Las plantas, de Roberto Doveris

las-plantas-posterLA INVASIÓN DE LOS CUERPOS.

“Todo se detiene, el tiempo se paraliza. Es hora de dormir, es tiempo de soñar. Porque nadie puede estar despierto hoy. Nadie puede ser testigo de lo que va a ocurrir aquí. Nada puede detener lo que está predestinado. La fiesta nacional el sueño ha comenzado. Todos duermen en Buenos Aires, menos nosotras, las plantas nocturnas. Llegué un poco tarde a la fiesta. Así que esto era la fiesta nacional del sueño? Todos duermen. Aviones de guerra. Que hacen acá? Nosotros estamos en medio de todo es y juntos somos únicos, somos únicos…”

Florencia tiene 17 años, acude al instituto y es un amante del anime y del baile que ensaya con un par de amigos. Además, visita a su madre hospitalizada y cuida de su hermano vegetativo. La existencia de la adolescente es cotidiana, aburrida y solitaria, las visitas de sus amigos apenas llenan el vacío de una vida no completa, en la que sus familiares ausentes, por un lado, y una casa con jardín, vacía y casi sin vida, por el otro, no acaban de completar la falta que tiene la vida de Florencia.

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El cineasta Roberto Doveris, natural de Chile, aborda en su primer largometraje, un tiempo de transición, un tiempo de cambios, de descubrimiento, en el que Florencia pasará de ser una niña a coger las riendas de su vida y sobre todo, su cuerpo y sexualidad, afrontando los retos de cuidar de un hermano inerte, y de experimentar con sus deseos más íntimos, como vía de escape de esa existencia en el que las horas parecen pesar y los días se mantienen quietos, parados, como si el tiempo hubiera pasado de largo de su vida. Doveris plantea un relato íntimo y cercano, en el que las acciones repetitivas de sus trayectos al instituto, las horas compartidas con sus amigos, o las salidas con éstos, forman parte de algo que no acaba de hacer sentir a Florencia lo que debería. Doveris filma todos estos momentos desde la distancia, con planos y encuadres no frontales, siempre desde una perspectiva en la que los objetos o la poca luz invaden el espacio, como si fuésemos testigos ausentes de esa vida que ya no avanza, que se ha quedado detenida. Florencia descubrirá en internet, y a través de chat calientes, una forma de ser ella misma, de penetrar en un mundo oculto, donde dejarse llevar por sus deseos íntimos, en el que los jóvenes se masturbaran ante ella, a través de un cristal, sin atreverse a abrir la puerta y tocarse, ir más allá, dejarse llevar por un mundo que le atrae, pero también, le produce inquietud.

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El cineasta chileno nos cuenta su cinta de manera pausada, sin sobresaltos ni estridencias, siguiendo a su criatura, el drama, que lo hay, es sutil y preciso, planteando una película que coquetea con lo social, el género fantástico, a través del universo paralelo que se plantea a través del cómic, una aventura en la que las plantas poseen el cuerpo de los humanos, algo así como ocurría en el clásico de serie B, La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), en que la ficción es capaz de producir lo que la realidad no admite, en el que el estatismo de su vida, de su casa y su hermano, adquieren vida y movimiento. Doveris ha construido una película iniciática, con el aroma de Verano del 42  o No amarás, pero con la salvedad que aquí el objeto de deseo no  es una mujer, sino un hombre, aquí es la niña-mujer (magnífica la interpetación de la joven Violeta Castillo, que a través de su mirada, su rostro y su cuerpo se convierten en el motor del relato) que experimenta su sexualidad, a través de esos encuentros en los que muestra su cuerpo y sus partes sexuales, experimentando un mundo a través del juego de la seducción y la pasión, en el que descubrirá un mundo nuevo, un mundo en el que las cosas pueden ser de otra manera, en el que la realidad no cuesta tanto, en el que su entorno parece con otro color, más vivo, más suave, en la que los sentidos adquieren su protagonismo, apartándose de esa realidad gris y oscura, y demasiado triste.


<p><a href=»https://vimeo.com/195323832″>Las Plantas</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmburo»>Film Bur&oacute;</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Callback, de Carles Torras

callback_poster_cas_70x100SER UNO DE ELLOS.

«¿Te sientes cansado? ¿Estás decaído?

La solución a tus problemas no es huir de la ciudad.

Esta aquí, en esta lata.

Bebe Mega Boost y te sentirás bien».

El artista pop Andy Warhol acuñó la frase: “En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos”, término que se ha convertido en el estandarte de muchísima gente, que dedica su vida para conseguir ese momento, de fama, de celebridad, de conseguir agradar a todos y convertirse en una especie de imagen a la que imitar y seguir, y si hay un país que continuamente vende ese mito es EE.UU., sus líderes propagan su discurso nacionalista de que su nación es la tierra prometida, la tierra de las oportunidades en la que cualquier persona, sin importar su condición, raza, sexo o religión puede conseguir lo que se proponga. Ese éxito de popularidad, fama y dinero que sacará de su vida al looser para convertirse en un triunfador.

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El cineasta Carles Torras (Barcelona, 1974) en su cuarto largo, explora ese mundo a través de la figura de Larry de Cecco, un inmigrante latino que se gana la vida como mozo de mudanzas, introduciéndose en casas y vidas ajenas, espacios a los que aspira, a esa vida soñada que le proporcionará su sueño de convertirse en actor profesional de anuncios publicitarios, a los que acude con asiduidad. Torras sigue centrado en ese mundo de lobos solitarios y seres de difícil adaptación en una sociedad vertiginosa y deshumanizada, como los jóvenes de buena familia que acababan cruzando el lado tenebroso y cometiendo abusos a los demás en un mundo dominado por drogas, sexo y dinero, en Joves (2004, filmada junto a Ramón Térmens), en su segundo largo Trash (2009) indagaba en las relaciones personales superficiales de usar y tirar y la banalidad del amor de nuestro tiempo, en su tercer trabajo, da un giro a su carrera y filma Open24h (2011), un minucioso ejercicio minimalista en blanco y negro sobre la dura existencia de un vigilante nocturno y su vida miserable.

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Todos ellos, seres inadaptados, tipos con serios problemas de aceptar un mundo al que no consiguen pertenecer, un mundo demasiado alejado de su percepción, tipos abocados a la miseria moral y al borde de la locura en todo momento. Larry de Cecco (magníficamente interpretado por el chileno Martín Bacigalupo, coguionista del filme, un personaje que fascina y aterra a partes iguales) es uno de esos tipos, como podrían serlo aquellos cowboys que se negaban a aceptar la velocidad y los cambios de una sociedad que no los admitía y los convertía en proscritos, o los Travis Bickle que volvían del infierno de Vietnam y tampoco lograban ser uno más en esta vorágine social que miraba hacia otro lado ante las injusticias y la pobreza. De Cecco lleva una vida aparentemente normal, pero sólo en apariencia, su vida, sencilla y humilde, se mueve de un lugar a otro, haciendo todos los posibles por seguir su sueño y convertirse en ese actor que tanto ansía, pero la cruda realidad de mozo de mudanzas, un trabajo para ir tirando, con un jefe antipático y rudo, que no le tenderá la mano cuando lo necesite, o la chica que se hospeda en su casa, y a la que De Cecco parece ver en ella algo más, y también, se tropezará con ese muro que brilla pero que encierra una realidad dura, triste y fría.

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Torras, junto a su equipo ha levantado un proyecto cooperativista que rezuma al cine independiente americano que ha sacado la mugre de debajo de la alfombra, criticando las miserias de una sociedad demasiado tradicionalista y ultraconservadora, como esas proclamas salvajes y falsas que escucha nuestro protagonista en las sesiones sicóticas de la iglesia evangélica a las que asiste para ser uno como ellos. Un retrato social y político, disfrazado de thriller psicológico, sobre el verdadero rostro de muchos que llegados de otras partes del mundo más desfavorecidas acaban en la ilegalidad de un país que vende humo y ficciones de luces de neón, que entran bien por los ojos, pero salen por las cloacas de la inmoralidad. La fotografía de tonos grises y apagados en un Nueva York alejado de la postal, obra de Juan Sebastián Vásquez (habitual de Torras) refuerza ese mundo de apariencia, de irrealidad, de pesadilla en el que se encuentra De Cecco, alguien que rechaza sus orígenes, porque su vida se ha convertido en un triunfo sólo por estar allí y querer ser uno de los americanos blancos, bien pensantes, ignorantes, nacionalistas y conservadores, que no solamente ama y cree en su país, sino que lo pone como ejemplo ante el resto del mundo.

Toni Erdmann, de Maren Ade

1481631771-cartel-toni-2LA SONRISA AMARGA.

Winfred Conradi es un sesentón singular, bromista y solitario, que se gana la vida como maestro y lleva una vida cotidiana, entre las visitas a su madre octogenaria que no lo soporta y poco más. Aprovechando que Ines, su única hija, ahora convertida en ejecutiva agresiva, vive en Bucarest, decide ir a visitarla. La repentina aparición del padre, no gusta nada a la hija, que lo despacha como puede sin hacerle mucho caso, pero el padre, le pregunta: ¿Si es feliz? a lo que la hija se muestra incapaz de responder. De esta manera, reflexionando sobre esta cuestión sencilla, pero compleja a la vez, se abre la tercera película de Maren Ade (Karlsruhe, Alemania, 1976) que sigue explorando el universo femenino actual, como en sus anteriores trabajos. En su debut, que llevó por título Los árboles no dejan ver el bosque (2003) retrataba a Melanie, un joven profesora rural que llegaba a un instituto al que no lograba adaptarse y menos aún, relacionarse con los demás. En la siguiente, en Entre nosotros (2009) describía a una joven pareja en un viaje aparentemente idílico, que a raíz de un encuentro con otra pareja, su relación se convertía en una serie de desencuentros y hastío difíciles de resolver.

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Ade pone el foco en lo femenino, en mujeres que gozan de un gran reconocimiento profesional, pero completamente solitarias, amargadas e infelices en lo emocional. Mujeres competitivas, fuertes e implacables en los negocios, pero que no logran entenderse y menos relacionarse con naturalidad con los demás fuera de ese ámbito. Su nueva heroína, la seria y atractiva Ines Conradi, apenas habla con su padre. Su vida gira en torno a su trabajo, a convertirse en la mejor en lo suyo, en un mundo dominado por hombres, dejando apartada a su familia y todo lo que representa. El padre, viendo la poca afectividad de su hija, no vuelve a Alemania, y se presenta en los ambientes laborales de su hija, pero convertido en otra persona, en el enigmático y envolvente Toni Erdman – personaje deudor del Toni Clifton creado por el gran humorista del no humor Andrew Kaufman, fallecido en 1984-  un tipo disfrazado con una peluca de melena y unos dientes postizos que dejan entrever su generosa dentadura, y utiliza saquitos de pedos, y demás articulos de broma. El padre, siendo otro, se introduce en la vida de Ines, en la Ines de los negocios, en la mujer seria y etérea con el objetivo de triunfar en su carrera profesional, con el objetivo de conocerla mejor y aliviar esa carga que la impide ser feliz.

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Ade nos cuenta su película de forma cómica, disfrazando la compleja y distante relación entre padre e hija, en una comedia de aroma clásico, como las “screwall comedy” del Hollywood de antaño, en las que vagabundos se hacían pasar por mayordomos, enamoradas alocadas hacían lo imposible por seducir al galán o actores inseguros se paseaban por las calles disfrazados de Hitler, comedias que tuvieron su continuidad en el universo de Billy Wilder, como aquella en la que un gendarme parisino se disfrazaba de gentleman para soportar los dispendios de su amada prostituta. Aunque también, como sucede en las buenas comedias, hay amargura en unos personajes que han dejado de ser ellos para convertirse en lo que odiaban. Ade ha hecho una película de 162 minutos que parece más corta, introduciendo todo tipo de situaciones que van desde la comedia más delirante, con situaciones rocambolescas, absurdas y surrealistas, hasta el drama más cotidiano, aquel en el que nos miramos al espejo y no somos capaces de encontrarnos a nosotros mismos, como si la imagen que teníamos de nosotros hubiera desparecido, y ahora viésemos a un extraño, a alguien que no nos define y tampoco sabemos quién es realmente. Ade nos construye una tragicomedia dura y tierna, sencilla y compleja, divertida y triste, y todo para contarnos la relación de un padre y una hija, solitarios los dos, seres que han perdido el amor que se tuvieron en la infancia, y que ahora el distanciamiento y sus vidas los han convertido en otras personas, sobre todo a Ines.

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Winfred convertido en Toni Erdmann convierte el juego “del otro” en un intento de acercamiento a su hija, en recuperar a la niña que fue, a la hija que dejó Alemania, a esa persona, que ni ella misma recuerda, en el que la propia Ines, queriendo resistir y aprobar su vida, ante la aparición de su padre, entra en este juego, en este baile de máscaras, en el que se mezclan momentos delirantes con otros más amargos, para ahuyentarlo y sacarlo de su vida, creyéndose que su vida es  la que siempre quiso. La cineasta alemana construye una película viva, inteligente, y apasionada, de sublime capacidad para la comedia más hilarante con momentos sensibles, sin caer en ningún momento en la autocomplacencia, filmando su película a través de una imagen realista, pero sin inmiscuirse, sin juzgar a sus criaturas, dejando libertad al espectador, conmoviéndonos desde la intimidad y la sutileza de la cotidianidad, creando una película que le sirve para hablar de un padre y una hija, que representan las diferentes generaciones, entre ese mundo capitalista deshumanizado, en el que el país rico, Alemania, compra al pobre, Rumanía, en el que todo vale para conseguir los objetivos económicos, que representa la hija, frente al padre, un hombre tranquilo y sencillo, que desaprueba la vida siniestra de su primogénita, representa a lo humano, la lucha por la libertad y las desigualdades sociales.

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Un pareja en estado de gracia, en el que la magnífica composición de Peter Simonischek como padre, siendo Toni Erdmann, ese ser fantástico, que parece de la nada, que convierte cada instante en una broma, y que no parará hasta que su hija deje de mirarse el ombligo para ser quién fue, con valores y sencillez, y frente a él, Sandra Hüller dando vida a Ines, la hija, metida en su burbuja, que hasta sus ratos de ocio y sexo los toma como reuniones de trabajo, en los que siempre hay que estar correcta y sumisa a sus jefes, en que las relaciones, el deseo y la pasión se han vuelto frías y vacías. La mirada de Ade de la Europa actual es despiadada, demoledora y triste, en el que el continente se divide entre terribles insjusticias sociales, entre unos ricos, que se mueven en ambientes exclusivos, sin relacionarse con los autóctonos, sólo lo hacen para decidir sobre sus empleos y otras maneras de producción que conllevarán a despidos y precariedad (como la secuencia de la extracción dibujada entre el terror y lo siniestro). Ade consigue arrastrarnos a su comedia amarga, a una obra que nos hará reír a carcajadas, con secuencias memorables (como la del disfraz de Kukeri, una tradición búlgara para ahuyentar a los malos espíritus, en la peculiar fiesta de cumpleaños de Ines) con otros momentos de amargura y tristeza, en el que los personajes, idiotizados en sus trabajos competitivos, han olvidado su humanidad, y sobre todo, su incapacidad para el amor en aquellas personas cercanas que las quieren.

Proyecto Lázaro, de Mateo Gil

proyecto_lazaro-cartel-7111UN HOMBRE SÓLO.

Marc Jarvis se despierta en el año 2084, después de haber estado muerto durante 70 años. Un grupo de científicos le explica que se trata del primer ser humano resucitado de la historia. Con este arranque tan espectacular, se inicia la cuarta película de Mateo Gil (Las Palmas de Gran Canaria, 1972) que incide en los temas que más ha explorado en su carrera: el thriller psicológico (en el que se acentúa el universo emocional de los personajes de forma sobria, oscura y contundente, un cuidado diseño de ambientes cotidianos con apariencias artificiales que convierte el escenario en metáforas a medio camino entre la realidad y el sueño, tramas que inciden en la compleja relación de los personajes, y sobre todo, el protagonista, un ser perdido y cansado, que le cuesta encajar en el mundo que le rodea, y frente a él, un antagonista, que actúa como espejo transformador, que lo domina y somete a su voluntad. Proyecto Lázaro, película de diseño primoroso, tanto en esfuerzo de producción (filmada en Tenerife en 7 semanas y con un equipo técnico principalmente de aquí) como en su temática, en la que investiga la siguiente cuestión: las consecuencias, tanto positivas como negativas, de resucitar a alguien en otro tiempo y en otro lugar, muy diferente al que la persona conoció en su vida.

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Gil se decanta por un relato de ciencia-ficción, pero no con las moderneces de ahora, repletas de efectos digitales, tramas enrevesadas imposibles de seguir y llenas de persecuciones sin fin. El realizador canario huye de todo eso para construir un relato de exquisita textura, de laberíntica estructura, con innumerables saltos en el tiempo, en la que hay ciencia-ficción, claro está, pero teniendo presente la más ferviente actualidad, con el espíritu de los clásicos, como metáfora para describir la sociedad en la que vivimos, también, thriller del bueno, del que se sumerge en los laberintos oscuros de la mente del protagonista, lanzando muchas preguntas que será el espectador que tendrá que responder, cine de género, en el que las cosas van sucediendo dentro de una mise en scéne minimalista, en la desnudez de elementos y espacios, en el que existe un juego estético de colores y artificialidad que ayuda a la película de forma estupenda, creando ese universo irreal, fantástico y de pesadilla que envuelve al protagonista. Hay también reflexión sobre la posición de la ciencia en su trabajo y la forma de plantearlo, las consecuencias humanas de sus experimentos y la validez de sus estudios.

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Gil nos conduce a través de la mirada de Marc Jarvis, el joven apuesto y diseñador de éxito que, un cáncer de garganta, lo aparta de su vida, y sobre todo, de Naomi, su amor. Esperanzado en recuperar su vida, ahora que la enfermedad la va a extinguir, opta por la crionización, para que en un futuro la ciencia logre resucitarlo y así tener una vida que ahora es imposible (planteamiento parecido a la película Abre los ojos, de Amenábar, en la que Mateo Gil fue coguionista, en la que su protagonista, César, amargado por su aspecto físico, recurría a la crionización, aunque éste vivía un sueño virtual de consecuencias desastrosas, en ésta, la cosa va por otros derroteros, preguntándose qué sucedería si el sujeto en cuestión se despertase siete décadas después). Gil es un cineasta de atmósferas, la realidad sufre una metamorfosis en su cine, creando universos paralelos, en la que se crea mundos que parecen de otro tiempo y lugar, con sus propias reglas, ya sea en la Sevilla postexpo, en plena Semana Santa, en la que un pirado con delirios de grandeza se dedicaba a jugar y asesinar en un macabro juego en el que su compañero de piso era su objetivo, o en los desiertos sudamericanos que servían de escenario para que un pistolero viejo y proscrito se intentase esconder de su salvaje perseguidor, y en ésta, en la que sólo conoceremos el futuro a través de los grandes ventanales de la empresa donde está recluido el protagonista, un mundo cerrado, más parecido a una cárcel, en el que Jarvis volverá a nacer y sobre todo, a darse cuenta en quién se ha convertido, y que desea en esta nueva vida, llena de recuerdos de la anterior.

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Un casting internacional para una producción filmada en inglés, entre los que destacan Tom Hugues, intérprete británico visto en varias series, que encarna al bello y atormentado protagonista, a su lado, Elizabeth, su cuidadora, guía y amante, más parecida a las fembots de Blade runner o Eix-machina, que da vida la actriz canadiense Charlotte Le Bon, el jefe de los científicos, el Dr. West, con sus aires de Dr. Frankenstein, y su trabajo paranoico para conseguir sus objetivos cueste lo que cueste, interpretado por el actor Barry Ward, que se ha podido ver en películas de Loach o Winterbottom, y finalmente, la “otra”  chica de la cinta, Naomi, el amor de su vida, el inmortal, el que parece que nunca morirá, interpretado por Oona Chaplin, de extraordinaria frescura y magnetismo, de apellido ilustre y vista en Juego de tronos, y la estimulante presencia de Julio Perillán. Un grupo de técnicos de reconocido prestigio como el músico Lucas Vidal (Nadie quiere la noche o Palmeras en la nieve, que le valió varios premios) el cinematógrafo Pau Este Birba (Buried, Hermosa juventud o Caníbal) o el montador Guillermo de la Cal (con Claudia Llosa y Balagueró) completan la terna de una producción que se aleja de las producciones de género al uso estadounidense, para centrarse en la imaginación de novelistas expertos en la materia como Philip K. Dick o Arthur C. Clarke, o en el aroma de cintas de los años 60 o 70, como THX 1138, Cuando el destino nos alcance o Almas de metal… o más actuales como Gattaca, Minority Report, Moon… Cine de ciencia-ficción, cine de terror psicológico, donde importa mucho más el interior de los protagonistas, sus complejidades y sobre todo, su soledad, ese aislamiento, tanto físico como emocional, en los que se ve inmerso, en un mundo ajeno, como le ocurría al desdichado monstruo de Frankenstein, un mundo que ya no reconoce ni es reconocido, ni tampoco encuentra la forma de hacerlo, un mundo lleno de peligros, de tristeza y oscuridad infinita.

La tortuga roja, de Michael Dudok de Wit

clickEL MISTERIO DE LA VIDA.

Había una vez un hombre, del que desconocíamos su procedencia, que naufragó en una isla tropical. Allí, en ese lugar inhóspito, con la única compañía de animales, vegetación y rodeado de agua, sobrevivivió a duras penas alimentándose de pescado y frutos, aunque su verdadero propósito era abandonar el lugar a bordo de una embarcación construida por él mismo, pero sus esfuerzos resultaron vanos, porque ya en alta mar, se encontraba con una tortuga roja que le destrozaba la balsa impidiéndole avanzar. La puesta de largo del cineasta Michael Dudok de Wit (Acoude, Países Bajos, 1963) mantiene los conceptos ya explorados en sus anteriores trabajos: la nostalgia y la eternidad (un guion firmado con Pascale Ferran , responsable de Pequeños arreglos con los muertos, Lady Chatterley o Bird People, obras de prestigio en los ambientes autorales) además de una animación sencilla y poética, compuesta de trazo limpio y formas reposadas, que estructuraban sus obras predecesoras y premiadas: Le moin et le poisson (1996) galardonado con el César, nos hablaba de las desventuras de un monje intentando capturar un pescado, y en la siguiente Father and Daughter (2001), que se llevó el Oscar al mejor cortometraje de animación, el relato giraba en torno a una niña que se convierte en mujer y hace su vida, aunque nunca podrá olvidar el recuerdo hacía su padre que se marchó en un barco siendo ella pequeña.

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En su primer largo animado Dudok de Wit tiene el mejor de los compañeros de viaje, la coproducción del prestigioso Studio Ghibli, en su primera coproducción europea (Fundado en 1985 por Hayao Miyazaki e Isao Takahata con una filmografia de órdago en el campo de la animación con títulos ya clásicos como La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro o La tumba de las luciérnagas…, películas construidas a través de una animación artesanal de magnífica composición, tanto de formas como colores, dotadas de una infinita  imaginación, en el que conviven de forma natural el mundo más cotidiano y sus fantasmas con la fantasía más bella y poética, en la que transmiten valores humanos como la amistad, la tolerancia hacia los demás, y el respeto hacia la naturaleza y todo aquello que nos rodea. La tortuga roja se alimenta de todos estos valores, además de recoger la tradición de la animación francesa de los 70 y 80,  de René Leloux (El planeta salvaje o Los amos del tiempo), y las recientes El secreto del libro de Kells (Tom Moore, 2009) o Ernest & Célestine (2012), para conseguir una fábula atemporal, una alegoría humanista y bellísima sobre la vida, el tiempo y los ciclos vitales.

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Construida a través de un dibujo artesanal, que apenas ha recurrido a lo digital, que se mueve entre la luminosidad de colores por el día, y una luz velada para las noches dibujadas en blanco y negro, consigue una conjugación absorbente y veraz de los sonidos de la naturaleza, como el viento, el mar y los animales, centrándose en los detalles más ínfimos, componiendo una sinfonía muda, en la que se han evitado los diálogos con el fin de centrarse completamente en la naturaleza y sus sonidos, envolventes y realistas que ayudan a componer la poética del film, en la que destaca una score de grandísimo nivel obra del compositor Laurent Pérez del Mar, una música de melodías finas y rítmicas que envuelven la historia en una majestuosa poesía de formas, colores y sonidos que nos transportan a otro mundo, aquel en el que todo puede suceder, a un mundo mágico, un universo de sueños, en el que cohabitan de manera natural hombres, naturaleza, animales y espíritus, ya sean reales o mitológicos, en el que todos y cada uno de los seres vivos funcionan a la par en un organismo vivo y en continuo movimiento y cambio. La estructura lineal y circular nos invita no sólo a ser testigos de la deriva emocional del náufrago que, a pesar de sus intentos arduos de abandonar la isla, no consigue su objetivo y deberá enfrentarse a un ser, la tortuga roja, al que no puede vencer y no tendrá otro remedio que resignarse a esa fuerza de la naturaleza que parece condenarlo a su soledad.

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El cineasta holandés compone un poema de connotaciones universales, del que no conocemos casi nada, ni el origen del hombre ni en que lugar del mundo en que se encuentra la isla, sólo sabremos su periplo vital, y las situaciones en las que se vera inmerso, y sobre todo, el mundo interior del naufrago, con sus alegrías y tristezas, sus miedos, y cómo afectan a sus emociones sus vivencias a partir de su encuentro mágico con la tortuga. Dudok de Wit nos propone un viaje sobre el alma, una obra de maravilloso prodigio visual, sobre el destino de cada uno de nosotros, de todo aquello que somos y todo lo que nos rodea, de todos los seres, tanto animales como vegetales, que forman nuestro universo, incluso aquellos microcosmos que se muestran invisibles ante nosotros, pero si nos acercamos a ellos y los miramos con detenimiento, podremos no sólo descubrir más cosas, sino descubrirnos a nosotros mismos, admirando nuestras virtudes y siendo benévolos con nuestros defectos.

 

Diarios de Kandahar, de Louie Palu y Devin Gallagher

poster_castLA GUERRA EN PRIMERA PERSONA.

«23 de septiembre de 2010. Otro día en Kandahar. Ahora debo concentrarme. Piensa en el encuadre. Piensa en cada lado del rectángulo. Concéntrate en el en encuadre. Mantén la calma bajo el fuego. concentra tu emnte. reconoce el peligro… y trabaja. Todo pasa tan rápido… Debo controlar la mente. Relájate y haz la foto. No debo dejarme dominar por la situación. Debo controlar lo que hay dentro de mi recuadro. Mirar más allá de lo literal. Mantén la calma. Piensa en el rectángulo. Debo buscar la inspiración. Serenidad bajo el fuego. Que no te supere la velocidad de la situación. Repite. Rectángulo, composición. Vuelve a lo básico.

Louie Palu

La Guerra Civil espanyola fue la primera contienda bélica que conoció todo el mundo a través de todos los profesionales que vinieron a cubir todo lo que allí sucedió. Los Robert Capa, Gerda Taro y David Seymur, entre muchos otros, agarraron sus equipos fotógraficos y dispararon para capturar todo el horror que sus ojos vieron. Desde esa guerra y las siguientes que llegaron, la guerra, como la conocíamos, a través del arte, quedo relegada a un segundo termino, ahora, las guerras iban a ser conocidas y presentades al mundo en primera persona, a través de la mirada de un profesional que la vivia en su cotidianidad, mostrándonos los detalles y la íntimidad del horror.

While under fire Afghan soldiers move a comrade to safety after he was hit by shrapnel from rocket fire in a fire fight during an operation in the Makuan area in Zhari District, Kandahar Province, Afghanistan. From the documentary film Kandahar Journals. www.kandaharjournals.com photo Louie Palu/ZUMA Press ©

Louie Palu (Toronto, Cánada, 1968) reconocido fotógrafo con más de un cuarto de siglo de experiencia en temas políticos y sociales, estuvo trabajando en Kandahar (Afganistán) durante cuatro años, los que van desde el 2006 al 2010, disparando su cámara y documentando todos los desastres de una guerra fraticiada que arrancó con el ataque a las torres gemelas de Nueva York en septiembre del 2011, y la estimable ayuda del experimentado documentalista Devin Gallagher construyen un trabajo desde la íntimidad y el relaismo de la cotidianidad de la guerra, filmando a un grupo de soldados aliados destinados en Kandahar, punto estratégico del país y epicentro de la guerra contra los talibanes. Palu, en su primera incursión como director, provisto de una videocámara, y con la idea de capturar las imágenes que se quedan fuera de la fotografía, sigue a los soldados, como uno más, descansando después de días exhaustos de caminatas, esquivando los disparios de los enemigos, inspeccionando las casas de los habitantes, hablando con ellos, y filmando, de manera amateur y directa todo lo que allí acontece.

Still photography for documentary film Kandahar Journals. Medics treating wounded Afghan civilians in a frontline trauma room in Zhari District, Kandahar, Afghanistan. From the documentary film Kandahar Journals. www.kandaharjournals.com (Credit Image: © Louie Palu) For use in film reviews to do with Kandahar Journals only.

Paul y Gallagher muestran la guerra con sus contrastes, la nula visibilidad del enemigo (que parece un ente invisible, como si no existiese, sólo escuchamos sus disparos y lo que el suboficial canadiense nos cuenta), los desastres que sufren los afganos, y el continuo conflicto entre el poderoso y el débil. El documento, muy alejado de la idea sobre la guerra de los medios occidentales, más interesados en el espectáculo y hacer creer a los espectadores que el enemigo es muy poderoso y hay que combatir con las armes más sofisticadas para exterminarlo, toda esa superficialidad queda suprimidad en la película. Nos muestra la guerra como es, sin trampa ni cartón, con toda su crudeza y su sin razón, y sobre todo, el negocio canalla y deshumanizado en que se ha convertido, una excusa para eliminar a esos “témidos terroristas Internacionales” que sirve a los paises ricos a augmentar su riqueza con el negocio vil de las armas.

A wounded soldier in a medevac helicopter after a night raid, Zhari District, Kandahar, Afghanistan. 2010 20 X 24 inch pigment print. Photo © Louie Palu FOR EXHIBITION REVIEWS ONLY. NO OTHER EDITORIAL USE PERMITTED. www.louiepalu.com

Palu no sólo muestra las imágenes, sino que también reflexiona sobre ellas y su trabajo, generando un discurso contradictorio, porque empujado a dar visibilidad para que el mundo sepa que sucede, a su vez, tropieza con el nulo desinterés y desinformación por parte de los estadounidenses y el mundo occidental por conocer la verdad, una triste realidad que parece ser que a nadie le importa. Palu y Gallagher huyen del maniqueismo, de la idea de Buenos y malos, que por otra parte, sería un punto flaco a su propuesta. Los cineastas se muestran críticos con las políticas Internacionales de sus paises, y su documento muestra todo el bullició bélico que se respira en Kandahar, los soldados de diferentes paises que deambulan en busca y captura del enemigo, los afganos inmersos en un conflicto que mata algunos y dificulta la vida a otros, escarbando cada distrito y rincón de la ciudad, incluso, se introduce en el hospital de campaña, donde se atiende a los heridos de los continuos ataques y atentados suicidas que se producen. Una cotidianidad sangrante y malvada, difícil de olvidar, para un profesional como Palu que lleva tantas guerras encima.

Mimosas, de Oliver Laxe

mimosas-cartelLA ETERNIDAD NOS ESPERA.

“Si tú lo haces bien, yo lo haré mejor”

Una caravana de hombres a lomos de caballos y mulas atraviesan las escarpadas y áridas montañas del Atlas marroquí para llevar a cabo la última voluntad de un patriarca cheikh que quiere morir junto a los suyos en Sijilmasa. Entre ellos, viajan Ahmed y Saïd, dos buscavidas esperando su oportunidad, pero, el anciano muere antes, y deciden a hacerse cargo del transporte, tras previo pago, aunque desconocen el camino, aunque contarán con la aparición de Shakib. La segunda película de Oliver Laxe (París, 1982) mantiene el espíritu de libertad creativa de su anterior obra, Todos vós sodes capitáns (2010), en la que a través de un híbrido entre ficción y documental, el propio cineasta filmaba su experiencia como responsable de un taller de cine con niños desheredados en Tánger.  En Mimosas, Laxe (nacido en París de padres inmigrantes gallegos, que estudió cine en Barcelona, vivió en Londres un período y establecido en Marruecos durante la última década) nos traslada a un mundo mágico, de leyenda, de mito, que sólo existe en el cine, en un viaje maravilloso y brutal sobre la fe, sobre alguien, Ahmed, que la ha perdido, que representa al hombre moderno, escéptico y envuelto en sus deseos y objetivos, sin importarle su alrededor.

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El cineasta gallego enmarca su película en un aura de misticismo y aventura que evoca a otros elementos, aunque sin llegar a pertenecer a ninguno de ellos,  como la obra de aventuras con espíritu clásico, al estilo de los Ford o Hawks, con ese aire mítico de las grandes travesías infinitas por el desierto, o las obras crepusculares de Peckinpack, Hellman, o Los tres entierros de Melquíades Estrada, de Tommy Lee Jones, donde sus protagonistas, desterrados de la sociedad civilizada, deambulan por un mundo salvaje ajeno, en el que de alguna forma acaban materializándose con su paisaje, o los retratos de personajes en continua incertidumbre espiritual como Nazarín, de Buñuel, los franciscanos de Francisco, juglar de Dios, de Rossellini, el pintor de Andrei Rublev de Tarkovski, el párroco de Diario de un cura rural, de Bresson, entre otras. Laxe desestructura su relato en tres posiciones del islam: ruku (inclinación), quiyam (erguida) y sajdah (prosternación), que definen también los tres tiempos que transitan por su historia: la actualidad, ubicado en la ciudad, con automóviles y hombres en busca de empleo, en el que conoceremos al personaje de Shakib (pura bondad, el que mantiene la fe, aunque con sus dudas), un segundo tiempo, situado en las montañas del Atlas (en el que parece un tiempo lejano, perdido en los ancestros, donde nos encontraremos con Ahmed (el hombre sin fe, el escéptico, el errante que ha perdido su alma y sólo vela por sus intereses) y un tercer tiempo, sin tiempo, un universo espiritual, en el que sólo el alma se manifiesta, lo más profundo de nosotros, un mundo en el que Shakib parece pertenecer, que traspasa de un lugar a otro, este hombre convertido en ángel, en un ser de otro mundo.

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Laxe impone un ritmo reposado y místico a su aventura, sus personajes se mueven entre caminos difíciles, descansan entre arroyos o el calor de una fogata nocturna, se miran entre ellos, discuten sus diferencias, en un tiempo indefinido, un tiempo detenido, sin anclaje, en un paisaje, de complejo tránsito y naturaleza tenebrosa, que acaba convirtiéndose en uno más, que adopta launa imagen protectora ante sus circunstanciales moradores, siguiendo sus caminares pesados, y envueltos en polvo y frío (como nos diría Aldecoa) con la única compañía de su sombra que los acoge sin dejarles ir, siempre a su vera, acariciándolos o torturándolos según se precie. Unos personajes perdidos en su interior, en continúa batalla con su espíritu, que deberán confiar en los otros para poder seguir caminando hacia su destino, aunque todavía desconozcan cual será. Una película que ahonda en un cine de colores, de formas e imagen, con la bellísima y pausada luz, entre velada y de sombras, de Mauro Herce (que ya se doctoró en la naturaleza ancestral de Arraianos o el blanco y negro rasgado de O quinto evanxeo de Gaspar Hauser), un montaje ágil y sereno de Cristóbal Fernández (una filmografía con títulos tan interesantes como el perdido, La jungla interior o Aita) y el sonido envolvente y físico de Amanda Villavieja (habitual de Guerín o Isaki Lacuesta e Isa Campo) y la magnífica aportación en el guión de Santiago Fillol (coautor del interesantísimo trabajo sobre la impostura Ich Bin Enric Marco).

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Laxe es un cineasta muy personal y particular en el actual panorama cinematográfico, que construye un cine fascinante e hipnotizador, que se mueve entre las sombras del alma y los designios del espíritu, a partir de infinidad de referencias culturales, políticas y religiosas de orígenes múltiples, de diversas identidades y raíces, para abordar un universo en continua transformación espiritual, en el que conviven los hombres con fe y sin fe, en el que se mueven la tradición y la modernidad, en el que todo es posible, en el que se evoca el misterio, lo inefable, el espíritu de cada uno de nosotros, de los demás y todo aquello que nos rodea, que tiene la inspiración sufí como guía para relatarnos este retrato sobre los hombres y sus circunstancias, sobre cómo vencer la pérdida a través de lo que somos y entendernos, y vivir con eso, con nuestras batallas interiores y descubrirnos y saber quiénes somos y hacia donde nos dirigimos, aunque desconozcamos el camino que debemos seguir.

Train to Busan, de Yeon Sang-ho

train-to-busan-34333-g3APOCALIPSIS A BORDO.

El clásico zombie La legión de los hombres sin alma, de argumento similar a El gabinete del Doctor Caligari, ya profundizaba en los efectos desastrosos producidos por la mente humana sobre los individuos, convertidos en indefensas ratas de laboratorio y expuestos a experimentar los resultados de experimentos terroríficos. Una década más tarde, en Yo anduve con un zombie, magistral aproximación al género a través de la magia negra y el vudú, ya dejaba constancia los efectos irreversibles en la conciencia de las almas. A finales de los 60, el género experimenta una revitalización formidable con La noche de los muertos vivientes, filmada con un irrisorio presupuesto planteaba los resultados desastrosos de unas radiaciones de un satélite convirtiendo a los seres en hordas asesinas a la caza de carne fresca, además de convertirse en una metáfora de la segregación racial en EE.UU. y la guerra de Vietnam, diez años más tarde, nuevamente George A. Romero, volvía al género pero esta vez criticando el capitalismo feroz trasladando a sus muertos vivientes a un centro comercial. A principios del siglo XXI, vuelve el género a primera línea con 28 días después y su secuela filmada un lustro más tarde, 28 semanas después, introduciendo una variedad interesante, los zombies ya no se mueven torpemente y lentamente, ahora son rápidos y ágiles, y más destructivos si cabe. Cabe mencionar Rec y Planet Terror, de la misma década, como aproximaciones interesantes de la vertiente zombie.

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Ahora nos llega Train to Busan, dotando al género de un nuevo aire, porque no hay historias demasiado vistas, sino falta de ingenio, de la mano de Yeaon Sang-ho (Seúl, Corea del Sur, 1978) que viene de realizar tres films de animación adulta, The King of pigs (2011), The fake (2013) y Seoul Nation (2016), esta última especie de precuela de la película que nos atañe. El cineasta surcoreano, en su primera película de imagen real, sigue con sus mismas directrices, en las que plantea películas que mediante el thriller social, rastrea la sociedad de su país, la jerarquización en la que se ha convertido, en la que ricos y pobres viven alejados y sin mezclarse, provocando así unos niveles de desigualdad exasperantes y conflictivos. La premisa argumental es bien sencilla, una serie de pasajeros suben al tren de alta velocidad en Seúl con destino a Busan, un viaje de 453 quilómetros en la que en último momento se subirá un pasajero con síntomas muy sospechosos. La película se cuenta a través de Seok-woo, un treintañero gestor de fondos divorciado, más preocupado por sus negocios que el cariño de su hija Su-an, que acompaña porque la niña quiere visitar a su madre para celebrar su cumpleaños. Cuando estalla el conflicto, iremos conociendo las actitudes de cada uno de los pasajeros, el propio Seok-woo, reacio a cooperar inicialmente, se convencerá que la única manera de salir con vida del tren será a través de la ayuda de los demás. Sang-ho se sirve de los zombies como metáfora (una de las características del buen cine de género) para criticar el modelo de sociedad de su país, las hordas de zombies provocan que las clases desaparezcan en el tren, y tantos unos como otros, los de buena cuenta corriente como los de no, tengan que mezclarse y sobrevivir mediante la ayuda que se prestan unos a otros, pero el cineasta surcoreano no lanza un discurso maniqueo en absoluto, unos entienden el problema de cooperación al instante, otros tardan más, e incluso alguno no lo entiende, y hasta el último instante, sigue anteponiendo su voluntad sin importarle el destino de los demás.

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La película tiene un ritmo endiablado y es pura adrenalina, cada nueva parada del tren en las distintas estaciones, se convierte en una nueva muestra del ingenio del cineasta, en la que nos somete a un ejercicio de suspense admirable en el que somos presos de una admirable puesta en escena, en la que juega con la tensión del espectador, con unos personajes expuestos a los ataques de los sanguinarios zombies, utilizando todos los recursos cinematográficos a su alcance, convirtiendo cada secuencia en una fantástica mezcla de tensión, nervios, persecuciones… en el que los personajes viven el drama y el horror por su vida y las que le rodean. Sang-ho nos lleva por este viaje alucinado que no parece tener fin, en que a cada momento el drama, lo social y lo fantástico se mueven al unísono, en el que asistimos a una descripción no sólo de la fisicidad de la película y cada personajes, sino del carácter y la actitud de cada uno de ellos, que Sang-hoo utiliza para describir los aspectos más oscuros de la sociedad de su país.

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Otro punto a destacar es la sutil utilización de los fx de la película, en la que se mezcla imagen digital (sin abusar, no como en otras películas, que su uso es endemoniado, creando un aspecto demasiado falso a lo que se cuenta) con trucajes y maquetas de la vieja escuela, creando una atmósfera asfixiante y terrorífica que le va ni que pintada a la película. Sang-ho vuelve a demostrar su talento para el cine profundo y de factura y ritmo endiablado, siguiéndola estela de otros realizadores coetáneos como Park Chan-wook, Kim Ki-duk, Bong Joon-ho o Na Hong-jin, cineastas que han encontrado en el thriller el vehículo perfecto para explorar las miserias de su país. Sang-ho ha realizado una película de terror, pero sin olvidar su vertiente humana, sobre la capacidad de los individuos de no sólo mirarse hacia dentro, sino también, mirar hacia el otro, al que tienen al lado, construyendo un mensaje de solidaridad en esos tiempos de sociedades mercantilizadas, en las que se prima el individualismo en perjuicio del cooperativismo y lo humano.

 

La invitación, de Susana Casares

cwfkcgew8aa1wrwDIBUJANDO SUEÑOS.

La película se abre de forma contundente y reveladora, con una imagen filmada desde la distancia, pero que nos acerca al drama interior en el que está inmersa su protagonista, vemos a una niña sentada en una de las mesas del comedor de un colegio, ha empezado a comerse un flan, en ese momento, unas niñas que apreciamos de soslayo se levantan de la mesa y la dejan sola, e inmediatamente, las manos de una limpiadora le arrebatan el postre. Silvia cariacontecida mira a su alrededor, sin encontrar ninguna mirada cómplice, el murmullo continúa. Susana Casares (Barcelona, 1979) estudió Bellas Artes en la Universidad de Barcelona, especializándose en Arte y Vídeo, de ahí pasó, con la ayuda de una beca de estudios de “La Caixa”, a formarse en EE.UU., siguiendo el mismo camino que otros jóvenes talentos como Carlos Marques-Marcet o Clara Roquet, en la prestigiosa Universidad de UCLA, donde ahora imparte clases como docente. Su trayectoria fílmica arranca en 2005 con el corto documental Dies extraños, al que siguieron tres trabajos más, en el 2011 realiza en EE.UU. y en 16 mm, la ficción Lily, en la que explica las preocupaciones de una niña de 11 años en mitad de los cambios propios de la pubertad, le sigue Tryouts (2013), también en EE.UU., describe los sentimientos contradictorios de Nayla, una adolescente de padres musulmanes que quiere ser animadora.

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En La invitación (producida a raíz de la Semana de Cine de Medina del Campo) vuelve a plantearnos un relato íntimo y cercano, donde su heroína se siente atrapada en una situación compleja, un conflicto que investiga tanto su parte interna como social, en la que la familia continúa teniendo mucho protagonismo, como elemento fronterizo en el que surgen y desembocan todos los problemas. Conoceremos a Silvia, una niña de 9 años que se siente desplazada por sus amigas ya que no puede invitarlas a casa, y éstas le recriminan que hace mucho tiempo de la última vez. Casares nos cuenta su relato de forma tranquila, sin prisas, capturando de forma realista y natural, en sólo 14 minutos, describiéndonos las consecuencias de la crisis, de perderlo todo, de empezar de cero, y de cómo los problemas económicos afectan a los más pequeños, como las formas de aislamiento social se suceden desgraciadamente entre los más inocentes. Casares nos habla en primer a persona, siguiendo pacientemente el drama de su joven heroína, una niña destronada de la vida que tenía, un ser indefenso que tiene que batallar, a pesar de su corta edad, con los problemas familiares, y conseguir ser aceptada por sus amigas sin perder su pequeño reino. La enigmática y envolvente luz de Javier Aguirre (responsable de las magníficas Loreak y Amama) nos devuelve a los cuentos de toda la vida, aquellos que a través de una forma aparentemente sencilla, exploraban de forma crítica los conflictos sociales, económicos, políticos y culturales del entorno en el que se movían unos personajes que a pesar de las desgracias de la existencia, seguían en pie, reclamando su lugar en el mundo, y soñando con una vida mejor.

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Casares ha construido una película sobre la triste realidad de muchas familias, sin hablarnos directamente de la crisis y sus penosas cifras, se ha detenido en su vertiente humana, y en los más pequeños, y lo ha hecho de una forma clara y honesta, profundizando en los pequeños detalles, en esos tan cotidianos que no se aprecian desde fuera pero que nos condicionan nuestras vidas, planteándonos una forma estilizada en la que sus planos y encuadres nos recuerdan constantemente en la situación que vive su joven protagonista: los barrotes de las escaleras que la dividen de sus amigas, la caminata y el autobús como símbolos de vivir en las afueras (en donde van a parar los desahuciados y los excluidos), ese cielo estrellado que sólo nos cuentan y que no vemos, la caravana ambulante (como aquellos cómicos que deambulaban por los pueblos) como símbolo de la falta de raíces y en lo que se ha convertido sus vidas, y finalmente, la ubicación de la caravana, en el jardín de esa casa, fuera y amparada en la oscuridad de la noche, como si fuesen unos clandestinos, de ese lugar que alguna vez por un tiempo les perteneció o eso creyeron sentir.

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Un montaje ágil y de corte limpio obra de Cristina Laguna (colaborada de El niño o Ilusión) y el arte de Montse Sanz (habitual de Julio Medem) contribuyen a crear esa atmósfera entre realidad y sueño, una vida de pesadilla, de la que aparentemente continuar significa perder tantas cosas por las que se ha luchado, que parecían inamovibles, pero que ya no lo son. La mirada de Casares, apoyándose en el rostro angelical y trista de su joven heroína, magnificamente interpretada por la niña Patricia Arbués, que recuerda a la Ana de El espíritu de la colmena y Cría cuervos…, envuelve su película corta en este viaje a las entrañas de estos desheredados, a su peculiar descenso a los infiernos, a su cotidianidad, de esta niña y su familia, que como si fuesen náufragos ala driva, en ese espacio de transición de lo que fueron y ya no es, en ese tiempo de incertidumbre e inseguridad, de no saber que ocurrirá, con lo que eran, de continuar agarrados a una vida que ya no les pertenece, a una vida que intentan esconder o borrar, aunque quizás las ilusiones de su hija, y el querer ser una misma y seguir hacia delante,  se anteponen a esos secretos difíciles de ocultar.

Sara a la fuga, de Belén Funes

sara_a_la_fuga_s-834281595-largeNADIE ME QUIERE.

La película se abre de forma sencilla y de manera esclarecedora de todo el sentimiento que recorre a la protagonista. Al atardecer, vemos a una niña saltando por una ventana y adentrarse por un camino rodeado de árboles, llega a un edificio y toca al interfono, luego entra en un bar y pregunta por su padre, no hay rastro de él, luego la vemos corriendo seguido de dos vigilantes y es atrapada. La vida de Sara es ésta, una huida constante e inútil, una huida de sí misma, de su vida o lo que queda de ella, volviendo a lo que fue su casa, pero ya no lo es, volviendo a una vida que echa de menos, pero que ya no es, no existe, ahora su vida, en ese tránsito sin fondo que asfixia y agobia no tiene lugar, no tiene un sitio, le falta un hogar, el centro de acogida en el que vive no es su casa, ella no lo ve así. Una vida errante, en la que siente una profunda soledad, que la ahoga, porque no tiene a nadie, ni a ese padre ausente, al que solo escuchamos, al que le dice que tiene muchas ganas de verla, pero que nunca llega ese momento, a tantos momentos rotos antes de empezar a vivirlos, a tantas promesas inútiles, a tantas palabras vacías, a tantos puntos suspensivos… Así es la vida de Sara, una más entre mil, pero no como las demás.

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La primera película corta de Belén Funes (Barcelona, 1984) viene después de graduarse en la ESCAC en dirección, de haber estudiado guión en la prestigiosa escuela de San Antonio de Los Baños (Cuba) y haber participado como script y departamentos de dirección en un buen puñado de películas interesantes como Tres dies amb la familia, Blog, Animals o la reciente María (y los demás), todos ellos talentos surgidos de la ESCAC. Su película está construida a través de la mirada de Sara, de su desaliento, de su manera de moverse, que se desplaza, casi por inercia, una niña adolescente que parece que nada le afecta, que parece que se ha acostumbrado a esa vida, o a esa huida en la que se convertido su existencia, no siente que sea de nada ni nadie, está cansada de todo, de lamentar una vida que tuvo y ya no tiene, de seguir hacia los lados, porque ya hace tiempo que dejó de creer en ir hacia delante, de sentir que está sola y sin nadie.

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Funes plantea una película honesta y directa, casi no nos movemos de las cuatro paredes del centro, la música que escuchamos es diegética (un par de temas bailables que escupe el ordenador) y algún tema que acompaña a Sara o la sombra de ella, un guión incisivo (coescrito con Marçal Cebrian, que también estará en su próximo proyecto) creado a partir de los vacíos y la desnudez del espacio de Sara, un lugar de tránsito, de espera, de estar sin querer estar, de querer estar en otro lugar, con la familia o aquellos que te quieren o al menos es en lo que desean o sueñan las que allí se encuentran. La luz tenue y de penumbra, esas horas de transición en las que se va el día y todavía no ha aparecido la oscuridad, con la que está dibujada la película, obra de Neus Ollé (habitual de Mar Coll) construyen una atmósfera densa, cerrada de difícil escapatoria, con la producción de Carla Sospedra (colaboradora de Isabel Coixet) en una película que necesitó la aportación desinteresada de un nutrido grupo de mecenas para finalizar el proyecto, y las interesantes aportaciones en arte de Marta Bacazo (que ha trabajo con Icíar Bollaín o Roger Gual) y la directora Nely Reguera en labores de script.

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El montaje de Bernat Aragonés (con experiencia con Coixet, que actúa como productora ejecutiva del corto, y en series) cortante y ágil contribuyen a crear esa vida sin vida, ese momento de Sara que vive en silencio la pérdida, el dolor que le produce su vida, o su no vida. Una película de 18 minutos intensos y brutales, que nos desnuda emocionalmente, sin maniqueos y sensiblerías, sino de frente, mirándonos a la cara, sin adornos ni florituras, emocionándonos sin pretenderlo, mostrando una realidad social tan cercana que duele, acercándose a ese realismo del cine neorrealista que dejó paso al cine de los sesenta que creció con Truffaut, y Pialat y sus obras sobre menores en huida, o el Free Cinema, que mostraba una realidad sobria y sin concesiones, un cine que heredan los Dardenne y cierto cine actual próximo a la realidad más cercana y dolorosa. Otro de los grandes aciertos de la película corta es la protagonista Dunia Mourad que, apenas sin palabras, construye un personaje complejo y seco, alguien roto y despedazado emocionalmente, alguien que le han prometido demasiadas cosas que no han cumplido, una niña que ya ha vivido demasiado dolor pese a su corta edad, alguien que escucha una voz, la de su padre (interpetada por Eduard Fernández)  que ya no parece real, que parece una ilusión, un espejismo, porque Sara ya no se la cree, Sara se encuentra en el difícil proceso de asumir su soledad, su huida hacia donde, hacia ese lugar donde estar mejor, un lugar que ahora ya no existe, solo en recuerdos.


<p><a href=»https://vimeo.com/147713388″>Sara a la Fuga (Trailer)</a> from <a href=»https://vimeo.com/user7312231″>belen funes</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>