceres, y disfrutar de sus bellas imágenes y del silencio que te transporta más allá de los sentidos y de aquí, y nos lleva a esos lugares, esos espacios y sobre todo, a ese paisaje que sólo pertenece a Pietro y Bruno, porque Las ocho montañas es más que una película que valora la naturaleza y todos sus encantos, porque es una cinta que quiere y consigue que mires con detenimiento, que observes tu alrededor y te dejes invadir por toda la emocionalidad que desprende, y que lo hagas a través de sus complejos, diferentes y vitales personajes, encarnados por unos grandes intérpretes que manejan con aplomo y contención unos increíbles de esos que los estadounidenses los llaman “Bigger Than Life”. 

Un Luca Marinelli, el que va y viene, el que deambula, perdido y el que busca su lugar en el mundo. Un actor que ha trabajado con grandes del cinematografía italiana como los hermanos Taviani, Paolo Sorrentino y Paolo Virzí, entre otros, aunque fue con la película de Martin Eden (2019), de Pietro Marcello, con el que nos deslumbró en todos los sentidos, encarnando al antihéroe de London de forma ejemplar y cercana, como hace con su Pietro, un tipo de carne y hueso, alguien transparente, perdido y a la deriva. Frente a él, tenemos a Bruno que interpreta de forma magistral Alessandro Borghi, que ha trabajado con Castellito, Ferzan Ozpetek y en la serie Suburra, en el papel del hombre de la montaña, que dice que es su patria, como menciona en varias ocasiones a lo largo de la película, un tipo de y para la montaña, que vive, crece, respira y sobre todo, mira a la montaña, a la naturaleza con el respeto de quién valora su belleza y su felicidad, pero también, su peligrosidad y hostilidad. Les acompañan a estos Butch Cassidy y Sundance Kid de la naturaleza, el actor Filippo Timi como padre de Pietro, e íntimo de Bruno, con una carrera brutal con directores como Bellocchio, Valeria Bruni Tedeschi y Teresa Villaverde, entre otras, y Elena Lietti como la madre de Pietro, que tiene en su haber películas con el citado Virzí y Nanni Moretti. 

Van Groeningen y Vandermeersch han construido una de las grandes películas que se han estrenado en lo va de año, vendrán más e igual de potentes, pero Las ocho montañas es de esas historias que quedan, que recordaremos por mucho tiempo, porque tiene de todo y muy bueno, con esa forma de mirar la naturaleza, no quedándose en la mera belleza física, sino explorando esos lugares y tensiones emocionales que también tiene el paisaje y en relación con la amistad que une a los dos protagonistas, y el estado ánimo de cada uno de ellos, en un relato que se alarga en el tiempo de sus vidas y las diferentes circunstancias en las que tienen que lidiar sentimientos agradables y contradictorios, porque tanto Pietro y Bruno saben que la montaña es su mayor tesoro, y que su amistad, inevitablemente, va acompañado de ese valor incalculable que, por desgracia, hemos olvidado en la sociedad, y la montaña la hemos arrinconado, y dejada como mero pasatiempo vacacional o mucho peor, como obstáculo a nuestros delirios económicos, una lástima, porque la naturaleza es infinitamente más grande y sabia que nosotros, porque sabe respetar y respetarnos, y sobre todo, estaba aquí antes que nosotros, y continuará aquí después de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sica, de Carla Subirana

LA HIJA DEL NAUFRAGIO. 

“El mar es tu espejo; en la sucesión infinita de las ondas tu alma se refleja, y tu espíritu no es un abismo menos amargo».

Charles Baudelaire

La película se abre de forma prodigiosa y tremendamente reveladora. El rostro de Sica mirando algo en fuera de campo, le acompañan otros otros, el de su madre, el de su magia Leda, el de Julio. Figuras que miran en silencio al mar, un mar agitado y muy sonoro, donde unos buzos en sintonía de unos guardias en la playa dan por finalizada la búsqueda. Todos emprenden la marcha cabizbajos, en cambio, Sica, con la mirada fijada en el mar embravecido, continúa inmóvil como esperando alguna señal del mar. Sica es la historia de una niña de 14 años, una niña que espera que el mar le devuelva a su padre desaparecido. También, es la historia de un lugar, la Costa da Morte en Galicia, un paisaje acotado por el mar, un mar de fuego, un mar salvaje, un mar que se ha llevado a muchos que lo desafiaron. Hay más temas en la película, como el paso de la infancia a la adultez, las consecuencias de una forma de vivir que está contaminando y sobre todo, alterando peligrosamente la naturaleza. Es la historia de una niña que se aleja de su madre para conocer ese otro mundo, el mundo de las almas, de personas solitarias como Suso, el niño que caza tormentas, o aquel otro, El Portugués, todos personajes que pululan en las grietas de un paisaje que late entre el mar, entre la tierra, y sobre todo, entre todo aquello que queda entre medio, en ese lugar donde acaban los que no encuentran su lugar. 

Sica, a la que muchos la etiquetan como la primera película de ficción de Carla Subirana (Barcelona, 1972), aspecto que debería haberse quedado fuera del análisis de una obra que desde su primer trabajo, el recordado Nedar (2008), donde la propia directora, junto a su madre y abuela, recordaban la figura ausente del abuelo, ya maneja tanto ficción como documento, o mejor dicho, se adentraba en el fondo y forma a través de los diferentes dispositivos que ofrece un arte como el cinematográfico, generando ese formato híbrido, donde todo se mezcla, se fusiona y vive. Lo mismo ocurría en sus posteriores trabajos, Volar y la película colectiva-episódica Kanimambo, ambos del 2012, así como en Atma (2016). Ese cine-fusión sigue latiendo en cada plano y encuadre de Sica, y lo hace desde un impresionante trabajo de espejo-reflejo entre la joven protagonista y su entorno, donde el mar es el “personaje”, ese monstruo que nos mira y sobre todo, nos interroga y nos hipnotiza, generando esa increíble fuerza que nos empequeñece y quedamos a su merced.

La magnífica y penetrante cinematografía de un grande como Mauro Herce, nos va sumergiendo en la fábula que nos ofrece Sica, en unas imágenes filmadas en 16 mm, con la textura y el tacto que tenían aquellas  novelas de Stevenson como La isla del tesoro, y de películas fantásticas sobre el mar como Yo anduve con un zombie (1943), de Jacques Torneur o Jennie (1948), deWilliam Dieterle, en las que conviven elementos cotidianos, reales, fantásticos, social, y demás. La película se fortalece porque tiene esa duración convencional de 90 minutos, en la que no falta ni sobra nada, en un estupendo trabajo de montaje de concisión y detalle que firma Juliana Montañés, que hemos visto en películas de Carlos Marques-Marcet, Nely Reguera, entre otras. La música de Xavi Font, también coproductor de la cinta, junto a la cineasta Alba Sotorra, y Andrea Vázquez, ayuda a crear ese aura de misterio y realidad en la que navega constantemente el cuento, así como el sonido directo de Amanda Villavieja, que recoge esa furia del mar y esos golpes cotidianos, como muestran todas las secuencias de interiores apoyadas en las miradas, los silencios y lo cotidiano, frente al sonido encantador y amenazante del mar, bien acompañado por el diseño de sonido de Alejandra Molina, y Fernando Novillo, que ya estaban en la mencionada Volar

La obsesión de Subirana por descubrirnos el atemorizante paisaje en el que se instala la película, en el que juega entre esas grietas que antes comentábamos, entre ese mundo o no mundo en el que late su película, con todas esas mezclas, texturas e hibridez de su propuesta, tanto en el apartado técnico que ya hemos comentado como en el tema artístico, en el que tiene a dos intérpretes profesionales como Núria Prims, que pedazo de actriz, como transmite con tan poco, en un excepcional trabajo de contención y silencio, rememorando a aquella Carlana en la que su Carmen nada tiene que envidiarle, y Lois Soaxe, al que hemos visto en series galegas de gran acabado como Fariña, Agua seca o Néboa, entre otras, en el papel del citado Portugués, ese marino solitario que sabe mucho y más del mar misterioso. Y luego, están los acertados intérpretes de los adolescentes, captados en un extenso y laborioso casting en la zona donde se ha rodado la película. Tenemos a María Villaverde Ameijeiras, en el rol de Leda, la amiga de Sica, con su vaivenes propios de la edad y de compartir a los padres desaparecidos, a Marco Antonio Florido Añón como Suso, el peculiar cazador de tormentas, una especie de escudero o ángel de la guarda de Sica, ese fiel amigo que tanto necesita la protagonista cuando su universo se está demorando debido a su incomprensión de su entorno que acepta demasiadas cosas inaceptables. 

Y finalmente, está Thais García Blanco como Sica de Nausícaa, nombre de La Odisea, de Homero, que significa “la que quema barcos”, imposible imaginar la película con otro rostro, y esa forma de mirar desde dentro hacia afuera, con ese miedo y esa tristeza que le acompaña en ese deambular y soledad que tiene en muchos momentos, qué mirada mantiene durante toda la película, un ser puro, táctil y corporal que deberá dejar el universo de protección y comprensible, para adentrarse en ese otro mundo, el de los adultos, tan falso, tan extraño, y sobre todo, tan frustrante y desolador, con el mar, el de Costa da Morte, como espejo-transformador, y sobre todo, como testigo y amenazante naturaleza que da y quita, tan bella como peligrosa, tan dulce como amarga. Celebramos la vuelta al cine de Carla Subirana porque ha construido una película que habla de todos nosotros, de nuestra relación tan demoledora con nuestro entorno, con esa naturaleza que empieza a rebelarse ante tanta maldad humana, y esa textura y tangibilidad de cuento, de cuento iniciático, de la vida que se abre ante nosotros, ante Sica, ante la imposibilidad, ante el viaje intenso y misterioso de una adolescente que debe aceptar la frustración y la tristeza de la vida, de los silencios de los que ya no están y de los que están. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alex Sardà

Entrevista a Alex Sardà, director de la película «Hafreiat», en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el jueves 11 de mayo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alex Sardà, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de Begin Again Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hafreiat, de Alex Sardà

ENTRE DOS AGUAS. 

“La vida solo puede ser comprendida hacia atrás, pero debe ser vivida mirando hacia delante”.

Soren Kierkegaard

Recuerdan al Isra, el protagonista de Entre dos aguas (2018), de Isaki Lacuesta. Un joven que salía de la cárcel, y le esperaba una vida que se debatía entre volver a delinquir o aceptar un trabajo precario para volver con su mujer e hijas. Una situación parecida es la que vive Abo Dya, un hombre fugitivo de Ammán, que vive en Gneyya, un pueblo del norte de Jordania, junto a su mujer embarazada y su pequeño hijo Dya, mientras se gana la vida en la excavación arqueológica de unos españoles. Abo Dya quiere dejar su pasado de traficante y empezar una nueva vida, aunque las cosas no resultarán nada fáciles. El cineasta Alex Sardà (Barcelona, 1989), formado en la Escac, y autor de interesantes cortometrajes de ficción como Gang (2020) y Fuga (2021), en los que predominaba la inmediatez, la juventud y las relaciones personales, nos presenta su primer largometraje que recibe el nombre de Hafreiat (traducido como “Excavación”), en la que a partir de la citada excavación, se adentra en lo humano y lo social, como mencionaba Renoir, en el paisaje que investiga las formas de vida, tanto laboral como emocionalmente. 

Estamos ante una película observacional, una cinta que mira e investiga las circunstancias de su protagonista, pero no lo hace de forma meramente convencional o acudiendo a lo fácil, sino todo lo contrario, el seguimiento que hace de Abo Dya es muy cercano, sensible y tangible, porque todo lo que vemos y oímos nace desde la “verdad”, esa verdad que se puede tocar, porque no está edulcorada o manipulada, sino que consigue reflejar una parte de la existencia de Dya, su presente más inmediato y todo su alrededor: trabajo, familia, pasado e ilusiones. Sardà usa la excavación para centrarse en este trabajador y su relación con su pasado delictivo y su presente con su hijo Dya, al que educa desde la sencillez y lo cotidiano, explicándole lo que fue y lo que no quiere ser ahora. Este hombre no está muy lejos de aquel Toni, el inmigrante español que intentaba ganarse la vida en la vendimia retratado por el citado Renoir, o aquel Antonio Ricci de Ladrón de bicicletas, de De Sica, porque todos ellos son hombres que trabajan para labrarse un futuro para los suyos y ellos, a pesar de la escasez laboral, del pasado difícil y demás hechos. 

Sardà cuenta su relato del aquí y ahora desde lo humano y a su vez, desde lo político, que diría Gramsci, donde viendo cómo vive este hombre y su familia, sabemos la situación de esa zona de Jordania, y sobre todo, sabemos las dificultades en las que viven allí aquellas personas que luchan por encontrar su lugar. A partir de un guion escrito por Txell Llorens y el propio director, que captura la vida, sueños y frustraciones de Abo Dya, la cámara de Artur-Pol Camprubí, del que conocemos su trabajo en Tolyatty adrift (2022), de Laura Sisteró, penetra no solo en la intimidad de Abo Dya, sino en su interior, tanto en lo personal, en lo social, con sus quehaceres laborales, donde intentan mejorar las condiciones laborales, y su alma, donde conocemos los miedos a su pasado y el futuro que quiere diferente. Un montaje que sabe captar esa mezcla de momentos, donde todo se bifurca, en que lo interior y lo exterior acaba siendo una fusión imposible de definir, en una película que tiene unos noventa minutos llenos de vida, de alegría y de tristeza, y de dura realidad, en un espléndido trabajo de Ariadna Ribas, que sobran la presentaciones para una de las grandes editoras del cine más reflexivo y sólido de nuestro país, ese “Impulso Colectivo”, que tan bien acuñó otro grande como Carlos Losilla. 

Estamos muy contentos con la película Hafreiat, de Alex Sardà, porque a parte de construir una realidad que no está tan lejos como pudiera parecer, porque muchos de los problemas que sufre Abo Dya, también son problemas de aquí, y por ende, son problemas endémicos de un sistema que explota sin importarle las vidas que hay detrás de los que lo sufren. Hafreiat habla de un hombre que quiere dejar su pasado atrás, como le ocurría a Eddie Taylor, al protagonista de Sólo se vive una vez, de Fritz Lang, y construir una nube vida con su familia e inculcar a su hijo la bondad y la humanidad, a pesar de su alrededor, donde cada pan hay que ganarselo sudando mucho y trabajando con dureza en condiciones muy complicadas. Porque Abo Dya es una de muchas personas que intentan salir del agujero y respirar, tirar hacia adelante, aunque sea con poco, y debe seguir luchando para conseguirlo. El cineasta catalán consigue con poco esa intimidad apabullante, atrapando lo personal y lo social sin ningún tipo de alarde narrativo, ocupando ese espacio donde la vida fluye y donde los personajes explican sin apenas diálogos, sin explicar a cámara, sólo viviendo y el cineasta expectante, paciente a qué suceda la vida y todo lo demás, para así poder registrarlo y mostrarlo a todo aquel que esté interesado en las historias cotidianas, en personas de carne y hueso enfrentadas a la cotidianidad, a su vida, a su pasado y a su inquietante futuro, porque si una cosa deja clara la película de Sarda, es que la realidad y la existencia de Abo Dya, aunque se encuentre muy alejada de nosotros en distancia, su proximidad e intimidad está muy cerca, tan cerca que podríamos ser uno de ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA