Lizzie, de Craig William Macneill

UNA MAÑANA DE AGOSTO DE FINALES DEL XIX.

“Los hombres no tienen que aprender, Bridget. Nosotras, sí”

El jueves 4 de agosto de 1892, la localidad Fall River, del estado de Massachusetts, en EE.UU., se despertó horrorizada cuando se descubrieron los cadáveres de Andrew Borden, y su segunda esposa Abby, brutalmente asesinados, en el interior de su casa. La situación dio un gran vuelco cuando se supo que Lizzie Borden, una de las hijas, y Bridget Sullivan, la asistenta, se encontraban en el interior de la vivienda cuando se cometieron los crímenes. Las dos mujeres declararon que no escucharon nada ni vieron a nadie. La prensa sensacionalista se hizo eco del asunto y apodaron a Lizzie Borden como “La asesina de el hacha”, y la historia la recuerda así. Pero, realmente solo los implicados saben realmente que ocurrió aquella mañana calurosa del verano de 1892 en la casa de los Borden. En el año 2014, Christina Ricci protagonizó un telefilme que indagaba en los hechos. Unos años más tarde, nos llega una nueva versión del caso de Lizzie Borden de la mano de Graig William Macneill, cineasta nacido en Nueva Inglaterra (EE.UU.), que tiene experiencia en el medio televisivo con series como Westworld o Them, entre otras, y ya había debutado en el cine con la película The Boy (2015), sobre el desamparo de un niño con un padre depresivo.

Con Lizzie, su segundo trabajo para la gran pantalla, reúne un grandioso reparto encabezado por unas maravillosas Chloë Sevigny, que además es productora, junto a Kristen Stewart, en los roles de Lizzie Borden y Bridget Sullivan, respectivamente. Una película asfixiante y muy claustrofóbica, donde abundan los interiores y los planos y encuadres cerrados, capturando toda la intimidad doméstica del hogar férreo y oscuro de los Borden, sin caer en los estereotipos de la oscuridad para crear una atmósfera terrorífica y malsana, en un formidable trabajo del cinematógrafo Noah Greenberg, que ya había trabajado con Macneill en su opera prima, y en Most Beuatiful Island, de Ana Asensio, sobre el lado oscuro de la ciudad de los rascacielos. La música barroca y sutil de Jeff Russo, que conocíamos por sus trabajos en las series de Fargo y Star Trek, entre otras, y el grandísimo trabajo de montaje de Abbi Jutkowitz, que sintetiza y crea esa casa-laberinto en el que hay pocas formas de encontrar luz y paz, con esas palomas, sinónimo de una libertad imposible, y ese granero como lugar-isla de algo de paz, aunque expuesta a las miradas inquisitorias.

Una casa-cárcel y una época de pura apariencia y machismo exacerbado, en la que podemos ver el sometimiento de las mujeres ante los hombres, ese padre, el Sr. Borden, avaro y negociante sin escrúpulos, lleva con mano de hierro su patrimonio y su casa, Abby, su segunda esposa, sumisa y leal, y el tío John, una sanguijuela que quiere ganarse la riqueza de los Borden cuando el padre no este. Ante la conservadora y gris Fall River, que tanto recuerda a ese New York, de por ejemplo, las novelas de Henry James, y la adaptación de La heredera, de Wyler, y las de Edith Wharton en La edad de la inocencia, de Scorsese. La joven Lizzie, aquejada de epilepsia, encuentra en el cariño y la comprensión de la asistenta, una vía de escape ante una existencia invisible y de continuo sometimiento masculino. Un amor prohibido, pero lleno de comprensión y sentimiento. Un guion que firma Bryce Kass, que arranca con una secuencia inquieta y muy bien filmada, para trasladarnos en flashback a seis meses antes de los asesinatos, con la llegada de la asistenta a la casa de los Borden, para luego, contarnos en una segunda mitad, todo lo que ocurrió con la detención de Lizzie Borden como principal sospechosa y los hechos que vinieron luego.

Macneill cuenta la versión de los hechos, los que él cree que sucedieron aquella mañana de finales del XIX. Quizás no son los que realmente pasaron, pero la versión de la película podría estar muy cercana, o no, pero se ajusta bastante al caso en cuestión, mirado desde la perspectiva de ahora, con más de un siglo transcurrido del caso. Una película de estas características, anclada en un fascinante e inquietante thriller psicológico, donde abundan las miradas y los silencios, debía tener un reparto que compusiera unos personajes que miran mucho y callan más. Los estupendos Jamey Sheridan como Andrew Borden, que hemos visto en series, hace un padre malvado, un machista y un señor injusto y abusador, junto a Denis O’Hara como el tío John, un ser repugnante y arribista, y la sumisión y la sombra que es la segunda esposa Abby, que hace con astucia una gran Fiona Shaw, que recordamos como la tía Petunia de la saga de Harry Potter, gran acierto presentando a una mujer que sabe pero calla, alejándose de la idea de malvados y cándidas, sino mostrando los diferentes perfiles psicológicos y como los enfrentan los diferentes personajes.

Y finalmente, las dos grandes de la función. Dos actrices como Chloë Sevigny y Kristen Stewart, de gran fuerza expresiva, que se mueven con pausa y miran con profundidad, en unos personajes complejos y muy bien interpretados, que hacía tiempo que no las veíamos con tanta fuerza, aunque las dos poseen variados y estupendos trabajos. Por un lado, tenemos a una increíble Kristen Stewart, dando vida a la asistenta, callada, sin consuelo, muy reservada, que también aguanta los abusos del lugar, y frente a ella, una grandísima Chloë Sevigny en la piel de Lizzie Borden, una frágil y débil de salud, pero de carácter fuerte y capaz de todo, sobre todo, de enfrentarse a la tiranía de su padre y romper con ese ambiente misógino de un país que todavía arrastraba las costumbres y la hipocresía heredada de Inglaterra. Macneill mantiene un gran pulso narrativo y formal, y construye con pocos elementos una atmósfera de terror, recurriendo a la intimidad de la casa, y unos personajes atrapados en sus ganas de mantener lo tradicional, frente a la libertad e independencia que ansían tanto Lizzie como Bridget. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Donde caen las sombras, de Valentina Pedicini

LA BESTIALIDAD HUMANA.

Desde tiempos inmemoriales, el fascismo ha querido erradicar a las razas y etnias diferentes, consideradas por ellos como inútiles, seres viles y tarados mentales que eran necesarios exterminar de la faz de la tierra con el fin de zanjar su extirpe y borrarlos del mapa. A lo largo de la humanidad muchos han sido los casos conocidos y los que quedan por conocer, como en el caso que practicó el gobierno suizo durante más de medio siglo, en el periodo comprendido entre los años 20 hasta los años 70, cuando lanzó una operación secreta llamada “Children of the Road”, que consistía en eliminar a los Jenisch (un grupo sedentario que se instaló en varios países de la Europa central que provenían de clases pobres y marginadas) centrándose en sus vástagos, entre 700 y 2000 niños fueron separados de sus padres y llevados a la fueza a centros de reeducación e incluso cambiándoles la identidad y ser donados a familias de la burguesía (mismo método practicado por la dictadura franquista y tantos regímenes fascistas). Métodos clandestinos que servían para depurarlos, vejarlos con experimentos de toda índole como sumergirlos en agua helada, electroshocks, humillarlos y torturarlos, llegando a la esterilización.

La directora italiana Valentina Pedicini (Brindisi, 1978) después de foguearse en el campo documental, debuta en la ficción con una película dedicada a Mariella Mehr (escritora Jenisch que sufrió los malos tratos de este tipo de instituciones estatales)  abordando de frente y sin recovecos, los traumas del alma de un par de niños que sufrieron los males de aquel programa inhumano y terrorífico, centrándose en la figura de Anna, convertida en enfermera de un geriátrico y su fiel asistente Hans, un ser discapacitado intelectual debido a las secuelas de los experimentos. Los dos trabajan en el mismo centro que 14 años atrás albergaba el siniestro orfanato para los niños Jenisch. La digamos armonía de la cotidianidad del centro se ve alterada con la llegada de Gertrud, la doctora y jefa responsable del orfanato. La realizadora italiana plantea una película que navega por varios territorios, por un lado, tenemos esa mirada documental para mostrar la realidad del geriátrico, con sus horarios, normas y rutinas establecidas entre Anna y los internos, conociendo una muestra de alguno de los problemas que padecen.

Por otro lado, la película está contada a través de dos tiempos, el pasado, donde asistiremos a continuos flashbacks, en el que Anna, Hans y Franziska (la mejor amiga de Anna) con unos 10 años de edad, reciben las continuas humillaciones y torturas por parte de Gertrud y su equipo, y el tiempo actual, en el que Anna tiene que vivir con sus fantasmas, en el que sufre sus traumas en silencio, convirtiéndola en una mujer rota interiormente, recta y seria en sus formas, y sobre todo, de existencia frustrada y sexualmente reprimida, que utiliza a Hans como amante y compañía de sus males, y la relación con Gertrud, que las dos mujeres rememorarán aquellos años de mal recuerdo. Ahora, las tornas han cambiado, Anna se ha convertido en una mujer que quiere información, y frente a ella, tiene a la mujer represora (como ocurría en La muerte y la doncella, que escenificaba el encuentro de la torturada con su torturador años después) a la mujer que la ha convertido así, una mujer fría, vacía y llena de terribles recuerdos.

Pedicini ha construido una película de denuncia, sin caer en sentimentalismos ni heroísmos, sino profundizando en el terrorismo de estado de forma inteligente y audaz, destapando un caso olvidado que necesita ser recordado y contado. El relato crea una narración sobria y contenida, todo se resuelve de forma pausada y siniestra, cada movimiento y paso nos lleva a recordar, a ver el mal una vez y otra, como si fuese una película de terror, pero muy alejada de los cánones convencionales del género, en que el drama se mueve entre las sombras (como hace referencia el título) y esos siniestros recuerdos que atormentan al personaje de Anna y toda su existencia, como esa ánima que la sigue sin descanso, torturándola sin cesar, como aprisionada en una cárcel de recuerdos. La película se mueve dentro de una forma austera y sencilla, unos encuadres que juegan magníficamente con el espacio y el movimiento de los personajes, que parecen avanzar un paso y atrasar dos más, como si no pudiesen abandonar ese limbo de dolor y recuerdos que los mantienen inmóviles y desesperanzados.

La magnífica interpretación de Federica Rosellini que da vida a Anna, en que la película descansa casi en su primer plano y sus movimientos robotizados y deshumanizados, ayuda a crear esa atmósfera opresiva y cerrada, casi toda la película se desarrolla en las cuatro paredes del centro, apenas alguna secuencia en el exterior, todo se ve y se intuye desde dentro, como si de una cárcel se tratara, bien acompañada por la veterana Elena Cotta que interpreta a la malvada Gertrud, en un malévolo juego de espejos donde la anciana sufrirá los mismos tormentos que hizo sufrir a los niños, y finalmente, Josafat Vagni dando vida a Hans, un tipo inocente e infantil, fiel siervo de Anna, que lo convierte casi en un ser indefenso que la ayuda en todo lo que se le mande, como cavar en el jardín para encontrar restos de un pasado infame y terrorífico que sufrieron cientos de niños. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hannah, de Andrea Pallaoro

LA BATALLA ÍNTIMA.

La película se abre con una pantalla en fondo negro, en la que vamos escuchando una voz que lentamente va subiendo su volumen hasta emitir un grito agudo y sostenido. El encuadre muestra a una mujer mayor que está emitiendo ese sonido que escuchábamos, nos encontramos en una clase de teatro para aficionados. Quizás, en ese momento lo desconocemos, pero ese grito, ese sonido hacia afuera, explica mucho de lo que le ocurre al personaje, casi como un grito de socorro, una llamada a no se sabe a quién, emitido por una mujer sola, una mujer que debe lidiar una batalla íntima, contra sí misma, y también, contra a aquellos que han quedado fuera, los ausentes de su vida. El segundo trabajo de Andrea Pallaoro (Trento, Italia, 1982) vuelve a centrarse en los procesos interiores, en aquellos estados de ánimo adversos y complejos que debemos pasar para seguir viviendo de la mejor manera posible, si en su puesta de largo, en Medeas (2013) describía a través de los silencios y los espacios el declive de una familia mexicana no muy alejada de la frontera. Ahora, vuelve a sumergirse en una ruptura, a través de una familia, pero enfocada en una mujer mayor, en una mujer que deberá volver a empezar, acarrear su dolor y seguir yendo hacia adelante, pero sin más ayuda que la suya propia.

Pallaoro ha vuelto a contar con varios de sus cómplices que ya les acompañaron en su debut, en el guión Orlando Tirado, juntos describen una trama sencilla apoyada íntegramente en un único personaje, que nos muestra la cotidianidad sin más de Hannah, su trabajo como limpiadora, sus clases de teatro para aficionados y sus rutinas de natación en el gimnasio. Hannah practica esas actividades en silencio, casi sin ánimo, casi sin vida, como si algo en su interior no le dejase hacer nada más, como si quisiera mantener su vida como hasta ahora, como si nada hubiera ocurrido, pero algo ha pasado en su vida, algo oscuro que ella intenta ocultar, no enfrentarse a ello, y más tarde o temprano sabe que no tendrá más remedio que hacerlo, ya que su marido ha hecho algo malo y ha de ingresar en prisión (la película deja ver lo sucedido pero sin entrar en detalles) y además, su hijo le ha dado la espalda y no quiere saber nada de ella. La exquisita y agridulce luz de Chayse Irving (que también realizó la de Medeas) planteada a través de planos fijos (sólo percibimos unos tres movimientos de cámara en toda la película y son debidos al movimiento de izquierda a derecha de la protagonista) para describir con minuciosidad el aislamiento sometido al personaje, en una propuesta sostenida en espacios interiores y exteriores, en los que se evidencia aún más si cabe el estado anímico por el que está pasando Hannah.

Pallaoro nos plantea un relato sobre el horror de nuestro interior, de las consecuencias de las decisiones que tomamos en nuestra vida, de la lealtad a nuestra pareja a pesar de lo ocurrido, de la alineación de una sociedad que nos juzga según nuestras conductas y nos aísla para culpabilizarnos de nuestros actos, convirtiéndonos en unos apestados, en alguien condenado a la soledad por el hecho de no seguir ciertas normas y conductas sociales. El cineasta italiano nos sumerge en el interior de su personaje, sus rutinas nos explican las batallas anímicas que vive un personaje que no habla, sólo continua con su vida, o lo que queda de ella, con sus quehaceres cotidianos, su trabajo, y su lento caminar, en el que poco a poco va convirtiéndose en un fantasma, algo así como un espectro para la sociedad, y sobre todo, para ella misma, en un viaje hacia lo más oscuro de nuestro ser, donde lo profundo nos hace daño y no nos deja levantar cabeza y asumir nuestros errores y hacer lo posible para enmendarlos, porque no tenemos otra, porque vivir, en ocasiones, genera confusión, complejidad y ausencia.

Quizás una película de estas características necesitaba una actriz de grandes recursos, y sobre todo, contando que es una película llena de silencios y sin diálogos, una actriz que pudiera expresar con su mirada mucho más, para que pudiéramos adentrarnos en ese interior oscuro y maltrecho que arrastra el personaje en la figura de Charlotte Rampling, una actriz soberbia, una actriz que lleva más de medio siglo en el oficio, donde ha trabajado con gente como Visconti, Cavani, Oshima, Parker o Cantet, en alguien que es capaz de explicarlo todo sin decir nada, en una composición extraordinaria e inmensa que ayuda a trasnmitir todas las sutilezas y entrelíneas que se manifiestan a lo largo del metraje, después de 45 años, de Andrew Haigh, la veterana actriz británica nos vuelve a emocionar con un personaje difícil y atormentado, pero sin caer en la sensiblería ni el juicio de su director, la mirada triste y ausente de Rampling, y su cuerpo moviéndose como un autómata sin alma por esas habitaciones, esos pasillos, esa piscina, o a través de esos ventanales, o simplemente, observando su alrededor, esa sociedad que la criminaliza y la vuelve invisible, son de una belleza aterradora, que duele y mucho, en una clase magistral de la Rampling de cómo describir el horror y la ruptura interior, a través de la sutileza y la composición de unos movimientos cotidianos, con una mirada perdida, que más que producir alivio, nos descubre una alma rota, vapuleada y sin descanso.

La teoría sueca del amor, de Erik Gandini

aaff_novembre_2016_castLOS CIUDADANOS INFELICES.

“No es verdad que la felicidad signifique una vida libre de problemas. Una vida feliz implica tener que superar problemas, lidiar con ellos, solucionar dificultades y retos. Haces frente a los retos, lo intentas y te esfuerzas. Y entonces llegar al momento de felicidad cuando ves que has podido controlar los retos del destino. Y es precisamente esto: la felicidad de haber superado las dificultades, de luchar contra los problemas, de afrontarlos y superarlos… Esto es lo que se pierde cuando crecen las comodidades”

Zygmunt bauman

La película arranca con un prólogo en el que unas imágenes de archivo que pertenecen a los tiempos de gobierno de Olof Palme, en Suecia, cuando en 1972 puso en práctica el manifiesto titulado “La familia del futuro: una política socialista  para  la  familia”, con el fin de romper la estructura que hasta entonces sustentaba el concepto tradicional de familia, para modernizarlo, y fomentar a nivel estatal que toda relación humana verdadera se tiene que asentar en las bases del principio de independencia entre las personas. Seguidamente, la película se instala en el 2015 y nos informan de los resultados devastadoras de aquel sueño: la mitad de los suecos vive solo, y un 25% muere en soledad.

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La película de Erik Gandini (Bérgamo, Italia, 1967) indaga e investiga profundamente sobre la sociedad sueca y se centra en su forma de vida y en sus relaciones, construyendo un interesante documento sociológico y psicológico sobre no solo las formas de vida y relaciones de los ciudadanos suecos, sino del modo occidental demente y su miserable individualidad y perfeccionismo, tan arraigados en la sociedad, y cómo provoca estas conductas tan nocivas, provocan unos seres aislados y tremendamente individualistas. Gandini que alcanzo un merecido prestigio con la película Sacrificio. Quién traicionó al Che Guevara (2001), en el que investigaba la verdad sobre la captura y asesinato del célebre revolucionario,  vuelve a uno de sus temas que más le interesan: las sociedades occidentales y sus relaciones. Preocupaciones que ya recogía en Surplus. Terrorismo de consumo (2003) sobre las formas de compra y consumo en la sociedad sueca, abocadas al gasto innecesario y a la acumulación sin medida, al que siguió Videocracia (2009) en el que retrató a Berlusconi y como había construido su impero de popularidad gracias al control de la televisión.

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Gandini se centra en la cotidianidad de la vida de los suecos, y en sus actividades diarias, retratando diversos aspectos para analizar que ha llevado a sus ciudadanos a vivir tan aislados de los demás y seguir las directrices de las sociedades capitalistas occidentales, basadas en el trabajo, bienestar y la autonomía personal. Observamos a una joven que quiere ser madre soltera, y contrata a una empresa de Dinamarca que ofrece los servicios de autoinseminación artificial a domicilio, también, vemos a unos funcionarios que buscan los familiares de los fallecidos que mueren solos, las actividades grupales de los suecos como forma de actividad compartida, grupos de personas, cansados de la rutina infeliz a la que están sometidos, han dejado las ciudades y se han refugiado en los bosques, llevando una vida basada en lo físico, el contacto personal con los otros y las relaciones profundas entre los seres humanos, y los inmigrantes que llegan a Suecia y su acomodo en la vida cotidiana. Y finalmente, Gandini, abandona Suecia y se traslada hasta Etiopía, que según el mapa de valores sociales que nos enseñan, se encuentra en el otro extremo de Suecia. Allí, conocemos al Dr. Erichssen, un extravagante y peculiar doctor que en mitad de la nada, y habituado a unas carencias terribles, ejerce su profesión a favor de los más débiles, utilizando materiales precarios y reutilizables, derrochando una imaginación sin límites, y ejerciendo una desbordante alegría y felicidad, para cerrar su propuesta, con la aportación de Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco nos habla de la felicidad, sus causas y conflictos, y nos invita a experimentar con nosotros mismos y a mirar al otro, en su interior, profundidad y complejidad.

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Gandini ha huido del documental al uso, no quiere manipularnos ni hablarnos de las ventajas y desventajas de optar por una vida u otra, abre el debate para que los espectadores tomemos partido y saquemos las oportunas refelxiones. el realizador sueco simplemente investiga, y recorre las vidas que reflejan el problema existente de soledad e infelicidad que contamina el país con mejor bienestar personal del mundo, tampoco quiere sentar cátedra, ni mucho menos, aborda el problema desde varias perspectivas, de diferentes miradas, a través de la quietud del ritmo y personalidad sueco, reposando cada historia y cada encuadre, contado con mucha ironía y sarcasmo, en el que la sociedad automatizada, repleta de ciudadanos zombies, que se desplazan de un lugar a otro, demasiado ensimismados en su realidad y sus objetivos personales y económicos.