Entrevista a Jaione Camborda

Entrevista a Jaione Camborda, directora de la película “Arima”, en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el sábado 8 de febrero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaione Camborda, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Arima, de Jaione Camborda

EL ESPÍRITU DEL BOSQUE.

“Te lo he dicho, es un espíritu. Si eres su amiga, puedes hablar con él cuando quieras. Cierras los ojos y le llamas. Soy Ana…Soy Ana…”

Isabel a Ana en El espíritu de la colmena, de Erice

Arima es aquello que ves a través de la niebla, aquello que intuyes, pero que no consigues ver con claridad. Un sueño, un recuerdo, un deseo. Desde su evocador y misterioso título, la primera película de Jaione Camborda (San Sebastián, 1983) nos traslada a un lugar alejado de lo conocido, un espacio que se instala entre la realidad y lo imaginado, entre aquello que vemos y que intuimos, entre lo que sentimos y soñamos, un paisaje envolvente que nos produce miedo y también fascinación, ese lugar donde los sueños, los espíritus y lo de más allá puede cobrar vida, puede manifestarse o puede evocarnos a ese lugar oculto que anida en nuestro interior, ese lugar en el que solo nosotros podemos ir y estar. Camborda nos había entusiasmado con alguno de sus piezas de corte experimental rodadas en súper 8 como Rapa das Bestas (2017) un trabajo de carácter etnográfico en el que exploraba la relación del hombre con lo animal, en una batalla donde se fundían la violencia y lo atávico.

Siguiendo con el celuloide pero esta vez en el 16mm, con el cinematógrafo Alberte Branco (responsable entre otras de Los fenómenos, Las altas presiones o La estación violenta) la directora donostiarra continúa sumergiéndose en los elmentos que transitaban en sus anteriores trabajos como el paisaje, la relación de lo humano con lo animal y la naturaleza, en un espacio donde confluyen realidad y fantasía, componiendo una sinfonía instalada a media luz, velada, donde la espesa niebla, y la sombras proyectadas van creando ese paisaje fantasmagórico por el que se desplazan las cuatro mujeres de la película, Julia, es una mujer reflexiva, de carácter introvertido y muy observadora, que arrastra la desaparición de su hermano Ángel cuando este era solo un niño, su madre es una mujer que ha huido del centro, está anclada en otro tiempo, perdida y desorientada, incapaz de pertenecer a un lugar que mira extrañada, Nadia es la mujer radiante de juventud, atractiva, que posa su cuerpo desnudo para que la retraten, el objeto de deseo al que todos admiran y desean, y por último, Elena, frágil, sencilla y desamparada, madre de Olivia, esa niña que al igual que sus coetáneas Ana de El espíritu de la colmena, la otra Ana de Cría Cuervos y Olvido de La mitad del cielo, todas ellas niñas capaces de traspasar la vida y transitar por el universo de las ánimas, dejar la realidad para adentrarse en un paisaje diferente, extraño y mágico, en el que obedecen otras leyes, otras emociones, un lugar donde se relacionan con espíritus y seres de otro tiempo y otra vida, con el aroma gótico que reinaba en La hora del lobo, de Bergman. Olivia es la niña que abre esa vía a las mujeres, sobre todo, a Julia, a entrar en ese mundo espectral, donde las cosas se sienten y se ven de otra forma.

Las cuatro mujeres verán su cotidianidad alterada con la presencia de dos hombres, uno que nunca veremos pero intuimos que pueda ser real o quizás no, el otro, David, sí que es real, y aparece herido en la vida de Elena, una especie de salvador para ella, una compañía que Olivia verá como una amenaza y un temor. Ese paisaje onírico y real, que camina entre la nebulosa, la apariencia y lo tangible lo encontró Camborda en el pequeño pueblo de Mondoñedo, en el norte de la provincia de Lugo, un lugar que por su posición geográfica está bañado por una espesa niebla que lo inunda de esa capa ambivalente, ideal para construir esa fascinante y evocadora atmósfera que reina en la película. La directora vasca construye un relato íntimo y breve, apenas el metraje alcanza los 77 minutos, con ese montaje lleno de sutilezas obra de Marcos Florez (que ya estaba en El último verano, de Leire Apellaniz) para mostrar lo sugerido y lo espectral.

Arima es un cuento que camina entre lo cotidiano, lo tradicional, y lo fantasmal, con esos maravillosos dibujos infantiles de Olivia (que recuerdan a aquellos que hacía la niña de El cebo) y se mueve entre la fábula, el terror y la violencia (como ese brutal instante cuando Olivia agarra la escopeta) donde todo se sugiere, se intuye y se escucha, donde el off es de vital importancia. Un relato anclado en una especie de limbo, tanto narrativo como formal, en la que escuchamos pocos diálogos, donde las miradas, los gestos y las acciones de los personajes se imponen a las palabras, donde todo se dice desde lo que cuentan las miradas, en el que sus personajes observan y miran mucho, y también callan más, donde todo se sugiere y se alimenta a través de las emociones que van sintiendo y las situaciones que se van generando, donde la tensión emocional entre las mujeres va en aumento, en una especie de laberinto físico y psíquico en el cada una de ellas encuentra o se tropieza con esa realidad imaginada que van inventando o experimentando. Una película sencilla e íntima, que nos coge de la mano y nos lleva por caminos especiales, alejados de lo conocido, inmersos en una cotidianidad diferente, donde lo mágico y lo fantasmal tiene su espacio y su importancia, donde se alimenta un universo peculiar, fascinante y sugerente, que repele y atrae, a través de una cotidianidad cercana que adquiere otro estado, otra fantasía, convirtiéndose en otro mundo, otro paisaje, donde se viven experiencias únicas y poderosas.

Una película de inusitada belleza y contención necesitaba un reparto conjuntado y sobrio como el que forman las cuatro actrices habituales en las serie gallegas como la maravillosa Melania Cruz, que después de breves pero intensos roles en A esmorga, Trote, o el más protagónico en Dhogs, desplegando una fuerza intensa en su rostro, la mirada y el gesto con su Julia, una mujer que traspasa lo conocido para adentrarse en el universo de lo sobrenatural para reencontrarse con el hermano perdido, Rosa Puga Davila es una Elena convincente y superada por los acontecimientos, tratando de volver a ilusionarse, Iria Parada como Nadia, enigmática, oculta y puro deseo, Mabel Ribera que alcanzó notoriedad con Mar adentro, es una madre que deambula como un fantasma por un lugar que no reconoce, Tito Asorey es David, el hombre que entra en la vida de Elena, parco en palabras que oculta mucho. Y finalmente, la niña Nagore Arias, es la mirada inocente e imaginativa, capaz de penetrar en esos mundos mágicos y oníricos que los adultos son incapaces de ver. Camborda ha construido una película honesta y sencilla, que vuelve a evidenciar la grandísima fuerza que late en el cine gallego de ahora, con grandes nombres y títulos que, no solo cosechan buenos resultados aquí si no también fuera de nuestras fronteras, agrandando un cine cotidiano, de raíces, muy de la tierra, en su idioma, pero con temas y elementos universales e interesantes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Trote, de Xacio Baño

ENTRE LA RAZÓN Y EL INSTINTO.

“El ser humano, tanto como el alimento y el sueño profundo, necesita escapar”.

W.H. Auden

La película se abre de forma aséptica y lúgubre, dejando clara su posicionamiento en su manera de abordar este relato familiar lleno de aristas, de silencios, y gestos a medio hacer o simplemente pensados, y no materializados, apoyados en las miradas y detalles de unos personajes callados, en que el silencio deviene una confrontación con los demás, con aquellos que se convierten en sus espejos fronterizos, como una forma de huida interior, de no enfrentarse a los demás, y sobre todo, a sí mismos, porque hay cosas que ya duelen sólo de pensarlas, por eso es mejor callárselas, no decirlas, guardarlas en ese interior que pelea incansablemente contra nosotros, contra nuestras ideas y decisiones, un interior que es salvaje y libre, todo lo contrario que ese mundo exterior, en el que todo y todos deben caminar por el sendero trazado, señalizado y normalizado. Xacio Baño (Xove, Lugo, 1983) ya había dado muestras de su talento como realizador desde el 2011 en los que viene construyendo una mirada muy personal y formalista, a través de cortometrajes aplaudidos a nivel internacional en lugares tan prestigiosos como Locarno, Bafici, Clermont Ferrand o Mar del Plata.

En su primer largometraje, el cineasta galego ha querido ir más allá, y salir de su caparazón narrativo, y aventurarse al exterior, observando el espacio interior, que ya había explorado en sus anterior trabajos, en contraposición contra el exterior, o lo que es lo mismo, la lucha interna del ser humano entre la razón y el instinto, entre el animal salvaje que anida en nuestra alma en constante y eterna lucha contra nuestra razón, con aquello que se espera de nosotros, con aquella que debemos hacer aunque no creamos ni sintamos, con ser uno más del rebaño y seguir las tradiciones o las imposiciones sociales, atados de por vida, a nuestra vida que no queremos, a esa casa rodeada de los nuestros, y a ese trabajo que se ha vuelto mecánica y aburrido. Baño y su coguionista Diego Ameixeiras (coautor entre otras de las interesantes La mujer del eternauta o María (y los demás)) enmarcan la película en esos 83 minutos tremendos y directos, enfrascados en un par de días, un fin de semana donde se celebra la “Rapa das Bestas”, una de tantas que se celebran a lo largo de Galicia, donde caballos salvajes se enfrentan en una dura batalla contra los hombres, para medir sus fuerzas, sus instintos y su pureza.

El lugar elegido es un pueblo del interior rodeado de montañas, donde estos personajes se mueven casi por inercia, guiados por sus razones, enfrascados en sus tareas cotidianas, imbuidos en sus caracteres, y en sus mentes, afinados en esas fronteras emocionales que han creado a su alrededor, infranqueables para el resto. Una forma dura, áspera y fría, completamente encima de los personajes, obra de Lucía C. Pan (que ya la conocíamos de su gran trabajo en Dhogs) en la que los encuadres radiografían desde lo más íntimo y personal a los personajes, capturando al detalle todas esas miradas y silencios que se van entretejiendo entre ellos, donde cada plano duele y nos somete a esa prisión interior que sus “incapacidades emocionales”, aquellas de las hablaba Bergman en su cine, han ido generando a lo largo de los años. Una familia en duelo, ya que la madre acaba de fallecer, una familia rota y aislada, en la que el tiempo y al distancia ha hecho mella en sus frágiles relaciones ya deterioradas desde mucho antes, con ese montaje de Álvaro Gago (colaborador de Marcos M. Merino, y director del celebrado cortometraje Matria) que ahonda en esa película troceada, no lineal, que profundiza aún más si cabe la distancia y falta de cariño y empatía que hay entre los componentes familiares.

Un reparto de pocos personajes y muy medido, que desprenden verdad por los cuatro costados, desde Carme, hilo conductor en la que se asienta todo el conflicto (estupenda la composición de María Vázquez, actriz menuda y dotada de una gran mirada que ensombrece a cualquiera) la hija que siempre ha estado a la sombra de todos, encerrada en ese espacio y herida en todos los sentidos, con unas ganas tremendas de huir, de escapar, de ser ella misma por una vez, a su lado, Ramón (el siempre conciso y sobrio Celso Bugallo) su padre, el hombre de la tierra, de los caballos, de tradiciones ancestrales y callado, con la visita de Luís (interpretado por Diego Anido que sabe sacar partido a alguien complejo y antipático) el hermano mayor que viene acompañado de María, su pareja (Tamara Canosa construye una mujer en medio de todo que intenta reconducir las no relaciones de ese entorno en el que ha caído sin quererlo. Un tipo igual de callado, ausente, que hace años dejó el pueblo y se ha mantenido en la distancia, dejándose llevar por su vida y aislado de su familia y el pueblo. Y por último, Fran, el panadero y jefe de Carme (Federico Pérez hace de ese hombre rudo, de pocas palabras y algo animal) que mantiene una relación de idas y venidas con la citada, en la que las emociones se amasan y se cuecen de manera mecánica. Y Marta, amiga de Carme (que interpreta Melania Cruz, una presencia sensible, veraz y amable que ya nos deslumbró en Dhogs) que se muestra cariñosa y cercana con esta mujer libre pero atada.

Baño nos sumerge en ese ambiente opresivo y opresor, en esos espacios construidos desde lo más cercano, desde la tierra y esa naturaleza indómita y salvaje que anida en esos ambientes, creando una atmósfera impenetrable emocionalmente hablando, donde todo se racionaliza, y se entiende, donde las cosas ya tienen su curso desde tiempos inmemoriales, en el que no se escucha el cuerpo y la carne, donde las relaciones son secas, abruptas, y brutales, totalmente faltas de empatía con el otro, convertido en un saco oscuro de carne y hueso donde golpear y castigar todo lo que se pueda, donde las heridas emocionales nunca se ven, pero son tan visibles para cualquier mirada que quiera detenerse y mirar a los ojos del otro, y de paso, a los suyos también, porque siempre hay tiempo de rectificar, de mirar hacia atrás, de mirarse en el interior y dar media vuelta, pararse y empezar de nuevo en otro lugar, con otra manera de mirar, y sobre todo, de relacionarse con los demás.


<p><a href=”https://vimeo.com/304335947″>Trailer TROTE</a> from <a href=”https://vimeo.com/aterafilms”>ATERA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Andrés Goteira

Entrevista a Andrés Goteira, director de la película “Dhogs”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el martes 1 de mayo de 2018 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrés Goteira, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo del D’A Film Festival, y a Laura Doval, productora de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Dhogs, de Andrés Goteira

ANIMALES SALVAJES.

“Cielo y Tierra no tienen sentimientos:
tratan todas las cosas como perros de paja. El Sabio no tiene sentimientos: trata a toda su gente como perros de paja”

Tao Te Ching. Lao Tse

Un taxista silencioso conduce por una ciudad cualquiera por la noche, sube a un ejecutivo que dejará en un hotel, mientras que el taxista seguirá conduciendo sin rumbo aparente. En el hotel, el ejecutivo conocerá a Alex, una mujer solitaria y muy atractiva. Aunque todo parece obedecer a una convencionalidad aparentes, a partir de ese instante, la vida de Alex entrará muy a su pesar, en una tremenda espiral de violencia sin sentido donde una serie de personajes, a cuál más rudo y salvaje, se interpondrán en su camino, y donde Alex tendrá que sacar fuerzas de su interior para sobrevivir. La puesta de largo de Andrés Goteira (Meira, Lugo, 1983) es un thriller angustioso y febril, con una personalidad propia que agarra al espectador y no lo suelta en ningún instante, ya desde su título que deja las cosas claras por donde nos llevará su trama, ya que proviene de la fusión anglosajona entre dogs (perros) y hogs (cerdos) que nos viene a decir ese lado animal de los seres humanos, entre la fiereza y la sumisión, entre amos y esclavos, entre los poderosos y los desfavorecidos.

La apuesta de Goteira, tanto por su forma y contenido, podría parecernos a primera instancia, un refrito de grandes títulos de los setenta estadounidenses, pero lo que hace el cineasta lucense es agarrar los referentes para llevarlos hacia otro lugar, hacia su propio terreno, consiguiendo una trama, en la que apenas hay diálogos, y apoyándose en las sutiles y sobrias interpretaciones de su elenco, y construyendo unos espacios cinematográficos con un carácter diferente y sucio, que nos atrapa dejándonos sin aliento. La trama está contada a través de tres relatos, que unos dejarán paso a otro, en el que encontramos dos espacios, lo urbano y lo rural, pero sin grandes diferencias en la miseria humana, entre los perversos y las víctimas de esa perversión, en la que todos se mueven bajo instintos animales, donde no existe empatía, sino seres movidos por su sed sexual o violenta, sin tiempo para la reflexión o el pensamiento. Aquí, todos se mueven por aquello que sienten, por aquello oscuro y profundo de su ser, dando rienda suelta a aquello oculto y cruel, utilizando la violencia si es necesario, mostrando las diversas capas del carácter y conducta humanos.

Pero, Goteira aún retuerce más su espacio y su trama, dando paso al público, a nosotros, a esa cuarta pared que hablan en el teatro, mostrándonos al respetable, a los que se sientan cómodamente para presenciar el espectáculo, envueltos en la penumbra, casi en la invisibilidad, sin individualizarlos, creando una masa que vive grupalmente, y permanece inerte en sus asientos de manera colectiva, a los que intervienen o no en lo que están viendo, a ese grupo de espectadores que el cineasta gallego muestra como pasivo, sumiso y sin intervención alguno, sólo agradecido por el show, dejándose llevar como un espectador privilegiado, sin ningún tipo de intervención o protesta, ante tanta crueldad y violencia desatada, dispositivo que nos trae a la memoria el inicio de Opening Night, de Cassavetes, cuando nos mostraba la acción del teatro desde la mirada del público, para luego pasar a ese interior de lo que no ve el espectador, en el mismo juego de espejos vampírico que ocurría también en el comienzo de Holy Motors, de Carax, en que un público dormido o muerto era testigo de aquello que íbamos a presenciar.

Goteira nos envuelve en una atmósfera fascinante, con esa luz tenebrosa y asfixiante de Lucía C. Pan, tanto la urbana, con esa no realidad de la noche como aliada para los sedientos de sangre, y lo rural, con esas carreteras solitarias rodeadas de montañas, y esas gasolineras, donde todo lo perverso puede estallar en cualquier instante, o el espléndido trabajo de arte de Noelia Vilaboa, con esas casas lúgubres y casi abandonadas, donde hay pieles secándose, perros enfermos, hombres rudos y callados con la escopeta siempre a punto, donde reina el silencio, sólo roto por los graznidos de algún cuervo, sin olvidarnos de esa música rasgada e inquietante que acompaña de forma oscura todo lo que vamos viendo. El excelente reparto de la película que consigue incomodarnos, gracias a unas interpretaciones sencillas y muy sobrias, sin ningún aspaviento, ni nada que le parezca, bien sujetos a ese ambiente malsano y cruel que necesita la película, interpretando a almas solitarias y perversas, con los inmensos y sobrios Antonio Durán “Morris” y Miguel de Lira, muy bien acompañados por Carlos Blanco, y los sorprendentes María Costas, Iván Marcos y Suso López (uno de los productores, que además se reserva un breve papel) y la maravillosa Melania Cruz, que consigue transmitir tanto la dulzura y la rabia.

Goteira ha construido una magnífica e impactante película que se sumerge en la oscuridad de los humanos, en el que ha conseguido un excelente y crudísimo retrato sobre los males del ser humano, esa animalidad y violencia que anida en nuestro interior, que sale en el momento inesperado y haciendo daño aquel o aquella que se cruza en nuestro camino, consiguiendo transmitir esa maldad intrínseca y ese ambiente sucio y maloliente que nos rodea, sin olvidarse de sus referentes, como Peckinpah, Hellman o los tratamientos sobre la violencia de thrillers rurales como Defensa, de Boorman, o Furtivos, de Borau, y el cine de terror malsano y sucio de La matanza de Texas o Las colinas tienen ojos, donde la tranquilidad y la paz de la naturaleza no siempre son sinónimos de buena virtud y benevolencia, sino todo lo contrario, donde las peores pesadillas pueden hacerse realidad y no tener fin.  Y añadiendo a los espectadores, la sumisión y complicidad de toda esa violencia y crueldad que anida en nuestra sociedad, con ese grado de manipulación en el que vivimos diariamente, en un mundo perverso completamente deshumanizado, donde unos y otros, amos o esclavos según la circunstancia, nos movemos como alimañas hambrientas a la espera de atacar o ser atacadas.