Todos lo saben, de Asghar Farhadi

LA DESAPARICIÓN DE IRENE.

Siempre resulta estimulante volver a ver una película de Asghar Farhadi (Khomeini Shahr, Irán, 1972) por la fuerza de sus imágenes, enmarcadas en la más pura cotidianidad, describiendo con firmeza esos ambientes secos y fríos por los que se mueven sus personajes, donde en una aparente tranquilidad, o eso parece, irrumpe algo violento en forma de suceso que trastocará las vidas de sus protagonistas, abriendo la caja de Pandora, y llevándolos hacia el abismo, en unos relatos que arrancan como melodramas intensos, cerca de la mirada neorrealista para derivar en thrillers ásperos, duros y muy oscuros. Todos lo saben es una película que nace a través de dos elementos que ya habíamos visto en sus anteriores películas, la desaparición de un personaje que destapará viejas rencillas ya formaba parte de la estructura de A propósito de Elly (2009) la película que sacó a Farhadi de Irán y lo llevó al escaparate internacional con su premio en la Berlinale al mejor director, un relato con ecos de la novela El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, donde unos días de asueto de un grupo de amigos se convertían en unos días de pesadilla y revelaciones muy inesperadas, y por otra parte, El pasado (2013) la película de Farhadi que filmó en Francia, donde encontramos el elemento del pasado, espacio que desembocará a inesperados descubrimientos que tensará aún más si cabe la relación turbia que viven los personajes.

Dos elementos, la desaparición y el pasado, estructuran la octava película del cineasta iraní, aunque si bien es cierto, que el pasado forma parte de una manera más visible o menos en los relatos de Farhadi. En los primeros minutos de la película, Farhadi nos habla de un reencuentro, Laura, la hermana mediana, que vive en Argentina, llega al pueblo  para la boda de Ana (un espacio de la España profunda, donde se vive de las viñas, de las habladurías, y de la falta de trabajo) con sus dos hijos, Irene, la adolescente rebelde y un niño de seis años. Allí, se reencontrará con su familia, Mariana, la hermana mayor, y su marido, Fernando, y Rocío, la hija de ambos, que regentan una pequeña pensión, y por otro lado, Ana, la pequeña que se casará con Joan, y el patriarca de la familia, Antonio, que ahora se ha convertido casi en un inválido. También, encontraremos a Paco y su mujer Bea, Paco es el dueño de las viñas, e hijo de los antiguos guardas cuando las viñas eran de Antonio.

Presentados los personajes y sus relaciones, todos asisten a la boda, durante la celebración, y sin que nadie se percate, Irene desaparece y todos se ponen a buscarla. También, aparecerá otro elemento de tensión en el relato, Alejandro, el padre de Irene y marido de Laura, al que iremos descubriendo su pasado y cómo afecta al devenir de los acontecimientos. A partir de ese instante, con todos los actores de la contienda, Farhadi nos envuelve en un durísimo y oscuro melodrama familiar en el que las viejas rencillas del pasado aflorarán de manera brusca y rasgada que ira quebrando las relaciones entre unos personajes enmadejados que hablan poco y esconden muchísimo más, donde unos y otros, se moverán casi en tinieblas a pesar de la luz cegadora que desprende la película. El cineasta iraní construye un enérgico e intenso thriller donde nadie parece conocer las intenciones del otro, en un retrato sobre la culpa y sobre todo, la mentira, en el que unos personajes muy de aquí, donde cada uno de ellos se mueve bajo presión y movido por unos intereses personales y muy oscuros.

La película recoge el aroma de los dramas castellanos, donde las tierras, la familia y el pasado se entrecruzan creando atmósferas irrespirables y siniestras, donde la violencia campa a sus anchas y todo se puede quebrar en cualquier momento. En algunos momentos, el retrato deriva en los secos dramas rurales carpetovetónicos y trágicos que tanto afloran en la literatura y cine españoles, donde los hechos violentos derivan siempre de tensiones ancestrales entre los vecinos y los más allegados, donde la problemática del territorio y las viejas rencillas dirigen los ánimos oscuros y vengadores de sus lugareños. Farhadi ha recogido con mano maestra toda esa atmósfera y violencia latente, con esa luz brillante y maligna que atraviesa sin  respiro toda la película, con esa mirada contundente y acogedora de José Luis Alcaine, uno de los más grandes cinematógrafos de nuestro país (habitual de Almodóvar, con la que la película mantiene algún rasgo) o el sobrio y preciso montaje de Hayedeh Safiyari (habitual del director desde Fireworks Wednesday (2006) a excepeción de El pasado) y la música de otro grande como Alberto Iglesias, que en ciertos instantes, sirve para crear ese ambiente malsano que desata la desaparición de la chica.

Farhadi mueve a sus personajes, tanto a nivel físico como emocional, sin caer en la caricatura o la superficialidad, creando la tensión justa, sin necesidad de aspavientos sentimentales, sólo los pertinentes y adecuados, dejando a cada personaje su espacio y su rol dentro del relato, como la aparición del policía retirado, que aún echa más leña al fuego, ya que advierte con esa solemnidad y locuacidad de José Angel Egido, maravilloso en su rol, que las enemigos no andan muy lejos de la casa. El director iraní cuenta con un reparto de altura, con una Penélope Cruz haciendo de esa mujer y madre que sufre y padece la ausencia de su hija (con ecos del que hizo en Volver) con esos intensos y durísimos momentos con Paco, el personaje que hace Javier Bardem, con esa mezcla de crudeza y pasión que lo han convertido en uno de los actores más importantes del panorama cinematográfico, y ese Ricardo Darín, católico a ultranza que desafía el clan familiar e inseguro y desbordado ante los acontecimientos.

Unos principales bien acompañados por esa retahíla de secundarios que juegan un papel fundamental, como ese Fernando que hace Eduard Fernández, pasado de kilos y auspiciado por las deudas, con su mujer Mariana que también hace una estupenda Elvira Mínguez, o esa Bárbara Lennie como la mujer de Paco, que hace esa voz de la conciencia que Paco se niega a escuchar, o Inma Cuesta y Roger Casamajor transmitiendo esa paz que tanto se necesita ante tanto ruido emocional, sin olvidarnos de Ramón Barea, con su fuerza y torpeza, del que ya le quedan pocos tiros que pegar, y los interesantes Sara Sálamo con un personaje oscuro, y la agradable presencia de Carla Campra como Irene llevándose el protagonismo en los primeros minutos. Farhadi ha salido airoso en su nueva aventura internacional después de filmar en Francia y en francés, ahora le ha tocado el turno al idioma del Quijote, situándonos en uno de esos pueblos interiores toledanos, donde las cosas parecen una cosa y en realidad son otra, dejándonos ver hasta qué punto las mentiras forman parte de nuestra cultura y nuestra manera de pensar y hacer, en un oscurísimo melodrama familiar donde todos sus personajes obedecen a sus instintos y pasiones más ancestrales mamadas desde que eran niños, donde las cosas se resolvían en familia, pese a quién pese y caiga quien caiga.

The Rider, de Chloé Zhao

BUSCANDO TU CAMINO.

“Si este mundo es para los que ganan. ¿Qué queda para los que pierden? Alguien tiene que sujetar los caballos”. (Diálogo de la película Junior Bonner)

Brady Jandreau tiene 20 años y era una prometedora figura de los rodeos montando a caballos salvajes. Aunque, esos días de gloria han pasado a mejor vida. Ahora, Bady tiene que asumir su propia vida, ya que se recupera de un accidente sufrido en uno de los rodeos, que le ha provocado una durísima lesión cerebral que le ha afectado a otras partes de su cuerpo. Brady sólo sueña con seguir montando a sus caballos en los rodeos, pero tendrá que asumir su propia condición y en seguir con su vida a pesar de todo. La segunda película de Chloé Zhao (Pekín, China, 1982) se centra en una experiencia real, la del joven Brady y su entorno, la de esa América profunda que vive alejada del mundanal ruido, entre caballos salvajes, llanuras silenciosas y atardeceres solemnes, en el que todas las vidas están relacionadas con los caballos y los torneos de rodeos, donde los sueños, las esperanzas y los miedos se mezclan en una tradición ancestral que nace en los primeros colones de esas tierras rojizas y duras.

Durante la filmación de su primera película Songs My Brothers Taught me (2015) filmada en la reserva india Pine Ridge, en Dakota del Sur, Zhao conoció a los sioux Oglala Lakota (que se traduciría como los vaqueros indios) que viven y trabajan con caballos salvajes y sueñan con ser figuras del rodeo. Uno de esos chicos es Brady Jandreau y después de conocer los pormenores de su grave accidente y su habilidad para la doma de caballos, la directora enfocó su siguiente trabajo en contar su experiencia y su nueva vida. La directora chica-estadounidense nos habla de loosers (perdedores) pero no lo hace desde un prisma vacuo o superficial, sino desde las entrañas (como bien muestra su crudeza en el arranque cuando Brady, frente a un espejo, nos muestra sus heridas) y también, desde lo poético, filmando a su personaje y su entorno desde la intimidad, desde esos silencios que abruman esa tierra difícil de trabajar y de vivir.

Una película sobre la amistad y el compañerismo, como esos momentos donde Brady y sus colegas recuerdan sus hazañas, esas que no todos podrán vivir alguna vez y otros volverán a sentir (mientras un atardecer rojizo los va oscureciendo) filmando esa luz que los baña oscureciendo unos rostros de sueños rotos y esperanzas en el aire (obra del cinematógrafo Joshua James Richards, que vuelve a colaborar con Zhao) a través de ese tiempo detenido   que es ahora la vida de Brady (con esas visitas a su amigo Lane, que un accidente en el rodeo lo ha dejado en estado vegetativo) cuando los dos jóvenes sueñan con esos tiempos donde la luz brillaba con fuerza y el público los adoraba, ahora ya no hay nada de eso, ahora la vida sigue, pero pro otros caminos, unos caminos que deberán a hacer suyos, y sobre todo, adaptarse a que la vida ya es otra cosa. Zhao nos habla de sinceridad, adoptando un realismo que en ocasiones mata de lo sincero y terrible que llega a ser, donde no ha medias tintas, en un mundo feroz y salvaje, en el que humanos y bestias se relacionan de manera extrema, donde el amor y el odio se funden y confunden creando relaciones de fuerte cariño, pero también, de extrema crueldad, donde los animales son sacrificados si se hieren, pero los humanos siguen viviendo aunque estén heridos y no puedan seguir trabajando para su sueño.

Brady aunque le cueste aceptar su nueva vida y siga pretendiendo volver a los rodeos, a pesar de la negativa de su padre y hermana, una hermana que padece el síndrome de Asperger, pero tiene esos momentos emocionales con ese hermano al que adora, y la ausencia de su madre fallecida (con esa visita a su tumba, momento que recuerda al cine de Ford, donde los tipos duros también añoraban a los ausentes que les llevaban a otros tiempos con más luz). La narrativa de Zhao recoge ese aroma de los grandes títulos del western de perdedores, en el que el cine de Peckinpah estaría a la cabeza, con Junior Bonner, título emblemático ambientado en el mundo del rodeo, donde un tipo errante vuelve a su hogar, pero se encontrará una familia dividida y un tiempo que ya no le pertenece, como le ocurría a Jeff Mc Cloud (que interpretaba Robert Mitchum) que un accidente en el rodeo lo incapacita y vuelve a casa, y tiene que afrontar su nueva vida como entrenador de aspirantes al rodeo, en la estupenda The Lusty Men, de Nicholas Ray, o Unforgiven, de Clint Eastwood, buena parte de su cine, en el que retrata a esos hombres a vueltas de todo, donde su tiempo, cuando todo parecía brillar, se terminó y ahora tienen que afrontar el reto de vivir sin más, con otras ilusiones y sueños.

Zhao ha construido una película sencilla y honesta, donde a través de un documento anclado a la realidad, más propio del cine documental, ha creado un relato grandioso sobre los vaqueros actuales, su modo de vida y que se cuece en sus entrañas, que sigue la estela de los grandes western crepusculares, donde veíamos las aristas y sueños rotos de tantos aspirantes a la gloria que por algún motivo, quedaron en el camino, y ahora deben volver a levantarse y encontrar su camino y lugar en el mundo, esos tipos invisibles, sobre todo aquello que quedó truncado, roto en sí mismos, en un fidelísimo y sobrio film sobre esa América que nunca sale en los informativos, a no ser que sea por algún caso violento o cosas parecidas, esa América que vive en el campo, trabajando sus sueños a golpe de rabia y miseria, donde nunca hay tiempo de revolverse, porque la esperanza y los sueños se sujetan por hilos muy finos y frágiles, donde cualquier brizna de viento y mala suerte, puede acabar con ellos de un plumazo.

Matar a Dios, de Caye Casas y Albert Pintó

SÓLO PUEDEN QUEDAR DOS.

Se imaginan ustedes que se reúnen con su familia, eso sí, una familia harto peculiar, para celebrar la Nochevieja en una casa aislada en mitad del campo, y de repente, sin comerlo ni beberlo, sale del baño un tipo enano y mugriento con pinta de vagabundo, que dice ser Dios, y esa noche, deben elegir dos personas que se convertirán en los únicos seres que se salvarán de la humanidad, porque el resto morirá. Este es el arranque de la opera prima de Caye Casas (Terrassa, 1976) y Albert Pintó (Terrassa, 1985) que sigue la estela de sus anteriores trabajos, Nada S.A. y RIP, un par de cortometrajes con más de un centenar de premios. En su debut en el largometraje, convocan a una curiosa familia que según se mire está bien avenida o nada, un grupo familiar compuesto por Carlos, un tipo típico español, machista, cenutrio, con bigotito, pero de buen corazón (con el aroma de los personajes mendrugos que hacía López Vázquez en las españoladas) le sigue su esposa Ana, todo corazón, que arrastra un matrimonio de muchos años, que aunque le reporta pocas alegrías, sigue sin más, como si no tuviera fuerzas para empezar de nuevo, Santi, el hermano de Carlos, atraviesa un período depresivo, con tintes suicidas, ya que es incapaz de olvidar a su ex que se ha liado con un argentino y negro, y finalmente, el patriarca del clan, un setentón a vueltas de todo que disfruta de la vida fumando y bebiendo como un cosaco y gastándose la paga en putas, a pesar de sus problemas de corazón (un personaje que nos recuerda a los abuelos que pululan por las novelas y películas de David Trueba).

Aunque podrían parecer un grupo muy heterogéneo que se prepara para dar el golpe de su vida, el golpe se lo dan a ellos, con la llegada de Dios (un tipo cabroncete, malhablado y bebedor) y semejante dilema. Casas y Pintó han construido una comedia negra, negrísima, que bebe de innumerables fuentes, arrancando con el mundo de Azcona y Berlanga, donde seres cotidianos y mundanos desean cambiar de existencia y todo lo que idean les lleva a un túnel aún más oscuro, con esa peculiaridad de retratar el sentir cañí, donde el surrealismo, el esperpento de Valle-Inclán, o la miseria moral de Pérez Galdós, se daban la mano creando universos peculiares, extraños y tragicómicos, donde hablaban certeramente de la sociedad cutre y miserable que reinaba en la España franquista de celibato, tradicionalista y pobre. También, encontramos la mala uva de las películas de los estudios Ealing (en la que El quinteto de la muerte, de Mackendrick sería la más abanderada) el universo de los hermanos Coen, con esas almas en pena que creen haber encontrado su gran fortuna y desconocen que eso les llevará al peor de los abismos, o la atmósfera de títulos tan emblemáticos como Delicatessen, de Jeunet y Caro, donde payasos depresivos sueñan con enamorar a la hija miope de bestias inmundas, o los personajes grotescos del cine de Alex de la Iglesia, con esa amalgama de seres tupidos y descerebrados que pretenden convertirse en uno más.

Los directores terrasenses convierten su relato negro y enfermizo en una parábola sobre la sociedad y la incapacidad de relacionarnos que tenemos, en los que nos cuesta hablar de lo que sentimos y lo mal que tratamos a aquel que tenemos más cerca, evidencia que queda reflejada en la conversación que tienen los dos hermanos, donde se sinceran profundamente, y en la otra charla, entre suegro y nuera, donde hablan abiertamente de los problemas y las situaciones emocionales. La película se acota a esa noche, esa larga noche donde todo cambiará o no, y todo será diferente o no, ese dilema que los cuatro personajes deberán dilucidar arropados por la oscuridad de la noche, y rodeados de los extraños objetos de una casa llena de animales disecados (con claras referencias al terror clásico y al universo Carroll).

El quinteto protagonista luce con energía y soltura, dotando tanto al relato como a los personajes, la hondura y la comicidad necesaria, donde cuatro seres con sus problemas a las espaldas, deberán decidir el destino de la humanidad, con un fantástico Eduardo Antuña, con esa empanada mental y ese carácter que lo aparta de todos, a pesar de su buen corazón, bien acompañado por Itziar Castro (que ya había protagonizado RIP) que después de años como actriz de reparto en películas de género, se consagra como una actriz de fuerza y enigmática, David Pareja convierte a su Santi en el ser más sincero y  racional de todo el grupo, que quiere lo mejor para los demás aunque sea él el perjudicado, el aplomo y la amargura que destila Boris Ruiz planteando un personaje de final del camino que quiere pasárselo en grande aunque le perjudique.

Y finalmente, el quinto pasajero, Dios que en este caso, actúa como el maligno, porque va a destruir a todo el mundo, sin ton ni son, sin saber porque, interpretado por Emilio Gavira (que protagonizó el primer corto de los directores) un ser siniestro, muy oscuro y comilón y bebedor, que rompe con esa solemnidad que nos tienen acostumbrados cuando presentan a altísimo, aquí, se rompe con todo eso, y se busca otra comicidad más mundana y cercana. Los 93 minutos de esta fábula negra y moral que nos construyen Casas y Pintó tiene fuerza, risas y nos hace pensar, donde el ritmo no decae, y donde sus personajes, entre disputas y miedos, logran inmiscuirnos en sus reflexiones e ideas para dar con sus elegidos, enmarañándonos en tamaña elección, con sus cuitas y mentiras, con sus inseguridades y testimonios, en un relato que gustará a los amantes del género y a todo aquel que quiera reflexionar sobre las cuestiones trascendentales de la vida, pero con humor y cercanía, eso sí.

Diana, de Alejo Moreno

LAS MÁSCARAS QUE NOS INVENTAMOS.  

“El ser humano no es sólo uno, si no dos… y digo dos porque mis conocimientos no han ido más allá”

Confesión del Doctor Jekyll

Nos encontramos en una gran capital, en una de esas noches sin más. Una noche que ocurrirá algo diferente para la vida de Hugo, porque esa noche Hugo se convertirá en Jano y llamará a una scort, una prostituta de lujo, para pasar la una hora con ella, con una mujer que se llama Ela. Así, con este arranque algo inquietante y a la vez, excitante, comienza Diana, la puesta de largo de Alejo Moreno (Sevilla, 1984) que después de años dedicado al cortometraje, a la producción y demás actividades relacionadas con el cine, amén de seguir en el programa “Días de cine” de televisión, se ha lanzado al ruedo con una película pequeña de medios, pero grande en su forma e intenciones, porque a través de una mise en scene diferente y también, extraña, donde combina encuadres desde el techo o de ángulos imposibles, con una cámara pegada al cogote de sus criaturas, como si los estuviera diseccionando emocionalmente (obra de la cinematógrafa Irene Cruz).

Nos enfrentamos a un relato claustro fóbico y muy oscuro, que se inicia con una entrevista a la scort donde va relatando los pormenores de su oficio y su identidad, y a través de varios flashbacks iremos conociendo su modus operandi y ese encuentro con Jano, ese emprendedor actual que se ha hecho millonario con una plataforma online. El juego de máscaras y las diferentes perversiones a las que juegan los dos personajes en cuestión pasará por diferentes roles (un encuentro que recuerda a la obra En la soledad de los campos de algodón, de Bernard-Marie Koltés) en el que nada es lo que parece, y tanto prostituta como cliente jugarán sus cartas, en una relación de poder, mentiras e identidades varias. El director sevillano nos ubica en ese espacio cerrado y siniestro, con esa decoración que va desde los excesos de los setenta (con esa lámpara con cuerdas al estilo marinero) o esas sábanas rojas y la cama al estilo decimonónico, combinando diferentes épocas y estilos, con esas pinturas que revelan más de los personajes de lo que imaginamos (obra del director de arte y pintor Armando Seijo).

La película se inserta en estas dos personalidades, y traza una línea imaginaria en la que en el primer tercio nos coloca en la existencia de Jano, con su empresa, entrevistas y sus problemas emocionales, para luego pasar a la mente de Sofía, a la que conoceremos su tormentoso pasado y sus actividades fuera del trabajo, para finalmente, someternos a la realidad de estas dos personalidades, de dos criaturas víctimas de una sociedad falsa, superficial y siniestra que ha encontrado en el dinero, el vil metal que le llamaba Pérez Galdós, en su único medio de existencia, tanto a nivel físico como emocional, generando seres emocionalmente inestables, obcecados por las apariencias y hundidos en la miseria de sus vidas y sus múltiples personajes, máscaras que les invaden y los traumatizan hasta límites fatales. Moreno nos cuenta una fábula moral actual, con reminiscencias del cine de Polanski, donde sus personajes torturados y sus espacios cerrados contribuyen las señas de su cine, y también, encontramos rasgos de la forma de Inland Empire, de David Lynch, donde el cineasta estadounidense iba más allá y sacaba todo el partido posible/imposible al digital, creando un atmósfera entre la razón y la locura.

La enigmática y seductora pareja protagonista encabezada por una sensual y fascinante Ana Rujas, una especie de femme fatal, que muestra poco y esconde mucho más, capturando en sus redes de seducción a su partenaire, Jorge Roldán asumiendo el rol de Jano, ese empresario joven y emprendedor que parece el reverso del monstruo, en el que la sociedad siniestra y capitalista genera continuamente, seres depresivos que se mueven por las noches como zombies en busca de consuelo, de alguien que le s escuche, aunque para eso haya que pagar cantidades indecentes de dinero, aunque a veces puede resultar que esos caminos nos lleven a oscuras y terroríficas bocas del lobo. Quizás la película se maneja bien en dos primeros tercios, colocándonos en una posición inquietante, más propia del thriller negro, negrísimo, en la que todo parece un relato de amor fou entre alguien desesperado y otra, que se aprovecha de esa ventaja, para derivar en su tramo final en una narración más embarullada que en momentos se alarga demasiado, perdiendo la fuerza de sus anteriores tramos, aunque hay que reconocerle a Moreno su esfuerzo, su determinación y también, la forma de su relato, donde en muchos instantes, consigue deslumbrarnos con sus personajes, la frialdad que destilan y las diferentes dominaciones que se van entretejiendo, donde todo puede suceder y donde la criatura más inocente aparentemente, se puede convertir en el ser más malvado y abominable.


<p><a href=»https://vimeo.com/273166954″>DIANA trailer version SOFIA</a> from <a href=»https://vimeo.com/thefigtree»>Alejo Moreno</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Marisa en los bosques, de Antonio Morales

PERDIDA FRENTE AL ESPEJO.

Paul Hackett deambula por la noche neoyorquina de arrastrado por una alocada rubia que lo enredaba para su beneficio. Pepa Marcos hacía lo propio, pero por las calles madrileñas, perdiéndose en su desesperación por la usencia de su amante. Tanto uno como otra obedecen a personas confusas, desorientadas y completamente perdidas en la gran ciudad, sino en la existencia de su propia vida. A esta pareja de solitarios sin destino, añadimos a Marisa, una dramaturga de 35 años que, después de las últimas representaciones en un teatro independiente de su obra, se siente frustrada y sin ganas de seguir hacia adelante, aunque las circunstancias le obligan a consolar a Mina, su mejor amiga que acaba de dejarlo con su chico. Entre idas y venidas para ayudar a Mina, Marisa convierte su vida en una tragicomedia en el que cada vez hay menos risas y más tristezas, en una existencia ensombrecida de sí misma, como si otra mujer viviera su propia vida o como si ella se convirtiera en su propia doble que nunca logra alcanzar su verdadero yo.

La puesta de largo de Antonio Morales (Almería, 1977) nace de su propia experiencia como dramaturgo y director en la escena off teatral madrileña, centrándose en la solitud y frustración de una chica que parece que cada cierto tiempo tiene que empezar de nuevo, y al que su entorno siempre la busca para que les solucione sus problemas, olvidándose Marisa de los suyos propios, en una idea de centrarse en los conflictos ajenos para no afrontar los propios. El relato se centra en una noche, una noche donde a Marisa le ocurrirá de todo, en un intento de perderse en su propio laberinto mental hablando con unos y con otros, a través de su propio desconcierto, una noche donde se perderá entre los participantes del orgullo, se tropezará con un antiguo compañero de clase que ahora es una mujer, acudirá al teatro donde actúa una maga cómica, se enrolará en una fiesta en la que no conoce a nadie, y se (des) encontrará con su pasado por casualidad, como si el destino hubiera planeado esa noche para ella, una noche donde perderse de sí misma, sin fuerzas para encontrarse, con esa idea de fundirse con la oscuridad y ocultarse de los demás, y sobre todo, de sí misma.

Morales sigue a su antiheroína con la cámara pegada a su cogote, sin dejarla ni a sol ni a sombra, como ese espejo deformador de su propia vida, siguiéndola sin descanso en este laberinto nocturno que se transforma la noche madrileña, con sus personajes pintorescos, sus situaciones rocambolescas y sus puertas y espacios que se abren y se cierran sin tiempo a descubrirlos y entrar en ellos, casi un mundo fantástico y onírico donde nada de lo que vemos parece real, como si entráramos en un letargo donde todo lo que vemos lo produce el caos mental de la protagonista, como si todas las personas, los espacios y objetos estuvieran ahí porque ella, en cierta manera, lo ah dispuesto de esa manera. El cineasta andaluz se rodea de un nutrido grupo de actores de la escena off teatral madrileña entre los que destaca Patricia Jordá que da vida y cuerpo a Marisa, con sus rostros tristes y esa huida sin fin que emprende esa noche aciaga y extraña, junto a ella Aida de la Cruz, Mauricio Bautista o Yohana Cobo, entre muchos otros, que dan vida a esos personajes que cruzan en la noche de Marisa, sin poder echar un cable, por pequeño que sea, a la incapacidad de Marisa por encontrarse algo a que agarrarse y sobre todo, encontrar a alguien que la escuche (en cierta manera, Marisa se ha convertido en un recurso para sus allegados cuando tienen problemas, como el sucedía a Amélie Poulan, que harta de servir de flotador al resto, empezó a quererse y a ayudarse a sí misma).

Una película donde se mezclan la alegría y la tristeza, la luminosidad de la ilusión o la oscuridad que acompaña la perdida, con un gran esfuerzo técnico y artístico por parte de todo su equipo, que emulando a las comedias clásicas estadounidenses o al cine de Waters, y la comedia madrileña de comienzos de los ochenta con Trueba, Colomo o Almodóvar, ha conseguido una tragicomedia sobre los problemas existenciales y económicos de los jóvenes de hoy en día, cone se tono atemporal, donde coexisten móviles y vinilos, en el que hay cabida para cosas y elementos tan dispares como Broken Blossoms, de Griffith (en la que deja evidente el instante donde Lilian Gish forzaba esa sonrisa ante ese mundo cruel e injusto que le había tocado sufrir) o ese disco de Vainica Doble (dejando entrever que hasta las cosas más complejas siempre tenían un punto sencillo) pamelas en mitad de la urbe (donde la extrañeza y la confusiónd e su mundo se hacen patentes, como taparse la cara con el fular y las gafas) o vestidos ajustados de lentejuelas en un bosque mágico y a la vez, fantasmal, en el que todo parece tener sentido o no.

Penélope, de Eva Vila

MIENTRAS LA MUJER ESPERA.

Una mujer casi centenaria entra en cuadro, la estancia está casi a oscuras, entre sombras, observamos a la mujer abrir una de las ventanas de par en par, la leve luz de un amanecer nublado iluminada casi a hurtadillas el comedor. La mujer se queda un instante mirando a través de la ventana. Fuera, la quietud y el silencio son aplastantes, como si el tiempo se hubiera detenido en ese lugar, con la firme intención de dejar de avanzar más. Con la premisa de la Odisea, de Homero, la película reconstruye el mito y lo reinterpreta trasladándolo al tiempo contemporáneo, ubicándolo en Santa Maria d’Oló (en la comarca del Moianès) un pequeño pueblo en el corazón de Cataluña, situado entre montañas, en el que el foco del relato ya no es el trayecto de Ulises regresando a esta Ítaca moderna, sino que la mirada de la historia se focaliza en Penélope, una modista casi en la centena que recibe el nombre de Carme Tarté Vilardell, que a diferencia del relato no solamente espera, sino que sigue con su vida mientras espera, situándose en el centro del relato.

La directora Eva Vila (Barcelona, 1975) enfocó sus dos primeros largos en la música, una de sus grandes pasiones, en Bside  (2010) recorrió Barcelona filmando a los músicos entre bambalinas, explorando sus procesos creativos cuando se apagaban las luces, en Bajarí (2014) se centró en los barrios gitanos de Barcelona y todos aquellos incipientes artistas flamencos que continuaban con el legado de la inmortal bailaora Carmen Amaya. En su tercer trabajo, Vila se ha trasladado a la tierra de su abuela, y ha construido un relato preciosista, extremadamente intimista y sensible sobre la generación de su abuela, mujeres resistentes, duras y demasiado acostumbradas al desaliento y la tristeza, pero no por eso, mujeres amilanas y cobardes, sino todo lo contrario, una estirpe de mujeres valientes, trabajadoras e independientes, que han hecho de la ausencia su mejor valor humano, un espacio en el que seguir hacia adelante a pesar de esas ausencias físicas y emocionales, a pesar de que el tiempo y sus circunstancias las trataron de manera adversa y hostil.

Vila ha cimentado una película híbrida a medio camino entre el documento y la ficción, entre la realidad y el sueño, entre el mito y la historia, a través de un guión escrito por el escritor Pep Puig y la propia Vila, a través de una luz velada e intimista obra de Julián Elizalde, y la construcción del sonido que absorbe y transmuta en todo el espacio, obra de dos de las mejores del ramo como Eva Valiño y Amanda Villavieja, con un montaje sereno y audaz obra de Diana Toucedo y la propia directora, con la especial y acogedora voz de Anna Subirana que nos va narrando momentos de la Odisea donde hacen mención a Penélope y su situación y circunstancias. Vila logra con pocos elementos una película sencilla y tremendamente conmovedora, filmando las prominentes y amenazadoras montañas de Montserrat, mirando esos paisajes desde lo más alto, como si fuesen las grietas del tiempo que se han instalado no sólo en esa Ítaca imaginaria, sino también en las diferentes pieles de esas ancianas que han vivido tanto, y sobre todo, han visto tanto.

La cámara se mueve entre esas huellas del tiempo, tanto físico como emocional, entre las sombras y las luces de un tiempo que se extingue, de un tiempo que deja paso a otro, de ese tiempo que devuelve a Ulises encarnado por Marc Clotet Sala, con esa barba blanca frondosa y esa mirada ajena y triste, un hombre que ya no se reconoce a sí mismo, ni a su pueblo, un hombre convertido en extranjero después de treinta años de ausencia, un hombre que no es reconocido por Penélope, ni por nadie, que llama y no recibe respuesta, que vaga como un fantasma perdido y sin cobijo (como le ocurría a Robert Mitchum en Hombres errantes, de Ray). Vila se mira en ese espejo en el que maestros como Erice, Saura o Patino, siguieron a personajes que volvían a sus orígenes, y que sólo se reconocían en el pasado, cuando eran niños, como un lugar donde imposiblemente pueden volver, un lugar mágico, un lugar para soñar, un lugar del que por muchos años que transcurran, siempre será igual y al que siempre querrán volver, porque ya no se reconocen en nadie ni en ningún otro lugar.

Vila ha salido airosa de tamaña empresa, de rehacer y reconstruir el espíritu del mito, reinterpretándolo de manera contemporánea, donde la mujer y su imagen se erigen las protagonistas absolutos del relato, sacando del pozo del olvido a tantas mujeres que siguieron en la lucha, en la batalla diaria, trabajando, tejiendo y descosiendo, tantas y tantas veces, esperando a ese alguien ausente que tardó en volver, o en algunos casos, jamás volvió, pero ellas siguieron levantándose cada día para seguir con su labor, faenando para que esa ausencia triste se convirtiese en un ausencia donde ellas tomaban el mando del hogar y hacían y deshacían según su conveniencia. La Penélope de Vila, ahora llamada Carme Tardé Vilardell, sigue en pie, con su Singer a toda marcha cosiendo y cosiendo, abriendo la ventana al amanecer y cerrando cuando se hace de noche, escuchando la radio mientras pedalea en su máquina de coser, jugando a las cartas con sus amistades, o manteniéndose calmada cuando necesita esa ayuda del exterior, sin perder su sentido del humor, alegre y combativo, porque mientras regresa o no Ulises, la vida continua en el pequeño pueblo, porque el tiempo nunca se detiene, siempre continua hacia adelante, sin prisas ni sin pausa, un tiempo que lo cambia todo, el paisaje, los rostros y la memoria de propios y extraños.

Testigo de otro mundo, de Alan Stivelman

UN ENCUENTRO CERCANO.

“Nunca estarás completamente sólo, si conectas con tus orígenes”

Juan tenía 12 años cuando una mañana muy temprano su vida cambió. Juan montando su caballo, en mitad del campo, haciendo unos quehaceres que le había enviado su padre, se topó con una luz muy brillante que resultó ser una nave de origen extraterrestre, el niño se introdujo en el interior del artefacto y todo aquello que presenció aquel amanecer de 1978, le ha condicionado toda su existencia, provocándole terribles pesadillas, las burlas de propios y extraños, y su aislamiento total recluido en el campo con sus animales. Casi 40 años después, el director bonaerense Alan Stivelman, que convenció a los más escépticos con su primer trabajo, Humano (2013) donde seguía la peripecia de un joven que se lanzaba a recorrer las montañas andinas en busca de respuestas. El cineasta argentino vuelve a un relato existencial, protagonizado por un hombre sencillo y tranquilo, alguien que disfrutaba de una apacible existencia junto a su familia y enriqueciéndose de la sabiduría de su abuelo sobre el campo y su alrededor. Aunque, Stivelman se centra en los grandes enigmas de la vida, esta vez, las consecuencias nacen en un caso diferente, en las consecuencias terribles de un tipo enorme peor bonachón, un ser incomprendido, un ser aislado, alguien que se encuentra sólo y triste.

Stivelman se convierte en narrador y guía de la película, mostrándonos a Juan, su casa, su vida y trabajo, y abordando aquello que lo angustia, y para ello, nos invita a un viaje hacia lo más profundo de Juan, a sus orígenes, a través de la sabiduría ancestral de los chamanes guaraníes de Paraguay, que nos descubrirán una manera completamente diferente de afrontar el suceso Ovni, estudiando sus entrañas desde lo trascendente, de aquello que no podemos ver, de aquello intangible, de todo ese mundo que sabemos que hay pero no podemos descifrar, en la ayuda a Juan, también participará el Dr. Jacques Vallée, un astrofísico experto en el fenómeno Ovni y gran defensor en la hipótesis extraterrestre e interdimensional (que conoció a Juan cuando éste vivió su encuentro). Stivelman construye una película-terapia donde el dispositivo cinematográfico se erige como medio para ayudar a Juan, abrir su mente, a través de hipnosis, y su cuerpo, para conocer sus traumas y miedos, y batallar contra ellos, de un modo frontal y con todas las herramientas científicas y espirituales que le van ofreciendo los implicados en esta historia.

El director argentino nos habla del fenómeno Ovni como estudio científico, y todo aquello que el cine, la literatura o la sabiduría popular ha creado a través del fenómeno, pero no se queda ahí, la película se sumerge en un viaje, el de Juan, y el nuestro propio, donde descubriremos otros mundos, otros estados, y sobre todo, otras percepciones de nuestro entorno y aquello que sentimos, en una especie de viaje metafísico que abarca todo nuestro ser, aquello que nos rodea, y lo más lejano, otros seres, otras vidas y otras ideas y maneras de pensar. La película no toma partido, muestra el viaje de Juan, sus encuentros mágicos, sus emociones, temores, y demás, siendo testigos de la sanación que va experimentando, a través de  lo trascendente, encontrando a seres que lo escuchan, lo entienden y sobre todo, le ayudan a encontrar las herramientas que le ayuden a superar su trauma, a dejar de sentirse solo y a aprovechar todo aquello que vivió con su encuentro con ese otro mundo desconocido.

El cineasta argentino ha construido una película sincera y magnífica, que deja la épica y la espectacularidad tan inherente al fenómeno Ovni, para adentrarse en otro terreno, un espacio donde el humanismo es el protagonista, donde la noticia fabulosa que un niño tuvo un encuentro con extraterrestre hace 40 años, que sorprendió a tantos, pasa a convertirse en que fue de aquel niño, ahora, convertido en un gaucho en la cincuentena que vive del campo y de sus animales completamente aislado, preguntándose las causas que le han llevado a ese estado, filmándolo en su entorno, mirando a su rostro, explicándonos todo lo que sucedió después, aquello que a la actualidad no le interesa, ¿Cómo creció después de su encuentro? ¿Cómo ha vivido todos estos años? ¿Qué siente ahora mismo? ¿Cómo le afectó anímicamente aquel encuentro?

Stivelman ha creado la película preguntándose por todo eso, y mucho más, llevando a Juan a otro mundo, aquel en el que alma consigue la paz, y descubre que hay otros mundos mucho más cercano de lo que imaginamos, contándolo desde la intimidad de Juan, desde el descubrimiento de esos mundos desconocidos, y acercándose a realidades diferentes, mágicas y extrañas. Un documento sobre lo invisible, en el que se pondrán a pruebas nuestras creencias sobre lo que nos rodea y aquello más allá, aquello que no sabemos contar, lo que se escapa de nuestro entendimiento, en un viaje para no solamente respondernos algunos enigmas, sino a abrazar lo que nos produce miedo a través de lo más ancestral de nuestros antepasados.

Entrevista a Arantxa Echevarría

Entrevista a Arantxa Echevarría, directora de la película «Carmen y Lola». El encuentro tuvo lugar el lunes 3 de septiembre de 2018 en cafetería de los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Arantxa Echevarría, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

Las distancias, de Elena Trapé

TRES DÍAS CON LOS AMIGOS.

“Todos creíamos que a partir de cierta edad sentirías un clic y lo entenderías todo, pero este clic no llega nunca”

En las primeras líneas de la excelente novela Cuatro amigos, de David Trueba, leemos lo siguiente: “Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas”. Sin ánimo de hacer comparaciones, aunque las dos compartan hablarnos de la amistad de cuatro amigos, aunque sus miradas transitan por caminos complementarios, sí, pero también diferentes. Aunque, esas primeras líneas de la novela, podrían ser también las primeras líneas de la película. Se esperaba con entusiasmo el nuevo trabajo de Elena Trapé (Barcelona, 1976) después de las buenas sensaciones que dejó su debut con Blog (2010) la historia de un grupo de adolescente que pactan quedarse embarazadas como protesta. Entre medias, Trapé ha dirigido Palabras, mapas, secretos y otras cosas (2015) un documento que recorre el trabajo de la cineasta Isabel Coixet, a través del espíritu de sus películas.

Las distancias nos habla de amistad, de emociones (des) encontradas y desordenadas, de precariedad, de huidas, y sobre todo, de una generación muy preparada académicamente, pero con pocas expectativas de futuro laboral, económico y emocional. Sí en Blog, la amistad era ese espacio de compañerismo, absolutamente férreo, sin aristas, y todas a una. En Las distancias, es todo lo contrario, aquellas adolescentes han cumplido años y ahora se encuentran en los 35 años, que se convierte en el punto de partida de la película, ya que tres amigos viajan a Berlín a sorprender y celebrar el cumpleaños de Comas, con esa excusa ya que hace la tira que no se ven. Aunque lo que allí se encuentran o reencuentran no es lo que esperaban, y el fin de semana divertido y cálido, se convierte en un tono oscuro y gélido, en el que la atmósfera de ese Berlín frío y nublado se convierte en el marco ideal para hablarnos de las emociones que experimentan los jóvenes treintañeros. Trapé nos está hablando de ella y sus amigos, y del contexto precario en el que se mueven todos ellos, empezando por Olivia (Alexandra Jiménez) embarazada de siete meses, y con serias dudas con sus sentimientos y el padre de su futuro hijo, Eloi (Bruno Sevilla) con un trabajo a media jornada, abandonado por la novia, y volviendo a casa de sus padres a vivir por no poder pagar su piso, Guille (Isak Férriz) al que parecen ir bien las cosas laboralmente hablando, arrastra una relación de pareja no del todo satisfactoria con Anna (Maria Ribera) que lo acompaña en el viaje, y por último, Comas (Miki Esparbé) el anfitrión y cumpleañero, que vive instalado en Berlín, que se muestra apático y reservado, que será la figura ausente de la película.

La cineasta barcelonesa enmarca su relato en sólo tres días, con un prólogo, donde todos son encuentros, abrazos y sonrisas, para pasar a ese sábado casi siniestro, donde se cimenta el grueso de la historia, donde cada uno de los personajes acabará en solitario, deambulando por una ciudad extraña, irreconocible y triste, algo así como un espejo demoledor de sus emociones, donde cada uno de ellos se encerrará en sus ideas, pensamientos y reflexiones sobre sí mismo y sus amigos, en el que la directora opta por seguirlos con la cámara pegada a ellos, como esa sombra molesta de la que no pueden huir (es grandioso el trabajo de luz de Julián Elizalde, con esa luz lúgubre y velada que acompaña toda la película) en el que se irán perdiendo por las calles berlinesas, aceptando su realidad, una realidad de la que llevan demasiado tiempo intentando escapar. El preciso trabajo de montaje, obra de Liana Artigal (que ya firmó el de Blog) llevándonos de un personaje a otro, siendo testigos de sus preocupaciones, misterios y sobre todo, de sus miserias emocionales, de aquello que no cuentan a nadie, pero que no les deja en paz.

Un guión obra de la propia directora, junto a Josan Hatero y Miguel Ibáñez Monroy (autor entre otras de la serie Cites) que es parco en palabras, construido a través de silencios y gestos, y de las soledades interiores de cada uno de ellos, en esos momentos de conflictos, de reproches, de una amistad que fue, que ocurrió, que los acompañó durante largos años, pero a día de hoy, una amistad rota, donde más que amigos parecen extraños, una amistad que sigue manteniéndose gracias al pasado (como ese precioso y terrible momento en que Olivia recupera un cd del grupo Los Fresones Rebeldes y su canción “Al amanecer”, todo un himno allá a finales de los 90) donde parece devolvernos a esa juventud temprana, donde todos parecíamos más felices, y sobre todo, éramos más jóvenes, cargados de ilusiones, donde vislumbrábamos un futuro muy diferente a lo que es realmente, donde los sueños parecen maravillosos, y la amistad que teníamos parecía irrompible, eterna y feliz.

Trapé recoge el espíritu que acompañaba a películas como Reencuentro, de Kasdan o Los amigos de Peter, de Branagh, en el que amigos y amigas pasaban de la celebración a las verdades en la cara, sin concesiones ni rodeos, un mismo espíritu que tanto Trapé, al igual que sus compañeras de la Escac, como Mar Coll, Roser Aguilar, Nely Reguera o Liliana Torres, a la que podríamos incluir a Sergi Pérez, nos hablan de relaciones entre amigos, de emociones soterradas y deseos incumplidos, de una juventud que quería conquistar el mundo, pero la realidad la llevó por otros lares más incómodos y demasiado tristes. Trapé  ha hecho una película magnífica, honesta y cercana, huyendo del sentimentalismo y los aspavientos emocionales, rodeado de un grupo artístico y técnico de altura, contándonos un relato donde mucha gente, en los que se incluye un servidor, se verá muy reflejado, quizás demasiado, porque la película se convierte en ese espejo donde se reflejan todos nuestros miedos, inseguridades y nuestra incapacidad para los temas emocionales, nuestra torpeza y cobardía para afrontar lo que sentimos, y la nula incompetencia para afrontar nuestra precaria realidad y detener esa eterna huida de nosotros mismos, y de los demás, quizás los únicos amigos sinceros, o al menos alguna vez lo fueron, que nos quedan para tomar una cerveza y contarnos lo que nos ocurre, pero de verdad, sin mentiras ni falsedades.

Carmen y Lola, de Arantxa Echevarría

UN AMOR PROHIBIDO.

“Ser mujer sigue siendo una tarea difícil. Ser mujer y gitana, lleva acompañado toda una cultura de siglos de patriarcado y machismo. Ser mujer, gitana y lesbiana, es directamente no existen»

Arantxa Echevarría

Nos encontramos en el extrarradio de Madrid, aunque podría tratarse de cualquier ciudad del mundo, en uno de esos barrios de la periferia, en los que se acumulan los más desfavorecidos, donde conoceremos a Lola, una gitana adolescente diferente a las demás, Lola va al instituto, sueña con ir a la universidad, pinta grafitis de pájaros, y además, a Lola le gustan las chicas. Un día, en esos días de mercadillo, donde su familia vende frutas y verduras, se tropieza con Carmen, una gitana guapísima de su misma edad, el enamoramiento de Lola es instantáneo, como si un rayo la atravesara, esa primera mirada, esas hormigas revoloteando en el estómago, ese primer amor. Aunque, la cosa no va a ser nada fácil, porque Carmen está pedida y prepara su boda con un primo de Lola.

La directora Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968) lleva más de un cuarto de siglo en esto del cine, trabajando en los equipos de producción y realización para otros directores, en el año 2010 se lanzó a dirigir cortos cosechando grandes éxitos, y ahora se ha decidido a debutar en el largometraje coproduciendo, escribiendo y dirigiendo una tierna y sensible love story protagonizada por dos gitanas en un contexto hostil y cerrado como la comunidad gitana, un entorno establecido en el que rigen unas tradiciones sociales y culturas ancestrales, donde las mujeres están destinadas a casarse y ser madres. Echevarría se adentra en el mundo gitano desde el respeto y sus contradicciones, sin juzgar a sus protagonistas ni a sus familias, dejando que el espectador tome partido, explicándonos su cuento urbano y febril de manera sencilla y honesta, sin caer en estereotipos ni prejuicios, contándonos el primer amor, esa primera vez que descubrimos el amor, con la circunstancia que se trata de dos chicas gitanas, y protagonizarán un amor prohibido, clandestino, lejos de miradas inquisitivas y reprobadoras.

La cineasta bilbaína nos cuenta su película a través de la mirada de Lola, la chica diferente, la que quiere otra vida para ella, la que se mete en chats de lesbianas y pinta grafitis de pájaros que vuelan libres, sin rumbo ni destino, y todo lo hace a escondidas, lejos de los suyos, que censuran su vida y su forma de ser, Lola ve en Carmen ese pájaro enjaulado como ella, y se siente fuertemente atraído por ella, aunque las circunstancias se encaminen hacia otro lugar, pero el caprichoso destino las irá empujando hacia lo inevitable y vivirán esa historia de amor pequeña y oculta. La luz luminosa y cercana de la película, obra de Pilar Sánchez Díaz (también coproductora de la cinta) con ese aroma brillante, que contrasta con la oscuridad emocional que sienten y viven las protagonistas, recuerda a los trabajos de Teo Escamilla para Saura o los de José Luis Alcaine para Almodóvar, una luz luminosa que baña cada rincón de ese barrio y sus espacios, donde a veces escuchamos música flamenca que acompaña en las celebraciones de los gitanos (en el culto religioso, en la fiesta de pedida o el cumpleaños del novio) motivo de alegría para la comunidad, contrarrestada por los momentos de silencio cuando las dos chicas se dejan llevar por sus sentimientos y sus miedos.

La película emana ese cine social que hizo grande al cine británico de finales de los 50 y comienzos de los 60, que han heredado cineastas como Saura o Armendaríz, a través de la urbanidad y la suciedad de los desplazados del centro de la urbe, como vimos en películas de la calidad de Deprisa, Deprisa o 27 horas, y más recientemente, el cine de los Dardenne, tan interesado en las penurias de los invisibles de las urbes, o los chavales aburridos sin nada que hacer de Barrio, de León de Aranoa, chicos y chicas que van de un lado a otro, en esa edad difícil donde están de paso, donde cada experiencia es un descubrimiento que marcará sus destinos, en ese estado de transición que todavía no se ha definido hacia ningún lugar o destino. El extraordinario reparto de la película, todos ante su primera experiencia cinematográfica, con el maravilloso dúo protagonista, Zaira Romero y Rosy Rodríguez, las Lola y Carmen, bellas, espontáneas y sinceras, bien secundadas por Carolina Yuste como Paqui, esa gitana que ha roto una lanza a favor de encaminar a los gitanos a otro futuro, y Moreno Borja y Rafaela León, padres de Lola, y un grupo de casi 150 gitanos que dan vida a los personajes de la película.

Echevarría ha construido una película sensible, íntima y deslumbrante, tanto por su contenido, complejo y difícil, como su forma, desde esa distancia en la que explica su historia de manera libre y sin complejos, acercándose a la comunidad gitana desde su diversidad, complejidad y singularidad, sin caer en la superficialidad, ni crear un cuento de buenos y malos, sino de seres diferentes y complejos, seres que aman, que sufren, que viven según su cultura, sus tradiciones, educación y experiencias, en una magnífica película con encanto y detallista, en la que todo ocurre desde una mirada libre y desacomplejada, una mirada convertida en los precios que tenemos que pagar por ser libres, y sobre todo, por amar en libertad, sin coacciones de ningún tipo, siendo las personas que queremos ser, trabajando para vivir y amar como sentimos.