Entrevista a Claire Simon, directora de la película «Primeras soledades», en el marco de la 27a Mostra Internacional de Films de Dones. El encuentro tuvo lugar el viernes 7 de junio de 2019 en la cafetería del Hotel Ibis Style BCN Centre en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claire Simon, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Anne Pasek y Teresa Pascual de Good Movies comunicació, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.
“No llores, hombre… ¿Hablas con él? ¿Habláis? ¿Sabes? Creo que… eres un tío que sufre y que se lo guarda todo. Te contienes muchísimo hasta que explotas. Tendrías que hablarlo. Mi madre está presente. Yo lo hablo con ella, quizás no de la mejor manera. Pero tienes que hablar con alguien. Yo voy al psicólogo. Si te lo guardas todo dentro, no crecerás jamás, ¿sabes?”
La palabra. El diálogo. Compartir aquello que guardamos, aquello que ocultamos a los demás, aquello que nos duele y nos mata. La cámara está ahí, frente a nosotros, actuando como testigo omnipresente, en la cual desvelaremos aquello que no contamos, contaremos nuestra verdad. La decimosexta película de Claire Simon (Londres, Reino Unido, 1955) es un documento excepcional y bellísimo sobre la palabra, sobre unos cuántos diálogos entre adolescentes alumnos de un instituto ubicado en los suburbios parisinos. Un retrato de aquí y ahora, en el que los chavales dialogaran entre ellos sobre sus sueños, deseos, dolores o miedos, en su intimidad, frente a otro igual como ellos, alguien que ha vivido situaciones anómalas en su entorno familiar, que mantiene relaciones ásperas y duras con sus progenitores, que conoce la soledad, el sentirse abatido y solo en su propia casa, seres con familias desestructuradas, que desean paz y tranquilidad, aunque sea un instante, en unas vidas azotadas por el miedo, la incomprensión y la soledad.
Simon ya se había sumergido en los centros de enseñanza con anterioridad, muchos recordarán su sensible y poderosa Récréations (1998) en la que exploraba con extrema delicadeza y armonía las desventuras de un buen puñado de párvulos en su momento de recreo. O la más reciente Le concours (2016) en el que seguía con esa mirada inquieta y curiosa que la caracteriza, a un grupo de jóvenes aspirantes a la Escuela de Cine de París. La película resultante viene de un proceso creativo que arrancó cuando Simon, invitada por una amiga, accedió a dar un curso sobre cine en una asignatura optativa en la que se inscribieron 10 alumnos, que animados por la directora, les contaron sus experiencias vitales para incluirlas en un futuro corto de ficción sobre sus vidas. El contenido de sus experiencias, así como la sinceridad que mostraron en las entrevistas y la naturalidad, animó a la directora francesa a arrancar un película sobre sus vidas a través de diálogos entre ellos (un dispositivo parecido al de Rithy Pahn en El papel no puede envolver la brasa, en la que un grupo de jóvenes prostitutas de Camboya dialogaban entre ellas explicándose sus realidades y miserias) en el que se contarían sus vidas y sus miedos, esas primeras soledades a las que alude su ejemplar título.
La directora francesa sitúa frente a su mirada y su cámara a los diez adolescentes participantes en su curso, acogiéndolos con sinceridad y honestidad, ofreciendo el cine como arma terapéutica para encarar los problemas y filmarlos mientras los encaran a través de la palabra. Simon no deja fuera a ninguno de ellos, una decena de almas entre chicos y chicas, de diferentes culturas y formas de pensar y vivir, de padres inmigrantes, en la mayoría de casos, que muestran una transparencia admirable y conmovedora para abordar esos temas dolorosos que han vivido o viven en sus hogares, o podríamos decir lo que queda de ellos, con padres divorciados, con apenas relación con ellos, o con padres desconocidos, situaciones violentas, o simplemente, desamparo en muchos de sus casos, miran con dolor y tristeza esos pasados o presentes, y se animan con relativo miedo vislumbrando un futuro que miran con algo de optimismo y con actitud valiente de encararlo con energía y fortaleza, esperando que resulte muy diferente al experimentado por ellos.
Simon los filma en las clases durante y después de ellas, en los bancos del patio, mientras viajan en autobús o realizan compras, en una primera mitad en la que el invierno invade todo el recinto académico, en que todas las conversaciones son interiores, y luego, con la llegada de la primavera, la cámara abandona las cuatro paredes para mostrar el patio, la ciudad, y la calle, donde nos hablarán de esos pasados, en algunos casos, felices, en otros no, pero si desde sus miradas de adolescentes, con la suficiente edad y tiempo necesarios para comenzar a hablar de sus vidas, sus relaciones familiares y mirar su futuro. Una tarea y forma con la que podría emparentarse Primeras soledades con el proyecto de Quién lo impide, de Jonás Trueba, donde a partir de encuentros con adolescentes nacen una serie de películas-trabajo para hablar de sus vidas, de sus identidades y sus deseos y soledades, películas a las que también podríamos añadir < 3, de María Antón Cabot, en la que se también se aproximaba al mundo de los adolescentes a través de ellos cediéndoles la palabra para que pudieran expresarse con total libertad y naturalidad.
Simon ha construido no solamente una película extraordinaria sobre la adolescencia, muy alejada de esa idea maniquea que ofrecen los medios de comunicación generalistas constantemente, sino que también Primeras soledades se alza como un excepcional, desgarrador y contundente documento sobre esa adolescencia quebrada que sigue resistiendo en silencio los males de los adultos, aunque eso sí, siguen manteniéndose firmes en su decisión de seguir hacia adelante con la palabra como mejor arma, hablando y escuchando a aquellos, que al igual que ellos, han vivido o viven situaciones difíciles y complejas en sus hogares, en que la película de Simon ofrece un puerta abierta para mirarlos con detenimiento, acercarse a sus intimidades, en el que se abran y dialogan de todo lo que callan y ocultan para construir un lazo de amor y comprensión para mirar ese futuro que les espera con la mejor de las actitudes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
<p><a href=»https://vimeo.com/334379711″>Trailer Primeras soledades | Pack Màgic Forum</a> from <a href=»https://vimeo.com/user34637086″>Pack Màgic</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
Entrevista a Leticia Dolera, actriz y directora de la serie «Vida perfecta». El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leticia Dolera, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.
Desde que conocimos la obra de Céline Sciamma (Pontoise, Francia, 1978) nos hemos rendido a su mirada, tan íntima y bella, revelándose como una observadora inquieta y lúcida que explora con determinación y paciencia las relaciones sinceras y honestas que van construyendo sus personajes, sumergiéndose con sensibilidad y delicadeza para atrapar la amistad y el amor, en mitad de los conflictos que se van desatando en entornos normalmente hostiles, ásperos y demasiado cerrados en sí mismos. En su debut Naissance des pieuvres (2007) una adolescente se sentía fascinada por una compañera de clase, en Tomboy (2011) una niña se hace pasar por niño, hecho que se despertará los sentimientos de una amiga. Y en Girlhood (2014) en la que retrata a una chica desplazada de su entorno que encontrará cobijo en un grupo de chicas liberales. Sus retratos contemporáneos, muy de aquí y ahora, excelentes miradas sobre nuestro tiempo actual, dejan paso en Retrato de una mujer en llamas a un tiempo histórico y una atmósfera aislada del mundo, como es esa isla de la Bretaña francesa de 1770, en las cuatro paredes de una casona capitaneada por una condesa rígida e inflexible. Un lugar solitario e inhóspito donde llegará Marianne, una pintora que recibe el encargo de la aristócrata de retratar a su hija Héloïse, como regalo para su próximo enlace, con la condición que no podrá posar para ella, una chica recién salida del convento para desposarla.
Sciamma desarrolla una pasión igualitaria y bellísima, a través de la recreación de una verdad histórica a través de una ficción excelentemente moldeada y filmada, deteniéndose en las poderosas miradas y detalles de sus personajes, desde sus dos protagonistas, la criada y sus conflictos, o esa matriarca inflexible con el devenir de su hija, construyendo una película austera y desnuda, de magníficos encuadres, con unos decorados casi invisibles, a partir de tres únicos espacios, el estudio donde pinta Marianne, la cocina donde se alimentan y se relacionan con Sophie, la criada, y por último, esos largos paseos junto al acantilado que rodea la isla. Tres espacios filmados con la quietud y la elegancia necesarias de una cineasta creadora de atmósferas y sutilezas, donde iremos conociendo los conflictos interiores y exteriores que azotan a las protagonistas, donde la mirada de Marianne será la elegida para mostrarnos la narración y sus personajes, una artista que la conoceremos en su intimidad, tanto en su oficio como en su persona, a través de sus bocetos, sus ideas, sus rasgos pictóricos, y demás trabajos intensos y apasionados para captar la luz, los detalles y las formas y los complementos del rostro triste, ausente e invisible de la desconocida Héloïse.
La directora francesa plantea su película a través de dos partes bien diferenciadas, en la primera, asistimos al encuentro entre la artista y su modelo, entre esos paseos diurnos y esas largas noches donde la pintora agudiza su memoria para dibujar a la retratada. En la segunda mitad, y aprovechando la ausencia de la condesa, la amistad entre las dos mujeres se vuelve más intensa, más cercana, la artista y la modelo, o lo que es lo mismo, la que mira y la que es observada, dos mujeres que se disiparán para encontrar a dos almas inquietas, libres de corazón, encerradas en una sociedad que las invisibiliza, que las oculta, en la que se les prohíbe ser quiénes son, sus deseos más ocultos, donde no pueden dar rienda suelta a sus formas de pensar, a sus sentimientos, y a sus pasiones más secretas. Es en ese instante, donde la película se centra en ellas dos, en sus caracteres, donde las descubrimos de verdad, donde nos rendimos a sus deseos e ilusiones, donde la pasión se desborda y las dos mujeres disfrutan del momento, sin obstáculos ni autocensuras, de lo que sienten y de su amor.
Todo está contado con solidez e intensidad, a través de una dulzura y elegancia magníficas, sin caer en el sentimentalismo ni nada que se le parezca, con unas imágenes sobrecogedores que nos congelan el ánimo, sujetándolo con fuerza, con esos instantes poéticos y líricos en que todo se suspende en el aire, donde el tiempo se desvanece y las fuerzas del amor se apoderan del ambiente, como si la fuerza inspiradora y arrebatadora de estas dos mujeres nos atrapará sin remedio, dejándonos llevar hacia lo más profundo de nuestra alma, donde nos encontramos con esa luz tenue y cálida, que traspasa muros y puertas infranqueables, obra de Claire Mathon (responsable entre otras de Mi amor o El desconocido del lago, otras muestras del amor y la pasión desaforadas) o el estupendo montaje de Julien Lacheray (editor de todas las películas de Sciamma) con esas conduntendes e invisibles elipsis y los maravillosos planos secuencia en la que vemos con todo lujo de detalles el trabajo de la pintora, o las elegantes y sinuosas composiciones, tanto en la cocina como en esos paseos junto al acantilado, donde el tiempo se detiene, donde todo parece diferente, donde las cosas y los sentimientos se desatan y se lanzan a ese abismo de la pasión y el amor.
La maravillosa pareja protagonista en la que vemos la sutileza de sus gestos y miradas, sobre todo sus miradas, porque como se miran estas dos mujeres, con Adèle Haenel como la desdichada Héloïse, que repite con Sciamma, mostrando su rigidez del inicio para luego ir destapándose a aquello nuevo, inesperado y dulce que la va atrapando, frente a Noémie Merlant como la pintora, esa mujer tan liberal, tan especial y tan diferente de Héloïse, pero a la vez también barrada en esa sociedad patriarcal que dirige las vidas y las ilusiones de las mujeres. Desde Carol, de Todd Haynes, no asistíamos a un canto a la libertad de amar, del amor en mayúsculas, del amor entre mujeres de verdad, de esos que se recuerdan, de los que no hay dos iguales, de ese amor sincero y honesto, de ese amor que rompe barreras sociales, de frente, cara a cara, de esos amores que estallan, donde la composición de Vivaldi y sus estaciones, sobre la de la primavera, casa de fábula con esos sentimientos que invaden el alma de las dos mujeres, que sentimos los espectadores, que nos invitan a dejarnos llevar por aquello que procesamos, porque el amor es un sentimiento complejo, fugaz, efímero, algo que llega y raras veces permanece, pero lo que sí nos despierta en mitad de la noche es aquel recuerdo íntimo y profundo que sentimos y que jamás podremos olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Enric Auquer, actor de la serie «Vida perfecta», de Leticia Dolera. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Enric Auquer, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.
Entrevista a Oliver Laxe, drector de la película «Lo que arde». El encuentro tuvo lugar el jueves 10 de octubre de 2019 en el hall de los Cines Verdi en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Oliver Laxe, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.
Entrevista a Ana Fernández, actriz en la película «Abuelos», de Santiago Requejo. El encuentro tuvo lugar el jueves 3 de octubre de 2019 en los Jardines del Palau Robert en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Fernández, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.
Cuanta razón tenía mi querido Ángel Fernández-Santos cuando mencionaba que en las primeras imágenes se condensaban el espíritu y las raíces de la esencia del relato que a continuación nos contarían. Lo que arde sigue ese impulso que sostenía el recordado crítico con su arranque poético y cruel con esas imágenes que abren el tercer trabajo de Oliver Laxe (París, 1982) sobrecogidos por su belleza y dureza, cuando observamos como una máquina va cortando sin ninguna piedad un grupo de árboles eucaliptos, arrasándolos literalmente, en que el mal llamado progreso devasta la naturaleza y por consiguiente, su patrimonio. De repente, esa destrucción se detiene en seco, la máquina queda paralizada frente a un imponente y centenario eucalipto, como si la naturaleza, en su último aliento, todavía tuviese fuerzas para doblegar la codicia humana. La primera película que rueda Laxe en Galicia, después de sus dos aventuras con Todos vós sodes capitáns (2010) y Mimosas (2016) ambas filmadas en Marruecos, donde el director residía, el cineasta galego mira hacia su interior, hacia sus orígenes, cuando viajaba los veranos para visitar a sus abuelos en los montes de Os Ancares, provincia de Lugo. Aquella tierra de la infancia se convierte ahora en el paisaje áspero y bello, difícil y dulce, duro y sensible, en el que se desarrolla el relato.
Una historia que arranca con la vuelta de Amador, después de cumplir condena por incendiario, a la aldea junto a su madre Benedicta y sus animales, con el aroma de western, cuando aquellos hijos prodigo volvían a casa, después de conocer la civilización y salir trasquilados, en la piel del Mitchum de Hombres errantes o el McQueen de Junior Bonner. Laxe, a medio camino entre el documento y la ficción, filma con detalle y precisión la cotidianidad del hijo y su madre, cuidando de sus vacas, caminando entre los árboles y los senderos escarpados y agrestes del bosque, subiendo colinas y montes y observando un territorio en continua contradicción, como la relación entre ser humano y naturaleza, un dificultoso enlace entre las necesidades y los intereses de unos contra los elementos naturales que siguen un curso invariable, ancestral y caprichoso. Pero también tenemos el lado humano, ese pueblo que estigmatiza y desplaza a Amador por su condición de incendiario, llevando esa cruz pesada que le ha asignado la sociedad del lugar, como le ocurría a Eddie Taylor en Sólo se vive una vez, de Lang, cuando al salir de la cárcel, intenta sin salida huir de su condición de proscrito.
Laxe arranca en invierno, siguiendo el estado de ánimo que atraviesa Amador, adaptándose lentamente a las condiciones adversas de la estación, con la llegada de la primavera, las lluvias y el frío dejan paso a la luminosidad y el esplendor de un bosque que despierta del letargo hibernal, para cerrar su película con el verano y el fuego como visitante perenne de cada estío, devastando, como la máquina del inicio, todo a su paso, con unos vecinos desesperados intentando salvar sus casas, cuando piensan en ellas como reclamo turístico. El cineasta gallego-parisino se mueve constantemente entre los extremos humanos y naturales, entre aquello que nos atrapa y también, aquello que nos somete, entre lo justo y lo injusto, entre la belleza de la naturaleza y los animales, ante los intereses económicos y el cambio climático que están acabando con el rural, con los paisajes naturales y sobre todo, con la subsistencia de tantas gentes del campo. Laxe lanza una oda hacia estos lugares naturales en vías de extinción, espacios donde la vida se trasluce entre gentes que abren senderos con su caminar diario, que cuidan de los animales y los rescatan de su terquedad o miedo, donde se habla poco y se observa más, donde estos paisajes se ven contaminados con la mano del humano, que encuentra intereses mercantiles en casi todo, como en ese momento doloroso en que Amador y sus vacas se tropiezan con máquinas devastando árboles y recomponiendo la naturaleza.
Laxe nos sumerge en un relato sencillo e intimista, lleno de luz brillante y sombría, en el que indaga sobre la condición humana, sobre el olvido, el perdón, el amor y el estigma, donde la tierra se vuelve tensa e incendiaria, donde todo pende de un hilo muy fino, donde todo puede estallar en cualquier instante, donde las cosas obedecen a una estabilidad frágil. El cineasta vuelve a contar con sus cómplices habituales como Santiago Fillol en la escritura, Mauro Herce en la cinematografía, Cristóbal Fernández en la edición o Amanda Villavieja en el sonido, para dar forma a una película asombrosa, elegante, sobrecogedora y apabullante, tanto en sus imágenes como en su narración, exponiendo toda la complejidad vital de lo humano frente al entorno, un paisaje bello y cruel, con sus cambios climáticos y sus cambios producidos por el hombre, contándonos esta fábula sobre lo rural, libre y salvaje, como lo hicieron en su día gentes como Gutiérrez Aragón en El corazón del bosque, Borau en Furtivos o Armendáriz en Tasio, y tantos otros autores, en que el hombre luchaba contra los elementos naturales y sociales como hacía Renoir en El hombre del sur o Herzog en Aguirre, la cólera de Dios, y ese progreso devastador que aniquila el paisaje para imponer sus normas y leyes que cambian la forma natural con el conflicto que lleva a las gentes que viven de él y los animales que lo habitan.
Una película hermosa y magnífica con esa limpieza visual que ofrece el súper 16, y esos temas musicales que van de Vivaldi a Leonard Cohen, que ayudan a comprender más la complejidad de lo humano que rige la película, para sumergirnos en un universo ancestral lleno de continuas amenazas, a través de Amador, un tipo silencioso y melancólico con ese rostro vivido y marcado por el tiempo y el dolor, con las grietas faciales que da una vida dura y tensa (que recuerda al rostro de Daniel Fanego de Los condenados, de Isaki Lacuesta) junto a su madre Benedicta Sánchez, una mujer sufridora y maternal, que cuando su hijo regresa lo primero que le suelta es si tiene hambre, alguien que ama a su hijo, independientemente de qué se le ha acusado, un amor maternal sin condiciones ni reglas. Dos intérpretes, que recuerdan a los actores-modelo que tanto mencionaba Bresson, se suman a Shakib Ben Omar, que aparecía en las dos primeras cintas de Laxe, debutantes en estas lides del cine, bien acompañados por sus leves miradas, gestos y detalles, en las que consiguen toda esa complejidad que emana de sus personalidades, de su tierra y su entorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Santiago Requejo, drector de la película «Abuelos». El encuentro tuvo lugar el jueves 3 de octubre de 2019 en los Jardines del Palau Robert en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Santiago Requejo, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.
“El amor es la emoción más compleja. Los seres humanos son imprevisibles. No hay lógica en sus emociones. Donde no hay lógica no hay pensamiento racional. Y donde no hay pensamiento racional puede haber mucho romance, pero mucho sufrimiento”.
Woody Allen
En una sociedad occidental vacía, sucia, mercantilizada y triste, todavía existen seres de otro tiempo, individuos que todavía aman vivir, sentir el aire en sus pulmones, aunque este muy contaminado, perderse por las calles antiguas de la ciudad, aquellas que todavía no han sucumbido a la locura del dólar, o que todavía mantienen algún rasgo de cuando eran calles de verdad, en las que se respiraba el aliento que respiraba la ciudad, sus olores naturales, sus aromas, su diversidad de gentes, costumbres y realidades, perderse por esos lugares de antaño, caminar sin rumbo, aunque esté lloviendo a mares, con esa luz sombría propia de los días de otoño, mientras escuchamos alguna melodía de Gershwin y pateamos con pausa las calles del Village neoyorquino, esa maravillosa luz que se mira con poesía y detalle por el talento de Storaro, cinematógrafo de las tres últimas de Allen.
Allen mira con nostalgia y melancolía un tiempo pasado, irrecuperable, un universo sin tiempo, sin lugar, un mundo aparte, un mundo que tantas veces ha retratado Woody Allen (New York , 1935) en su cine, en ese primigenio cine donde vuelve ahora, en ese cine que tanto ha evocado ese tiempo lejano, ese tiempo que jamás volverá, en el que el estado anímico era diferente, crónicamente otoñal, donde los días parecían hermosos y el amor, esas emociones y relaciones tan peculiares que Allen ha mirado de tantos puntos de vista posibles e imposibles, eso sí, sin faltar al humor, una comedia loca, excéntrica, divertida, de puros gags, o de todas las formas posibles, para soportar el tedio de la ciudad, de la sociedad, de este mundo a la deriva, donde quizás sean el amor y el humor, las dos únicas tablas de salvación, de respirar un poco.
Allen lleva medio siglo haciendo cine y ha dirigido casi medio centenar de títulos, cintas de toda clase, forma y estructura, unos mejores que otros, o podríamos decir, unos más conseguidos que otros, eso sí, incluso en las películas menos conseguidas o más convencionales, el cineasta de Brooklyn siempre se ha sacado de la chistera algún momento único, mítico y deslumbrante, de esos que quedan en la retina de los espectadores para siempre, donde sus atribulados personajes, con sus complejos, deseos, frustraciones o desilusiones, todos juntos y a la vez, se han enfrascado en imposibles romances o líos, listos para el desastre más escandaloso, pero ellos, amotinados y ciegos en su imposible causa, seguían tropezando una y otra vez contra sus sentimientos, ambivalentes, despojados de toda razón o lógica, seres así, alter ego de sí mismos, de ese cineasta bajito, feo y cómico que solamente quería llevar al baile a la reina del instituto, ahí es nada, para darse cuenta de que la realidad siempre es más terca y triste que los sueños, donde todos somos altos, guapos y triunfadores.
En Día de lluvia en Nueva York, conocemos a Gatsby (como el antihéroe de otro tiempo que magníficamente retrató F. Scott Fitzgerald) un tipo joven, de buena familia, que huyó de la Gran Manzana para estar lejos de su familia, unos snobs reprimidos, según él, y se oculta en una de esas universidades donde pasa el rato, sin todavía saber qué hacer y en qué emplear su tiempo, eso sí, lee mucho, sueña aún más, juega el póker, escucha música de antes y ve películas clásicas, las que retratan ese universo al cual le encantaría pertenecer. Ah! Y también tiene novia, una tal Ashleig, una joven guapísima de Arizona que sueña con ser una gran periodista, que nada tiene que ver con Gatsby. La acción arranca cuando Ashleigh tiene que ir a Nueva York a entrevistar a Roland Pollard, uno de esos directores independientes tan profundos e ínfulas de autor con crisis reales o fingidas, una entrevista que se enredará de tal manera que el ansiado fin de semana en la gran ciudad, planeado por Gatsby, se convertirá en un enredo de mil demonios y un juego del gato y el ratón por las calles de la ciudad.
Por un lado, tenemos a Ashleig que va en la búsqueda de un perdido Pollard junto a Ted Davidoff, el guionista que descubrirá algo que hará tambalear sus sentimientos, luego, acabará en una fiesta elitista donde Pollard la intentará seducir aunque también aparecerá Francisco Vega, ese apuesto latin lover dispuesto a todo. Mientras tanto, en algún otro lugar de la ciudad, Gatsby camina sin cesar bajo la lluvia, y tendrá encuentros fortuitos con Chan, la hermana de su novia del instituto, convertida en una atractiva mujer, y acudirá, muy a su pesar, al cumpleaños de su madre, donde deberá enfrentarse a su progenitora. Mención aparte tiene el estupendo reparto del que se rodea el director estadounidense, como suele pasar en sus filmes, con ese Timothée Chalamet, taciturno, triste y solitario, captando la esencia de lo tragicómico de Allen, que conmueve y enfada a partes iguales, con ese aire quijotesco y zombie moderno, bien acompañado por una pizpireta y chica de bien Elle Fanning, con una seductora e inteligente Selena Gómez, y esa retahíla de tipos del cine: Liev Schreiber como director capullo y estúpido, Jude Law como un guionista atribulado y neurótico, y Francisco Vega, en la piel de Diego Luna como el típico galán mentiroso y truhan.
Allen rememora aquellas comedias románticas clásicas del Hollywood dorado como Al servicio de las damas, de La Cava, Historias de Filadelfia, de Cukor, Lo que piensan las mujeres, de Lubitsch, entre muchas otras, llenas de inteligencia, clase y elegancia, con humor a raudales, en el que encontramos fieles y sinceros retratos sobre el amor, sus conflictos, y sobre todo, sus graves consecuencias para el alma humana y su entorno. El cineasta neoyorquino capta ese aroma intrínseco de aquellas películas y lo traslada con maestría e ingenio, marcas de la casa, a la actualidad, con una deliciosa comedia romántica en la que dispara a todo y contra todos, donde frivoliza sobre el mundo de la burguesía estadounidense, se carcajea de los cineastas y todo aquella mugre que les rodea, y no dejará títere con cabeza, en un mundo frenético, estúpido, lleno de complejos y depresivo, donde y ahí volvemos otra vez, el amor y sobre todo, el humor, el humor en todas sus vertientes, el que se ríe de todo, de todos y sobre todo, de uno mismo, será lo único que nos sigue recordando que seguimos siendo humanos o algo que se le parezca. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA