Game Over, de Alba Sotorra

poster-game-overEL SOLDADO TRISTE

La joven cineasta Alba Sotorra (Barcelona, 1980) hace su puesta de largo en el cine contándonos la historia de Djalal, un joven de 24 años que tiene que decidir su vida, tomar su camino y empezar a andar. Nació en una familia de clase media en un pueblo de Barcelona, desde niño lo agasajaron con armas, primero de juguete, que luego se volvieron más sofisticadas y de verdad, hasta que Djalal comenzó a grabarse en video en operaciones y aventuras militares y colgarlas en youtube, convirtiéndose de esta manera en Lord_Sex, un personaje mundialmente conocido en el ciberespacio. Su camino y sus ansías de acción y guerra, lo llevaron a alistarse al ejército e irse de voluntario al frente de Afganistán como francotirador. Pero las guerras de hoy en día, no son como las que presentan en el cine, así que Djalal, después de 6 meses combatiendo, volvió a su casa.

Sotorra, cineasta inquieta y de acción, comprometida con las nuevas formas de expresión audiovisual, e interesada en buscar nuevas miradas y viajar al origen del conflicto, con su cámara al hombro para no perderse ningún detalle, y reflexionar sobre los conflictos que acechan a mujeres, política, guerra, sociales… En una de sus instalaciones audiovisuales tropezó con la historia de Djalal (algo así como el reverso del sargento localizador de explosivos que describía la directora Kathryn Bigelow en su film, En tierra hostil, un tipo que sólo en la guerra encontraba su modus vivendi), y arranca su película en la actualidad, en esa casa que Djalal comparte con su padre, Hansi, iraní, con el que no habla mucho, porque critica con extrema dureza la actitud bélica de su hijo. Una vivienda que tienen que vender porque el padre no tiene trabajo y las deudas se acumulan. También, está la madre, Anna, ya separada de su padre, que a diferencia del progenitor, actúa de forma protectora y comprensible con las decisiones de su hijo. También, conoceremos a la novia del chico, mitad barbie, mitad compañera, le ayuda y comparte con él sus sueños frustrados, las ilusiones perdidas de ser un soldado de acción, su deseo de convertirse en mercenario, y soñar con una guerra que no fue, que no es real, que sólo existe en las películas de acción, y en su cabeza.

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Un guion de Isa Campo, brillantemente compuesto, (estrecha colaboradora de Isaki Lacuesta) en el que se opta por una estructura fracturada, en consonancia con la familia que se nos muestra, nos va diseccionando mediante flashbacks que nos desentrañan la maraña emocional que se respira en el seno familiar, una trama que utiliza varios formatos y texturas audiovisuales (grandísimo el trabajo de Jimmy Gimferrer, uno de los cinematógrafos más interesantes del panorama actual): los vídeos domésticos que van de la boda de la pareja, Djalal de niño en viajes con sus padres, abriendo regalos bélicos, tiempos felices y cotidianos que ahora sólo forman parte de un recuerdo vago y lejano, imágenes que se van intercalando con los vídeos que Djalal filmó en el frente, cuidando los encuadres y la belleza del plano, antes de disparar al enemigo, donde vemos los tiempos muertos y hastíos de la guerra, y sobre todo, como el joven utiliza el vídeo para confesar su estado de ánimo y el desencanto de lo que está viviendo (que nos recuerdan a las filmaciones de los soldados de Redacted, de Brian De Palama), y los vídeos realizados por Djalal cuando se convierte en su alter ego militar, (que parecen sacados de alguna película bélica propagandística que asolaron en los años 80 con los Rambo, Comando y demás héroes del tío Sam), un mosaico de filmaciones que retratan no sólo la personalidad de Djalal y su entorno, sino también, un contexto familiar complejo y difícil, donde todos ellos son responsables de una manera u otra de la situación actual que viven. Pero la cineasta no se queda ahí, profundiza aún más en las causas y efectos, quizás la responsabilidad no es sólo del propio Djalal o paterna, la película analiza de forma interesante y veraz una sociedad basada en el consumismo atroz y salvaje, y construida en base al entretenimiento con el fin de codiciar y amasar grandes cantidades de dinero. La película nos ofrece una hermosa y cuidada reflexión sobre la dificultad de la paternidad, la propaganda televisiva, y las nuevas formas de relacionarse a través de las redes sociales, en el que nos revela a Alba Sotorra como una de las voces más comprometidas, inquietantes y sinceras que, habrá que seguir su pista en futuros trabajos, ya sean en el campo cinematográfico u otro medio audiovisual.

Corazón silencioso, de Bille August

2015_09_02_No_15-1MORIR EN FAMILIA

El cineasta danés Bille August (1948) descubrió las mieles del éxito con dos títulos que forman parte del imaginario cinéfilo de finales de los 80 y principios de los 90. Pelle en conquistador (1987), ganadora de la Palma de Oro en Cannes, el Globo de Oro y el Oscar, narraba la odisea de unos inmigrantes, y Las mejores intenciones (1992), a partir de un guión autobiográfico de Ingmar Bergman, se adentraba en un intenso y memorable drama familiar. Ahora, después de un periplo internacional, donde el director escandinavo se ha dirigido grandes producciones rodadas en inglés con resultados menos buenos de los esperados, ha vuelto a su país, y ha recuperado la esencia de aquel cine intenso e intimista, un cine de personajes, de las relaciones entre ellos, y los conflictos que los abordan.

El resultado es este intenso drama, de envoltura de pieza de cámara, como aquel teatro que defendía Brecht, o el cine de Bergman, y nos cuenta, o podríamos decir, nos susurra, en apenas tres jornadas, y con una única localización, la casa familiar, junto a un lago, que reúne durante un fin de semana, que será el último que los reúna a todos, a tres generaciones de una familia, ahora mas desunida que antes, como suele ocurrir en todas. Todos ellos, la hermana mayor, Heidi, acompañada de su marido e hijo, Sanne, la hermana menor que aparece con su novio de idas y venidas, una amiga del matrimonio, y los padres. Todos se han juntado para despedir a la madre, para pasar el último fin de semana con ella, porque la matriarca, Esther, enferma de una dolencia degenerativa ha decidido acabar con su vida. August filtra su cámara en las aristas y los pliegues que se irán resquebrajando entre los componentes de esta familia a lo largo de esos tres días. El cineasta mira a sus criaturas de forma honesta y sincera, los observa sin inmiscuirse en sus vidas, se detiene cerca de ellos, pero sin molestar, se toma el tiempo preciso y cocina a fuego lento este durísimo encuentro de verdades y mentiras que salen a la luz, y sobre todo, un retrato sobre lo efímero de la vida, donde los personajes deberán redimirse frente a ellos y al que tienen delante, despojarse de sus miedos e inseguridades, y aceptar al otro, la decisión que tendrán que entender por el bien de todos, y sobre todo, por su bien.

Una película que aborda temas complejos y difíciles donde cada uno de los personajes deberá hacerse las pertinentes preguntas para entender y aceptarse primero a él mismo, y luego comprender a una madre que sólo quiere morir como ha vivido, en paz. La cinta de August tiene muchos elementos comunes con Celebración (1998), de Thomas Vinterberg, una de las joyas del movimiento «Dogma» que se inventó Lars Von Trier, si en aquella una fiesta familiar destapa la caja de los truenos mediante reproches e insultos, debido a un padre maltratador y represor, en ésta, con que también comparte algunos intérpretes, la reunión deriva por otros derroteros, menos acusadores, pero a la postre, los hijos mantienen una posición moral parecida, deben enfrentarse a una decisión que algunos de ellos ignoraban, y otros deben aceptarla y vivir con ella. El trabajo de August dirigiendo a los actores es magistral, todos ellos, algunos tomando protagonismo sólo en breves momentos, tienen su instante de importancia dentro del conflicto familiar, entre las que destacan Paprika Steen, conocida actriz que ha trabajado en la mencionada Celebración, al lado de Von Trier y con Susanne Bier, entre otros, reconocida con la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián del 2014, por su notable interpretación de la calculadora, engreída y perfecta Heidi, que enmascara con esa apariencia una vida aburrida, monótona y tradicional, Ghita Norby, que interpreta a la madre, logra con una mirada y un gesto lo que no se puede describir con palabras, y finalmente, Danica Curcic, que compone a Sanne, esa hermana pequeña depresiva, desencajada dentro del núcleo familiar, que no logra la estabilidad emocional y que anda dando tumbos sin remedio. Un grupo humano que deberá enfrentarse a una situación en la que no sólo deberán aceptar la muerte de su madre, sino aceptarse a ellos mismos y también, a los otros componentes familiares.

Mar, de Dominga Sotomayor

Mar PósterEL ENTORNO DETENIDO

La directora Dominga Sotomayor (Santiago de Chile, 1985), dejó un buen sabor de boca en su opera prima De jueves a domingo (2012), una interesante y reflexiva aproximación del desmoronamiento de una pareja y la relación con sus hijos. Una road movie donde una pareja en la treintena viajaba con la compañía de sus dos hijos al norte del país. Sotomayor elegía el punto de vista infantil, un espacio de diversión, juegos y sueños, que contrastaba con el mundo de los padres, triste, perdido y sin ilusiones, formado por una pareja que ha decidido separarse. En su segunda película Mar, Sotomayor se enfunda el traje de observadora, ahora el punto de vista no está centrado en nadie, sólo quiere que seamos testigos de lo que vemos y saquemos nosotros, los espectadores, nuestras propias conclusiones. Su relato se centra en Martín, un joven de 33 años que se ha escapado junto a su novia unos días a disfrutar del sol, la piscina, y el buen tiempo de Villa Gesell, en Argentina.

La joven pareja se muestra distante, el amor, si alguna vez lo hubo, se está descomponiendo, ya no se muestran cariñosos, y cada vez se sienten más alejados el uno del otro. En la segunda mitad de la película, con la llegada de la madre de Martín, aún se agravará más la situación de calma latente que respira la pareja. Sotomayor fabrica su cine a través de gestos y detalles, su cine se muestra sutil, hay que buscar concienzudamente entre sus aristas y pliegues para ir descubriendo lentamente la multitud de capas que encierran tanto sus historias como los personajes que las habitan. La cotidianidad de los días de vacaciones son utilizados por la realizadora chilena para tejer entre la pareja y el paisaje que los rodea, una tela de araña malsana, en la que todo pasa, pero nada se muestra. Si hay alguna evidencia en la película no se muestra en una primera capa, hay que rascar fuertemente para que pudiéramos encontrarnos con ella.

La cámara de Sotomayor se muestra observadora, tomando la distancia prudente, en el que las cosas suceden, sin intervenir de manera moral, una cámara que sólo se mueve en un par de ocasiones, donde la directora hace evidente ese movimiento, ese cambio que se está produciendo en Martín. Una película breve, apenas 60 minutos, e intensa, que no deja nada al azar, con una forma muy definida, y un argumento lleno de espacios oscuros y sin fondo. Una obra que certifica los buenos augurios que nos dejó el primer trabajo de Dominga Sotomayor, que desde ahora y en adelante, seguiremos sus pasos con ojo avizor, en la diversidad y riqueza de sus trabajos, ya sean en la dirección, guión o producción, a través de CINESTACIóN, la cooperativa cinematográfica donde con un puñado de jóvenes cineastas talentosos se han agrupado para seguir en el camino produciendo un cine interesante, reflexivo y emocionante.

 

El padre (The Cut), de Fatih Akin

The-Cut3FE ANTE LA BARBARIE

«Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis.»

Nos encontramos alrededor de 1915, en Mardin, ciudad turca cercana a la frontera de Siria. Allí, Nazaret Manoogian, un joven herrero vive en compañía de su mujer y sus dos hijas gemelas, y el resto de su familia. Estalla la I Guerra Mundial, y muchas minorías pasan a considerarse enemigas del Impero Otomano. Una noche, el ejército turco lo detiene junto a los demás hombres y los llevan al desierto a trabajos forzados lejos de su familia. Después de escapar in extremis de la muerte, se alía con un grupo de desertores y durante un ataque, un conocido le habla de un lugar, en medio del desierto, donde llevaron a su familia.

Con El Padre (The Cut), Fatih Akin (Hamburgo, 1973), finaliza su particular trilogía “El amor, la muerte y el diablo”, que arrancó en Contra la pared (2004), que le valió el Oso de Oro en la Berlinale, donde relataba la relación tormentosa de una turca y un hombre de origen turco alemán con aires fatalistas, le siguió Al otro lado (2007), donde el destino de seis personas se cruzaban a través de la muerte. Akin emprendió el trayecto de esta aventura personal y brutal, como nos tiene acostumbrados en su cine, después de leer el libro 1915: Ermeni Soykirim (1915: El genocidio armenio), del conocido periodista turco Hasan Cemal. El realizador turco-alemán asegura haberse documentado leyendo más de 100 libros sobre el tema. Su película desentierra un pasado oscuro que las autoridades turcas incluso hoy día siguen negando. Akin utiliza el genocidio contra el pueblo armenio como telón de fondo en su película, para centrarse en la terrible y épica odisea que tiene que vivir el joven Nazaret, que arranca en su pueblo en 1915 y sigue por los tortuosos caminos y las tormentas de arena del desierto de Mesopotamia, para encontrar asilo en una fábrica de jabón reconvertida en hogar para refugiados, seguir visitando orfanatos y prostíbulos en busca de la huella de sus hijas, cambiar de continente y llegar hasta La Habana (Cuba) para con la ayuda de un paisano seguir la búsqueda y finalmente, llegar hasta el año 1922, 7 años después, y encontrar su destino y el final de su viaje en un pequeño pueblo helado de Dakota del Norte, en los EE.UU.

Akin nos cuenta dos historias, dividida en dos partes, la primera relata la supervivencia de Nazaret, y luego, una pausa, en el que su vida emprende un nuevo objetivo, y ahí se inicia su segundo segmento, la incesante y difícil búsqueda de sus hijas que creía fallecidas. El cineasta de origen turco, muestra el horror y la muerte en su crudeza, el camino interior de alguien, que después de lo que ha vivido, ha perdido su fe, ya no cree en Dios, sólo cree en sí mismo, y sobrevive a duras penas con el objetivo de reencontrarse con los suyos. Akin nos ofrece una película histórica, un fresco sobre la vida y la muerte, sobre la maldad y la solidaridad humanas, una odisea que alterna en su viaje por la mezcla de géneros, desde el western épico y crepuscular, hasta las cintas exóticas de aventuras por el desierto, y el género social, la descomposición y composición familiar, la emigración al nuevo mundo, la intolerancia de los unos contra los otros, elementos que tendrían como espejos transformadores títulos de la grandiosidad de Centauros del desierto, de John Ford, o América, América, de Elia Kazan.

Una película construida a partir de la figura de su protagonista, Tahar Rahim, único punto de vista y la mirada del cineasta, (que fue contratado por su magnífica composición en Un profeta, de Jacques Audiard), además de realizar un trabajo brillante, tiene la desventaja de pasarse casi toda la película sin hablar, por el corte que le producen, el elemento musical juega un papel fundamental, pues sitúa palabras allí donde no las hay. Además, Akin ha podido contar en el guión con la grandísima aportación de Mardik Martin, (el guionista estadounidense de origen armenio, que había trabajado con Scorsese en Toro Salvaje y New York, Ney York, que llevaba más de tres décadas sin trabajar para el cine). Otro de los grandes momentos del film se desarrolla cuando en 1921, una noche, el protagonista ve El chico, de Chaplin, bajo un cielo estrellado, instante mágico donde el cine capta la emoción de los sentimientos y anhelos del protagonista. Una película contundente, de gran belleza plástica, que a ratos enmudece y en otros, sobrecoge. Una de esas cintas como las que se filmaban antes, de las que firmaba David Lean, con su grandiosidad y su épica, que recorre los años terribles y sobrecogedores de un ser humano en busca de su familia y sobre todo, de sí mismo.

52 Martes, de Sophie Hyde

52-martesMI MADRE/PADRE Y YO

Sophie Hyde es una directora australiana que lleva un lustro, junto a la colaboración del guionista Matthew Cormack, dedicada a producir y dirigir piezas de ficción y documentales para la compañía Closer Productions. Los dos colaboradores se han lanzado a abordar un tema espinoso y controvertido como es la transexualidad, en una película/experimento que se ha producido siguiendo la premisa argumental que plantea la película, en un trabajo parecido como el abordado por Richard Linklater en Boyhood. La película  explora las complejas relacionas de una madre y una hija, después que la progenitora le explica que va a recibir un tratamiento médico, de un año de duración,  para cambiar de sexo y convertirse en un hombre (tratamiento real que siguió el actor que interpreta a la madre), durante ese tiempo las dos se verán sólo los martes. La producción también se citaba cada martes durante ese año para filmar la película, con la idea que debería incluirse en la película algo de  lo filmado cada semana.

El trabajo de Hyde se mueve entre varias capas a nivel formal: la narración que actúa como elemento observacional, luego, vemos lo rodado por la madre que documenta su transformación, también, la hija, Billie, junto a dos amigos, graba en vídeo sus encuentros sexuales en un almacén, y además, también filma en soledad sus reflexiones y pensamientos sobre lo que está ocurriendo entre su madre y ella, finalmente, las imágenes de televisión que van documentando los sucesos que se van desarrollando durante los 365 días en los que transcurre la acción. La decisión de la madre, acelera el despertar sexual de la adolescente Billie, que a escondidas y sin permiso paterno (ahora vive con su padre) experimenta de forma libre y desinhibida el sexo que además filma en vídeo. Hyde opta en su película (que tuvo una gran acogida en Sundance y Berlín, certámenes en los se llevó dos galardones), por un tratamiento natural y cercano, huyendo de lo morboso y lo trágico, los personajes (actores no profesionales que debían tener algún tipo de vínculo con los roles que interpretaban), el núcleo familiar y la gente que les rodea, aceptan de manera normal la decisión de la madre de convertirse en James, si bien es Billie que quiere pasar más tiempo con su madre, y también, se desmarca escondiendo sus verdaderas opiniones sobre lo que está sucediendo, refugiándose con la ayuda de sus dos amigos, y la compañía de la noche, en unos juegos, que no resultan de lo más indicado para una joven confundida y desorientada que se siente apartada e intenta descubrirse a sí misma de manera acelerada, y más como un puñetazo de rabia que de una decisión tomada libremente.

Hyde no juzga a sus personajes ni nada de lo que ocurre, siempre deja la palabra al espectador para que sea él quien decida sobre sus propias ideas acerca de la familia, la maternidad, el género, la identidad y las difíciles relaciones entre los seres humanos ante situaciones que no entienden e intentan infructuosamente estar por encima de ellas, con los problemas que eso conlleva de adelantarse a los acontecimientos e intentar ir más rápido del tiempo que llevan las cosas.

Aguas tranquilas, de Naomi Kawase

AGUAS-TRANQUILASDESPERTANDO A LA VIDA

En Las vacaciones del cineasta (1974), el cineasta Johan van der keuken hacía referencia a la reflexión del crítico André Bazin, que aseveró en cierta ocasión que el cine es el único medio capaz de mostrar el paso de la vida a la muerte. Esta ha sido una de las constantes del cine de Naomi Kawase (Nara, Japón. 1969), desde sus primeras películas, su objetivo ha sido filmar esa línea invisible y trascendental que separa los dos mundos. Ese lugar inherente a la vida y la muerte, ese espacio efímero, espiritual, ese tránsito entre lo que vivió y lo que acaba de morir, una grieta para abordar la ausencia y la pérdida de los seres que ya no están, sin olvidar otro de sus elementos indispensables y fundamentales en su cine, la naturaleza, esa fuente inagotable que rodea a sus personajes, esa fuerza invisible que envuelve todo y a todos, que se manifiesta de las formas más extraordinarias, inundando todo con su exquisita belleza, o por el contrario, emergiendo con toda su rugido y fuerza para arrasar con todo.

Dos estados y dos miradas, cauces por los que Kawase construye sus poemas visuales, su mirada inquieta y observadora, desde sus trabajos más íntimos y profundos, en los que coge su cámara y se filma a sí misma, y a los suyos, en Nacimiento y maternidad (2006), Genpin (2010) o Chiri (2012), o sus otras obras, las que confieren inquietudes más ambiciosas, como Shara (2003) o El bosque del luto (2007), dos trabajos de una calidad ejemplar que elevaron la obra de Kawase hasta los altares del cine contemporáneo, comparando su cine con otros nombres de la cinematografía japonesa como Nobuhiro Suwa o Kirokazu Kore-eda.

Su última película,  Aguas tranquilas (coproducida por Lluís Miñarro, última aventura, antes del cierre, de este afamado e imprescindible mecenas del cine más arriesgado, personal y a contracorriente del panorama contemporáneo internacional, que ha levantado películas de Guerín, Serra, Weerasethakul, Oliveira, etc…), entraría en esa segunda vía, en esta ocasión la directora nipona ha viajado hasta la isla de Amami-Oshima (lugar de origen de sus ancestros) para contarnos un cuento sobre dos adolescentes, Kyoko y Kaito, y su relato de iniciación a la vida (recuerdan al chaval de Verano del 42), un viaje donde conocerán el amor, el sexo, la vida y la muerte. El germen de la historia nació hace 8 años, cuando Kawase descubrió sus raíces familiares, (la realizadora fue abandonada por sus padres cuando era un bebé), a partir de ese hallazgo, acompañado del reciente fallecimiento de su madre de adopción, Kawase apoyándose en elementos de la cultura Yaorozu (en la que no existe un solo dios, sino muchos dioses sintoístas, en la que se acepta todo tipo de creencias, reduciéndolo todo a un estado de vacío llamado “MU” –nada-), vuelve a indagar en su memoria personal y familiar para reflexionar y profundizar sobre los ciclos vitales, la condición humana, y el proceso de duelo, de cómo afrontamos las alegrías y las tristezas que conforman nuestras vidas. La cineasta se adentra en las familias de los dos jóvenes, en las existencias cotidianas de los personajes de manera delicada y suave, desde una mirada contenida y en silencio, casi rozando sus cuerpos, escuchando sus alientos, explorando los pliegues de sus cuerpos, mirando lo que ellos miran, y sintiéndolos en cada instante.

Un cine parido desde lo más profundo, de luz cadente y mirada sobrecogedora, un cine que emociona y que nos muestra el lado humano, como nos enfrentamos a la muerte de alguien, y a la ausencia de ese ser, el terrible sentimiento que nos invade, y como nos relacionamos con nosotros mismos y los que nos rodean. Un cine reflexivo, que quiere atrapar lo invisible, el espíritu de las cosas, la naturaleza que se manifiesta con belleza y maldad, atrapar una brisa del viento, el rumor de las olas, un paseo en bicicleta, el primer encuentro sexual, un baño en libertad en las profundidades del mar, -el agua como elemento purificador y perturbador- a un anciano que se prepara para marcharse, el mar que nos descubre un cadáver, y un tifón que asolará la isla, dejando todo al descubierto, tanto lo emocional, lo físico y lo espiritual, desatando la contención de sus personajes. Cine poético, a flor de piel que nos envuelve entre lo vivido, lo soñado, lo intangible y sobre todo, la extraordinaria capacidad de los seres humanos de seguir viviendo a pesar de todo y todos.

Entrevista a Isabel Ayguavives

Entrevista a Isabel Ayguavives, directora de “El árbol magnético». El encuentro tuvo lugar el Martes 8 de julio en Barcelona, en una de las salas de los Cines Girona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Isabel Ayguavives, por su tiempo y sabiduría, a Sonia Uría, autora de la fotografía, por su generosidad y paciencia, y a Clara Martínez de Sala 1 ,autora de la edición, por su trabajo y complicidad.

 

Mil veces Buenas noches, de Erik Poppe

Tusen ganger god natt plakatEntre las bombas y el hogar

Sin lugar a dudas, uno de los grandes males que acecha a la sociedad contemporánea,  es la difícil tarea de conciliar vida profesional con vida familiar. Erik Poppe, cineasta noruego -autor de la reconocida trilogía sobre Oslo, que le reportó fama internacional-, se ha basado en sus experiencias personales como reportero de guerra, para hablarnos de un modo directo y sin concesiones del conflicto que se genera entre alguien que ama su trabajo, que le obliga a poner su vida en peligro, y como todo esto afecta en su familia, que como es lógico, sufren por ella y por sus reiteradas ausencias. Poppe coloca el dedo en la llaga, nos habla de Rebecca, una reputada fotógrafa de prensa que está llevando a cabo un reportaje sobre las mujeres suicidas de Kabul (Afganistán), pero todo se tuerce, cuando la mujer se inmola, Rebecca resulta herida de gravedad. Se traslada a Irlanda, donde con la ayuda de su marido, Marcus, un biólogo marino y sus dos hijas, Steph y Lisa, sanará las heridas físicas y emocionales. Aunque esta vez, no resultará una estancia más, sino que tanto Marcus, como su hija mayor, Steph, de 13 años, le reprocharán su modo de vida, así como sus repetidas y largas ausencias. Rebecca, se verá obligada a replantearse su vida, tanto a nivel personal como profesional. Es en ese instante, donde la película genera sus instantes más potentes, las difíciles relaciones que Rebecca mantiene con su marido y su prole, La observan como una desconocida, o como un fantasma, a alguien que está, pero va a desaparecer en cualquier instante. A un ser condenado a su cámara/objetivo, que se proyecta como una extensión de su propio cuerpo, a la que le resulta imposible desprenderse de el. Algo parecido le ocurría a uno de los personajes militares de En tierra hostil (2008), de Kathryn Bigelow. La acción de Poppe huye de todo artifício cómplice, como también de ese aire romántico que acompaña algunas películas de reporteros, plantea su conflicto de una manera madura y eficaz, las dudas y las contradicciones de los personajes. Es de agradecer que Poppe emplee un tratamiento formal sincero y directo, ayuda y de qué manera, que los espectadores seamos partícipes del entramado emocional que rodea todo el relato. En ese sentido, la película no estaría muy alejada del mismo tono realista de El jardinero fiel (2005), de Fernando Meirelles, o Syriana (2005), de Stephen Gaghan, Los gritos del silencio (1984), de Roland Joffé, El año que vivimos peligrosamente (1983), de Peter Weir… Un enfoque naturalista que nos acerca a un personaje en lucha interior constante entre lo que ama y a los que ama. Los planos generales de Kabul, acompañados de una luz abrasadora, que remarcan la inseguridad en la que vive el personaje mientras trabaja, que chocan frontalmente con los medios y primeros planos de Irlanda, junto con esa luz mortecina tan singular de aquellas tierras. Un guión de hierro que desarrolla una historia circular, si bien la película se cierra en el mismo lugar en que se abre, en ese Kabul incendiario en continúa situación bélica, que contrasta como espejo deformante con Irlanda, que constituye la tranquilidad y la convencionalidad familiar. Una bellísima y realista historia de amor que toma su título de la inmortal obra de Romeo y Julieta, quizás la mayor de todas las obras sobre el amor. La presencia y composición de Binoche ayuda muchísimo a conocer a un personaje que en algunos momentos destapa nuestra ira, y en otros, la vemos como una animal herido incapaz de decidirse y saber que camino elegir para su vida.

El árbol magnético, de Isabel Ayguavives

Cartel 2 (1)Hubo un tiempo y un lugar…

Bruno, después de años de exilio laboral forzoso, vuelve a reencontrarse con Marianela, su prima y el resto de su familia, y con un lugar que ha marcado los años felices de su infancia. Ahora, ese lugar y la casa, testigo de aquellos recuerdos, está a punto de venderse y así, con la desaparición de ese símbolo, perder lo que fue y sí desaparecer una parte de su identidad. Isabel Ayguavives, ferrolana de nacimiento y fogueada en el medio televisivo, se asienta en una historia personal de un amigo chileno, al que acompañó en aquel reencuentro, para contarnos su visión personal e íntima, enfrascándose en una aventura que le ha llevado a cruzar el charco, y filmar en el lejano altiplano chileno, su bautismo cinematográfico. La película se apoya en tres personajes, Marianela, la joven prima magnetizada por el lugar y sus vivos recuerdos, que la aparición de Bruno, además de que ambos se sienten atraídos, le conducirán a aquel tiempo y aquel lugar, que ya sólo pertenece y vive en la memoria. Bruno,  por su parte, es el de fuera, no ha sido testigo de la lenta desaparición de ese lugar, que ya no existe como era, sino que se ha convertido en otra cosa, se parece, todavía permanecen algunas huellas, pero ha cambiado, es distinto, vive en otro tiempo. Y finalmente, el tercer personaje, el que cierra el círculo familiar, la figura de la abuela, que recuerda, pero ya no bien, que está, pero parece que no, que siente y apenas se comunica con el resto de la familia, excepto con Nela y Bruno, con los que mantiene un vínculo conectado directamente con su pasado y secretos, y ese árbol mágico como epicentro y sombra cobijante de ellos tres. Una historia sencilla e intimista, fabricada desde lo más profundo y delicado, atrapando las miradas furtivas que se dedican Nela y Bruno, y todo contado con un toque formalista muy estilizado, que encajona a los personajes en planos medios y cerrados, como si les faltase el aire, ese aire que ya no tiene esa casa y ese lugar, que tanto ha significado para ellos en el pasado. Dos jornadas familiares para despedirse de lo que fueron y empezar a vivir sin aquello, solamente invadidos por recuerdos que ya no tendrán, el escenario que los fundía. Coproducción entre España y Chile, El árbol magnético, su mirada pertenece a esa nueva hornada de cineastas sudamericanos que están agitando el panorama de cine hispano hablante con películas contundentes, formalistas, acompañadas de miradas muy personales,  como  Lucrecia Martel, de la que su película, La ciénaga (2001), sería pariente de ésta, Pablo Trapero con sus historias familiares y sociales, y tantos otros… La película de la cineasta gallega se suma también, a las obras de Mar Coll que con Tres dies amb la familia (2009), y Liliana Torres con Family tour (2014), ofreciéndonos otra interesante exploración del mundo familiar vista a través de jóvenes que vuelven después de un tiempo al seno familiar. Un cine atrevido, que nace desde las entrañas y se cuece a fuego lento para inquietar a los espectadores con historias sencillas que, además de hacernos reflexionar, nos atrapan desde lo más delicado.

 

Entrevista a Liliana Torres

Entrevista a Liliana Torres, directora de «Family tour». El encuentro tuvo lugar el 17 de marzo en Barcelona, en una plaza perdida de Montjuïc.

«José Antonio Pérez Guevara, que es un amante del cine de este país y apoya las películas de las nuevas generaciones con sus críticas y entrevistas, ha empezado a hacer una serie de grabaciones y entrevistas con nuevos realizadores. Aquí está la entrevista que hicimos alrededor de Family Tour, informal y a gusto. Me muero de vergüenza, pero su archivo vivo se lo merece…»
LILIANA TORRES, directora de «Family tour».

Mi sincero agradacemiento a Liliana Torres, por su tiempo y generosidad, y a David del Fresno, amigo y cómplice, por su gran labor técnica.

Un enlace de la crítica que hice sobre la película:

http://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2014/02/19/family-tour-de-liliana-torres/