La adopción, de Daniela Féjerman

La-adopcionCOMPRAR UN NIÑO

En el 2004, Bertrand Tavernier filmó La pequeña Lola, donde relataba de forma austera y sencilla el viaje a Camboya de una joven pareja francesa que se veía sumida en una infinidad de problemas en su deambular para adoptar una niña. Ahora, también nos cuentan la historia de una joven pareja catalana Natalia y Daniel que se han trasladado a un país ex soviético, nunca nos dicen de cuál se trata, para adoptar un niño rubio. Daniela Fejerman (1964, Argentina) abandona la comedia, en la que había dirigido 3 películas, dos de ellas con Inés París, para adentrarse en una historia que parte de una experiencia propia y personal, sumergiéndonos en un terreno inhóspito y extraño, en un escenario aterrador y difícil, donde la pareja que encarnan espléndidamente Nora Navas y Francesc Garrido, pasará por distintas fases emocionales a medida que avancen en su complejo y kafkiano itinerario para conseguir su objetivo. Poco nos cuentan de su pasado, sólo que se trata de una pareja consolidada, se quieren y ella tiene un padre doctor con el que mantiene una relación tensa.

Ahora, han llegado a este lugar hostil y helado, en muchos instantes muy inquietante y peligroso, cubierto por un manto de nieve, en el que resultará complicado respirar y caminar. Lo que ha empezado como un viaje lleno de ilusión y alegría, acabará convirtiéndose en una vía crucis donde se medirán y resquebrajarán muchas cosas entre la pareja y lo que sienten, que todavía no se habían manifestado. Un viaje que arranca con la pérdida de sus maletas, que podría parecer un caso aislado, pero que la directora ya nos quiere poner en guardia, informándonos que la pareja no lo tendrá nada fácil en su objetivo. Un país diferente, que todavía respira la herencia soviética, que servirá de telón de fondo austero que resulta complicado entender, (Frejérman añade un plus interesante, con la dificultad de entenderse debido al idioma, introduciendo situaciones cómicas), donde su particular y doloroso periplo les llevará por lugares fríos y muy hostiles, desde el apartamento triste en el que se alojan, donde la calefacción va cuando quiere, la visita a orfanatos donde les mostrarán niños con problemas de salud, conocerán funcionarios que parecen militares, su contacto, una señora que actúa como enlace, unas veces parece tenderles la mano, y otras, se muestra como su enemigo, doctores que primero ayudan y luego quieren sacar tajada. Todos viven en un estado decrépito y hundido, muerto, donde la corrupción está a la orden del día, a todos les hace falta dinero, y esta joven pareja, con la excusa del niño, son unas alimañas perfectas.

adopcion-542x380

La pareja tendrá que soportar las humillaciones de la maraña burocrática que juega con ellos, reclamándoles tiempo y más dinero, una locura psicótica que en muchos momentos parece una película de terror, de esas donde la pareja parece que no se salvará. La relación de pareja se verá machacada y desgastada por los problemas a los que se enfrentan diariamente. Entonces, Frejerman que, nos había mostrado unos personajes y cómo actuaban, nos los gira, y nos encauza unos seres que se ven superados, el que parecía más fuerte, y más firme, se muestra más débil y vulnerable y viceversa. Un drama social de grandísima altura, que nos revela una cineasta seria y personal para un género que ya se había prodigado en sus guiones, (recordemos Sé quién eres, que escribió para Patricia Ferreira). Un guión de hierro escrito pro la directora junto a Alejo Flah, que navega con amplitud de detalles por estas aguas heladas y turbulentas. Otro de los grandes aciertos, aparte de la pareja protagonista, ya comentada, es la tenebrosa y fina luz de Juan Carlos Gómez, que se erige como el perfecto aroma que necesita la trama. Sin olvidarnos de la música, con esa pieza de piano de Véla Bartok, el cuarto de Beethoven que escuchamos y esa nana ucraniana que nos envuelve y da un poco de calor y esperanza a este particular y doloroso descenso a los infiernos.

Un otoño sin Berlín, de Lara Izagirre

un_otoo_sin_berlin_1_grandeENFRENTARSE A LAS HERIDAS

June, una joven que ha pasado un tiempo fuera, vuelve a su pueblo. Allí encontrará a una familia rota, y a su primer novio encerrado en sí mismo. Como el viento sur otoñal, June hará lo posible para reconducir la situación e intentar que todo vuelva a ser como antes. Recuperará la amistad con Ane, que está esperando un niño, y dará clases de francés a Nico, un niño que no quiere entrar a estudiar en el Liceo francés. Lara Izagirre (Amorebieta, 1985) después de varios años dedicados al cortometraje, se mete en su primer largo a tumba abierta, en terreno de roturas emocionales, de dolor silenciado, y en batallas por discernir. Las difíciles relaciones personales que retrata están contadas con suma delicadeza, con la distancia adecuada, instalada en miradas y silencios, batallando con unos personajes a la deriva, sumidos en el llanto y en la pérdida.

Su familia debe todavía afrontar la ausencia de la madre, y llenar lentamente ese vacío que ha dejado, tanto la propia June, como su padre y su hermano, deben acercarse más, hablar de lo que sienten, no tener miedo de mostrar su dolor ante el otro. Por otro lado, June debe recomponer su situación con Diego, su ex, que ahora se ha sumergido en un estado depresivo que le impide salir de casa, el exterior se ha convertido en una amenaza constante para él, y todo lo que viene de ahí, incluida su ex novia, también le hace sentir en desventaja y se esconde en sí mismo. Película de estructura lineal, todo lo vemos y oímos bajo la mirada plácida y serena de June, que no sólo tendrá que batallar contra los demás, sino también consigo misma. Contar las heridas que siguen latiendo en su interior, aceptarse y sobre todo, aceptar a los demás, a los que quiere y con los que se relaciona. Una cinta susurrada al oído, que suena a ilusión rota, a canción desde lo más profundo, donde no hay espacio para subrayados innecesarios, todo está sumido en ese aire de otoño, depresivo pero con alguna alegría. Bañada con la hermosa luz de Gaizka Bourgeaud, que navega entre lo realista y lo bello de ese pueblo sin nombre, aunque las localizaciones se desarrollaron en Amorebieta (lugar de nacimiento de la directora), las calles grises y opacas, con esa fina capa de luz que recorre sin ruido los lugares.

zinemaldi--575x323

Izagirre se destapa como una narradora con sello propio, con personalidad, con un pulso firme a la hora de plantar su objetivo, una mirada a tener en cuenta en futuros trabajos. Una joven cineasta que nos habla de situaciones duras y difíciles de digerir, pero lo hace de manera tranquila y honesta, nos conduce por su película de forma sencilla y nos invita constantemente a relacionarnos con lo que se cuenta, apoyándose en lo que no se cuenta, lo que no se dice y se guarda. Rodeada de un buen plantel de intérpretes entre los que destaca la joven Irene Escolar, que vuelve a manifestar su extraordinario talento, dando vida a un personaje complejo y lleno de aristas emocionales, Tamar Novas compone un personaje atormentado, vacío y ausente de sí mismo, su escritura es su forma de relacionarse, y su morada en su refugio donde se siente perdido, como un fantasma de su propia vida. Ramón Barea, Aita, construye su personaje a través de la mirada y lo que calla, todavía hay mucho dolor para hablar y un gesto dice mucho más. Una película hermosa y edificada desde lo emocional, que nos lleva a otra película, de parecida estructura, pero de regreso diferente, si en la de Izagirre el exilio es emocional, en Los paraísos perdidos (1985), de Basilio Martín Patino, la huida era política, tanto June como la hija del intelectual republicano que encarnaba Charo López, se encontrarán con otro escenario, con otros personajes que cuesta reconocer, el tiempo ha caído sobre las cosas, porque aunque no queramos y aceptemos, las cosas nunca vuelven a ser como eran, porque todo está atrapado y sometido al inexorable paso del tiempo.

El gran vuelo, de Carolina Astudillo Muñoz

elgranvueloINVOCAR A UN FANTASMA

“Hay muertos a los que nadie recuerda porque duelen demasiado para querer recordarlos, otros, se han vuelto incómodos. ¿Cómo hacerlos regresar?”

En Anatomía de un instante, el escritor Javier Cercas partió de una imagen (la que se produjo en el congreso cuando Tejero irrumpió a punta de pistola aquella tarde fatídica del 23 de febrero del 81, el instante en que Suárez y Carrillo no se refugiaron en sus escaños y se mantuvieron firmes ante los civiles) para reconstruir la memoria de la transición a través de un magnífico ensayo político que indagaba en las zonas más oscuras de la historia reciente de este país. Carolina Astudillo Muñoz (Santiago de chile, 1975) ha realizado un proceso similar al de Cercas, su punto de partida eran algunas fotografías y cartas de Clara Pueyo Jurnet, una de aquellas mujeres nacidas en Barcelona, que se afilió al PSUC y luchó primero a favor de la República, y luego en contra del franquismo, y continúo en la resistencia contra la dictadura hasta su desaparición en 1943, cuando salió de la prisión de Les Corts de Barcelona con un permiso falso. Ahí se pierde su huella para siempre, nadie sabe de ella, que fue de ella, que ocurrió después.

Astudillo descubrió esa imagen perdida, (como hace Rithy Panh en su obra, donde reconstruye la memoria no filmada del terror de Camboya) la de Clara, durante la realización de su pieza De monstruos y faldas (2008), donde recorría el desgraciado devenir de las mujeres que pasaron por la prisión de Les Corts. Fue en ese instante cuando arrancó el proceso de investigación histórica, en este maravilloso y emocionante viaje que se materializa con el encuentro de la cineasta con su personaje a través del cine, donde la vida y la muerte forman uno sólo, como explicaba Joan van der Keuken en Las vacaciones del cineasta (1974). Astudillo se sumió en una ardua y laberíntica investigación sobre la memoria de Clara y todos los personajes que la rodearon, no encontró imágenes, debía construirlas, en su caso optó por la reconstrucción, por el material de archivo o el found footage, rebuscó en las filmotecas películas familiares de la alta burguesía catalana y valenciana de los años 30, 40 y 50 (los lugares vitales de Clara), que recogen hechos cotidianos y explosiones de alegría, un material que con la ayuda de las dos montadoras, Georgia Panagou y Ana Pfaff, convierte esas películas ajenas en propias, en las imágenes que faltan de Clara, en esa vida no filmada, en dar luz donde no la hay, en que los espectadores sintamos que pertenecen a Clara y los suyos, unas imágenes que son de otros, de aquellos que vivían bien, ajenos y alejados a la lucha política y el terror del franquismo. Y no sólo eso, Astudillo Muñoz, además de reconstruir la biografía de Clara, fabrica un imponente ensayo fílmico en el que reflexiona y estudia esas filmaciones, como se registraban los cuerpos femeninos que hay detrás de cada retrato, la puesta en escena que escenifica como educaban a los niños en la lucha de clases.

el gran vuelo_20

Dos voces, una que nos explica el itinerario desgraciado de Clara, la juventud ilusionante, y la guerra, el exilio, y la clandestinidad, el terror del franquismo, y la paranoia comunista que ajustició a compañeros, la desilusión y el desencanto por una izquierda que acabó matándose y enterrándose a sí misma. La otra voz, nos lee las cartas de Clara, y los suyos, los amores frustrados, el desarraigo familiar, las amistades rotas, las dudas de la militancia, y la huida constante, todo aderezado con una música vanguardista, barroca, y popular, que funciona como testigo de esas imágenes que nos envuelven en las heridas del pasado que no cicatrizan. Astudillo no sólo desentierra la memoria silenciada y olvidada de Clara Pueyo Jurnet de una forma ejemplar y contundente, sino que se pregunta constantemente a sí misma, y expone unos hechos y lanza muchas cuestiones de dificultosa resolución, cediendo constantemente la palabra al espectador, para que seamos los que reflexionemos sobre lo contado. Una película humanista, honesta y tremendamente sencilla que, en ocasiones parece una película de terror y en otras, en un documento contra el olvido, cimentada en una estructura férrea plagada de sombras y espectros que escenifican a aquellas personas que siguen vagando por una historia, la oficial, que sigue negándolos, sin reconocerlos y no documenta sus vidas, porque como bien advierte el arranque de la película, hay muertos incómodos, molestos, tanto para unos como otros, quizás esa la metáfora terrible que lanza como dardo envenenado Astudillo Muñoz, que desenterrar la memoria, y ver qué y cómo sucedió, no sólo molesta a los de un lado, sino también a los del otro lado.

Entrevista a Patricia Roda

Entrevista a Patricia Roda, directora de «El viaje de las reinas». El encuentro tuvo lugar el viernes 19 de junio de 2015, en la Cervecería Wall Street de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Patricia Roda, por su tiempo, sabiduría y generosidad, al Observatori Cultural de Gènere, a los Cines Boliche (que inauguro con la película la Sala Agnès Varda), por organizar el evento y su dedicación, difusión y cariño hacía el cine más comprometido, a contracorriente y menos visible, y al joven empleado del local donde se hizo la entrevista, que tuvo la amabilidad de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

II Aniversario. Entrevista en Ripollet Radio

Entrevista en Radio Ripollet sobre la página 242películasdespués.com, en el programa «El setè art de Talia», presentado y dirigido por Joana Raja. El encuentro tuvo lugar el lunes 8 de junio de 2015 en los estudios de Ripollet Radio.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Joana Raja, que ha hecho posible este emocionante y especial encuentro, por su tiempo, generosidad y cariño hacia la página, y sobre todo, hacía mi persona.

(La imagen que ilustra esta publicación pertenece a la película «Fanny & Alexander», de Ingmar Bergman).

Entrevista a Fernando Colomo

Entrevista a Fernando Colomo, director de «Isla bonita». El encuentro tuvo lugar el lunes 2 de noviembre de 2015, en el hall de los Cinemes Texas de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fernando Colomo, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Cristina Marinero de Marinero Comunicación (autora de la fotografía que ilustra esta publicación), por su paciencia, amabilidad y cariño.

 

Una pastelería en Tokio, de Naomi Kawase

una-pasteleria-en-tokio-717x1024EL SABOR Y AROMA DEL DORAYAKI.

En El sabor del té verde con arroz (1952), de Yasujiro Ozu, la suculenta receta servía para que un matrimonio en crisis Taeko y Mokichi, se acercarán, preparando el delicioso manjar y disfrutando de su sabor. En la película número 8 de Naomi Kawase (1969, Nara, Japón) otra receta culinaria, en este caso un dulce, los “dorayaki” (pastelitos rellenos de salsa de frijoles rojos y dulces llamada “an”) sirve para acercar a dos personas aisladas y encerradas en sí mismas debido a las heridas que arrastran. Kawase se vale de la novela “An”, de Durian Sukegawa (que participó como actor en Hanezu, de 2011) para volver a situarnos en los márgenes de una ciudad, como hiciera en Shara, el escenario es una calle y el epicentro de la acción se desarrolla en las cuatro paredes de una pequeña pastelería donde Sentaro, un joven de unos 40 años, fabrica de forma industrial los deliciosos dorayakis.

Un día, aparece por el establecimiento Tokue, una anciana que se ofrece para el puesto de trabajo que se oferta, Sentaro la rechaza, pero acabara aceptándola después de probar su pasta de judías, ingrediente primordial de los sabrosos pastelitos. A estos dos personajes, se les juntará Wakana, una adolescente triste que no soporta ni a su madre ni a la escuela. Kawase vuelve a los temas que cimentan su filmografía: la relación que se establece entre ancianos y jóvenes, la tradición contra la modernidad (igual que el maestro Ozu), la especial manera de filmar la naturaleza (en este caso los cerezos, metáfora de la vida de las personas, que florecen cada primavera para pronto perder sus flores) y sus accidentes, como la lluvia o el viento, y sobre todo, un elemento recurrente en toda su carrera, la transición entre la vida y la muerte, y una dedicación emotiva y delicada por las cosas sencillas y los momentos fugaces que se disfrutan en compañía.

11875515_454679708051698_1548993676_n

Puede mirarse como una metáfora del Japón actual, donde Tokue representa ese Japón antiguo, donde la tradición y el deber forman parte de su vida, ella otorga la sabiduría de lo artesanal, del amor por continuar haciendo las recetas de forma ancestral y delicada, y sobre todo, con mucho amor, la anciana arrastra la enfermedad de la lepra, (el instante del libro de fotografías de los enfermos, resulta imposible no recordar el documental La casa es negra, de Forough Farrokhzad) , dolencia que la ha encerrado en un sanatorio y la aislado de los demás. Sentaro, por su parte, es el Japón actual, el que ha perdido la ilusión por vivir, se encuentra atado en un negocio que no ama, que hace para pagar una deuda, que lo realizada de modo monótono e industrialmente, sin esperanza ni pasión, y finalmente, Wakana, el futuro, que se siente triste por esa falta de cariño y pérdida que padece, y no encuentra consuelo ni amparo. Tres formas de mirar diferentes, pero que encontrarán su afinidad y compañía abriéndose entre ellos, limarán sus heridas, y se contarán lo que les entristece para acercarse más y romper las barreras que les separan y aíslan. Una bellísima y poética cinta de Kawase, llena de pequeños e instantes momentos de puro amor y delicadeza que encadena de forma sencilla y humana, filmando de manera especial y muy personal, acariciando y susurrando, sin necesidad de sentimentalismo. Una historia durísima de almas heridas y tristes, que al encontrarse encuentran lo que les hacía falta, lo que no tenían. Kawase nos muestra un mundo invisible, un universo que se pierde por la velocidad de nuestras vidas, nos invita a mirar, a observarnos, y a observar todo lo que nos rodea: los árboles, las plantas, la brizna de viento, el sol bañando las calles, el olor de las flores en primavera, y nos recuerda que toda la felicidad o desdicha de nuestras vidas se encuentra en nuestro interior, y sólo nosotros tenemos la capacidad de revertirlas y cambiarlas para verlas de distinta manera.

Isla bonita, de Fernando Colomo

Cartel_IslaBonitaVOLVER A LOS ORÍGENES

En La fábrica de Cuento de verano, de Jean-André Fieschi y Françoise Etchegaray, documento filmado en el 2005, que recogía el rodaje de Cuento de verano (1996), de Eric Rohmer, veíamos sorprendidos como el cineasta francés, que contaba entonces con 76 primaveras, se mostraba lleno de energía y derrochando juventud, mientras lidiaba con sus dudas personales y profesionales. Un viaje parecido experimenta el director Fernando Colomo (Madrid, 1946) en su película número 20 de su carrera. Una cinta que reivindica el cine alejado de la industria, un cine libre, dinámico, de bajo presupuesto, filmando el instante, capturando la vida que se desata en cualquier momento, y con la ayuda de amigos que se interpretan a sí mismos. Colomo ha vuelto a empezar, ha hecho un viaje en el tiempo, a reencontrarse consigo mismo como cineasta, a recuperar la ilusión y el atrevimiento de aquel joven que debutase en 1977 con Tigres de papel, y filmase al año siguiente ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?, dos películas fundacionales de lo que se llamó “la comedia madrileña”.El mismo espíritu que bullía en películas como La línea del cielo (1983), donde un joven Antonio Resines intentaba, sin mucha fortuna, abrirse camino como actor en Nueva York.

Ahora, Colomo se interpreta a sí mismo, y de paso se ríe y se ridiculiza cada vez que puede, encarnando a un veterano realizador publicitario que llega a la isla de Menorca, en plena crisis personal, acaba de divorciarse, no tiene trabajo y anda sin un duro, con la intención de recuperarse junto a su mejor amigo Miguel Ángel, y la mujer de éste, y de paso filmar un documental sobre Joan, el sabio jardinero que trabaja para Miguel Ángel. Pero, las circunstancias le obligan a alojarse en casa de Núria, una escultura y su hija Olivia. A partir de ese instante, se irán sucediendo los días de verano, entre chapuzones en la playa, noches sin fin, conversaciones sobre arte, amistad, problemas emocionales y profesionales, y sobre todo, los devaneos amorosos que se desatan entre los personajes. Fer (Colomo) se siente atraído por Núria, Miguel Ángel, que busca paz y tranquilidad, se crispa con su mujer porque ha llegado su suegra y los sobrinos, una legión de ruido que le hacen perder los nervios, y para acabar de adobarlo todo, Olivia está enamorada de dos chicos a la vez, que le tienen preparada alguna sorpresa que le hará replantearse ciertas inquietudes y posturas sentimentales.

09_WTW_ISLA-BONITA-1

Una obra simpática, alegre, que late con un espíritu de auténtica libertad, que rescata al Colomo cineasta de forma magnífica y emocionante. Unos personajes vivos, complejos, perdidos en sí mismos, y tiernos, envueltos por el especial encanto y romanticismo de una isla que engulle a todos, lugareños y visitantes con el “poc a poc”, una especie de lema vital que evita las prisas y la velocidad urbana, sometiendo a todos los que llegan, y a las cosas que van sucediendo a otro ritmo, en una forma de vivir la experiencia distinta, disfrutando y dejándose llevar. Unas personas/personajes bien dirigidas por la mano firme y especial de Colomo, en un rodaje donde la improvisación era un modo de hacer y sentir, donde destaca de forma maravillosa la belleza y naturalidad de la joven Olivia Delcán, su debut en el cine, que desprende un encanto y vitalidad parecida a la de Pauline en la playa, que arrastra a todos los demás con su juventud e inteligencia, y protagoniza los momentos más vivos y eróticos de la película. Una película humanista que devuelve al mejor Colomo, al de su primer cine, al cineasta veterano que sigue manteniendo el espíritu libre y jovial del creador, como Rohmer o Woody Allen, y es capaz de sorprendernos con una película pequeña, casi minimalista, pero entregada totalmente al amor por la vida y el cine.

Entrevista a Javier Cámara

Entrevista a Javier Cámara, actor de «Truman». El encuentro tuvo lugar el martes 27 de octubre de 2015, en la terraza de la habitación 801 del 10º piso del Hotel NH Calderón de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Cámara, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Sandra Ejarque de Vasaver, por su paciencia, amabilidad y cariño, y a un colega que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra la publicación.

Entrevista a Alvaro Longoria

Entrevista a Alvaro Longoria, director de «The propaganda game». El encuentro tuvo lugar el sábado 31 de octubre de 2015 en el hall de los Cines Girona de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alvaro Longoria, por su tiempo, simpatía y generosidad, y a Lara y Aina (autora de la fotografía que ilustra la publicación) de Betta Pictures, por su paciencia, amabilidad y cariño.