Reparar a los vivos, de Katell Quillévéré

EL LATIR DEL CORAZÓN.

 “Para que una película este lograda y viva, debe contener heterogeneidad”.

Pier Paolo Pasolini

Cuando se publicó en Francia en enero del 2014, la novela Reparar a los vivos, de Maylis de Kerangal, se convirtió en un enorme éxito de crítica y público, convirtiéndose en uno de los libros fenómenos desde entonces. Pronto le surgieron cineastas que quisieron llevar esta historia intimista y humana sobre la vida, la muerte, y la donación y transplante de órganos. El gato al agua se lo llevó Katell Quillévéré (Abiyán, Costa de Marfil, 1980) una directora que ya contaba con dos largos, uno de ellos rodado en el 2010 Un pison violent, y el otro, tres años después, Suzanne, dos dramas centrados en la resilencia y en la vida de dos mundos femeninos que tienen que afrontar la pérdida y el dolor. En su tercer largometraje, vuelve a hacer hincapié en estos temas, por un lado, tenemos a Simón, un quinceañero amante del surf, enamorado que sufre un accidente que pierde la vida, y por el otro lado, a Claire, una mujer madura que está esperando un corazón ya que el suyo ya no aguanta más. La vida y la muerte se mezclan en este retrato actual y universal sobre el significado de nuestras vidas, sobre o que somos y el vínculo social que nos une a todos los seres de este planeta.

Quillévéré construye una película muy orgánica, transparente y muy viva, centrada en 24 horas, y contada en tiempo real, a excepción de un único flashback, una sola jornada que definirá para siempre la vida de las personas implicadas, unos padres rotos por la pérdida de su hija tendrán que decidir donar su corazón para que otra vida, desconocida y ausente de sus vidas, pueda seguir viviendo con un corazón vivo, y al otro lado del espejo, tenemos a una señora, madre de dos hijos jóvenes, que se reencuentra con la que fue su amante en un difícil momento de su vida, cuando se plantea si merece seguir viviendo ahora que se le ha brindado una oportunidad de vivir, un nuevo camino a su vida, un nuevo reto, un empujón vital para seguir caminando. La directora francesa construye un viaje enigmático y lleno de sensaciones, pura magia, donde no es el tiempo el que cuenta, sino nuestras emociones, en una trayectoria sin tiempo ni lugar, sólo llevado por los sentimientos y nuestras pulsiones del momento, en espacios donde la vida y la muerte conviven con naturalidad, sin molestarse, adaptándose y fundiéndose en uno, porque la tristeza de unos se convierte en la alegría de otros, en un gesto de solidaridad entre todos los habitantes que vivimos en armonía vital.

La realizadora, marfileña de nacimiento, cimenta su película a través de las miradas y los gestos de sus criaturas, en una «chanson de geste», como la define ella, encerrándonos en las paredes de un hospital, con el sonido de las máquinas, asistiendo a las operaciones milimétricas de los cirujanos,  las duras conversaciones de los facultativos hablando con familiares rotos por la tristeza (como ocurría en el prólogo de Todo sobre mi madre, de Almódovar, cuando unos doctores asistían a unos cursos con psicólogos para instruirse en la manera de dar informaciones duras a los familiares) a pisos frente al hospital para esperar lo que puede cambiar la vida, o a trayectos en bicicletas o motos bordeando la ciudad y sintiéndose que la vida se escapa a cada segundo, incluso, agarrándose a una bici para superar una cuesta empinada y encontrarse con el amor, o bordear las olas con el ímpetu de la juventud, de ese instante de la vida que tenemos todo por hacer o eso creemos, en una sucesión de circunstancias vitales en las que se encuentran inmersos emocionalmente los personajes que navegan de lo íntimo a lo general y viceversa.

Momentos cotidianos, bellos y luminosos, emocionantes y líricos, casi metafísicos, algunos de ellos vacíos de silencio y de palabras, sólo sensoriales y vitales, donde la vida y la muerte se funden creando uno sólo, un instante que nos une a todos, ayudados por un elenco de altura con grandes nombres como Tahar Rahim, Emmanuelle Seigner o Anne Dorval, que dan vida a unos personajes que viven al límite de sus emociones y existencias, enfrentados a la pérdida, al dolor y a tener que decidir porque no hay tiempo que perder porque cada segundo cuenta para salvar vidas, y la compañía de la dulce melodía de Alexandre Desplat (colaborador entre otros de Polanski, Audiard, Malick o Fincher) que nos envuelve en ese mundo onírico, en el maremagum de emociones donde transita la película elegantemente captadas y filmadas por la la directora a través de un grupo de existencias en una historia contada en dos partes, en dos tiempos, en dos circunstancias vitales, opuestas pero complementarias a la vez, que acaban fluctuando en una misma, haciendo que ese corazón, órgano complejo y vital para nuestras vidas, no deje de latir, y siga regalando vida, independientemente del cuerpo donde se encuentre, porque este dellate, al fin y al cabo, es lo de menos.

 

Todos los gobiernos mienten, de Alfred Peabody

TODOS LOS HOMBRES DEL PRESIDENTE.

“El periodismo es contar la verdad, defender al débil del fuerte, luchar por la justicia, aportar consuelo y perspectiva para soportar los odios y los temores de la humanidad con la esperanza de un día crear un mundo en el que los hombres celebren sus diferencias en lugar de matarse entre ellos en su nombre”

I. F. Stone

“Una mentira contada mil veces, acaba siendo verdad”, frase pronunciada por Joseph Goebbles, ministro de propaganda nazi, que creó un imperio de mentiras para propagar su discurso nacionalsocialista por el mundo. Una estrategia que continúan los medios de comunicación actuales, sometidos a los intereses económicos y poderosos de las grandes corporaciones, se han convertido en meros altavoces de esos gigantescos grupos de comunicación que hacen y deshacen según les conviene en un mundo cada vez más deshumanizado, mercantilista y egoísta. La aparición de otras miradas, otras voces, y otras reflexiones, ayuda a comprender la convulsa y compleja realidad mundial, acercándonos a la veracidad de la información, a entender la materia intrínseca de los sucesos y a tener ese espacio necesario para reflexionar sobre lo ocurrido desde un prisma humanista, claro y tranquilo. Alfred Peabody, periodista y cineasta de oficio y vocación, ha dedicado su carrera profesional a estos menesteres, ya desde su programa de investigación The Fifth Estate para la CBC (Cadena pública canadiense) donde contribuyó a ofrecer un periodismo alejado de los intereses económicos y ejerciendo su arma arrojadiza ante las mentiras de los poderosos.

Ahora, con la producción de dos grandes críticos del poder como Oliver Stone y Jeff Cohen en la producción, realiza este documento de político, de poderosa fuerza y sumergiéndose en las entrañas oscuras de los mecanismos del poder, un trabajo sobre la prensa, y todas aquellas personas que trabajan para ejercer un periodismo de verdad, independiente y libre, apartado de las “verdades” interesadas de los grandes medios de comunicación. A partir de la figura de I. F. Stone ( 1907-1989) pilar indiscutible de la libertad de prensa, que en los años 60 se convirtió en la voz crítica contra los desmanes del poder y las mentiras políticas que arrojaban contra la población estadounidense a través del semanario If Stone’s Weekly, un diario independiente que se convirtió en un emblema para toda una generación de periodistas y sobre todo, un símbolo para una parte de la población ávida de conocer la verdad y harta de las patrañas estatales. Peabody realiza una película con nervio, inteligencia y brutal, con ese ritmo endiablado de los mejores thrillers políticos de los 60 o 70, como El político, El mensajero del miedo, Cuatro días de mayo, Los tres días del cóndor o Todos los hombres del presidente (del que se hace referencia explícita en la película, además de aparecer como testimonio Carl Berntein, uno de los periodistas que destapó el escándalo del Watergate que acabó con la presidencia de Nixon).

Escuchamos a periodistas que trabajan en los márgenes, en las zangas de la investigación, lejos del mundanal ruido, con independencia y libertad, siguiendo el inmenso legado de Stone, como Amy Goodman desde su canal de televisión Democrazy Now!, Matt Taibbi en las páginas de Rolling Stone o por Glenn Greenwald y Jeremy Scahill desde The Intercept, periodistas en busca de la verdad, de destapar las vergüenzas de unos poderosos que parecen funcionar al margen de la ley y por encima de todo y todos, sacando a la luz temas espinosos y conflictos enterrados como las revelaciones de la NSA sobre el caso Snowden, las fosas comunes ilegales de inmigrantes mexicanos en la frontera, los asesinatos selectivos con drones militares en oriente Medio, o la falsedad de los motivos que justificaron la invasión de Irak, entre otros temas, con la participación de destacadas figuras de la investigación como Noah Chomsky, Michael Moore, hombres a contracorriente, hombres que conocen sobradamente los hilos invisibles del poder, los que manejan los grandes medios como la CBS o la CNN, porque saben que eso genera hábitos y opiniones en la población. Peabody construye un puzle complejo y siniestro sobre los malos usos de la información de los gobiernos y cómo este grupo de hombres buenos y profesionales (recuerdan la figura que interpretaba Cary Grant en Luna nueva, ese jefe voraz y enérgico, que valiéndose de sus artimañas para no perder a su mejor periodista, y así esclarecer la verdad para salvar a un inocente) se dedican a recabar información y llegar hasta el quid de la cuestión, a través de sus medios digitales, su fuerza narrativa y su mente creadora para esquivar los obstáculos del poder y presentar una información veraz, inteligente y necesaria.

Entrevista a Sebastian Vogler

Entrevista a Sebastian Vogler, director artístico de «La muerte de Luis XIV». El encuentro tuvo lugar el jueves 24 de noviembre de 2016 en las oficinas de Eddie Saeta en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sebastian Vogler, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño, y a Marta Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, paciencia y cariño, y a Lluís Miñarro, por su amabilidad, amistad y cariño.

Entrevista a Alice Waddington

Entrevista a Alice Waddington, directora de «Disco inferno». El encuentro tuvo lugar el lunes 12 de septiembre de 2016 en el Parc de L’Estació del Nord en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alice Waddington, por su tiempo, generosidad, y cariño, a Pablo Menéndez de Marvin&Wayne Short Film Distribution, por su amabilidad, paciencia y cariño.

 

Encuentro con Jean-Pierre Léaud y Albert Serra

Encuentro con Jean-Pierre Léaud y Albert Serra con motivo de la presentación de la película «La mort de Luis XIV», junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya. El acto tuvo lugar el jueves 17 de noviembre de 2016 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean Pierre Léaud y Albert Serra, por su tiempo, conocimiento, y cariño, a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, y a Eva Herrero de Madavenue y Diana Santamaría de Capricci Cine, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

La muerte de Luis XIV, de Albert Serra

llxiv_castLA AGONÍA DEL REY.

“Este libro es un acto decididamente político, ya que denuncia el espectáculo: quiero decir, la ficción irrisoria a la que se encuentra reducida la expresión audiovisual en nuestra sociedad, así como el contagio que ésta padece, convertida, en su esencia, en una sociedad del espectáculo. Por primera vez desde que existe el hombre, poseemos un medio de comunicación universal por su inmediatez, a diferencia de la escritura, que supone una previa condición cultural. ¿Y qué hemos hecho? Una especie de juego circense que corrompe todo el mundo y todos los temas”

Roberto Rossellini

Con estas palabras enormemente significativas y precisas, se abre la autobiografía del cineasta Roberto Rossellini, toda una reivindicación del arte cinematográfico como herramienta fundamental para retratar al hombre y su tiempo, olvidando la superficialidad en la que se ha convertido. Definición muy apropiada al cine de Albert Serra (Banyoles, Girona, 1975) ideado y construido a partir de la desmitificación del mito o leyenda, en un viaje introspectivo en el que penetra en la profundidad del alma de sus personajes, ya desde su primera película, Honor de caballería (2006) retrató lo ordinario e íntimo de El Quijote, retratando una de las figuras esenciales de la  literatura universal. La película de Serra filmada en exteriores nos trasladaba en un viaje sin fin en el que el ilustre hidalgo perdía su gallardía y grandeza para convertirse en un ser corriente, anciano que se movía con dificultad, junto a su fiel escudero Sancho Panza. En El cant dels ocells (2008) seguimos el viaje de los tres reyes magos, unos personajes muy alejados de su magnificencia, aquí se convertían en hombres sencillos, con manías y miedos, que viajaban a pie en busca de su destino.

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En 2011 realiza Els noms de Crist, para una exposición en el Macba, sobre el proceso creativo del cine en un trabajo inspirado en la mística de Fray Luis de León. Al año siguiente, esta vez para el CCCB, dirige El senyor ha fet en mi meravelles, en la que, junto al equipo de Honor de Cavallería, recorría los lugares de El Quijote. En 2013, como encargó del dOcumenta de Kassel realiza Els tres porquets, un retrato de Goethe, Hitler y Fassbinder, tres de las figuras más relevantes de la Historia de Alemania. En el 2013 presenta Història de la meva mort, en la que filma el soñado encuentro entre Casanova y Drácula, dos figuras que representan el Racionalismo que está llegando a su fin, enfrentado al Romanticismo que se abre paso. En el 2015, para el pabellón catalán de la Bienal di Arte di Venezia, realiza Singularity, 12 horas de película en las que describe la transformación del siglo XX a través de la minería y la prostitución.

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Ahora, con La muerte de Luis XIV, nos devuelve al siglo XVIII, donde transcurría buena parte de la historia de Casanova y Drácula, a su verano, y a las dos semanas que transcurrió la lenta agonía del monarca. Esta vez, Serra (como viene siendo en su cine reciente, ha dejado los paisajes naturales para introducirse en espacios cerrados y agobiantes) nos encierra en la habitación del Rey, y alrededor de su cama fúnebre, en una primorosa pieza de cámara, en la que asistiremos a las horas y días que se irán consumiendo lentamente, observando cómo su doctor personal y científicos se mostrarán incapaces para detener la imparable gangrena que afecta a su pierna izquierda. También, le visitarán cortesanos, eclesiásticos, ministros, damas gentiles, su hijo, y sus perros. Serra nos construye una película histórica que nos recuerda al aroma de las producciones francesas, en las que se huye de la espectacularidad y los éxitos del personaje en cuestión, para adentrarse en su carne, en los tejidos naturales que no vemos, en las entrañas de que está compuesto, en esa humanidad decrépita que contamina todo el espacio. Podríamos encontrar en el cine de Rossellini realizado para televisión en el mejor modelo donde Serra encontraría su inspiración, en La toma del poder por parte de Luis XIV (1966) que podría ser el reverso del espejo de ésta, en la que la grandiosidad de aquel momento, se contrapone con el final triste de sus días, o Sócrates (1975) y El Mesías (1975), por citar sólo algunas, en las que Rossellini devuelve a la televisión su esencia, dotando a las historias del rigor necesario, construyendo obras que retratan el humanismo de estos personajes de la historia, idea en la que también profundizaría Pasolini en sus frescos históricos como El evangelio según San Mateo (1964), Edipo Rey (1967) o Medea (1970), o Sokurov en sus obras dedicadas a los dictadores del siglo XX,  a Hitler en Moloch (1999), Lenin en Taurus (2001) y Hirohito en Sol (2005).

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Serra habituado a trabajar con actores no profesionales, ahora lo hace con Jean-Pierre Léaud, figura esencial del cine europeo del último medio siglo. Aquí, se introduce en la piel arrugada y envejecida del Rey, que fue llamado “Rey Sol”, pero en este momento, toda aquella luz que lo iluminaba ha dejado paso a la penumbra y la oscuridad en la que se ha visto reducida su existencia (como le ocurría a Barry Lyndon). Y la presencia del actor Patric D’Assumçao (visto en El desconocido del lago) como Fagon, el inútil doctor. El director de Banyoles, interesado en la humanidad y la decadencia de aquellos que todo lo fueron, en su lenta desaparición, genera ese paisaje humano de luz velada obra del cinematógrafo Jonathan Ricquebourg (que retrató la imagen animal de Clan salvaje), en la que la estancia del rey se apodera del relato en la que la magnífica dirección artística de Sebastian Vogler (cuarto filme con Serra) cuida el detalle y la rugosidad de cada pliegue, cada objeto y forma, en la que predomina ese intenso rojo en contraposición con los ropajes ampulosos y esos pelucones extravagantes que presiden la ceremonia a la que asistimos casi en silencio, porque Serra decora su espacio de miradas, gestos y gritos, los alaridos de dolor del Rey que rompen el silencio de palacio, aunque el maravilloso diálogo pronunciado por Vicenç Altaió (repite con Serra después de su inolvidable Casanova) en un personaje que viene a deslumbrar con sus ideas científicas, y su idea sobre la vida y el amor, aunque tampoco acaban de tener el efecto esperado en la salud del Rey.

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Serra, acompañado de su equipo habitual, deja su catalán de Banyoles, para filmar en francés por primera vez, en una película que recoge el espíritu contestatario e irreverente de su cine, una mirada alejada de cualquier convencionalismo que podamos imaginar, un cine construido desde la sinceridad del autor que conoce su oficio, un trabajo al que da forma profundizando en su diferentes formas de representación, y en todos los medios narrativos y expresivos a su alcance, ya sea en el cine, la televisión, en el museo, o en su capacidad para sumergir al espectador en mundos en desaparición, universos que se resisten a desaparecer (con ese aroma tenebroso de decadencia mortuoria que presidía el cine de Visconti) paisajes humanos donde todo parece inútil y banal, pero que oculta toda la esencia de un cine cimentado en la humanidad de unos personajes que mueren lentamente, casi sin darse cuenta, creyéndose que con su muerte todo cambiará, aunque todo seguirá igual.

Caballo Dinero, de Pedro Costa

caballo-dinero-1LA MEMORIA DE VENTURA.

“Siempre decimos que esta película la hicimos para olvidar, una boutade que responde a ese lugar común de la crítica sobre el cine y la memoria. Pero sí, nosotros queríamos olvidar la pobreza y los recuerdos dolorosos. Olvidar nuestro fracaso, el de Ventura y el mío”

Pedro Costa

La película se abre con un bellísimo prólogo en el que vemos una serie de fotografías de Jacob Riis, fechadas en 1900, inmigrante danés que retrató su vida y su entorno en aquel Nueva York de primeros de siglo. En ellas, observamos prisioneros, interiores, sótanos, habitaciones sombrías,  catacumbas… Un tiempo de pasado que podría tratarse de nuestro presente. Seguidamente, nos encontramos en los pasillos oscuros, y en penumbra de un hospital, quizás un psiquiátrico, en el que un anciano negro, de nombre Ventura, recorre unos lugares vacíos, en los que se va encontrando con personas que pertenecen a su pasado y con los que revivirá episodios de su vida.

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El cineasta Pedro Costa (1959, Lisboa) vuelve a filmar a su personaje fetiche, Ventura, el inmigrante caboverdiano que encontró en el barrio lisboeta de Fontainhas, un paisaje ya desaparecido (sólo existente en el cine) ubicado en la periféria y habitado por gentes humildes, desplazados e invisibles, a los que la mirada de Costa se ha acercado de forma humanista rescatando sus vidas errantes, mutiladas y vejadas, dedicándoles varias películas como En el cuarto de Vanda (2000) en los que en sus casi tres horas construía un retrato íntimo y devastador de la vida de una toxicómana, en los que ya aparecía la sombra de Ventura, al que se dedicaría en cuerpo y alma en Juventud en marcha (2006) donde su cámara filmaba un proceso de cambio en el que Ventura dejaba su chabola de pedazos en Fontainhas, en la que había vivido casi cuatro décadas, para trasladarse a su nueva vivienda social, en los que cambiaba de hogar, pero seguía padeciendo la explotación, el hambre y el racismo del país de acogida. En el 2009, el cine de Costa alcanza sus cotas más profundas y conceptuales con Ne change rien, en la que a través de una filmación de claroscuro (más propia del cine de serie B de Lang, Mann, Tourneur, etc…, que se ha convertido en una de las señas de identidad de su cine) conmovía a través de una gran sencillez y una cercanía asombrosa, en la que nos sumergía en el retrato de la cantante Jeanne Balibar.

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En su segmento Sweet exorcism, perteneciente a la película colectiva Centro histórico (2012) ya apuntaba ciertos temas y elementos de Caballo dinero, centrándose en la secuencia/plano del ascensor, y la huida por el bosque, que recogen todo el espíritu que recorre la película/viaje que define la naturaleza de Caballo Dinero, la mirada de Ventura (que se convierte en onmipresentedurante todo el metraje) nos guía por este recorrido por los lugares que han estructuado su existencia, como el hospital, que más parece una prisión que otra cosa, el asilo donde voluntariamente se encarcela Ventura, una fábrica abandonada, un taller lleno de polvo, o una oficina en penumbra, lugares que ya han perdido su memoria, lugares vacíos de tiempo, un tiempo que no existe, que se ha desvanecido, que ha perdido su identidad y se ha convertido en otra cosa, un tiempo sin tiempo, en el que pasado y presente conviven en espacios que almacenan una memoria desaparecida, que el tiempo desvaneció, que ya no respira. Costa sigue a su cansado y desesperado Ventura, una figura fantasmal que se desplaza sin rumbo, perdido, sin alma, un hombre devastado por el tiempo, por años de sufrimiento y precariedad, de un hombre que se reencuentra con las personas de su pasado, sus paisanos caboverdianos u otros africanos (angoleños, guineanos) llegados de las antiguas colonias a mediados de los setenta, con los que comparte canciones de su patria perdida, recuerdos de sus primeros años, la dictadura, el trabajo, los amigos…, años de revolución, de cambio (con el fin de la dictadura que alcanzó medio siglo) años de ilusión en los que se soñaba con un mundo mejor, un mundo de derechos para los obreros y vidas dignas para todos, que los recién llegados nunca vieron materializarse. Todo aquello se consumió con el paso del tiempo, y lo que queda son recuerdos vagos, espacios sombríos, cansancio y locura.

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Costa construye su película a través ligeras cámaras digitales y un reducido equipo técnico, en el que filma a Ventura en planos dilatados y estáticos (hay pocos movimientos de cámara durante la película) en el que prima la acción y la palabra, sujetos a espacios limitados, más propios de una prisión, a través de su habitual claroscuro que escenifica ese mundo oscuro, entre sombras y espectros, más propios del cine de terror, en los que se ha convertido Portugal, y la vieja Europa, y en mayor medida, los inmigrantes que han sufrido la vida miserable de una Europa egoísta, injusta y a la deriva. Ventura ( que podría ser un trasunto del profesor Borg de Fresas salvajes, el Luis de La prima Angélica o el cineasta de La mirada de Ulises) se mueve entre el documento y la ficción, entre un espacio indefinido en el que Costa captura con su mirada 40 años de la memoria ahogada de un país roto y devastado por la crisis, centrándose en la mirada cansada, desesperada y mutilada de Ventura, alguien que no se mueve, se desplaza por espacios sin vida, oscuros, sin tiempo, en los que su memoria se amontona en infinidad de pedazos que aparecen de manera pausada y accidentalmente. El cine de Costa es un cine poético, artesanal y paciente, filmado con una textura agobiante e hipnótica, dotando a su obra de una atmósfera que fascina y aterra a la vez, cimentando un cine sólido, sin fisuras, en el que cada instante nos provoca una meditada reflexión, creando un espacio fílmico de una contundencia sobrecogedora, convirtiendo a su cine en una experiencia única, como la ya mencionada secuencia del ascensor, que a través de ínfimos elementos logra condensar en un mismo espacio, y sólo con dos personajes, todo un conglomerado del devenir histórico de no sólo Portugal, sino de Europa, en todo lo que podía haber sido, un continente de unidad y humanidad, y en lo que finalmente se ha convertido, el fin de la utopía, un lugar enfermo, en el que reina la precariedad y la injustica.

 


<p><a href=»https://vimeo.com/176600295″>Trailer oficial CABALLO DINERO (Pedro Costa, 2014)</a> from <a href=»https://vimeo.com/numax»>NUMAX</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Lenna Yadav

Entrevista a Leena Yadav, directora de «La estación de las mujeres». El encuentro tuvo lugar el jueves 21 de julio de 2016, en una terraza junto a los Cines Texas de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leena Yadav, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su paciencia, amabilidad, y a Oriol, traductor de la entrevista que, tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

La estación de las mujeres, de Leena Yadav

ESTACION_MUJERES_CARTEL_70_100DONDE TE GUIE EL CORAZÓN.

“La vida no puede ser tan injusta. Nosotras también encontraremos nuestro trozo de felicidad”

Nos trasladamos hasta el desierto reseco de Kutch, al noroeste de la India, más concretamente en el estado Gujarat, en el pueblo ficticio de Ujhaas, un escenario muy hostil para contarnos la existencia de tres mujeres, a la que se añadirá una cuarta. Conoceremos a Rani, una viuda de 32 años, casada a los 12 y sola desde los 16, que tiene que acarrear junto a una madre inválida y un hijo, Gulab, rebelde y de mal carácter. Junto a ella, Lajjo, de 28 años, amiga y confidente, casada, pero no puede tener hijos, por ese motivo recibe maltratos físicos, la tercera en discordia es Bijli, de 35 años, bailarina y prostituta, que parece que sus años de esplendor en el escenario y reclamo a los clientes, están llegando a su fin. Se les añade Janaki, de 15 años, nuera de Rani, que deja novio y sueños, por un matrimonio forzoso, con el que Rani pretende apaciguar los ánimos de Gulab, pero sin conseguirlo. Tres mujeres que viven en una zona rural rígida y patriarcal que gobiernan un grupo de hombres religiosos dominante que controla la vida de las mujeres, obligándolas a tener una existencia triste y sumisa.

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La directora Leena Yadav (1971, Mhow, India) después de dos trabajos interesantes, pero enmarcados en obras de género, en los que se manejaba en terrenos más propios del drama musical y el thriller, se enfrenta ahora a un trabajo muy personal, a una historia nacida desde las entrañas, construyendo un relato de mujeres, feminista, de denuncia, que reivindica la falta de libertad de unas mujeres sometidas al yugo machista que se rige por tradiciones ancestrales. Yadav edifica una película a través de la mirada de estas mujeres, explrando cada uno sus dramas interiores, todas arrastran deseos incumplidos, carencias emocionales, y sobre todo, la condena a una existencia vacía y oscura, batallando con unos conflictos que son tratados con mostrados con inteligencia por Yadav, la trama mezcla con sabiduría los momentos trágicos, con otros instantes, en los que el humor y la sensibilidad inundan la pantalla, y ese aire romántico de las aventuras del desierto, desde una distancia eficaz que muestra los hechos sin juzgarlos, sin caer en estereotipos ni sentimentalismos, en el que porfundiza en temas como la sexualidad, la homosexualidad, el trabajo femenino, lo merno y diferente, todos estos temas se cuentan de forma sencilla y honesta, la cámara sigue a estas mujeres de manera reposada que, buscan lo que buscamos todos los seres humanos, amar y ser amados, y ser ellas mismas, sin condiciones ni obstáculos, con la dificil tarea de primero encontrarse a ellas mismas, sus necesidades y sueños, y luego, materializarlos, pese a quien pese, y derribando todos los muros que encuentren en su camino.

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Un cuarteto de actrices llenas de entusiasmo y humanidad, nos seducen con sus ansias de libertad y ser ellas mismas, vencer sus miedos y enfrentarse a una sociedad hostil, pero que yendo juntas de la mano, y con ilusión, se les abren un gran abanico de posibilidades, juntas podrán afrontar un futuro duro pero diferente. Un desconocido que llama al móvil y lográ sacar una sonrisa a Rani, la posibilidad de un amante en medio de la noche que descubra una verdad oculta, la inquietud por una vida diferente alejada de la noche junto a un hombre que enamora con las palabras, o volver con el amor que nos hace sentir y nos convierte en la persona que queremos, sueños que empujan a estas tres mujeres a una vida mejor y llena de la vida que les falta. La realizadora india nos somete a las duras condiciones del escenario que acoge la película, un desierto perdido y sin oportunidades, en el que la huida hacía la ciudad parece la única posibilidad de salir de ese ambiente cerrado y patriarcal, que anula a las mujeres y las silencia. Yadav nos ofrece una historia durísima, pero sensible, terrorífica, pero llena de optimismo, una obra sobre la vida y el respeto hacía uno mismo, en la que nos acerca una realidad miserable, la que sufren muchísimas mujeres, no sólo en la India, sino en muchos lugares del mundo, en la que nos describe una existencia brutal, pero que puede ser reversible, aunque es un enorme esfuerzo y trabajo que requiere mucha valentía, cooperación y ayuda a uno mismo, y a los demás.

Black, de Adil El Arbi y Bilall Fallah

175-cartel-black-okAMOR ENTRE FIERAS.

Mavela tiene 15 años y de raza africana, se siente sola y perdida, rehuye cualquier relación con su madre, y solo encuentra refugio y camaradería en los «Black Bronx», una banda juvenil de centroafricanos que se dedica al robo y al tráfico de drogas. Un día, por casualidad o no, se encuentra en comisaría con Marwan, marroquí, de su misma edad, y perteneciente al grupo rival, los «1080». Al poco, se citan y se enamoran. Es un amor sincero, y de verdad, adolescente y libre, pero debido a las circunstancias, deben ocultarlo y mantenerlo en secreto. El segundo trabajo de los realizadores Abil El Arbi y Bilall Fallah, después de la interesante Image (2014), en la que relataban como una periodista se introducía en el complejo mundo de la delincuencia a través de un joven marroquí, sigue en la misma línea, vuelven a situarnos en Bruselas, en la cara oculta y silenciada por los medios, en ese mundo de hijos de inmigrantes, que no pertenecen a ningún lugar, que se mueven en lo ilegal y lo transgreden, carnes de cañón con un no futuro.

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La acción arranca con una joven en medio del caos, necesitada de cariño y comprensión, que con la necesidad de huir de su madre, debido a sus carencias emocionales, acaba en el peor de los lugares, en las fauces de un dragón voraz y terrorífico. En frente, encuentra un leve respiro en Marwan y en los sentimientos que nacen entre los dos. El tono de los realizadores belgas, pero con raíces árabes, es muy seco, su violencia es física y brutal, no hay respiro, todo se desarrolla a través de la acción, una acción vertiginosa y que no deja lugar a ningún tipo de tregua. Todo sucede a un ritmo vertiginoso. La cámara filma de forma realista y transparente a estos jóvenes condenados, unas almas rotas y agazapadas, que se sienten extranjeros en el lugar donde han nacido, que encuentran en la delincuencia su forma de vida, en la que pueden adquirir todo aquello que desean sin necesidad de ninún tipo de esfuerzo y trabajo. Y en medio de toda esta suciedad y terror, algo de humanidad, la historia de amor de Mavela y Marwan, unos actualizados Romeo y Julieta, entre la disputa de sus respectivas familias los Capuleto y los Montesco, aquí, convertidos en bandas rivales a muerte, como ocurría en el inolvidable musical West Side Story, la eterna lucha fraticida entre unos y otros, todos ellos marcados y sin salida, que podría resumirse en el instante que escuchamos el tema «Back to black», de la desaparecida Amy Winehouse, aquí versionado en forma de balada triste. Alegres pero en el fondo tristes.

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La película está bien construida, muestra un lado oscuro muy alejado de la Europa bienpensante y superficial, la realidad de esos niños en la frontera, niños perdidos en su propio país, que ni se sienten de el ni pertanecen a el, que viven en esos barrios pobres, sin recursos, con indices brutales de desempleo, y olvidados de todos, que encuentran en la amistad y en el compañerismo de apariencias una forma de vida, no trabajan, pero robando consiguen lo que quieren, no hay futuro, sólo viven y disfrutan del presente, un presente lleno de violencia, muerte, sexo y consumo rápido, todo va Deprisa, deprisa como contaba la excelente película de Saura. Quizás la cinta adolece de profundidad en su discurso, más interesada en una forma exquisita y descarnada, a partes iguales Bella y triste, romántica y llena de odio y venganza. Juega a su favor ese aroma naturalista y sangrante que recorrían las calles deshumanizadas de Kids, de Larry Clark o la marginalidad y negritud de El odio, de Matthieu Kassovitz. El trabajo interpretativo, tanto de la maravillosa pareja protagonista compuesta por Martha Canga Antonio y Aboubakr Bensaihi, amén del resto del reparto, ayuda a obtener la veracidad y frescura que se respira en la película. Es una historia conocida, pero no le quita méritos a la valentía y la propuesta de los directores en sumergirnos en este cruel descenso a los infiernos, en un relato que ocurre en todas las ciudades de esta Europa vendida como unida y próspera, pero en realidad, muy clasista, porque esa prosperidad solo levanta y mantiene a unos pocos privilegiados.