Nuestro último baile, de Delphine Lehericey

BAILAR POR AMOR. 

“Nada nos hace envejecer con más rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos”,

Georg Christoph Lichtenberg

Un par de películas protagonizadas por adolescentes que están descubriendo el amor y el sexo, y también, la oscuridad y la complejidad del mundo de los adultos. Por un lado, tenemos Puppylove (2013), con Diane de 14 años, a la que su vida dará un vuelco con la llegada de una nueva vecina inglesa que la despertará demasiado deprisa. Por el otro, El horizonte (2019), con Gus de 13 años que, en el verano del 76, vivirá el hecho traumático de ver cómo la vida de su familia de granjeros se termina. Ambas están dirigidas por Delphine Lehericey (Neuchâtel, Suiza, 1975), que, en su tercer largometraje Nuestro último baile (Last Dance, en el original), se va al otro extremo de la vida, a la madurez, a la de Germain, un jubilado de 75 años que acaba de enviudar. Aunque pueda parecer que la directora suiza está hablando de cosas antagónicas, la cosa no es así, porque tanto los adolescentes como el jubilado tienen mucho que ver, mucho diría yo, porque comparten el mismo espíritu indomable ya que los tres comparten la ilusión y la energía por dejarse llevar siendo conscientes que la vida les está ofreciendo nuevas y ricas oportunidades. 

La trama es sencilla. Germain lleva a cabo la promesa que se hicieron con su esposa, que consiste en que el superviviente del otro/a, se hará cargo de su sueño. Así que, el hombre no tiene más obligación que ponerse a bailar danza contemporánea, sin complejos ni miedos. al pobre jubilado, al que los hijos sobreprotegen después de su pérdida, que no dejan en paz, con horarios, preocupaciones y tuppers sin freno. La promesa le viene al pelo para huir de su familia y volver a ilusionarse y empezar de nuevo, tantas veces haga falta. El tono de la película no es nada serio ni mucho menos profundo, no hace falta para profundizar y reflexionar sobre la vida en la madurez, porque Germain hace lo que debe hacer, a pesar de su dificultad y nervios, porque el amor hacia su mujer fallecida, le empuja para atreverse con lo que haga falta. Un marco como evidencia la sensible e íntima cinematografía de Hichame Alaouié, que ha trabajado con grandes de la cinematografía francesa como Joachim Lafosse y François Ozon, entre otros, en una trama en la que abundan los interiores, unos espacios que definen los sentimientos contradictorios de los personajes, sobre todo, del actor principal. 

La música de Nicolas Rabaeus, que ya trabajó con Lehericey en El horizonte, aporta un plus determinante porque ayuda a definir esos dos mundos por los que se mueve Germain, el de la danza y sus nuevos “colegas”, y el de su familia, tan recta, tan controlada, que oculta su nueva actividad. El montaje que firma Nicolas Rumbo, del que hemos visto las extraordinarias Un pequeño mundo, de Laura Wendel y El caftán azul, de Maryam Touzani, es un alarde de ritmo y naturalidad, porque sus fantásticos 84 minutos de metraje se nos pasan volando, y además, van situando la comicidad y la emocionalidad con pausa y sin prisas, en su justa medida y cuando toca. Aunque esta película no sería lo que es sin la magnífica elección del actor principal que encarna al juguetón y reposado Germain. Lo de François Berléand es un auténtico lujo, un actor veterano que ha participado en más de 100 títulos al lado de nombres que han pasado a la historia como Louis Malle, Jerzy Kawalerowicz, Bertran Tavernier, Claude Berri y Claude Chabrol, entre muchos otros, y personajes tan recordados como el del director del colegio de Los chicos del coro. Su Germain es todo un alarde de concisión y sobriedad, si alguno todavía no lo conoce, esta película es una buena forma de comenzar a conocerlo, porque el actor francés mira y se mueve con arte y gracia, incluso cuando no sabe y vemos que le cuesta. 

Germain es un tipo mayor con espíritu muy joven como evidencian las secuencias donde hace más migas con los nietos que con los hijos, tan pesados, tan preocupados y tan atosigantes. A Monsieur Berléand le acompañan una retahíla de buenos intérpretes muy heterogéneos y bien escogidos que arman un buen plantel que transmiten naturalidad y transparencia. Empezamos por la fantástica La Ribot, la prestigiosa bailarina y coreógrafa madrileña de danza contemporánea, que debuta en el cine, Kacey Mottet Klein, un colega del baile, que hemos visto en películas de Ursula Meier y Andre Techiné, Déborah Lukumuena es una bailarina negra y grande que se mueve de maravilla, que estaba en Las invisibles y Entre las olas, Astrid Whettnall, también bailarina, que vimos en Madame Margueritte y en Road to Istanbul, de Rachid Bouchareb. Los “hijos” son la actriz suiza Sabine Timoteo, con un carrerón al lado de directores tan potentes como Petzold, Glawogger y Rohrwacher, y el belga jean-Benoît Ugeux, con más de 30 películas y finalmente, la esposa que no puedo seguir bailando que es una gran dama del cine francés que ha trabajando con Garrel, el citado Lafosse, Jacquot, Assayas y Akerman. 

Les digo de verdad que una película como Nuestro último baile, dentro de su marco ligero, que no facilón, de su innegable transparencia, que huye del dramatismo y la sensiblería de algunas historias sobre la vejez, porque lo que se cuenta y el cómo se hace, se hace desde la verdad, el cariño y la dificultad, no te dice que sea fácil, sino que hay que seguir remando aunque cuesta más. Es también una inolvidable historia sobre el amor y sobre que significa amar, que en estos tiempos, tan líquidos, ya se nos ha olvidado que es amar. No es una obra sobre la vejez, que lo es, sino también, sobre la vida y todos esos deseos e ilusiones que todavía nos quedan por hacer, aunque todavía no sepamos cuáles son, y no es para nada una película lacrimógena, todo lo contrario, nos habla de vivir, de seguir trabajando por lo que deseamos, y sobre todo, es una película sobre nosotros y nuestro entorno, los que están con nosotros, para las buenas y las malas, y todas esas personas que nos quedan por conocer que son muchas, si seguimos ilusionándonos por todo eso que nos pasa y nos pasará a pesar de todos aquellos que ya no seguirán con nosotros, por las circunstancias que sean, porque estén o no estén, la vida continúa y nosotros con ella, sea riendo, cantando, bailando o lo que sea, y si no, que se lo digan a Germain. !Vaya tipo¡. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Priscilla, de Sofia Coppola

LA JOVEN ENAMORADA DE ELVIS.  

“Me gustaría explicar… no me malinterpreten: Elvis fue el amor de mi vida. Fue el estilo de vida lo que me resultó demasiado difícil. Nos mantuvimos unidos incluso después, tuvimos a nuestra hija y me aseguré de que siempre la viera. Es como si nunca nos hubiéramos dejado, me gustaría dejarlo claro”.

Priscilla Presley en sus memorias “Elvis y yo”.

De las 7 películas que conforman la filmografía de Sofia Coppola (New York, EE.UU., 1971), la mayoría están protagonizadas por jóvenes, adolescentes y primera juventud, chicas con deseos, ilusiones y esperanza que conocerán las oscuridades de la vida, y todo lo que conlleva para su interior. Las jóvenes de Coppola, basadas en historias reales, son mujeres fieles a su tiempo, encadenadas en una existencia llena de insatisfacción como sucedía en Las vírgenes suicidas (1999), la joven perdida en Lost in Translation (2003), la valiente y rebelde incomprendida en Maria Antonieta (2006), las enfermas de lujo en The Bling Ring (2013), y las jóvenes sedientas de lujuria en La seducción (2017). Con Priscilla vuelve a ese espacio donde la vida parece grande, llena de expectativas y donde nada ni nadie la puede derrumbar por toda la energía, la vida y los sueños que la llenan. 

Tenemos a una adolescente Priscilla Beaulieu que vive con su familia tradicional de padre militar en Alemania Occidental. Allí, con tan sólo 14 años conoce a Elvis Presley, diez años más mayor, que ya apuntaba a la estrella en la que se convertiría. Un amor puro, de respeto, de cariño y de cuento de hadas. Con muchos vaivenes, finalmente se trasladaron a Graceland, la mansión de Elvis y su familia. Y es ahí, donde arranca la película de Coppola, basada en las memorias “Elvis y yo”, de la mencionada Priscilla Presley. No estamos ante una película fácil, ni mucho menos, porque tenemos a una adolescente encerrada en una gran mansión, sola y muy desencantada, ya que sus demás habitantes le resultan unos desconocidos, si exceptuamos a alguna mujer del servicio con la que construirá algo de intimidad. Elvis es menos que una sombra, siempre de viaje, siempre ausente. La directora neoyorquina no se había enfrentado hasta ahora a un relato tan hacia adentro, porque lo que ocurre, la vida y el amor están en off, siempre están alejados por intervalos, entre soledades y presencias, por eso, resulta más que importante que la actriz que interpretase a Priscilla debía ser una desconocida y sobre todo, una actriz que compusiese su personaje desde la intimidad, a través de la mirada, los gestos, leves y certeros, y desde el silencio, todo ese silencio que rodea su existencia. 

La joven Cailee Spaeny, a la que habíamos visto en papeles de reparto en Una cuestión de género (2018), de Mimi Leder y Malos tiempos en el Royale (2018), de Drew Goddard, entre otras, se convierte en la auténtica alma mater de la película, en una actuación memorable y fascinante, asumiendo el rol de Priscilla y consigue lo más difícil, que sintamos como ella, sin ningún alarde ni gesto asombroso, sino desde lo más sencillo, con esos paseos sonámbulos por Graceland, en silencio, con miedo a tocar algo, como un especie de fantasma, que refleja la falta de vida que tiene, en contraposición a cuando está con Elvis, toda vida, todo amor, y toda alegría. El protagonismo absoluto se lo lleva Priscilla, que curiosamente, en la película Elvis (2022), de Baz Luhrmann, es un personaje apenas visible. Aquí, es todo lo contrario, quizás la película de Coppola es la respuesta a aquella ausencia, porque vemos, sentimos y acariciamos la vida y la oscuridad de Priscilla, una joven que se enamora de una estrella del rock, y su vida no acaba de ser el cuento de hadas que imaginaba o que creía ingenuamente. Tiene una luz y un tono parecido como el que había en La seducción (2017), con la que comparte el mismo cinematógrafo Philippe Le Sourd, creando esa sensación de aura magnética donde la luz es acogedora, pero también, algo inquietante, como si estuviéramos en una película de terror sutil y nada evidente, porque, en muchos instantes, tenemos la sensación que Priscilla está en una cárcel y ella se ha convertido en una autómata sin vida, sin amor y sin nada. 

La música del grupo indie rock francés Phoenix vuelve a trabajar en una película de Coppola, en su cuarto trabajo con la directora, en la que consiguen una música excelente, una score que ayuda a ese deambular vacío y triste de la protagonista, aportando esa idea de fantasmagoría, de irrealidad y de inquietud en el que está la protagonista. El montaje de Sarah Flack que, a parte de trabajar con Soderberg y Mendes, ha editado todas las películas de la cineasta neoyorquina, hace toda una exquisita composición del tempo y la pausa para envolvernos en ese aura de terror y angustia, sin evidenciarlo, sino a través de la sutileza y lo cotidiano, en una película que llega casi a las dos horas de metraje, que, en ningún momento, existe la sensación de sopor y estancamiento. La idea de reclutar a un grupo de intérpretes poco conocidos para dar más verosimilitud los personajes y a todo lo que acontece, también se hace notar en el rol de Elvis que hace el actor Jacob Elordi, interpretando desde lo íntimo a una rockstar como fue Elvis, quizás la más grande que hubo y habrá, una interpretación desde lo más profundo, sin caer en la estridencia ni en la caricatura, así como los demás actores y actrices que pululan por la película siendo los músicos y amigos del Rey del Rock. 

Si alguien busca en Priscilla una película al uso, es decir, el biopic hollywoodense para llevarse un buen puñado de Oscars y reconocimientos de la crítica más enrollada con el sistema/fábrica de sueños estadounidenses, se equivoca de largo, porque Sofia Coppola vuelve a construir una trama que más tiene de película de terror y desamor que de otra cosa, volviendo a trazar una radiografía profunda y muy crítica sobre los estamentos de Hollywood y esa obsesión por la fama y el éxito y el dinero, como ya hiciese en la magnífica Somewhere (2010), donde nos situaba en los intervalos y los espacios límbicos de una Hollywood Star o lo que quedaba de ella, con minuciosidad, templanza y sin caricaturizar, como hace en Priscilla, una película muy incómoda, muy aniquilante, muy de verdad, que cose con pausa y buena cocción, todo lo que no vemos de los cuentos de hadas o los cuentos de terror y pesadilla, lo que no vemos detrás de la cortina, o lo que es lo mismo, lo que queda después que se cierre la gran valla de Graceland, esa casa de los sueños o pesadillas, sino que le pregunten a Priscilla, en los 14 años que compartió con Elvis, el hombre, el rockstar y la sombra tan oscura que rodea el éxito que puede acabar en pesadilla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Buscando a Coque, de Teresa Bellón y César F. Calvillo

¿DÓNDE SE FUE NUESTRO AMOR? 

“Cuando alguien dice que todo está bien, es que nada está bien”. 

Hay comedias románticas y comedias románticas. Y digo esto, porque en las últimas décadas el género se ha prostituido demasiado, es decir, se ha convertido en una amalgama de clichés, historias demasiado superficiales y nada atrayentes, donde nos entretienen con chucherías con grandes cantidades de azúcar para finalmente, celebrar exageradamente la idea del amor idealizado o algo que se le parece. ¿Dónde quedaron aquellas maravillosas comedias románticas? Me refiero a aquellas como Sucedió una noche, Al servicio de las damas, La fiera de mi niña, Historias de Filadelfia, Vacaciones en Roma, Con faldas y a lo loco, Charada, Annie Hall y Atrapado en el tiempo, entre muchas otras. Historias divertidas, llenas de amor (o eso que sentimos que nos pasa cuando nos gusta alguien), con personajes excéntricos y muy cotidianos, y sobre todo, con grandes dosis de aventura, de riesgo y de no te menees. Salvando las distancias, la película Buscando a Coque, pertenece a este segundo grupo, y no porque pretenda emularlas, ni mucho menos, sino porque nos sitúa en el seno de una pareja con 17 años de amor en común. Una relación que parece que va bien, aunque, a simple vista, esto mismo se podría decir de la mayoría. Una unión que se torpedea cuando ella se va a la cama con Coque Malla, el ídolo de él, y el lío ya está montado, porque él quiere preguntar a Coque los motivos, y hará lo indecible para conseguirlo. 

La pareja de cine y de amor formada por Teresa Bellón y César F. Calvillo que ya nos deleitaron con películas cortas como Cariño, me he follado a Bunbury (2016), del que nace esta película en cuestión, cambiando el músico zaragozano por el madrileño, amén de otros cortometrajes como No es fácil ser… Gorka Otxoa (2016), y Una noche con Juan Diego Botto (2018), todos con el denominador en común del famoso y el/la fan. Para su primer largometraje, nacido de las Residencias de la Academia de Cine, han contado con la compañía de la productora Beatriz Bodegas con películas tan interesantes como Tarde para la ira y Animales sin collar, entre otras, en la que la mencionada pareja, que se llaman igual que la pareja de cineastas, interpretan a una pareja en crisis, o quizás, son una pareja que han perdido el amor y lo que ha pasado es un detonante que los saca del letargo de la relación,  y él decide que van a emprender un viaje desde Madrid a Miami tras la pista del músico. Allí, se encontrarán una ciudad de contrastes, grande y apabullante, donde se sienten más perdidos que antes, con el choque de la fantasía del turista con la realidad superficial, deambulando su  ex amor o lo que queda de él, en una especie de terapia inconsciente en que se miran, comparten y son cómplices, después de bastante tiempo, de lo que son, tanto como persona como pareja, y siendo realistas de todo aquello que han ido perdiendo sin darse cuenta. 

La trama tiene interés porque no sólo se queda en ellos, sino también en “Miami”, lleno de almas perdidas como ellos, con la velocidad absurda de una gran ciudad que carece de identidad, y las estupideces consumistas en las que estamos todos atrapados sin hacer nada para cambiarlas. Estamos ante una comedia romántica al uso, con sus tópicos, pero tópicos con gracia, ingeniosos diálogos, y esos choques entre los recién llegados y los de allí, que son también de aquí, en una gran urbe materialista llena de almas sin consuelo, como esa maravillosa recepcionista de la discográfica, o el insatisfecho tatuador, dos grandes intérpretes de reparto que no sólo dan profundidad a la pequeña odisea de los protagonistas, sino que dan un toque real y surrealista a la trama. Qué decir de Coque Malla, haciendo y riéndose de sí mismo, o mejor dicho, siendo el personaje que está en todas partes y nunca vemos, omnipresente en las conversaciones-reproches de los protas y la otra cara de la moneda, siempre invisible y esquivo. La cuidada y natural cinematografía de un grande como Javier Salmones, con más de noventa títulos a sus espaldas, da ese aroma de cotidianidad, pero también de peli de aventuras urbanas, donde lo importante no es si encuentran o no a Coque, sino todo lo que les ocurre en los United States mientras tanto. El montaje de Irene Blecua combina lo grande con lo más pequeño, es decir, que estamos ante una comedia romántica entretenida y nada pretenciosa, con esa otra comedia más profunda, donde se habla de amor o aquello que creemos que es, de las propias existencias, de nuestras decisiones y todo lo que nos ha llevado al punto donde estamos, a preguntarnos y cuestionarnos quiénes somos y porqué. 

La música de Coque Malla ayuda a profundizar en aquello que sienten los personajes, deambulando por varios estados emocionales, con el famosísimo tema “No puedo vivir sin ti”, con el que hay bastante humor socarrón, la canción “Todo ocurrió de pie”, que es clave en la película, con una secuencia de esas que hacen grande cualquier trama, y otros temas del músico que consiguen ser el mejor cómplice para la historia que se está contando. Una película así, en la que la pareja protagonista debe ser creíble y sobre todo, atrayente, y con vis cómica, está muy bien conseguida con el dúo Alexandra Jiménez y Hugo Silva, formando esa pareja con su crisis y sus crisis, dando rienda suelta a sus miedos, inseguridades, y tras Coque Malla, o quizás, sólo andan detrás de aquello que un día tuvieron y ahora no encuentran. Unos seres perdidos, como todos, en esta maraña de existencias, de lugares, de sentimientos, que van de nosotros, aunque la mayoría de veces, no les hacemos ni puto caso, porque estamos en otras cosas que creemos muy importantes, pero en realidad no lo son, son inmediatas, más entretenidas y fáciles, tal vez, porque las importantes son aquellas que nos duelen de verdad, aquellas que si perdemos, tardaremos en recuperarnos y dejarán en nosotros una huella imborrable, ya saben de qué les hablo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ángel Filgueira

Entrevista a Ángel Filgueira, director de la película «Cuando toco un animal», en el marco del D’A Film Festival en el Hotel Regina en Barcelona, el lunes 27 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ángel Filgueira, por su tiempo, sabiduría, generosidad y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ferrari, de Michael Mann

DOS MUJERES Y UN COCHE. 

“Mire usted: cuando un coche sale de mi fábrica rumbo al circuito, me parece lleno de defectos y realmente feo. Por el contrario, si regresa triunfador, le admiro como si tratará de una obra de perfección.

Enzo Ferrari 

No es la primera vez que Michael Mann (Chicago, EE.UU., 1943), se enfrenta a un “Basado en hechos reales”, empezó con El dilema (1999), en la que nos situaba en la cruzada de un directivo de una tabacalera que destapaba las argucias para generar adicción con la ayuda de un productor televisivo, en Ali (2001), repasaba la vida del famoso boxeador Muhammad Ali centrándose en su legendaria pelea contra Foreman en Zaire en 1974, y Enemigos públicos (2009), donde seguía los pasos del agente del FBI para capturar al famoso criminal Dillinger en los años treinta. Catorce años después, vuelve al hecho real para meterse en la figura de Enzo Ferrari “Il Commendatore” (18989-1988), y como hiciese en la otras ocasiones, se aleja del manido “biopic” para construir una obra muy personal que sitúa en una fecha concreta, en la Italia de 1957, en la cual, el personaje en cuestión, se encuentra en dos frentes muy importantes. Por un lado, está casado y legalmente y vive con Laura, la madre del hijo que murió, pero está enamorado de Lina Lardi, con la que tiene un hijo secreto. Por el otro, necesita urgentemente ganar carreras con sus coches porque su empresa está al borde de la bancarrota. 

La película guarda planteamientos similares con la reciente La casa Gucci (2021), de Ridley Scott, porque las dos se centran en Italia, en sendas familias dedicadas a negocios millonarios que tienen dificultades económicas, dos mujeres fuertes y decididas, y temas como la ambición desmedida, la venganza, la rabia y el amor en el centro de la trama. Además, de tener a Adam Driver como protagonista. Si bien en la película de Mann, un cineasta que ha tocado el thriller en sus más diferentes facetas, su relato se mueve entre el melodrama romántico, con sus dosis de oscuridad, con el añadido de las carreras de coches, que podríamos situar en el thriller, donde ganar lo es todo y muy necesario para la viabilidad económica de la empresa Ferrari. La película se basa en la novela “Enzo Ferrari: The Man, The Cars, The Races, The Machines”, de Brock Yates, que guionizó las dos partes de Los locos del Cannonball, popular comedia de coches de los ochenta, que ha adaptado Troy Kennedy-Martin, un guionista que ha escrito Los vientos de Kelly, Danko: Calor rojo e Italian Job, entre otras, con la figura del citado Ferrari omnipresente, un hombre de negocios, un hombre de motor, un hombre que ama a la mujer con la que no vive, un hombre obsesionado con sus coches y las carreras para mantener su industria a flote, un hombre que se ocultaba de los demás, un hombre misterioso, callado y recto. 

La cinematografía de Erik Messerschmidt, que conocemos por sus trabajos con David Fincher, crea la atmósfera ideal que se maneja entre los claroscuros de una vida en mitad de un puente, y sin saber que camino optar, como la música de Daniel Pemberton (que ha trabajado con el mencionado Scott, Guy Ritchie, Danny Boyle, Aaron Sorkin, etc…), que acentúa esa dualidad, sin caer en el sentimentalismo ni las estridencias emocionales, dotando de sobriedad y densidad a la trama. El exquisito trabajo de montaje que firma el gran Pietro Scalia, que tiene en su haber películas con Oliver Stone, Bertolucci, Gus Van Sant, y debuta con Mann con un extraordinario trabajo en una película pausada y comedida, que va in crescendo, en un metraje que se va a los 130 minutos. Mann que siempre ha sabido rodearse de grandes intérpretes, sólo recordar a James Caan en su debut cinematográfico con Ladrón (1981), Daniel Day-Lewis en El último mohicano (1992), la pareja De Niro y Pacino y el resto del elenco de la ejemplar Heat (1993), nuevamente Pacino, Russell Crowe y Christopher Plummer en El dilema. Su maravillosa capacidad para dirigir y sacar lo máximo de sus actores y actrices como hizo con Will Smith en Ali, y Tom Cruise en Collateral (2004), y la terna Johnny Depp, Christian Bale y Marion Cotillard en Enemigos públicos

Su labor con su equipo artístico vuelve a ser maravillosa, porque Adam Driver, del que ya hemos apuntado alguna cosa, se mete en la piel de Enzo Ferrari, el alma mater de la historia, al que da sobriedad, elegancia, ambición y vulnerabilidad. Todo lo contrario del personaje de Laura que interpreta una espléndida Penélope Cruz, una mujer fuerte y rota, valiente y llena de miedo, una mamma italiana arrolladora, de carácter y firme, pero también débil y vacía, la imagen del declive y la decadencia de una familia que fue feliz pero ya no, y completa la terna la actriz Shailene Woodley, que hemos visto en películas como Los descendientes, de Payne, Snowden, de Stone, y la reciente Misántropo, de Damián Szifrón, que da vida a Lina Linardi, la otra, o quizás, la que mujer de Enzo, que oculta por miedo, pero que ella no se callará y luchará por hacerlo visible. Tanto Penélope como Shailene parecen los espejos distorsionados de la vida de Ferrari, dos mujeres, dos formas de ver las cosas y actuar. El resto del reparto lo completan el brasileño Gabriel Leone como un ambicioso piloto, Sarah Gadon como su chica actriz, Patrick Dempsey como el piloto veterano, y el británico Jack O’Connell como otro piloto de la escudería. 

La película Ferrari, de Michael Mann gustará a los amantes de las carreras de coches, y también a los de la escudería Ferrari, a sus inicios, a sus lamentos, a sus grandezas y miserias, a sus sueños y pesadillas y a todo el trabajo que hay detrás y las verdades y mentiras del famoso Cavallino Rampante, aunque también enamorará a aquellos que no les gustan las carreras, entre los que me incluyo, porque la película va más allá, como hemos comentado anteriormente, porque es un relato sobre la condición humana, todo aquello de nuestra alma, sobre sus sueños, ilusiones, sombras y ambiciones, escenificados en un hombre torturado por la muerte de su primer hijo, al que visita cada mañana en el cementerio. Un tipo que ambiciona el mejor de carreras de la historia, y que se mostraba firme con sus mecánicos y pilotos, y en los negocios, y por otro lado, era un tipo frágil y lleno de miedos e inseguridades con sus emociones que gestionaba fatal y sobre todo, ocultaba a los demás y a las personas que amaba. Tal vez, sólo amaba y dominaba sus coches por todo aquello que le podrían reportar, no lo sabemos, aunque logró aquello que ambicionaba, su sueño de construir el mejor coche se hizo realidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marija Kavtaradze

Entrevista a Marija Kavtaradze, directora de la película «Slow», en la terraza del PalauCafé en Barcelona, el miércoles 10 de enero de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marija Kavtaradze, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Rafael Dalmau, por su gran labor como intérprete, y al equipo de comunicación de la distribuidora Surtsey Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Slow, de Marija Kavtaradze

LOS DESAFÍOS DEL AMOR. 

“Aunque el amor llegue un día, me da miedo que tan sólo sea esto; y, aunque el amor llegue un día, también me da miedo que sea mucho más”.

Sylvia Plath

Nada hay escrito sobre el amor, y sobre las diferentes formas de amar. Aunque, en muchas ocasiones, cuando estamos en mitad de una relación sentimental, es muy difícil deshacerse de tantas pautas y formas convencionales que nos llevan a tener relaciones que se parecen demasiado a las del resto. Seguramente no lo hacemos de una forma consciente, sino que, sin darnos cuenta, actuamos de forma automatizada creyendo que hay formas correctas de relacionarnos y debemos ajustarnos a los cánones establecidos para tener relaciones buenas. Algo así le ocurre a Elena, bailarina y profesora, que lleva una vida sexual promiscua y en libertad, cuando conoce a Dovydas, un intérprete de lenguaje de signos, que se gustan, aunque el joven le desvela una peculiaridad: es asexual, nunca ha sentido desea sexual por alguien. Elena se enfrenta a algo nuevo y desconocido en su vida, y la palabra “normal” dejará de tener sentido para ella, y junto a Dovydas deberá encontrar ese difícil equilibrio en una relación totalmente diferente para ella. 

La directora Marija Kavtaradze (Vilna, Lituania, 1991), que ya nos convenció con su ópera prima Summer Survivors (2018), en la que proponía un viaje protagonizado por una psicóloga novel enfrentada a un reto mayúsculo: acompañar en un viaje a un joven con trastorno bipolar y a una mujer que ha intentado suicidarse, en una película vitalista y nada convencional. Con su segundo trabajo, que tiene producción de Lituania, Suecia y España, a través de Luisa Romeo y su compañía Frida Films, que ha producido películas tan estimulantes como María (y los demás), de Nely Reguera, Trote, de Xacio Baño y Tres, de Juanjo Giménez, entre otras. Una cinta que nos sitúa en otro gran desafío, adaptarse a una nueva forma de amar en la que no hay sexo, en una trama construida a partir del gesto y el movimiento, ya sea con el baile y la performance de Elena, y el gesto del lenguaje de signos que interpreta Dovydas, a partir de una bonita y sensible historia de amor muy diferente, nada convencional que, requiere por parte de ella toda una inmersión hacia una relación novedosa para ella, acostumbrada a una promiscuidad sexual que la ha hecho libre en el sexo. Ahora, deberá enfrentarse al no sexo, a lo romántico y a descubrir una relación que no será nada convencional ni nada sencilla. 

La película nos cuenta una historia muy íntima, muy sensitiva, y tremendamente corporal, en la que cada pliegue y textura del cuerpo explica cosas de los protagonistas, cómo si la cámara estuviera dentro de ellos, relacionándose con el otro y a la vez, metidos en un proceso de psicoanálisis constante en el que todo lo conocido deja de ser importante y se adentran en un continuo descubrimiento y desafío diario. La música del tándem Irya Greyner y Martin Hederos juega un papel fundamental con las canciones que nos van descubriendo las emociones de esta peculiar y diferente pareja. Un gran trabajo de cinematografía que firma Laurynas Bareisa, que ya estuvo en Summer Survivors, con esa cámara de 16mm con esa textura y grano, con una imagen transparente, como si pudiéramos atravesar, en la que se perciben los rostros, cuerpos y sentimientos, que entra y sale de esos cuerpos, de esas almas, y descubre con exactitud cada sentimiento alegre y oscuro, y el exquisito trabajo de montaje de Silvija Vilkaite, que condensa con gran acierto una película muy física, de gran ritmo y detalle en sus intensos 108 minutos de metraje. 

Una trama lineal pero muy sorprendente, que emociona por su cercanía y su forma de contar los sucesos que viven los personajes, donde lo inmediato se vuelve una forma de definición, donde entramos en una juego de roles y de intercambios y de descubrimientos absoluto, en que la trama va desvelando sus continuos misterios, en que los espectadores estamos expectantes a lo que va sucediendo, inmersos en un relato que se va haciendo y deshaciendo con un gran ritmo pero sin aceleramientos, con esa pausa tan importante que cuenta y se detiene en lo necesario para hacer crecer tanto a lo que se cuenta y cómo se cuenta. La inolvidable y transparente pareja protagonista se convierte en estas almas que se encuentran y (des) encuentran y ya nada será igual. Tenemos a Greta Grineviciûté que da vida a Elena, una mujer que ha tenido que luchar a contracorriente con los prejuicios de una madre castradora, y hacerse valer en el difícil y competitivo mundo de la danza contemporánea, que lleva una vida tranquila y sexualmente muy activa, se encontrará con Dovydas, que hace Kestutis Cicénas, la antítesis de Elena, que puede dar todo el amor del mundo pero sin sexo. 

Estamos ante una pareja nada convencional, porque Elena y Dovydas tampoco lo son en su forma de entender la vida y su entorno, como demuestran en la boda del hermano de él, con ese instante maravilloso. Un amor que tendrá que construir y construirse a cada momento para encontrar los lazos que los unen, aunque no será nada fácil, porque tanto uno como el otro deberán desafiar al amor y a sí mismos para mantener su amor. Kavtaradze nos propone una película que nos hace cuestionar nuestras relaciones sentimentales y nos abre la mente en las diferentes formas de amar que hay y todas las que desconocemos, en un relato incómodo, que requiere una open mind, porque nos desafía y nos descoloca, nos propone un viaje muy emocional y a nuestros prejuicios y nos interroga constantemente, en un espacio de reflexión a partir de unos personajes que aman, y también, mienten, se equivocan, y están expuestos a una relación que les agobia, que quieren pero no pueden, que desearían que fuese distinto, que están a nada de lanzarlo todo por la borda y huir a toda prisa, pero que siguen intentándolo, porque quizás no vuelven a tropezar con un amor así, un amor diferente, que requiere mucho trabajo o quizás, sólo necesita mirarlo desde perspectivas nuevas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La floristería de Iris, de Ofir Raul Graizer

DOS AMIGOS Y UNA MUJER. 

“El amor es una enfermedad inevitable, dolorosa y fortuita”.

Marcel Proust

Debido al avasallamiento descontrolado de la cinematografía estadounidense, nos quedamos huérfanos de otras formas de hacer cine que, en la mayoría de casos, resultan un cine muchísimo más interesante, estimulante y enriquecedor del citado que desgraciadamente copa las pantallas. La película La floristería de Iris (“América”, en el original), llega de la cinematografía israelí, de la mano del director Ofir Raul Graizer (Ra’anana, Israel, 1981), del que se vió por estos lares la interesante El repostero de Berlín (2017), en la que un accidente trágico devolvía al protagonista a su país natal que le llevaba a relacionarse con la mujer del amigo fallecido. En su segundo trabajo, Eli, vuelve a Tel Aviv desde Chicago, por la muerte de un padre con el que no tenía relación desde hace una década. Allí, se reencuentra con Yotam, un gran amigo y la prometida de éste, Iris. Otro accidente, resignificar la situación tanto física como emocional de los tres personajes. 

Como sucedía en su primera película, el relato se construye de forma intimista, a partir de los tres personajes mencionados, amén de los padres de Yotam, en un espacio cotidiano y muy doméstico, a partir de un presente que arrastra un pasado doloroso en el caso de Eli, que volverá ante la situación difícil que cuenta la trama. Una historia que nos habla de lo que somos, de todo aquello del pasado que nos toca, y cómo vivimos ante el peso del trauma y cómo el presente siempre tiene sorpresas que por mucho que lo intentemos, nunca podremos librarnos de ellas, ya sean situaciones que nos gustan y las que no. Es una película el que no hay ni sorpresas facilonas ni estridencias argumentales, ni nada que se les parezca, la honestidad y la intimidad con la que se cuenta la compleja historia, a través de una transparencia basada en los personajes y sus relaciones, en sus silencios, ausencias y miedos. El director israelí sabe que maneja un material sensible y no lo estropea, se toma su tiempo para contar su película, con bastantes saltos en el tiempo, inevitables para ir desvelando la naturaleza de los acontecimientos que sufren los tres protagonistas, en una constante de idas y venidas del personaje de Eli, que vive entre la citada Tel Aviv y la estadounidense Chicago, donde es entrenador de natación para chavales. La floristería de Iris se convierte en ese lazo luminoso que tiende puentes entre Eli y la citada propietaria, con las flores que dan luz y belleza ante tanto dolor. 

Muchos de los técnicos que acompañaron al director en El repostero de Berlín, vuelven a trabajar en La floristería de Iris, como el cinematógrafo Omri Aloni, que se luce en una película que usa mucha luz natural y adapta toda su forma en el rostro de los protagonistas, acogidos en ese espacio tan cercano y corpóreo en el que se edifica la película, así como otros cómplices que repiten como el montador Michal Oppenheim, que consigue un historia llena de ritmo pausado y tranquila, en una película que se va casi a las dos horas de metraje, que en ningún instante decae su interés, y el músico Dominique Charpentier, que compone una melodía íntima, deliciosa y nada complaciente. Un ejemplar reparto que contribuye a hablar de frente de temas complejos y nada fáciles, que explora la fragilidad de los sentimientos y la vulnerabilidad de lo que sentimos y de las circunstancias vitales. Tenemos a Michael Moshonov, que tiene en su filmografía a directores como Nadav Lapid, del que vimos por aquí Sinónimos (2019), y alguna que otro trabajo con el cineasta Park-Chan-wook, dando vida a Eli, un personaje ambiguo y esquivo, sus razones tiene, que se convierte en el vértice y algo más para la pareja que forman Iris y Yotam, Ofri Biterman es Yotam, e Iris es Oshrat Ingadashet. 

El elenco se completa con las estupendas presencias de los veteranos Moni Moshonov, padre de Michael, que ha trabajado en dos películas de James Gray, e Irit Sheleg, de la que conocemos Llenar el vacío (2012), de Rama Burshtein, dan vida a los padres de Yotam. Celebramos el buen ojo de Sylvie Leray, que a través de su distribuidora Reverso Films, va a la caza de películas de cinematografías poco habituales en nuestras pantallas, y no sólo destacan por su rareza, sino por ofrecernos películas que cuentan historias muy emocionales e interesantes, amén de agrandar nuestra mirada para que sigamos conociendo otras formas de hacer cine y sobre todo, de explicar historias muy cercanas a nosotros, que hablen de diferentes modos de vida, de situaciones y demás peculiaridades. Nos alegramos de volver a reencontrarnos con el cine de Ofir Raul Graizer, porque sigue contándonos relatos de y sobre personajes que nada tiene de superficial, a partir de momentos sensibles y humanos. Si pueden, no dejen pasar una película como La floristería de Iris porque les hará pensar en quiénes son y en las decisiones que tomaron en sus vidas, las acertadas y las que no, porque eso es vivir, equivocarse y volver a equivocarse, y sobre todo, quitarle trascendencia a tanta equivocación y seguir como se pueda, que créanme, no es poco. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pablo Derqui e Ivan Benet

Entrevista a Pablo Derqui e Ivan Benet, intérpretes de la película «L’home dels nassos», de Abigail Schaaff, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 18 de enero de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Derqui e Ivan Benet, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Costa de trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Maite Alberdi

Entrevista a Maite Alberdi, directora de la película «La memoria infinita», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el viernes 15 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maite Alberdi, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara P. Caminha y Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.