100 días de soledad, de José Díaz

EL PARAÍSO ÍNTIMO.

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no fuese que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida…”

H. D. Thoreau

Volver a los bosques, a la naturaleza, vivir la experiencia ancestral de nuestros antepasados, dejar la efervescencia del mundo actual, caminar sin más, sentir cada paso, cada huella, dejar las cargas tanto emocionales como materiales de nuestra existencia urbana, y dejarnos llevar por los sonidos, los cambios, los animales y la vegetación de los bosques, de ese inmenso universo que tanto nos llena, pero a la vez que poco experimentamos. El 12 de septiembre de 2015 arrancó una experiencia, la de José Díaz, un fotógrafo y naturalista asturiano enamorado de los bosques, de su diversidad y misterio, una experiencia que le llevaría a vivir en los bosques durante 100 días, hasta el 19 de diciembre del mismo año. Una película experiencia que sería completamente filmada por el mismo, a modo de diario audiovisual, en el que vamos a vivir la experiencia en primera persona de vivir en los bosques en los tiempos actuales.

Tomando como referencia a H. D. Thoreau (1817-1862) el filósofo de la naturaleza, como el mismo se definía, y su experiencia de dos años viviendo en una cabaña en el bosque que retrató en su libro Walden o la vida en los bosques (1854). José Díaz deja a su mujer e hijos y se embarca en esta aventura hacia la naturaleza, hacia el parque natural de Redes, reserva de la biosfera, en las altas montañas de Asturias, viviendo en una cabaña, sin más compañía que la propia naturaleza, su vegetación, sus montes, animales, y un caballo, unas gallinas y su soledad. Un documento excepcional e íntimo donde vemos al protagonista asombrarse desde lo más insignificante hasta lo más grandioso, experimentando los sonidos y los cambios del bosque, viviendo el tiempo como un estado espiritual, y soportando con ahínco los días duros de nostalgia, de frío y soledad. Los espectadores somos testigos de esta experiencia de un modo íntimo y natural, escuchando la naturaleza y las reflexiones de Díaz, que vive experiencias de toda índole, desde las hazañas de descubrimiento de todo lo que le rodea, y las suyas propias, de descubrimiento íntimo, de sus pensamientos y dejarse llevar por ese magnífico entorno y su innata fortaleza para sobrellevar los contratiempos y los conflictos, tanto físicos como emocionales.

La película captura toda la diversidad y misterio que encierran los bosques y sus habitantes, desde sus cambios meteorológicos, la luz de los días otoñales hasta las capas de nieve del invierno que acecha, los caminos y senderos para llegar a cimas donde divisar la inmensidad del entorno, las filmaciones nocturnas escuchando los sonidos de la fauna, o las esperas pacientes para encontrarse con aves, jabalíes, venados o rebecos, incluso algún que otro lobo, todo ello filmado desde la cercanía, mostrando esos encuentros, esos conflictos que surgirán y la belleza imperecedera de un espacio que crece y existe sin la mano del hombre, alejado de todo el bullicio inútil de la llamada civilización. José Díaz es una especie de Robinson Crusoe moderno, sin más compañía que su entorno natural, experimenta cada paso, cada aliento, y cada pensamiento, escuchando esos lugares, comiendo lo que dan los animales y la agricultura, sin cazar, manteniendo un espíritu de energía y sabiduría por ese entorno que ama y respeta, como las antiguos habitantes que vivían de la naturaleza respetándola y disfrutándola, sin intervenir en su evolución, diversidad y belleza. Díaz tiene la colaboración en la dirección de Gerardo Olivares, un experimentado en la filmación de la naturaleza en sus películas de ficción como Entrelobos o El faro de las orcas, y la producción de José María Morales, autor entre otras de películas como Nómadas del viento, las dos de Olivares, y también, la producción de Guadalquivir o Cantábrico. Los dominios del lobo, ambas de Joaquín Gutiérrez Acha, y el arduo y delicioso montaje del cineasta Juan Barrero.

Una película donde su protagonista se despoja de toda la carga materialista de nuestras sociedades bulliciosas e individualistas para adentrarse en un universo diferente, como si hubiera viajado a otro planeta, a otra dimensión, donde todo es diferente, sus tiempos, sus espacios, sus habitantes, todo respira un orden natural, bello y extraño, en el que la tierra sigue latiendo y cada sonido y movimiento se visualiza de forma diferente, sencilla y natural, en el que nosotros dejamos de ser quién éramos para convertirnos en un ser espiritual, en una forma de vida humanista, en un descubrimiento de nosotros mismos, de preguntarnos quiénes somos, que hacemos en nuestra existencia, y dejarnos llevar por ese inmenso universo que nos transporta a lo más profundo de nuestro ser, sumergiéndonos en otro estado, alejado de lo que somos y lo que tenemos, porque en este universo natural, nos adentramos en espíritus que vivimos con intensidad cada detalle por ínfimo que sea, sólo disfrutando de cada minúsculo detalle que se cruza por delante de nosotros, desde una brizna de aire, el sonido de un animal o la lluvia fina que cae sin cesar.

Entrevista a Marc Recha

Entrevista a Marc Recha, directora de «La vida lliure». El encuentro tuvo lugar el miércoles 21 de febrero de 2018 en la Plaça de la Revolució en el Barrio de Gràcia en en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Marc Recha, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Àlex Tovar de prensa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La vida lliure, de Marc Recha

LA ISLA DEL TESORO.

Había una vez en la Menorca de finales de la Gran Guerra, que unos hermanos, Tina, de unos 13 años, y Biel, de unos 7 años, vivían junto a su tío Conco, en una antigua casa en la que el tío trabajaba la tierra para unos terratenientes. La isla, azotada por la falta de trabajo y escasez en general, malvivía del contrabando entre los alemanes y los nazis, y sus habitantes soñaban con salir de aquel rincón, en irse a otros lugares y ver mundo, como la madre de los niños que había emigrado a Argel. Un día, como otro cualquiera, Tina y Biel, se tropiezan en la playa, junto a la casucha de pescadores, con Rom, un hombre de espíritu libre, que vive en consonancia con la naturaleza, de lo que saca de aquí y de allí, que al igual que los dos hermanos, ansía salir de esa isla y experimentar otras aventuras imposibles. La novena película de Marc Recha (Hospitalet de Llobregat, Barcelona, 1970) nos vuelve a situar en su entorno predilecto, el ambiente rural, en esa periferia alejada de todos, lugar común en su cine, con la naturaleza omnipresente que a través de sus accidentes atmosféricos conoceremos el interior de los personajes y las diferentes actitudes que tomarán en las circunstancias que se irán encontrando a lo largo del metraje.

El cine de Recha es intimista y extremadamente cercano, donde podemos saborear y describir con paciencia el tiempo que va pasando, a través de unos personajes muy próximos, seres de carne y hueso, sometidos a lugares cerrados y hostiles, espacios que los ahogan y asfixian de tal manera que no cejan de soñar con salir de ahí, escapando hacia otros sitios que los hagan estar mejor, mientras tanto, inventan y modifican la realidad para que de esa manera la espera sea más plácida, un cine en el que en muchas ocasiones, la infancia se erige como epicentro de la trama, una infancia casi abandonada, dejada a su suerte, en el que la imaginación será el arma que tendrán a su alcance para soportar las calamidades de una existencia bastante anodina y miserable, como ocurría en L’arbre de les cireres, Petit indi o Un dia perfecte per volar, cintas donde la infancia era la protagonista absoluta, como ocurre en La vida lliure, donde la película se asienta en la mirada de Tina, y ella misma nos va contando las experiencias que van viviendo en su quehacer diario.

Rom, de aspecto bonachón y amigable, será ese ogro en apariencia bueno, que alimentará los sueños imposibles de los dos hermanos relatando aventuras inolvidables e imposibles de grandes viajeros perdidos en los confines del mundo, sus historias increíbles y su relación con la naturaleza entusiasmará a los niños que verán en él ese adulto que los entiende y trata como iguales, a diferencia de la severidad y la rectitud de su tío labrador. Recha, con la complicidad habitual en la fotografía de Hélène Louvart, consigue atrapar la atmósfera inquieta y cambiante que anida en esa parte de la isla, a través de su luz, viento y agua que reinan en el lugar (grandioso el inmenso trabajo en el sonido de Eva Valiño, y la música de Pau Recha, que a través de sus ritmos y melodías, consigue mezclarse con naturalidad con su paisaje) y filmar a los animales en su cotidianidad con sumo respeto y paciencia, y marcando los días monótonos y apacibles, en general, que van cayendo en la isla, filmando un universo lleno de soledades, soñadores y criaturas en tránsito, creando un caleidoscopio sutil y veraz de la radiografía de los habitantes de la Menorca de finales de 1918.

El barco anclado en mitad de la bahía, visible desde la playa, propiedad de ese señor de Menorca, acompañada de esa extranjera, que siempre veremos desde la distancia, representará esa libertad que tanto ansían los personajes, volviéndose en un objeto preciado por todos ellos y el único medio para salir de la isla, acompañado con la aparición de un tesoro que descubren escondido los dos hermanos. Recha es uno de los cineastas que mejor ha filmado la naturaleza y sus ritmos ancestrales, convirtiéndola no solo en un personaje más, esencial en sus trabajos, sino que, a través de ella, compone una mirada que impregna todo el paisaje y a aquellos que habitan en él, en una especie de simbiosis natural donde unos se impregnan de otros, y donde el paisaje humano, natural y animal, se acaban convirtiendo en uno solo. La película es una magnífica aproximación al género de aventuras con el aroma de la novela de La isla del tesoro, de Stevenson, con la que guarda más de una línea argumental, y también, con la película Los contrabandistas de Moonfleet, de Fritz Lang, dos relatos protagonizados por dos adolescentes, Jim Hawkings y John Mohune, respectivamente, que experimentarán la aventura de vivir, las ansias de libertad, y también, comprenderán que el mundo de los adultos puede ser mentiroso, oscuro y muy siniestro.

El cineasta barcelonés se acompaña de un equipo artístico que compone unos personajes magníficos, llenos de sutilezas, apoyados en sus miradas y gestos, con Miquel Gelabert, como ese tiet que representa la paternidad ausente de los niños, Sergi López (que repite con Recha después de Un dia perfecte per volar) sería el otro lado del espejo del tío, con su habitual naturalidad y capacidad para transmutarse en cualquier personaje, ya sea un capitán fascista o el ogro bonachón de esta película) y los deslumbrantes y fantásticos niños Macià Arguimbau, y Mariona Gomila, que solamente su propia mirada y su voz autóctona de Menorca (que crea esa atmósfera vital y sombría que emana todo el relato) representa con brillantez y sensibilidad toda la película de Recha, enmarcándose en ese espíritu imperecedero de las historias míticas de piratas, bucaneros y contrabandistas que seguirán siendo el caldo de cultivo y las herramientas intrínsecas para seguir imaginando esos mundos, de grandes y perdidos mares, llenos de universos extraños, exóticos, peligrosos, fantásticos y llenos de aventuras sin fin.


<p><a href=»https://vimeo.com/255710099″>Trailer LA VIDA LLIURE</a> from <a href=»https://vimeo.com/user3390135″>La Perif&egrave;rica Produccions</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Viaje, de Paz Fábrega

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“Todo es del viento y el viento es aire siempre de viaje”

Octavio Paz

Luciana y Pedro son dos jóvenes que se conocen una noche en una fiesta, después de intercambiar torpes palabras, se besan y deciden irse juntos. Esa noche no ocurre nada, pero tras deambular por ahí, Pedro tiene que marcharse al Rincón de la Vieja, un volcán en una ciudad próxima, donde tiene que hacer su tesis. El miedo de no verse más, ya que Luciana también marcha fuera, empuja a la joven a acompañarle. La nueva película de Paz Fábrega (1979, Costa Rica) nos zambulle de lleno en un relato construido a través del momento, de vivir el instante y dejarse llevar por lo que se está viviendo, sin más, sin pensar en el mañana, y en las consecuencias que traerá. La joven cineasta se plantea en sus trabajos una mirada crítica y constructiva sobre la realidad de la juventud, una edad de instantes y momentos líquidos, como definiría Bauman, un tiempo de sensaciones, de relaciones esporádicas, de disfrutar de todo lo que la vida ofrece, sin mirar más allá, en las que la mirada de Fábrega se interesa por la soledad que conlleva y ese deambular sin rumbo a la espera de una vida diferente a la convencional, pero que no termina por llegar.

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Nos subimos a este viaje acotado que se desarrolla en apenas tres jornadas, un fin de semana, a bordo de dos jóvenes que se acaban de conocer, que apenas recuerdan sus nombres, que no saben nada el uno del otro, pero que se dejan llevar por la aventura, guiados por el viento de cara, por la atracción del instante, por ese espíritu de libertad del momento, nada más. La cámara inquieta de Fábrega captura todos esos instantes, las bellísimas imágenes del volcán y sus alrededores, consumiéndonos con ellos, filmando los cuerpos de sus criaturas con una cercanía absorbente, mezclándose con el paisaje que los rodea. Los vemos jugando entre sábanas embriagados, recorriendo las vías de un tren o siguiendo los caminos salvajes de la jungla, bañándose desnudos en unas aguas, haciendo el amor en mitad de la nada, encaramados a un árbol, suspendidos, deteniendo el instante, en un intento inútil de parar el tiempo, pero dejándose llevar por sus sentidos y lo que están sintiendo en ese momento, disfrutando de la persona que tienen al lado, de ese amor incipiente, de esa pasión devoradora, sin más tiempo y lugar, y circunstancias personales, sólo eso, como si toda su vida fuese ese instante preciso. El estupendo e interesante giro del relato añade complejidad y una mirada profunda y analítica a toda la experiencia que estamos observando.

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Fábrega ha construido una película filmada en blanco y negro, que ayuda a describir y atrapar a sus personajes de forma abstracta, como si estuviésemos dentro de un sueño, de algo irreal, de una situación que se vive en otro mundo, muy física, minimalista (sólo dos personajes, el único personaje que interactúa con ellos está filmado en fuera de campo) y corporal, en la que asistimos a una aventura terrenal y soñada de dos almas libres, que rechazan las ataduras y las convenciones del tiempo moderno, que se mofan de las vidas tan encajonadas de sus conocidos, que se dejan arrastrar por lo que sienten. Una obra de guerrilla y a contracorriente, cine hecho desde la artesanía y el amor por el trabajo humilde y sencillo, que ha pateado innumerables certámenes en busca de financiación, cine cuidado al detalle, con el trabajo de Kattia González (también coproductora de la cinta) y Fernando Bolaños, una pareja protagonista viva, espontánea, que interpretan a sus personajes de manera cercana, transparente y honesta, captando esos momentos ínfimos que enriquecen las situaciones que estamos viviendo. Fábrega también en labores de guionista, codirectora de fotografía y de montaje, ha levantado una película pequeña, que nos llega de Costa Rica, una cinematografía desconocida por estos lares, pero que es capaz de producir obras de esta grandeza, en la que nos sumerge en esa vida propia de la juventud, en el que todo vale, y disfrutar del placer de cada momento, sin importar las consecuencias, es lo único que cuenta, dejarse llevar por la vida y el placer de experimentar esa libertad.


<p><a href=»https://vimeo.com/140967121″>Tr&aacute;iler VIAJE de Paz F&aacute;brega</a> from <a href=»https://vimeo.com/user22786367″>Mosaico Filmes Distribuciones</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Pastel de pera con lavanda, de Éric Besnard

PASTEL_PERA_CARTEL_70X100UN PASEO POR LAS NUBES.

En un rincón de la Provenza francesa vive Louise, una atractiva viuda treintañera con sus dos hijos, ella, adolescente y madura, y el niño, rebelde e inquieto. Louise ha heredado el trabajo de su marido, la producción de árboles frutales, en su caso, perales, y lavanda, pero las cosas no marchan bien, el banco le exige el crédito que pidió para reflotar el negocio, además, las ventas han bajado, y se añade la poca experiencia de Louise en un oficio que desconoce y encima no le satisface. Pero una tarde, volviendo en coche a su casa, atropella accidentalmente a Pierre, un hombre de su misma edad un tanto especial. Pierre padece el síndrome de Asperger, que le ha llevado a ser excesivamente ordenado, patológicamente sincero, obsesionado con los números primos, extraordinaria capacidad para la informática, problemas de sociabilidad y comunicación, y de extrema sensibilidad.

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El director francés Éric Besnard, fogueado como guionista, realiza en su quinto título de su carrera, una película con estructura y aroma de cuento de hadas, un relato que nos habla de un encuentro fortuito de dos seres antagónicos, dos almas que pasan por dificultades, ella, económicas, y él, emocionales, pero que se darán cuenta que tienen más cosas en común de las que imaginan. Estamos ante una comedia romántica de espíritu clásico, como las que filmaban en Hollywood en los años 30 y 40, aquellas en las que se respiraba el sabor de la vida, la virtud de los pequeños detalles, y las situaciones más divertidas y pintorescas, comedias sobre la vida, el amor y los deseos e ilusiones que hacen que los seres humanos sigamos manteniéndonos con esperanza en el mundo que nos ha tocado vivir. El cineasta francés engloba su fábula en un entorno de gran belleza, árboles frutales, campos de lavanda, campos de trigo y girasoles, un paisaje excelentemente iluminado con esa luz natural que dibuja todo su maravilloso esplendor y deleite para nuestros sentidos. Pierre es el ángel de la guarda para Louise y sus hijos, un ser que parece venido de otro planeta, alguien que vive el aquí y ahora, sin pararse a pensar en las consecuencias venideras, ayuda a Louise, la protege y guía su camino, a través de una sabiduría y templanza fuera de lo común, mostrando sin tapujos la ingenuidad e inocencia que le caracteriza.

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Como en todos los cuentos hay un ser que protege a Pierre, un maduro bonachón (como los duendes del bosque) que vende libros antiguos y vive con el joven diferente, también tenemos al rival, el vecino arboricultor que pretende a la dama en apuros, y finalmente, a la psicóloga, que actúa como el hada mala que quiere arrebatar el espíritu vital que acoge a Pierre. Besnard nos sumerge en una historia de amor clásica, decorada por un ambiente en el que la naturaleza invade nuestros sentidos, la luz mágica de la Provenza, el aire que mece los campos, el aroma que se impregna por todo el paisaje, y el sonido de la naturaleza, único e imperecedero que nos asalta a cada paso. Un lugar en el que hay botellas de cristal colgadas de los perales, quemadores para las noches heladas, y el intenso sabor de los dulces, y el delicado y maravilloso unvierso de las flores, hierbas y demás naturaleza. Una película sencilla, extremadamente minimalista, contada con una sensibilidad y delicadeza que enamoran, nada que ver con esas azucaradas comedias alocadas que producen por otros lares. Aquí, también hay pasteles y dulces, pero estamos ante algo diferente, saben de otra forma, narrada a través de una ligereza y ternura que nos atrapan, una sencillez en el que priman la interpretación de unos excelentes actores que insuflan de vida a sus personajes, componiendo una relación de miradas y detalles, en los que no se tocan, Virginie Efira dando vida a Louise y Benjamin Lavernhe a Pierre, cuidando todos los detalles de un ser extraño y muy especial, sin caer en los continuos tics y gestos de otros, dotando de humanidad a su personaje en una preciosa y poética love story, de esas que seducen, a través de la pausa que genera una tarde contemplando y descubriendo la forma de las nubes u observando detenidamente unas ramas mecidas por el viento.

Mañana, de Cyril Dion y Mélanie Laurent

manana-cartel-6780CRECER PENSANDO EN LA TIERRA.

En los últimos años, han aparecido infinidad de documentales que nos advierten y alarman sobre las catástrofes de nuestro planeta, debido a nuestro sistema capitalista de crecimiento desorbitado, en el que se aniquilan ecosistemas, con el único fin de seguir aumentando los beneficios económicos, con los riegos extremos que comporta para la salud y el bienestar de las personas. Mañana, el documental del activista y cineasta Cyril Dion (1978, Poissy, Francia) y de la actriz y directora Mélanie Laurent (1983, París, Francia), se desvía del contenido catastrófico, y emprende un viaje alrededor del mundo, que les lleva a visitar diez países, con el objetivo de encontrar nuevas formas de vida en consonancia con la naturaleza y el medio ambiente, para crecer de forma sana y natural y superar la crisis económica que sigue asolando muchas partes del planeta.

La película se estructura a través de cinco temas principales: agricultura, en la que conoceremos zonas rurales de la India, Francia, Inglaterra y EE.UU., en las cuales el trabajo de la tierra, como una manera de recuperar el modus vivendi de nuestros ancestros, en el que nos explican las actividades para regenerar el suelo y producir verduras y frutas para abastecerse y hacer de esa actividad su forma de vida, como los casos de Detroit, que después de la crisis automovilística dejó la ciudad con casi el 70% menos de población, y encontraron en la agricultura su forma de subsistir, o ciertas ciudades de Inglaterra, que han colocado infinidad de macetas en vía pública donde producen alimentos. Luego, pasamos a la energía, y nos muestran como varios países se han decantado por la sustitución de los combustibles contaminantes por formas de energía saludables y ecológicas, como en Dinamarca, en la que los organismos públicos ayudan a la integración de vehículos no contaminantes. En economía, nos llevan a zonas de Inglaterra donde han creado una moneda para reivindicar y ayudar el pequeño comercio, y las diferentes salidas y alternativas al comercio capitalista.

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En democracia, descubriremos que en muchas zonas de la India, se ha generado una política participativa en el que los ciudadanos votan democráticamente y todo se dialoga en asambleas en las que todo el mundo acude libremente y ejerce sus derechos. Para finalmente, conocer el sistema educativo de Finlandia, un país con pocos recursos económicos, en el que han potenciado la educación como vía de desarrollo social y crecimiento personal. Una forma de educar moderno, democrático y progresista, que les ayuda a vencer las carencias y educa a personas que piensen por sí mismos y tengan herramientas suficientes para desarrollarse profesionalmente en el mundo laboral, y sobre todo, como personas que vivan en plenitud con el entorno y de una manera saludable. La película funciona como un vehículo altamente didáctico, y ofrece una mirada humanista y apasionante de seres humanos que resisten de otra manera ante la invasión de un sistema atroz y superficial que sólo busca el éxito personal y económico pisando al resto. Dion, Laurent y su reducido equipo se han levantado y han prendido una marcha hacía la esperanza y la ilusión por un mundo mejor más saludable, generoso y solidario no sólo con el prójimo, sino también con nuestro único hogar, la tierra.

Cómo cambiar el mundo, de Jerry Rothwell

CZzif1TXEAAGNQ5TODO EMPEZÓ EN VANCOUVER EN 1971.

“Me di cuenta que había olvidado una cosa que había aprendido en los años 60, que mi existencia aislada es un espejismo, que la ecología es una corriente de la cual tú y yo formamos parte. Todo lo que hacemos afecta a esta corriente y lo que hace la corriente nos afecta a nosotros”.

Bob Hunter

La película arranca en 1971, en Vancouver, en plena época del hipismo, donde un grupo de jóvenes activistas y ecologistas liderados por Bob Hunter (periodista e ideólogo del movimiento), Paul Watson, Rex Weyler, David “Walsrus” Garrick y Carlie Truman, se lanzan en un pesquero de 25 metros y armados con cámaras de 16mm para filmarlo todo, con el fin de detener el ensayo nuclear en la pequeña isla de Amchitka, en Alaska, por parte del Gobierno de EE.UU. presidido por Nixon. Debido a problemas con la policía aduanera, la aventura no llegó a buen puerto, pero estos jóvenes amantes de la naturaleza y de la vida, volvieron a la carga. Su nuevo objetivo era salvar a las ballenas que eran exterminadas cruelmente. El reconocido documentalista inglés Jerry Rothwell, interesado en las personas a contracorriente y apasionadas, como ya testimonió en su anterior película, Deep wáter (2006), codirgida con Louise Osmond, donde relataba la odisea de un joven marinero inexperto que, a finales de los 60, desafió a la naturaleza con una travesía alrededor del mundo.

Ahora, documenta, a través de material de archivo y valiéndose de los testimonios de los implicados, los orígenes, auge y evolución del movimiento ecologista Greenpeace. Aquellos jóvenes canadienses que pensaban que era más fácil cambiar el mundo con una cámara que con una arma, se lanzaron con todo en contra para parar la catástrofe natural que infringían las naciones contra nuestra naturaleza y los animales. La segunda campaña que les dio gran relevancia internacional se llevó a cabo en las frías aguas del norte con el objetivo de parar con la caza indiscriminada de ballenas, se enfrentan a un potente ballenero soviético, y aunque no consiguen su objetivo, si que filman el arpón que pasa por encima de ellos. Una imagen que les valió la repercusión internacional que buscaban, y el grupo comienza a crecer y estallan los primeros conflictos internos. La siguiente campaña los divide, ahora la actividad se desarrolla en un pequeño pueblo de Terranova donde se asesina ferozmente a las crías de focas para conseguir su piel blanca. Las negociaciones con los pescadores de la zona que se muestran en contra de la protesta del grupo.

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Estallan las opiniones contrarias dentro del grupo, las distensiones amenazan la unidad, y también, el desgaste personal y emocional que implica constantemente tomar decisiones, recaudar dinero para financiar las campañas, y las múltiples ideas que florecen a la hora de afrontar los diferentes proyectos. La película de Rothwell recoge fielmente las aventuras y avatares en las que se involucran las personas del grupo, mediante los diarios de Hunter, donde se documentan todas las acciones, los conflictos de la actividad, y los personales, y cómo se desarrollan las acciones. Una cinta que cuestiona la idea de cómo se organiza una revolución, los sacrificios que eso implica, y de qué manera se gestionan los egos y los conflictos internos de sus integrantes, y cómo afecta al desarrollo de las actividades. Un documento que testimonia la idea y ejecución de unas personas que se lanzaron al vacío por la naturaleza y sus animales, que arriesgaron sus vidas por lo que creían y soñaban, un grupo de amantes de la vida y su entorno que hizo estallar la conciencia internacional de seguir luchando y peleando por un mundo mejor y más humano, creando uno de los movimientos globales más potentes de la historia. Porque como argumenta Hunter: “Si tenemos que esperar a los pacientes para heredar la Tierra, no nos va a quedar nada por heredar”. Una frase que advierte que siempre hay que estar alerta y seguir incomodando y protestando contra aquellos poderes que se sienten amos del mundo.

Una pastelería en Tokio, de Naomi Kawase

una-pasteleria-en-tokio-717x1024EL SABOR Y AROMA DEL DORAYAKI.

En El sabor del té verde con arroz (1952), de Yasujiro Ozu, la suculenta receta servía para que un matrimonio en crisis Taeko y Mokichi, se acercarán, preparando el delicioso manjar y disfrutando de su sabor. En la película número 8 de Naomi Kawase (1969, Nara, Japón) otra receta culinaria, en este caso un dulce, los “dorayaki” (pastelitos rellenos de salsa de frijoles rojos y dulces llamada “an”) sirve para acercar a dos personas aisladas y encerradas en sí mismas debido a las heridas que arrastran. Kawase se vale de la novela “An”, de Durian Sukegawa (que participó como actor en Hanezu, de 2011) para volver a situarnos en los márgenes de una ciudad, como hiciera en Shara, el escenario es una calle y el epicentro de la acción se desarrolla en las cuatro paredes de una pequeña pastelería donde Sentaro, un joven de unos 40 años, fabrica de forma industrial los deliciosos dorayakis.

Un día, aparece por el establecimiento Tokue, una anciana que se ofrece para el puesto de trabajo que se oferta, Sentaro la rechaza, pero acabara aceptándola después de probar su pasta de judías, ingrediente primordial de los sabrosos pastelitos. A estos dos personajes, se les juntará Wakana, una adolescente triste que no soporta ni a su madre ni a la escuela. Kawase vuelve a los temas que cimentan su filmografía: la relación que se establece entre ancianos y jóvenes, la tradición contra la modernidad (igual que el maestro Ozu), la especial manera de filmar la naturaleza (en este caso los cerezos, metáfora de la vida de las personas, que florecen cada primavera para pronto perder sus flores) y sus accidentes, como la lluvia o el viento, y sobre todo, un elemento recurrente en toda su carrera, la transición entre la vida y la muerte, y una dedicación emotiva y delicada por las cosas sencillas y los momentos fugaces que se disfrutan en compañía.

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Puede mirarse como una metáfora del Japón actual, donde Tokue representa ese Japón antiguo, donde la tradición y el deber forman parte de su vida, ella otorga la sabiduría de lo artesanal, del amor por continuar haciendo las recetas de forma ancestral y delicada, y sobre todo, con mucho amor, la anciana arrastra la enfermedad de la lepra, (el instante del libro de fotografías de los enfermos, resulta imposible no recordar el documental La casa es negra, de Forough Farrokhzad) , dolencia que la ha encerrado en un sanatorio y la aislado de los demás. Sentaro, por su parte, es el Japón actual, el que ha perdido la ilusión por vivir, se encuentra atado en un negocio que no ama, que hace para pagar una deuda, que lo realizada de modo monótono e industrialmente, sin esperanza ni pasión, y finalmente, Wakana, el futuro, que se siente triste por esa falta de cariño y pérdida que padece, y no encuentra consuelo ni amparo. Tres formas de mirar diferentes, pero que encontrarán su afinidad y compañía abriéndose entre ellos, limarán sus heridas, y se contarán lo que les entristece para acercarse más y romper las barreras que les separan y aíslan. Una bellísima y poética cinta de Kawase, llena de pequeños e instantes momentos de puro amor y delicadeza que encadena de forma sencilla y humana, filmando de manera especial y muy personal, acariciando y susurrando, sin necesidad de sentimentalismo. Una historia durísima de almas heridas y tristes, que al encontrarse encuentran lo que les hacía falta, lo que no tenían. Kawase nos muestra un mundo invisible, un universo que se pierde por la velocidad de nuestras vidas, nos invita a mirar, a observarnos, y a observar todo lo que nos rodea: los árboles, las plantas, la brizna de viento, el sol bañando las calles, el olor de las flores en primavera, y nos recuerda que toda la felicidad o desdicha de nuestras vidas se encuentra en nuestro interior, y sólo nosotros tenemos la capacidad de revertirlas y cambiarlas para verlas de distinta manera.

Aguas tranquilas, de Naomi Kawase

AGUAS-TRANQUILASDESPERTANDO A LA VIDA

En Las vacaciones del cineasta (1974), el cineasta Johan van der keuken hacía referencia a la reflexión del crítico André Bazin, que aseveró en cierta ocasión que el cine es el único medio capaz de mostrar el paso de la vida a la muerte. Esta ha sido una de las constantes del cine de Naomi Kawase (Nara, Japón. 1969), desde sus primeras películas, su objetivo ha sido filmar esa línea invisible y trascendental que separa los dos mundos. Ese lugar inherente a la vida y la muerte, ese espacio efímero, espiritual, ese tránsito entre lo que vivió y lo que acaba de morir, una grieta para abordar la ausencia y la pérdida de los seres que ya no están, sin olvidar otro de sus elementos indispensables y fundamentales en su cine, la naturaleza, esa fuente inagotable que rodea a sus personajes, esa fuerza invisible que envuelve todo y a todos, que se manifiesta de las formas más extraordinarias, inundando todo con su exquisita belleza, o por el contrario, emergiendo con toda su rugido y fuerza para arrasar con todo.

Dos estados y dos miradas, cauces por los que Kawase construye sus poemas visuales, su mirada inquieta y observadora, desde sus trabajos más íntimos y profundos, en los que coge su cámara y se filma a sí misma, y a los suyos, en Nacimiento y maternidad (2006), Genpin (2010) o Chiri (2012), o sus otras obras, las que confieren inquietudes más ambiciosas, como Shara (2003) o El bosque del luto (2007), dos trabajos de una calidad ejemplar que elevaron la obra de Kawase hasta los altares del cine contemporáneo, comparando su cine con otros nombres de la cinematografía japonesa como Nobuhiro Suwa o Kirokazu Kore-eda.

Su última película,  Aguas tranquilas (coproducida por Lluís Miñarro, última aventura, antes del cierre, de este afamado e imprescindible mecenas del cine más arriesgado, personal y a contracorriente del panorama contemporáneo internacional, que ha levantado películas de Guerín, Serra, Weerasethakul, Oliveira, etc…), entraría en esa segunda vía, en esta ocasión la directora nipona ha viajado hasta la isla de Amami-Oshima (lugar de origen de sus ancestros) para contarnos un cuento sobre dos adolescentes, Kyoko y Kaito, y su relato de iniciación a la vida (recuerdan al chaval de Verano del 42), un viaje donde conocerán el amor, el sexo, la vida y la muerte. El germen de la historia nació hace 8 años, cuando Kawase descubrió sus raíces familiares, (la realizadora fue abandonada por sus padres cuando era un bebé), a partir de ese hallazgo, acompañado del reciente fallecimiento de su madre de adopción, Kawase apoyándose en elementos de la cultura Yaorozu (en la que no existe un solo dios, sino muchos dioses sintoístas, en la que se acepta todo tipo de creencias, reduciéndolo todo a un estado de vacío llamado “MU” –nada-), vuelve a indagar en su memoria personal y familiar para reflexionar y profundizar sobre los ciclos vitales, la condición humana, y el proceso de duelo, de cómo afrontamos las alegrías y las tristezas que conforman nuestras vidas. La cineasta se adentra en las familias de los dos jóvenes, en las existencias cotidianas de los personajes de manera delicada y suave, desde una mirada contenida y en silencio, casi rozando sus cuerpos, escuchando sus alientos, explorando los pliegues de sus cuerpos, mirando lo que ellos miran, y sintiéndolos en cada instante.

Un cine parido desde lo más profundo, de luz cadente y mirada sobrecogedora, un cine que emociona y que nos muestra el lado humano, como nos enfrentamos a la muerte de alguien, y a la ausencia de ese ser, el terrible sentimiento que nos invade, y como nos relacionamos con nosotros mismos y los que nos rodean. Un cine reflexivo, que quiere atrapar lo invisible, el espíritu de las cosas, la naturaleza que se manifiesta con belleza y maldad, atrapar una brisa del viento, el rumor de las olas, un paseo en bicicleta, el primer encuentro sexual, un baño en libertad en las profundidades del mar, -el agua como elemento purificador y perturbador- a un anciano que se prepara para marcharse, el mar que nos descubre un cadáver, y un tifón que asolará la isla, dejando todo al descubierto, tanto lo emocional, lo físico y lo espiritual, desatando la contención de sus personajes. Cine poético, a flor de piel que nos envuelve entre lo vivido, lo soñado, lo intangible y sobre todo, la extraordinaria capacidad de los seres humanos de seguir viviendo a pesar de todo y todos.

La historia de Marie Heurtin, de Jean-Pierre Améris

La_historia_de_Marie_Heurtin-814895053-largeCANTO A LA EDUCACIÓN

Cuando el cineasta Jean-Pierre Améris (1961, Lyon. Francia), -autor de películas muy notables como La vida (2001), Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y Tímidos anónimos (2010)-, conoció la historia de Marie Heurtin, una niña de 14 años sorda y ciega, que a finales del siglo XIX fue recluida en un asilo de monjas para recibir educación, no lo dudó un instante, y se trasladó hasta los escenarios reales donde aconteció la historia, en el Instituto de Larnay, cerca de Poitiers. En ese espacio, Améris edifica el entramado argumental de su película. La historia arranca cuando los padres de Marie incapaces de educar a su hija, la llevan hasta el asilo, allí, debido a su grave minusvalía, la madre superiora rechaza su ingreso, pero la obstinación y perseverancia de la monja Sor Marguerite la hacen cambiar de opinión y la llevan a aceptar a la niña.

Así empieza este cuento hermosísimo sobre la superación de un ser que vive en la más absolutas de las oscuridades y silencios, una niña a la que se le ha negado la capacidad de comunicarse, y además se ha pasado casi toda su vida viviendo como una animal salvaje. El trabajo incansable, paciente y extraordinario de la monja, que en algunos momentos más que sesiones de aprendizaje, parecen combates de lucha, harán posible que Marie se convierta en una persona, primero, y luego, en una mujer inteligente, sensible y humana. Améris sustenta su película a través de sus dos personajes, y la amistad y el amor que entablan la monja Sor Marguerite (estupenda Isabelle Carré) y Marie (cálida la debutante Ariana Rivoire), que se erigen como el pilar de esta historia emocionante y contenida. El realizador francés adopta la línea emprendida por obras antecesoras que planteaban historias similares como El milagro de Anna Sullivan (1962, Arthur Penn), donde una institutriz se enfrentaba a una niña, Helen, también sorda y ciega, o El pequeño salvaje (1970, François Truffaut), donde el genial cineasta francés recogía la historia de Victor de Aveyron, un niño criado solo en el bosque, que era rescatado por un doctor que lo educaba.

El punto de partida de las tres obras es similar, aunque Améris ofrece una mirada propia, abre una senda diferente, sitúa su historia en la naturaleza, al principio, una parte de la educación se ubica en las cuatro paredes del convento, pero el desarrollo de los sentidos y su interrelación se produce en la naturaleza, en el contacto con los rayos de luz, la brisa que acaricia el rostro, las  hierbas que se mecen por el viento, las flores que adoptan formas, colores y multitud de significados… La desbordante e indescriptible emoción de quién aprende algo por primera vez, que relaciona las cosas que le rodean, que las conoce y sabe relacionarlas entre sí. Un cuento humano y poético, donde los pequeños e insignificantes detalles de los que estamos rodeados adquieren una gran importancia, en el que asistimos a la emocionante alegría que siente el que enseña con cada pequeñísimo paso que obtiene el que está aprendiendo. Un espacio donde el sentido del tacto lo es todo, y onde Marie se enfrentará al descubrimiento de la alegría y la felicidad, pero también a los sinsabores y la ausencia. Un delicado y dulce relato sobre la voluntad de superación de cada uno a pesar de los obstáculos más firmes y difíciles que nos podamos encontrar. Una maravillosa lección de pedagogía que rubrica el grandísimo valor del lenguaje, sea de la forma que sea, como elemento indispensable para que todo ser humano pueda comunicarse y relacionarse entre sí y los demás.