París, Distrito 13, de Jacques Audiard

¿QUÉ FUE DEL AMOR?.

“Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos”

Zygmunt Bauman

De los nueve títulos que componen la filmografía de Jacques Audiard (París, Francia, 1952), muchos están estructurados a partir de la diferencia y opuesto en sus personajes principales. Personas que, por circunstancias propias y ajenas, se ven abocados a relacionarse con otros, y que deben unir fuerzas para enfrentarse a unos terceros, rodeados de un atmósfera ajena a ellos que resulta difícil e inquietante. Recordamos a la secretaria sorda y tímida que conoce al ex convicto y malcarado en Lee mis labios (2001), el vocacional pianista que se niega a seguir la herencia familiar y su profesora china que no entiende una palabra en francés en De latir, mi corazón se ha parado (2005), el joven que ingresa en prisión y acaba haciéndose el capo en un ambiente hostil en Un profeta (2009), el rudo portero de discoteca y la accidentada entrenadora de orcas en De óxido a hueso (2012), los inmigrantes de Sri Lanka en la Francia actual en Dheepan (2015), y los hermanos buscadores de oro en el salvaje oeste de Los hermanos Sisters (2018).

En París, Distrito 13 (“Les Olympiades”, en el original, referido a un rascacielos del centro del barrio del citado distrito), basada en tres novelas gráficas del estadounidense Adrian Tomine, en un magnífico guion que firman el propio director, Léa Mysius, de la que hemos visto Los fantasmas de Ismael, de Desplechin, y La familia Samuni, de Stefano Savona, y Céline Sciamma, la maravillosa directora de grandes títulos como Retrato de mujer en llamas y la reciente, Petite Maman, amén de guiones para Téchine o esa maravilla que es La vida de calabacín. En el relato nos encontramos con cuatro personajes, tan distintos y tan cercanos a la vez. Tenemos a Émilie Wong, una licenciada que se gana la vida con trabajos auxiliares y de pelea con su familia, que conocerá a Camille, un profesor hastiado y cansado de su trabajo, con el que mantendrá una relación sexual muy intensa y efímera. Camille trabajará en una inmobiliaria con Nora, una mujer que ha llegado a París huyendo de una relación sentimental muy tóxica con su tío e intimaran, y aún más, porque Nora conocerá a Amber Sweet, una cam girl que se desnuda y practica sexo a través de internet.

La sombra de Rohmer está en cada encuadre y cada espacio de la película, a través de sus cuentos morales como MI noche con Maud, de la que Audiard se declara como fuente de inspiración, y también, Les rendez-vous de París (1994), estructurada a partir de tres relatos sobre las citas perseguidas o encontradas de unos cuántos individuos por la ciudad francesa. El impacto visual y plástico del blanco y negro, si exceptuamos los momentos de la cam girl que, al ser por ordenador son en color, un color pixelado y rugoso,  que firma el cinematógrafo Paul Gilhaume, dotando esa cadencia y suavidad que impregna cada plano de la película, con ese tono actual y atemporal, como el conciso y soberbio trabajo de montaje de Juliette Welfling, que ha trabajado en toda la filmografía de Audiard, y con otros tótems como Farhadi, Gondry y Schnabel,entre otros, y la excelente música de Rone, y los temas actuales que le dan esa textura de existencias que viven al día, con sus trabajos precarios, su continua incertidumbre tanto en el respirar como en el amor, o esa cosa que llamamos amor en estos tiempos de primero sexo y luego, ya veremos.

La película nos lleva de forma tranquila y sencilla por estos cuatro personajes y sus aventuras sentimentales, sus dificultades para relacionarse y saber que desean y a quién. Sus continuos devaneos en lo sexual, que lo cogen de forma intensa, vertiginosa y más parecido a una droga de la que son adictos, en una forma inútil y desilusionante de encontrar a quién amor o tropezarse de casualidad con el amor o algo que se le parezca. Ya en su magistral prólogo, con Émilie y Camille, desnudos y follando como descosidos, como si no hubiera un mañana, y el salto que da para contarnos como empezó todo, y las continuas elipsis, tan descriptivas y apabullantes que le imprimen agilidad y ritmo en una historia con constantes subidas y bajadas y atajos sexuales y sentimentales de los protagonistas, en la que las pertinentes subtramas que viven los personajes, nos ayudan a conocerlos mejor, a profundizar en sus vidas, y darnos cuenta de sus miedos, (des) ilusiones, pasados, frustraciones y demás aspectos emocionales que evidencian unas vidas en continuo tránsito, unas existencias que no saben ni pueden encontrar una estabilidad económica y emocional.

Un estupendo reparto que consiguen encontrar  esos personajes perdidos, a la deriva, en un perpetuo presente que parece no tener fin. Tenemos a Lucie Zhang, con poca experiencia, pero que transmite una naturalidad y cercanía brutales, dando vida a Émilie, en pleno desenfreno sexual que oculta carencias emocionales graves como no saber romper con una familia demasiada castradora. Makita Samba es Camille, al que vimos en Amante pro un día, de Philippe Garel, es el tipo que va de aquí para allá, sin encontrar su lugar y menos, el amor, aparentemente seguro en sus emociones pero solo una fachada que esconde otros conflictos personales. Noémie Merlant es Nora, la fascinante protagonista de Retrato de mujer en llamas o Curiosa, condenada a la eterna huida siempre escapando de todos y sobre todo, de ella misma, incapaz de mirarse en su interior y descubrir que le da miedo, encontrará en Amber Sweet, que interpreta Jehnny Beth, ese contrapunto, esa otra manera de mirar a los demás, una mujer sin complejos, en apariencia, una mujer que iremos descubriendo a través de Nora.

Audiard ha construido una película de ahora y de siempre, con este grupo de personas que se mueven mucho pero no van a ninguna parte, que disfrutan del sexo pero no del amor, que se pierden en sus vidas, que se autoengañan demasiado, que viven unas vidas que no son las suyas, que malgastan sus existencias por no saber qué hacer ni adónde ir, que deambulan como zombies en laberintos sin salida que ellos mismos se han construido, presos de sus no amores, llenos de miedos, en una sociedad estúpidamente productiva que todo lo valora en metálico, en una excelente radiografía del amor o lo que queda de él, en estos tiempos de sexo por sexo, donde las apps de internet han revolucionado nuestras relaciones sentimentales, haciéndolas más superficiales, pero solo un fiel reflejo de la velocidad y el usar y tirar de nuestra sociedad mercantilista que todo y todos estamos en venta, eso “Tiempos líquidos”, que tan sabiamente nos habla Bauman, con toda esa evaporación en todo, esos amores líquidos, esas relaciones sin consistencia, sin peso, sin solidez, que se mueven en los cuerpos, en la piel, en el sexo, en la nada, porque lo más importante, las emociones, y el pánico a mostrar las emociones, y por ende a mostrarse ante el otro, quedan relegadas al espacio vacío, a la ocultación, a la nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Compartimento nº 6, de Juho Kuosmanen

LOS VIAJES EN TREN…

“Voyage, voyage” / plus loin que nuit et le jour / (voyage, voyage) / dans l’espace inouï de l’amour / Voyage, voyage / sur l’eau sacrée d’un fleuve indien / (voyage, voyage) / et jamais me reviens”

Letra de la canción  “Voyage, voyage”, de Desireless

Los que viajamos en tren, ya sea en cercanías o larga distancia, podríamos contar las mil y una que nos han pasado en esos viajes. Viajes con un destino fijado, viajes con billete de ida y vuelta, viajes donde muchas veces era más intenso el propio viaje que el destino final. Recuerdo especialmente uno de ellos, uno que sin saberlo entonces, iba a cambiarme la vida en todos los sentidos. Un viaje en cercanías, un viaje en el que conocí a alguien, a alguien muy diferente a mí, a alguien que formaría un tiempo parte de mi vida. Un tiempo que me iba a cambiar para siempre, y todo empezó en un viaje en tren. Una experiencia similar es la que les ocurre a Laura y Ljoha, los dos protagonistas de Compartimento nº 6, la segunda película de Juho Kuosmanen (Kokkola, Finlandia, 1979), después de la interesantísima El día más feliz en la vida de Olli Mäki (2016), donde retrataba el año 1962 en un melancólico blanco y negro, la vida de un boxeador vulnerable, atrapado a sus circunstancias y muy enamorado.

El director finés ha escrito un guion junto a Livia Ulman y Andris Feldmans, basado en la novela homónima de Rosa Liksom, en el que vuelve a los ambientes cotidianos que poblaban su primer trabajo, a esos personajes perdidos, atrapados en su existencias anodinas, en una especie de huida no se sabe dónde, metidos o encerrados en un minúsculo compartimento que deberán compartir dos personajes opuestos, o quizás no lo son tanto, porque, entre otras cosas, ambos viajan desde Moscú en el transiberiano con destino al puerto ártico de Murmansk en la Siberia. Ella, finlandesa, huye de una relación insatisfecha, y desea ver unos petroglifos, unas pinturas rupestres. Él, ruso, viaja para trabajar en la mina. La película nos abre una ventana para conocer a estos dos individuos, en una relación distante y llena de altibajos, porque deben compartir cuando no quieren, pero a medida que avance el viaje los iremos conociendo más profundamente, les iremos viendo sus virtudes y defectos, sus inquietudes, sus ilusiones, y demás oscuridades y alegrías.

La trama se sitúa en un tiempo indeterminado de los años noventa, cuando todavía las nuevas tecnologías no habían convertido la sociedad en un mero espejo artificial donde la individualidad prima sobre el otro, y la película aboga por eso mismo. Por mirar al otro, aceptarlo por muy diferente que aparentemente sea de nosotros, por ofrecerlos la oportunidad y la experiencia de entablar un diálogo, y quizás una conexión, nunca se sabe, y la empatía, ese valor tan desuso en los tiempos de ahora, donde cada uno se obceca en ser él, sin importarle el resto, y sobre todo, lo que sienten los demás. Estamos hablando de un viaje de más de 1900 kilómetros, de sur a norte, que recorre toda la parte oeste de Rusia, que en los años noventa aúna duraba mucho más que ahora, con sus días y noches, sus paradas nocturnas, el vagón comedor, y los parones para echar un cigarro o estirar las piernas. Unos viajes que se convertían en una auténtica odisea. Un viaje que requería mucho tiempo para llevarlos a cabo. El tiempo, sumamente importante en la película, porque nos obliga a mirar a los personajes, a estar con ellos y a compartir. Todo lo contrario que en la actualidad, donde el tiempo se ha convertido en un enemigo implacable, un elemento que hemos perdido en la actualidad, donde todo se hace con prisas y no hay tiempo para nada.

La excelente cinematografía, naturalista e íntima, donde sentimos el frío y la cercanía de los personas, los objetos y sus sonidos, que firma J-P Passi, como lo hizo en la primera película de Kuosmanen, y el inmenso trabajo de montaje de Jussi Rautamieni, que también estuvo en la opera prima del director finés, que encaja con oficio e inteligencia los ciento siete minutos de la película, dotándola de ritmo y tensión, en apenas un par de espacios reducidos del tren. La maravillosa pareja protagonista de la película, tan ajenos y tan cercanos, que son el alma mater de una historia en la que buena parte de su metraje ocurre en un compartimento muy estrecho, donde se respira casi al unísono, y todo está demasiado cerca. Seidi Haarla, muy popular en Finlandia, por trabajos en la televisión en series como Force of Habit, da vida a Laura, la aspirante arqueóloga, que todavía no sabe que hará después de los petroglifos, porque quiere alargarlo todo lo posible por miedo a no saber dónde ir después. Una mujer que se encuentra de viaje, porque detenerse es reflexionar y mirarse hacia dentro y descubrir que las cosas no andan bien y hay que cambiarlas, y ese miedo todavía no tiene fuerzas para afrontarlo. Frente a ella, el actor ruso Yuriy Borisov, que hemos visto en Elena (2011), de Andrey Zvyagintsev, entre otras muchas películas rusas, interpreta al arrogante y vulgar Ljoha, un tipo que viaja para incorporarse a la industria minera, alguien que oculta muchas buenas cosas en su interior, pero va de duro y distante con Laura, pero entre los dos, y los kilómetros de viaje y tren, todo irá cambiando.

Kuosmanen ha construido una película que habla de muchas cosas, de la vida, de quiénes somos y cómo vemos a los demás, de amor o no, que tiene a la canción “Voyage, Voyage”, de Desireless, que pegó muchísimo en toda Europa a finales de los ochenta y principios de la nueva década, que actúa como leti motiv de la película, donde miramos la vida pasar, desde la ventanilla del compartimento nº 6 de un tren que nos lleva a Murmansk, a ese espacio del ártico, donde hace un frío que pela en pleno invierno, donde Laura y Ljoha van a parar. Y recuerden, siempre es un buen momento hacer un viaje en tren. Así que, estacionen su vehículo, compren un billete, da igual el destino, y déjense llevar por el viaje, sin expectativas, disfrutando de cada instante, tanto de ustedes como de los otros, alrededor de desconocidos que quizás se conviertan en muy cercanos, eso sí, apaguen el móvil, como antes, cuando el dichoso aparatito no existía y dejaba libertad para mirar nuestro entorno, para mirarnos a los ojos, para hablar con el otro, porque nunca un viaje en tren los dejará indiferentes, y quizás, ese viaje les cambie la vida, igual que me ocurrió a mí… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El hombre que vendió su piel, de Kaouther Ben Hania

CONDENADOS Y PRIVILEGIADOS.

“Un artista es alguien que produce cosas que la gente no necesita tener”

Andy Warhol

Fue viendo una exposición en el Louvre de Paría sobre el artista belga  Wim  Delvoye, en que el artista había tatuado la espalda de Tim Steiner, que estaba sentado en un sillón sin camisa mostrando el diseño de Delvoye. Este hecho fue la primera piedra de El hombre que vendió su piel, la segunda película de ficción de la directora Kaouther Ben Hania (Sidi Bouzid, Túnez, 1977), que había empezado en el campo del documental sobre temas como la religión, la inmigración en Zaineb takrahou ethlj (2016), los abusos sexuales en Le Challat de Tunis (2016), y en su primera ficción de título Beauty and the Dogs (2017). En su nueva película retrata dos mundos antagónicos, dos universos en las antípodas, dos formas de vivir y de ser. Por un lado, tenemos a Sam Alí, un joven sirio, impetuoso y rebelde, que debe abandonar su país en vísperas de la guerra, y también, alejarse de su amor de familia adinerada que se casará con ella. Su destino será Beirut, en Líbano, pero su objetivo es Europa. En la ciudad libanesa, de casualidad, conoce al artista Jeffrey Godefroi y su asistente Soraya, el otro lado. El artista, reconocido mundialmente, le propone un plan. Le tatuará en su espalda una visa, que será una obra de arte muy cotizada y será su pasaporte para aterrizar en Bruselas.

La directora tunecina construye una eficaz e interesantísima fábula moral de nuestro tiempo, que indaga en el significado del arte, sus límites, todo el negocio que lo envuelve, su elitismo y su explotación, y además, profundiza en la hipocresía y perversión del mundo occidental, de su aprovechamiento de los menos afortunados y sobre todo, del verdadero valor de los seres humanos, que nos debatimos entre el producto y la persona, o quizás eso ya ha desaparecido y todo está en venta. La elegancia y la bella plástica obra del cinematógrafo Christopher Aoun (del que habíamos visto su trabajo en Cafarnáum, de Nadine Labaki), detallista y abrumadora que consigue crear esa atmósfera inquietante y oscura que rodea la película, la suave y cercana música de Amine Bouhafa (del que conocíamos sus trabajos en Timbuktu y la reciente Gagarine), y el no menos depuradísimo trabajo de montaje para una película de ciento cuatro minutos de la extraordinaria editora Marie-Hélène Dozo, que ha montado todas las películas de los Dardenne.

Bajo la sombra de Fausto, de Goethe, la película es una nueva aproximación a la compleja relación entre el necesitado y Mefistófeles y el cheque en blanco que firma el incrédulo, en este caso refugiado, una libertad que no lo es tal, porque ese es otro elemento en el que se apoya la trama, la libertad entendida desde un sentido humano, y no material, su significado y su posición. El hombre que vendió su piel no se define en ningún género al uso, sino que se sustenta en varios, porque tenemos la fábula moral citada, el drama del refugiado, la tragedia de un mundo de los que tienen y los que no, el amor como motor de todo y de nada, el absurdo del arte donde todo lo es y todo se vende, incluso las personas y sus sueños, y el humor negro y la sátira que usa Sam Alí como respuesta a su prisión y a su aislamiento, el alto precio que paga por ser libre o simplemente, querer serlo. El entramado argumental, más en la forma y en las diferentes texturas con las que está contado para crear esa atmósfera sofisticada, irreal y malsana en la fragilidad por la que se mueven todos los personajes.

Una película de estas características requería un grandísimo reparto que se fusionase con inteligencia e intimidad como éste, encabezado por el fabuloso actor sirio Yahya Mahayni, premiado en Venecia, que aborda con simplicidad y aplomo la dificultad de un personaje que no tiene nada, que luego cree tenerlo todo para darse cuenta que le falta todo sin el amor, Dea Liane da vida a Abeer, en su primer papel largo en cine, la mujer en otra cárcel, la de su familia, que también huye con marido impuesto y luchará por volver a donde era feliz, y luego tenemos a los otros, los del otro lado del espejo, el artista Jeffrey Godefroi que interpreta maravillosamente el actor belga Koen de Bouw, fomentado en el medio televisivo, y finalmente, una falmante y magnífica Monica Bellucci, que le cuesta tan poco estar estupenda y metida completamente en el personaje de Soraya, una artífice del dinero, de la apariencia y el mundo snob del arte. Kaouther Ben Hania ha cosido una película de rabiosa actualidad y sin tiempo, donde confluyen las pasiones y los sueños humanos ancestrales como el significado de la vida, la libertad y el amor, porque en el fondo todos estamos en esto para estar mejor de lo que estamos, o quizás, habría que saber que estamos haciendo aquí, y el verdadero sentido de la vida no sea otro que ser y no estar, como mencionaba Hannah Arendt, muchos están en eso, otros, desgraciadamente, usan el dinero y su poder para encontrarlo, diferencias y posiciones eternas como los que retrata con astucia la película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las cartas de amor no existen, de Jérôme Bonnell

¿QUE FUE DE NUESTRO AMOR?

“¿Acaso podemos cerrar el corazón contra un afecto sentido profundamente? ¿Debemos cerrarlo? ¿Debe hacerlo ella?

James Joyce

Jonas es un tipo de cuarenta y tantos tacos, con encanto pero torpe, como cantaba Sabina, alguien que se encuentra en Stand by, no por decisión propia, sino porque su vidas y los hechos que la rodean parecen ir contra él, o simplemente, las cosas van sucediendo y Jonas va llegando tarde a todo, porque no quiere darse cuenta que las cosas se terminan, o hay gente con la que hay que terminar por nuestro propio bienestar. A Jonas le costó despedirse de la madre de su hijo, una mujer que ya no quería, también de su socio, un aprovechado que le ha metido en un gran lío, y además, le cuesta horrores decir adiós a Léa, su última novia. Jonas ahí anda, a la deriva por su miedo a cerrar, a decir adiós, y sobre todo, el miedo a la incertidumbre que se apodera de uno cuando cierra algo o a alguien y empieza de cero. Donde muchos ven una forma de empezar de nuevo, Jonas lo ve como una decisión que no quiere o no puede tomar, aunque la situación actual lo lleve a la mierda. Y en esas anda.

La historia arranca después de una noche de borrachera, Jonas se levanta más perdido que nunca y no decide otra cosa que visitar a Léa de buena mañana, y hacer lo imposible para recuperarla, una vez más. La cosa no va como espera y se refugia en el café de enfrente de su casa, como si se tratase de un naufrago en una isla desierta, esperando a Léa decide escribirle una carta, una carta para contarlo todo lo que siente por ella, y esta se decida a rescatarlo, porque él no se atreve o simplemente no se lo ha planteado, quizás ha llegado de coger la riendas de su vida y enfrentarse a ese tipo que tanto miedo le da y no es otro que él mismo. Las cartas de amor no existen (del original “Chère Léa”), es el séptimo largometraje de Jérôme Bonnell (París, Francia, 1977), y vuelve a colocarse en el tono que más le gusta al director francés, entre la comedia dramática y el romance, porque estamos ante una comedia romántica, con ese aroma que tenían las del Hollywood clásico, sin olvidarnos de Becker y Truffaut, donde el amor y su perdición es el trasunto real de la trama, una estructura que se desmarca acomodándose en el suspense hitchcockiano, con el inquietante macguffin, que no es otro que la citada carta, ya que su contenido nunca nos será revelado.

La acción, más propia del thriller psicológico que de la comedia al uso, juego mucho con los inequívocos y las subtramas que solo hacen más difícil la no aventura y no decisión del protagonista, jugando mucho con la información, porque se nos da poca información del pasado del protagonista y las personas que lo pululan, en una especie de radiografía emocional que sin querer se practica el propio Jonas que, al igual que le ocurría al dickensiano Ebenezer Scrooge, sus fantasmas del pasado comenzarán a revolotearle el alma, donde el café será el centro neurálgico de su catarsis personal, y saldrá a unas visitas como la de su ex en la cafetería de una estación, que recuerda a una de sus películas El tiempo de los amantes, de dos desconocidos que se conocían en un tren, y la peculiar relación con el dueño del café, el amante de Léa, su socio con el que se comunica vía móvil, al igual que su hijo, y algún que otro cliente y los habituales del barrio. Las cartas de amor no existen habla de amor, o quizás podríamos decir, de todo ese amor que creemos sentir, de las historias que hay que dejar, decir adiós, y del tiempo.

El tiempo real de la película acotada a un solo día, a una única jornada, veinticuatro horas donde casualmente Jonas hará balance de los hechos vitales hasta ahora, y en un lugar ajeno al suyo, en cierta manera, Jonas está en una especie de laberinto emocional en el que él mismo ha puesto sus obstáculos para no salir. La estupenda cinematografía de Pascal Lagriffoul, responsable de toda la filmografía de Bonnell, le da ese toque cercano y naturalista sin caer en ningún instante en el embellecimiento ni la condescendencia, la excelente música de David Sztanke va detallando todos los estados emocionales de Jonas en una especie de montaña rusa de nunca acabar, y el ágil y formidable montaje de Julie Dupré, que ya trabajó con el director parisino en À trois on y va y en la citada El tiempo de los amantes – amén de aquella maravilla que era Dos otoños, tres inviernos (2013), de Sébastien Betbeder – que rompe con habilidad ese único escenario donde se desarrolla casi toda la trama.

El maravilloso reparto de la película encabezado por Grégory Montel, un magnífico y desconocido para el público de por aquí, pero muy popular en Francia por su éxito televisivo por Call My Agent!, una serie que ha dado la vuelta al mundo. El actor se mete en la piel de Jonas, y nunca mejor dicho, porque la cámara se posa en él y dentro de él, dando vida a un tipo que tiene muchos frentes abiertos por miedo o por no atreverse: un trabajo que odio, porque en realidad le encantaría escribir, y mira tú, ha empezado por una carta, una carta que no puede parar de escribir, con relaciones pasadas que cree todavía estar ahí, con relaciones actuales, más de lo mismo, y enganchado a todo y nada, a un pasado que lo machaca y a un presente, de bólido, que repite patrones anteriores, un caso, en fin, quizás ese día, ese día tan loco, surrealista y extraño, le abra los ojos, depende de él. Le acompañan la siempre fascinante y natural Anaïs Demoustier como Léa, el eficaz Grégory Gadebois como dueño del café, Léa Drucker como al ex esposa, y finalmente, una sorprendente Nadège Beausson-Diagne, una cliente particular del café. Bonnell ha construido una película de verdad, auténtica, que no solo retrata a un tipo-náufrago de sí mismo, sino de su propia vida, y ya no digamos del amor, y lo hace desde dentro a fuera y al revés, contándonos ese París, ese otro París, el muy alejado de su estereotipo de ciudad del amor y mandangas por el estilo, aquí vemos su día a día, su cotidianidad, sus gentes y el amor, ¡Ayyy…! El amor,,,, Que seríamos sin él y con él. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ariaferma, de Leonardo Di Costanzo

GUARDIAS Y RECLUSOS.

“Todos somos reclusos de alguna prisión, pero algunos estamos en celdas con ventanas, y otros no”.

“Arena y espuma” (1926), de Gibran Jalil Gibran.

Nos encontramos en algún indeterminado de Italia, que nunca será desvelado, en el interior de una cárcel del XIX, una prisión que se cierra y todo ha sido trasladado. Los problemas burocráticos impiden su cierre total, y tienen que custodiar doce presos a la espera de su traslado definitivo. Tanto guardias como reclusos deberán compartir las cuatro paredes de un espacio, un lugar en el que nadie quiere estar, y donde la convivencia no será nada fácil, en un extraordinario guion que firman Bruno Oliviero (que ya estuvo en L’intrusa), Valeria Santella, que ha trabajado con Moretti y Bellocchio), y el propio director. Tercer trabajo en la ficción del reputado director Leonardo Di Costanzo (Ischia, Napoli, Italia, 1958), reputado en el campo documental con títulos como A scuola (2000), un forma de trabajo, desde la realidad y para la realidad, porque en sus ficciones están llenas de elementos propios de ese campo, porque la verosimilitud del espacio, al que le da mucha importancia, porque no está construido, sino que son reales las localizaciones, les da un aspecto de realismo cinematográfico donde la realidad se mezcla de forma inteligente con la ficción.

El director italiano vuelve a un espacio aislado y cerrado en el que vuelve a profundizar en los roles de prisionero y carcelero, a partir de personas de diferentes índole deben compartir, y sigue indagando en las relaciones complejas de esa situación incómoda y difícil, como ya hizo en L’intervallo (2012), en la que dos niñas comparten une edificio abandonado de la periferia, y en L’intrusa (2017), donde una maestra de una escuela para niños desfavorecidos, debe ayudar a una mujer de un mafioso y sus dos hijos en plena huida. En Ariaferma, construye su relato a partir de dos hombres, dos personalidades aparentemente opuestas que tienen más en común de los que se imaginan. Por un lado, tenemos a Gaetano Gargiolo, el guardia y jefe de la prisión, y por el otro, nos topamos con Carmine Lagiola, un famoso preso, que podemos imaginar que se trata de la camorra italiana. Entre los dos, sin quererlo y sin buscarlo, se irá creando una relación más íntima y humana en el que sus roles iniciales irán dejando paso a otros más cercanos y profundos, como la puesta en escena con esos barrotes que encuadran a unos como otros, y ese patio central donde se difuminan guardias y reclusos.

Exceptuando un breve prólogo de los guardias en el exterior y alrededor de un fuego, una especie de celebración de despedida de la cárcel, siempre estaremos en el interior de las cuatro paredes de la prisión, donde escucharemos de forma realista y detallada todos los sonidos de puertas que se abren y cierran, en un grandioso trabajo de Xavier Lavorel, un habitual del cine de Alice Rohrwacher, un sonido que recuerda a las películas de Bresson y más concretamente a Un condenado a muerte se ha escapado (1956), de la que Ariaferma bebe mucho. Una cinematografía que nos envuelve en los claroscuros de un espacio que a veces está ensombrecido y velado, en un preciosista trabajo de Luca Bigazzi, uno de los grandes nombres de la cinematografía italiana con películas de Gianni Amelio y Paolo Sorrentino en su haber. El soberbio trabajo de montaje de Carlotta Cristiani, una cómplice habitual de la filmografía de Di Costanzo, que consigue con lo mínimo lo máximo, encerrándonos en esa prisión para todos, y condensando con inteligencia una película que se va casi a las dos horas de metraje, y todo se desenvuelve con agilidad y ritmo.

Finalmente, nos encontramos con la magnífica e intensa música de Pasquale Scialo, debutante en la ficción después de un recorrido por el documental y las series televisivas, otro elemento que destaca sobremanera, con esos estupendos ritmos de fusión con percusión que usa para crear esa atmósfera inquietante que preside la película y su suavización. Mención aparte tiene el ajustadísimo y magnífico reparto de la película con un grupo de experimentados intérpretes italianos que dan vida a los guardianes y reclusos como los Fabrizio Ferracane, Salvatore Striano, Roberto De Francesco y Pietro Giuliano, entre otros, que atravesados por la contención y aplomo que respira toda la película, componen unos individuos que dan esa verosimilitud tan necesaria en una película de estas características, donde la mayor parte de la trama se apoya en la composición de los personajes y sus relaciones. Después tenemos a dos tótems de la actuación italiana como son Toni Servillo en el rol de guardián, un actor con todas sus letras que nos ha dejado excelentes e inolvidables tipos siempre de la mano de Sorrentino como el apesadumbrado y silencioso Titta di Girolamo en Las consecuencias del amor, el siniestro e inquietante Giulio Andreotti en Il divo, y el caradura y decadente Jep Gambardella en Le Grande Bellezza.

Frente a Servillo, más conocido por estos lares, tenemos a otro titán como Silvio Orlando que, es como el otro lado del espejo de Servillo, con el que tiene muchas diferencias y muchas más similitudes, un actor de clase, elegancia y temple como su oponente, al que hemos visto brillar en películas de Daniele Luchetti y Nanni Moretti, y con Sorrentino también, en la serie The Young Pope y su segunda temporada. Resulta curioso que tanto el director como Servillo y Orlando, comparten Napoli como la región de nacimiento, y sus años que van de 1957, 58 y 59, respectivamente, en su primer trabajo juntos. Di Costanzo ha construido una película soberbia y detallista, concisa y profundamente humana, que indaga con sabiduría y aplomo las ambiguas relaciones que se van produciendo entre guardias y reclusos cuando las estrictas y escrupulosas normas carcelarias van dejando paso a los diferentes caracteres y a ir más allá, dándose la oportunidad de conocer al otro, independientemente de las razones que lo han llevado a esa situación, porque en la mayoría de los casos, siempre conocemos su apariencia a través de prejuicios adquiridos y no nos atrevemos a quitarnos las máscaras y tantas leyes y normas que nos sitúan en roles que nada tienen que ver con lo humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El rezador, de Tito Jara

EL CHARLATÁN DE LA FE.

“Cada estafa es impulsado por un deseo de dinero fácil, es la única cosa que el estafador y estafado tienen en común”.

Mitchell Zuckoff

Harry Powell de La noche del cazador (1955), de Charles Laughton, y Elmer Gantry, de la película homónima de 1960 dirigida por Richard Brooks, eran dos tipos despreciables, sin escrúpulos, codiciosos y sin alma, entregados a la fe religiosa para conseguir sus objetivos económicos. Antanacio Di Felice es otro miserable de esta calaña. Un tipo que se mueve por la periferia de Quito (Ecuador), ya sea como sacerdote de funerales, o creador de ungüentos milagrosos para estafar a sus ciegos “feligreses” y vivir a costa de los demás. Su último “negocio” no salió como lo esperaba, y anda acuciado por una deuda enorme con “La Tía”, la gánster de la zona. Pero, le hablan de la “bendecida”, una niña que dicen que tiene visiones de la Virgen María. Antanacio se persona en la casa de los supuestos milagros y compinchados con los padres de Gema, alzan un lucrativo negocio. Aunque todo el tinglado se les irá de las manos y las diferencias estallarán entre ellos.

Después de A tus espaldas (2011), que ya rondaba también por los temas de dinero fácil, la corrupción y la codicia de un empleado de banca, el segundo trabajo del cineasta ecuatoriano Tito Jara es una película con el tono de cine negro, fusionado con acierto con la religión, en una de las zonas más pobres y devota de los barrios obreros de Quito, ubicados en la zona alta de la ciudad, a ese lugar donde no va nadie de paso. La cinematografía del español Carlos de Miguel, con amplia experiencia en series televisivas como El ministerio del tiempo, Malaka y Nasdrovia, entre otras, compone una luz tenue en el que describe con exactitud las sombras que se ciernan por unas almas muy grises y codiciosas que pululan por la historias, tanto Antanacio como los padres de la niña “milagrosa”. El gran trabajo de edición de Rodrigo Melero, del que hemos visto sus interesantes trabajos tanto en el campo documental con Traidores, como en la ficción con Bandido, consigue atrapar esa atmósfera malsana de dobles vidas y mentiras que se cierne sobre el trío protagonista en sus intensos y punzantes noventa y cinco minutos de metraje.

El rezador no es una película al uso, porque no se queda en su trama y la resolución de la misma, sino que va más allá, en su capacidad honesta sin artificios para mostrar las realidades más pobres de Quito, unas gentes que tienen en la religión su forma de relacionarse con la vida, su fe que usan otros para enriquecerse y estafarlos. La película también es un excelente ejercicio de cine negro, con el dinero como leit motiv, para mover a los personajes de aquí para allá, y sobre todo, para establecer esas malignas relaciones muy oscuras entre ellos, donde prevalece la maldad humana como el egoísmo, la codicia, la mentira y el amor como vehículo profundamente interesado en las relaciones humanas. El grandioso trabajo interpretativo del trío protagonista encabezado por un inmenso Andrés Crespo en la piel de Antanacio, actor ecuatoriano que muchos seguidores de la serie Narcos lo recordarán, dando vida a un tipo malvado, un paria que usa la religión y la fe como sustento, para engañar a sus incautos creyentes y sacarles toda la plata. A su lado, el también ecuatoriano Carlos Valencia como padre de la niña, y su mujer, la actriz colombiana Emilia Ceballos, dos progenitores, pobres como ratas, que ven en la niña milagrosa una forma de salir de su miseria, unos tipos que como toda película de estas características, también ocultan cosas, y todo ese ramillete de intérpretes que dan autenticidad a cada momento de la película.

El personaje central de la película, la niña “bendecida”, a la que interpreta una enigmática y silenciosa Renata Jara, convertida en el macguffin de la película, el motor de todo, la excusa para todos, la gallina de los huevos de oro que se tornará de un color muy oscuro, demasiado insoportable para los susodichos. El rezador, de Tito Jara es una película estupenda, honesta y llena de complejidad, que la hacen un título que no debería pasar como si nada, sino tener su protagonista en la cartelera y que el público le diese una oportunidad porque su visionado lo merece y mucho, porque muestra sin tapujos y con mucha sinceridad hasta donde somos capaces por un fajo de billetes, un dinero que desconocemos del peligro que conlleva, porque si la película habla de estafadores, en cierto modo, no sabemos quién está estafando a quién, quién se deja estafar, y sobre todo, las consecuencias de entrar en una existencia donde todo vale y no existen límites, porque ya se han cruzado todos los límites habidos y por haber. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esta lluvia nunca cesará, de Alina Gorlova

ANDRIY SULEIMAN, REFUGIADO KURDO.

“Esto es lo que hace la guerra. Y aquello es lo que hace, también. La guerra rasga, desgarra. La guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina”.

“Ante el dolor de los demás” (2002), Susan Sontag

Conocía la existencia del conflicto kurdo, pero fue viendo La espalda del mundo (2000), de Javier Corcuera, que conocí la tremenda gravedad del problema. La película explicaba el caso de Leyla Zana, una parlamentaria encarcelada en Turquía por temas políticos. El capítulo seguía la gris y triste existencia de su familia exiliada en Suecia, después que el marido pasase dieciséis años en la cárcel. Cuatro años después, en Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi, ambientada en un campo de refugiados del Kurdistán iraquí, éramos testigos de las condiciones miserables de un pueblo como el kurdo condenado a la huida constante, intentando encontrar un lugar al que pertenecer. La cineasta Alina Gorlova (Zaporiyia, Ucrania, 1992), de la que conocíamos su trabajo en el campo documental con la película No Obvious Signs (2018), en la que retrataba a una soldada ucraniana en pleno proceso de rehabilitación por estrés postraumático.

En Esta lluvia nunca cesará (significativo y desesperanzador título), el retrato se centra en la vida de Andriy Suleiman, un kurdo sirio que abandonó el país árabe por la guerra de 2012, y se instala en Lysychansk, al este de Ucrania, país de origen de su madre. La cámara de Gorlova sigue la vida del joven, voluntario de la Curz Roja en la guerra del Donbass en 2014, y de su familia, y su periplo por varios países donde se encuentra diseminada su familia y amigos, como Irak, Kurdistán y Alemania, donde quiere empezar de nuevo. La cineasta ucraniana divide en diez partes su película, a modo de capítulos, y usa el blanco y negro para mostrar esas vidas errantes, grises, difíciles y rotas, vidas que son meras sombras debidos a los graves efectos y causas de la guerra, que parece seguirles allá donde van. El retrato es profundamente humano y alejado de sentimentalismos. Todo se cuenta desde la verdad, o mejor dicho, desde lo auténtico de unas vidas que quieren salir adelante y a duras penas lo consiguen, poniendo el foco en todas las personas anónimas que han huido de su país, sus trabajos y su vida, e intentan encontrar ese lugar en el que volver a estar tranquilos y en paz.

Gorlova construye una intimidad que traspasa, que nos seduce con muy pocos elementos, y nos convierte a los espectadores no solo en testigos privilegiados del drama humano de este grupo de kurdos, sino en personas que conocen una verdad que es en realidad la de muchos refugiados en todo el mundo, personas que lo dejan todo por la guerra, personas acogidas en países extranjeros, personas que deben luchar diariamente para no perder su identidad, no en un sentido nacionalista ni patriótico, sino en el concepto humano, de tus orígenes, de tu forma de vivir, de tus tradiciones, de todo lo que significa ser kurdo. Un documento excepcional y cercano, cimentado con la complejidad de las diferentes existencias, como la labor humanitaria del protagonista kurdo frente al desfile de la máquina militar pesada ucraniana que van a la guerra del Donbass, al este del país, una zona de eterno conflicto entre los prorusos y los ucranianos contrarios, un conflicto que retrató de forma magistral el cineasta ucraniano Serguéi Loznitsa en su película homónima de 2018. Las contradicciones de los bailes tradicionales kurdos y ucranianos, así como el desfile de soldados frente a la marcha del orgullo gay en Berlín.

Un mundo lleno de contrastes, de grises automatizados, de perversidad y alegría en la mismo espacio o según en la perspectiva que te encuentres o te toque circunstancialmente. Esta lluvia nunca cesará no es una película apológica ni se decanta por nadie ni por nada, si hay una idea política, porque en cualquier acción humana la hay, es sin lugar a dudas, la del lado de lo humano, de mirar de frente a todos aquellos que huyen por la guerra, a todos aquellos que, lejos de sus tierras, siguen viviendo la guerra diariamente, de los traumas que deja la guerra, el exilio y estar lejos de todo sin saber donde se está, de todos los espacios oscuros que construyen unos poquísimos y afectan a millones de personas alrededor del mundo, de la guerra como mal eterno de la historia de la humanidad que define mucho nuestra forma de vivir, de compartir y de mirar al otro. Andriy Suleiman es uno de tantos refugiados que cada día abandonan su vida para emprender un camino lleno de peligros y de dolor del que desconocen completamente donde les llevará y que será de ellos, y lo más incierto, si algún día podrán regresar a sus vidas y cuántas vidas costará tanto desastre imposible de detener. Aunque la película no solo muestra desgracia y tristeza, porque también hay tiempo para el reencuentro, para seguir adelante a pesar de todo, y sobre todo, hay tiempo para seguir se esté donde se esté. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rock por mil, de Anita Rivaroli

A VECES LOS SUEÑOS SE HACEN REALIDAD.

“El riesgo es que los guitarristas, por su papel habitual dentro del típico grupo de rock, actúen como unas divas. De todas formas, creo que hemos conseguido enviar un mensaje subliminal: “Hay mil músicos tocando. No hay espacio para el virtuosismo ni para las masturbaciones musicales con el instrumento”. Me interesa Rockin’1000 como experimento “sociomusical”, porque se trata de anular el ego. Es algo muy zen. Yo creo que va a ser muy bueno para los músicos”.

Erase una vez en la localidad de Cesena, al norte de Italia, que un tipo llamado Fabio, biólogo de profesión y rockero de pasión, tenía un sueño. Su sueño era que la banda de rock estadounidense “Foo Fighters” tocará en su ciudad. Y para ello, con la amistad y el trabajo de varios colegas del rock, idearon una aventura de nombre Rockin’1000. La aventura era convocar a mil músicos entre bateristas, guitarristas, bajistas y cantantes para que tocasen el tema del grupo “Learn to Fly” y filmar toda esa experiencia única e irrepetible. Hubo una campaña de crowfunding de donde salieron los gastos presupuestados en más de 40000 euros, un casting vía internet, y llegó el gran día, donde todo fue rodado. Grabaron un video que subieron a youtube que en pocos días alcanzó más de veinte millones de visualizaciones y Dave Grohl, líder de la banda, conoció a Fabio y el grupo y prometieron tocar en Cesena.

La cineasta Anita Rivaroli, natural de Cesena, y graduada en el prestigioso Centro Sperimentale di Cinematografia, con experiencia en cortos y videoclips, amén de autora del videoclip de Roking’1000, es la autora de esta película que documenta no solo la aventura de un grupo de rockeros del norte de Italia, sino el trabajo en equipo, de hacer posibles lo imposibles, y sobre todo, a pesar de la individualidad y superficialidades imperantes de esta sociedad consumida por lo material y la impostura, de tanto en tanto, un montón de gente deciden aparcar sus vidas y sus historias y ponerse al servicio común, a la maravillosa idea cooperativista de todos a una, de trabajar e invertir su tiempo para otros, o mejor dicho, para una causa que les va reportar un bienestar emocional, todo un milagro en los tiempos que corren. Rivaroli crea un documento al uso, con sus respetivos testimonios de todos los instigadores del proyecto, tanto creadores como músicos, y de los otros, todos esos músicos anónimos que arribaron a Cesena con la ilusión y las ganas de ser parte de una iniciativa loquísima y llena de amor y alegría.

Las imágenes nos hablan del inicio del proyecto, sus adversidades, sus continuos problemas económicos y de logística, y de su periplo, su enorme éxito, en que el video resultante se convirtió en un fenómeno mundial, el concierto de Cesena y la larga vida de la experiencia Rockin’1000 ya convertida en una banda de rock que llena estadios de todo el mundo. La película no solo nos habla de la pasión de cada uno, sino de los infinitos caminos de la música, con sus múltiples formas, texturas y variantes de entenderla, experimentarla y de vivirla. Un grupo de mil músicos que no entienden la vida sino es tocando sus instrumentos y hacer mucho ruido, tocar los temas de sus grupos de referencia, y porque no, un día, en la medida de sus posibilidades, pertenecer a esos músicos de rock que tocan en estadios llenos y hacen vibrar a una masa entregada y vital. Rock por mil también nos habla de los sueños, de los sueños de cada uno, de todas esas ideas, ilusiones y demás que nos rondan la cabeza.

La película se centra en todo el trabajo que hay detrás de cada sueño y cada aventura, de todos y todas que los hacen realidad, de todas las posibilidades que nos ofrece trabajar en grupo y crear una comunidad, de esa magnífica idea de creer en algo y llevarlo a cabo con la ayuda de tantos entusiastas como tú, porque en un sistema que continuamente aboga por el yo, es una forma de resistencia crear un nosotros, donde no hay nombres, ni egos ni nada que se le parezca, solo un grupo de mil personas que suman talentos para crear algo bueno, bonito y lleno de esperanza, en una especie de rito sagrado, una mirada espiritual, donde el único fin es pasárselo bien y sobre todo, crear en comunidad, todos y todas a una por y para el rock, porque aunque el mundo siga a lo suyo, o sea, a su inevitable autodestrucción con sus ansias de crecer y crecer y explotarlo a todo y todos, en Cesena, una pequeña localidad del norte de Italia, se lanzaron a una aventura que parecía imposible, un sueño que no solo se hizo realidad, sino que construyó mil realidades y mil formas de hacer música y disfrutar de la vida desde otro ángulo imposible y posible. Ya solo nos queda decir: ¡LARGA VIDA A LOS SUEÑOS IMPOSIBLES Y A LAS PERSONAS QUE LOS SUEÑAN!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Para Chiara, de Jonas Carpignano

LA HIJA DEL FUGITIVO. 

“Siempre he tenido una sensación de que todos estamos prácticamente solos en la vida, particularmente en la adolescencia”

Robert Cormier

Las tres películas que conforman la filmografía de Jonas Carpignano (New York, EE.UU., 1984), se sitúan en la primera juventud, en ese período laberíntico cuando todavía no dejas de ser niño y ya te enfrentas a problemas que te superan, con esas ansías locas de querer ser más mayor y hacer lo que hacen los más mayores. Sus retratos caminan en ese espacio de incertidumbre vital, de crecer a golpes y de sopetón, sin tiempo para pensar, todo sucede muy rápido para las criaturas del director que creció entre Roma y New York, donde sus jóvenes protagonistas se enfrentan a su entorno, siempre hostil y muy cercano, ya que son sus familias, con el propósito de saber y comprender, situaciones que los llevarán a vivir momentos tensos y peligrosos. Pero los adolescentes de sus películas no son chavales que se detengan ante las dificultades, sus deseos de saber les llevarán a derribar todos los obstáculos habidos y por haber, porque ya no pueden volver atrás, a lo que fueron, ahora ya han emprendido ese tránsito a la edad adulta, a darse cuenta de las cosas, a conocer la verdad de los suyos, situación que les hará debatirse entre aquello que aman con aquello a lo que no quieren pertenecer.

En su opera prima, Mediterranea (2015), conocíamos a dos jóvenes de Burkina Faso que se lanzaban a un viaje suicida, en el que pretendían cruzar medio continente para llegar a Libia y de ahí, embarcarse a Italia. A Ciambra (2017), su segundo trabajo, partía de un cortometraje de 2015, ambientado en la ciudad de Gioia Tauro, en Calabria, en el que seguía la vida de Pio, un chaval gitano que quería ser uno más del clan delincuente, y empezaba a sufrir las dificultades de ser uno más. En Para Chiara, vuelve, o mejor dicho, sigue en los ambientes de Gioia Tauro, no muy lejos de la atmósfera de A Ciambra, en un par de barrios más allá, donde conocemos a la familia Guerrasio, una familia calabresa que se dedica a negocios ocultos y desconocidos para la joven. El foco lo sitúa en la mirada y el cuerpo de Chiara, una joven de 15 años, una joven a la que le saltarán todas las alarmas cuando su padre desaparece, y ella, intrigada por el suceso, comenzará a investigar en secreto, preguntando al resto de la familia y yendo donde sea para saber que ha ocurrido con su padre fugitivo.

Carpignano vuelve a contar con muchos de sus colaboradores de sus películas anteriores como el cinematógrafo Tim Curtin, para construir un encuadre desde la perspectiva de Chiara, donde la acompañamos con una cámara de seguimiento, que captura todo lo que ocurre de una forma que fusiona de forma extraordinaria el documento con la ficción, al mejor estilo de los neorrealistas italianos. Una cámara muy cerca de ella, explorando su intimidad, siendo una parte más de cuerpo, descubriendo a la par de ella, sumergidos en ese mundo que desparece con ese otro que va a ir apareciendo muy poco a poco, al igual que el gran trabajo de sonido de Tim Curtin, en una película altamente sensorial y corpórea, donde todo se construye desde fuera, desde el espacio en off, creando constantemente esa sensación incierta y oscura que persigue en el deambular de Chiara, como el ajustado y soberbio montaje de Affonso Gonçalves (habitual en el cine de Todd Haynes y Jim Jarmusch), que intensifica la relación de Chiara con sus dos universos: el que conoce hasta ahora, su familia, sus amigas y su intimidad, y ese otro, el de fuera, el desconocido y lleno de sombras y peligro, a través de planos cortos fusionados con los secuenciales, para crear esa atmósfera cortante y asfixiante de la joven en su inmediata investigación, con esa intrepidez que se cuelga de ella,  y la extraordinaria composición musical del dúo Dan Romer y Ben Zeitlin (del que conocíamos su faceta como director en títulos como Bestias del sur salvaje y Wendy).

El reparto de la película es otro de los grandes trabajos de la película, porque está conformado por un par de familias, la que conforman los Fumo y los Rotolo, entre los que destaca la presencia de Swamy Rotolo, nuestra Chiara, un personaje construido a través de la mirada, con dos partes bien diferenciadas. En una primera, nos adentramos en su intimidad, con esa cercanía, propia del documental, donde conocemos su realidad y sus deseos e ilusiones, y en esa otra, cuando el padre desaparece, donde la fisicidad contamina cada encuadre y plano, porque el movimiento se apodera de todo el relato y su estructura, y donde la inquietud se convierte en personaje principal, y Chiara adquiere todo el protagonismo, donde Carpignano hace un guiño A Ciambra, con la aparición de Pio Amato, el protagonista gitano, donde el cine adquiere toda su importancia, donde el autor se mira a sí mismo, o mejor dicho, el cineasta mira a su universo y éste, inevitablemente, se mezcla casi sin querer.

El italiano-estadounidense ha construido a fuego lento una película que pasa de una volada, que nos tiene en constante tensión sus dos horas de metraje, con esa mirada observadora de la intimidad de esta ciudad de Calabria, o de su periferia, esos barrios donde ocurren tantas cosas y pocos se han atrevido a mirarlas y mostrarlas, y hacerlo con tanta precisión, autenticidad y sin sentimentalismos, ni condescendencias, sino con mirada, cuerpo y piel.  A Chiara es un extraordinario retrato sobre la adolescencia, sobre la familia, y sobre quiénes somos, sobre todo, sobre nuestra identidad, de dónde venimos, donde hemos crecido, y conforma una interesante reflexión sobre las elecciones de la vida, sobre las dificultades de romper con lo que somos, de los nuestros, y decidir nuestra propia vida, a pesar de los pesares y con las pocas herramientas que tenemos a nuestro alcance, porque Chiara solo tiene claro una cosa, aunque quizás todavía hasta ahora no sé lo había planteado, que quiere a su familia, pero también se quiere a sí misma, y las dos cosas no eran incompatibles hasta ahora, a partir de ahora, puede que sí. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Beatles y la India, de Ajoy Bose y Peter Compton

EL VIAJE ESPIRITUAL DE LOS CUATRO DE LIVERPOOL.

“Al final, estás tratando de encontrar a Dios. Ese es el resultado de no estar satisfecho. Y no importa cuánto dinero, o propiedades, o lo que sea que tengas, a menos que estés feliz en tu corazón, entonces eso es todo. Y, desafortunadamente, nunca se puede obtener la felicidad perfecta a menos que tengas ese estado de conciencia que lo permita”

George Harrison

En febrero de 1968, los componentes de The Beatles: John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, junto a sus esposas, amigos y sequito, llegaron a Rishikesh, en el norte de la india, para un retiro espiritual en el santuario de Maharishi Mahesh Yogi. Los cuatro jóvenes veinteañeros de Liverpool ya era la banda de música popular más famosa del planeta. A sus espaldas cargaban 13 discos, gran cantidad de conciertos alrededor del mundo y unas ventas millonarias que no cesaban de aumentar. Pero toda esta relación de The Beatles con la India había comenzado tres años atrás de la mano de George Harrison, gran aficionado a la música hindú, que introdujo en los álbumes del grupo el instrumento tradicional de sitar, y a uno de sus más virtuosos, el músico hindú Ravi Shankar.

La música vino acompañada por la meditación trascendental y el grupo llegó a la India aquel febrero del 68 para un retiro espiritual para encontrarse con ellos mismos y olvidarse del mundo y sus legiones de fans que no les dejaban un segundo. Unas sesenta personas, entre ellas la actriz Mia Farrow y Mike Love de The Beach Boys, entre muchos otros, se encontraron escuchando, meditando y conviviendo en la casa del Maharishi Mahesh Yogi. Los debutantes Ajoy Bose, bengalí-india, periodista de profesión, corresponsal del diario The Gaurdian en la India, y conocedora de The Beatles, ya que publicó el libro “Across the Universe_ The Beatles in India”, en 2018, y Peter Compton, que ha trabajado casi medio siglo en la industria discografíca y el video, y productor ejecutivo de otro documental de la banda que tenía de título It Was Fifty Years Ago Today – The Beatles: Sgt. Pepper & Beyond (2017), han recopilado infinidad de imágenes de archivo, recogido testimonios valiosos de descendientes y expertos en The Beatles, y han filmado en los restos del santuario, ahora convertido en museo, para ilustrar el paso de la banda por ese lugar y todo lo que ocurrió.

Se ha hablado mucho de lo prolífica que fue la estancia del grupo en la India, de la que nació uno de sus mejores discos, el “The Beatles”, que se conoce coloquialmente como “White Album”, pero desconocíamos todos los detalles, matices y (des) encuentros que sucedieron en aquel lugar. La película nos habla del antes y del durante, y lo hace a modo de intenso y apabullante caleidoscopio donde se va creando un mosaico de imágenes, fusionadas con las voces de los cuatro de Liverpool, y los abundantes testimonios indios que se cruzaron con ellos o los hijos de los que sí se los trataron. El documento, interesantísimo aborda desde la sencillez y la naturalidad de los cuatro tipos, alejados de todo el oropel y popularidad que los seguí allá donde iban, a los que conocemos desde otro punto de vista, sus relaciones y sus distancias y todo lo que les rodea. La película muestra otra faceta de ellos, muchísimo más desconocida, haciendo un repaso de aquellos años, hablándonos de la fama y sus peligros, su fascinante encuentro con la música hindú, y sus creadores, y su viaje mental por el país, y sus turbulencias en la amistad con el Maharishi, aunque los testimonios en este aspecto no llegan a ninguna conclusión, el hecho es que algo hubo, y lo que hubo los distanció.

The Beatles y la India es un documento extraordinario, fascinante e hipnótico sobre el período más artístico, humanista e importante de The Beatles, y del que se conocía poco o nada, o se conocía a través de otros, que inventaron. Ahora, el trabajo respetuoso, concienzudo y ordenado de la pareja Bose y Compton consigue un documento de grandísima importancia no solo para muchos seguidores de la banda, entre los que me incluyo, sino de todos aquellos que alguna vez en su existencia se han planteado en conocerse y descubrirse su mundo espiritual, mucho más intenso que el mundo físico y material. Conoceremos todo lo que influyó a los cuatro músicos, en su etapa más prolífica artísticamente hablando, que por otra parte, también significó el principio del fin, con la disolución del grupo dos años más tarde, apenas diez años de vida que no solo revolucionaron la música popular de la segunda mitad del siglo XX, sino que además, cambiaron las reglas del juego de la industria musical y se creó el fenómeno de los fans, hasta ese instante no de la multitud planetaria que se vivió con The Beatles. No dejen de ver The Beatles y la India, no por la música de The Beatles, sino por todo lo que significó para ellos conocer el país asiático y sobre todo, su cultura y su mundo espiritual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA