Gaua, de Paul Urkijo Alijo

LAS MUJERES DE LA NOCHE. 

“No se debe creer en ellas, pero no se debe decir que no existen”. 

Primero fueron un puñado de cortometrajes como Jugando con la muerte (2010), Bajo la cama (2012) y El bosque negro (2014), luego llegaron los largos como Errementari (El ternero y el diablo) (2017), e Irati (2022) y el que ahora nos ocupa Gaua. La filmografía de Paul Urkijo Alijo (Vitoria-Gasteiz, 1984), se desarrolla en el fantástico y terror, las tradiciones, mitos y leyendas del folklore vasco, y una mirada sobre el pasado histórico donde abundaban las creencias religiosas y paganas, y una inquietud por lo femenino, sobre todo, en sus dos últimas películas. En Gauga, que se traduce como “La noche”, nos encontramos con Kattalin, una joven esposa que vive con su despótico marido en las montañas vascas alrededor del siglo XVIII. Una noche, atraída por su oscuridad y tenebrosidad, la mujer se adentra en el bosque y se tropieza con tres brujas, que la interrogan para que cuente el relato de los hechos que ha vivido en la que su mejor amiga ha fallecido. Así que, durante la noche, conoceremos no sólo sus misterios más ocultos, sino una verdad, la que el poder establecido del momento, la burguesía y la iglesia, se esfuerzan en avivar con el fin de imponer su ley y someter a un pueblo de miserable existencia lleno de miedo ante ese ocultismo que tanto interesa al poder.  

Urkijo Alijo se revela como un fabulador impresionante, donde el cuento y el relato logran aunar características tan potentes como alejadas. Estamos hablando del desconocido folklore vasco, que alimentó la imaginación del Paul niño, donde conocemos a sus criaturas nocturnas que se van entrelazando con la realidad social del momento, ahora el XVIII, en Errementari el XIX y en Irati, el VII. El momento histórico documentado se desenvuelve de forma natural y nada acartonada ni estridente con una trama muy interesante y extremadamente estética y rompedora, donde prevalecen los rostros y miradas de sus personajes, una ambientación espectacular, llena de detalles, y además, una trama que se alimenta de la tradición y lo oscuro, donde el género se convierte un vehículo no un fin, en el que tienen cabida elementos fantásticos que refuerzan el eje principal de lo que se cuenta y el cómo se hace. Si tuviésemos que rebuscar en el pasado cinematográfico para situar el cine de Urkijo Alijo lo encontraríamos en las atmósferas de cineastas como Pedro Olea, con su El bosque del lobo y Akelarre, y también, en La conquista de Albania, de Alfonso Ungría, y en el denostado pero interesante fantaterror de Naschy, Franco y demás autores. 

El apartado técnico de las películas del vitoriano es realmente alucinante, muy bien trabajado y lleno de una estética abrumadora. Tenemos al cinematógrafo Gorka Gómez Andreu, que ha trabajado en las citadas tres obras del director, imponiendo una atmósfera tensa y neblina que desprende una luz sombría y muy deudora del cine de terror de los treinta y de la factoría Hammer, en que los elementos naturales se introducían hábilmente en las tramas. La música que firman el dúo Aránzazu Calleja, segundo trabajo con Urkijo, y habitual de la factory Moriarti, y Maite Arroitajauregui, segunda colaboración con el realizador, amén de obras como Akelarre y Amama, componen una música que se convierte en la mejor compañía para las poderosas y sugerentes imágenes de la cinta. El montaje de Elena Ruiz, con más de medio centenar de películas, entre las que destacan los nombres de Mar Coll, Bayona, Coixet, Medem, entre otros, en su segunda vez con el director después de Irati, que consigue sumergirnos en una trama nocturna, en un relato anclado en el testimonio-confesión de la protagonista, donde en forma capitular se va desgranando los misterios que encierra el lugar y su noche, en unos intensos 93 minutos de metraje que no sólo pasan volando, sino que lo hacen de forma que no te deja parpadear.  

Otro de los apartados que destaca en el cine del director vasco es su maravillosa elección de sus intérpretes como la actriz que encarna a Kattalin, en su primer papel protagonista, en el rostro y la mirada de Yune Nogueiras, que estuvo en la mencionada Akelarre y La infiltrada, tiene aquí su órdago que no sólo cumple con creces sino que se convierte en una imagen poderosa que destila naturalidad y transparencia en un personaje sometido que tendrá su revelación. Las tres brujas están interpretadas por Elena Irureta, Ane Gabarain y Iñake Irastorza, tres actrices vascas con más de tres lustros de experiencia en películas y series de toda índole. Les acompañan Xavi “Jabato” López, como marido de Kattalin, Erika Olaizola como la amiga de la protagonista, Elena Uriz como la ocultista del pueblo, y un siniestro e inolvidable páter del lugar en la piel de un inconmensurable Manex Fuchs. Ójala Gauga, de Paul Urkijo Alijo siga gustando al público como sus antecesoras, porque la película lo merece, ya que ha sabido fusionar el cuento tradicional con lo fantástico y terror, además de poner sobre la mesa tradiciones, mitos y leyendas vascas que la mayoría desconocemos. Una película hermanada con Gaua podría ser El laberinto del fauno (2006), de Guillermo del Toro, ya que también apostaba por lo misterioso y oculto en una atmósfera de posguerra en los montes españoles, donde había monstruos que no venían del otro mundo sino que estaban en este como tan bien menciona Gaua. Así que, ya saben, guardense de aquellos que alimentan el mal porque quizás ellos son los que más lo practican. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Weapons, de Zach Cregger

LOS 17 NIÑOS DESAPARECIDOS DE MAYBROOK.

“Se encuentra frente al gran misterio… Al que hace temblar a la humanidad desde su origen: ¡lo desconocido!”.

Gastón Leroux

Toda interesante película, independientemente del género y la textura, debe tener por decreto, un prólogo lleno de misterio, intriga e inquietante que produzca al espectador motivos para quedarse a verla. En Weapons, de Zach Cregger (Condado de Arlington, Virginia, EE.UU., 1981) se cumplen con creces esta regla no escrita pero sumamente eficaz. La historia se abre con una situación muy sorprendente: los 17 niños desaparecidos, en mitad de la noche, en un lugar tranquilo, familiar y sin más como Maybrook. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada. Ante esta premisa, nos introducen una voz en off de niña que nos guiará estos primeros instantes del relato. Los únicos hilos a los que tirar son dos: Justine, la maestra de los niños, que está atónita ante el hecho, y Alex, el único alumno que se ha personado en el colegio la mañana después. Una apertura digna de una película absorbente y estupenda de terror, aunque como comprobaremos en unos minutos, la película sabe manejar la dosificación de información para dejarnos atrapados en sus imágenes. 

A partir de un espléndido guion del propio Cregger con estructura “Rashomon”, es decir, parte de cinco episodios de los personajes principales: Justine, Archer, uno de los padres afectados, Paul, un policía, Marcus, el director del colegio y Alex en los que va desgranando sus cotidianidades, miedos y las relaciones que se producen entre ellos, en los que veremos las diferentes perspectivas de la misma historia. Un planteamiento excelente que se aleja completamente de ese terror de sustos y música alta tan popular en estos tiempos. Aquí hay inquietud, angustia y terror a través de la cotidianidad, construyendo un cuento de hadas, con sus elementos característicos, sí, pero llevado a nuestra contemporaneidad, generando ese toque de atemporalidad que se agradece y mucho, porque la historia va avanzando a través de lo desconocido, sin recurrir a estratagemas ni a sorpresas para engatusar al espectador, aquí no hay nada de eso, su fórmula se basa en lo clásico: contarnos una historia a través de personajes bien planteados y avanzar el relato desde la pausa, la mirada, el gesto y dosificando enormemente la información para producir esa sensación de adentrarse en un lugar del que no hay vuelta atrás.

A Cregger lo conocíamos por su faceta como actor en series populares, y haber codirigido alguna comedia juvenil, y su destape en el terror con Barbarian (2022), en una historia de casa encantada o al menos eso parece. Su cum laude lo consigue con Weapons, en la que se ha rodeado de grandes técnicos como el cinematógrafo Larkin Seiple, del que hemos visto su trabajo en To Leslie (2022), de Michael Morris, y en la reciente Wolfs, de Jon Watts. Su luz etérea y plomiza crea esa imagen sombría tan adecuada para la historia que nos cuentan, y unos planos y encuadres bien estudiados donde lo revelador se consigue mediante la quietud y no al contrario. La música la firman los hermanos Rayn y Hays Holladay, que ya hicieron Class Action Park, un documental que documentaba los accidentes y peligros de un parque acuático, y el propio Cregge, que debuta en estos menesteres. Los tres consiguen una soundtrack magnífica, donde no hay sorpresas sacadas de la manga, sino todo lo contrario, siguiendo el tono de la película, a partir de lo inquietante y lo sugerido más que lo mostrado. El montaje es de Joe Murphy, viejo conocido del director, ya que estuvo en Barbarian, del que sabemos sus trabajos con James Franco y Eliza Hittman y en films como Swallow. Su trabajo no era nada sencillo, en una película que se va a los 128 minutos de metraje, donde todo se sujeta a lo que no conocemos, creando esa atmósfera donde todo es muy oscuro. 

El director estadounidense se rodea de un brillante reparto en el que destaca la gran composición de Julia Garner como la maestra tan perdida como los demás en el condado, siendo uno de esos roles que tiene sus cosas, pero nada que ver con la desaparición, en otro gran papel después de The assistant y Hotel Royal, en una filmografía que pasa de los treinta títulos con apenas 31 años. Su antagonista se pone en la piel de Josh Brolin, que está muy bien como padre desesperado, este actor nunca está mal, y además elige buenos guiones que le hacen lucirse mucho más, a los que le pone carisma y humanidad a cada uno de sus personajes. Tenemos a Alden Ehrenreich como el policía, que anda con su conflicto a parte de los 17 niños desaparecidos, un actor de largo recorrido al que hemos conocido en papeles de reparto con Coppola, hermanos Coen, Woody Allen, entre otros, al igual que Benedict Wong que es el director de la escuela, un todoterreno del cine mainstream, y la veterana Amy Madigan, en un personaje clave en la trama, del que no desvelaremos nada más, con más de setenta títulos y cuatro décadas de carrera, junto a grandes como Altman, Malle, Romero, Holland, entre otros.

Sólo podemos rendirnos a una propuesta como Weapons (un título muy acertadísimo, ya lo sabrán cuando vean la película, y no de lo que imaginan ahora mismo), de Zach Cregger, un director al que habrá seguir de cerca, y no sólo si vuelve a plantearse una de terror, sino porque su forma de contarnos la historia, que bien saben, lo es todo, su alucinante atmósfera de cuento de terror a la antigua usanza, donde prima el relato, los personajes y un desconocido tan aterrador como cotidiano, y además, imponer un ritmo pausado y sin ninguna prisa, para sujetar a los espectadores con lo mínimo, llevándolo de la mano como si caminamos por un sendero, adentrándonos en un bosque donde hay una casita al que nadie hace caso, o quizás, abandonada, quién sabe. Vayan a verla, porque Weapons no es una película de terror más, es una magnífica película, llena de detalles y matices, con un misterio que hay que desvelar, un misterio que no es tan raro como imaginamos, porque como suele suceder, alrededor nuestro siempre hay monstruos, aunque con nuestras prisas y nuestras vidas ocupadas, nos olvidamos de mirar a nuestro alrededor y pasar desapercibido nuestra realidad y mucho más nuestra cercanía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Caye Casas

Entrevista a Caye Casas, director de la película «La mesita del comedor», en su domicilio en Terrassa, el lunes 8 de julio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Caye Casas, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por sus gestión y retratarnos de forma excelente, y a Pere Vall de Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vida en pausa, de Alexandros Avranas

EL ESTADO CONTRA EL CIUDADANO. 

“Todos somos iguales ante la ley, pero no ante los encargados de aplicarla”. 

Stanislaw Lem

De las cinco películas que ha dirigido Alexandros Avranas (Larisa, Grecia, 1977), cuatro de ellas están estructuradas a través de la familia, situados en entornos aislados y muy domésticos, todo contado a través de una intimidad nada empática, con una atmósfera fría, concisa y alejada, que sume a los espectadores en una trama inquietante, más cerca del terror, pero de lo oscuro de lo cotidiano, de la manera de los cineastas polacos, donde lo más cercano se va convirtiendo en algo extraño, confuso y asfixiante. A partir de un guion que escriben Stavros Pamballis y el propio director donde tenemos a la familia rusa que integran Sergei y Natalia, y sus dos hijas, Alina y Katja, se han visto desplazados de su país natal y llegan a Suecia de 2018 en busca de refugio y asilo. Las niñas entran en coma porque padecen el Síndrome de Resignación infantil, una dolencia postraumática que afecta a los niños de padres obligados a dejar sus país de origen. En ese instante, los padres se ven separados de sus dos hijas, llevando su situación al límite por las continuas restricciones del estado que los trata como criminales. 

El cuidadoso y detallado trabajo de diseño de producción de Markku Pätilä, habitual del gran Aki Kaurismäki, resulta fundamental para crear ese ambiente asfixiante y claustrofóbico en los que se ven inmersos los cuatro protagonistas, a la manera kafkiana, donde se ven envueltos en una maraña legal y terrorífica, donde sus vidas se ven completamente suspendidas como reza el título Vida en pausa (“Quiet Life”, en el original). Una no vida que pasa entre funcionarios implacables, más próximos a una dictadura sudamericana que una democracia occidental, que los ametrallan a cuestiones de todo tipo acusándolos por el mero hecho de estar ahí y no convencerles la historia que cuentan por la que decidieron dejar Rusia. A pesar de su aparente frialdad y distancia, muy cerca del cine de Haneke y de Lanthimos, la película consigue sumergirnos en esa especie de parábola maquiavélica más próxima a una distopía de ciencia-ficción orwelliana que a una realidad en la que se ven inmersos gran cantidad de refugiados cada momento. Estamos ante una obra que quiere explicar una situación muy real y que parece invisible para la mayoría de ciudadanos, sin caer en la consabida película-denuncia, la cinta de Avranas huye del panfleto y se sitúa en lo emocional y la cotidianidad de la familia.

Amén del mencionado gran trabajo en el arte, la película tiene la espectacular cinematografía de Olimpia Mytilinaiou, que ya estuvo en otra de las importantes cintas de Avranas Miss Violence (2013), y vuelve a brillar en un trabajo nada fácil, que integran varios elementos y texturas dándole ese toque de naturalidad agobiante, basados en una demoledora sobriedad y un milimétrico cálculo de cada plano y encuadre resulta esencial para contar la historia demencial que viven los protagonistas. La música del compositor finlandés Tuomas Kantelinen se adapta como una segunda piel a las imágenes sin estorbar ni tampoco acompañar sin más, sino dándole ese aspecto de terror cotidiano que demanda tanto la película. El montaje de 99 minutos de metraje que firma Dounia Sichov, que tiene en su haber grandes cineastas como Mikhaël Hers, Denis Coté, Sârünas Bartas y Abel Ferrara, entre otros, compone una sobriedad que inquieta muchísimo, y que encuentra ese limbo intermedio donde vemos una cotidianidad que duele y un ambiente de constante amenaza en el que cada mirada y cada gesto resultan de un dolor insoportable, donde sentimos el dolor y el miedo monstruoso a cada instante.

El cuarteto protagonista de Vida en pausa construyen unos personajes verosímiles y muy cercanos encabezados por los padres de nacionalidad rusa como Chulpan Khamatova, con una extensa trayectoria junto a cineastas de la talla de Valery Todorovsky, su participación en la exitosa Goodbye, Lenin!, Alexey German Jr., Jôao Nuno Pinto, Krzysztof Zanussi, Kiril Serebrennikov, entre otros, y Grigoriy Dobrygin, al que hemos disfrutado en películas de Anton Crobijn y Semih Kaplanoglu, entre otros, y las niñas, Naomi Lamp y Miroslava Pashutina, y la presencia de Eleni Roussinou, en su tercera película que hace con Avranas, la sueca Elena Endre, vista en películas de Bille August, Daniel Bergman, Liv Ullmann, Paul Thomas Anderson, y la última de Thomas Alfredson, y Alicia Eriksson, vista en la extraordinaria El triángulo de la tristeza, de Östlund. Un reparto heterogéneo que debe mucho al gran esfuerzo de producción que ha tenido la película en la que participan compañías procedentes de seis países como Francia, destacada por la presencia de la productora Sylvie Pialat, Alemania, Suecia, Estonia, Grecia y Finlandia. 

Podría parecer que una película como Vida en pausa, como ya hemos mencionado, perteneciera a una sociedad inventada, aunque desgraciadamente, muchos refugiados de aquí y de allá, deben pasar por estos controles exhaustivos y terroríficos por los llamados países occidentales y civilizados y democráticos que, en el fondo y en su apariencia, usan sus métodos legales e ilegales pero apoyados por la ley de unos pocos contra unos muchos, para demoler al otro, y criminalizar cualquier ciudadano que venga de esos países enemigos o supuestos enemigos. Si el cine es una herramienta eficaz para desenterrar los monstruosidades que hacen nuestros estados, ésta película es un buen ejemplo, porque nos habla del Síndrome de Resignación Infantil, que desconocía por completo, y además nos vuelve a recordar que sólo vivimos en el mejor de los mundos aparentemente, hasta que das con tus huesos con la ley, con las leyes, y las personas que la aplican, tan funcionarios, tan rectos, tan serios, y sobre todo, tan seguros de aplicar una ley justa e igualitaria para todos los ciudadanos, sin reflexionar, sólo ejecutores de la legalidad, que nada tiene que ver con la necesidad humana, que nada tiene que que ver con la empatía, con el dolor y el sufrimiento del extraño. En fin, el terror siempre tiene forma de funcionario obediente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los indeseados, de Erlingur Thoroddsen

LOS MONSTRUOS DE AL LADO.  

“Los monstruos más temibles son los que se esconden en nuestras almas”. 

Edgar Allan Poe

Películas como Blind (2014), y Los inocentes  (2021), ambas de Eskil Vogt, Thelma (2017), de Joachim trier, y Descanse en paz (2024), de Thea Hvistendhal, son claros ejemplos de la salud de hierro del género de terror nórdico. Un terror que se aleja de las producciones relamidas y arquetípicas basadas en el susto fácil, la fisicidad como medio narrativo y los guiones tramposos como forma de sorpresa al espectador. El terror que proponen las películas citadas está construido a partir de lo psicológico, huyendo de lo fantástico para adentrarse en espacios domésticos donde se desarrollan historias tremendamente cotidianas, donde se hurga en las complejidades de la condición humana, en atmósferas realistas donde lo sobrenatural es algo tangible, algo que está entre nosotros y sobre todo, tramas de pocos personajes, donde lo efectista desaparece para centrarse en las relaciones y en las torturas mentales por las que transitan unos personajes muy cercanos a los que les suceden conflictos que todos podemos llegar a conocer. 

Del director Erlingur Thoroddsen (Reikjavik, Islandia, 1984), conocemos su fascinación por el terror más convencional en sus dos primeros films dirigidos en EE. UU., amén de algún episodio de una serie, para volver a su país donde filma Rift (Rökkur, 2017), donde ya ahondaba en un terror más de sugerir que de mostrar, en la partía de dos hombres aislados en una cabaña siendo acosados por un fantasma. En su cuarto título Los indeseados (“Kuldi”, en el original, traducido como “Frío”), basada en el best seller homónimo de Yrsa Sigurdardóttir, en el que plantea una trama dividida en dos partes: una en la actualidad, en la que Óddin Hafsteinsson y Rún, su hija de 13 años, se encuentran en el proceso del duelo después que Lára, la esposa y madre se lanzará al vacío. La otra parte, se remonta a principios de 1984 en el centro juvenil Krókur, lugar que investiga Ódinn, donde una joven de nombre Aldis se queda fascinada por un joven que acaba de llegar y recibe la hostigación por parte de una dirección que oculta algo siniestro. Dos tramas que van mostrándose que tienen más en común de lo que en un primer instante podemos imaginar, dónde se va dosificando la información con criterio y de forma reposada, donde prima lo inquietante y lo que se oculta en cada detalle. 

Un rasgo capital que caracteriza el audiovisual nórdico es su esmero en cada elemento tanto técnico como artístico, como vemos en Los indeseables, en su cinematografía que firma el belga Brecht Goyvaerts, que tiene en su haber directores de la talla como Lukas Dhont y Julie Leclercq, en que sabe usar el cielo plomizo y grisáceo tan característico islandés para convertirlo en un personaje más, una amenaza que está a punto de saltar sobre los personajes. La música tan excelente y concisa, esencial en una película de este tipo, la firma el compositor Einar Sv. Tryggvason, que ya trabajó con el director en la citada Rift, creando ese ambiente tan cercano y a la vez, tan frío y poderoso. El montaje de la sueca Linda Jildmalm consigue en sus intensos 97 minutos de metraje carburar de forma excelente los dos tiempos, las aparentes dos tramas y sus correspondientes espejos-reflejos entre los acontecimientos de los ochenta relacionados con los de la actualidad. Mención especial merece lo que apuntábamos más arriba en la cuidada elección de los espacios, todos muy domésticos y pocos, amén de los apenas tres personajes entre los dos tiempos, consiguiendo esa trama tensa y terrorífica donde lo sugerido es lo más importante.

En el apartado artístico tenemos a Jóhannes Haukur Jóhannesson como Ódinn, un actor islandés que ha trabajado mucho en su país, amén de películas tan importantes como The Sisters Brothers (2018), de Jacques Audiard, y con Richard Linklater, Bill Condon, entre otras. La joven Ólöf Halla Jóhannesdóttir se mete en la piel de la enigmática y rebelde Rún, Elín Sif Halldórsdóttir es Aldís, y Halldóra Geiharösdóttir es la abuela. Todos bien dirigidos y mejor interpretados, dando a la película esa potente mezcla de investigación criminal, drama familiar y pasado oculto y turbulento que saldrá a la luz más pronto que tarde. Si apuestan por ver una película como Los indeseados, de Erlingur Thoroddsen, lo primero que les va a llamar la atención es su inquietante atmósfera construida a partir de pocos elementos y muy naturales, alejada de efectismos y estridencias y piruetas inverosímiles argumentales y demás triquiñuelas. Aquí no hay nada de eso. Por el contrario, todo está muy pensado y armado, construyendo un magnífico cuento de terror psicológico. ¿Puede ser el terror de otra forma?. Se hace de otras formas, pero no tiene la solidez, la tensión y la excelencia que sí tiene esta película. No se lo piensen más, seguro que les va a seducir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Cristian Beteta

Entrevista a Cristian Beteta, director de la película «Mi zona», en una de las aulas de la EASD Josep Serra i Abella en L’Hospitalet de Llobregat, el lunes 9 de diciembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristian Beteta, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esperando la noche, de Céline Rouzet

LA IMPOSIBILIDAD DE SER. 

“La valentía es no dejarse intimidar por el miedo”

Rebecca Solnit 

Erase una vez… Una familia que llega a una zona residencial, de esas tan tranquilas que parecen esconder algo oscuro, llenas de casas con su jardín verde tan natural como artificial, con piscina de agua demasiado azul, y demás lujos innecesarios de gente que no sabe en qué gastar el dinero que gana. La familia en particular son Laurence y Georges, madre y padre, Lucie, la hija pequeña y finalmente, Philémon, el hijo adolescente, demasiado pálido y extraño. A parte del hijo, lo demás no parece raro, aunque a medida que avanza la trama, nos daremos cuenta que la cosa si guarda ciertas rarezas. La directora francesa Céline Rouzet, que debutó con 140 km à l’ouest du paradis (2020), un documental sobre una de las zonas más remotas de Papúa Guinea que analiza el turismo y el neocolonialismo. Para su segunda película Esperando la noche (“En attendant la nuit”, en el original), se adentra en el género para contarnos una sensible e íntima historia sobre el difícil paso de la infancia a la adolescencia de un chaval, el tal Philémon, que tiene un secreto: necesita sangre humana para alimentarse. 

Rouzet huye deliberadamente del vampirismo como fenómeno terrorífico para situarse en los pliegues de ese momento vital, tan esperanzador como inquietante, en la que nos habla desde el alma de conflictos cotidianos en los que impone una naturalidad oscura, parecida a la de las películas de David Lynch, donde todo lo que vemos insinúa unas puertas para adentro donde ocurren los terrores más espeluznantes. Su relato se aleja de las argucias argumentales y construye un guion junto a William Martin en el que prevalece la honestidad, el secreto no es ningún misterio, porque como hacía Hitchcock, lo desvela al principio, así que, la trama se desarrolla en eso que comentábamos al inicio del texto, en el proceso de un joven que quiere ser aceptado por los jóvenes del lugar y aún más, en el miedo que siente en revelar su “secreto”. Por el camino, el film habla del sacrificio familiar para proteger a su hijo, llevándolos a hacer cosas ilegales y demás cosas. La película plantea lo vampírico como una enfermedad o discapacidad que nos puede alejar de los demás, incluso del amor como le ocurre a Philémon que se siente atraído por Camille. 

La cineasta francesa huye de los lugares comunes del terror más convencional, porque su película va de otra cosa, y la llena de lugares extremadamente domésticos y cercanos como la casa y las calles y el bosque y el río, siempre de día y en verano, con esa luz tranquila y pausada que firma el cinematógrafo Maxence Lemonnier, del que hemos visto hace poco HLM Pussy, de Nora el Hourch, en la que envuelve de cotidianidad y cercanía su película. El montaje de Léa Masson, habitual de Claire Simon, que además estuvo en el debut de Rouzet, huye del corte enfático y se instala en un marco reposado donde todo se cuenta con el debido tiempo, sin prisas ni estridencias, en sus 104 minutos de metraje. La excelente música de Jean-Benoît Dunckel, la mitad de “Air”, que ha trabajado en grandes títulos como María Antonieta, de Sofia Coppola, El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté y en Verano del 85, de Ozon, nos envuelve de forma natural e inquietante al anthéore de la película, confundido y torturado, en ese estado de ánimo entre el miedo, el conflicto y la necesidad de abrirse del protagonista, enfrascado en sus temores y oscuridades, y las otras, las de fuera, las que más miedo le producen, porque no sabe cómo reaccionan los otros cuando sepan su “secreto”.

La presencia del debutante Mathias Legoût Hammond en la piel del oculto Philémon es todo un gran acierto, porque el joven actor sabe transmitir todo el problema que arrastra un adolescente que quiere ser uno más y no puede, protegido por el amparo familiar pero con ganas de descubrir otros espacios de la vida como la amistad y el amor. Le acompañan una siempre arrolladora Elodie Bouchez como la la madre, que fácil lo hace y todo lo que genera una actriz dotada de un aura especial. Jean-Charles Clichet es el padre, que le hemos visto en películas de Honoré y Hansen-Love, entre otros, la niña es la casi debutante Laly Mercier, genial como hermana pequeña, tan lista como rebelde, y finalmente, la estupenda presencia de Céleste Brunnquell como Camila, la amada de Philémon, una actriz maravillosa que nos encantó en El origen del mal y Un verano con Fifí, entre otras, siendo esa mujer que, al igual que el protagonista, se transformará. No se pierdan Esperando la noche, de Céline Rouzet, si les gustan las películas de terror sin efectismos y que profundicen en el alma humana, sus verdades y mentiras, y sus brillos y oscuridades, y todo lo que nos hace humanos o no, y cómo reaccionamos ante el diferente y lo desconocido, que es eso lo que nos hace inteligentes  y sobre todo, bellas personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dogman, de Luc Besson

EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS. 

“Dónde quiera que haya un desafortunado. Dios envía un perro”. 

Alphonse De Lamartine 

El prestigio de Luc Besson (París, Francia, 1959), se cimentó en títulos como Kamikaze 1999 (1983), Subway (1985), El gran azul (1988), Nikita (1990), Leon (1994), y Angel-A (2005). Un cine de género bien construido, de estupenda atmósfera, con personajes complejos y que conectó con el público. Con El quinto elemento (1997), su cine se volvió mucho más comercial, con vocación internacional y rodado en inglés, donde las historias se volvieron menos interesantes para un público menos exigente. Una deriva que alejó a espectadores como el que suscribe, ávidos de un cine más profundo y personal, en el que no todo fuese hacer caja, y donde primase el cine que intenta explicar una historia y unos personajes. Con Dogman, el cine de Besson, quizás cansado de tanta parafernalia vacía, ha vuelto a la casilla de salida, a sus orígenes, en que la historia y el personaje estaban por encima de todo, donde el fx era una herramienta más y no el fin. Douglas, el personaje desafortunado y solitario de la película no está muy lejos de Fred de Subway, ni de Jacques de El gran azul, ni de Nikita en la película homónima, ni mucho menos de León en la citada película, ni de André de Angel-A. Todos ellos personas solas, arrastrando algún trauma que otro, y llenos de miedo y coraje ante una sociedad que los sacude sin piedad. 

Besson construye en Dogman un relato que bebe mucho de la estructura de películas como Sospechos habituales, de Singer, entre otras, donde a modo de declaración escuchamos a Douglas explicar su vida a una psiquiatra, mediante flashbacks que van recorriendo una vida de maltrato y abuso en la que fue encerrado en una jaula con perros a los que liberó y se hizo amigo de ellos. Una vida en la oscuridad, de discapacidad, de miedos e inseguridad, pero también de valor y arrojo donde ha vivido de todo, incluso de artista transformista. La película desenvuelve al Besson más oscuro, más cineasta y sobre todo, más autor, donde prima la historia, con un excelente y complejo personaje y una historia digna de contar, donde lo importante no está en su resolución sino en su construcción, en la que mezcla todo tipo de géneros, de tonos y estructuras, cargado de una intensa y agobiante atmósfera, recorriendo los submundos de la ciudad, que podría ser cualquier ciudad grande, donde en los lugares más desdichados y abandonados podemos encontrar almas como la de Douglas que, a pesar de los pesares, sigue manteniendo una dignidad asombrosa junto a sus amados canes. 

Una cinematografía arrolladora, llena de claroscuros y sombras, casi como un cuento de terror gótico a lo Hammer, donde el Frankenstein, de Shelley sería el mejor referente, o incluso El fantasma de la ópera y sus derivaciones, que firma Colin Wandersman, donde se describe con inteligencia los altibajos emocionales de un protagonista tan complicado como Douglas, igual que el imprescindible diseño de producción de Hugues Tissandier, 11 películas junto a Besson, que alimenta todo aquello que debemos ver para comprender una vida tan tortuosa que ha tenido el protagonista, llena de abusos, dolor y mierda. El conciso y pausado montaje de Julien Rey, 9 películas con Besson, que no sólo impone una cadencia que se va llenando de sensibilidad y terror, sino que consigue una fábula de las que se agarran inmediatamente en sus casi dos horas de metraje. He dejado para el final la labor del músico Eric Serra, que ha estado en 16 películas de las 18 que ha hecho el cineasta francés, no sólo su mejor cómplice sino el que mejor ha entendido el universo complejo de cine de autor y comercial del citado cineasta, con unas composiciones que son tan importantes como las imágenes de sus películas, no se puede entender una sin la otra, lleno de belleza, de profundidad, de dureza y dulzura. 

Con Dogman, el cineasta francés vuelve a demostrar, como ya hacía en sus primeros trabajos, que es un gran director de actores, que sabe sacar lo mejor de cada uno de sus intérpretes y hacerlos indispensables para encarnar a sus personajes torturados y solitarios. Douglas lo encarna Caleb Landry Jones, un actor con un rostro y un cuerpo muy característicos, al que hemos visto con directores tan importantes como David Lynch, los hermanos Coen, David Fincher, Neil Jordan, Joon Boorman, Martin McDonagh, Sean Baker y Jarmusch, entre muchos otros. Su “Dogman” es un personaje de esos que no se olvidan fácilmente, un Bigger than Life,  grande y pequeño, valiente y cobarde, capacitado y discapacitado, artista y vagabundo, un tipo oscuro y lleno de luz, alguien que resiste a pesar del mal que ha sufrido y sufre, que tiene en los perros sus mejor amigos, aliados y familia. Le acompañan Jonica T. Gibbs como Evelyn, que hemos visto en las recientes Vidas pasadas y Civil War, la psiquiatra asignada, la mejor escuchadora para la vida de Douglas, tan llena de maldad y amor, y otros intérpretes como Christopher Denham, Clemens Schick, entre otros, y la maravillosa y breve presencia de un mito como Marisa Berenson.

Olvídense del cine comercial que ha hecho Besson en los últimos años y sobre todo, no lo confundan con Dogman, porque se estarán equivocando y mucho, porque su última película nos devuelve al mejor Besson, y no lo digo por decir, compruebenlo acercándose a los cines y dejense llevar por su historia, porque les llevará a un viaje que no olvidarán, en el que hay terror, como ya les he comentado, thriller, no del efectista, sino del que explica mucho la sociedad en la que vivimos y sus complejas consecuencias, también descubrirán realismo, pero el de verdad, el de muchos seres torturados que se ocultan y sobreviven como outsiders que habitaban en el cine de serie B y en el de Ray, Fuller y los mencionados Lynch y Jarmusch, y como las buenas de terror gótico también hay amor, el amor que sirve para seguir adelante y no matarse a pesar del sufrimiento y el dolor que nos infringen, y el otro amor, en este caso, el de los animales y más concretamente, el de los perros, tan fieles y confiantes, quizás eso es lo que les hace tan vulnerables a ojos del que sólo busca la maldad, como vemos en la película, los diferentes rostros de amos y lo que les imponen a los canes, tan ciegos e inocentes. No les entretengo más, y no se olviden de conocer la historia que cuenta Dogman, se lo agradecerán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un lugar tranquilo: Día 1, de Michael Sarnoski

LAS CRIATURAS Y NOSOTROS. 

“No es hasta que estamos perdidos que comenzamos a comprendernos a nosotros mismos”

Henry David Thoreau

En estos tiempos en que el género de terror, salvo contadas excepciones, se ha lanzado al pelotazo y ha perdido su esencia, es decir, a aquellas historias que a parte de entretener, eran un reflejo social de aquello que estaba sucediendo. No voy a enumerar las películas que en este instante a más de un espectador le vienen a la mente. Si que voy a hablar de Un lugar tranquilo (2018), de John Krasinski, protagonizada por Emily Blunt y él mismo, auténtico hit del género, apoyada en las consabidas invasiones alienígenas, sí que tenía a su favor su novedosa propuesta, porque las criaturas atacantes sólo asesinaban mediante el ruido, así que para sobrevivir había que mantener un silencio sepulcral. Una historia apoyada en la supervivencia de una familia que en el campo intentaba mantenerse con vida a pesar de los monstruos devoradores de personas. El apabullante éxito hizo que el mismo equipo se lanzará a una secuela también de gran éxito. Siguiendo la estela y también las modas de ahora, nos llega una precuela, una nueva entrega de “los lugares tranquilos”, pero instalada en el cómo ocurrió.

Basándose en una historia del citado Krasinski junto a Michael Sarnoski, que actúa como director, del que habíamos visto la interesante Pig (2021), protagonizada por Nicholas Cage, nos sitúan en un barrio de New York, en la mirada de Samira, una enferma de cáncer terminal que ha ido a la gran ciudad a ver un espectáculo de marionetas. El apacible día se ve muy alterado por la caída de unos artefactos de estruendoso ruido que comienzan a destrozar vidas y todo lo que encuentran a su paso. La estampida es atronadora, todos huyen despavoridos, incluida Samira y su gato. Después del caos, la joven que tiene su deseo de llegar a Harlem y comerse una pizza, hay una historia detrás que incluye a su padre, se encuentra con Eric, un inglés muerto de miedo, y entre dimes y diretes, se hacen acompañantes, mientras, en absoluto silencio, intentan sobrevivir de las feroces criaturas. El relato deja lo rural y el entorno familiar, para situarse en lo urbano y en una pareja desconocida y muy diferente, una afroamericana enferma y antipática, y un inglés de Kent, tan perdido como asustado, pero que tanto uno como otro, encuentran su razón ante el fin del mundo en el que se encuentran. Eso sí, sigue manteniendo el esencial trabajo en equipo y las relaciones humanas como fuente de inspiración. De las criaturas seguimos sin saber mucho, tampoco hace falta, con lo poco que nos cuentan es más que de sobra. 

Como en las dos anteriores, el apartado técnico es magnífico, unos fx de primer nivel, que fusiona lo más novedoso con las maquetas de toda la vida, en una fusión que también ayuda a una película con el aroma del terror más modesto que trataba desde lo sencillo y lo más cotidiano y humano. Una cinematografía que firma Patrick Scola que también estuvo en Pig, moviendo, muy lentamente, a unos personajes por un ambiente totalmente trágico y desolado, con ese atmòsfera turbia y apagada, la excelente música de Alexis Grapsas, que ya trabajó con Sarnoski en Pig, consigue mezclar con acierto los momentos de tensión y de terror con otros, donde la cámara se posa y la historia la llevan los personajes y sus miedos, (des) ilusiones y demás. El gran trabajo de montaje que firma una leyenda como Andrew Mondshein, que ha trabajado con ilustres cineastas como Lumet, Benton, Seidelman, Hallström y M. N. Shyamalan, entre otros, y Gregory Plotkin, habitual en el terror como la saga Paranormal Activity y Déjame entrar, otro gran título del terror reciente, construyen con alma una cinta con una duración estándar de 100 minutos de metraje.  

Como sucedía en las dos antecesoras, en esta entrega también ha mantenido un reparto poco conocido, si exceptuamos a Lupita Nyong’o, magistral en su rol, una mujer totalmente aislada que, durante la historia, sabrá mirarse y dejar de autocompadecerse, y mirar al otro, y sobre todo, encontrar su paz y tranquilidad, a pesar de los pesares. Su acompañante, Joseph Quinn, que hemos visto en varias series como Catalina la grande y Comoran Strike, entre otras, convertido en el amigo por accidente, alguien que aunque en un principio no quiere, se hará imprescindible, un todo en ese caos y en la nada. Y otros como Alex Wolff, enfermero de Samira, que aparece en Hereditary, en la citada Pig, en Tiempo, de Shyamalan, entre otras, y la presencia de Djimon Hounsou, que aparecía en Un lugar tranquilo 2, y en más de medio centenar de films. Los que esperen Un lugar tranquilo 3 no van a esperar otra más de la saga, sino una diferente con matices, una que tiene mucho de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, donde la especie humana se ve sometida a una poderosa invasión que no puede repeler más que huyendo y sobre todo, en silencio, una cosa harto difícil, como anuncia el letrero con el que se abre la película, la cantidad desorbitada de decibelios que aguantan los neoyorquinos y sus turistas. En fin, si les gusta el terror más de personas y menos de efectos, esta es su película. porque además de entretener, habla de nosotros, de lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura Alvea

Entrevista a Laura Alvea, directora de la película «La mujer dormida», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 29 de mayo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Alvea, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA