Entrevista a Paula Grimaldo, actriz de la película «Calladita», de Miguel Faus, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paula Grimaldo, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Arantxa Sánchez de Karma Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Càudia García de Dios, Ariadna Fortuny Cardona, Mònica Tort Pallarés y Mònica Cambra Domínguez, directoras de la película «Un sol radiant», en los Cinemes Girona en Barcelona, el lunes 13 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Càudia García de Dios, Ariadna Fortuny Cardona, Mònica Tort Pallarés y Mònica Cambra Domínguez, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sandra Carnota de Begin Again Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Pep Garrido y Xesc Cabot, productores de la película de «Un sol radiant», de Mònica Cambra Domínguez y Ariadna Fortuny Cardona, en la sede de Atiende Films en Barcelona, el lunes 13 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pep Garrido y Xesc Cabot, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sandra Carnota de Begin Again Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Así es como termina el mundo, no con una explosión, sino con un lamento”
T. S. Eliot
Películas como Les amigues de l’Àgata, Ojos negros, Les dues nits d’ahir y Les perseides tienen en común haber surgido como proyecto de fin de carrera de la especialidad de Comunicación Audiovisual de la UPF. Un grupo a la que se añade Un sol radiant, de Mònica Cambra Domínguez (dirección y montaje), Ariadna Fortuny Cardona (guion y dirección), Clàudia Garcia de Dios (guion y dirección de arte) Lucía Herrera Pérez (sonido y montaje), Mònica Tort Pallarès (ayudante de sonido y música), surgidas de la promoción 2020-21, junto a Belén Puime Bao en producción, alumna de intercambio de la Universidad de Santiago de Compostela. Unas cineastas que han tenido el asesoramiento de profesores como Gonzalo de Lucas, Carla Simón y Roser Aguilar, entre otras, en un proyecto que arrancó como cortometraje y gracias a Atiende Films de Pep Garrido y Xesc Cabot, directores de Sense Sostre, se ha convertido en una película que recoge el naturalismo y la cotidianidad de un verano cualquiera con el añadido de un película a lo Roger Corman sobre el fin del mundo, sobre sus últimos cinco días.
El relato se mueve entre el intimismo y la transparencia alrededor de la mirada de Mila, una niña de 11 años, que vive ese final junto a su madre Alicia, su hermana Íngrid de 16 y l’Avi en una casa en el bosque alejados de todos y todo, en pleno verano, en el último verano. Las diferentes posiciones de los miembros ante la inevitable catástrofe, será el centro de la incomunicación, alejamiento y conflicto entre los adultos, entre los que Mila, con su afán de hacer una fiesta, se verá sin los puentes necesarios para llevarla a cabo. La niña deambula por el bosque, observándolos y tratando de entender sus posiciones y sus diferentes acciones. Estamos ante un tono de cuento, de ese tipo de fábulas de iniciación y conocimiento de lo ajeno, de ese mundo de los adultos por parte de Mila, con el acompañamiento de la inquietud del final del mundo, pero no está tratado con el efectismo del cine comercial, sino todo lo contrario, llevándonos por esos cincos días de verano, con las cosas propias de la estación: el aburrimiento de alguien como Mila, que se siente diferente y sin conectar con los suyos, y los otros, con actitudes tan alejadas, como la hermana que siente la necesidad de disfrutar al máximo, la madre que parece que quiere que todo continúe igual, y l’avi que está y no está, con esos extraños baños en el río.
La cercana e inquietante luz de la cinematógrafa Júlia La-Roca, que debuta en un largometraje después de estar en el equipo de cámara de Girasoles silvestres, de Rosales, al igual que la excelente música de Guillem Martorell, que ha trabajado en Espejo, espejo, de Marc Creuhet, entre otras, con una banda sonora que recuerda a la de películas de Gus Van Sant como Gerry, y el eficaz montaje reposado y sin piruetas con sus 79 minutos de pura emoción y transparencia, que va generando ese espacio de lirismo junto al aroma de la ciencia-ficción sin efectismos, en un campo espectral que conmueve con muy poco, porque la idea de la película es coger el género para hablar de temas tan humanos como las dificultades para amar y relacionarnos con los que tenemos más cerca, y todos los conflictos que se generan por aislarse y evitar el problema, creando una tensión mayor y muy difícil de solucionar. Tiene la película, dentro su modestia, que no la evita, sino que la potencia, con toda esa atmósfera pausada, profunda y reflexiva de las obras mayores realizadas con lo mínimo, asemejándose a la profundidad de Las vírgenes suicidas, de Sofia Coppola, con esa extrañeza y onirismo, y la perplejidad y lo fantástico de Melancolía, de Lars Von Trier, donde la vida y sus conflictos familiares van sucediendo mientras está ocurriendo el final de todo.
Dos películas protagonizadas por Kirsten Dunst que, una de sus primeras actuaciones en Entrevista con el vampiro, cuando tenía 12 años, recuerda a la mirada de Laia Artigas, la inolvidable protagonista de Estiu 1993 (2017), de la citada Carla Simón, que encarna a una Mila fascinante, con ese pasear en soledad, mirando a su alrededor, a su familia y entorno y no entendiendo nada de lo que sucede. Una joven actriz que nos gustaría seguir viéndola en otras producciones, porque hace eso tan complejo en el arte cinematográfico como mirar muy bien, y no refiero a la belleza ni nada de eso, sino a la forma de transmitir toda esa desesperanza y esa inquietud que tiene un personaje que necesita a los suyos pero que los otros están por sus cosas. Muy bien acompañada por Núria Prims como la madre, queriendo ser una protectora pero que no acaba de encontrar la cercanía y el amor necesarios, una hermana mayor demasiado mayor para Mila, en ese cambio de mujer en que Mila está a años luz, y la diferencia que se crea entre las dos, bien interpretada por Núria Sales como Íngrid, Jaume Vilalta como l’Avi, alguien que sin hablar mucho está con sus cosas, y finalmente, Mercè Pons como una vecina, alguien que las visita y que intenta disimular normalidad.
La película Un sol radiant es una ópera prima muy diferente, atípica, porque no parece surgida de unas estudiantes sin experiencia, y digo esto porque se adentra en lugares complejos para una primera película, pero que los resuelve con un arrojo y una sobriedad dignos de elogiar, encontrando todos esos espacios donde la vida no parece vida, y se adentran en lugares comunes del género pero desde otras posiciones y tonos, recurriendo a lo convencional pero trasladándose a una atmósfera donde todo se fusiona con sensibilidad y sin redundancias, creando esa inquietud y perplejidad de unos personajes que quieren continuar como si no pasara nada, contando un final del mundo como el que vivimos durante el tiempo de pandemia, muy alejado de la ficción hollywoodiense, quizás lo que plantea una película como Un sol radiant, me encanta su título, sutil y cautivador, no esté muy alejado de lo que podría ocurrir, y eso es mucho más inquietante que la catástrofes de videojuego que nos tiene acostumbrados el cine comercial, porque el final, si ocurre alguna vez, seguro que es así, casi sin darnos cuenta que todo se acaba y nosotras seguimos a lo nuestro, sin saber cómo vivir y cómo querernos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Cuando actuamos sin prisas y con prudencia, nos damos cuenta de que sólo lo grande y valioso posee existencia permanente y absoluta y de que las cuitas y placeres vanos no son sino sombra de la realidad”.
Frase de la novela «Walden», de Henry David Thoreau
Temas como la soledad, la incomunicación y el dolor ocasionado por la pérdida son elementos esenciales en Happy Hour (2015), Asako I & II (2018), La ruleta de la fortuna y fantasía (2023) y Drive My Car (2013), las tres películas que he visto de Ryûsuke Hamaguchi (Kawasaki, Prefectura de Kanagawa, Japón, 1978), donde el tiempo y el encuadre resultan de una magnetización absoluta entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, en una simbiosis perfecta entre los personajes, tan solitarios y perdidos, como todos y todas, y entre el espectador, donde se genera un tercer espacio, aquel en que vas reconstruyendo el pasado inmediato de estos individuos, y reflexionando sobre unas existencias anodinas, vacías y ancladas en una especie de limbo que les impide avanzar y les deja en vía muerta, en ese tiempo y emociones del pasado.
En El mal no existe, el cineasta japonés sigue explorando todas sus obsesiones, con ese hipnótico arranque: una panorámica que muy lentamente va capturando un reguero de árboles tomados desde abajo, acompañados por la sensible y susurrada música de Eiko Ishibashi, en un maravilloso plano en el que conjuga los dos elementos que prevalecen en la historia que estamos a punto de ver: la naturaleza y la belleza, eso sí, tanto una como otra, ocultan sus negruras, su inquietud y su maldad. Hamaguchi trocea en dos partes bien diferenciadas su película. En la primera, parece que estemos en una película social, la de los de la ciudad que llegan al pueblo, cercano de Tokyo, con la intención de construir un resort para turistas, cosa que molesta a los del lugar, un remanso de paz rodeado de montañas y nieve, porque estamos en invierno, y los aturde por los conflictos que generarán los residuos en el agua pura de la que viven todos y todas. En la segunda mitad, el relato vira hacia lo abstracto, pero no en un sentido frontal, sino en una película donde impera lo invisible, lo oculto, y sobre todo, lo fantástico, donde el terror más puro se va adueñando de la historia, no con toques efectistas ni estridencias a golpe de sonido, sino todo lo contrario, a partir de una sutileza que conmueve, en ese espacio donde habitan nuestros monstruos, a partir de la ausencia, de la convulsión que se instala en el pueblo donde una pérdida va llenando de inquietud y angustia el lugar y sus habitantes.
La maestría de Hamaguchi está fuera de toda duda, porque nos sabe atrapar con lo mínimo, llevándonos a un terreno donde impera lo extraño y sobre todo, lo enigmático, donde la película juega con nuestra imaginación, porque no sabemos muy bien lo que pasa y mucho menos, los porqués, vamos, como la vida misma, en un proceso parecido al cine de Haneke, en que la espera de que pasará o no, resulta poderosa. En la película se adueña una alucinante atmósfera que conjuga la cotidianidad y la repetición: Takumi, el protagonista y conocedor de bosques y animales, el hombre-sabio y tranquilo del lugar, cortando troncos, recogiendo a su hija Hana del colegio, y acudiendo a comer la sopa especial al pequeño restaurante de sus amigos. Un personaje silencioso que actúa como hilo conductor y base desde donde la narración empieza y termina, es decir, con su mirada vamos conociendo el pueblo, sus montañas y sus animales, y todos los códigos, visibles e invisibles que existen en ese espacio natural y oscuro. Podemos mirar El mal no existe como una forma de análisis sobre la condición humana, sobre todo aquello oculto que nos define ante los demás y ante los hechos que se producen, sobre nuestro cuestionamiento moral y sobre nuestra verdadera naturaleza.
En ese sentido, la parte técnica potencia todos los enigmas que sobrevuelan en la historia, donde el cineasta nipón vuelve a contar con sus colaboradores más estrechos como el mencionado músico, una banda sonora llena de sutilezas y detalles, donde la sensibilidad acompaña y cuenta, sin ser obsesiva ni juzgante, al igual que la cinematografía de Yoshio Kitagawa, con esa naturalidad y cercanía del primer tramo, y luego, a partir de leves variaciones componiendo una atmósfera más abstracta, extraña e inquietante, como el montaje de Azusa Yamazaki que, en sus intensos y pausados 106 minutos, nos van envolviendo en ese aura que se mueve de puntillas entre la fascinación de la naturaleza y la condición humana oscura que la habita, y el elaborado y magnífico trabajo de sonido de Izumi Matsuno, porque tan importante es lo que vemos como aquello que se nos oculta. Con el reparto, Hamaguchi vuelve a acertar de pleno, reclutando unos intérpretes como Hitoshi Omika, que estuvo en el equipo de producción en La ruleta de la fortuna y la fantasía, y ahora encarna de forma magistral y sobria al poderoso Takumi el hombre del lugar, de la naturaleza y del silencio, Ryo Nishikawa es la pequeña Hana, Ryuji Kosaka es Takahashi y Ayaka Yibuti es Mayuzumi son los de la ciudad, y ella era una de las actrices que componían el reparto de Happy Hour, como Hazuki Kikuchi, que también estaba en la citada película, ahora como cocinera del restaurante.
No se acerquen a ver una película como El mal no existe esperando una catarsis o algo parecido, aquí no hay nada de eso, y no lo hay, porque si conocen alguna película de Ryûsuke Hamaguchi, sabrán que su mirada a los sentimientos y los avatares vitales de sus personajes, y por ende de la existencia, carecen de esos momentos catárticos, y por el contrario, todo se envuelve en una cotidianidad a veces demasiado normalizada, otras, más extrañas, y la mayoría, sin calificar, es decir, que las experimentamos sin saber nada de lo que ocurre y sus porqués, porque como nos viene a decir, o quizás, a reflexionar el director japonés, la existencia está llena de tantos enigmas, quizás, nuestras propias existencias son enigmas demasiado profundos y complejos y no tenemos la capacidad de poder entenderlos aunque sea un poco, y en eso, reside la intimidad y la grandeza de nuestras vidas, o nuestras sombras que, en ocasiones, pueden parecer lo más naturales posibles, y otras, se convierten en una oscuridad e inquietud imposibles de descifrar y mucho menos manejar, tal y como sucede en las imágenes magnetizantes y maravillosas de la película, donde la belleza y la oscuridad se dan la mano y nos transporta a otros mundos, esos universos que nunca están fuera, sino en nuestro interior, aquello que nos inquieta tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Aina Picarolo, actriz de la película «Nina», de Andrea Jaurrieta, en el hall del Room Mate Gerard Hotel en Barcelona, el lunes 6 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aina Picarolo, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Andrea Jaurrieta, directora de la película «Nina», en el marco del D’A Film Festival, en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 12 de abril de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Jaurrieta, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Películas como Un rayo de luz (1960), Ha llegado un ángel (1961), Tómbola (1962) y Marisol rumbo a Río (1963), convirtieron a una humilde niña andaluza en toda una star infantil, tanto a nivel nacional como internacional, convertida en paradigma del franquismo. Su nombre era Josefa Flores González (Málaga, 1948), pero todos y todas la conocieron por su nombre artístico: Marisol. Se ha escrito, hablado y analizado su carrera artística desde que fue niña prodigio hasta que en los años setenta deja todo esa imagen y pasa a llamarse Pepa Flores y cambia su perspectiva y carrera, con trabajos de otra índole, junto a autores como Juan Antonio Bardem, Mario Camus y Carlos Saura, y su activismo político de izquierdas. La película Marisol llámame Pepa, de Blanca Torres (Zaragoza, 1977), hace un recorrido desde su infancia, su éxito y toda su vida, tanto delante como detrás de las cámaras, con el subtítulo “Proceso a un mito”, a través de material de archivo, testimonios en el que van evocando a la artista y a la persona mediante una narradora, sacada de sus propias palabras, que nos van guiando por su mundo y su historia.
De Torres conocíamos su excelente trayectoria junto al director Gabriel Velázquez con él que ha montado sus películas Ärtico (2014) y Zamiki (2018), coescrito Amateurs (2008), Iceberg (2011), además de la codirección de Análisis de sangre y azul (2016). Con su nuevo trabajo se adentra en el universo de Marisol/Pepa Flores que describe con detalle e inteligencia el devenir de un país en dictadura y su pasó a la democracia, a partir de un personaje como Marisol y su conversión en la edad adulta en Pepa Flores, una mujer que quiso dejar atrás lo que representaba para ser ella misma, a pesar de todos y todo. La mezcla de found footage muy rico, entre imágenes de todo tipo: fotografías, cine, entrevistas, recortes de prensa, acompañado de los sinceros testimonios en los que encontramos escritoras como Elvira Lindo y Marta Sanz, la periodista Nativel Preciado, la política Cristina Almeida, la cantante Amaia, la bailaora Cristina Hoyos y el productor Enrique Cerezo, entre otros y otras, que analizan su trayectoria, su actitud y su persona, compartiendo sus ideas tanto a nivel personal como profesional, y esas voces en off en que recogen testimonios de la propia artista, en una película construida desde muchos lugares y posiciones en las que se busca mostrar y reflexionar sobre la vida del mayor mito de la historia de España, desde una forma y fondo donde se traza un espacio de reflexión, profundidad y sobre todo, muy personal.
Una película que ha contado con un trío de productores muy potente: Chema de la Peña, director de películas interesantes como Sud Exprés (2005), y Amarás sobre todas las cosas (2016), y documentales sobre cine De Salamanca a ninguna parte (2002), Un cine como tú en un país como este (2010), o literatura Mario y los perros (2019), entre otros, y Sarao Films, que después de dos décadas en la televisión han saltado al cine con películas sobre artistas como De caballos y guitarras, de Pedro G. Romero y Antonio, un bailarín español, de Paco Ortiz. Compañeros de viaje que han ayudado a contar, quizás, la película que faltaba sobre Marisol/Pepa Flores que, sin pretenderlo, han conseguido una obra didáctica y tremendamente intensa y rítmica, con la cinematografía de Juana Jiménez, de la que conocemos su trabajo en series como Las de la última fila, y en Las paredes hablan, la última película del gran Carlos Saura, y el montaje de Martina Seminara y la propia directora, que en sus 87 minutos sin descanso, repasa la vida y la obra, lo que se vio, lo que no y deja muchas ideas y pensamientos de una mujer que en el año 1985 decidió dejarlo todo y retirarse de la vida pública para ser ella misma alejada de todos y todo.
Hay que agradecer la audacia y la propuesta de Marisol llámame Pepa, porque a pesar de todo lo que se ha escrito, hablado y profundizado en la vida de Marisol/Pepa Flores, la película de Blanca Torres, sin ningún ánimo de hacer la película capital sobre el mito, sí que consigue acercar la persona, la mujer que había detrás, la niña que creció alejada de su familia en la casa/cárcel de su productor, la niña que fue explotada y reventada en pos del éxito promocionando la idea tradicionalista del franquismo en un país sumido en la tristeza, la violencia y el desánimo, y luego, la mujer que quiso ser, romper con esa imagen de candidez y convertirse en una mujer de pleno de derecho, tener una carrera más adulta y seria, enfocada en temas importantes, y seguir cantando y bailando, y su compromiso político en pos de la injusticia, contra la explotación y ser una más en la lucha y la reivindicación, no para borrar aquella imagen, sino para que la viesen como la artista que era, la actriz adulta que pensaba por sí misma y con personalidad, carácter y determinación en una España que estaba cambiando, que se hacía mayor, que se resistía a olvidar sus mitos franquistas y empezaba a ver que había realmente detras de todo aquello, y encontraba la imagen de Pepa Flores, de una mujer, de alguien que se sentía capaz de seguir siendo artista y sobre todo, mujer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Ricardo Íscar, director de la película «Aire», en una de las salas de edición de la UPF. Edificio Roc Boronat. Campus Poblenou, en Barcelona, el martes 7 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ricardo Íscar, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“De modo que ella, sentada con los ojos cerrados, casi se creía en el país de las maravillas, aunque sabía que sólo tenía que abrirlos para que todo se transformara en obtusa realidad”
Del libro Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll
Cuando se habla de cine de animación es inevitable hablar de una de las parejas más grandes Hayao Miyazaki e Isao Takahata que, a través de su Studio Ghibli, se han encargado de construir un imaginario propio, cercano y fantástico, en el que se adentran en las emociones de las niñas que pueblan su ríquisimo imaginario. Shenxiu, la protagonista de Deep Sea, no estaría muy lejos de aquellas de Satsuki y Mei de Mi vecino Totoro (1988), o de Chihiro en El viaje de Chihiro (2001), sólo por citar un par de ejemplos. Niñas enfrentadas al dolor, la tristeza y la ausencia que, con su inmensa imaginación, el mejor refugio contra los males, recrean un espíritu del bosque o de una tierra imaginaria donde nada es lo que parece. En el caso de Shenxiu, su dolor se centra en la ausencia de una madre que la abandonó, una pérdida que la sumido en una fuerte soledad y aislamiento, a pesar que, su padre ha creado una nueva familia, de la que ella no se siente parte de ella.
La película Deep Sea. Viaje a las profundidades (Shen Hai, del original, que vendría a traducirse como “Dios” o “Ser divino”, y “Dos”), supone el segundo trabajo de Tian Xiaopeng (Pekín, China, 1975), después de su debut en el largometraje con Monkey King: Hero is Back (2015), una historia que mezclaba fantástico, aventuras, monstruos, mitología y Wuxia (el subgénero de fantasía que mezcla artes marciales con tintes de melodrama), en un memorable trabajo técnico en 3D. Con Deep Sea, vuelve a apabullar con la exquisita y detallada de la animación en 3D, en el que fusiona el maltrecho estado de ánimo de la joven protagonista con un viaje a las profundidades del mar, a un mundo de fantasía a bordo de un submarino enorme convertido en un restaurante que se llama “Deep Sea”, que capitanea un atribulado, torpe y mago Nan He, y su especial tripulación formada por morsas que cocinan y tejones como camareros, en un universo que parece no tener fin, en el que una enigmática sopa hace las delicias de unos clientes que son peces de diferente tamaño y forma, en el que no faltan las dificultades y peligros como el del fantasma rojo, una extraña criatura en forma de sombra gaseosa que navega por las profundidades.
La película es un derroche de fantasía, aventuras y de imaginación desbordante, en el que cada detalle cuenta y se muestra su increíble importancia. Todos los aspectos técnicos brillan en la película, desde la parte visual de la que hemos dado buena cuenta, su rítmico, intenso y enérgico montaje en una película que se casa a las dos horas de metraje, y su excelente banda sonora que firma Dou Peng, que no se limita a acompañar sus imágenes espectaculares, sino que va muchísimo más allá, creando todo el entramado emocional de la protagonista, y generando todo ese mundo tanto el físico como el espiritual, y el onírico, donde la fábula y el relato se usan para construir y deconstruir la historia, lo que vemos y lo que no, en una aventura en la que la no cesan de ocurrir cosas, pero que, además, nunca se desvía del asunto central: la historia de una niña solitaria que no ha pasado página y sigue anclada en un pasado donde su madre la quería, y este viaje por el mar, o por las profundidades del mar, a bordo de este peculiar y fantástico vehículo y formando parte de su extraña y mágica tripulación, aprenderá a ser ella misma, a aceptar la ausencia y sobre todo, a imaginar y comenzar a vivir un mundo en que su madre ya no está.
La aventura íntima de Shenxiu tiene un referente claro: el de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Una historia donde la supuesta realidad, o esa parte que produce dolor y tristeza, se convierte en un mundo lleno de fantasía donde los animales se humanizan, donde las cosas adquieren otro significado y sobre todo, otro valor, más íntimo, más profundo y más de verdad, como ocurrían en las fábulas clásicas, en las que los animales adquirían emociones y valores humanos, pero no aquellos interesados y volubles, sino otros que no dañan y si lo hacen se afanaban en hablarlo y perdonar, en relacionarse de manera sencilla y humilde, y no en rivalizar ni competir, sino en compartir de forma equitativa y humana, y sobre todo, en restar importancia en tantos prejuicios y miedos impuestos por la locura consumista y clasista de una sociedad que no construye personas sino adictos a lo material y al derroche. La película Deep Sea ha significado un gran descubrimiento para el que suscribe, por su apabullante técnica visual y sonora, y también, por su forma de fusionar la tristeza y el dolor de una niña frente a un universo fantástico y real a la vez, donde ese mundo invisible y subterráneo no es más que infinitos reflejos de su propia realidad, de esa realidad vacía y oscura de la que quiere escapar, pero no para de encontrarse, porque así son las situaciones, cuando queremos dejar atrás algo que no deseamos, la vida y las circunstancias se empeñan en enfrentarnos a ellas, ya se de otras formas, colores, y demás aspectos, que nosotros creamos muy diferentes de lo que huimos, pero nada que ver, siempre estaremos delante de aquello que nos duele, y es así, porque huimos e intentamos alejarnos por miedo, pero volverá y nos seguirá allá donde vayamos, y eso será así hasta que lo enfrentamos y vivamos con ello, aceptando su naturaleza y lo que nos duele y de esa forma podremos vivir sin miedo y dolor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA