Un bocado exquisito, de Christoffer Boe

LA PUTA ESTRELLA.

“El que quiere arañar la luna, se arañará el corazón”.

Federico García Lorca

Erase una vez la historia de Maggie y Carsten, amantes de la alta cocina, se enamoran y tienen dos hijos, y regentan el Maus, uno de esos lugares referentes de la escena gourmet de Copenhague. Aunque a su dicha le falta algo, el sueño de tener una estrella Michelin, que posicionará a su restaurante y a su comida el lugar que ellos consideran que debe estar. El nuevo trabajo de Christoffer Boe (Rungsted, Dinamarca, 1974), vuelve a hablarnos del amor, como hicieron sus celebrados trabajos anteriores como Reconstruction (2003), Allegro (2005), Offscreen (2006), y Beast (2011), entre otros, a la que añade otro elemento, el de la ambición, una ambición desmedida que no solo afectará a la pareja protagonista en su trabajo, sino en su relación. Una ambición que les sumergirá en las partes más oscuras de la condición humana. El guion lo firman el propio director y Tobías Lindholm, célebre director de obras tan contundentes como Secuestro (2012), y Una guerra (2015), amén de intensos guiones para Thomas Vinterberg en las exitosas La caza, La comuna y la más reciente Otra ronda.

Una producción inteligente y audaz donde encontramos a otra figura del cine danés como Louise Vesth, que ha producido algunas de las mejores películas de Lars Von Trier como Melancolía, Nymphomaniac, entre otras. Manuel Alberto Claro, cinematógrafo en buena parte de la filmografía de Boe, vuelve a construir una luz muy oscura, y muy cercana, que profundiza de manera sobresaliente en todas los laberintos emocionales y oscurísimos a los que van cayendo la pareja protagonista. Aunque el marco que utiliza el director danés sea la alta cocina, muy de moda en los tiempos actuales, su retrato de este tipo de cocina es meramente un marco para hablarnos de temas más interesantes como el constante enfrentamiento entre el trabajo y la vida, y el trabajo entendido como un medio para conseguir toda esa felicidad que creemos importante para nuestras existencias, lo material frente a la vida, y sobre todo, frente al amor y los tuyos. La estructura de la película es otro de los elementos interesantes de la historia, ya que aunque buena parte de la cinta se desarrolla en el tiempo actual, en el relato se van añadiendo capítulos a modo de flashbacks, donde nos van contando ciertos aspectos claves en la relación de la pareja, sumamente importantes para el devenir de los hechos del presente. Boe los construye con una elegancia enorme, de forma intensa, con esa cámara al hombro, en relación estrechísima con las derivas emocionales que van sufriendo sus personajes, con esa agitación tan propia del movimiento Dogma.

La película impone un ritmo entre la cadencia y la agitación que, acoge con naturalidad los diferentes aspectos en la relación de Maggie y Carsten, su historia de amor, la relación familiar con sus hijos, algún que otro instante de puro thriller, y el melodrama de toda la vida, con su problemas internos de la pareja. La extraordinaria y profunda interpretación de una pareja en estado de gracia, que no solo muestra una increíble naturalidad y verdad en todo lo que hacen sus personajes, sino que transmiten el amor y la tristeza por la que van pasando. Katrine Greis-Rosenthal es Maggie, una actriz que habíamos vista en el cine de Billie August, y en su segunda colaboración con Boe, después de la serie Cara a cara. Frente a ella, Nikolaj Coster-Waldau, uno de los actores más importantes e internacionales daneses, con un currículo que va desde los estadounidenses Ridley Scott y Brian de Palma, a directores daneses de la talla de Susanne Bier o noruegos como Erik Poppe. Y la presencia de Nicolas Bro, como el hermano cascarrabias de Carsten, un actor fetiche en la obra de Christoffer Boe.

Un bocado exquisito  no solo gustará, y nunca mejor dicho, a los amantes de la alta cocina, porque somos testigos de la preparación y degustación de ciertos platos, sino que también gustará a todos aquellos que alguna vez en su vida han traspasado el límite tan invisible y frágil del trabajo bien hecho a la ambición desmedida, a estar dispuestos a perderlo todo con tal de conseguir aquel objeto o prestigio importante que les ha parecido crucial en sus vidas. La cinta nos habla con exquisitez, intensidad y sensibilidad, llevándonos por todas las fases del proceso, un proceso que sin darnos cuenta puede borrarnos literalmente de todo aquello que es importante para nosotros, una cosa que tendemos a olvidar rápidamente, ensimismados en otros menesteres que solo nos pueden traer muchos problemas, si no sabemos detener a tiempo, como les ocurre a Maggie y Carsten, dos personas movidas por su sueño que, sin ser conscientes de sus limitaciones emocionales, les puede llevar a un abismo del que no se puede salir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Plan de salida, de Jonas Alexander Arnby

SER O NO SER.

“Me llamo Max Isaksen. Hoy es diez de enero de 2019. Cuando veas esto, ya estaré muerto”.

Debido principalmente al éxito editorial, muchas de las películas que nos vienen de los países nórdicos llegan con la etiqueta de “thriller nórdico”. Plan de salida (el título original Suicide Tourist, alude a ese tipo de turistas, muchos enfermos terminales, que han viajado a países donde el suicidio asistido es legal para terminar con sus vidas), se aleja de la etiqueta conduciendo la película a otros lares, aquí no hay un asesino que descubrir, sino otros menesteres. Desde su agobiante atmósfera, compuesta por esa luz tenue y velada,  un tempo pausado, sin sobresaltos ni aspavientos, unos personajes callados, de pocas palabras, ausentes, y un conflicto interior duro y rasgado, que no provoca la empatía del espectador, ni tampoco la busca, sino que busca otros caminos, el de la pausa y la reflexión sobre el tema del suicido, quizás el tema tabú por excelencia del mundo occidental.

El director Jonas Alexander Arnby (Copenhague, Dinamarca, 1974), ya había despertado el interés con Cuando despierta la bestia  (2014), su opera prima, un desgarrador y terrorífico cuento sobre la transformación de una chica en mujer lobo. Una cinta donde ya había ese ambiente aislado, de comunidad pequeña, pocos personajes, y donde trabajaba mucho la tensión psicológica de los personajes, con un guión de Rasmus Birch, la rasgada música de Mikkel Hess y la inquietante y oscura cinematografía de Niels Thastum, una terna que vuelve a ponerse a las órdenes del director danés, a los que se añade el armonioso y ejemplar trabajo del montaje de Yorgos Mavropsaridis (el estrecho editor de Yorgos Lanthimos), para contarnos la vida de Max, un agente de seguros al que le diagnostican un tumor cerebral que no tiene cura. Temeroso y perdido, Max oculta a Laerke, su mujer, la terrible noticia, y después, intenta quitarse la vida sin demasiado éxito, instantes de pura comedia negra, que recuerdan a Contraté a un asesino a sueldo, de Kaurismäki, con un Jean-Pierre Léaud, que trata de suicidarse con un asesino profesional porque él es incapaz.

Max, por medio de un caso profesional, conoce a Aurora, una empresa que se dedica a ayudar a aquellos suicidas a llevar a cabo su propósito, para ello los trasladan a un hotel aislado, entre montañas rocosas y nevadas. Arnby enmarca su obra en esos días previos al suicidio asistido de Max, aunque los días allí, en ese lugar inhóspito, donde se encuentra a otros como él, que están esperando para quitarse la vida, y los empleados de la empresa, que ayudan a crear esas fantasías de los clientes, se va dando cuenta que sus problemas existenciales van en aumento y comienza a cuestionarse su propia realidad y sobre todo, la decisión que ha tomado. Quizás la solitud del protagonista, un excelente Nikolaj Coster-Waldau, creando todos la sutileza y matices de un personaje silencioso y poco expresivo, y la falta de giros argumentales que cambien radicalmente la propuesta de la película, puedan asustar a algunos espectadores, pero más lejos de la realidad, la película es un interesantísimo ejercicio de thriller existencialista, donde se habla de forma profunda y brillante sobre la vida, la muerte y todo aquello que vemos y sentimos, todo aquello que nos rodea y forma parte de lo que llamamos nuestra realidad, esa realidad en la que algunas veces nos sentimos alejada de ella, y en otras ocasiones, sentimos que formamos parte de ella, pero de una manera compleja y extraña.

Max conocerá el backstage de Aurora, de sus entrañas, de la verdad que hay detrás de una empresa que aparentemente propone facilidades y generosidad, pero detrás de la cortina oculta algo siniestro, y muy terrorífico. El cineasta nórdico huye de los golpes de efecto y sentimentalismos, todo lo cuece a fuego lento, a través de ideas y huellas que va dejando por el camino, invocando a un espectador atento y que vea más allá de las imágenes, que bucee en su inconsciente y se replanteé cosas parecidas a las del protagonista, porque estamos a un personaje Max, que parece estar sumido en un caos mental muy parecido al que sufría Jack Torrance en la inolvidable El Resplandor, donde nada era como parecía y estos hombres están sometidos a las hipérboles de su mente, y de todo aquello que creen ver, experimentar o sentir. Otra de las claves de la cinta es la brutal y excelente interpretación de Nikolaj Coster-Waldau, convirtiéndose en el vehículo esencial de la película, seguramente sin la capacidad de un actor de su calado, el relato adolecería de una parte fundamental, bien acompañado por Tuva Novotny como Laerke, Robert Aramayo como Ari, un joven desquiciado que, al igual que Max, espera su turno, y finalmente, Jan Bijvoet (que ya conocimos como el siniestro intruso de Borgman), como jefe de operaciones en Aurora, esa compañía que facilita el suicido, pero quizás se cobra un precio demasiado alto, porque como suele ocurrir detrás de esa imagen pulcra, agradable y generosa, en ocasiones, existen otras cosas demasiado horribles como para soportarlas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA