Entrevista a Amanda Goldsmith, actriz de la película «La mujer dormida», de Laura Alvea, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 29 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Amanda Goldsmith, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
El arranque de La mujer dormida es modélico, porque se nutre de elementos comunes de los cuentos de terror. Tenemos a una mujer joven que llega a una casa aislada para cuidar a una mujer en coma. La joven compartirá casa con el marido, un hombre del que las mujeres del pueblo más cercano recelan. Aunque la película se aleja del prototipo actual del género, el susto fácil y la estridencia argumental que marea al espectador para crear una atmósfera pausada que no tiene prisa en ir construyendo el relato y sobre todo, la relación compleja entre los dos personajes. Una película que nace a partir del guion de Daniel González, Miguel Ibáñez Monroy y Marta Armengol, vinculados al audiovisual producido en Cataluña, tanto en series como en películas, donde a modo de historia detectivesca, nos iremos adentrando a través del personaje de Ana, no sólo en el presente sino en el pasado, un tiempo donde están las claves de lo que está ocurriendo, con una mujer recién llegada que desconoce lo que ocurrió, al igual que los espectadores.
La directora Laura Alvea (Sevilla, 1976), lleva dos décadas trabajando en diversos departamentos en el ámbito cinematográfico, amén de haber codirigido junto a José F. Ortuño las interesantes The Extraordinary tale (of the Times Table), en 2013 y Ánimas (2018), otro cuento de terror, entre otras, y también, la serie La chica de la nieve. Con La mujer dormida debuta en solitario en la dirección con una trama psicológica, muy del gusto de Hitchcock, con bastantes reminiscencias a Rebeca y Sospecha, que rodó casi seguidas, porque estamos en ese limbo argumental, en que el pasado de Sara, la mujer dormida, tiene una presencia no sólo física sino también psicológica, y toda la película y las diferentes pesquisas de Ana, la llevan a dudar de la verdadera identidad de Agustín. Premisas del universo hictockiano, que creó una marca de fábrica en los cuarenta con títulos a los que añadiremos La sombra de una duda y Encadenados, entre otras. La directora sevillana se ha rodeado de cómplices que le han acompañado en estos años como el cinematógrafo Fran Fernández-Pardo, que combina con gran brillantez la cotidianidad de la historia, sin sobresaltos, con la parte más emocional y oscura que va sufriendo la protagonista, creando una oscuridad sin recurrir a elementos demasiado trillados en el género.
En el montaje también hay dos compañeras como Fran G. Moyano, habitual del cine de Alberto Rodríguez y Santi Amodeo, y Fátima de los Santos, ésta habitual del realizador Manuel H. Marín, que coincidieron en la serie de La peste, con una edición nada sencilla, en una película de casi dos horas de metraje, y que se cuenta con tranquilidad, saben manejar los tempos y sobre todo, ir masajeando un relato en el que no hay apenas diálogos y sí mucho de silencios, miradas y gestos. La música de Alfred Tapscott, otro compañero de viaje de la directora, del que hemos visto las interesantes La vampira de Barcelona y la más reciente Ruta salvatge, conmueve y genera ese estado de inquietud por el que transita Ana. Otro de los grandes elementos de la película es su ajustado y magnífico reparto encabezado por una gran Almudena Amor, que ya nos maravilló con sus dos estupendos debuts La abuela y El buen patrón, en la piel de Ana, una joven de aspecto frágil, pero con una mente fuerte que se enfrentará a sus alucinaciones que le harán abrir los ojos, o quizás, a darse cuenta que las apariencias nunca son lo que parecen, y en esa casa ocurren cosas que todavía no está lista para ver.
Acompañan a Almudena Amor, el otro lado del espejo, o mejor dicho, el reflejo que nadie quiere encontrarse, el personaje de Agustín que hace como siempre el efectivo y sereno Javier Rey, ya convertido en un actor capaz de cualquier individuos, porque como le sucede a Almudena, los dos miran tan bien que transmiten todo aquello que no vemos. La tercera en cuestión, la dormida Sara, lo hace Amanda Goldsmith, que la hemos visto en series y en películas como Competencia oficial, en un personaje quieto pero no tanto, porque su presencia y ausencia interceden en el personaje de Ana para que abra los ojos. Y luego una retahíla de breves personajes que ayudan a dar profundidad y complejidad al relato como Pino Montesdeoca que hace de la madre de Sara, Alicia Lobo, Emy Cazorla y Guacimara Correa, entre otras. Otro elemento capital para la película es la casa aislada y esa carretera que la separa del pueblo, creando esa dualidad en la que se mueve en todo momento la historia, a través del personaje de Ana, en mitad de todo, o quizás, en mitad de la nada, porque ella llega nueva y debe descubrir qué ha pasado, o qué debe hacer ella con lo que está pasando.
Hemos hablado de Hitchcock, aunque también la película bebe y mucho de ese cine de terror de los sesenta y setenta que, con presupuestos modestos, lograban crear inquietantes atmósferas metidos en relatos muy terroríficos, donde el universo de Polanski sería un referente idóneo, con su trilogía del apartamento compuesta por Repulsión, Rosemary’s Baby y El quimérico inquilino. Tres muestras del talento del cineasta polaco para generar tensión y agobio, con historias cotidianas y tremendamente domésticas, que inquietaban en lugares muy comunes como nuestras propias viviendas, en las que sumergía a unos personajes atrapados en universos demasiado pequeños y horribles, que nos vapulearon el aspecto psicológico. Tiene Almudena Amor esa imagen de mujer frágil pero de carácter fuerte y dispuesta a todo que no está muy lejos de la Deneuve de Repulsión, la Dorléac de Cul-de-sac, la Farrow de Rosemary’s Baby y la Adjani de El quimérico inquilino. Por estas cosas y muchas más que ustedes descubrirán, no se pierdan una película La mujer dormida, porque sin ser una obra redonda tiene grandes momentos, de esos que no se olvidan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Esto no es un deporte. Esto es competición y competir significa ganar. Y a mi me gusta ganar”.
Como de revelador resulta, a veces, la primera imagen elegida para abrir la película. En Caída libre no sólo cumple con esa intención, sino que advierte la historia que estamos a punto de ver. Un primer plano de Marisol en el que nos mira a nosotros, mientras va maquillándose de forma muy peculiar: deja marcada las líneas como si estuviera preparándose para la guerra como hacían los indios. Luego, la vemos en su flamante deportivo conduciendo ferozmente y más tarde, entrando en el Centro de Alto Rendimiento con peluca oscura con ese peinado recto sin fisuras, vestido ajustado y negro y andares seguros y altivos, mostrando su poderío y carácter. Una imagen poderosa y bella, que también oculta la verdadera naturaleza del personaje. Una mujer, antaño campeona de gimnasia, ahora entrenadora recta, estricta y exigente con métodos durísimos, salvajes y sin piedad. Y todo sin usar diálogo, sólo con imágenes, a partir de la imagen de una actriz como Belén Rueda, con una mirada impertérrita, la que mira con un objetivo, el de ganar, y de paso, dejar claro quién es la mejor, sin titubeos, sin sentimentalismos y sobre todo, sin dudar de la capacidad de una misma.
Con la producción de cómplices y compañeros de viaje como Juan Antonio Bayona, Belén Tienza y Oriol Maymó, y el guion de Bernat Vilaplana, que conocíamos por su labor como editor junto a Juan Antonio Bayona y Guillermo del Toro, amén de otros, en su segundo trabajo como guionista después de la coescritura en La sociedad de la nieve, del citado Bayona, la directora Laura Jou (Barcelona, 1969), que se pone tras las cámaras después de su interesantísimo debut con La vida sense la Sara Amar (2019), que deja el drama con adolescentes y verano con una película sutil, vitalista y nada complaciente, para adentrarse en un terreno mucho más oscuro, sofisticado y elegante, centrándose en la edad adulta, donde traza sin titubeos y con pausa el retrato de Marisol, una mujer en el trono deseado y con capacidad para seguir en él, pero que verá cómo su reino se vendrá abajo de forma implacable, la película capta todo ese desmoronamiento y la actitud de resistencia que opone la citada protagonista, que luchará con todo para seguir manteniendo su poder. Un personaje que no está muy lejos de la famosa Irina Víner, la entrenadora rusa que prepara al equipo de gimnasia ruso, que la película Over the Limit (2017), de Marta Prus ya dió buena cuenta de sus durísimos métodos.
La directora barcelonesa construye una película muy oscura, más cerca del thriller psicológico e incluso del cuento de terror, porque la caída de su protagonista está contada con sumo detalle y cercanía, es casi un diario de su caída en cámara lenta, sin pudor, sin lágrimos, despiadado y sin ningún tipo de rubor, con una tensión desbordante, donde el relato nos va asfixiando y sometiendo en ese espacio donde todo puede ocurrir, porque acompañamos a un personaje cayendo al abismo y por su carácter indómito, no se dejará ir y ya, sino que morirá matando. A través de un impecable trabajo de cinematografía de Marc Gómez del Moral, del que hemos visto sus trabajos en La hija, de Martín Cuenca y en series de corte policíaco como La línea invisible y El día de mañana, entre otras, donde imprime una imagen y cuadro bien definidos y mejor iluminados, en el que se imponen los claroscuros y los reflejos, tanto en espejos, como el que abre la película, y esas puertas y pasillos que debido a la estética del mobiliario va produciendo imágenes borrosas e inquietantes. El montaje de manuel de Guillermo de la Cal, especialista en thrillers en los que ha trabajado con Paco Plaza, Jaume Balagueró y Mateo Gil, entre otros, donde se ejerce una tensión brutal al espectador, creando esas situaciones de inquietud y oscurísimas, muy del estilo del primer Polanski, donde con pocos personajes y relatos oscuros conseguía someter a los espectadores.
La música de Clara Peya, intuitiva y nada acomodadiza, con esos toques de tambores de guerra, ayuda a conducir al respetable por este cuento de terror doméstico de narrativa clásica y llena de sorprendentes momentos. Ya hemos hablado de la gran capacidad de Belén Rueda que, este año año se cumplen dos décadas de su gran debut en el cine como actriz en Mar adentro, de Amenábar, y no me canso de seguir en esa línea, porque lo que hace con Marisol es pura magia, con esa mirada que sin hablar lo explica todo, y mucho más, porque es un personaje muy metódico, que todo se lo guarda para no mostrar ningún tipo de debilidad frente a los demás, y la actriz madrileña sabe manejar todo eso, y dar mucho más, mostrando una mujer fuerte y de carácter, pero también, esa vulnerabilidad que oculta a los demás y sus momentos de caída al abismo son oro puro, porque Rueda se funde con el personaje, con su mirada, su piel, su cuerpo y su rabia y tristeza sin lágrimas. Otra composición digna de una de las grandes actrices de este país, y no sólo por su gran trayectoria, sino porque está cumpliendo años con dignidad, aplomo y haciendo mejores interpretaciones, más maduras, más contenidas y sobre todo, acercándose a aquellas actrices clásicas que eran capaces de todo con sólo una mirada.
Le acompañan la naturalidad y cercanía de Irene Escolar, que fue gimnasta de Marisol y ahora es su segunda, que tendrá su momento y le expondrá a Marisol los peligros a los que se enfrenta con su actitud destructora, Ilay Kurolovic es Octavio, que hace de marido de la principal, que después de foguearse en series lo vemos en un personaje que será el contrapunto y otro espejo deformante de Marisol, Maria Netavrovana es Angélica, la gimnasta que entrena la protagonista, y que sufrirá su ira y su carácter, y Manuela Vellés es una mujer que se cruzará en el camino de la protagonista, muy a su pesar. Si se acercan a ver Caída libre que, sin ser una película redonda, se parece a las que hace Oriol Paulo, mantiene su capacidad para sumergirnos en la oscuridad del personaje, sin grandes alardes ni florituras, y consigue mantener al espectador sujeto a su butaca y haciéndolo disfrutar pasándolo mal, no se asusten, de tanto en tanto, también está bien ir al cine y que nos vapulean un rato, que sintamos la tensión de la oscuridad y de las mentes perversas, y estarán viendo una forma de condición humana, aquella que no acepta la negativa, porque todo debe seguir según sus principios y acciones, en ese universo que han construido con tesón, manipulación, narcisismo y sobre todo, sometiendo a los demás, no sólo para ganar las competiciones, sino para demostrar que nadie les hace sombra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Alejo Levis y Àlex Brendemühl, director y actor de la película «Hate Songs», en el marco del D’A Film Festival en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 8 de abril de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alejo Levis y Àlex Brendemühl, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Maria Oliva de Sideral Cinema, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”.
Alejandro Dumas
Entre la marabunta de estrenos cada temporada cinematográfica, de tanto en tanto resuenan en las salas un tipo de películas de producción modesta, sin pretensiones, con intérpretes desconocidos para el gran público, con las únicas bazas de contar una historia llena de tensión, de ritmo y miedo, como es el caso de Cuando acecha la maldad, de Demián Rugna (Haedo, Argentina, 1979), un director que almacena seis títulos, algunos codirecciones, en que el género de terror y la comedia negra son los elementos en los que se maneja. Los misterios indescifrables de la vida, como los del cine, han hecho que una película como la suya se convierte en eso que llaman los estadounidenses “sleeper”, algo así como en una de las películas revelación del curso, porque estamos ante un relato que se funde con lo clásico, es decir, que alimenta su historia de elementos que el terror de ahora ha olvidado, o simplemente, obvia, como el miedo desconocido, la cotidianidad enfrentada al mal, a un mal terrorífico que no entendemos y que debemos aprender para combatirlo, y sobre todo, unos personajes de carne y hueso, como nosotros, en un cóctel lleno de angustia y miedo, mucho miedo.
Una película que bebe mucho de aquel terror de los treinta americano que hacía de lo sugerido y el fuera de campo toda una declaración de principios que conectó con el público, o aquel otro cine de serie B de los cincuenta y sesenta que hacía las delicias de los espectadores con relatos inquietantes y muy cercanos, y aquel otro cine de género setentero que indagaba en monstruos desconocidos que venían a este planeta a revolverlo todo. Un cine que hacía de su modestia su mejor baza, en apelar directamente a la imaginación del espectador, aquel que tiene más miedo de lo que imagina que lo que ve con sus propios ojos, como les ocurre a los personajes de la película. En algún pueblo remoto de la Patagonia argentina, un par de hermanos granjeros que unos ruidos los alertan y descubren un hombre partido por la mitad y en “embichado”, o “encarnado”, como lo definen ellos mismos, un tipo postrado en una cama lleno de pus, que recuerda al tipo de la “pereza”, de aquel monumento que fue Seven (1995), de David Fincher. A los dos hermanos se les une Ruiz, el terrateniente del lugar, y se quitan el problema de encima, trasladando al “monstruo”, lejos de allí, aunque consiguen el efecto contrario y el lugar se llena de una especie de mal que anula la capacidad de las personas y las convierte en terribles amenazas que matan a los demás.
A partir de una música que añade más tensión y locura al relato que firma Pablo Fuu, con el gran trabajo de montaje de Lionel Cornistein, que ya estuvo en Aterrados (1997), del mencionado Demién Rugna, que añade grandes dosis de caos y miedo en sus impactantes 109 minutos de metraje, y la estupenda cinematografía de Mariano Suárez, habitual de otros cineastas argentinos del género como Daniel de la Vega y Fabián Forte, entre otros, que también trabajó en la citada Aterrados, en un detallista trabajo donde la noche y los claroscuros se convierten en la luz que mejor define lo que estamos viendo. Otro gran acierto de la película es contar con un ramillete de intérpretes de “verdad”, es decir, que compongan unos personajes de aquí y ahora, individuos que tienen miedo, que sientes su miedo, enfrentados a un mal destructivo del que no conocen nada, que lo único que pueden hacer es huir y esconderse y hacer lo que pueden. Unos personajes humanos, donde no hay heroísmo ni estupideces de ese tipo, bien interpretados por Ezequiel Suárez que hace de Pedro, el alma mater de la historia, un tipo de oscuro pasado que intenta hacer las cosas mejor.
Otros intérpretes que acompañan, muy a su pesar, al citado Pedro, es el hermano pequeño del protagonista, que vive a su sombra, el callado y reservado Jimi, que hace el actor Demián Salomón y un habitual del universo de Rugna porque ya estuvo en Aterrados y en otras películas del director argentino. Les acompañan el veterano Luis Ziembrowski, de dilatada trayectoria, que le ha llevado a trabajar con nombres importantes de la cinematografía argentina como los de Diego Lerman, Albertina Carri y Marcelo Piñeyro, entre otras, haciendo el personaje de Ruiz, temperamental y dueño de la zona, y otra veterana como Silvina Sabater que hace de Mirtha, la “bruja” del lugar, la apartada, la que más conoce el mal y cómo combatirlo, la luz de una película con tantas tinieblas, que vimos en Alanis (2017), de Anahí Berneri, entre otras, y la presencia de Emilio Vodanovich que hace del hijo mayor y autista de Pedro, que ha participado en películas de Claudia Llosa y Miguel Cohen, y luego, un ramillete de intérpretes que dan profundidad y verosimilitud a todas los conflictos que se van generando.
No dejen escapar una película como Cuando acecha la maldad, y dense prisa porque ante la marabunta de estrenos, hay películas que valen la pena como esta, que se quedan sin el tiempo suficiente para hacer correr el boca a boca tan necesario para darles la oportunidad que se merecen, porque a parte de apoyar un cine modesto y sencillo, que no simple, pasarán un rato bueno en el cine, y no lo digo de forma irónica, porque pasarlo mal de vez en cuando viendo una película como esta siempre es agradable, porque alimenta esa idea ya olvidada, que el cine es más interesante cuánto menos muestra y sugiere más, y digo esto, no porque no haya películas con estas características, pero debería haber muchas más, y por eso nos alegramos enormemente de la existencia de esta película, que reivindica el cine de género de forma honesta y sencilla donde el espectador no quedará decepcionado, como se suele decir, porque da mucho más de lo que aparentemente pueda parecer y eso, en el mundo actual en el que vivimos, es muy importante. Así que, prepárense a pasar miedo, pero miedo de verdad, del que se mete en las entrañas y no te suelta, con esa tensión y agobio del que uno nunca se olvida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Apuñala el cuerpo y éste sanará, pero apuñala el corazón y la herida durará toda una vida”.
Mineko Iwasaki
Érase una vez un pueblo llamado Vallviva, aislado entre montañas, en que los niños mentirosos están amenazados por l’home dels nassos, un ser mitológico que el último día del año secuestra a los niños que no dicen la verdad. También es el pueblo donde los Monsó están señalados por un oscuro episodio durante la Guerra Civil Española, en el que uno de ellos traicionó a unos milicianos que fueron fusilados en las tapias de un ermita. También es la frustrada relación entre Joan Farré y Pau Monsó, amigos del alma que se distanciaron cuando Pau, el traidor señalado desapareció sin dejar rastro. L’home dels nassos es una historia ambientada en el invierno de 1968, peor viene de muy lejos, porque se centra en episodios que suceden en 1929 y sobre todo, en 1938, donde se reflexiona sobre el significado de la verdad y la mentira, y de cómo se forman los traidores y los héroes y cómo la comunidad engrandece y empequeñece dos conceptos que pudieran parecer antagónicos pero que son la caras de la misma moneda.
La directora Abigail Schaaff, que conocemos por su trabajo en series como Ventelplà, Kubala, Moreno i Manchón, y El ministerio del tiempo, entre muchas otras, debuta en el largometraje con un guion que firman el dúo Eric Moral y Núria Velasco, que coescribieron la serie Buga Buga, en una interesante mezcla entre el cuento de terror, a partir de la leyenda de l’home dels nassos, y el melodrama y la tragedia a partir de dos familias enfrentadas. La trama está concebida a partir de tres niños: el pequeño de los Farré, Ventura, Lali Monsó, y la recién llegada, Clara Monsó, una hija ilegítima del misionero Monsó. Unos niños que amenazados por la sombra de la mentira, asisten atónitos a todo el entramado de silencio y oscuridad que se cierne por unos adultos que ocultan su trágico pasado. La película, muy hábilmente, no usa los típicos recursos manidos del género actual, donde el susto facilón y las tramas enrevesadas se han impuesto para deleite de muchos espectadores ávidos de emociones fuertes aunque vacías de contenido, la película de Schaaff se aleja de ese tono y construye una forma oscurecida, llena de contrastes y que juega admirablemente con ese mundo de los mayores y los pequeños, entre lo que callan y lo que dicen, entre lo que piensan y lo que dicen, en esas continuas dualidades donde nunca sabes que ocultan sus ambiguos personajes.
Una gran atmósfera y ese tono apesadumbrado que somete a cada lugar y a cada uno de los rostros que vemos en la pantalla, que firma el cinematógrafo José Cachón, que debuta en el cine y ya estuvo en la citada Buga Buga, acompañado del excelente trabajo de arte del equipo Zeroquatre, que ya estaban en la mencionada Kubala, Moreno i Manchón, amén de series de época como Les veus del Pamano, Olor de colònia, y largos como El cadáver de Anna Fritz y La vampira de Barcelona, entre otras, y la excelente música de la francesa Laetitia Pansanel-Garric, con una gran trabajo técnico en apartados como vestuario, caracterización y demás, con la dirección de producción de una crack como Goretti Pagés, con casi 40 títulos a sus espaldas, y el gran trabajo de montaje de Ana Charte, en una película que se va a los 90 minutos de metraje, que tiene en su haber películas como Vulcania y Uno para todos, entre otras. La gran labor de casting consiguiendo un trío formidable de niños que hacen Sali Diallo, Miranda Munné y Lluc Miravete, y los adultos donde encontramos a magníficos intérpretes como Ivan Benet y Pablo Derqui, los Farré y Monsó, amigos y enfrentados, y sus otros yo de jóvenes que hacen Berner Maynes y Jorge Motos.
Un reparto que se conforma con aquellos otros y otras que añaden profundidad a la historia como la fabulosa Jeannine Mestre como Eulàlia Monsó, que es el ama y la luz de tanta oscuridad, la matriarca de los Monsó que no se esconde y mantiene su dignidad a pesar de las habladurías y señalamiento del pueblo, que Maria Molins interpreta al personaje de más joven, Mercè Llorens es una Monsó, Malcolm McCarthy es el misionero que trae a Clara, Joan Frank Charansonnet es otro de los del pueblo que tiene inquina a los Monsó, y la agradable presencia de un grande como Pep Munné. Una película como L’home dels nassos que sin hacer ruido, sencilla y nada estridente, que juega a lo que mejor sabe, contarnos una historia, pero con pausa y calma, a través de unos personajes condenados al pasado, a la tragedia y sobre todo, a las verdades nunca dichas y a las mentiras que todo el mundo ha creído como verdad, un relato sobre héroes y traidores que tiene mucho del cuento sobre el traidor y el héroe de Borges, de cómo se construye en el imaginario popular tanta mentira y tanto odio, sin conocer los pormenores de aquel día fatídico para el pueblo Vallviva, un lugar anclado, tanto en lo físico como en lo emocional, rasgado por un hecho en el que todos fueron víctimas de unos asesinos que sólo buscaban odio y muerte, que se trasladó al lugar.
Aplaudimos y celebramos el debut cinematográfico de Schaaff porque tiene la sencillez y la honestidad que mucho cine actual ha perdido o ha dejado en saco roto en pos a una audiencia ávida de lo inmediato y lo consumista sin más. La película quiere y pone toda la carne en el asador en respetar lo que cuenta y tomarse su tiempo para explicarse, sin tener prisa en desvelar la madeja que se cierne sobre el característico lugar, donde hay demasiados fantasmas, y lo hace a partir de lo más íntimo, con su modestia, su atmósfera, su paisaje, y su detalle en contarnos una historia, no quiero hacerme pesado con este concepto, pero es una evidencia demasiado instalada en el cine de ahora, por eso hay que reivindicar el cine que cuenta algo, devolviendo al cine aquello que siempre lo hizo grande, contarnos una historia, con unos personajes que sean complejos, algo incómodos y sobre todo, personajes que tienen miedo, que callan lo que les angustia y se enfrentan a una realidad demasiado dolorosa y complicada, pero que antes o después deberán hacerla frente y aún más, mirarse en ese reflejo que les da una imagen de ellos que siempre han esquivado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Felipe Gálvez, director de la película «Los colonos», en el hall del Hotel Catalonia Diagonal Centro en Barcelona, el lunes 16 de octubre de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Felipe Gálvez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, y a María Oliva de Sideral Cinema, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La ficción de la legalidad amparaba al indio; la explotación de la realidad lo desangraba.”
Eduardo Galeano
Aquellos hombres mal llamados conquistadores, que en realidad, eran meros colonizadores. Anuladores de la vida y la dignidad de los indios. Nos han contado muchas historias, pero quizás, nunca nos han contado la historia, y no digo, aquella que sólo habla de maldad, que la hubo y mucha, sino aquella que nos habla de seres humanos que se convirtieron en colonos, trabajando para ellos y para otros, a la caza de fortuna, o vete tú a saber que, en unas tierras extranjeras para ellos, pero un hogar para muchos indios que, antes de la llegada del blanco, llevaba siglos viviendo en paz, junto a la naturaleza y todos los seres que la habita. La película Los colonos, ópera prima de Felipe Gálvez (Santiago de Chile, 1983), después de más de tres lustros dedicados al montaje para cineastas como Marialy Rivas, Kiro Russo y Alex Anwandter, entre otros, y de dirigir su cortometraje Rapaz (2018), en el que ya exponía los límites de la violencia en la sociedad.
En su debut, el director chileno que coescribe junto a Antonia Girardi, con la que ya trabajó en Rapaz, la violencia es la actividad cotidiana de los empleados de Menéndez, un terrateniente que posee una vasta región en Tierra del Fuego allá por 1901. La misión de sus trabajadores consiste en recorrer esa infinita propiedad abriendo una ruta hasta el Océano Atlántico recorriendo la enorme Patagonia. Estamos ante una historia que nos cuenta una verdad, una de tantas que ocurrieron durante la colonización de esas tierras, y lo hace a partir de personajes reales y otros inventados, y sometiéndonos a una asfixiante y devoradora atmósfera donde hombre a caballo y paisaje se van fundiéndose creando una complejo y vasto espacio fílmico en el que sobresalen una magnífica cinematografía dura y cruda con el aspecto de 2:3 de Simone D’Arcangelo, del que vimos la interesante La leyenda del Rey Cangrejo, también ambientada en Tierra del Fuego, en la que arranca en el paisaje para ir cerrándose en los rostros de estos tipos, donde prima el cuadro estático, como hacía Bergman, donde lo humano y su espacio explican ese mundo interior que no vemos. Las tres almas en travesía que cargan la película son el Teniente MacLenan, del ejército británico, un sádico y sin escrúpulos hombres ansiosos de riqueza y gloria, le acompaña Bill, un rastreador muy fiel al patrón, y a sus ideas supremacistas, y finalmente, Segundo, mitad blanco mitad indio, uno de esos personajes explotados y sin tierra, testigo de este viaje sin sentido, algo así como lo era el joven Enrique en La caza (1965), de Saura.
El cineasta chileno se esfuerza en crear una película que profundiza y reflexiona sobre el arte cinematógrafo, en cómo la ficción ha retratado la historia y sus hechos, y no lo hace con los típicos discursos de la razón a través del blanco y su cine, sino que lo hace desde la honestidad y la humildad, centrándose en la colonización del propio país, es decir, de los señores de la tierra, aquellos propietarios que exterminaron a indios, en este caso a los Selk’nam, con el beneplácito o el desinterés de los gobiernos de turno. Un relato compacto e intenso que contribuye su gran trabajo de montaje de Matthieu Taponier, que ha trabajado en las interesantes El hijo de Saúl y Atardecer, ambas de László Nemes, Beginning, de Dea Kulumbegashvili, y en la reciente Anhell69, de Theo Montoya, en una cinta muy física, donde suceden muchos acontecimientos, pero siempre desde lo calmo, sin prisas, sin esa cámara agitada que no explica nada, aquí todo se cuestiona, a un nivel moral y además, vemos las consecuencias de los hechos, a partir de estos tres personajes, estos errantes, estos empleadores de la ley, aquella que hace y deshace sin más, aquella que aniquila y limpia su propiedad.
El inmenso empleo del sonido con esos golpes y hachazos que escuchamos y nos acompañan por estas llanuras desérticas y hostiles, que ha contado con dos grandes de la cinematografía china como Tu Duu-Chih y Tu Tse Kang, que tienen en su haber grandes nombres como los Wong Kar-Wai, Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Tsai Ming-Liang, entre muchos otros. La música de Harry Allouche también ayuda a crear esa atmósfera real y onírica, más cercana del cine del este dirigido por Jerzy Skolimowski, Béla Tarr, donde todo rezuma un hedor cargado y la pesadez del camino y de las almas que los acompañan. Sin olvidarnos de su extenso y extraordinario reparto de los que conocemos a Alfredo Castro, que presencia la del actor chileno, con su mirada y su gesto es Menéndez, ese amo y señor de todo lo que ve y más allá, Marcelo Alonso, que era el sacerdote que vigilaba a los curas malos de El club, de Larraín, hace de Vicuña, el esbirro del gobierno, el señor del cine, el señor con traje que tiene su propia redefinición de la historia, y luego, los más desconocidos pero no menos notables, como los Mark Stanley como MacLenan, Benjamin Westfall como Bill, Camilo Arancibia como Segundo, el mestizo explotado y obligado a participar en la muerte y destrucción, Mishell Guaña como Kiepja, una india capturada por los ingleses, y Sam Spruell como el Coronel Martin, menudo personaje, y finalmente, la presencia del gran Mariano Llinás, un topógrafo que está delimitando la frontera argentina-chilena.
Los colonos es una interesante y profunda reflexión sobre los males de la colonización y una nueva muestra de la resignificación del género del western, donde la desmitificación de la épica y la grandeza queda reducida a la suciedad moral y violenta de unos tipos sin alma, como ya dejó patente la madre de todas las madres que fué The Searchers (1956), de John Ford, donde el genio enterró para siempre muchos mitos, leyendas y demás desvaríos del cine en favor de ficcionar una historia que no tuvo lugar. Y otros como los Ray, Peckinpah, Penn y Altman, se dedicaron a humanizar a los cowboys en un tiempo en que el western agonizaba. En los últimos tiempos películas como Meek’s Cuttof (2010), y First Cow (2019), ambas de la extraordinaria Kelly Reichardt, Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel, son algunos ejemplos de mirar la historia y su tiempo desde posiciones más de cuerpo y piel, de rebuscar la suciedad y la decadencia de una colonización que sólo arrastra violencia y muerte. No se pierdan una película como Los colonos y quédense con el nombre de su director, Felipe Gálvez, porque la película navega por varias ambientes desde el western y la de aventuras, pero íntima y humana, el terror y lo político, porque habla de colonización, de los tipos malolientes y violentos que la hicieron, que han quedado en el olvido, y los que no, los que sí estaban con nombres y apellidos también participaron en pos al progreso y la civilización, se acuerdan que decía al respecto una película como Los implacables (1955), de Walsh, pues eso, otra muestra imperdible del género que en ese momento empezaba a mirar de verdad su pasado y su resignificación en la historia, en contar una verdad, no lo que el cine inventó. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La ciudad enorme con su cielo maculado de fuego y lodo”.
Una temporada en el infierno (1873), Arthur Rimbaud
La ciudad y su espacio urbano abandonado han servido para el director Youssef Chebbi (Túnez, 1984), para mirar a su país, y sobre todo, a su ciudad y las personas que la habitan. En Les profondeurs (2012), un cortometraje de 26 minutos en que seguía la nocturnidad de un vampiro exiliado que volvía a vagar por la ciudad de Túnez. En Babylon (2012), era el documental que le servía de vehículo para retratar la gran megalópolis a través de sus gentes venidas de muchos lugares. En Black Medusa (2021), su ópera prima codirigida junto a Ismäel, una mujer misteriosa usaba la oscuridad de la noche para atrapar a hombres. En su segundo largometraje Ashkal. Los crímenes de Túnez, la noche y el espacio urbano vuelven a ser determinantes para contarnos una película que mezcla muchos géneros y texturas, construyendo un interesantísimo híbrido por el que se mueven el thriller, la política, lo social y el terror, a partir de una inquietante y sombría atmósfera que recuerda a aquellos títulos noir de los treinta y cuarenta, donde aparte de entretenernos con polis tras la pista de asesinos escurridizos, nos daban un exhaustivo repaso de la actualidad política y social.
El cine árabe que ha llegado por nuestros lares, en contadas ocasiones todo hay que decirlo, una pena porque nos perdemos un cine diverso, diferente e interesante. Un cine que habitualmente se ha detenido en las cotidianidades de sus habitantes sometidos a las continuas guerras promovidas por occidente, a través del drama personal que sufren las personas. Por eso es de agradecer nuevas miradas como la que supuso una película como El Cairo confidencial (2016), de Tarik Saleh, en que el thriller tomaba partido para hablar sin tapujos ni menudencias de la corrupción estatal a través de la policía. El éxito de esta ha contribuido a que en los últimos tiempos veamos thrillers, y aún más, para retratar los sinsabores y consecuencias de las llamadas “Primaveras Árabes”, en la que en varios países, cansados de regímenes dictatoriales sujetados por occidente, sus gentes salían a las calles y protestaban ante los abusos de años y años de ignominia y terror. Revoluciones que han vivido su reflejo en el cine en películas como Harka, del año pasado, dirigida por Saeed Roustayi, en la que un desesperado tunecino se inmolaba como respuesta ante tanta miseria y soledad.
Las autoinmolaciones, la posrevolución y la corrupción estatal después del régimen autoritario de Ben Ali, tienen en Ashkal (En árabe, es el plural de la palabra forma o patrón), su razón de ser, y lo hace a través de un inteligente y comedido guion de François-Michel Allegrini y el propio director, en la que se centran en un símbolo del antiguo gobierno como los Jardines de Cartago, en el que se erige un emplazamiento de lujo que era para los autócratas del régimen caído. En la actualidad, las obras se han reanudado en unos edificios donde sólo hay una impresionante estructura vacía y desolada, como el esqueleto de un monstruo, como sucedía con la ballena de Leviatán (2014), de Andréi Sviáguintsev. En ese lugar, siniestro y muy oscuro, poblado de fantasmas, aparecen varios cuerpos calcinados que investigan Batal, el policía veterano con pasado siniestro porque fue verdugo con el anterior régimen, y la savia nueva de Fatma, hija de un juez que está llevando a cabo la investigación denominada como la comisión “Verdad y Rehabilitación” inspirada en la real del 2013 llamada “Verdad y Dignidad”, donde se investigan las atrocidades del régimen derrocado en 2011. A partir de la extraordinaria cinematografía de Hazem Berrabah, donde prevalecen las noches muy oscuras, cargadas de un atmósfera asfixiante y agobiante, en que todo se ve a hurtadillas, entre susurros, caminando por una cuerda muy floja, donde los poderosos siguen ostentando poder a pesar de su pasado asesino, en que las autoridades no quieren destapar ni investigar nada, y donde los de siempre siguen ordenando las invisibles vidas de los ciudadanos.
Un intenso y pausado montaje del francés Valentín Ferón, del que hemos visto las interesantes películas Black Vox y la reciente El origen del mal, sendos thrillers sobre la oscuridad y la corrupción estatal y humana, consiguiendo esa densidad, ese ritmo candescente como si una llama de fuego ardiendo se tratase, dan a la trama ese aspecto de pesadez, de relato kafkiano y emocional, donde nunca sabremos de qué demonios se trata lo que está ocurriendo, algo parecido a lo que se explicaba en excelente Zodiac (2007), de David Fincher, y muchas de sus películas como Seven (1995), Perdida (2014), en las que el cineasta de Colorado imprimía una pesadez a cada plano y encuadre, con unos personajes que luchaban contra su interior y el exterior lleno de obstáculos y pesadillas. La pareja de intérpretes también trabaja en ese sentido, en atrapar al espectador y no soltarlo durante los 92 minutos que dura la película, porque esa pareja, tan distinta y a la vez tan cercana, que les une una investigación y les separa un mundo, o podríamos decirlo, dos formas de régimenes de su país, o quizás es el mismo con diferente collar, como mencionaba el dicho popular.
Tenemos a Mohamed Houcine Grayaa en la piel de Batal, el poli veterano, el que todavía sigue en el pasado, obedeciendo órdenes siniestras y haciendo como que no pasaba nada, recuerden los polis de la interesante e infravalorada película El arreglo (1983), de José Antonio Zorrilla, en el que un grandioso Eusebio Poncela arregla a golpes su trabajo como policía siguiendo las maneras del antiguo régimen. La otra policía es una mujer joven llamada Fatma Oussaifi, bailarina y profesora de danza, que compone una mujer valiente en un mundo demasiado religioso, machista y siniestro, escenificando ese aire de nuevo cambio, si es que es posible. Celebramos el estreno de una película como Ashkal. Los crímenes de Túnez, porque se aventura en un noir más pausado, más interesante y alejado de golpes de efecto y estridencias actuales, centrándose en un policiaco de los de antes y los de siempre, esta vez centrado en el fuego, con esos cuerpos autoinmolados, toda una metáfora de las revoluciones de las citadas “Primaveras Árabes”, que la acerca al cine de Julia Ducournau, en esa mirada desesperanzadora de la sociedad a través del género de terror más doloroso. Un caso y una ciudad rodeadas de un misterio agobiante, en el que la investigación cada vez se torna más difícil y compleja, así como todo lo que cerniéndose sobre la trama, todas esas cosas que ocurren en la oscuridad y la invisibilidad de la noche, tan sólo envuelto por una llama incandescente de un cuerpo quemándose. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Es una idiotez ignorar que el sexo está mezclado con ideas emocionales que han ido creciendo a su alrededor hasta hacerse parte de él, desde el amor cortesano hasta la pasión inmoral y todas esas cosas, que no son dolores de crecimiento. Son tan poderosas a los cuarenta como a los diecisiete. Más. Cuanto más maduro eres, mejor y más humildemente reconoces su importancia“.
Nadine Gordimer
Muchos de nosotros que conocíamos a Elena Martín Gimeno (Barcelona, 1992), por haber sido la protagonista de Les amigues de l’Àgata (2015), fascinados por su intensa mirada, fue más que agradable ver dos años después su ópera prima Júlia ist, la (des) ventura de una joven en su erasmus en Berlín, tan perdida y tan indecisa tanto en los estudios, en el amor y con su vida. Por eso nos alegramos de Creatura, su segunda película. Una cinta que aunque guarda algunos rasgos de la primera, en la relación dependiente con los hombres y la relación turbulenta con la familia, en este, su segundo trabajo, la directora catalana ha explorado un universo mucho más intenso y sobre todo, menos expuesto en el cine como la relación de la sexualidad y el cuerpo desde una mirada femenina. Una visión profunda y concisa sobre el deseo en sus diferentes etapas en la existencia de Mila, la protagonista que interpreta la propia Elena.
A partir de un guion escrito junto a Clara Roquet, la cineasta barcelonesa construye una trama que a modo de capítulos, va mostrando las diferentes etapas desde esa primera experiencia a los 5 años, el despertar sexual a los 15 y finalmente, esa lucha entre el deseo y el sexo a los 30 años de edad. La película siempre se mueve desde la experiencia y la intimidad, convirtiéndose en un testigo que mira y no juzga, penetrando en ese interior donde todo se descubre a partir de una especie de cárcel donde el entorno familiar acaba imponiéndose siempre desde el miedo y el desconocimiento. Una historia tremendamente sensorial, muy de piel y carne, convocando un erotismo rodeado de malestar, dudas y oscuridad. Más que un drama íntimo, que lo es, estamos ante un cuento de terror, donde los monstruos y fantasmas se desarrollan en el interior de Mila, a partir de ese citado entorno que decapita cualquier posibilidad de libertad sexual. Creatura es una película compleja, pero muy sensible. Una cinta que se erige como un puñetazo sobre la mesa, tanto en lo que cuenta y en cómo lo hace, sin caer en espacios trillados y subrayados inútiles, sino todo lo contrario, porque en la película se respira una atmósfera inquietante, donde el deseo y el sexo y el cuerpo sufren, andan cabizbajos y con miedo.
Un grandísimo trabajo de cinematografía de Alana Mejía González, que ya nos encantó en las recientes Mantícora, de Carlos Vermut y Secaderos, de Rocío Mesa, en la que consigue esa distancia necesaria para contar lo que sucede sin invadir y malmeter, mirando el relato, con su textura y tacto, con su dificultad y conflictos que no son pocos. El preciso, rítmico y formidable montaje de Ariadna Ribas, en una película que se va casi a las dos horas de metraje, y además, es incómoda y atrevida porque indaga temas tabúes como el sexo, y su forma de hacerlo tan de verdad e íntima, a través de tres tiempos de la vida de la protagonista, y lo hace a partir de tres miradas diferentes, tres actrices que van decreciendo, en un fascinante viaje al pasado y mucho más, ya que la película va reculando en su intenso viaje hasta llegar al origen del problema. Resultan fundamentales en una película donde lo sonoro es tan importante en lo que se cuenta, con la excelente música de Clara Aguilar, a la que conocemos por sus trabajos en Suro y en la serie Selftape, porque ayuda a esclarecer muchos de los aspectos que se tocan en la película, y no menos el trabajazo en el apartado de sonido con el trío Leo Dolgan (que también estaba en la citada Suro, Armugán, Panteres y Suc de síndria, entre otros), Laia Casanovas, con más de 80 trabajos a sus espaldas, y Oriol Donat, con medio centenar de películas, construyen un elaborado sonido que nos hace participar de una forma muy fuerte en la película.
Una directora que también es actriz sabe muy bien qué tipo de intérpretes necesita para conformar un reparto que dará vida a unos individuos que deben enfrentarse a momentos nada fáciles. Tenemos a Oriol Pla, que nunca está mal este actor, por cómo mira, cómo siente y cómo se mueve en el cuadro, da vida a Marcel, el novio de Mila a los 30, que aunque se muestra comprensible siempre hay algo que le impide acercarse más, el mismo conflicto interno manifiesta Gerard, el padre de Mila, que interpreta Alex Brendemühl. Dos hombres en la vida de Mila, que están cerca y lejos a la vez. Diana, la mamá de la protagonista es Clara Segura, una actriz portentosa que actúa como esa madre rígida y sobreprotectora que no escucha los deseos de su hija. Carla Linares, que ya estuvo tanto en Les amigues de l’Àgata como en Júlia ist, y Marc Cartanyà son los padres de Mila cuando tiene 5 años. Un personaje como el de Mila, dividido en tres partes muy importantes de su vida, tres tiempos y tres edades que hacen la niña Mila Borràs a los 5 años, después nos encontramos con Clàudia Malagelada a los 15, una actriz que nos encantó en La maternal, desprende una mirada que quita el sentido, descubriendo un mundo atrayente y desconocido, que se topará con esos chicos que sólo quieren su placer, obviando el placer femenino, y con unos padres que van de libres y en realidad, mantienen las mismas estructuras de represión que sus antecesores.
Finalmente, Elena Martín Gimeno, al igual que sucedió en Júlia ist, también se mete en la piel de su protagonista, en otro viaje amargo y difícil, componinedo una Mila magnífica, porque sabemos que tiene, de dónde viene y en qué momento interior y exterior se encuentra, en un viaje sin fondo y en soledad, que deberá afrontar para disfrutar de su deseo, de su sexo y su placer. Creatura está más cerca del terror que de otra cosa, un terror del cuerpo, que lo emparenta con Cronenberg, sin olvidarnos del universo de Bergman que tanto exploró en el dolor y sufrimiento femenino, y más cerca con películas como Thelma, de Joachim Trier, y Crudo, de Julia Ducournau, y el citado Suc de síndria, de Irene Moray, en el que se exploraba el viaje oscuro de una mujer que sufre un abuso y su posterior búsqueda del placer. Nos alegramos que existan películas como Creatura, por su personalísima propuesta, por atreverse a sumergirse en terrenos como la confrontación entre el deseo, tu cuerpo y el sexo, a mirar todas esas cosas que nos ocurren y que conforman nuestro carácter y quiénes somos. No dejen de verla, porque seguro que les incomoda, porque no estamos acostumbrados a qué nos hablen desde ese espacio de libertad, desde esa intimidad, y tratando los temas que hay que tratar, porque también existen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA