La escala, de Delphine y Muriel Coulin

LAS SOLDADOS HERIDAS.

La segunda película de las directoras y hermanas francesas Delphine y Muriel Coulin vuelve a centrarse en un relato femenino, como ya hicieran en su opera prima 17 filles (2011), que planteaba una película donde 17 adolescentes se quedaban embarazadas a la vez, en el que planteaban un conflicto interior y una ruptura con lo establecido. En Voir du pays (que podríamos traducir como “Ver mundo”, en clara ironía, ya que la soldado añade que poca cosa han podido conocer de Afganistán) basada en la novela de Delphine, vuelven a sumergirse en un retrato femenino, en este caso, en las dos miradas de las únicas mujeres de un batallón de soldados que han pasado 6 meses destinadas en Afganistán. La película arranca en el avión de vuelta a Francia, aunque harán tres días de escala en un lujoso hotel en Chipre. Allí, el grupo de militares participará en el proceso de descomprensión, o sea, sesiones de terapia psicológica (a través de simuladores de realidad virtual) para enfrentarse a sus traumas bélicos, y todo aquello que les inquieta y perfora anímicamente. También, cómo no, tendrán tiempo libre, un tiempo que lo emplean en practicar deporte, bailar, beber y sobre todo, en enfrentarse entre ellos, en rememorar y abrir heridas no cicatrizadas de lo acontecido en la guerra.

Delphine y Muriel Coulin construyen una película sobre lo femenino, sobre como dos mujeres, muy diferentes entre sí, Aurore, más reflexiva y reservada, y Marina, más explosiva y guerrera, amigas desde la infancia, han dejado su ciudad de provincias de pocas oportunidades, y se han alistado al ejército a conocer mundo y a vivir una realidad muy diferente a la que finalmente se encuentran. Desde la falsa idea de compañerismo entre los soldados, las rivalidades hombrunas por el hecho de ser mujeres, y el machismo imperante que las arrincona y las mantiene en constante alerta debido al acoso de sus compañeros. Las realizadores francesas cimentan su relato en un guión de hierro, que maneja  con acierto la luz luminosa y agradable del hotel y Chipre (excelente cinematografía de Jean-Louis Vialard) con los sentimientos oscuros y trágicos que encierran los soldados, mezclando con intensidad y brillo las sesiones durísimas de terapia (donde los/las soldados se enfrentan al dolor que vivieron en la guerra, y los conflictos que se generan entre ellos, algunos quieren guardar silencio y otros, hablarlo, además de las diferentes posiciones que mantiene cada uno de ellos).

Por otro lado, las diferentes actividades, muy físicas, para calmar la tormenta interior que vive cada uno de ellos, y su manera de gestionar sentimientos contradictorios y complejos, donde los soldados se encuentran sin espacio para la tranquilidad y la paz, y hacen lo posible por mantenerse ocupados, haciendo todo tipo de actividades, tanto conjuntas como individuales, aunque todas ellas, destaparan los conflictos que mantienen, tanto como ellos como con los demás, y lo sucedido en la guerra, llevándolos a un estado de tensión y asfixia constante que les deja sin aire, y sometido a una presión ante ellos, sus compañeros y sus superiores, que ante todo, quieren y desean maquillar todos sus traumar y reajustarlos a su “vida tranquila”, como si tamaño conflicto se pudiese solucionar en tres días rodeados de un lujo falso, porque el país escogido, dominado por griegos y turcos, significa la frontera de Europa, y su fracaso, de no construir un continente en paz, sino desigual y oprimido.

Otro de los grandes aciertos de esta emocionante y catártica película, es el plantel de intérpretes, encabezados por Ariane Labed (habitual de Lanthimos) crea un personaje sincero, de los que prefieren hablar, de los que no tienen miedo a explicar lo vivido, aunque eso signifique romper con aquello que sentían y les haga tomar caminos diferentes, y Soko, la cantante y actriz, que es la otra cara, ese personaje inquieto, silencioso, que prefiere callar, y así, de esa manera, dejar pasar, aunque a veces hay situaciones que no las entierra el tiempo, si tú no eres capaz de agarrar una pala y comenzar a cavar, y el grupo de soldados, una mezcla de actores y ex soldados, que consiguen crear ese ambiente enrarecido y malsano instalado en el grupo, en ese hotel de lujo, aparentemente para curar heridas, pero hay heridas demasiado profundas para curarse entre algo de terapia, escarceos amorosos, algunos polvos, cuatro risas y  apresuradas copas, algunos traumas psicológicos necesitan hablar mucho y sobre todo, tiempo para reflexionar en lo ocurrido y en cómo nos sentimos con aquello.

The Limehouse Golem, de Juan Carlos Medina

AQUÍ ESTAMOS DE NUEVO.

La película se abre en el interior de una sala barroca de music hall donde un actor, el popular Dan leno, disfrazado de mujer muy burdamente, comienza el relato de unos asesinatos ocurridos años atrás, cuando en el barrio londinense de Limehouse acontecieron una serie de crímenes atroces que mantuvieron en vilo a toda su población. Basada en la novela “Dan Leno and he Limehouse Golem”, escrita por Dan Ackroyd en 1994, y adaptada por la prestigiosa guionista Jane Goldman (autora, entre otras, de La mujer de negro y El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, o la nueva saga de X-men) nos enfrenta a dos vías de investigación, por un lado, la muerte de John Cree, fracasado dramaturgo casado con Elizabeth “Lizzie” Cree, ésta última exitosa actriz de music hall, que es acusada de su asesinato por envenenamiento. Y por el otro, los asesinatos cometidos en el barrio, sin aparente ligazón, pero todos ellos comparten que el asesino dibujó una gran letra “M” en la escena del crimen (referencia al clásico M, de Fritz Lang, donde también se andaba tras la pista de un asesino, en ese caso de niñas en la Alemania pre nazi). La investigación es encargada al inspector maduro John Kildare en una encerrona. Sus pesquisas lo llevan a un libro escrito más de medio siglo atrás, “El asesinato considerado como una de las bellas artes”, de Thomas De Quincey, donde una serie de pistas lo conducirán a esclarecer la identidad del asesino.

Juan Carlos Medina (Miami, EE.UU., 1977) que ya dio buena cuenta de su buena mano en el género de terror y suspense con Insensibles (2012), su opera prima, en la que mezclaba realidad y ficción con un relato oscuro y siniestro que destapa un caso terrible con niños durante la guerra civil española. En su segunda película, hace propio un guión ajeno para convertir una historia convencional en un trabajo serio, personal y profundo, que nos traslada al Londres victoriano de 1880, y más concretamente a Limehouse, uno de aquellos barrios llenos de miseria, inmoralidad, prostitución, suciedad, y mucha gente de baja estofa, donde los asesinatos estaban a la orden del día. En ese ambiente lúgubre, de calles malolientes, tabernas ruidosas, y cuartuchos insalubres, se sitúa la película, teniendo el teatro de music hall como uno de los escenarios principales, donde las obras actúan como reflejos de los ocurre fuera nutriéndose de sus relatos macabros. Kildare se obcecará con salvar la vida de la joven Lizzie, creyéndola inocente de la acusación de asesinato de su marido, mientras que su jefe le hostiga para que encuentre al asesino apodado por la prensa sensacionalista, como Golem (nombre basado en el ser mitológico de la cultura judía, un gigante de barro para defender los edificios de ataques antisemitas).

El director español, plantea una película de interiores, con colores etéreos y oscuros, de gran ritmo y muy agobiante, que asfixia y encoge el alma, de ahí sus planos tan cercanos, que siguen el sudor y las dudas de cada personaje, en un ambiente malsano, de pobreza moral y también física, en el que todo sucede de manera macabra y terrible. Aunque la película se presenta de manera lineal siguiendo el curso de la investigación, hay algunos flashbacks, que nos remiten al pasado tortuoso y miserable de Lizzie, y no sólo seguimos el punto de vista del inspector en su trabajo, sino que escuchamos la narración de Lizzie y todos los sucesos que le llevaron de ser una pobre criatura de los muelles (como la Lillian Gish en Lirios rotos, de Griffith) a convertirse, primero en una gran actriz del music hall y luego, ser la esposa de Cree, aunque permitiendo que la visitara su amante, la acróbata Aveline Ortega. Medina conjuga de forma admirable los distintos escenarios, la investigación policial, los secretos inmundos y las relaciones de los diferentes actores y demás en el teatro, y sobre todo, la miseria moral que reinaba en aquella época, donde todo valía y nadie, absolutamente nadie, estaba libre de caer en las trampas de la corrupción, el chantaje, el deseo o los arducias más siniestras.

Un plantel de intérpretes de auténtico lujo capitaneados por Bill Nighy, dando vida al inspector serio, sagaz y paternal con Lizzie (que recuerda al inevitable Holmes, o a la inteligencia de Laughton en Testigo de cargo) Lizzie, la cándida e inocente actriz traspasada por los acontecimientos, a la que interpreta Olivia Cooke, surgida de la serie Bates Motel, Avelina Ortega, la amante de Cree y rival de Lizzie, interpretada de manera sensual y elegante por María Valverde, Douglas Blooth da vida a Dan Leno, el actor de music hall que actúa como testigo y trovador de las historias que se suceden en el barrio, y las buenas actuaciones de Sam Reid (como el desdichado John Cree), Daniel Mays (como el agente bonachón y fiel escudero del inspector) y finalmente, el siempre efectivo Eddie Marsans, como propietario del teatro que guarda un secreto escabroso. Medina se inspira en los grandes de la cinematografía británica como Hitchcock, Powell, Russell, la Hammer, etc…, y la novela victoriana de Stoker, Poe y compañía, para conseguir ese ambiente malsano y lúgubre que acompaña toda la película, en un interesante y angustiante thriller con toques sociales, en el que las relaciones oscuras y viles entre los personajes ayudan a darle ese toque terrorífico que tanto ayuda a la película, con un grandísimo trabajo de luz y arte, que cimenta ese submundo de miserables y arpías que se mueven por un fajo de libras o por mucho menos.

Angry Inuk (Inuit enfadado), de Alethea Arnaquq-Baril

LOS INUIT: VIDA, LUCHA Y ESPERANZA.

“Debemos frenar el prejuicio cultural que se nos impone y no nos permite beneficiarnos de nuestro entorno natural sin tener que perforar el suelo… Eso es lo que queremos como pueblo”

En 1922 Robert J. Flaherty dirigió Nanuk, el esquimal, un documento antropológico, considerado el primer documental de la hsitoria, que reivindicaba y daba a conocer las durísimas condiciones de vida de los inuit en el Ártico (en las tundras del norte de Canadá, Alaska y Groenlandia) y su forma de vida naturalista y ancestral indígena que vivía de la caza de las focas, por su carne y comercialización de pieles. Ahora, casi un siglo después, ese tipo de vida se ve seriamente amenazada por la tremenda oposición de las grandes organizaciones animalistas internacionales que promueven campañas millonarias en contra de la caza de las focas, aunque hay excepciones para la comunidad inuit, pero paradójicamente, esos movimientos promueven la prohibición de comercializar con las pieles, elemento comercial básico para la subsistencia de los inuit. La directora Alethea Arnaquq-Baril, inuit de nacimiento, coge la cámara y siguiendo con su filmografía, vuelve a mostrarnos su cultura, su vida y sus gentes, como ya hiciera en su anterior largo Tunniit: Retracing  the  Lines  of  Inuit  Tattoos, donde daba buena cuenta del espíritu inuit, reivindicando su forma de vida, y sus necesidades vitales para su subsistencia ante leyes que les obligan a su casi desaparición.

Arnaquq-Baril nos sitúa en Kimmirut, en el territorio de Nunavit, en el Ártico canadiense, en la zona más extensa de Canadá, en un paisaje helado, de temperaturas extremas y durísimas condiciones de vida, arrancando su película de forma antropológica, mostrándonos la forma de caza de los inuit, acompañando a un pariente y su nieto en su cotidianidad, donde después de cazar una foca, todo el proceso de despiece del animal, y la utilización de las diferentes partes, la comida entre familiares, la venta de otras partes, y la preparación de la piel para finalmente venderla. Un proceso que contribuye a la preservación del ecosistema y la forma de vida de la comunidad inuit. Después, nos habla de un poco de la historia de los inuit, cómo ha evolucionado el ajetreado siglo XX en la comunidad, donde han tenido que hacer frente al impecable contaminación del capitalismo que les ha llevado a cambiar de tierras, verse hostigados por las multinacionales porque su tierra es rica en minerales, tales como el petróleo y el gas, y hacer frente a los elementos naturales, en un ambiente sumamente hostil, helado, y temperaturas que alcanzan más de -30º. Ante este panorama, la comunidad se ha movilizado y ha viajado hasta Europa para reivindicar su forma de vida, y protestar contra leyes que atentan ante su futura existencia. La película arranca en el año 2008 y finaliza en el 2016, después de seguir un itinerario viajero que lleva a algunos representantes de los inuit, entre ellos la propia directora, que llevan una campaña a favor de la caza de focas, explicando las campañas internacionales ecologistas que utilizan las focas para enriquecerse y favorecer a grandes multinacionales que comercializan con otro tipo de animales.

Una comunidad pequeña, aislada, que se caracterizan por su vida solitaria, tranquila y sosegada, intentan hacer ruido para que la comunidad internacional (Unión Europa) les haga caso y les ayuden a mantener su estilo de vida, donde la caza de focas es primordial. La directora inuit coloca su cámara en su campaña de protesta, en sus viajes, en las entrevistas con parlamentarios europeos, concentraciones, y demás actos políticos, pero no olvida, mostrar la forma de vida de sus paisanos, en su día a día, y lo hace desde la sencillez y la honestidad, capturando cada detalle, cada mirada, situándonos en el centro de la acción, desde la modista que hace sus diseños con piel de foca, los cazadores que hacen lo imposible por mantener a su familia, y los estudiantes universitarios que colaboran para que su comunidad siga latiendo y tenga un futuro digno, en una película sobre un modo de vida invisible, pero muy humanista, donde hay cabida para la política, lo social, lo cultural y lo económico, parte fundamental para la subsistencia de cualquier modo de vida del mundo, aunque algunos políticos y empresarios opinen de diferente manera, sin profundizar en la cuestión, aplicando leyes que sólo benefician a las grades empresas, sin tener en cuenta a las comunidades indígenas que plantean una forma de vida diferente y saludable con su entorno.

Verónica, de Paco Plaza

¿HAY ALGUIEN AHÍ?.

«En  Madrid,  a  principios  de  la  década  de  los  90,  se  registraron  una  serie  de  sucesos paranormales que tuvieron un amplio eco en los medios de comunicación y un fuerte impacto  en  la  sociedad  española  del  momento.  Esta  película  está  inspirada  en  dichos acontecimientos-”.-

Cuenta el más anciano del lugar que, a principios de los 90, en un barrio del extrarradio como Vallecas, entre altos edificios de color ladrillo rojo, uniformes escolares, colegio de monjas, ambientes grises, walkman, riejus, anuncios de televisión, padres ausentes y eclipses solares, vivió una joven llamada Verónica, una chica en los albores de la pubertad, en ese camino de tránsito entre la infancia que se acaba y la pubertad que va mostrándose. Una chica que debido al trabajo de su madre Ana en un bar durante todo el día, debía hacerse cargo de sus hermanos pequeños, dos gemelas inquietas y rebeldes, y el pequeño Antoñito. Un tiempo, en el que Verónica, según cuentan, y después de asistir a una sesión con la ouija con dos amigas, para invocar al padre muerto, se vio sometida a una serie de sucesos paranormales que trastocaron su propia existencia y la de los suyos.

El 7º título de la carrera de Paco Plaza (Valencia, 1973) exceptuando algún que otro documental musical, y centrándonos sólo en su género preferido: el terror. Un género que le ha llevado a la cima con una saga antológica en nuestras pantallas, Rec, que se presentó en el 2007, con una cinta que dirigió junto a Balagueró, y le siguieron las secuelas, dirigidas en solitario por Plaza, donde se despertó de nuevo al subgénero de los zombies, pero el director valenciano arrancó su andadura como director con la interesante El segundo nombre (2002) basada en una novela de Ramsey Campbell (otra novela suya sirvió de inspiración a Balaguero para su Los sin nombre), una película rodada en inglés, donde una joven descubría el pasado oscuro de un padre al que creía un santo, le siguió Romasanta (2004) sobre los asesinatos de un hombre lobo del norte, y para televisión, dentro del homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, en la serie “Películas para no dormir”, realizó Cuento de navidad, donde una serie de niños dejaban su candorosa infancia para convertirse en sedientos justicieros, y luego la saga Rec.

En Verónica, Plaza parece volver a sus orígenes, que ya apuntaban El segundo nombre y Cuento de navidad, donde a través de historias cotidianas, pocos personajes, una atmósfera intensa y un terror in crescendo, se centraba en sucesos muy inquietantes que traspasaban los límites del terror, construyendo obras de gran calado cinematográfico a partir de elementos domésticas y lugares comunes con un sello personal y muy oscuro, inspirándose en los grandes del terror. Ahora, nos enfrenta a una serie de sucesos paranormales, situándonos en un piso cualquiera de esos edificios altos de un barrio cualquiera, en el que una chica, la Verónica del título deberá enfrentarse a dos miedos: el paranormal, donde un espíritu maligno se ha apoderado de ella y de sus hermanos, y el otro miedo, este físico, donde se convertirá en mujer, dejando la infancia acomodada, y teniendo que asumir responsabilidades en su familia haciéndose cargo de sus hermanos pequeños. Plaza nos sitúa en los albores de los 90, concretamente en el 1991, en la España preolímpica, y acota su relato en tres días, los que van del 12 al 14 de junio, de un jueves a un sábado de madrugada, en unos sucesos paranormales que asolaron Vallecas en aquellos años, basándose en los informes reales del inspector encargado de aquellos casos.

El realizador valenciano crea esa atmósfera gris desde su primer instante, como viene anunciando el breve prólogo, de cuidada factura, en el que en una pantalla en negro, escuchamos la llamada de teléfono de socorro de la niña a la policía la noche de autos, inmediatamente, vemos coches de policía que cruzan la ciudad nocturna y lluviosa hasta llegar al piso, y nos sobrepasa un grito aterrador mientras miramos los rostros atónitos de los policías, y de ahí, abre al rostro de la protagonista que lentamente se despierta. La película está contada a través de la mirada de Verónica, la adolescente fan de “Héroes del silencio”, que escucharemos en su primer camino a la escuela con sus hermanos, el “Maldito duende”, después volveremos un par de veces más a los Héroes con el tema “Hechizo” en su parte final, y también, habrá otro momento para “El rompeolas” de Loquillo y los suyos. Verónica se mueve en ese tiempo de incertidumbre, de cambios hormonales y físicos, de dejar un tiempo sin fin a otro tiempo, el de la adolescencia, donde todo cambiará, donde se hará mujer (como ilustra una de las secuencias de la películas) en el que lo que empieza siendo un juego se convertirá en unos sucesos malignos que se apoderarán de ella, y la llevarán a un aislamiento mayor, si la ausencia del padre muerto, y la madre trabajadora, ya lo habían convertido en cotidiano.

Plaza construye su trama a partir de dos caminos, si bien, la película arranca como un drama social, en su primera mitad, donde una joven se ve inmersa en cambios y su ya citado aislamiento, y descubrimiento interior, en su segundo bloque, la película se centra en los sucesos paranormales, en el piso donde viven, la presencia de espíritus malignos, puertas y ventanas que se abren y cierran inexplicablemente, manchas oscuras, y movimientos de objetos, etc… Acontecimientos que Plaza va introduciendo lentamente, sin prisas, cogiendo al espectador de la mano y apretándosela cada vez más fuerte, sumergiéndole en un estado de ansiedad y angustia, al unísono de su protagonista, sin muy bien saber que ocurre y porqué. La película no deja de lado sus inspiraciones haciéndolas visibles como el giallo itanliano, con Argento a la cabeza, el universo Carpenter, las obsesiones entre fantásticas y domésticas del cine de los setenta de Saura, en especial Cría Cuervos…  (1975), del que realiza un sentido homenaje, y además, Ana Torrent, aparece como madre y llamándose Ana, y a Chicho Ibáñez Serrador y su maravillosa ¿Quién puede matar a un niño?

El inmenso trabajo de la debutante Sandra Escacena genera ese estado de caos emocional que vive la protagonista, esta princesa atrapada en un infierno doméstico del que no sabe ni como se ha metido, y sobre todo, como escapar de él. La mirada de la chica ahonda en ese descenso al infierno que es la película, su inocencia interrumpida y expuesta a los peligros de la edad adulta, desconociendo como hacer. La inmensa presencia de la gran Consuelo Trujillo (como la Hermana Muerta, en un cruce de la Mrs. Danvers de Rebeca, de Hitchcock, o el venerable Jorge de El nombre de la rosa) una monja ciega, que parece salida de ultratumba, en una presencia mágica y alucinante de la película, y el buen hacer de los niños, creíbles y fantásticos los tres pequeños, sin olvidarnos de las secundarias, la ya mencionada Torrent, y las Leticia dolerá y Maru Valdivieso, que ya habían formado parte del universo Plaza. Un universo inquietante, oscuro, maligno, donde las pesadillas más aterradoras nunca están fuera, sino en nuestro interior, en ese caos inmenso de emociones, angustias y miedos.

El cine de fuera que me emocionó en el 2016

El año cinematográfico del 2016 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- EN EL SÓTANO, de Ulrich Seidl

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2.- LOS ODIOSOS OCHO, de Quentin Tarantino

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3.- EL HIJO DE SAÚL, de László Nemes

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4.- CAROL, de Todd Haynes

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5.- NUESTRA HERMANA PEQUEÑA, de Hirokazu Koreeda

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6.- AHORA SÍ, ANTES NO, de Hong Sangsoo

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7.- LA VENGANZA DE UNA MUJER, de Rita Azevedo Gomes

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8.- MÁS ALLÁ DE LAS MONTAÑAS, de Jia Zhang Ke

Jia Zhang Ke, uno de los autores más brillantes del actual panorama internacional, responsable de obras tan contundentes y demoledoras como The world, Nauraleza muerta o Un toque de violencia, vuelve a desmembrar y profundizar sobre la historia reciente de China bajo el prisma político, social y cultural, y cómo todos esos cambios han afectado a sus habitantes. La película se centra en Tao y sus dos amigos de la infancia, Zhang, prometedor propietario de una gasolinera, y Lianzi, minero en condiciones laborales durísimas. Estamos a finales de 1999, cuando Hong Kong se independizó y formó parte de China, cuando Tao elige como marido a Zhang y dejan de ver a Lianzi. Pasan los años, y nos encontramos en el 2015, y Tao y Lianzi vuelven a encontrarse, y aún existe otro capítulo, el que nos lleva al año 2030 cuando conocemos al hijo de Tao y Zhang que vive en el extranjero. Zhang Ke cuenta a través de tres momentos los avatares de tres personas que se separaron y volvieron a juntarse en medio de la profunda transformación sufrida por China, desde el prisma comunista hasta el capitalismo, haciendo hincapié en todo aquello que tenían, que anhelaban y sobre todo, en aquellas cosas que perdieron por el camino. Un melodrama excelente que equilibra de forma magistral lo íntimo y lo colectivo, la historia de tres amigos inmersos en los cambios políticos, económicos y sociales del país en el que viven, que cuenta con una maravillosa interpretación de Tao Zhao, musa del director.

9.- REGRESO A CASA, de Zhang Yimou

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10.- CABALLO DINERO, de Pedro Costa

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11.- ELLE, de Paul Verhoeven

Paul Verhoeven, prolífico autor holandés, después de su amplio periplo en la industria estadounidense, y embarcarse en su país en una historia sobre el colaboracionismo nazi en El libro negro, parece volver a sus orígenes componiendo una película sobre oscuras perversiones sexuales como en sus primeros filmes. Tomando como inspiración la novela de Philippe Djian, y contando con la maravillosa interpretación de una magistral Isabelle Huppert, parte de una situación terrorífica como es una violación al personaje de Huppert, Michelle. Verhoeven traza un magnífico thriller erótico sobre nuestras perversiones sexuales más profundas y oscuras, además de una comedia sobre las costumbres hipócritas y miserables de ciertas clases acomodadas en el seno de un barrio de lujo en Francia. La película de gran carga psicológica y social se mueve entre personajes que mienten y engañan a los otros y a ellos mismos, que se mueven entre las apariencias que ofrece el lujo y la riqueza, pero en el fondo, son incapaces de desarrollar abiertamente sus pasiones e instintos más mundanos o bajos, creyéndose un mundo donde todo lo mueve el dinero, y la familia es un objeto como otro, simplemente para guardar las apariencias de una vida que en el fondo está vacía y es inmensamente triste. Una de las películas del año por su mezcla de géneros, sus ambientes malsanos, donde se destapa una violencia brutal y reprimida, convirtiéndose en uno de los grandes títulos en la carrera tanto como de Verhoeven y Huppert.

12.- PATERSON, de Jim Jarmusch

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13.- LA DONCELLA, de Park Chan-wook

Park Chan-wook, uno de los más brillantes directores asiáticos de la última década, se sirve de la inspiración la novela de la británica Sarah Waters (especializada en erotismo femenino) para situarnos en la década de los 30 en la Corea colonizada por Japón, donde una joven Sookee entra a trabajar como criada en una mansión lujosa para atender a Hideko que vive rodeada de lujo, pero atrapada por su pervertido y sádico tío. Chan-wook toma como referencia la estructura del clásico Rashomon, de Kurosawa, para contarnos un relato construido a partir de tres voces, tres puntos de vista que nos adentrarán en un mundo perverso, erótico y malvado, donde todos parecen decir la verdad y mentir al mismo tiempo. Gracias a un estetecismo brillante, acompañado de una ambientación de lujo, un terrorífico juego de miradas y sombras, el director surcoreano se destapa con una trama de violencia soterrada, pero donde la venganza (leit motiv de su filmografía) vuelve a tener protagonismo en un perverso juego de espejos, en el que las identidades van cambiando y mutando según las circunstancias. Chan-wook combina con audacia y brillantez los diferentes géneros, construyendo un mosaico infinito que camina entre el thriller erótico (con magníficas secuencias sexuales) el terror, el misterio, e incluso el melodrama más íntimo y conmovedor, dentro de un paisaje sucio y concomido, donde los cuatro personajes que pululan por la trama están sedientos de sexo, dinero y venganza, sin importarles su cruel moral para llevarlos a buen término.

14.- THE NEON DEMON, de Nicolas Winding Refn

Nicolas Winding Refn, director danés con una decena de títulos en su filmografía, autor controvertido por desarrollar una estética efectista y  deslumbrante, donde la música electrónica y vanguardista tiene su protagonismo, al servicio de relatos llenos de violencia cruel y extrema, ha creado una narrativa rompedora y provocadora, donde sus personajes, sobre todo, violentos asesinos, se mueven por lugares malsanos, perversos y terroríficos de los submundos de las drogas, la prostitución y la violencia sin sentido. Logró un inusitado éxito con Drive, en la que a partir de la película The driver, de Walter Hill, desarrollaba una trama de amor, violencia y segundas oportunidad contando con la excelente composición de su pareja protagonista, Ryan Gosling y Carey Mulligan. Ahora, nos llega  con un relato ambientado en Los Ángeles, ciudad donde llegan miles de jóvenes con la esperanza de hacerse un hueco en el mundo del espectáculo, a medio camino entre la sordidez de Lynch o Cronenberg, y los ambientes aparentemente dulces de la riqueza y el lujo, tan propios de la ciudad en cuestión. Winding Refn sigue a Jesse, una angelical y joven pueblerina que arriba con el deseo de convertirse en una súper modelo. El director danés construye su película de forma abstracta, casi onírica, donde todo parece desarrollarse desde un lugar mágico y terrorífico a la vez, combinando los sucios moteles regentados por tipos siniestros, o las fiestas de lujo ambientas en una mansión propia de los cuentos de hadas dirigidas por la bruja de Blancanieves. La brillante composición de Elle Fanning convierte la película en una suerte macabra y perversa de “La caperucita roja”, donde los lobos que acechan son aquellas rivales que también ansían el mismo puesto, y harán lo imposible para arrebatárselo.

 

 

 

Abracadabra, de Pablo Berger

¡ESTÁS BAJO MI PODER!.

“Tus ojos pesan… Tienes sueño, mucho sueño…”

Uno de esos barrios cualquiera del sur de Madrid, uno de esos espacios periféricos quebrados por alguna carretera de circunvalación que dosifica la gran urbe, uno de esos barrios con edificios colmena sin fin atestados de pisos y miles de historias, cafeterías en las que los cafés con leche y porras son lo más demandado por la concurrencia,  donde se ve mucha tele, hay matrimonios que fingen quererse y hay adolescentes enteraos llenos de pircing, además, se suele comer frente a la tele comiendo riquísimas tortillas de patata con cebolla o algo frito para variar. En este ambiente, tan cotidiano y mundano, sitúa Pablo Berger (Bilbao, 1963) su tercer largo, un ambiente muy propio de su cine, como ya dejó claro en sus interesantes cortometrajes, antes de debutar en el 2003 con Torremolinos 73, comedia esperpéntica ambientada a principios de los 70 en mitad del tardofranquismo, donde una pareja desdichada se dedicaba al porno casero para salir de sus aburridas y precarias existencias, le siguió, casi una década después, Blancanieves (2012) una película completamente diferente, filmada en blanco y negro, muda, que recreaba el cuento de los Grimm ambientándose en la España cañí de los 20. Cinta que acumuló un gran éxito, tanto de crítica como de público.

Ahora, llega con un filme en las antípodas del anterior, como una vuelta de tuerca, algo así como el reverso tenebroso del espejo, acercándose más al paisaje de la España de barrio y cutre de sus cortos, y que también pululaba por su opera prima. El conflicto a priori parece bastante disparatado y también, delirante, a saber, un tipo, Carlos, albañil, rudo y de malos modales con los suyos, se desvive por su Real Madrid, y anda a la greña constantemente con su mujer, Carmen, una bondadosa que se desvive por él, y aguanta y aguante, se encuentra deprimida y vacía, aunque ella no lo sabe. Y la hija de ambos, adolescente en plena revolución hormonal, que se cree mucho y no llega a nada, propio de la edad. Pues eso, un día van de boda, un sobrino de ella, y durante el convite, Pepe, primo de ella, aniñado, de ropa ochentera, enmadrada y secretamente enamorado de su prima, aunque ellos lo saben, pues que Pepe, guardia de seguridad de profesión, pero mentalista de sentimiento, hipnotiza a Carlos y parece que algo sale mal, y desde ese instante, Carlos se comporta de manera diferente, tiene alucinaciones y todo empieza a irle mal, aunque su mujer empieza a sentirse muy atraída por la nueva personalidad de su marido o quién sea.

Carmen y Pepe, con los sabios consejos del Dr. Fumetti, mentor de Pepe y aprovechado en todo lo que se menea, se lanzan a una aventura que les llevará por una cafetería de la Gran Vía, al barrio de Carabanchel a desenterrar a un fiambre, a una sala de fiestas a bailar desenfrenadamente o a un salón de fiestas que oculta un pasado siniestro. Berger construye una película casi atemporal (exceptuando el partido de fútbol actual) donde la gente viste muy de ahora, pero también, muy ochentera, sobre todo, Pepe, que parece Pepito Grillo, el que siempre está ahí para lo que haga falta. El cineasta bilbaíno navega por diferentes géneros, creando un batiburrillo que salta sin complejos y con mucho acierto, de un género a otro, de forma sencilla y honesta, sin aspavientos ni filigranas técnicas, casi de una secuencia a otra, creando ese viaje lunático y muy disparatado, con momentos delirantes, que nos lleva desde la comedia negra, el costumbrismo social, el policíaco de investigación, lo fantástico, o el terror (el momento Villagrán mostrándose el piso del muerto es impagable) o los momentos más absurdos (como el piso naif de Javivi, donde se juega a los enredos inequívocos), aunque todo ello para descubrirnos una historia de amor, una de amour fou, una historia bonita y emocionante, donde una mujer, de vida deprimente, redescubre a alguien, que se parece a su marido, y vuelve a ilusionarse, aunque ella misma tenga la cabeza hecha un lío.

Berger vuelve a construir un relato desde lo femenino, como hiciera en sus anteriores trabajos, casualmente, otra Carmen, la de Torremolinos 73, tomaba las riendas para llevar a cabo su sueño, en Blancanieves, eran la madrastra, interpretada por Maribel Verdú, y la protagonista, la que rivalizaban durante todo el metraje. Ahora, es el turno de Carmen, una mujer de cuarenta y tantos, de buen ver, que hará lo imposible para recuperar a su marido de ese espíritu maligno o no que se apoderado de él. El cineasta vasco se inspira desde la comedia clásica hollywoodiense que le dio al terror una forma de comedia fantástica donde los espíritus burlones y las brujas mágicas hacían de las suyas, o más cercanos, desde la literatura esperpéntica y social de los maestros, o las comedias negras escritas por Azcona, o incluso el cine de Lazaga, con sus comedias costumbristas que daban buena cuenta de una idiosincrasia española reprimida y apocada, que buscaba en el sexo con las turistas una manera de abandonar sus vidas tristes y grises, y reencontrarse, en cierta manera, con algunos de sus sueños olvidados, o ciertos aires de algunas películas de Woody Allen con sus comedias fantásticas combinando amor e hipnosis.

Berger vuelve a contar, en su mayoría, con el equipo técnico que tan buenos resultados le dieron en Blancanieves, con la fotografía de Kiko de la Rica, una luz de colores saturados que refleja al detalle esos ambientes cutres, cotidianos, con buses atestados y olor a fritanga. Alain Baineé en el arte, con esos ambientes recargados de objetos, tanto actuales como ochenteros, Paco Delgado en el vestuario creando esos figurines de ropa de oferta de los chinos, sin olvidar la bisutería de pega, mezclado con los colores vivos y llamativos que leva Pepe, el montaje elegante y sutil de David Gallart, y la música tenue y fantasmagórica de Alfonso Vilallonga, acompañada de una score heterogénea, recogiendo el espíritu que respira toda la película, en la que también escuchamos el imprescindible “Abracadabra” de la Steve Miller Band (en un momento brutal del filme con un pedazo de baile incluido) Mike Olfield (banda musical que acompaña los shows domésticos del “mentalista” Pepe) y otros, como 10cc, Camilo Sesto o La Zowi, entre otros…

Una película cómica, pero también elegante y sofisticada, convirtiéndose quizás, en el mejor título de su director, o al menos, en el trabajo que más recrea ese mundo que bebe de la idiosincrasia tan recurrente en su cine, donde combina un reparto ejemplar que brilla a gran altura con un Antonio de la Torre, totalmente desatado en un personaje volátil que unas veces es un gilipollas y otras, el marido perfecto, Maribel Verdú, en otro personaje de gran riqueza en su altura, como los de Amantes o Belle Epoque, sugiriendo los diversos matices y emociones que respira su personaje de ama de casa por obligación que desea ser feliz, aunque sea por un leve suspiro, el buen hacer de José Mota que crea una interpretación magistral de Pepe, ese primo, algo pirado, endeble, y ciegamente enamorado que hará lo que sea por ayudar a su prima-amor, Josep Maria Pou recreando el maestro mentalista, muy esperpéntico y grasiento, que parece salido de algunas de las comedias de Valle-Inclán, que ejerce de cara dura y atento a las necesidades ajenas, las breves y estimulantes apariciones de dos veteranos como Ramón Barea y Saturnino García, y finalmente, el paisaje de barrio que se respira en toda la película, ejerciendo como guía y antena de las miles de historias de gente cotidiana, ordinaria y mundana que se mueve por esos lugares, que al fin y al cabo, sólo desean lo que todos los mortales, querer y que alguien los quiera, sólo eso, aunque a veces, ese sentimiento, es jodido de conseguir.

 

Regreso a Montauk, de Volker Schlöndorff

EL TIEMPO QUE NOS AMAMOS.

“Siempre hay un amor en la vida que nunca se olvida”

Max, un maduro escritor, llega a Nueva York para promocionar su último libro, en el que cuenta de manera autobiográfica, una historia de amor que vivió en la ciudad 17 años atrás, con una bella mujer llamada Rebecca. De casualidad, se encuentra a Walter, un viejo amigo anticuario, que le informa sobre la situación de Rebecca. En ese instante, Max, que se reencontrará con su joven esposa Clara, que vive en la ciudad, se embarca en una aventura para reencontrarse con Rebecca. Este es el arranque de la nueva película de Volker Schlöndorff (Wiesbaden, Hessen, Alemania, 1939) que vuelve casi dos décadas después, a las historias contemporáneas, después de dedicar buena parte de su filmografía a los temas candentes de su país, como la memoria del pasado, como la segunda guerra mundial, la Alemania post nazi, siempre marcado desde un prisma histórico y político, y basándose en grandes novelas de autores tan prestigiosos como Böll, Yourcenar, Grass, Proust, Miller o Atwood, entre otros, en películas que algunas de ellas han pasado a la historia: El joven Törless, El tambor de hojalata, Un amor de Swann o El honor perdido de Katharina Blum, entre muchas otras.

Aunque la historia transcurre en la actualidad, se basa en una novela autobiográfica del escritor Max Frisch (1911 – 1991) con el que Schlöndorff firmó la adaptación de la novela del propio autor Homo Faber, que dio lugar a la película El viajero, de 1991 protagonizada por Sam Shepard. En esta ocasión, las labores de adaptación las ha compartido con otro escritor, el irlandés Colm Toíbín, en la que han prescindido de la estructura ensayística que presidía la obra de Frisch para centrase en las acciones. Schlöndorff cimenta el relato desde el punto de vista del escritor, un hombre que ha dirigido su vida en función de las mujeres con las que ha estado, la mayoría, por no decir todas, han significado poco o nada para él, solo una, Rebecca, la joven que amó 17 años antes, y a la que tiene idealizada, en una love story soñada y que desea volver a vivir, en una idea de no perder aquel amor que todavía le persigue. Su lugar soñado, o el que recuerda, aquel espacio que compartieron se encuentra a dos horas de Nueva York, situado al final de Long Island, en Montauk, un lugar solitario y alejado del mundanal ruido, donde se localiza un faro antiguo, el cielo infinito y unas playas gigantescas e interminables. Pero los años han pasado, y Rebecca ya no es aquella mujer joven que quería comerse el mundo en la abogacía después de huir de la RDA. Ahora es una mujer segura de sí misma, triunfadora en su carrera, y aparentemente ordenada, y de carácter y fuerte.

El realizador alemán cuece una película honesta y sincera, en la que apenas ocurre nada: presentaciones y lecturas del libro, cenas sin sentido, copas en tugurios de diseño medio ocultos, edificios demasiado sofisticados, por un Nueva York diferente, alejado de la imagen turística, y también hay tiempo, para escuchar alguna crítica sobre la idiosincrasia yanqui triunfadora y superficial. Un relato reposado sobre el amor y nuestros sentimientos, en este río sin fin de emociones que desembocará en un par de días en la añorada Montauk, pero las cosas han cambiado, o mejor dicho, ellos han cambiado, el lugar es el mismo, pero las circunstancias, no. Rebecca y Marx volverán a reencontrar aquel amor que tuvieron, se dejaran llevar por el rumor de las olas en invierno, por ese paraje bucólico que atrapa hasta las entrañas, por escuchar “I want you”, de Dylan, o compartir una cena en un bar de carretera mientras escuchan canciones de cuando se amaron, y por supuesto, compartir una cama para sentirse que vuelven a ser jóvenes y tienen el mundo por delante. Pero Max no está sólo, mantiene una relación con Clara, muchos más joven que él, pero que no parece sentirse enamorado, y también, está algo del pasado de Rebecca, algo que la atormenta y sobre todo, algo que la ha cambiado, la ha convertido en esa mujer frágil que no quiere mostrar a los demás, y menos a Max. Schlondörff ha construido una película de pocos personajes, centrados en una pareja casi fantasmal, en un lugar apartado, que también podría pertenecer a esas sombras del pasado que nos engañan y nos hacen creer aquello que nos empeñamos en ver, sin medir las consecuencias emocionales de nuestros actos.

Una película que nos habla de las emociones profundas de unos personajes que no parecen nada satisfechos con sus vidas, aunque aparentemente demuestren lo contrario, donde sus intérpretes brillan a gran altura con Stellan Skarsgard (habitual de Lars Von Trier) sobrio y elegante,  dando vida al escritor, Nina Hoss (actriz fetiche de Christian Petzold) es Rebecca, con esa mirada fascinante y de belleza cautivadora, la mujer soñada que acaba deviniendo en un fantasma triste consumido por el dolor, la efectiva Susanne Wolff es Clara, la enamorada esposa que no acaba de entender las huidas del escurridizo Max, la naturalidad de Isi Laborde-Edozien que da vida a Lindsey, la chica de prensa convertida en faro y confidente de la actitud inmadura de Max, y finalmente, Walter encarnado por el siempre elegante Niels Arestrup (muy solicitado por Audiard, Tavernier o Ferreri, e intérprete para Schlöndorff en su Diplomacia, su penúltimo trabajo) dando vida al enigmático bon vivant y guía de ese pasado turbio, complejo y a la vez soñado, que quiere recuperar Max, aunque hay veces que es mejor revivir en nuestros recuerdos aquellos años y lugares en los que fuimos felices, porque la realidad y la verdad que esta esconde, puede albergar situaciones que no queramos vivir porque nos pueden llevar a lugares contrarios en los que queríamos estar.

Dunkerque, de Christopher Nolan

EL HORROR DE LA GUERRA.

Entre el 26 de mayo y el 10 de junio de 1940, se libró una de las batallas más horribles y espeluznantes de cuantas acontecieron durante la segunda guerra mundial. El lugar elegido de siniestro recuerdo fue Dunkerque, en Francia, donde se agolparon en su playa, desesperados, sucios y hambrientos, más de 300000 soldados británicos y franceses a la espera de ser evacuados debido al imparable avance del ejército de la Alemania nazi. La evacuación, desesperada y plagada de bajas, ya que eran atacados por tierra, mar y aire, sobre todo, por aire, con sus cazas alemanes, a todas las embarcaciones que intentaban salir de esa playa siniestra, que se convirtió en una tumba para muchos de aquellos soldados. La décima película de la filmografía de Christopher Nolan (Westminster, Londres, 1970) describe minuciosamente buena parte de todo lo que aconteció en Dunkerque durante aquellos horribles 15 días, y lo hace desde la parte más primigenia del cine, como un viaje de regresión a la narrativa cinematográfica de los inicios, cuando la pureza de la imagen cimentaban las historias a falta de sonido.

Nolan, apoyándose en el 70 mm (como también hizo Tarantino con Los odiosos ocho) recupera el analógico en su carrera para sumergirnos en el alma de aquellos días, en el interior de cada uno de los personajes que nos cuentan sus íntimas odiseas para librar su batalla. Nolan construye una magnífica epopeya bélica, en la que la gran utilización del sonido y su música, obra del gran Hans Zimmer, nos convierte en un soldado más, en uno de aquellos jóvenes que hizo lo imposible por escavar de aquel maldito infierno de playa. Y sí, la película es espectacular, pero Nolan no sólo se queda en la imagen esteticista, sino que va mucho más allá, las llena de contenido, capturando las emociones íntimas de cada uno de los personajes, y lo hace de manera sencilla y cercana, ya con su arranque deja claro las intenciones de su propuesta, cuando vemos a unos cinco soldados caminando sin temor por las teóricas calles tranquilas de Dunkerque, pero de repente, comienzan a dispararles, y todos salen despavoridos a esconderse, la cámara sigue a uno de ellos, el que sobrevive, y a partir de ese instante, seguiremos el periplo de supervivencia que experimenta el soldado para salir con vida de esa ratonera.

Nolan despieza su película en cuatro voces, o digamos, cuatro segmentos o relatos, del joven soldado pasaremos a un coronel británico que se encarga de la evacuación, de los intentos de evacuar, mejor dicho, porque asistiremos a muchos hundimientos de barcos antes de que tomen alta mar, de ahí, también seguiremos en este caso el viaje de una embarcación civil que sale de Inglaterra para auxiliar a los soldados atrapados, un padre y un hijo que rescatarán a un aviador abatido destrozado psicológicamente, con el que vivirán más de un momento de tensión, y más tarde, a otro, pero este en mejores condiciones de salud, y finalmente, la cuarta de las historias, la viviremos en el aire, a bordo de uno de los aviones ingleses, que libra una batalla a muerte intentando parar a los temibles cazas nazis que bombardean la playa y los buques con soldados. Nolan nos muestra el horror de la guerra, con su locura, caos y supervivencia, dentro de una película fría y siniestra, donde todos los soldados, intentan escapar de ese inferno, utiliando códigos propios del cine de terror, y también el de aventuras, donde penetramos en el alma horrible y caótica de la guerra, de su imapacable deshumanización.

 

El director británico combina lo humano y lo íntimo de cada uno de los personajes, con lo oficial y lo colectivo, y lo hace de una forma sincera y honesta, en una película que parece recuperar ciertas inquietudes que poblaban sus primeras películas, como Memento o Insomnia, incluso El prestigio, relatos de personajes, donde la historia se posicionaba al servicio de las emociones, centrándose en la humanidad y sentimientos de cada uno de ellos, y dejando el espectáculo circense de apabullantes efectos  que si mantienen la trilogía de Batman, exceptuando sus últimas producciones Origen o Interstellar, donde sí que había intentos de construir elementos psicológicos de los personajes que ayudasen a que la historia mantuviera su pulso firme, aunque lastradas por el excesivo metraje y unos guiones desajustados que tendían al espectáculo porque sí. Ahora, Nolan, ha encontrado el ajuste ideal, un metraje que no llega a las dos horas, 106 minutos para ser exactos, muy lejos de los 150 minutos o más, de las películas que comentábamos, un relato de cuatro puntos de vista, donde vamos descubriendo las motivaciones de cada uno de los personajes, un guión no lineal, el detalle al servicio del espectáculo, y sobre todo, la locura y el caos de la guerra, donde todo se mueve a velocidad de crucero, y los pocos respiros que se sobreviven son sólo para contar cadáveres que expulsa el mar.

Nolan respalda sus abrumadoras y terroríficas imágenes con la aportación de unos grandes intérpretes como Mark Rylance (el padre que, junto a su hijo y un amigo, emprende un viaje para salvar a soldados indefensos) Tom Hardy (el valiente aviador que se juega su vida en el aire para derribar cazas alemanes) Cillian Murphy (el aviador muerto de miedo que lucha por huir del infierno) Kenneth Branagh (el coronel que lucha incansablemente para evacuar todos los soldados posibles, contradiciendo los augurios de Churchill) y Fionn Whitehead y Harry Stiles (los jóvenes soldados que luchan infatigablemente para salvar el pellejo), un reparto de grandes intérpretes que ayuda a involucrarnos en el aspecto psicológico de la contienda. El cineasta inglés cuenta de forma ejemplar y brutal una película que se convierte en uno de los títulos de referencia del género bélico como en su día lo fueron El día más largo, Un puente lejano, entre otras, como los primeros minutos de Salvar al soldado Ryan, dando cuenta a la primera gran derrota aliada de la segunda guerra mundial que, entre otras cosas, sirvió para cambiar la estrategia bélica y así devolver el tremendo golpe que costó la vida a muchos hombres, un golpe que tuvo lugar también en Francia, en las playas de Normandía, en el famoso día D,  hora H, de aquel 6 de junio de 1944.

 

Sieranevada, de Cristi Puiu

LA FICCIÓN DE NUESTRA MEMORIA.

El arranque de la película situado en mitad de una calle céntrica de Bucarest, define de manera brillante lo que serán sus características, a saber, primero, percatamos una cierta distancia con aquello que se nos está contando, la cámara filma desde la otra acera de donde se están llevando a cabo los hechos, una madre y su hija esperan supuestamente al automóvil del padre que ha dado la vuelta, no sabemos a ciencia cierta que está ocurriendo, pero el tiempo transcurre y la espera también, y ese tiempo se va dilatando, con esa sensación que las cosas parecen no tener fin, y finalmente, la utilización del sonido, a veces ambiental, y otras, silencioso. Aparece el coche del padre, se suben el matrimonio, después de dejar a la niña y se dirigen a la casa de los padres de él para celebrar un homenaje al padre muerto 40 días después de su fallecimiento. Cristi Puiu (Bucarest, 1967) uno de los grandes nombres de los cineastas surgidos en Rumanía en el nuevo milenio que, a través de propuestas sencillas y cotidianas, pasan revista a los acontecimientos históricos del país desde la época comunista, la caída de Ceaucescu, el gobierno de Iliescu, y los nuevos tiempos, con el capitalismo feroz, y la escasez laboral y económica.

Puiu nos encierra en el piso familiar, donde se ha reunido todo el clan para conmemorar al ausente, ellos son los últimos en llegar, Lary, y su esposa, que se ausentará ya que le urge comprar una serie de cosas. Lary, doctor de profesión, pero obligado por la precariedad a vender máquinas para hospitales, y así sucesivamente, iremos conociendo a todos los miembros allí reunidos. Todo contado a partir de esas dos premisas que comentábamos al inicio, la distancia de la cámara, que filma y capta al detalle todo lo que va aconteciendo, y el tiempo, aquí contado en tiempo real, un metraje que llegará casi a las 3 horas, a través de las planos secuencia interminables, donde la comida se va posponiendo, y no acaba de producirse, primero, por la tardanza en la llegada del cura ortodoxo que presidirá la ceremonia, y luego, por otra aparición, esta inesperada, la del tío, presumiblemente adultero, que viene a reclamar su lugar como jefe del clan,  ahora que el muerto no está. Puiu sigue en las coordenadas dramáticas que le han encumbrado como uno de los nombres indiscutibles del panorama cinematográfico internacional, en La muerte del Señor Lazarescu (2005) nos contaba la odisea de un señor mayor que pasaba de hospital en hospital sin que ninguno pudiese localizar su dolencia, en Aurora, un asesino muy común (2010), filmaba en deambular de un tipo perdido angustiado por el abandono de su mujer, películas que le servían para indagar en la historia reciente de su país, el terrible pasado comunista, la dura transición al nuevo sistema económico, y los restos de aquello que desapareció y lo nuevo que no acaba de ser aquello que tanto deseaban, el desencanto instalado en un país en tierra de nadie, que es europeo, pero parece anclado en fantasmas del pasado y en diferencias irreconciliables entre sus habitantes.

Puiu pone sobre la mesa varios temas, desde el atentado de las torres gemelas, donde algunos opinan sobre la conspiración, también conocemos a una vieja comunista que alardea de ese pasado, enfrentado a otros, más jóvenes que critican su actitud, y demás cuestiones sobre la memoria del país que acaba siendo la memoria de uno mismo, sobre la historia que conocemos, la oficial, y la que hemos leído, sobre la manipulación de la memoria, y todo aquello que desconocemos de los sucesos, y lo mucho que debemos inventar para rellenar esos huecos, tanto históricos como personales, de nuestras vidas, unas vidas expuestas a una historia cambiante, oscura y difícil de conocer en su verdad. Puiu expone todos estos elementos, dentro de ese microcosmos, en la que cada habitación parece un espacio diferente, iluminado de diferentes maneras, espacios a los que es difícil acceder, con esas puertas que constantemente se abren y se cierran, como si estuviésemos viendo una comedia clásica de Lubitsch o Hawks, donde la coreografía de puertas y personas se mueves al compás de unos movimientos que parecen dominarles contra su voluntad.

El cineasta rumano no deja ningún tema sin tratar, aquí hay tiempo para hablar de historia, política, religión, trabajo, familia, dinero y demás cuestiones que, no sólo trazan un marco de los diferentes integrantes de la familia, sino que despieza la reciente historia de Rumania y los diferente hechos internacionales que se han vivido en los últimos años. De lo individual o íntimo a lo colectivo, de lo cotidiano a lo oficial, los diversos contrastes de la película y sobre todo, de todas las relaciones humanas que se van viviendo en la jornada del sábado, un sábado como otro cualquiera, donde cada uno de los componentes de la familia deberá enfrentarse a su verdad y exponerla o no a los otros, desnudarse emocionalmente para ser juzgado. Aunque Puiu parece instalado en situaciones que podríamos llamar de comedia, también hay drama, un conflicto emocional de cada uno de los integrantes que vemos pulular por ese piso. Una comedia amarga, aquella que afloró en los cuarenta o cincuenta en Europa que servía para esconder las miserias de una población derruida por la guerra, o la que ayudó a Berlanga en sus magistrales Plácido o La escopeta nacional, para retratar las miserias del franquismo con su doble moral y una rectitud y buenas formas de pacotilla que aparentaban un país mísero arruinado por el fascismo y el terror. Puiu habla de mucho con muy poco, convocando a un grupo heterogéneo familiar que vive o sobrevive en la Rumanía actual que después de la caída del comunismo creían que los nuevos tiempos les traerían nuevas oportunidades, pero estas, para su desgracia, todavía están por llegar.

Reparar a los vivos, de Katell Quillévéré

EL LATIR DEL CORAZÓN.

 “Para que una película este lograda y viva, debe contener heterogeneidad”.

Pier Paolo Pasolini

Cuando se publicó en Francia en enero del 2014, la novela Reparar a los vivos, de Maylis de Kerangal, se convirtió en un enorme éxito de crítica y público, convirtiéndose en uno de los libros fenómenos desde entonces. Pronto le surgieron cineastas que quisieron llevar esta historia intimista y humana sobre la vida, la muerte, y la donación y transplante de órganos. El gato al agua se lo llevó Katell Quillévéré (Abiyán, Costa de Marfil, 1980) una directora que ya contaba con dos largos, uno de ellos rodado en el 2010 Un pison violent, y el otro, tres años después, Suzanne, dos dramas centrados en la resilencia y en la vida de dos mundos femeninos que tienen que afrontar la pérdida y el dolor. En su tercer largometraje, vuelve a hacer hincapié en estos temas, por un lado, tenemos a Simón, un quinceañero amante del surf, enamorado que sufre un accidente que pierde la vida, y por el otro lado, a Claire, una mujer madura que está esperando un corazón ya que el suyo ya no aguanta más. La vida y la muerte se mezclan en este retrato actual y universal sobre el significado de nuestras vidas, sobre o que somos y el vínculo social que nos une a todos los seres de este planeta.

Quillévéré construye una película muy orgánica, transparente y muy viva, centrada en 24 horas, y contada en tiempo real, a excepción de un único flashback, una sola jornada que definirá para siempre la vida de las personas implicadas, unos padres rotos por la pérdida de su hija tendrán que decidir donar su corazón para que otra vida, desconocida y ausente de sus vidas, pueda seguir viviendo con un corazón vivo, y al otro lado del espejo, tenemos a una señora, madre de dos hijos jóvenes, que se reencuentra con la que fue su amante en un difícil momento de su vida, cuando se plantea si merece seguir viviendo ahora que se le ha brindado una oportunidad de vivir, un nuevo camino a su vida, un nuevo reto, un empujón vital para seguir caminando. La directora francesa construye un viaje enigmático y lleno de sensaciones, pura magia, donde no es el tiempo el que cuenta, sino nuestras emociones, en una trayectoria sin tiempo ni lugar, sólo llevado por los sentimientos y nuestras pulsiones del momento, en espacios donde la vida y la muerte conviven con naturalidad, sin molestarse, adaptándose y fundiéndose en uno, porque la tristeza de unos se convierte en la alegría de otros, en un gesto de solidaridad entre todos los habitantes que vivimos en armonía vital.

La realizadora, marfileña de nacimiento, cimenta su película a través de las miradas y los gestos de sus criaturas, en una «chanson de geste», como la define ella, encerrándonos en las paredes de un hospital, con el sonido de las máquinas, asistiendo a las operaciones milimétricas de los cirujanos,  las duras conversaciones de los facultativos hablando con familiares rotos por la tristeza (como ocurría en el prólogo de Todo sobre mi madre, de Almódovar, cuando unos doctores asistían a unos cursos con psicólogos para instruirse en la manera de dar informaciones duras a los familiares) a pisos frente al hospital para esperar lo que puede cambiar la vida, o a trayectos en bicicletas o motos bordeando la ciudad y sintiéndose que la vida se escapa a cada segundo, incluso, agarrándose a una bici para superar una cuesta empinada y encontrarse con el amor, o bordear las olas con el ímpetu de la juventud, de ese instante de la vida que tenemos todo por hacer o eso creemos, en una sucesión de circunstancias vitales en las que se encuentran inmersos emocionalmente los personajes que navegan de lo íntimo a lo general y viceversa.

Momentos cotidianos, bellos y luminosos, emocionantes y líricos, casi metafísicos, algunos de ellos vacíos de silencio y de palabras, sólo sensoriales y vitales, donde la vida y la muerte se funden creando uno sólo, un instante que nos une a todos, ayudados por un elenco de altura con grandes nombres como Tahar Rahim, Emmanuelle Seigner o Anne Dorval, que dan vida a unos personajes que viven al límite de sus emociones y existencias, enfrentados a la pérdida, al dolor y a tener que decidir porque no hay tiempo que perder porque cada segundo cuenta para salvar vidas, y la compañía de la dulce melodía de Alexandre Desplat (colaborador entre otros de Polanski, Audiard, Malick o Fincher) que nos envuelve en ese mundo onírico, en el maremagum de emociones donde transita la película elegantemente captadas y filmadas por la la directora a través de un grupo de existencias en una historia contada en dos partes, en dos tiempos, en dos circunstancias vitales, opuestas pero complementarias a la vez, que acaban fluctuando en una misma, haciendo que ese corazón, órgano complejo y vital para nuestras vidas, no deje de latir, y siga regalando vida, independientemente del cuerpo donde se encuentre, porque este dellate, al fin y al cabo, es lo de menos.