Hannah, de Andrea Pallaoro

LA BATALLA ÍNTIMA.

La película se abre con una pantalla en fondo negro, en la que vamos escuchando una voz que lentamente va subiendo su volumen hasta emitir un grito agudo y sostenido. El encuadre muestra a una mujer mayor que está emitiendo ese sonido que escuchábamos, nos encontramos en una clase de teatro para aficionados. Quizás, en ese momento lo desconocemos, pero ese grito, ese sonido hacia afuera, explica mucho de lo que le ocurre al personaje, casi como un grito de socorro, una llamada a no se sabe a quién, emitido por una mujer sola, una mujer que debe lidiar una batalla íntima, contra sí misma, y también, contra a aquellos que han quedado fuera, los ausentes de su vida. El segundo trabajo de Andrea Pallaoro (Trento, Italia, 1982) vuelve a centrarse en los procesos interiores, en aquellos estados de ánimo adversos y complejos que debemos pasar para seguir viviendo de la mejor manera posible, si en su puesta de largo, en Medeas (2013) describía a través de los silencios y los espacios el declive de una familia mexicana no muy alejada de la frontera. Ahora, vuelve a sumergirse en una ruptura, a través de una familia, pero enfocada en una mujer mayor, en una mujer que deberá volver a empezar, acarrear su dolor y seguir yendo hacia adelante, pero sin más ayuda que la suya propia.

Pallaoro ha vuelto a contar con varios de sus cómplices que ya les acompañaron en su debut, en el guión Orlando Tirado, juntos describen una trama sencilla apoyada íntegramente en un único personaje, que nos muestra la cotidianidad sin más de Hannah, su trabajo como limpiadora, sus clases de teatro para aficionados y sus rutinas de natación en el gimnasio. Hannah practica esas actividades en silencio, casi sin ánimo, casi sin vida, como si algo en su interior no le dejase hacer nada más, como si quisiera mantener su vida como hasta ahora, como si nada hubiera ocurrido, pero algo ha pasado en su vida, algo oscuro que ella intenta ocultar, no enfrentarse a ello, y más tarde o temprano sabe que no tendrá más remedio que hacerlo, ya que su marido ha hecho algo malo y ha de ingresar en prisión (la película deja ver lo sucedido pero sin entrar en detalles) y además, su hijo le ha dado la espalda y no quiere saber nada de ella. La exquisita y agridulce luz de Chayse Irving (que también realizó la de Medeas) planteada a través de planos fijos (sólo percibimos unos tres movimientos de cámara en toda la película y son debidos al movimiento de izquierda a derecha de la protagonista) para describir con minuciosidad el aislamiento sometido al personaje, en una propuesta sostenida en espacios interiores y exteriores, en los que se evidencia aún más si cabe el estado anímico por el que está pasando Hannah.

Pallaoro nos plantea un relato sobre el horror de nuestro interior, de las consecuencias de las decisiones que tomamos en nuestra vida, de la lealtad a nuestra pareja a pesar de lo ocurrido, de la alineación de una sociedad que nos juzga según nuestras conductas y nos aísla para culpabilizarnos de nuestros actos, convirtiéndonos en unos apestados, en alguien condenado a la soledad por el hecho de no seguir ciertas normas y conductas sociales. El cineasta italiano nos sumerge en el interior de su personaje, sus rutinas nos explican las batallas anímicas que vive un personaje que no habla, sólo continua con su vida, o lo que queda de ella, con sus quehaceres cotidianos, su trabajo, y su lento caminar, en el que poco a poco va convirtiéndose en un fantasma, algo así como un espectro para la sociedad, y sobre todo, para ella misma, en un viaje hacia lo más oscuro de nuestro ser, donde lo profundo nos hace daño y no nos deja levantar cabeza y asumir nuestros errores y hacer lo posible para enmendarlos, porque no tenemos otra, porque vivir, en ocasiones, genera confusión, complejidad y ausencia.

Quizás una película de estas características necesitaba una actriz de grandes recursos, y sobre todo, contando que es una película llena de silencios y sin diálogos, una actriz que pudiera expresar con su mirada mucho más, para que pudiéramos adentrarnos en ese interior oscuro y maltrecho que arrastra el personaje en la figura de Charlotte Rampling, una actriz soberbia, una actriz que lleva más de medio siglo en el oficio, donde ha trabajado con gente como Visconti, Cavani, Oshima, Parker o Cantet, en alguien que es capaz de explicarlo todo sin decir nada, en una composición extraordinaria e inmensa que ayuda a trasnmitir todas las sutilezas y entrelíneas que se manifiestan a lo largo del metraje, después de 45 años, de Andrew Haigh, la veterana actriz británica nos vuelve a emocionar con un personaje difícil y atormentado, pero sin caer en la sensiblería ni el juicio de su director, la mirada triste y ausente de Rampling, y su cuerpo moviéndose como un autómata sin alma por esas habitaciones, esos pasillos, esa piscina, o a través de esos ventanales, o simplemente, observando su alrededor, esa sociedad que la criminaliza y la vuelve invisible, son de una belleza aterradora, que duele y mucho, en una clase magistral de la Rampling de cómo describir el horror y la ruptura interior, a través de la sutileza y la composición de unos movimientos cotidianos, con una mirada perdida, que más que producir alivio, nos descubre una alma rota, vapuleada y sin descanso.

La teoría sueca del amor, de Erik Gandini

aaff_novembre_2016_castLOS CIUDADANOS INFELICES.

“No es verdad que la felicidad signifique una vida libre de problemas. Una vida feliz implica tener que superar problemas, lidiar con ellos, solucionar dificultades y retos. Haces frente a los retos, lo intentas y te esfuerzas. Y entonces llegar al momento de felicidad cuando ves que has podido controlar los retos del destino. Y es precisamente esto: la felicidad de haber superado las dificultades, de luchar contra los problemas, de afrontarlos y superarlos… Esto es lo que se pierde cuando crecen las comodidades”

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La película arranca con un prólogo en el que unas imágenes de archivo que pertenecen a los tiempos de gobierno de Olof Palme, en Suecia, cuando en 1972 puso en práctica el manifiesto titulado “La familia del futuro: una política socialista  para  la  familia”, con el fin de romper la estructura que hasta entonces sustentaba el concepto tradicional de familia, para modernizarlo, y fomentar a nivel estatal que toda relación humana verdadera se tiene que asentar en las bases del principio de independencia entre las personas. Seguidamente, la película se instala en el 2015 y nos informan de los resultados devastadoras de aquel sueño: la mitad de los suecos vive solo, y un 25% muere en soledad.

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La película de Erik Gandini (Bérgamo, Italia, 1967) indaga e investiga profundamente sobre la sociedad sueca y se centra en su forma de vida y en sus relaciones, construyendo un interesante documento sociológico y psicológico sobre no solo las formas de vida y relaciones de los ciudadanos suecos, sino del modo occidental demente y su miserable individualidad y perfeccionismo, tan arraigados en la sociedad, y cómo provoca estas conductas tan nocivas, provocan unos seres aislados y tremendamente individualistas. Gandini que alcanzo un merecido prestigio con la película Sacrificio. Quién traicionó al Che Guevara (2001), en el que investigaba la verdad sobre la captura y asesinato del célebre revolucionario,  vuelve a uno de sus temas que más le interesan: las sociedades occidentales y sus relaciones. Preocupaciones que ya recogía en Surplus. Terrorismo de consumo (2003) sobre las formas de compra y consumo en la sociedad sueca, abocadas al gasto innecesario y a la acumulación sin medida, al que siguió Videocracia (2009) en el que retrató a Berlusconi y como había construido su impero de popularidad gracias al control de la televisión.

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Gandini se centra en la cotidianidad de la vida de los suecos, y en sus actividades diarias, retratando diversos aspectos para analizar que ha llevado a sus ciudadanos a vivir tan aislados de los demás y seguir las directrices de las sociedades capitalistas occidentales, basadas en el trabajo, bienestar y la autonomía personal. Observamos a una joven que quiere ser madre soltera, y contrata a una empresa de Dinamarca que ofrece los servicios de autoinseminación artificial a domicilio, también, vemos a unos funcionarios que buscan los familiares de los fallecidos que mueren solos, las actividades grupales de los suecos como forma de actividad compartida, grupos de personas, cansados de la rutina infeliz a la que están sometidos, han dejado las ciudades y se han refugiado en los bosques, llevando una vida basada en lo físico, el contacto personal con los otros y las relaciones profundas entre los seres humanos, y los inmigrantes que llegan a Suecia y su acomodo en la vida cotidiana. Y finalmente, Gandini, abandona Suecia y se traslada hasta Etiopía, que según el mapa de valores sociales que nos enseñan, se encuentra en el otro extremo de Suecia. Allí, conocemos al Dr. Erichssen, un extravagante y peculiar doctor que en mitad de la nada, y habituado a unas carencias terribles, ejerce su profesión a favor de los más débiles, utilizando materiales precarios y reutilizables, derrochando una imaginación sin límites, y ejerciendo una desbordante alegría y felicidad, para cerrar su propuesta, con la aportación de Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco nos habla de la felicidad, sus causas y conflictos, y nos invita a experimentar con nosotros mismos y a mirar al otro, en su interior, profundidad y complejidad.

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Gandini ha huido del documental al uso, no quiere manipularnos ni hablarnos de las ventajas y desventajas de optar por una vida u otra, abre el debate para que los espectadores tomemos partido y saquemos las oportunas refelxiones. el realizador sueco simplemente investiga, y recorre las vidas que reflejan el problema existente de soledad e infelicidad que contamina el país con mejor bienestar personal del mundo, tampoco quiere sentar cátedra, ni mucho menos, aborda el problema desde varias perspectivas, de diferentes miradas, a través de la quietud del ritmo y personalidad sueco, reposando cada historia y cada encuadre, contado con mucha ironía y sarcasmo, en el que la sociedad automatizada, repleta de ciudadanos zombies, que se desplazan de un lugar a otro, demasiado ensimismados en su realidad y sus objetivos personales y económicos.