Una pastelería en Tokio, de Naomi Kawase

una-pasteleria-en-tokio-717x1024EL SABOR Y AROMA DEL DORAYAKI.

En El sabor del té verde con arroz (1952), de Yasujiro Ozu, la suculenta receta servía para que un matrimonio en crisis Taeko y Mokichi, se acercarán, preparando el delicioso manjar y disfrutando de su sabor. En la película número 8 de Naomi Kawase (1969, Nara, Japón) otra receta culinaria, en este caso un dulce, los “dorayaki” (pastelitos rellenos de salsa de frijoles rojos y dulces llamada “an”) sirve para acercar a dos personas aisladas y encerradas en sí mismas debido a las heridas que arrastran. Kawase se vale de la novela “An”, de Durian Sukegawa (que participó como actor en Hanezu, de 2011) para volver a situarnos en los márgenes de una ciudad, como hiciera en Shara, el escenario es una calle y el epicentro de la acción se desarrolla en las cuatro paredes de una pequeña pastelería donde Sentaro, un joven de unos 40 años, fabrica de forma industrial los deliciosos dorayakis.

Un día, aparece por el establecimiento Tokue, una anciana que se ofrece para el puesto de trabajo que se oferta, Sentaro la rechaza, pero acabara aceptándola después de probar su pasta de judías, ingrediente primordial de los sabrosos pastelitos. A estos dos personajes, se les juntará Wakana, una adolescente triste que no soporta ni a su madre ni a la escuela. Kawase vuelve a los temas que cimentan su filmografía: la relación que se establece entre ancianos y jóvenes, la tradición contra la modernidad (igual que el maestro Ozu), la especial manera de filmar la naturaleza (en este caso los cerezos, metáfora de la vida de las personas, que florecen cada primavera para pronto perder sus flores) y sus accidentes, como la lluvia o el viento, y sobre todo, un elemento recurrente en toda su carrera, la transición entre la vida y la muerte, y una dedicación emotiva y delicada por las cosas sencillas y los momentos fugaces que se disfrutan en compañía.

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Puede mirarse como una metáfora del Japón actual, donde Tokue representa ese Japón antiguo, donde la tradición y el deber forman parte de su vida, ella otorga la sabiduría de lo artesanal, del amor por continuar haciendo las recetas de forma ancestral y delicada, y sobre todo, con mucho amor, la anciana arrastra la enfermedad de la lepra, (el instante del libro de fotografías de los enfermos, resulta imposible no recordar el documental La casa es negra, de Forough Farrokhzad) , dolencia que la ha encerrado en un sanatorio y la aislado de los demás. Sentaro, por su parte, es el Japón actual, el que ha perdido la ilusión por vivir, se encuentra atado en un negocio que no ama, que hace para pagar una deuda, que lo realizada de modo monótono e industrialmente, sin esperanza ni pasión, y finalmente, Wakana, el futuro, que se siente triste por esa falta de cariño y pérdida que padece, y no encuentra consuelo ni amparo. Tres formas de mirar diferentes, pero que encontrarán su afinidad y compañía abriéndose entre ellos, limarán sus heridas, y se contarán lo que les entristece para acercarse más y romper las barreras que les separan y aíslan. Una bellísima y poética cinta de Kawase, llena de pequeños e instantes momentos de puro amor y delicadeza que encadena de forma sencilla y humana, filmando de manera especial y muy personal, acariciando y susurrando, sin necesidad de sentimentalismo. Una historia durísima de almas heridas y tristes, que al encontrarse encuentran lo que les hacía falta, lo que no tenían. Kawase nos muestra un mundo invisible, un universo que se pierde por la velocidad de nuestras vidas, nos invita a mirar, a observarnos, y a observar todo lo que nos rodea: los árboles, las plantas, la brizna de viento, el sol bañando las calles, el olor de las flores en primavera, y nos recuerda que toda la felicidad o desdicha de nuestras vidas se encuentra en nuestro interior, y sólo nosotros tenemos la capacidad de revertirlas y cambiarlas para verlas de distinta manera.

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