Primeras soledades, de Claire Simon

LOS ADOLESCENTES TIENEN LA PALABRA.

“No llores, hombre… ¿Hablas con él? ¿Habláis? ¿Sabes? Creo que… eres un tío que sufre y que se lo guarda todo. Te contienes muchísimo hasta que explotas. Tendrías que hablarlo. Mi madre está presente. Yo lo hablo con ella, quizás no de la mejor manera. Pero tienes que hablar con alguien. Yo voy al psicólogo. Si te lo guardas todo dentro, no crecerás jamás, ¿sabes?”

La palabra. El diálogo. Compartir aquello que guardamos, aquello que ocultamos a los demás, aquello que nos duele y nos mata. La cámara está ahí, frente a nosotros, actuando como testigo omnipresente, en la cual desvelaremos aquello que no contamos, contaremos nuestra verdad. La decimosexta película de Claire Simon (Londres, Reino Unido, 1955) es un documento excepcional y bellísimo sobre la palabra, sobre unos cuántos diálogos entre adolescentes alumnos de un instituto ubicado en los suburbios parisinos. Un retrato de aquí y ahora, en el que los chavales dialogaran entre ellos sobre sus sueños, deseos, dolores o miedos, en su intimidad, frente a otro igual como ellos, alguien que ha vivido situaciones anómalas en su entorno familiar, que mantiene relaciones ásperas y duras con sus progenitores, que conoce la soledad, el sentirse abatido y solo en su propia casa, seres con familias desestructuradas, que desean paz y tranquilidad, aunque sea un instante, en unas vidas azotadas por el miedo, la incomprensión y la soledad.

Simon ya se había sumergido en los centros de enseñanza con anterioridad, muchos recordarán su sensible y poderosa Récréations (1998) en la que exploraba con extrema delicadeza y armonía las desventuras de un buen puñado de párvulos en su momento de recreo. O la más reciente Le concours (2016) en el que seguía con esa mirada inquieta y curiosa que la caracteriza, a un grupo de jóvenes aspirantes a la Escuela de Cine de París. La película resultante viene de un proceso creativo que arrancó cuando Simon, invitada por una amiga, accedió a dar un curso sobre cine en una asignatura optativa en la que se inscribieron 10 alumnos, que animados por la directora, les contaron sus experiencias vitales para incluirlas en un futuro corto de ficción sobre sus vidas. El contenido de sus experiencias, así como la sinceridad que mostraron en las entrevistas y la naturalidad, animó a la directora francesa a arrancar un película sobre sus vidas a través de diálogos entre ellos (un dispositivo parecido al de Rithy Pahn en El papel no puede envolver la brasa, en la que un grupo de jóvenes prostitutas de Camboya dialogaban entre ellas explicándose sus realidades y miserias) en el que se contarían sus vidas y sus miedos, esas primeras soledades a las que alude su ejemplar título.

La directora francesa sitúa frente a su mirada y su cámara a los diez adolescentes participantes en su curso, acogiéndolos con sinceridad y honestidad, ofreciendo el cine como arma terapéutica para encarar los problemas y filmarlos mientras los encaran a través de la palabra. Simon no deja fuera a ninguno de ellos, una decena de almas entre chicos y chicas, de diferentes culturas y formas de pensar y vivir, de padres inmigrantes, en la mayoría de casos, que muestran una transparencia admirable y conmovedora para abordar esos temas dolorosos que han vivido o viven en sus hogares, o podríamos decir lo que queda de ellos, con padres divorciados, con apenas relación con ellos, o con padres desconocidos, situaciones violentas, o simplemente, desamparo en muchos de sus casos, miran con dolor y tristeza esos pasados o presentes, y se animan con relativo miedo vislumbrando un futuro que miran con algo de optimismo y con actitud valiente de encararlo con energía y fortaleza, esperando que resulte muy diferente al experimentado por ellos.

Simon los filma en las clases durante y después de ellas, en los bancos del patio, mientras viajan en autobús o realizan compras, en una primera mitad en la que el invierno invade todo el recinto académico, en que todas las conversaciones son interiores, y luego, con la llegada de la primavera, la cámara abandona las cuatro paredes para mostrar el patio, la ciudad, y la calle, donde nos hablarán de esos pasados, en algunos casos, felices, en otros no, pero si desde sus miradas de adolescentes, con la suficiente edad y tiempo necesarios para comenzar a hablar de sus vidas, sus relaciones familiares y mirar su futuro. Una tarea y forma con la que podría emparentarse Primeras soledades con el proyecto de Quién lo impide, de Jonás Trueba, donde a partir de encuentros con adolescentes nacen una serie de películas-trabajo para hablar de sus vidas, de sus identidades y sus deseos y soledades, películas a las que también podríamos añadir < 3, de María Antón Cabot, en la que se también se aproximaba al mundo de los adolescentes a través de ellos cediéndoles la palabra para que pudieran expresarse con total libertad y naturalidad.

Simon ha construido no solamente una película extraordinaria sobre la adolescencia, muy alejada de esa idea maniquea que ofrecen los medios de comunicación generalistas constantemente, sino que también Primeras soledades se alza como un excepcional, desgarrador y contundente documento sobre esa adolescencia quebrada que sigue resistiendo en silencio los males de los adultos, aunque eso sí, siguen manteniéndose firmes en su decisión de seguir hacia adelante con la palabra como mejor arma, hablando y escuchando a aquellos, que al igual que ellos, han vivido o viven situaciones difíciles y complejas en sus hogares, en que la película de Simon ofrece un puerta abierta para mirarlos con detenimiento, acercarse a sus intimidades, en el que se abran y dialogan de todo lo que callan y ocultan para construir un lazo de amor y comprensión para mirar ese futuro que les espera con la mejor de las actitudes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/334379711″>Trailer Primeras soledades | Pack M&agrave;gic Forum</a> from <a href=”https://vimeo.com/user34637086″>Pack M&agrave;gic</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Of Fathers and Sons, de Talal Derki

EL LEGADO DE LA YIHAD.

“Cuando era pequeño, mi padre me enseño a escribir mis pesadillas para impedir que volviesen. Me fui muy lejos para escapar de la injusticia y de la muerte. Desde que empezamos a construir nuevos hogares en el exilio, el yihadismo salafista ha vivido una era dorada en el hogar que dejamos. La guerra sembró semillas de odio entre vecinos y hermanos, y ahora el yihadismo salafista está recogiendo los frutos. Intentando ocultar mi inmenso miedo, me despedí de mi mujer y de mi hijo y partí hacia la tierra de los hombres que anhelan la guerra. Al norte de Siria, a la provincia de Idlib, controlada por al Qaeda, también llamada Frente al Nusra. Me presenté como fotógrafo de guerra”.

Talal Derki.

De todas las imágenes terribles de la Guerra Civil Española hay una que me aterroriza entre todas, la de unos niños jugando en una colina simulando un fusilamiento, un juego que se convierte en el fiel reflejo del contexto en el que viven, un contexto de guerra, muerte y destrucción. Aunque hayan pasado más de 80 años de esa imagen, esas imágenes se siguen produciendo, niños que viven el horror de la guerra, el horror de la muerte, que crecen en realidades horribles, donde asesinar es lo cotidiano, donde sus juegos infantiles acaban siendo un reflejo de esa realidad miserable que viven diariamente.

El arranque de la película resulta demoledor y bestial, donde observamos a unos niños jugando al fútbol en mitad de la desolación y la destrucción del paisaje, en el que ese incio nos viene a decir que hasta en los lugares más crueles de la tierra, la vida se abrirá camino y siempre habrá unos inocentes que jugarán. Talal Derki (Damasco, Siria, 1977) ha trabajado para la televisión árabe y para agencias de información tan importantes como la CNN, y ha vivido la desmembración de su tierra desde la proximidad, unos hechos que empezaron con la movilización social para acabar con el régimen de Bashar Al Asad, que después originó la guerra que todavía continúa, hechos que ya plasmó en su documental Return to Homs (2013) donde seguía durante tres años a un futbolista que era activista de todos estos movimientos políticos y sociales. Ahora, en su nueva película va más allá, y se mete en la cotidianidad del otro, de los que están en la otra línea de fuego, en la vida de Abu Osama, miembro del grupo Al-Nusra, la rama de Al-Qaeda en Siria, que lucha contra las tropas del gobierno del Al Asad, y la compañía de sus ocho hijos, cruzando el difícil frente del Norte del país, para convivir durante dos años y medio en este ambiente familiar y de guerra.

Derki se convierte en un testimonio único y brutal en el que muestra con su cámara esa cotidianidad que duele y horroriza, porque los momentos tiernos y sensibles del padre a sus hijos, se mezclan con los disparos, las incursiones bélicas y la desactivación de minas y bombas, tarea en la que el padre es un especialista. Esa cotidianidad que vemos sin artificios ni efectos, es una cotidianidad asumida dentro del ambiente de guerra, en el que los niños siguen con sus juegos a pesar de todo, juegos bélicos, juegos donde se pelean, fabrican artefactos caseros y se mueven entre las ruinas de un país que lleva más de 7 años de guerra y destrucción. El cineasta sirio filma desde la más absoluta cercanía y proximidad, sin trampa ni cartón, desde esa realidad miserable, donde la vida y la guerra se mezclan y se funden, con dos partes divididas: en la primera, somos testigos de las incursiones bélicas del padre y sus compañeros combatientes, mientras los hijos quedan más al margen, unos hijos que adoran a su padre, que se muestra tierno y sensible con ellos. En la segunda mitad, los niños cogen más protagonismo, sobre todo, dos de ellos, Osama, el mayor de 12 años, y Ayman, el que sigue, el mayor quiere seguir los pasos del padre y le vemos asistir a los entrenamientos para convertirse en un futuro soldado de la yihad (son escalofriantes el adoctrinamiento por parte de los adultos y todas las pruebas que les hacen pasar) en cambio, Ayman, desea volver a la escuela cuando la guerra se lo permita.

Derki nos habla de guerra, violencia, deshumanización y educación, sobre un padre que cree profundamente en una sociedad que vive bajo las leyes de la sharía, y educa a sus hijos bajo esa doctrina religiosa, donde su fe y sus armas son las únicas y válidas herramientas contra los infieles y enemigos que luchan contra ellos, en una guerra cruenta, compleja y demoledora, que está acabando con el país y sus habitantes. Derki ha construido una película necesaria y valiente, una cinta terrible sobre la intimidad de los radicales, sobre la guerra desde lo más profundo, y sobre todo, una película sobre la educación, ese adoctrinamiento de los padres a los hijos, al terrible legado que les dejarán en sus vidas, esas semillas de odio a los demás, a esos supuestos enemigos, pesadas huellas violentas que deberán arrastrar durante todas sus vidas, unas existencias condenadas por un destino atroz y salvaje, en el que tendrán que convivir con la muerte diariamente, en unos niños que no han conocido otra cosa que no sea la muerte, la destrucción y las armas como compañeras de juegos, unos inocentes que han crecido a través de la ignominia y el odio hacia el otro, convirtiéndose en seres abyectos y miserables donde matar es lo normal, donde matar forma parte de sus vidas, como comer, jugar o amar.