¿Qué vemos cuando miramos al cielo?, de Alexandre Koberidze

EL AMOR, LA CIUDAD, EL VERANO Y EL FÚTBOL.  

“La vida es una película mal montada”

Fernando Trueba

Los amantes del cine solo conocíamos el cine georgiano a través de Otar Iosseliani, magnífico cineasta de películas como Adiós tierra firme (1999),  Lundi matin (2002), y Jardines en otoño (2006), entre muchas otras. Un cine sobre el peso de la cotidianidad, la falta de alegría y el deseo de huir y sentirse vivo, siempre a través de comedias absurdas, donde hay mucho humor negro y una idea de la vida más emocional, excéntrica y despreocupada. Unas películas deliciosas, con la elegante música de Nicholas Zourabichvili, y la fascinante cinematografía del gran William Lubtchansky, toda una eminencia en el cine francés, ya que ha trabajado con tótems como Godard, Rivette, Straug &Huillet, Truffaut y Garrel, entre otros. El año pasado, el Festival de Cine de San Sebastián alumbró otro nombre del cine georgiano, el de Dea Kulumbegashvilli con su sorprendente opera prima Beginning, un intenso drama sobre la religión y los abusos sexuales, bajo un tono muy oscuro y denso. Y, en poco tiempo, volvemos a toparnos con otro gran valor de la cinematografía georgiana, ya que otro festival internacional, como la prestigiosa Berlinale, concedió el Fipresci de este año a Alexandre Koberidze (Tbilisi, Gerogia, 1984), por su segunda película ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?.

El director georgiano estudió cine en Berlín, y habíamos visto Let the Summer Never Come Again (2017), en la que relataba las vicisitudes de un joven de pueblo en la gran ciudad para ser bailarín, a través de un sólido drama sobre el amor y sus desilusiones. Con su segundo trabajo, nos sitúa en las calles de la ciudad de Kutaisi, la tercera ciudad más poblada de Georgia, antigua capital del país, en la que un día, por casualidad, Lisa, una joven investigadora y Giorgi, un joven futbolista, se tropiezan fortuitamente y se enamoran y quedan en una cafetería bajo el puente. Pero, un encantamiento se ceba con ellos, y Lisa, olvida quién es, y Giorgi, cambia su aspecto físico, y coinciden en la citada cafetería como trabajadores sin reconocerse. A partir de ese cruce de comedia sentimental y fantástico, la película, ya desde su onírico título, porque el director no se centra en lo que vemos en el cielo, sino en todo lo contrario, lo que hay a ras del suelo, como su maravillosa construcción en la secuencia que abre la película, la del encontronazo entre los dos jóvenes desconocidos, filmada desde el suelo, en la que solo vemos sus piernas y escuchamos en off su diálogo.

La cotidianidad del verano de Kutaisi, y más concretamente, la que recoge el período del Mundial de fútbol, un campeonato del que sabemos que se desea que conquiste la Argentina de Messi. Otro elemento fantástico de la película, porque los instantes que recoge la película se asemejan al Mundial 90 celebrado en Italia, que si bien Argentina jugó la final, no la ganó y además, el estandarte era el gran Maradona. De hecho en una estupenda secuencia de unos niños jugando al fútbol en un parque, vista de manera ralentizada, se escucha “Un’ estate Italiana”, himno oficial del citado mundial. A partir de un tono ligero, transparente y enormemente cotidiano, un narrador, el propio director, nos va describiendo la ciudad, y sobre todo, a sus habitantes, todo aquello que no se ve, y todo aquello que se escapa a las imágenes, esa otra historia que va sucediendo sin que nos vayamos percatando. También, nos habla de sus tradiciones de siempre, esos locales donde van a ver los partidos del mundial, así como, ese irreverente sentido del humor que recorre toda la película, como esos perros callejeros aficionados al fútbol.

La fragilidad y fugacidad de la vida se dan cita en esta película especialísima, con esa sensible y naturalista cinematografía que firma Faraz Fesharaki, que nos recuerda mucho al cine francés de los Rohmer y Truffaut, y a los trabajos del citado Lubtchansky y Néstor Almendros, donde la vida, el documento, y la magia se van apoderando de cada plano, cada encuadre y cada rincón de la ciudad, con su luz, su puente, y su realidad transformada, esa que solo el cine puede ver y mirar, aquella que la vida real no consigue ver ni capturar. El cine de Koberidze no está muy lejos del marco trágico, melancólico y cómico que tanto les gusta a cineastas como Tati, Kaurismäki y Roy Andersson, en esa forma tan desesperanzada y la vez, tan ilusoria de mirar la vida. Su cotidianidad, sus personajes, y las situaciones y circunstancias a las que se ven inmersos. Y qué decir de todos esos personajes que pululan por la película, a cual más extraño, excéntrico e inolvidable, como el señor mayor y dueño de la cafetería bajo el puente, un lugar al que no va nadie, un lugar en el  que parece que todo se ha detenido, o los niños que van de aquí para allá, hipnotizados por la fiebre del fútbol con el mundial en marcha, los que juegan en el parque, los otros que van a por helado a la cafetería que no va nadie, o los que desafían el juego de aguantar en la barra que lleva Giorgi, un invento del dueño para atraer clientes a la cafetería que no va nadie.

Otros personajes llamativos son los empleados de la pastelería, en esa maravillosa secuencia donde su coreografía nos invita a un musical de los que hacía Demy, que resulta muy novedosa y cercana. La música ligera, romántica y romántica de Giorgi Koberidze, que recuerda mucho a la de grandes como Georges Delerue y Jean-Louis Valero. Sus ciento cincuenta minutos de metraje podrían parecer excesivos de entrada, pero a medida que va avanzando la película, nos parecen pocos, porque todo se cuenta desde la emoción, desde la tragedia del par de enamorados protagonistas, con esa inquietud que nos abruma, donde parece que no puede hacerse nada para romper el hechizo. Koberidze ha construido una película magnífica, arrolladora y llena de sensibilidad, con ese verano en Kutaisi que no es un verano más, es un verano con mundial, un verano donde nace el amor, aunque no se reconozcan, un verano lleno de cosas, acciones, cotidianidades, circunstancias, y sobre todo, un verano que cambiará las vidas de Lisa y Girogi, porque aunque no lo sepan, el amor está muy cerca de ellos, o mejor podríamos decir, que ellos están cerca del amor, que no es lo mismo, porque para enamorarse hay que creer que es posible, y este verano de Kutaisi, quizás es el mejor lugar para enamorarse, o al menos, para esta cerca del amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El espía honesto, de Franziska Stünkel

EL HOMBRE QUE NO QUERÍA SER DE LA STASI.

“La conciencia es el mejor libro moral que tenemos”.

Blaise Pascal

La segunda película de Franziska Stünkel (Göttingen, Alemania, 1973), es un potentísimo drama político con el tono sobrio y frío que tienen los thrillers psicológicos construidos con mano firme y de una solidez sobrecogedora. La trama nos sitúa en el Berlín oeste de 1981, en la piel de Franz Walter, un prominente científico que sus capacidades lo llevan a trabar para el Ministerio de Seguridad del Estado de la RDA, más conocida como la Stasi, en el departamento de Deportes. La cuestión es espiar y devolver lo antes posible a un par de futbolistas que han desertado a la Alemania Federal. Todo cambia cuando las actividades empiezan a tornarse de un color muy negro y se pasa al chantaje, la extorsión, las mentiras y la persecución sistemática, situaciones que afectarán psicológicamente a Franz, que le harán cuestionarse su moral. Stünkel fue alumna de Mogens Rukov (1943-2015), guionista danés e ideólogo del Movimiento “Dogma”, y compagina su trabajo de fotógrafa con el de cineasta, en el que había debutado con la película Vineta (2008), que indagaba en las consecuencias nefastas de los empleos ejecutivos actuales.

Con El espía honesto (del original “Hanschuss”, traducido como “A quemarropa”), se adentrada en la piel, el cuerpo y la mente de Franz Walter, inspirado en la vida real de Werner Teske. Un tipo que cree que tiene un gran trabajo, en el que se le valora y puede escalar posiciones y ser muy reconocido a nivel oficial. Pero, todo se tuerce cuando lo trasladan en misión oficial a Alemania Occidental. Allí, las acciones que realiza atentan contra su conciencia y empieza una espiral de lucha interna agobiante en que Walter está encerrado en un bucle donde sus compañeros se convierten en sus enemigos y su único deseo es abandonar y desertar. La película no está muy lejos de la forma y el fondo de películas de espías recientes como La vida de los otros (2006, Florian Henckel von Donnersmarck), El topo (211, Tomas Alfredson), El oficial y el espía (2019, Roman Polanski), La mujer del espía (2020, Kiyoshi Kurosawa), y El espía inglés (2021, Dominc Cooke), donde se huye de las acciones espectaculares, de los escenarios comunes y los tics habituales de estas películas, para construir una película de verdad, con una autenticidad que encoge el alma.

La película se desarrolla exclusivamente en interiores, y sin música añadida, cosa que le da un aspecto muy cercano y real, donde abundan las situaciones de gran calado emocional, en la que destaca una grandísima ambientación, cuidada al más mínimo detalles, utilizando decoradores reales como los del Ministerio de Seguridad del estado (Stasi), y la prisión de Hohenschönhausen, entre otros, acompañados de unos personajes de carne y hueso, y sobre todo, una profundidad en las cuestiones psicológicas que ayudan a entender en las derivas emocionales que se hallaban sus protagonistas. La excelente, fría y apagada luz que firma el cinematógrafo Nikolai von Graevenitz, que ha trabajado mucho en el documental, ayuda a introducirnos en esa atmósfera pérfida y asfixiante en el que se encuentra Walter. El ágil y reposado montaje de Andrea Mertens condensa con eficacia sus ciento quince minutos de metraje que, en ningún momento, pierden un ápice de interés, y la trama coge un in crescendo absolutamente impresionante, donde sufrimos enormemente junto al personaje principal.

Un policíaco sobre la conciencia moral, como los de antes, como los que hacían los Lang, Hawks, Hitchcock o Walsh, entre otros, necesitaba irremediablemente un reparto a la altura de sus imágenes y complejidad, y se ha conseguido con un trío de estupendos intérpretes como Dirk hartmann, un actor con amplia experiencia en el cine alemán, en la piel de Devid Striesow, el supervisor de Walter, con Luise Heyer, que ha trabajado con gente como Christian Petzold, interpreta a Corina, la mujer del protagonista, una mujer en la sombra que a medida que avance el metraje irá revelándose cada vez más. Y finalmente, la extraordinaria interpretación de Lars Eidinger, un actor de primer nivel que tiene en su filmografía a grandes nombres del cine europeo como Maren Ade, Olivier Assayas, Claire Denis y el citado Henckel von Donnersmarck, se mete en la piel del desdichado Franz Walter, un tipo que se mete en una encrucijada entre ser fiel a sí mismo o a su país, en seguir siendo un miserable a favor de su patria o un desertor, entre un asesino o un hombre honesto. Stünkel ha construido una película magnífica, llena de lugares oscuros, que indaga de forma magistral y profunda sobre las consecuencias psicológicas de un hombre bueno, de alguien que quiso detenerse y virar hacia otro lugar, de alguien que se reveló contra lo establecido, de alguien que se levantó contra su país, y sobre todo, a favor de lo que creía humano, en una película tristemente actual con la proliferación de sistemas autoritarios en muchos países, enarbolados de la bandera de la libertad y demás patrañas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

I Never Cry, de Piotr Domalewski

VIDAS AUSENTES. 

“Los muertos pesan, no tanto por la ausencia, como por todo aquello que entre ellos y nosotros no ha sido dicho”.

Susana Tamaro en “Donde el corazón te lleve”

En Cicha Noc (Silent Night), la opera prima de Piotr Domalewski (Lomza, Polonia, 1983), un inmigrante polaco volvía a casa dejando muy estupefactos a los suyos. En I Never Cry, el viaje es a la inversa, como si nos mirásemos desde el otro lado del espejo, andar los mismos pasos del que ya no está, viajar con Ola, una joven de 17 años de edad que, después de la accidental muerte de su padre en Dublín (Irlanda), viaja desde Polonia para realizar los trámites de repatriación del cadáver. El director polaco nos sitúa en una joven euro-huérfana, término que se usa para calificar a todos aquellos que tienen padres emigrados a la otra Europa cuando Polonia ingresó en la Unión Europea en el 2005. Ola solo tiene un deseo, que no es otro que aprobar el carnet de conducir para tener el automóvil que su padre le prometió. Aunque ha vuelto a suspender por tercera vez, emprende el viaje, instada por su madre que cuida a su hermano discapacitado. En esa otra Europa, enriquecida y muy dura para los inmigrantes, la joven Ola se encontrará con las huellas de su padre, lo que era y sobre todo, lo que queda de él.

La odisea de Ola la llevará a lo que fue la vida del padre muerto, personándose en la empresa donde se produjo el accidente donde falleció, conocerá a un polaco que se dedica a emplear a los inmigrantes recién llegados, a sus compañeros de trabajo, se enfrentará a los quebraderos de cabeza ocasionados por una burocracia estúpida y desalentadora, y se encontrará con personas de la vida de su padre muy inesperadas. Toda la película la vemos a través de Ola, a partir de sus idas y venidas por Dublín. Una ciudad hostil, fría y triste, un lugar donde hay diferentes ciudadanos europeos, los de allí, que pertenecen a la parte enriquecida, y los que llegan, de esa Europa empobrecida. Una Europa, crisol de realidades sociales muy alejadas entre sí, una falsa unión que solo ayuda a los que tienen y la padecen los que no tienen. En ese continente que vende unidad, que vende prosperidad, y solo hay para unos pocos, como los ambientes en el que viven y trabajan los inmigrantes polacos. Un lugar donde la fraternidad y el cooperativismo han desaparecido y todo tiene un precio demasiado elevado, ya sea emocional o material. La joven polaca se mueve entre esos dos mundos en los que se plantea la película.

La idea que tiene ella de su padre, tan alejada de la realidad, y su fatal egoísmo, en que reprocha cruelmente a un padre ausente que no conoce. La cámara insistente y pegada al cuerpo de Ola que la sigue sin descanso, en un gran trabajo de luz que firma Piotr sobocinski Jr, que ya estuvo en la primera película de Domalewski, y tiene en su haber excelentes películas como Dioses, de Lukasz Palkowski y Corpus Christi, de Jan Komasa, entre otras. El excelente y cortante montaje de Agnieszka Glinska, que ha trabajado en las recientes Lamb, de Valdimar Jóhansson y Sweat, de Magnus von Horn, ayuda a sentir ese agobio constante y esa sensación laberíntica y de extrañeza que recorre a la joven Ola. Los noventa y siete minutos de metraje van acelerados, no hay tregua, todo ahoga en la existencia de Ola, en una especie de navegación sin rumbo, en el que irá redescubriendo la verdad de un padre que ella creía completamente diferente, un padre ausente que ella ha construido a su manera, llenándolo de acusaciones sin fundamente.

I Never Cry no solo nos habla de las condiciones miserables de vida y trabajo de muchos inmigrantes de la Europa del Este en la Europa capitalista, sino que también, nos habla de padres e hijas, de todas esas relaciones rotas y difíciles debido a la inmigración-ausencia de los padres, de todos esos vínculos rotos y nunca construidos, de ausencias y existencias a medio camino, de vidas tristes en barrios con pocas oportunidades, de hijos injustos y padres que no lo son debido a sus vidas precarias y sobre todo, una sociedad que vende vida y solo da dificultades y sacrificios que no tienen billete de vuelta. En 1982, la película Trabajo clandestino, de Jerzy Skolimowski, se centraba en la miseria de unos trabajadores polacos que, encerrados en una casa inglesa, trabajaban ocultos e ilegalmente. Cuarenta años después parece que las cosas han cambiado, pero no han mejorado mucho para los “otros”, porque los inmigrantes sí que llegan legalmente a esa otra Europa, pero siguen siendo esclavizados y humillados en sus trabajos y destinados a unas vidas ausentes y poco más, y encima, alejados de los suyos.

Una película sencilla, directa y honesta como la que ha construido Domalewski, necesitaba un reparto de verdad, alejado de rostros conocidos y sobre todo, que imprimieran toda la autenticidad que respira la película, mostrando una realidad que no está muy lejos de las realidades de este frustrante continente.  Tenemos a Kinga Preis que da vida a la madre de Ola, que habíamos visto trabajando a las órdenes de una grande como Agnieszka Holland, Arkadiusz Jakubik como el trabajador polaco que ayuda a emplearse a los recién llegados, y finalmente, la auténtica revelación de la película, la joven debutante Zofia Stafiej que da vida a Ola, reclutada en un casting en el que se presentaron más de 1200 candidatas. Una mirada triste y desesperada, una joven rebelde y obsesionado por su objetivo de ser alguien en la vida, y huir de su barrio y de la vida precaria de sus padres, una mujer que está a punto de convertirse en una adulta, una nueva vida que descubrirá en sus días en Dublín, una vida difícil y compleja, una vida que nunca es como la queremos, una vida en la que hacemos lo que podemos, que ya es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Delicioso, de Éric Besnard

LA BUENA COCINA AL SERVICIO DE TODOS.

«¡Mantequilla, mantequilla! Trabajo, energía y mantequilla. Vamos, señores, sean generosos. Hielo para el pescado y fuego para la caza. ¿Cómo está esa carne? El pichón, poco hecho. La verdura crujiente y el pichón poco hecho. No basta con cocinar, hay que cocinar bien, hay que sobresalir, hay que cocinar con sabor. Hay que hacer disfrutar”.

Nos encontramos unos meses antes de la Revolución Francesa con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. Pero no estamos en la urbe parisina, sino alejados de ella, en la Francia rural, y siguiendo los pasos de Manceron, un cocinero al servicio del Duque de Chamfort. Aunque todo cambiará en la vida de Manceron, porque en uno de esos ágapes con los que la nobleza agasajaba a sus invitados, el cocinero introduce una idea a su menú, presentando “Delicioso”, una empanada elaborada con patata y trufa. Tanto el clero como el marqués rechazan la propuesta porque todo lo que nacía bajo tierra era innoble, y el cocinero es expulsado del paraíso. Entonces, Manceron se refugia junto a su hijo en la casa familiar y se dedica a ser granjero. La llegada de Louise, una misteriosa mujer que quiere ser aprendiza de cocinera, hará despertar en Manceron viejas ilusiones.

El séptimo trabajo de Éric Besnard (Francia, 1964), se desvía de sus anteriores películas, ya que es la primera de época, adentrándose en el Siglo de las Luces y la Revolución, pero desde la cocina, y más concretamente, desde la clase más humilde, posicionando la cocina como centro de la acción, en un momento en que solo la nobleza tenía el privilegio de la buena cocina, dejando a la pleve de los platos más corrientes y vulgares. El tono de la película juega con el momento político del momento del momento, mostrándonos todo ese universo de nobles que disfrutaban de la vida, y el resto, el pueblo, que lo servía sin rechistar. Hay costumbrismo en la película, en un espectacular trabajo de ambientación que firma Sandrine Jarron (que ha trabajado con grandes nombres como los de Polanski y Ozon), la excelente partitura musical de Christophe Julien, cinco trabajos con Besnard, el exquisito y ágil montaje de Lydia Decobert, en una película muy activa, ya que hay constantes cambios de giro, y la magnífica y cálida luz de Jean-Marie Drejou, cuatro películas con el director, que sabe acercarnos todo ese mundo de la cocina que en palabras de Manceron está compuesto por gesto, fuego, instrumento y paciencia.

El guion que firman el director y Nicolas Boukhrief (que ya colaboró con Besnard en la película 600 kilos de oro puro del año 2010), plantea una película de pocos personajes, peor muy bien definidos. Tenemos a Manceron, el cocinero que desea volver a las órdenes del Marqués, Louise, la mujer que parece una antigua cortesana que guarda un secreto, el citado Marqués, representando a esa nobleza aburrida y vacía que solo disfrutaba de sus privilegios comiendo y de fiesta, Hyacinthe, el criado del Duque, ese lacayo que cree en las clases, aunque él las sufra, Jacob, el hijo de Manceron, que lee a los filósofos de la ilustración, y está al día de los aires revolucionarios que se avecinan, y finalmente, el abuelo, cazador furtivo y borrachín, que desea que su hijo y nieto sean felices. La trama de la película se mueve entre ese tono de fábula amable, con aires románticos y sensuales, a través de la cocina y la elaboración de los platos, y la introducción del noir con el suspense de por medio, y con los movimientos revolucionarios que van llegado al lugar, en que la película maneja con soltura los diferentes marcos pasando de forma pausada de uno a otro, sin aspavientos, ni nada que se le parezca.

La idea del primer restaurante de París, con su idea, creación, funcionamiento, y sus continuos altibajos, es el centro de una historia que escenifica con exactitud todo lo que se cocía en la última década del XVIII, donde la cocina representaba todas las injusticias que anidaban en una sociedad en que la nobleza vivía y derrochaba y el pueblo se moría de hambre. Un gran reparto encabezado por un maravilloso Manceron, al que daba vida Grégory Gadebois, que habíamos visto en películas de Polanski, Ozon, Maddin, etc…, un actor grande, tanto en su físico como en su naturalidad y en sus miradas, un cruce entre el Dépardieu de los setenta y el Gabin de siempre, bien acompañado por una estupenda Isabelle Carré, la partenaire perfecta, la mujer llena de voluntad, perseverancia y belleza, que ya estuvo a las órdenes de Besnard en L’esprit de familie, igual que Guillaume de Tonquedec que hace de Hyacinthe, Benajmin Lavernhe como el Duque, un actor que era el discapacitado de Pastel de pera con lavanda, que rodó Besnard en 2015, Lorenzo Lefebvre es Jacob, el hijo revolucionario, y finalmente, Christian Bouillette, como el viejo padre de Manceron. El director francés ha construido una película tan deliciosa como la empanada que da nombre al título, recogiendo el cine francés de época a la altura de Ridicule, de Leconte, pero desde la cocina y la gente cotidiana e invisible, todos esos campesinos que protagonizaban La Marsellesa (1938), de Renoir, porque siempre han sido las personas más anónimas las que han cambiado el mundo y sobre todo, la forma de ver y hacer las cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Isaki Lacuesta, Ona Balló y Carles Torres

Entrevista a Isaki Lacuesta, Ona Balló y Carles Torres, directores de las películas «Gosa poder» y «Poetes», en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el viernes 12 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Isaki Lacuesta, Ona Balló y Carles Torres, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de comunicación de la Filmoteca, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Ángel Muñoz

Entrevista a Miguel Ángel Muñoz, actor y director de la película «100 días con la Tata», en el Soho House en Barcelona, el jueves 16 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Ángel Muñoz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara Pérez Camiña y Emilia Esteban Guinea de BTeam Pictures, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

My Beautiful Baghdad, de Samir

LAS REJAS DEL PASADO.

“Bagdad, todavía eres un prisionero tras las rejas. Pero has sustituido a un carcelero por otro. Bagdad, todavía estás en mi vida. Baghdad, todavía estás a mi sombra.”

La película se abre de forma intensa y muy descriptiva del tono y la forma. Una imponente panorámica sobre Baghdad que recorre el río Tigris va descendiendo para enmarcar un mural de Saddam Hussein. En una calle desierta que custodian dos hombres armados, irrumpen dos autos y se detienen frente a una puerta. De él bajan varios hombres armados, que llevan consigo dos hombres encapuchados, que son introducidos en el edificio a golpes. Estamos en pleno régimen iraquí, cuando la dictadura perseguía y torturaba a todos aquellos que consideraba enemigos. Pasamos a la actualidad, cuando Taufiq, un antiguo comunista y poeta, uno de los encapuchados, se ha exiliado en Londres. De repente, es llevado a la policía y es preguntado por unos hechos ocurridos en un parque. El director Samir (Baghdad, Irak, 1955), emigró a Zurich en los sesenta junto a su familia, y desde entonces ha compuesto una filmografía donde abundan elementos políticos y sociales tanto en la ficción, el documental y el cine experimental en una carrera que abarca más de cuarenta títulos.

A través de un imponente guion que firman Furat al Hamil y el propio director, My beuatiful Baghdad (en el original, Baghdad in My Shadow, que en dialecto iraquí-árabe tiene el doble significado de memoria y sombra), se estructura con un intenso flashback vamos conociendo la pequeña comunidad de iraquíes exiliados en Londres, que se reúnen en el Café Abu Nawas, que recibe el nombre de un poeta clásico que vivió hace 1300 años. El lugar epicentro, que sirve como centro cultural y también, como espacio donde convergen y se relacionan personajes dispares que tienen en común de ser iraquíes, en el que se reúnen varias generaciones como las del propio Taufiq, ahora vigilante nocturno, Amal, una mujer que quiere olvidar su pasado y volver a ilusionarse junto a su novio inglés, Muhanad, que debido a su condición homosexual debe esconderse, Zeki, el dueño del café, y su querida ex esposa, Naseer, sobrino de Taufiq, que se está radicalizando a través de la mezquita del barrio, que con la llegada de Ahmed Kamal, un antiguo esbirro del régimen de Saddam, se generará una tensión brutal entre todos los personajes en cuestión.

El director iraquí nos habla de tres tabúes importantes en el mundo árabe: el ateísmo enfrentado a los religiosos fanáticos, el adulterio, y sobre todo, la libertad de la mujer,  por último, la homosexualidad. Todos los temas son tratados con honestidad e inteligencia, sin caer en ningún instante en el estereotipo ni nada que se le parezca, sino profundizando en sus constantes contradicciones y disputas que padecen los personajes tanto a nivel interior como exterior. Este grupo de exiliados deben hacer frente a todo su pasado, y su presente, a vivir a pesar de todo, a pesar de los que aparecen para enturbiarles sus existencias, y la película lo muestra con sobriedad y contención, penetrando en esa intimidad de sus vidas, con todos sus traumas, tanto pasados como actuales, en una cafetería convertida en un oasis en el que convergen sus dos universos, el iraquí y el londinense, el ateísmo y al religión, la prisión y la libertad, como demuestra la apertura de la película con ese río que divide Baghdad, esos dos mundos enfrentados, dos mundos diferentes, dos formas de vivir y sobre todo, sentir.

Un grandísimo reparto que añade sinceridad, naturalidad y humanismo, encabezado por Haytham Abdulrazaq en el papel de Taufiq, Zahraa Ghandour como Amal (que ya nos encantó en la impresionante La decisión (2017), de Mohamed Al Daradji), Wassem Abbas en el rol de Muhanad, Shervin Alenabi como Naseer, Kabe Bahar como Zeki, Ali Daeem en Ahmed, Farid Elouardi como Yasin, el jeque radical, y los ingleses Maxim Mehmet en Sven, Andrew buchan como Martin y Kerry Fox como editora, entre otros. Es de agradecer que la distribuidora Surtsey Films apueste por este tipo de cine, y de un país como Irak, del que conocemos muy poco a nivel cinematográfico, con escasos títulos en nuestras carteleras, si exceptuamos algunas como Zaman, el hombre de los juncos (2003), de Amer Alwan, Las tortugas también vuelan (2004), de Bahman Ghobadi, y Homeland (Irak año cero) (2015), de Abbas Fahdel. Un cine profundo, magnífico y humanista que nos habla de la situación política, económica, social y cultural de un país, que tuvo su esplendor en materia de libertad y modernidad en los cincuenta y sesenta, y con la llegada de Hussein entró en la oscuridad y el terror del que todavía no ha salido. My Beautiful Baghdad no solo nos habla de exilio, sino también de algo mucho más universal, la necesidad de olvidar el pasado y sobre todo, de reconciliarse con él, a pesar de las decisiones que tuvimos que tomar, que quizás no eran las más adecuadas, pero fueron las que decidimos, y debemos continuar hacia adelante, perdonando y perdonándonos, para ver lo que vendrá de forma más humana y honesta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

100 días con la Tata, de Miguel Ángel Muñoz

EL AMOR MÁS GRANDE QUE PODEMOS DAR.

“La última lección que todos nosotros tenemos que aprender es el amor incondicional, que incluye no solo a los demás, sino a nosotros mismos”

Elisabeth Kübler-Ross

Esta es una historia que se remonta allá por el año 1986, cuando Miguel Ángel Muñoz (Madrid, 1983), necesitaba que alguien lo cuidase, ya que sus padres por trabajo no podían. Luisa Cantero, hermana de su bisabuela, se hizo cargo de él. Sin ser conscientes de todo lo que estaba empezando, tanto Miguel Ángel como la Tata han seguido juntos desde entonces, confesándose el amor tan profundo y sincero que se tienen. El actor, músico y director quería hacer una película con su Tata, una película que hablase sobre su amor, y todos los años que han permanecido juntos, una película que dejará testimonio cuando la Tata, con 97 años en la actualidad, no estuviera con nosotros. Pero, en marzo del 2020, llegó la pandemia y el confinamiento, y Miguel Ángel y la Tata se encerraron en el piso de 25 m2 de ella, y pasaron 100 días de clausura, como nos ocurrió a todos los semejantes. 100 días con la Tata es la crónica de aquel tiempo, un tiempo donde Miguel Ángel y la Tata conviven juntos, discuten y se lo pasan bien, y mal también. Somos testigos privilegiados de la cotidianidad de la pareja protagonista. Ahora, será Miguel Ángel que cuide de su Tata, ya que la anciana ha visto anulada totalmente su independencia por su avanzada edad.

La película-documento acompaña el día a día, con sus pros y contras: el excesivo trabajo que tiene cuidar de una persona mayor de movilidad reducida, el mal psicológico que empieza a sufrir Miguel Ángel por la carga física y emocional, y también, el diario “CuarenTATA”, un diario vía Instagram que Miguel Ángel y la Tata hicieron durante cada día de confinamiento. Una ventana abierta al mundo que les ayudaba a descansar, relajarse y reírse de todo y todos, empezando por ellos mismos. Muñoz se rodea de un equipo profesional empezando por Jorge Laplace, con el que escribe el guion, el cinematógrafo José David Montero, y los editores Darío García García y Mer Cantero, y el músico Sergio Jiménez Lacia para dar forma, textura y agilidad a la historia. Una película que habla sobre ayudar a los otros sin olvidar de ayudarnos a nosotros. Una película que nació como una ficción con la Tata, pero que con una pandemia de por medio, se ha convertido en un excelente y sensible documento sobre la vejez y las personas cuidadoras, haciendo hincapié en la parte emocional tanto de unos como otros, erigiéndose en un documento sobre la vida, la muerte, y sobre todo, por la vida en todas sus etapas y contextos y circunstancias.

La asombrosa naturalidad, espontaneidad y frescura que destilan cada plano y secuencia nos dan las claves para mirar con detenimiento y reflexionar con todo lo que vemos y experimentamos con la Tata y Miguel Ángel, que viven y sufren todo su amor a pesar de los obstáculos, barreras y demás problemas derivados por la vejez de ella, el trabajo de cuidador de él, y encima, la pandemia azotándoles constantemente. Sin ser una película claramente social, ni mucho menos pretenderlo, 100 días con la Tata se convierte en mucho más que eso, en un estudio y radiografía de dos de los males más importantes de nuestro tiempo: el cuidado de nuestros mayores, y los conflictos personales que aparecen tanto en los que padecen la vejez, como los que cuidan a esas personas que ya no pueden cuidarse solas. El cuidado y la ayuda que nos hacemos los unos a los otros es otro de los temas candentes de la actualidad, y el que está impregnado en toda la película, visto de frente, cara a cara, sin medias tintas, de verdad, con tanta autenticidad que impresiona, esa ventana que se abre para que miremos, para que pensemos y sobre todo, nos concienciemos que más pronto que tarde estaremos tanto en el lugar de la Tata como de Miguel Ángel.

Es de agradecer que Muñoz haya puesto en el centro de su película a su Tata para hablarnos de la vejez, como lo hicieron De Sica en Umberto D, Ozu en Cuentos de Tokio, Bergman en Fresas salvajes y Saraband, y Payne en Nebraska, todas ellas miradas profundas y honestas sobre esa última etapa de la vida, que no debe ser solo triste y oscura, sino que también debe haber cabida para otros menesteres, como la alegría, el amor y la fraternidad, quizás hacer una película ahora mismo como 100 días con la Tata es ante todo, una forma de revolución, ahora que estamos asistiendo a una sociedad muy enferma, vacía, que hace culto a lo joven y la apariencia, olvidando a sus mayores y dejando de lado toda esa sabiduría y humanidad que les pueden ofrecer los ancianos, unas personas que sufrieron la guerra, la dictadura y han sacado adelante a sus familias y vidas a pesar de todos los pesares, siendo la parte esencial de luchas y reivindicaciones de todos los privilegios y comodidades de las que disfrutamos hoy en día, y que de seguir así, tan ensimismados y estúpidos en el yo, los estamos perdiendo y todo parece indicar que para siempre, aunque tengamos algo de ilusión, porque personas como la Tata o Miguel Ángel así lo demuestran, porque cuando hay amor sincero y de verdad, todos los problemas que vendrán se verán y encararan de otro forma y sobre todo, con firmeza, honestidad y juntos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Bustamante

Entrevista a Ana Bustamante, directora de la película «La asfixia», en el marco de la Mostra Internacional de Films de Dones. Documentalistas Latinoamericanas., en los Cinemes Girona en Barcelona, el viernes 7 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Bustamante, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anne Pasek de Comunicación de la Mostra, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Apples, de Christos Nikou

LA NUEVA IDENTIDAD.

“Me pregunto si la identidad personal consiste precisamente en la posesión de ciertos recuerdos que nunca se olvidan”.

Jorge Luis Borges

En el hermosísimo plano que cierra la magistral Primavera tardía (1949) de Yasujiro Ozu, en el que observamos como el anciano Shukichi pela pacientemente una manzana, metáfora de la inminente soledad que le espera después de la ruptura con su hija Noriko. El mismo sentimiento recorre la existencia de Aris cuando hace la misma acción, una soledad de alguien que no recuerda quién es. Dos almas solitarias que, en circunstancias completamente diferentes, deben hacer frente a lo que son sin el amparo de alguien a su lado. Muchos conocemos la trayectoria de Christos Nikou (Atenas, Grecia, 1984), por la excelente acogida internacional de KM (2012), un cortometraje que protagonizaba Aris Servetalis, y de sus trabajos como ayudante de dirección con Yorgos Lanthimos en Canino (2009), y con Richard Linklater en Antes del anochecer (2013). Para su opera prima, el cineasta griego nos sitúa en una sociedad muy parecida a la nuestra, en la que imagina una pandemia que ha afectado en la memoria de la mayoría de ciudadanos, una dolencia que ha provocado amnesias masivas en la población.

Apples («Manzanas», en el original), con un guion que firman Stavros Raptis y el propio director, y tiene a la gran actriz Cate Blanchett como productora ejecutiva, nos sitúa en el aquí y ahora de la existencia de Aris, interpretado por Servetalis, que vuelve a ponerse a las órdenes de Nikou, en un personaje del que solo conocemos su presente, no sabemos nada de su pasado, solo que no lo recuerda. La película se enfunda en clave de thriller psicológico, pero muy emocional, lleno de quietud y pausa, donde un equipo de médicos ha diseñado una serie de actividades muy curiosas y rutinarias para que los pacientes aprendan o mejor dicho, reconstruyan su “Nueva identidad”. La película navega de forma transparente y natural por el drama íntimo, la comedia negra, el romanticismo, la ciencia-ficción, y el citado thriller, y la atemporalidad como marco muy identificable, creando una atmósfera fría, grisácea y surrealista en muchos tramos, una excelente cinematografía que firma Bartosz Swiniarski, donde destaca el formato 4:3, en la que hay cercanía pero también frialdad, y el preciso trabajo de montaje de Giorgos Zafeiris, y la música de Alexander Voulgaris, y el añadido de las canciones rockeras americanas que alimentan ese aspecto de no tiempo y no sociedad que tanto se busca, después del apocalipsis al que se han enfrentado del que nosotros solo conocemos sus traumas y consecuencias.

Apples ni reniega ni escapa de los marcos psicológicos y extraños de muchas de las películas surgidas de Grecia en la última década como las dirigidas por el citado Lanthimos, Xenia (2014), de Panos H. Koutras, Chevalier (2015), de Athina Rachel Tsangari o Love me Not (2017), de Alexandros Avranas, entre otras. Un cine pegado a lu realidad más inmediata de la catástrofe económica de su país, pero con propuestas, formatos y texturas propias del cine de género, construyen todo un discurso sobre los males ancestrales de la sociedad, y sobre todo, las terribles consecuencias en los habitantes. Otro elemento extraordinario de Apples, como ocurre en todo el cine griego actual, es su trabajado y formidable reparto, empezando por su inolvidable protagonista, el mencionado Aris Servetalis, al que habíamos visto en Alps (2011), de Lanthimos, en un rol de tipo perdido, con esa barba frondosa, y esa ropa tan corta, con esos movimientos mecánicos, convertido en una especie de espectro automatizado, realizando con exactitud y voluntad todas las actividades rutinarias, con esas fotografías Polaroid, a la vez que divertidas e inquietantes.

A su lado, Sofia Georgovassilli como Anna, la mujer con el mantiene una relación que no logramos definir, ni falta que le hace, y luego, dos de los encargados del método médico como Anna Kalaitzidou, que ya estuvo en Canino, y Argyris Bakirtzis. Nikou ha construido una película con carácter y humana, que bucea en los laberintos imposibles de la mente humana, pero no a partir de la explicación, sino de la acción, una acción emocional y también, física, adentrándose en la irracional condición humana, huyendo completamente de la identificación del espectador, sino generando sensaciones y emociones contradictorias en el público, tendiendo ideas y reflexiones muy reveladoras para los tiempos de pandemia que estamos viviendo, y esa idea malvada y alineadora del gobierno, la de llenar de actividades rutinarias a los amnésicos, no para que recuerden la vida de antes, sino para que se construyan una nueva, una que sea más manejable para el poder, porque lo que la película deja muy claro que, a pesar de todo lo ocurrido, la amnesia es solo una desesperanzadora metáfora de una sociedad que no cambiará, y seguirá generando muchos pacientes con problemas mentales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA