Regreso a Córcega, de Catherine Corsini

RECONCILIARSE CON LA IDENTIDAD.  

“Estamos más cerca unos de otros cuando callamos que cuando hablamos”. 

Guy de Maupassant 

En el universo cinematográfico de Catherine Corsini (Dreus, Francia, 1956), compuesto por 11 películas, tan interesantes como Partir (2009), La belle saison (2015), Un amor imposible (2018), y La fractura (2021), entre otras, existen dos ejes principales: el amor y lo combativo, donde la mirada se posa en personajes nada convencionales que luchan por lo que consideran justo a cuchillo, nada complacientes y siempre inquietos e intensos. Individuos que viven alejados de prejuicios y en total libertad, enfrentándose a todas las personas que intentan oponerse. Con Regreso a Córcega (Le retour, en el original), se centra en la vida de Khédidja, una mujer senegalesa que, después de 15 años, regresa con sus dos hijas Jessica (18) y Farah (15), como cuidadora de niños de una familia adinerada a la Córcega veraniega del título, un lugar que conoce muy bien, ya que vivió junto a su marido fallecido y dónde tuvo sus dos hijas, y donde tuvo que huir por necesidad y falta de libertad. Durante este tiempo, el silencio ha sido su mejor aliada, pero ahora, con sus hijas ya mayores y haciendo muchas preguntas, deberá enfrentarse a su pasado, y sobre todo, reconstruir la verdad y enfrentarla con sus hijas.

La directora francesa posa su mirada a través de la mencionada Khédidja y sus dos hijas, sobre todo, en ellas, en el que Jessica, a punto de entrar en la universidad a hacer políticas entabla una relación íntima con Gaïa, la hija díscola de los jefes de su madre, tan diferente y a la vez tan interesante para la primera experiencia de Jessica. Farah, por su parte, es la adolescente eternamente malhumorada que no se deja amedrentar por nada y nadie, tan rebelde como inquieta de experiencias de todo tipo que conocerá a un joven camello. Jóvenes ante un verano lleno de pasión, aventuras y nuevas amistades donde descubrir y descubrirse, y ante ese silencio de su madre que lentamente, irá abriéndose y las dos hermanas irán descubriendo el pasado real del que nunca se ha hablado. Corsini consigue hilar a través de un estupendo guión coescrito junto a Naïla guiguet, que coescribió el de El inocente (2022), de Louis Garrel, un cuento de verano de descubrimientos del amor, del sexo y demás para las dos hermanas, entrelazando con sabiduría toda la amalgama de emociones a medida que se van destapando el difícil pasado en el que se despiertan recelos, tensiones y problemas entre las tres mujeres, donde no hay sentimentalismo, sino una verdad real, muy intima y profunda, en que la película coge altos vuelos y se muestra muy honesta y cercanísima. 

Corsini, fiel a sus cómplices, sigue contando con la cinematografía de Jeanne Lapoire, con casi sesenta títulos en su filmografía con nombres tan importantes como Ozon, Techiné, Pedro Costa, Robin Campillo y Valeria Bruni Tedeschi, etc., con la que ha trabajado en cinco títulos, con una imagen y color que recuerda a las cintas veraniegas rohmerianas, con esa luz mediterránea que contrasta con la oscuridad y el silencio que se cierne en la familia, en el que nunca se cae en imagen de postal, sino en aquella con su posición social y política, como tienen las películas de Corsini, así como el inteligente montaje de Frédéric Baillehaiche, cuatro películas con la directora francesa, en el que en sus intensos y libres 107 minutos de metraje cabe de todo, con las continuas idas y venidas emocionales de los personajes y sus soledades, miedos, pasiones y sentimientos enfrentados y contradictorios ante la avalancha de acontecimientos y descubrimientos por los que pasan. Sin olvidarnos de la variada música que va de la clásica a la más moderna, creando esa dualidad que navega por toda la historia, donde convergen jóvenes y adultos, con esa fiesta salvaje donde se evidencian los momentos emocionales por los que atraviesan las dos hermanas, tan perdidas y tan deseosas de encontrarse, tanto con ellas como con la otra. 

Si el cine de Corsini resulta interesante por los temas que trata y la forma de presentarlos dotándolos de complejidad y profundidad, su reparto resulta primordial para creernos todo lo que se cuenta, y en Regreso a Córcega, la cosa sigue apuntando muy alto con una gran Aïssatou Diallo Sagna, que ya tenía un papel en la mencionada La fractura, y las dos formidables “hermanas” Suzy Bemba como Jessica, a la que vimos en la reciente Pobres criaturas, de Lanthimos, y Esther Gohourou como Farah, como una de las protagonistas de Mignonnes, y Lomane de Dietrich como Gaïa, la hija pija que conoce a Jessica, el interesante rol de un estupendo actor como Cédric Appietto, y las estimulantes presencias de Virginie Ledoyen y Denis Podalydès, como los señores de la película y padres de Gaïa. La película indaga en la identidad, en cómo se construye y reconstruye, y el autodescubrimiento en la Córcega destino de vacaciones para muchos, pero para estas tres mujeres un lugar donde todo empezó, con el significativo arranque del relato, un lugar para reconciliarse en todos los sentidos con su familia, la que dejaron atrás y sobre todo, con la familia que tienen delante, la madre y sus dos hijas venciendo el silencio y los medios y enfrentarse a las acciones y perdonarse para construirse y construir todo lo dejado atrás, porque no podemos continuar cada día mejor y hacia adelante, si no aceptamos y nos reconciliamos con el pasado, por mucho que cueste. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El monje y el rifle, de Pawo Choyning Dorji

¿QUÉ ES ESO DE LA DEMOCRACIA?. 

“La vida hay que tomarla con amor y con humor. Con amor para comprenderla y con  humor para soportarla”. 

Anónimo 

Con Lunana, un jak en la escuela (2019), ópera prima de Pawo Choyning Dorji (Darjeeling, India, 1983), se acercaba a la existencia de Ugyen, un joven profesor que sueña con ser cantante, cosa que no gusta a sus superiores que, como castigo, le envían a una aldea glaciar del Himalaya donde, sin recursos, debe dar clases a unos alumnos pobres muy entusiastas. Una cinta que nos hablaba de la bondad y la humanidad, donde se alababan las vidas sencillas y humildes y los tesoros del encuentro y la relación entre humanos de diferente clase social. Con El monje y el rifle, Dorji se adentra en un tono muy diferente, aunque no elude el buen interior de las gentes que retrata ni la diferencia de clases, pero esta vez basándose en un hecho real, cuando en 2006 en Bután, un pequeño reino que no llega al millón de habitantes, se instauró la democracia. Un cambio drástico para sus ciudadanos que deben aprender qué significa la democracia y cómo se practica. Una nueva forma de política que divide a las familias y genera tensiones y conflictos entre los diferentes vecinos. 

El director butanés usa la fábula y la comedia satírica cargada de un tono ligero e íntimo, situándonos en la ciudad de Ura, en la que confluyen varios personajes: un joven monje que busca un rifle para un lama viejo que lo necesita para una ceremonia, unos funcionarios del gobierno que llegan para explicar la democracia y cómo se practica, un matrimonio y su hija que se han distanciado con la madre de ella porque pertenecen a partidos políticos rivales que rivalizan en las inminentes primeras elecciones, y finalmente, la llegada de un estadounidense, coleccionista de armas, que pretende adquirir el citado rifle que perteneció a la Guerra civil norteamerican. Dentro de su ligereza y cercanía, la cinta consigue credibilidad e ironía para tratar temas profundos de la realidad y la cotidianidad de unos habitantes que, con la llegada de la democracia han experimentado problemas y diferencias que antes no tenían cuando el Rey gobernaba el pequeño país. El relato huye de la empatía directa y va construyendo con lo mínimo y natural, como ya hacía en la mencionada Lunana, un jak en la escuela, recorriendo sus impresionantes paisajes, y siguiendo las diferentes historias para ver todos los puntos de vista en litigio. 

Una cinematografía basada en recoger tanto el paisaje físico del lugar, tan bello como aislado, y el interior de los personajes, que firma Jigme Tenzing, que ya trabajó en la mencionada Lunana, un jak en la escuela, y la especial y delicada música de Frederic Alvarez que va tejiendo las diferentes relaciones y tensiones de los diferentes personajes, así como su pausado y tranquilo montaje de Hsiao-Yun Ku, que a través de un tono ligero y reposado va describiendo los lugares y sus protagonistas sin añadir ni disfrazar nada, retratando a unos individuos que hablan poco y miran mucho, en sus reflexivos 107 minutos de metraje. Dorji es un gran observador de su país y sus gentes como evidencia la elección del reparto, todos en su mayoría intérpretes no profesionales, como ya sucedía en su primera película, que consiguen una gran credibilidad y sintonía con todo lo que se cuenta y cómo se cuenta. El reparto coral son Tandil Wangchuk como joven monje, Kelsang Choejey es el lama anciano, Deki Lhamo, una actriz butanesa con 18 films en su filmografía es la mujer dividida entre el marido y su madre, Pema Zangpo Sherpa es una de las enviadas del gobierno, Tandil Sonam es el contacto del comprador de armas americano, Harry Einhorn es el comprador, Choeyong Jatsho es el que cede el rifle, Tandil Phubz es otro funcionario, Urgyen Dorji es un agente y finalmente, Yuphel Lhendup es una joven del lugar.

Una película como El monje y el rifle bebe de la sátira política a lo Sopa de ganso (1933), de Leo McCarey, o las comedias de humor negro de Berlanga-Azcona como Bienvenido Míster Marshall (1953), Plácido (1961), y La escopeta nacional (1978), en otro tono, por supuesto, pero con la misma idea de reflexionar sobre los choques de la vida moderna de unos aldeanos que han vivido en paz y armonía toda su vida, y ahora, con el descubrimiento de la democracia, cosa que aparentemente viene para que estén mejor, se consigue el efecto contrario: el de la tristeza por las tensiones políticas entre partidos rivales. Además, la película se centra en las peculiaridades de los entornos y sus costumbres y tradiciones espirituales donde la religión actúa como conexión entre los diferentes ciudadanos del lugar. Dorji describe con acierto, minuciosidad y detalle cada rincón de este pueblo que, podría ser cualquier rincón de otro país y las diferentes relaciones con la democracia, su significado y su implantación como forma de gobierno para mejorar las condiciones de vida de la gente, y algunas veces no es así, y su efectos se tornan contrarios a los deseos de los que presumiblemente iban a recibir mejoras, una contradicción en toda regla, una más, cuando se quiere imponer cosas a una población que no lo había pedido. Cosas que por desgracia, continuarán pasando, como bien se recordaba en el memorable final de la mencionada La escopeta nacionalJOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Laura García Pérez

Entrevista a Laura García Pérez, directora de la película «Sóc filla de ma mare», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del CCCB en Barcelona, el miércoles 15 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura García Pérez, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las jaurías, de Kamal Lazraq

NOCHE DE PERROS. 

“El cine en el que creo obliga al espectador a enfrentarse a su propia conciencia, estimulando su inteligencia”. 

Sydney Lumet

A la productora Zabriskie Films la conocíamos por producir películas de cine negro, donde primaba lo social y la verdad, consiguiendo grandes títulos como Open 24h (2011), Callback (2016) y El practicante (2020), todas dirigidas por Carles Torras, y Upon Entry (2022), de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vásquez. Así que para su primera distribución no resulta nada extraño que la elegida haya sido una película como Las Jaurías (Les meutes, en el original), de Kamal Lazraq (Casablanca, Marruecos, 1984), que por su tono y atmósfera podría haber sido una producción muy Zabriskie, ya que comparten muchos elementos desde el cine clásico negro estadounidense, muy revestido del cine setentero a lo Lumet, aquel que usa el género de los bajos fondos para explorar con minuciosidad el modus vivendi de un país y sobre todo, de las personas que lo componen, sus actividades, fechorías y demás razones o no, además resulta toda una revelación para nosotros de una cinematografía como la marroquí tan ausente de nuestras carteleras, salvo honrosas excepciones como el cine de Nabil Ayouch que, curiosamente, también a ambientado algunas de sus películas en la Casablanca de la cinta. 

De Lazraq conocemos que se formó en la prestigiosa escuela de cine pública La Fémis de París y se graduó con Drari (2011), un cortometraje con actores no profesionales que narra la relación de dos jóvenes de ámbitos sociales antagonistas, le siguió Moul Lkelb/L’homme au chien (2014), una película de 30 minutos, también con actores naturales, ambientado en la noche y en las peleas de perros, como ocurre en Las jaurías, su primer largometraje, con el que mantiene la noche como espacio en el que todo se propicia por una pelea de perros, donde el jefe del clan, que ha perdido a su mejor perro, encarga a Hassan, uno de esos esbirros que secuestre a uno de los responsables. La cosa no sale como esperaban y las circunstancias llevan a cambiar de planes a Hassan que tiene la ayuda de su hijo Issam. El director marroquí construye una trama bien sencilla, huyendo de las piruetas argumentales y sorpresas convencionales, para centrarse en un mosaico de personajes, y sobre todo, la relación entre padre e hijo que no sólo describe muchos de los bajos fondos actuales de una ciudad como Casablanca, sino que añade la religión y lo emocional para unos personajes que se sirven de lo ilegal para sacar la cabeza a flote en un país de escasísimas oportunidades. 

Un atmósfera intensa, llena de sombras y repleta de espacios urbanos y rurales, aislados, ocultos y muy oscuros, en un gran trabajo de cinematografía de Amine Berrada, que tiene en su haber trabajos con Jean-Gabriel Périot como la formidable Nuestras derrotas (2019), donde priman los rostros y esos cuerpos espectrales de los personajes en una noche que se va tornando cada vez más difícil y terrorífica. La excelente música de P. R2B llena cada encuadre en una cinta llena de tensión donde estas dos almas se convierten en una presa fácil siempre en constante huida. El gran trabajo de sonido formado por un gran equipo encabezado por el experimentado Thomas Van Pottelberge, Thibaud Rie, Hugo Fernández y Philippe Charbonnel, en el que consiguen un estupendo trabajo crucial para contar una historia de estas características. El montaje de Héloisse Pelloquet, del que hemos visto ¡Al abordaje!, de Guillaume Brac, y la reciente Animalia, de Sofia Alaoui, otra gran muestra de cine de género proveniente de Marruecos, juega mucho al fuera de campo ya que se sitúa en la mirada de los dos protagonistas principales, donde es sumamente importante todo lo que no vemos pero está ahí, observando y condenando, al acecho constante. 

Como ya hizo en sus cortometrajes, Lazraq se acompaña en su ópera prima de un reparto de actores no profesionales en la mejor tradición del cine neorrealista italiano del que se declara deudor, así como el cine de Ken Loach y el mencionado cine estadounidense de los setenta, al que podríamos añadir el cine quinqui de aquí con películas como Deprisa, deprisa (1980), de Saura, donde a parte de la historia, tan sencilla como eficiente, comparte con Las jaurías se la participación de unos intérpretes, muchos de ellos delincuentes reales o gente de la calle que sobrevive como puede en situaciones muy hostiles. Tenemos la pareja padre e hijo que forman Abdellatif Masstouri como Hassan y Ayoub Elaid como Issam el vástago, y los otros Mohamed Hmimsa en Mohamed, Abdellah Lebkiri es Dib y Lahcen Zaimouzen como Jellouta, entre otros. Un reparto masculino que aporta verdad, esa cualidad tan exenta de mucho del cine que se produce en la actualidad, donde se nota tanto la impostación, aquí no hay nada de eso, porque en muchos momentos parece que estamos en un documento sobre los bajos fondos de Casablanca y por ende, de cualquier ciudad de este planeta, si exceptuamos los elementos de tradiciones y religiones. 

Por favor, no se pierdan una película como Las jaurías, de Kamal Lazraq, aparte de su gran premio del jurado en el prestigioso Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard,  porque les va a zambullirse sin remedio ni escapatoria por su noche larguísima, por lugares donde el alma ni se atreve a entrar ni siquiera respirar, por sus zonas donde los gánsteres locales hacen y deshacen sus negocios y trapicheos diarios y nocturnos. Tiene esa atmósfera que pululaba por ese ese otro gran acontecimiento cinematográfico que fue Amores perros (2000), de Alejandro González Iñárritu, donde también había peleas de perros clandestinas, gentuza de mal vivir y peor muerte, donde a través del género negro se hacía una quirúrgica exploración y retrato profundo sobre esos bajos fondos o lo que es lo mismo, tipos y lugares sin alma, donde la vida vale una mierda, o vale lo que puedas aguantar tanta basura y tanta peligro, porque, cuando dejes de servir serás el próximo en caer, en desaparecer. Deseamos que la filmografía de Kamal Lazraq siga su curso, su suerte y sus buenas historias y volvamos a ver otra de sus películas, tan interesantes y de verdad como esta. Por último, agradecemos a Zabriskie Films por apostar por historias como esta y de esa forma conocer la capacidad de cinematografías tan cercanas como la de Marruecos y a la vez, tan desconocida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Víctor Gaviria

Entrevista a Víctor Gaviria, director de la película «La vendedora de rosas», entre otras, en el marco de la Mostra de Cinema Colombià de Barcelona, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 12 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Gaviria, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Tariq Porter de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un paseo por el Borne, de Nick Igea

EL CINE COMO REFUGIO DE LA VIDA.    

“Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine a la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine”.

François Truffaut 

Cuenta la historia la existencia de Martín que dejó su Palma natal para ser director de cine en Madrid. Después de trabajos como ayudante de dirección, algún que otro cortometraje premiado y un largo que nunca llegó a materializarse, volvió a Palma y se refugió en su autocompasión, en su derrota y nada más. Quisó el destino que el cine volviese a su vida mediante unas clases para jóvenes. De forma apática Martín volvió al cine o a una manera de volver a su sueño, eso sí, de otra manera, y desde otro ámbito. Un paseo por el borne, la ópera prima de Nick Igea (Palma de Mallorca, 1974), después de cuatro cortos, nace a partir de un guion coescrito por Zebina Guerra (coguionista junto a la directora Marta Días de Lope Díaz de sus dos largos, y cocreadora de la serie L’última nit del karaoke), Elio Quiroga, director de la cult movie Fotos, La hora fría y La estrategia del pequinés, entre otras, y del propio director, nos cuenta la existencia de muchos directores frustrados acompañados de muchos sueños olvidados, y sobre todo, de fantasmas que deambulan sin más, que están y no están como le ocurre a Martín, alguien que soñó con hacer cine y ahora, ya no tiene sueños y mucho menos, ilusión por la vida.

La película toca de pleno el cine, en todo lo bueno que tiene y también, lo malo, en todo aquello que nos hace soñar y actúa como refugio para muchos espectadores que encuentran en el cine una forma de escape y sobre todo, de vivir. También tiene el lado oscuro, el de una industria muy elitista y mercantilizada, como la sociedad misma, en la que hacer cine se convierte en una quimera y en una resistencia y muy precaria. La cinta de Igea no esconde su modestia y hace de ella su principal virtud, porque cuenta un relato sencillo, sin estridencias ni artificios, lo más transparente y claro posible, a partir de un tipo como Martín, alguien retirado del cine, alguien que tiró la toalla hace años. Y no construye su pericia desde la falsedad y el consabido positivismo de pandereta, la película rezuma verdad, situándose en lo íntimo y profundo, sin edulcoramientos, sin pretensiones, y mostrando una realidad del cine, hay muchas más, pero el director ha elegido esta y dentro de sus torpezas propias de la primera vez, el conjunto tiene sensibilidad, se esfuerza en contarnos una historia cercana, y además, dice muchas de las verdades elitistas de mucho cine de nuestro país, que parece ensimismarse en una burbuja que nada tiene que ver con la realidad social, económica y cultural del país.

Una cinematografía natural e íntima que firma Adolfo Morales “Fofi”, que ha trabajado en los equipos de cámara con Vicente Aranda y Agustín Díaz Yanes, nos acerca una localización como Palma, mostrando una realidad social alejadísima del turisteo estúpido que invade la isla, donde hay mujeres de la limpieza de hoteles, mozos de equipaje, vendedores de hamburguesas y una muestra de los habitantes de la ciudad. El pausado y nada artificioso montaje de Azucena Baños, que ha trabajado en series como El barco, Vis a vis y Estoy vivo, entre muchas otras, y en films como Alimañas, ayuda a contar sin prisas y tranquilidad una historia sobre el encuentro entre alguien que no quiere oír hablar de hacer cine frente a unos jóvenes que su sueño es hacer cine, como sea y dónde sea. La música intimista y tranquila de Miguel Ángel Aguilló, que estuvo en el premiado cortometraje Woody & Woody, y en documentales como Milicianas y Vivir sin país: El exilio rohingya, actúa como acicate para un personaje principal solitario y hundido en sus recuerdos y su tristeza, un tipo que volvió al hogar o lo que queda de él, como aquellos vaqueros cansados de todo y todos. 

Un estupendo reparto encabezado por un gran Rodolfo Sancho como Martín, muy alejado de sus últimos roles, metiéndose en la piel de un tipo sin vida, un especie de zombie sin ilusión ni nada, que las clases de cine significarán su último tren, o por lo menos, una oportunidad de volver al cine después de tantos años. Le acompañan la juventud de Tábata Cerezo que hace de una entusiasta de la fotografía y fan de las frases célebres, Roque Ruíz es el joven que sueña con ser director de cine, Lluís Oliver es el escritor a pesar de la imposición paterna de convertirse en abogado, y las más veteranas como Ruth Gabriel, ejerciendo de alma mater de los jóvenes ante una oportunidad de oro en su vida, y la presencia de la siempre interesante Natalia Verbeke haciendo de sí misma. Un reparto bien escogido y mejor llevado, un guion que se mueve dentro de lugares y atmósferas y tonos que se conocen al dedillo, y unas pequeñas historias que se encargan de enfadarnos, emocionarnos y sobre todo, de reflexionar sobre el hecho de vivir, del cine como reflejo de la vida, el cine como refugio para vivir y sobre todo, el cine y la vida como unidos ante los conflictos emocionales que nos acechan constantemente. Con todo lo mencionado, la película Un paseo por el Borne, que hace referencia a un pequeño paseo que ayuda al protagonista a aclarar sus dudas, no debería pasar desapercibida porque lo único que pretende, si es que pretende alguna cosa, sólo sea esa, la de mirar la vida y el cine, y viceversa, y reflexionar un poco, ya sea de paso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pau Calpe

Entrevista a Pau Calpe, director de la película «Llobàs», en el parc Monterols en Barcelona, el viernes 19 de julio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pau Calpe, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestro momento perfecto, de Aylin Tezel

LOS ESPEJOS A LOS QUE NO NOS MIRAMOS.   

“Cómo te amas a ti mismo es cómo les enseñas a los demás a amarte”.

Rupi Kaur

Érase una vez… en la isla escocesa de Skye, durante un fin de semana, allí se juntaron dos desconocidos. Por un lado, tenemos a Kira, una mujer en los cuarenta, que ha vuelto a revivir un viaje al lugar cuando estaba con su ex. Por el otro, tenemos a Ian, también en los cuarenta, que visita a sus padres, en plena huida constante de sus conflictos llevando una vida al día. Los dos, sin pretenderlo, pasarán 24 horas juntos, donde corren, saltan, bailan y ríen, y se olvidarán de sí mismos, y sobre todo, vivirán experiencias diferentes y fuertes. Todo quedará ahí, en Skye, porque volverán a London, a sus vidas, a sus huidas, y a sus problemas de los que siguen huyendo. La primera película como directora de la actriz Aylin Tezel (Bünde, Alemania, 1983), retrata las relaciones de hoy en día y las huidas de unos cuarentones que les cuesta lidiar con el conflicto, y viven con un miedo constante para ser ellos mismos y trabajar en sus sueños en una sociedad tan vacía y mercantilista, y tan líquida como mencionaba Bauman.

 Tezel demuestra una gran observación en tejer con paciencia y detalle las dos vidas de los respectivos protagonistas, en la que nosotros los espectadores somos testigos de sus trabajos, sus sentimientos y sus devaneos en general, en un relato escrito por la propia directora en el que nunca se juzga nada ni a nadie, sino que se muestran unos hechos y unas circunstancias y se deja espacio para que el público los juzga como buenamente pueda. No estamos ante una película que pretenda sacar conclusiones de cómo vivir y relacionarse, eso sí, nos habla de dos personajes que están en constante huida, con el daño que eso produce en ellos, contándonos sus respectivos conflictos personales, unos problemas que los arrinconan de los demás, y les llevan a tener relaciones superficiales y nada complacientes. Son dos personajes complejos, como somos todos, pero están en ese momento de limbo, de no saber qué hacer con sus respectivos problemas, como dos islas a la deriva que chocan y de qué manera, aunque la vida con sus caprichos y meteduras de pata los aleja porque todavía no están preparados, ya que siguen en su lucha, aprendiendo a amarse, una cosa tan vital y tan difícil.

La excelente cinematografía que firma el alemán Julian Krubasik, con experiencia en el cine de su país en películas tan importantes como We Are Nest of Kin (2022), de Hans-Christian Schmid, donde priman los planos y encuadres muy cercanos para construir la profunda intimidad en la que está instalada la historia que nos cuentan, donde la cámara se mueve al son de sus dos personajes, sin incomodarlos ni nada que se le parezca, dejando ese especia esencial para ver y no juzgar. El montaje de David J. Achilles es dinámico, lleno de ritmo mezclando con inteligencia esos momentos de pausa donde los protagonistas hablan de ellos, que van in crescendo, dentro de sus torpezas, inseguridades y miedos, donde no existe un ápice de falta de ritmo ni de pausas innecesarias, en una película que se va a casi las dos horas de metraje, de continuas idas y venidas, de amor y desamor dentro de ellos. La música, esencial en la trama, él toca el piano y desea convertirse en músico, entre otras cosas, está compuesta por el músico electrónico Jon Hopkins y el berlinés Ben Lukas Boysen, con experiencias en cine, que dotan a la historia de esos subidones y reposos que viven los dos personajes.

Uno de los aspectos que destacan más de Nuestro momento perfecto (“Falling into Place”, en el original), es su fantástica pareja protagonista, o podríamos decir, su anti pareja, jajaja. La propia directora Aylin Tezel se reserva el personaje de Kira, una alemana en London, siendo la eterna aspirante en todo: al amor, en plena crisis de ruptura, en el trabajo, no acaba de ser la escenógrafa principal en el teatro, siempre la ayudante, y muchas cosas más. Ella no vive, ella está y finge vivir, como les ocurre a muchos. Frente a ella, o mejor dicho, en el mismo estado emocional de huida y pérdida, nos encontramos a Chris Fulton como Ian, que hemos visto en series como Bridgerton, The Witcher y Outlander, se convierte en el partenaire perfecto para Kira, porque los dos están ahí, esperando a romper el cascarón, a enfrentarse al espejo, a ser las personas que no se atreven o no pueden ser por ahora. El resto del reparto, tan cercano y transparente, marca de la película, así como los paisajes tanto rurales como urbanos, componen un equipo artístico de gran nivel con los Rory Fleck-Byrne, Alexandra Dowling, Olwen Fouere, Samuel Anderson, Anna-Russell Martin, entre otros, tan bien en sus composiciones dándole a la película esa amplitud y naturalidad tan necesaria.    

Una película que tiene de título Nuestro momento perfecto, tan ideal para lo que cuenta, está llena de reflejos en la sociedad actual, en nuestra forma de amarnos o no, y de amar o no a los demás, de quiénes somos, de nuestros sueños, miedos e inseguridades y de estos tiempos en qué todo va tan rápido y hemos olvidado lo esencial de nuestras vidas, nuestros verdaderos propósitos y al fin al cabo, para qué estamos aquí, y para que nos levantamos cada día, fingiendo nuestra vida y haciendo como si no fuera con nosotros. La película no olvida su cine deudor, es decir, la comedia romántica clásica, tan divertida, tan personal y profunda que habla de amor, sí, pero desde prismas diferentes, donde no se limita al éxito o fracaso impuestos por los estereotipos mercantilistas, sino desde la convicción personal de no tener miedo de ser lo que queremos ser y sobre todo, luchar por ello, y sobre todo, no huir de nosotros y encerrarnos ante lo que somos y ante los demás, siempre mirándonos a esos espejos que cuesta tanto mirarse, aunque si logramos mirarnos todo va a cambiar, todo va a verse con otra mirada, y todo aquello que creíamos a pies juntillas va a desaparecer y en ese instante, podremos mirarnos y descubrirnos sin miedo, sin trampas y sobre todo, amándonos para amar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Wang Chao

Entrevista al cineasta Wang Chao, con motivo de la retrospectiva, en el marco del Asian Film Festival Barcelona, en Casa Asia en Barcelona, el martes 31 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Wang Chao, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Josep Casaus de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Llobàs, de Pau Calpe

EL ESTIGMA DE SER DIFERENTE. 

“La humanidad se mide en la forma en que tratamos a los demás”.

De la novela “Frankenstein”, de Mary Shelley

En El bosque del lobo (1970), de Pedro Olea, se mezclaba con sabiduría el género de terror y fantástico, despojándose de convencionalismos, con lo social, adentrándose en un espacio más íntimo y profundo, donde el género era un mera excusa para realizar un exhaustiva crítica con dureza de una sociedad clasista, tradicionalista y llena de prejuicios que persigue al diferente. Algo así sucede en Llobàs, segundo largo de Pau Calpe, después de la interesante Tros (2021). En su nuevo trabajo se mantienen algunas de las características en las que se sostenía su predecesor como la adaptación de una novela, en este caso el autor escogido es Ginés Sánchez, autor de la novela «Lobisón», también habla de relaciones paternofiliales, aunque aquí sea de hermano mayor a pequeño, y la atmósfera vuelve a ser el universo rural, con esos toques de western en que la huida imposible se convierte en el modus vivendi de unos personajes itinerantes y sin hogar, ante una sociedad que persigue lo diferente, que no quiere entender y se muestra despiadada con el “raro”. 

Calpe vuelve a coproducir, dirigir y coescribir, en esta película con Nati Escobar Gutiérrez, en la que se construye una relato pausado, alejado de la estridencia y de las piruetas argumentales, para describir con minuciosidad de cirujano la historia, o podríamos decir la maldición que sufre Adrià, el séptimo hijo que hereda la naturaleza de hombre-lobo, en una película de corte lineal con algunos saltos a partir de flashbacks, en las que se describe la relación con su padre. Seguimos a esta terna que forman el citado Adrià, su hermano mayor Ramón, y su novia Tona, que viven a bordo de una furgoneta y van acampando en los diferentes pueblos de lo que se llama la España vaciada, siempre de paso hasta que Adrià comete alguno de sus fechorías sangrientas en las noches de luna de llena. Una vida errante que se sustenta en el día a día, sin más futuro que el hoy, en la que este trío peculiar sobrevive con pequeños hurtos, caza furtiva y algunos golpes más serios. Calpe describe desde el alma, a partir de la complejidad de las relaciones de estos nómadas de aquí y ahora, situando su cámara desde el observador que mira y no juzga, porque se adentra con detalle en las diferentes personalidades y todo lo que hay en cada uno de ellos. 

Una cinematografía que firma Víctor Entrecanales, del que hemos visto en series como La Vall y Parot, documentales como Mujeres sin censura, y ficciones como La banda, donde se consigue un gran detallismo tanto en el cuadro como en la luz, en una película que no va de fx, sino desde otro lugar, donde los diferentes colores rojos nocturnos ayudan a la transformación en lobo de Adrià, tan sutil como magnífica, porque aquí lo importante es contar la soledad de alguien estigmatizado por ser como es en una sociedad demasiado superficial y juzgante que no admite lo diferente. El estupendo montaje de Ares Botanch, que ha trabajado con Elisa Miller y en series como El candidato, en la prima la minuciosidad y el reposo para contar las diferentes emociones de los personajes y los paisajes que transitan, tan aislados y desolados, donde la naturaleza resulta esencial en una historia de despojados y huidos, en una película donde el ritmo coge una gran importancia ya que la historia se va a 103 minutos de metraje. La excelente música de Tarquim, que trabajó en La mort de Guillem (2020), de Carlos Marqués-Marcet, donde se trabaja el concepto de fábula con estos toques de leyenda y mito y también de cotidianidad que nos va envolviendo con gran suavidad. 

Como sucedió en Tros con la terna de Pep Cruz, Roger Casamajor y Anna Torguet, en Llobàs tenemos otro gran trío de intérpretes empezando con León Martínez, que había estado en la formidable serie Merlí, debuta con excelencia en el cine con un personaje tremendamente dificultoso con el añadido del silencio porque es mudo, en la piel de un individuo que se comunica a través de la mirada y el gesto con su hermano mayor. Un personaje que no está muy lejos de Víctor el niño de El pequeño salvaje (1970), de Truffaut, y la niña que hacía Kiti Mánver en Habla, mudita (1973), de Gutiérrez Aragón, en esa dualidad de niño/a con dificultades de comunicación y el salvajismo que le rodea, no natural sino social, destino de la burla y la violencia del resto. Le acompañan Pol López como Ramón, el hermano mayor/padre de Adrià, su protector y el único que entiende la naturaleza salvaje y violenta de su hermano, siempre tan convincente y natural. A su lado, Tona, su chica que hace María Rodríguez Soto, que coincide en las pantallas con Casa en flames, aquí en un rol que sería la antítesis de la citada, ya que es una mujer enamorada y atrapada en una no vida pero feliz a su manera. Destacar la presencia de la solvencia de un actor como Carles Sanjaime como uno de los colegas de Ramón. 

En una producción de cine que se debate entre esas producciones comerciales destinadas a un público joven que desea disfrutar del cine sin más, muy alejado de la pausa y la reflexión que merece un cine como Llobàs, que se aleja del género manido de efectos y efectismos para crear una obra muy singular, diferente y muy incómoda, que consigue trazar un interesante pensamiento sobre nuestra identidad, de la forma que encajamos o no en la sociedad imperante que nos desvía de nuestros sueños e ilusiones y nos somete a las directrices mercantilistas, y lo que hace con todas aquellos que son y actúan diferentes, las estigmatización que sufren en forma de violencia y cómo estos, como sucedía en el caso del mencionado Frankenstein, se defienden con más violencia, sin pensar en todo lo que ocurre en el interior de estos individuos que son atacados por el mero hecho de ser diferentes o no encajar en las normas conservadores de una sociedad traumatizada y enferma que persigue todo aquel que quiere ser cómo es. Llobàs es de esas películas a contracorriente e inteligentes que no debería pasar inadvertida, porque tiene mucho empaque de crítica social y sobre todo, en la forma que hacemos y nos relacionamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA