Entrevista a Carlos Marques-Marcet

Entrevista a Carlos Marques-Marcet, director de “Tierra firme”. El encuentro tuvo lugar el viernes 1 de diciembre de 2017 en la terraza del Catalina Café en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Marques-Marcet,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

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Tierra firme, de Carlos Marques-Marcet

LA VIDA EN UN BARCO.

La película se abre en un fondo negro, empieza a sonar una música acogedora y suave, lentamente, muy a lo lejos, en el fondo, vislumbramos una pequeña luz que, a medida que avanzamos, descubrimos que vamos a bordo de un barco en mitad de un túnel y la pequeña luz nos va descubriendo un río, un canal y la vida. Una apertura que nos viene a decir que por muy oscuro que sea el lugar que nos encontremos, si avanzamos con paso firme, podremos encontrar un leve resquicio de luz. Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) sorprendió a propios y extraños con su puesta de largo, 10.000 km (2014) en la que una pareja enamorada debían separarse por el trabajo de ella, y continuaban su relación vía skype, con todos los problemas que se generaban. En su segundo trabajo, Marques-Marcet vuelve a instalarse en el terreno de la pareja, en este caso, dos jóvenes enamoradas, Eva y Kat, dos polos opuestos, Eva, racional y ordenada, y profesora de salsa y su deseo de ser madre, en cambio, Kat, emocional y aventurera, y camarera, que no tiene tan claro lo de ser madre. El deseo individual de cada uno de nosotros y los objetivos como pareja, vuelven a tensionar este segundo trabajo como lo hacía su interesante debut.

Ahora, introduce el conflicto de la maternidad, no ya como obligación en el tiempo de nuestros padres, sino como una opción. El director catalán nos introduce en la intimidad y la cotidianidad de esta pareja y en su hogar, una pequeña embarcación en uno de esos canales de Londres. El conflicto estallará con la llegada de Roger, un tipo peculiar y bohemio de Barcelona, muy amigo de Kat, que será ese espejo transformador en que las dos mujeres reposarán sus dudas y conflictos. Lo que empieza como una broma se convertirá en un objetivo claro, y Roger donará sus pececillos para que Eva se quede embarazada y así ser madre con Kat. Este triángulo amoroso atípico en el que establecen una especie de negocio, parecerá bien avenido hasta que se enfrentan a los conflictos de la empresa que se acaban de embarcar. Marques-Marcet construye su película en la intimidad del barco, de ese espacio reducido y el olor a río, entre idas y venidas, cenas y copas, e introduce la figura de la madre de Eva (estupenda Geraldine Chaplin, su madre en la vida real) en un personaje medio hippie, médium y bohemia.

La fábula contemporánea que construye la cinta se  apoya en las relaciones que se establecen entre sus personajes, entre la distancia que separa los diferentes deseos dentro de la pareja, y la opción de ser madres, y lo hace de manera sencilla enmarcándola en una comedia ligera, con momentos divertidos, y también, en el drama y la tragedia, con otros instantes donde el amor, o los sentimientos se muestran confusos, contradictorios, y la inseguridad y los miedos se muestran de manera íntegra. Recuperando el aroma de aquellas comedias agridulces que Hollywood hacía también en los 30 y 40. Todo ocurre a bordo de ese barco, genial metáfora de esa vida outsider, de incertidumbre y continuo balanceo, donde parece el lugar menos apropiado para tener un hijo. El director barcelonés consigue una película muy de los tiempos que vivimos, sobre los jóvenes actuales, sus necesidades, tanto laborales, individuales y sentimentales, componiendo una sutil mezcla de alegrías y tristezas, penetrando en el alma de esos jóvenes de vidas inciertas, que hoy están aquí y mañana en el otro lado del mundo, en una sociedad cambiante, en continuo movimiento, en tiempos convulsos y extraños que, nos obligan a tomar decisiones que quizás no casan todo lo que nos gustaría con nuestras necesidades personales, que nos enfrentan a lo que sentimos y nos coloca en lugares confusos en el que el amor y nuestras relaciones en pareja se tambalean y peligran.

Una historia sencilla, que conmueve entre risas y lágrimas, donde la música vuelve a tener ese protagonismo especial describiendo los estados de ánima tan cambiantes que viven los personajes, en esos canales de barcos que van y vienen, como ese continuo fluir de la vida que no se detiene, y a veces, debe echar el ancla y en otras ocasiones, despedir a pasajeros con otras opciones de vida. El gran trabajo actoral con Oona Chaplin, Natalia Tena y David Verdaguer, éstos dos últimos repiten con Marques-Marcet, que dotan a sus personajes de vida, tristeza y humanidad,  convirtiendo la película en un viaje de comedia, drama y aventura. Carlos Marques-Marcet se erige como un gran observador de las inquietudes y problemas de los jóvenes de su edad, en cómo nos enfrentamos a las decisiones importantes de nuestra vida en cuestiones de trabajo, amor y paternidad, mirándonos de frente, sin malabarismos ni condescendencias, sino todo lo contrario, penetrando en nuestra alma y todo aquello que no se ve, aquello que nos ocultamos y ocultamos, nuestras inquietudes, inseguridades y miedos, en una fábula contemporánea que nos enfrenta a esas decisiones que debemos tomar en la vida, y que a veces, cuestan tanto, y nos convierten en aquello que no queremos, y nos obliga a enfrentarnos con nuestros miedos e inseguridades, en lo que somos, al fin y al cabo.

Proyecto Lázaro, de Mateo Gil

proyecto_lazaro-cartel-7111UN HOMBRE SÓLO.

Marc Jarvis se despierta en el año 2084, después de haber estado muerto durante 70 años. Un grupo de científicos le explica que se trata del primer ser humano resucitado de la historia. Con este arranque tan espectacular, se inicia la cuarta película de Mateo Gil (Las Palmas de Gran Canaria, 1972) que incide en los temas que más ha explorado en su carrera: el thriller psicológico (en el que se acentúa el universo emocional de los personajes de forma sobria, oscura y contundente, un cuidado diseño de ambientes cotidianos con apariencias artificiales que convierte el escenario en metáforas a medio camino entre la realidad y el sueño, tramas que inciden en la compleja relación de los personajes, y sobre todo, el protagonista, un ser perdido y cansado, que le cuesta encajar en el mundo que le rodea, y frente a él, un antagonista, que actúa como espejo transformador, que lo domina y somete a su voluntad. Proyecto Lázaro, película de diseño primoroso, tanto en esfuerzo de producción (filmada en Tenerife en 7 semanas y con un equipo técnico principalmente de aquí) como en su temática, en la que investiga la siguiente cuestión: las consecuencias, tanto positivas como negativas, de resucitar a alguien en otro tiempo y en otro lugar, muy diferente al que la persona conoció en su vida.

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Gil se decanta por un relato de ciencia-ficción, pero no con las moderneces de ahora, repletas de efectos digitales, tramas enrevesadas imposibles de seguir y llenas de persecuciones sin fin. El realizador canario huye de todo eso para construir un relato de exquisita textura, de laberíntica estructura, con innumerables saltos en el tiempo, en la que hay ciencia-ficción, claro está, pero teniendo presente la más ferviente actualidad, con el espíritu de los clásicos, como metáfora para describir la sociedad en la que vivimos, también, thriller del bueno, del que se sumerge en los laberintos oscuros de la mente del protagonista, lanzando muchas preguntas que será el espectador que tendrá que responder, cine de género, en el que las cosas van sucediendo dentro de una mise en scéne minimalista, en la desnudez de elementos y espacios, en el que existe un juego estético de colores y artificialidad que ayuda a la película de forma estupenda, creando ese universo irreal, fantástico y de pesadilla que envuelve al protagonista. Hay también reflexión sobre la posición de la ciencia en su trabajo y la forma de plantearlo, las consecuencias humanas de sus experimentos y la validez de sus estudios.

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Gil nos conduce a través de la mirada de Marc Jarvis, el joven apuesto y diseñador de éxito que, un cáncer de garganta, lo aparta de su vida, y sobre todo, de Naomi, su amor. Esperanzado en recuperar su vida, ahora que la enfermedad la va a extinguir, opta por la crionización, para que en un futuro la ciencia logre resucitarlo y así tener una vida que ahora es imposible (planteamiento parecido a la película Abre los ojos, de Amenábar, en la que Mateo Gil fue coguionista, en la que su protagonista, César, amargado por su aspecto físico, recurría a la crionización, aunque éste vivía un sueño virtual de consecuencias desastrosas, en ésta, la cosa va por otros derroteros, preguntándose qué sucedería si el sujeto en cuestión se despertase siete décadas después). Gil es un cineasta de atmósferas, la realidad sufre una metamorfosis en su cine, creando universos paralelos, en la que se crea mundos que parecen de otro tiempo y lugar, con sus propias reglas, ya sea en la Sevilla postexpo, en plena Semana Santa, en la que un pirado con delirios de grandeza se dedicaba a jugar y asesinar en un macabro juego en el que su compañero de piso era su objetivo, o en los desiertos sudamericanos que servían de escenario para que un pistolero viejo y proscrito se intentase esconder de su salvaje perseguidor, y en ésta, en la que sólo conoceremos el futuro a través de los grandes ventanales de la empresa donde está recluido el protagonista, un mundo cerrado, más parecido a una cárcel, en el que Jarvis volverá a nacer y sobre todo, a darse cuenta en quién se ha convertido, y que desea en esta nueva vida, llena de recuerdos de la anterior.

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Un casting internacional para una producción filmada en inglés, entre los que destacan Tom Hugues, intérprete británico visto en varias series, que encarna al bello y atormentado protagonista, a su lado, Elizabeth, su cuidadora, guía y amante, más parecida a las fembots de Blade runner o Eix-machina, que da vida la actriz canadiense Charlotte Le Bon, el jefe de los científicos, el Dr. West, con sus aires de Dr. Frankenstein, y su trabajo paranoico para conseguir sus objetivos cueste lo que cueste, interpretado por el actor Barry Ward, que se ha podido ver en películas de Loach o Winterbottom, y finalmente, la “otra”  chica de la cinta, Naomi, el amor de su vida, el inmortal, el que parece que nunca morirá, interpretado por Oona Chaplin, de extraordinaria frescura y magnetismo, de apellido ilustre y vista en Juego de tronos, y la estimulante presencia de Julio Perillán. Un grupo de técnicos de reconocido prestigio como el músico Lucas Vidal (Nadie quiere la noche o Palmeras en la nieve, que le valió varios premios) el cinematógrafo Pau Este Birba (Buried, Hermosa juventud o Caníbal) o el montador Guillermo de la Cal (con Claudia Llosa y Balagueró) completan la terna de una producción que se aleja de las producciones de género al uso estadounidense, para centrarse en la imaginación de novelistas expertos en la materia como Philip K. Dick o Arthur C. Clarke, o en el aroma de cintas de los años 60 o 70, como THX 1138, Cuando el destino nos alcance o Almas de metal… o más actuales como Gattaca, Minority Report, Moon… Cine de ciencia-ficción, cine de terror psicológico, donde importa mucho más el interior de los protagonistas, sus complejidades y sobre todo, su soledad, ese aislamiento, tanto físico como emocional, en los que se ve inmerso, en un mundo ajeno, como le ocurría al desdichado monstruo de Frankenstein, un mundo que ya no reconoce ni es reconocido, ni tampoco encuentra la forma de hacerlo, un mundo lleno de peligros, de tristeza y oscuridad infinita.