Shorta, el peso de la ley, de Anders Olholm y Frederik Louis Hviid

EL BARRIO NUNCA OLVIDA.

“La primera igualdad es la equidad”

Víctor Hugo

Hace un par de años se estrenó Los miserables, de Ladj Ly, también distribuida por Caramel Films, en la que se reflejaba y cuestionaba la acción policial en los barrios periféricos de París, unos lugares llenos de desigualdad, con cientos de chavales desfavorecidos y sin futuro. En Shorta, el peso de la ley, nos trasladamos a una de esas urbes de Dinamarca, pero las consecuencias siguen siendo muy similares, ya que los agentes de la ley se enfrentan a chicos con las mismas circunstancias que aquellos franceses. Anders Olholm (Copenhague, Dinamarca, 1983), saltó a la fama con el díptico Antboy, película de niño superhéroe, se asocia en la escritura y en la dirección con Frederik Louis Hviid (Copenhague, Dinamarca, 1988), que había dirigido algunos episodios de la tercera temporada de la exitosa serie La ruta del dinero, para construir una película que ya desde su título “Shorta” (que significa policía en árabe), se adentra en las complejas cuestiones de la autoridad frente a los más desfavorecidos, en las tensiones con las que tienen que convivir policías cargados de horas de trabajo y mal retribuidos, enfrentados a chavales árabes en su mayoría, enclaustrados en lugares difíciles, vacíos y sin un futuro al cual agarrarse.

Los directores daneses huyen del discurso fácil de buenos y malos, para sumergirnos en mucho más, en un relato lleno de tensión y adrenalina, donde hay muy poco descanso, acotado a una sola jornada, y sobre todo, a la parte nocturna, en la que dos polis se adentran en un barrio periférico ya en ebullición, porque a su precaria vida, se añade el fallecimiento de un joven en manos de la policía. Ante ese panorama convulso, la pareja de agentes detiene a Amos, un joven conocido, y la rabia ya existente, se desata con consecuencias irreparables. La excelente cinematografía de Jacob Moller, que se pega a los personajes, siguiéndoles de manera vertiginosa por sus calles, sus edificios ratoneras y esos lugares vacíos en los que todos miran agazapados, expectantes a saltar a sus presas. Y el fabuloso montaje que firma Anders Albjerg Kristiansen, donde a los planos secuencia de seguimiento, se añade una narrativa fragmentada, vertiginosa y abrumadora, que nos mantiene en constante tensión, yendo de la mano a lo que están viviendo los atribulados protagonistas.

La película tiene esa fuerza de cuestionar métodos policiales, pero también, refleja ese sentimiento de vacío de los chavales y la violencia como respuesta a una situación que va mucho más allá de polis y chavales, en la que los gobernantes tienen mucho que decir y sobre todo, mucho que hacer, no convirtiendo esos barrios de inmigrantes en guetos insufribles, un caldo de cultivo violento y trágico. El relato habla de personas, de cómo reaccionamos ante situaciones límite, de la fragilidad de nuestros posicionamientos morales, y del miedo que nos atenaza cuando nuestras vidas corren un peligro muy serio, huyendo completamente de la condescendencia y el sentimentalismo, construyendo secuencias de una fuerza extraordinaria, donde todos los personajes tienen su momento y sus ideas y prejuicios férreos se van desmontando a medida que las circunstancias los sobrepasan. Un buen trío protagonista encabezados por los actores Jacob Hauberg Lohmann como el duro Mike Andersen, el poli temido por los suyos y los adolescentes árabes, sin escrúpulos y pasándose la ley por el forro, aunque probará la horma de su zapato, junto a él, Simon Sears como Jens Hoyer, el poli más correcto y serio, que también verá como su código se viene abajo, y finalmente, el joven debutante Tarek Zayat que da vida a Amos, ese joven detenido que se convertirá en la única llave posible para salir del endiablado laberinto en que se ha convertido el suburbio de Svalegarden.

Shorta, el peso de la ley bebe de los grandes títulos estadounidenses de los setenta, los de Lumet, Boorman, Petrie, Pakula, etc…, películas que no solo nos hacían pasar un rato entretenidos, sino que se han convertido en títulos de culto para explorar métodos policiales y el sinsentido de las leyes y los procedimientos legales que convertían a agentes y chavales en ratas de experimento, en una sociedad que imponía las leyes, olvidándose de las verdaderas necesidades de sus ciudadanos. Olholm y Haviid componen una película dura, sin concesiones y llena de cuestionamientos morales, donde todos son víctimas y derrotados de una sistema de mierda que consigue su macabro propósito, que se maten los unos a los otros, mientras los gobernantes siguen haciendo del país un business para hacer dinero y que los siempre sigan ganando, y los de abajo, polis incluidos, vayan desviando las noticias más importantes y sigan peleándose y en ocasiones matándose. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Gaza Mon Amour, de Tarzan y Arab Nasser

UN AMOR EN UNA TIERRA DIFÍCIL.

“Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿Qué valdría la vida?”

Jacinto Benavente

Cada vez que llega a nuestras pantallas una película sobre Palestina, cosa que sucede en raras ocasiones, vemos una historia donde el conflicto árabe-israelí tiene una fuerte presencia, como no podría ser de otra manera. Con Gaza Mon Amour, de los hermanos gemelos Tarzan y Arab Nasser (Palestina, 1988), estamos ante una película diferente, una película que tiene el conflicto como telón de fondo, pero su foco de atención se mueve en la ciudad de Gaza, en unos pocos habitantes y en sus existencias cotidianas. El relato narra la vida sencilla y humilde de Issa, un pescador de sesenta años, que tiene una escasa área de kilómetros para pescar, y se relaciona con una hermana que quiere casarle. Issa está enamorado secretamente de Siham, una mujer de su edad que trabaja como modista en un mercado de la zona, que lidia con una hija divorciada demasiado moderna para ella. La vida de Issa dará un cambio radical, cuando por casualidad, saca del fondo del mar una estatua de Apolo que guarda celosamente en su casa. La policía la descubre y el pescador sesentón se verá envuelto en conflictos con la ley.

Los directores palestinos afrontan su segundo trabajo, después de su opera prima Dégradé (2015), construyendo un tono de fábula, de cuento tradicional pero de aquí y ahora, en que los personajes se ven envueltos en la difícil ocupación al que son sometidos, los continuos cortes de luz, y las carencias de una vida que parece anclada en el pasado y en las dificultades continuas. A pesar de eso, el personaje de Issa mantiene una actitud de resistencia, de humanidad, llena de vitalismo, enamorado de las cosas sencillas, como ese “momentazo” en la cocina cuando baila al son  de “Que no se rompa la noche”, de Julio Iglesias. La película mantiene todo el marco de una tragicomedia, donde hay tiempo para el dolor, para la comedia negra, donde los vaivenes de la vida se toman de forma agridulce, donde en mitad de ese caos vital y social que es Gaza, también hay tiempo para la esperanza, para el amor, y la película no lo hace desde el victimismo o la condescendencia, sino desde el otro lado, desde el humanismo rosselliniano, y del tándem Berlanga-Azcona, donde a través de una singular realidad social, donde hay mucho humor, se habla del contexto, con la ocupación y todo aquello que produce dolor a los palestinos.

La luz mortecina y acogedora de la película se convierte en otro elemento indispensable para contar este retrato de gentes sencillas y humildes que a pesar de todo, se levantan cada día para vivir y porque no, también para vivir una historia de amor, porque el amor, sea lo que sea, no tiene tiempo ni edad, sino voluntad y paciencia, y puede ocurrir a cualquier edad, solo se ha de estar vivo e ilusionado para sentirlo, y sobre todo, disfrutarlo, ya sea con veinte, cuarenta o sesenta años. La excelente pareja protagonista formada por Salim Daw, un experimentado actor israelí, que da vida a Issa, el hombre sencillo, humano, valiente, y solitario, frente a él, Hiam Abass, una de las grandes actrices árabes más internacionales, compone una mujer de verdad, con sus inquietudes y complejos. Los dos forman una pareja madura, sensible, que conmueve y nos hace vibrar de vida y amor, que recuerda a aquella otra pareja de la película Solas (1999), de Benito Zambrano, la que formaban María Galiana y Carlos Álvarez-Novoa, una historia de amor madura, construida a base de miradas, gestos y sensibilidades, en la que una mujer que tiene a su marido machista en el hospital, encontraba en un viudo de la escalera donde vivía su hija, el consuelo y el amor que nunca había tenido.

Tarzan y Arab Nasser han hecho una película sencilla y muy íntima, de esas historias en las que no pasa nada y pasa todo, que va creciendo lentamente, sin estridencias ni piruetas narrativas ni formales, solo la vida, y mirada desde el respeto y la honestidad, generando esa verdad en cada detalle, cada objeto, y cada movimiento y mirada, en la que dejan la ocupación como telón de fondo, y se sumergen en las vidas de las personas que viven en Gaza, en su existencia y cotidianidad mientras el mundo se desmorona cada día, y su entorno se convierte en una zona llena de tensión y muerte, donde a pesar de tantas hostilidades, la vida continúa y las personas siguen con sus quehaceres laborales, y también, sentimentales, porque como nos decían Rick e Ilsa en Casablanca: “Nosotros nos enamoramos mientras el mundos e cae en pedazos”, porque cuando llega el amor, o lo que creemos que es amor, el mundo da igual, el entorno más próximo da igual, todo se detiene, y la persona que tienes delante se convierte en todo tu mundo y tu ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ghosts, de Azra Deniz Okyay

JUVENTUD EN LA OSCURIDAD.

“La juventud no es una época de la vida, es un estado mental”

Samuel Ullman

Durante el siglo XXI, ha sido más o menos habitual, que nuestras carteleras albergarán cada cierto tiempo alguna película turca, los Ferzan Özpetek, Nuri Bilge Ceylan o Fatih Akin, se convertían en nombres reconocibles para el público más interesado en el cine reflexivo y humanista. Lo que ya llama muchísimo más la atención, es que aparezca una película turca dirigida por una mujer, que fue el caso de la extraordinaria Mustang (2015) de Deniz Gamze Ergüven, que retrata la sinrazón religiosa que sufría un grupo de hermanas. Ahora, nos llega otra película Ghosts (“Hayaletler”, en el original), dirigida por otra mujer, Azra Deniz Okyay (Estambuel, turquía, 1983), que debuta con una relato acotado en una sola jornada, la del lunes 26 de marzo de 2020, en la que nos sitúan en uno de esos barrios periféricos de Estambul, a punto de desaparecer, acosado por la gentrificación, ya que las autoridades están desalojando a los vecinos para construir la “Nueva Turquía”, como constantemente se anuncia en la radio. Ese día, en el que transcurre la película, la ciudad turca está sufriendo cortes de luces que sume a la ciudad en un tremendo apagón, dejándola completamente a oscuras, sutil y excelente metáfora del futuro que le espera a esa juventud que retrata la película.

La directora turca nos conduce a través de la vida de tres mujeres y un hombre, tenemos a Dilem (interpretada de forma natural y formidable por la debutante bailarina Dilayda Günes), una dancer que se gana la vida como puede y afronta una infidelidad de su novio, a Ela (que hace de forma concisa Beril Kayar), una activista apasionada por los derechos de la mujer y la comunidad gay, también están, Iffet (que compone con sinceridad Nalan Kuruçim),  limpiadora municipal, que está desesperada, ya que su hijo que cumple condena de prisión injusta, está siendo acosado en la cárcel y necesita dinero, un dinero que no tiene su madre y hará lo imposible para conseguirlo, cruzando al otro lado. Y finalmente, Rasit (que hace con contundencia Emrah Ozdemir), el típico crápula del lugar, que además de cobrarles fortunas a los refugiados sirios por alojarlos en pisos patera, está compinchado con otro para derribar edificios en el que viven personas sin hogar. La cámara febril y nerviosa de la película, con planos muy cercanos, convertida en una segunda piel de los personajes, con abundantes planos secuencia, en un gran trabajo del cinematógrafo Baris Özbiçer, ayuda a retratar ese microcosmos muy alejada de la estampa turista de la metrópolis de Estambul, o el cortante y enérgico montaje que firma Ayris Alptekin, que va de un personaje a otro, sin descanso, moviéndose en esa fina línea donde al caer la noche, todo parece que va a explotar de un momento a otro, con los innumerables saqueos que se producen aprovechando las tinieblas que oscurecen la ciudad, y más concretamente el suburbio en ruinas que acoge la película.

El elemento de la música de Ekin Fil, que rasga con transparencia todos los movimientos desesperados de los protagonistas por no ser engullidos por una realidad que los aplasta y ahoga, con esa policía perseguidora y la religión como guardiana de esa moral tradicional que acosa a las mujeres. La primera película de ficción de la productora Heimatlos Films, fundada en el 2017, que cuenta con cortometrajes de ficción y documental, así como el documental Mimaroglu: The robinson of Manhattan Island, que se vio en el prestigioso festival de Visions du Reel, debutan en la ficción con un relato que juega con la fusión del dispositivo documental y ficción para no solo retratar la Turquía invisible que no llena las noticias de los grandes medios, sino aquella otra, que se oscurece, que se ensombrece, esa llena de fantasmas, de espectros sin vida, o con una vida precaria, que se mueven en el alambre de la huida constante, con trabajos legales que no les da para vivir dignamente, y deben recurrir a la ilegalidad como hacer de “mula”, como hacía Clint Eastwood en su última película, para salir adelante o conseguir aquello que legalmente no pueden conseguir, como queda demostrado en la situación que vive Iffet.

Azra Deniz Okyay se desata como una creadora sumamente observadora de todas las realidades consumidas en ese otro Estambul, aquel Estambul más real, más auténtico, muy alejado del estereotipo que nos suelen vender de Turquía. En Ghosts hay autenticidad en todos los aspectos, tanto en lo que se retrata y en la forma que se retrata, convirtiendo la mirada crítica y humanista de la directora turca en una mirada a tener muy en cuenta, y a seguirle la pista porque volveremos a toparnos con su intenso, magnífico y poderoso cine, porque la película no solo nos habla de esa otra Turquía, y los ciudadanos que siguen resistiendo a pesar del acoso constante de las autoridades, sino que también, es un grandísimo reflejo de una juventud enjaulada, moderna que tropieza con esa tradición religiosa tan sumamente anclada en el pasado, y también, es un retrato formidable sobre la mujer turca, esa que ya no lleva velo islámico, la que no solo es moderna, sino que hace lo posible para ser ella misma y sin ataduras de ningún tipo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nomadland, de Chloé Zhao

LA OTRA AMÉRICA.

“Las fronteras no son el este y el oeste, el norte o el sur, sino allí donde el ser humano se enfrenta a un hecho”.

Henry David Thoreau

En un país tan vasto e inabarcable como Estados Unidos con una población de más de trescientos millones y una superficie de casi diez millones de km2, una extensión parecida a Europa, encontramos formas de existir muy diferentes, donde sus habitantes tienen muchas formas de vida, tantas como visiones se ven reflejadas en su cine, y no hablo de ese cine comercial que muestra una América basada en lo superficial, la falsedad y en los valores tradicionales y conservadores, que tiene más de operación de marketing que mostrar una realidad contemporánea de las formas de vida y trabajo de sus habitantes. Ese “otro cine”, a las antípodas del comercial, lo podríamos encontrar en cineastas como Kelly Reichardt, Greta Gerwig, Sean Baker, Noah Baumbach, Richard Linklater, Charlie Kaufman, entre otros muchos. Cineastas que reflejan esa “Otra América”, ese otro país, esas otras gentes que viven en zonas grises y tristes como cualquier lugar en el mundo, donde el oropel y las luces de neón son falsas y no dicen nada, esos otros lugares, donde encontramos personas como tú y como yo que cada día se levantan intentando labrarse una vida que no resulta nada fácil.

De Chloé zhao (Pekín, China, 1982), conocíamos su opera prima, Songs My Brothers Taught Me (2015), documento que abordaba la cotidianidad de los indios en las reservas de Dakota del Sur. Su segundo trabajo The Rider, dos años después, abordaba, también en un tono real, la traumática experiencia de un joven indio que, después de un terrible accidente, debe vivir alejado de los rodeos y los caballos. Para su tercera película, se basa en el libro “Nomadland”, de Jessica Bruder, para retratar la vida de Fern, una mujer madura que después de la recesión de 2011, y el cierre de la fábrica que daba trabajo al pueblo de Empire en Nevada, se queda sin marido, que ha muerto, y con su única posesión de su autocaravana, convertida en su hogar, deja su pueblo en busca de nuevas oportunidades, como en la campaña navideña de una gran compañía al sur de California, y de allí, empezará una travesía por la citada California y Arizona, enganchando trabajos de temporada, muy precarios y viviendo en su autocaravana.

Durante su viaje irá conociendo a otros nómadas como ella, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay Deforest, entre otros, nómadas de la vida real, que van mostrando a Fern otra forma de vida, muy alejada de la convencional, donde no hay fronteras ni ciudades, solo carretera y desiertos donde acampar, un camino en el que la mujer va conociendo y relacionándose con otros como ella, que han hecho de su vida una conquista diaria, porque si los ancestros llegaron al oeste, una tierra vasta y por descubrir, estas personas de aquí y ahora, emprenden su propia conquista, no ya de una tierra, sino de sí mismos, en busca de nuevas oportunidades laborales, y sobre todo, dejar el pasado, un pasado que duele, que todavía sangra, y emprender mucha carretera y cómplices en este viaje emocional. Zhao nos envuelve en un relato donde no hay épica ni heroísmo, sino todo lo contrario, centrándose en las personas y su humanidad, rodeados de unos países de exultante belleza y silencio, que contrasta con estas vidas errantes, de existencia difícil y solitaria, donde la soledad no es una enemiga, sino una aliada muy necesaria y agradecida, sin desdeñar a todos los que van cruzando en el camino de Fern y son bienvenidos.

Como en sus anteriores trabajos, la directora chino-estadounidense, una especie de nómada también, ya que ha vivido en varias ciudades, compone un magnífico, honesto y transparente ejercicio entre la ficción y el documento, ya que, por un lado, tenemos al personaje principal de Fern, lo interpreta una actriz como Frances MacDormand, una actriz muy diferente, con un cariz y una mirada muy alejada del estereotipo que tanto vende el cine comercial, tanto en lo físico como en lo emocional, y otro actor, el inmenso David Strathairn, siendo ese contrapunto de la existencia de Fern, quizás una historia de amor, un amigo inseparable, o uno de esos tipos que han dejado huella en el viaje de Fern. Y por el otro, el documento, donde los demás personajes son interpretados por ellos mismos, una mezcla que tiene su origen en el Toni, de Renoir, y después, tuvo su eclosión en el Neorrealismo italiano, donde la ficción y el documental se mezclan, se fusionan, creando un nuevo cine, un cine donde ya no hay fronteras ni géneros, sino diferentes recursos, ya sean extraídos de la realidad o la ficción, para construir el relato hibrido y sincero que se quiere contar, como hizo Rossellini con su extraordinaria Stromboli, con una imponente Ingrid Bergman rodeada de lugareños reales asfixiada en una isla.

Zhao vuelve a hacer gala de una mirada íntima y sobrecogedora a la hora de acercarse al dolor y las heridas de sus criaturas, con esa forma honesta y sensible que requiere una película que aborda temas tan delicados como estos, no hay artificio ni nada que se lo parezca, con la espléndida luz del cinematógrafo Joshua James Richards, en todas las películas de Zhao, y en el rítmico y reposado montaje que firma la propia directora. Seguimos la vida de esta mujer como testigos privilegiados, de un modo de acompañamiento, observando sus acciones, la gente que se va encontrando en el camino, y demás situaciones que va experimentando, desde una posición de silencio, de quietud y sobre todo, sin juzgar nada de lo que hacen, porque la directora no busca nada de eso, sino mostrar una forma de vida, una forma de hacer y deshacer, en ocasiones, con el contrapunto de esa vida más convencional, como el instante maravilloso cuando Fern visita a su hermana, donde la película se abre a las posiciones diferentes a las de la protagonista. La tradición de ese “otro cine” estadounidense, “los desheredados” como Fuller, Ray, Cassavetes o Jarmusch, tienen su voz en cineastas con personalidad y potentes como Chloé Zhao que, bajo el marco de aquellos grandes deudores, también nos habla de los desheredados de la tierra, de aquellos, que ya sean por los motivos que sean, emprenden su “desconquista del oeste”, ya no para encontrar un lugar donde instalarse, sino para encontrar ese lugar interior-exterior donde el dolor y la tristeza duelan menos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solo las bestias, de Dominik Moll

LA DESAPARICIÓN DE EVELYNE DUCAT DURANTE UNA TORMENTA DE NIEVE.

“Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos”

Fernando Pessoa

Amar y ser amado es la única fuerza que resiste todos los embates y sinsabores de la existencia. Quizás, sea esa la única razón por la que los seres humanos soportamos la futilidad de la vida, o podríamos decir que, en el amor y sus circunstancias, encontramos el verdadero significado de la vida, o al menos, eso creemos cada vez que, por una razón completamente desconocida a nuestra voluntad, sucumbimos a sus encantos. Solo las bestias, basada en la novela homónima de Colin Niel, tiene su base en esa misma estructura, la de un grupo de personajes que idealizan el amor o simplemente, desearían ser amados como fantasean, aunque se toparán con una durísima realidad que les llevará a sumergirse en abismos muy oscuros. Dirige Dominik Moll (Bühl, Alemania, 1962), autor entre otras de Harry, un amigo que os quiere (2000), Lemming (2005), El monje (2011), Only the Animals (2019) y de la serie The Tunnel (2013), entre otras, obras enmarcadas generalmente en el thriller con elementos de drama, comedia o fantástico, en las cuales la psicología y la relación de los personajes se convierte en el foco de la acción.

Escrita por Moll y Gilles Marchand, un estrechísimo colaborador en la filmografía del director, nos proponen un thriller psicológico, donde todo está magníficamente construido, desde su penetrante y absorbente atmósfera, situadas en las inestables y duras mesetas de Causse Méjean, en el sur de Francia, en un entorno rural aislado, bañado por desiertos rocosos, por el cruzan carreteras solitarias y heladas, donde trabajan ganaderos con existencias difíciles, donde los inviernos llenos de nieve y frío dificulta sobremanera las relaciones y los trabajos cotidianos. El guión, se estructura a partir de cinco capítulos, en los que cada personaje explicará su testimonio personal a partir del hecho que engloba a todos los personajes, la misteriosa desaparición de Evelyne Ducat, una mujer de la ciudad, durante una tormenta de nieve. Cada segmento se centra en la piel de uno de los cinco personajes en cuestión, a modo de Rashomon, de Kurosawa, aunque aquí, el relato no cuenta diferentes puntos de vista del mismo hecho en el espacio y tiempo, sino lo hace en relación a su participación en los hechos que lo relacionan con la extraña desaparición, dilatando el tiempo con continuos vaivenes.

Conoceremos partes de la historia, nunca en su totalidad, de las razones o motivos de cada personaje en función a su actuación en los hechos, en la que las circunstancias, pro insignificantes y cotidianas que estas parezcan, veremos que tendrán un significado muy importante, todo contado con sus contradicciones, zonas oscuras, aquello que ocultan, o lo que han olvidado, porque no lo recuerdan o les conviene no recordarlo. La tenue y naturalista luz del cinematógrafo Patrick Ghiringhelli (que ya estuvo en Eden, la serie sobre los trasfondos de la inmigración a Europa, que hizo anteriormente Moll) se convierte en un elemento indispensable para dotar de tensión y suciedad al relato, así como, el excelente montaje de Laurent Rouan (que también estuvo en Eden) en ese prisma catalizador que ayuda a controlar el adecuado ritmo que tanto necesita el thriller. O el brutal corte de la estructura en los 2/3 de la película, trasladándonos 5000 km del lugar de los hechos, a la ciudad de Abiyán, en Costa de Marfil, con su megalópolis urbana y africana, que contrasta fuertemente con el paisaje nevado del sur francés, donde conoceremos a Armand, un joven obsesionado con el dinero, que también tendrá su parte en esta trama enrevesada y compleja que nos cuenta la película.

Viendo las imágenes y los personajes que entran en este juego macabro y violento de Solo las bestias, resulta impensable no acordarse del aroma y los tipejos que pululaban por ese monumento al cine que era el thriller rural de  Fargo (1996), la maravillosa película de los hermanos Coen, en la trama, atmósfera y personajes de Solo las bestias, en las que podríamos encontrar elementos comunes en las dos cintas, como el paisaje nevado, desolador y aislado, la actitud de los personajes, unos seres perdidos y solos, necesitados de salir de esas vidas mundanas y duras, y su incapacidad para huir de ellas, siempre optando por decisiones que perjudicarán a otras personas, y sobre todo, a ellos mismos, sin olvidarnos, la tristeza y amargura que desprenden unos personajes demasiado aislados en sus interiores, necesitados de amor y de ser incapaces de encontrarlo, aunque lo tengan delante, empecinados en historias que no les llevan a ningún lugar agradable, sino todo lo contrario, adentrándose en terrenos oscuros, inquietantes y violentos.

Moll ha reunido un reparto que transmite toda la necesidad de amar y amargura interior de sus personajes en los cuerpos y las voces de Laure Calamy da vida a Alice, una trabajadora social que encuentra el amor en Damien Bonnard, un granjero traumatizado por la muerte de su madre, que ve en los animales su mejor consuelo, Denis Ménochet, distanciado de su esposa Alice, busca en internet ese amor ideal que cambie su triste existencia, Nadia Tereszkiewicz, una joven enamorada de quién no la va a corresponder como ella desea, Guy Roger “Bibisse” N’drin, un joven marfileño que tiene en internet su vía de escape para ser quién no es. Y finalmente, Valeria Bruni Tedeschi, la mujer desaparecida, el núcleo y el fin de este grandioso relato de misterio y suspense. Una obra donde la capacidad de Moll ha logrado una película tan redonda como lo era Harry, un amigo que os quiere (2000), dotando tanto al relato como a sus personajes, complejos, solitarios y tristes, de ese paisaje emocional que tiene tanto que ver con lo que ocurre en el espacio físico, creando ese cordón umbilical invisible, que los une con su entorno como una prisión de la que resulta muy difícil escapar, o porque no tienen fuerza o inteligencia suficiente, y encuentran puertas a su alcance que nunca debieron cruzar, porque se adentran en infiernos de los que no se puede salir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Woman, de Anastasia Mikova y Yann Arthus-Bertrand

YO SOY UNA MUJER.

“Yo soy única, OK… pero soy todas las mujeres”

En Notre corps, notre sexe  de Agnès Varda

En 1975, el programa “F come femme”, de la televisión francesa Antenne 2, lanzó al público la pregunta: ¿Qué es ser mujer? La respuesta de la cineasta Agnès Varda (1928-2019), fue Réponse de femmes: Notre corps, notre sexe (Respuesta de las mujeres: Nuestro cuerpo, nuestro sexo), una película corta de 8 minutos que reivindicaba a la mujer, su cuerpo, su sexo, su vida y todo su ser, sometida a una sociedad patriarcal que la convertía en un mero objeto. Cuanto le debe el cine sobre la mujer a una cineasta como la Varda, con su inteligencia, su capacidad para ver aquello que sucedía y plasmarlo de forma tan interesante y concienciadora. Muchas de esas ideas las encontramos en Woman, la nueva película del director y fotógrafo francés Yann Arthus-Bertrand, autor de las imprescindibles Home (2009), en la que plasmaba el efecto demoledor del ser humano en el planeta tierra, y Human (2015), donde retrataba a la humanidad en su diversidad, multiculturalidad, complejidad y humanidad. Ahora nos llega Woman que codirige junto a la ucraniana Anastasia Mikova, que ya fue ayudante de dirección en Human, para hacer un exhaustivo recorrido por la mujer, retratando a más de mujeres diseminadas por cincuenta países del mundo.

El retrato, al igual que sus anteriores trabajos, es cercano, transparente y directo, apoyándose en dos aspectos cruciales como el testimonio, donde escucharemos a mujeres muy diferentes e iguales entre sí, hablándonos de su vida, de su cuerpo, su sexo, y demás aspectos y complejidades de la vida, y por otro lado, mediante “Tableaux Vivants”, nos van mostrando escenas de la vida cotidiana de estas mujeres, sus vidas, sus culturas, su fe y demás aspectos de su realidad. Arthus-Bertrand y Mikova componen una película emocionante, vibrante y magnífica, porque nunca se quedan en la anécdota, siempre van mucho más allá, reivindicando a la mujer y todo su ser, dándoles la palabra y la voz, y mirada y sus ojos, su cuerpo, mujeres de todas las edades, etnias, culturas, religiones y nacionalidades, y sobre todo, caligrafiando un detallado recorrido por todos los aspectos de su vida y existencia, arrancando con el hecho de ser mujer, como tan magníficamente mostraba Agnès Varda, el amor, la maternidad, parejas y matrimonio, el cuerpo y sus tabúes, las mujeres en el poder, emancipación, sexualidad, violencia, política, el trabajo, etc…

Vemos a un sinfín de mujeres, con sus cercanías y diferencias, mirándonos de frente, serenas y firmes, valientes y decididas, resistentes y fuertes, reivindicando su identidad, su ser, su complejidad y su lugar en el mundo, tantas veces invisibilizado y oculto a lo largo de la historia por la sociedad masculina. La película es un cine humanista y político, porque no hace un discurso superficial del asunto, sino que investiga sobre el tema, pone en cuestión los conflictos existentes, y hace un extraordinario e inteligente recorrido sobre la mujer y las sociedades que les ha tocado vivir. La película tiene una fuerza admirable y no se olvida de la emoción, el relato tiene vida, historia, humanismo, y sobre todo, tiene una textura y composición cinematográfica excelentemente bien cuidada, nunca quedándose en el mero detalle, sino que profundiza en los hechos y las causas, abriendo la información para que cada espectador pueda encontrar sus propias respuestas, y provocando la oportuna reflexión en unos temas candentes y llenos de actualidad que parece que las sociedades patriarcales siguen sin ocuparles la importancia que tocaría.

El tándem de cineastas aúnan de forma admirable la belleza y la reivindicación, porque tanta una como la otra son perfectamente compatibles para hablar de las mujeres y su diversidad y su humanidad, sin olvidar el discurso que plantean. Los 105 minutos de duración de la película en ningún momento se hacen pesados o difíciles de seguir, teniendo en cuenta la grandísima cantidad de mujeres y sus respectivos países que desfilan por delante de nuestra mirada, debido principalmente en el impecable sentido del ritmo y el contenido que tiene la película, porque en apariencia parece que todo el mosaico que presenta es demasiado agotador, pero todo lo contrario, la película va creciendo en su contenido y aspecto, dejando a los espectadores ávidos de conocer más y mejor, en una historia que nunca decae, que crece muchísimo, y va a más, como el espectacular arranque de la película, con esa mujer desnuda danzando bajo el agua, quizás la metáfora más terrible y bella a la que la sociedad ha sometido a la mujer, oculta bajo los ojos y bajo los designios económicos utilizada por su aspecto, su cuerpo, pero todo eso está cambiando, aunque queda mucho camino por recorrer y reivindicar, los tiempos están cambiando como cantaba Dylan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuevo orden, de Michel Franco

LIBERTAD O MUERTE.

«La igualdad tal vez sea un derecho, pero no hay poder humano que alcance jamás a convertirla en hecho».

Honoré de Balzac

La película se abre con la imagen del mural “Sólo los muertos han visto el final de la guerra”, de Omar Rodríguez-Graham, una pintura collage llena de vistosos colores, que refleja una sociedad muy injusta, en el que conviven, pero sin tocarse, los enriquecidos y explotadores, y los otros, los invisibles, los que sufren esa desigualdad tan profunda y arraigada. Otras imágenes, casi como destellos, impactantes, desgarradoras y violentas, nos van alumbrando a lo que vendrá después. Vida y muerte, violencia verbal y física, desigualdad institucionalizada, un mundo arrogante, vacío y completamente deshumanizado es en el que vivimos diariamente, con tanta distancia y falta de empatía entre los cuatro que tienen y el resto, la mayoría, que lo sufre, son los elementos que arman la sexta película de Michel Franco (México, DF, 1979), que forma parte de esa generación de cineastas mexicanos que indagan en esa sociedad enferma e injusta con nombres como los de Lila Avilés, Amat Escalante, Carlos Reygadas, Gabriel Ripstein y Diego Quemada-Diez, entre otros.

El cine de Franco nos habla directamente y de frente de los problemas acuciantes de la sociedad mexicana totalmente extrapolables al resto del mundo occidental. La violencia y su uso como elemento de poder y sometimiento ya eran temas que encontramos en el cine de Franco, una filmografía plagada de relatos anclados en el ámbito familiar, de pocos personajes, donde un conflicto genera un caldo de cultivo para una violencia dura y seca, ejercida bajo el amparo de unos individuos sin escrúpulos que optan por una actitud deleznable. El director mexicano muestra comportamientos horribles, pero no convierte esa violencia en espectáculo sin más, profundiza en ella, y la muestra sin alardes de ningún tipo, solo la presenta para provocar las consecuencias de esas actitudes, de mostrar a ese animal salvaje que todos llevamos en nuestro interior. Con Nuevo orden, el cine de Franco da un salto hacia delante en todos los sentidos, construyendo una película más grande, tanto en medios como en reflexiones, nos volvemos a topar con la familia como eje estructural de su trama, pero incluyendo más personajes y más tramas.

El argumento es simple y muy directo, arranca con la celebración de una boda en una de esas casas lujosas de un barrio lujoso, todo un síntoma de desprecio y frivolidad ante lo que ha estallado en la calle con un grandísimo levantamiento popular donde la pintura verde se torna el elemento castigador, como irá apareciendo en la ropa de algunos invitados retrasados por el alud de protestas, como esa impresionante momento cuando la dueña de la casa abre el grifo y sale agua verde, síntoma y mal augurio de lo que está a punto de explotar en sus narices. De repente, en mitad de la fiesta aparecen unos asaltantes y reducen a los invitados a tiro limpio, desatándose una violencia cruel y desorbitada, donde el caos de fuera se apodera de la casa. Mientras, Marian, la futura esposa (excelente la interpretación de Naian González Norvind, su deshumanización contada al detalle), se ha ido a la calle a ayudar a una antigua empleada que necesita dinero para curarse, casi una aventura suicida, dado el peligro de las calles.

Franco no se anda por las ramas, resuelve su historia mostrando la violencia y el caos de las calles, con situaciones muy detallistas donde vemos robos, asaltos, disparos, etc… A la mañana siguiente del estadillo popular, el ejército se hace cargo de la situación y controla las calles llenas de los restos de la tumultuosa protesta, pero Marian ha sido secuestrada por el ejército. Los 88 minutos de esta parábola política y social se mueve con una primera parte a ritmo vertiginoso con planos cortos y muy breves, para luego, pasar a planos más largos y generales, exceptuando los del cautiverio de la protagonista, llenos de oscuros y muy cercanos, con un gran trabajo de Yves Cape, el cinematógrafo francés que vuelve a trabajar con Franco después de Chronic y Las hijas de Abril, uno de los grandes que ha trabajado con gente como Claire Denis y Leos Carax. El exquisito y bruto montaje de Gabriel Figueroa Jara, que vuelve a trabajar con el director después de Daniel & Ana (2009), debut de Franco, que firma con el propio Franco, también ayuda a mostrar ese “Nuevo orden”, título totalmente irónico que juega a aquella frase de Tancredi, «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie», el personaje aristócrata de El gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Una nueva estructura estatal que se levanta después del otro, que no es otra cosa que el “Viejo orden” de siempre, con los militares en el poder y ocultando sus miserias. Con esa orden que la violencia con más violencia se corta, dejando así las injusticias más acuciadas y profundas. Franco muestra de manera valiente y sincera la actitud de sus personajes, entre esa clase dominante blanca que somete a los desfavorecidos que son indígenas, menos a Marta (magnífica Mónica del Carmen que vuelve a aparecer en el cine de Franco después de la inolvidable A los ojos), y su hijo, que se encuentran en una especie de limbo, apartados por los suyos, y acogidos, en cierta manera por los de arriba. Una película directa y febril, muy visceral, pero que recoge un análisis certero y demoniaco en su planteamiento moral, y propone una serie de preguntas y quizás, alguna que otra advertencia, aunque la conclusión sigue siendo la misma, el cine como arte debe plantear cuestiones que nos hagan reflexionar sobre la sociedad que construimos cada día, quizás las posibles respuestas no parecen tan sencillas, y la injusticia y desigualdad reinantes en el mundo, acabaran explosionando, las consecuencias quizás no sean muy diferentes a las que plantea la película de Franco, o tal vez, esas consecuencias nos devuelven más terror o no, en cualquier caso, los explotadores encontrarán la forma de seguir explotando, eso seguro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Crash, de David Cronenberg

LOS DEMONIOS Y LA CARNE.

“Las marcas triangulares del coche se habían formado con la muerte de una criatura anónima, de identidad desvanecida, inscrita abstractamente en la geometría del vehículo. ¿Cuánto más misteriosas podían ser nuestras propias muertes, y las de los afamados y poderosos?”

J. G. Ballard de la novela “Crash”

El término “ballardiano” es recogido por el diccionario Collins bajo la siguiente definición “una modernidad distópica, un paisajismo inhóspito creado por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o medioambiental”. J. G. Ballard (1930-2009), describió de forma intensa y profunda los males del ser humano moderno ante una sociedad superficial, consumista y aterradora que, eliminaba el humanismo para abrazar como un salto al abismo la superficialidad y lo material como síntoma de poder, ambición y locura. Un universo peculiar, muy personal y alejado de convencionalismos, modas y demás estupideces, en títulos como La exhibición de las atrocidades, Rascacielos, Hola, América o Noches de cocaína, entre muchas otras.

Los mundos distópicos demasiado «reales» del genial novelista británico que profundiza de manera extraordinaria en todos los males de nuestra sociedad. Universos no muy alejados de los que filma David Cronenberg (Toronto, Canadá, 1943), que en su primera etapa despachó títulos como Crimes of the Future (1970), Vinieron de dentro de… (1975), Rabia (1975), Scanners (1980), o Videodrome (1983), donde implantaba los elementos que han definido su filmografía, la llamada “nueva carne”, en la que retrata de forma admirable los miedos humanos, tanto los cambios físicos y psicológicos ante la transformación física y la infección, en el que se desvanecen los límites entre lo mecánico y lo orgánico, moviéndose en dramas con tintes de terror, ciencia-ficción y el fantástico, dentro de una cotidianidad de horror. Cronenberg ha adaptado autores tan relevantes como Burroughs, King, DeLillo, entre otros. En 1996 adapta “Crash”, novela de Ballard publicada en 1972 (que tuvo una adaptación televisiva protagoniza pro el propio autor), poniendo en imágenes un relato muy oscuro y tremendamente físico y psicológico.

En Crash nos tropezamos con James Ballard, alter ego del propio autor, dedicado a la dirección televisiva, casado con Catherine, que han basado su relación en el sexo como principal estructura, un sexo liberal entre ellos y con otros. Después de un accidente automovilístico, Ballard entra en contacto con Helen Remington y entre los dos nace una atracción mutua a través del sexo y los coches. Más tarde, entrará en juego Vaughan, un tipo apasionado de los accidentes de coches, que además de escenificar accidentes históricos de grandes estrellas del cine clásico, su vida gira en torno a los accidentes, las cicatrices y el sexo, al igual que Gabrielle, una amiga que lleva una prótesis debido a un accidente. Veinticinco años después, Crash  sigue manteniendo su vigencia, quizás las psicopatías siguen igual o incluso más de acentuadas, retratando una serie de personajes abocadaos al constante peligro, en un viaje a las profundidades del alma, a su parte más oscura, más horrible, a aquello que nos negamos a admitir, a lo prohibido, a nuestras pulsiones sexuales, las más ocultas, las que no queremos desvelar.

Cronenberg se acompaña de los cómplices más cercanos como el cinematógrafo Peter Suschitzsky, el editor Ronald Sanders y el músico Howard Shore, la película nos sumerge en un mundo de poder y ambición, donde el automóvil como objeto de posición social se ha convertido en una metáfora del sexo más sucio, más animal y más pueril, donde ya no existen fronteras entre lo real y lo soñado, donde la vida carece de sentido sino es una existencia de constante peligro, donde la muerte bordea a cada instante, donde cada cicatriz y herida se convierte en una pulsión sexual, en una marca más de ese desenfreno alucinatorio y autodestructivo por el que se mueven estas criaturas atrapadas en su sexualidad y en sus objetos mecánicos, en unos automóviles que se funden en falos y vaginas, expuestas y dispuestas para ir más allá, sin pausa, a velocidad vertiginosa, donde velocidad, o lo que es lo mismo, el peligro de morir, deviene la única forma de soportar y llenar ese vacío de vidas opulentas, sí, donde falta tanto a nivel interior. Con un reparto heterodoxo y nada comercial con un James Spader en la piel del atribulado y frío Ballard, la escenificación del tipo que se adentra en la oscuridad, en su propia oscuridad, sin miedo, como si la cosa no fuese con él, pero con la determinación de que no hay marcha atrás, Deborah Kara Unger como su esposa, su amante y la compañera perfecta que también se lanza al abismo para aceptarse y descubrirse a través del sexo y lo prohibido, Holly Hunter como la Dra. Helen Remington, también abocada a la locura sexual, a ir más allá, a olvidarse de los convencionalismos y dejarse arrastrar por el sexo más superficial y la morbosidad.

Y los dos personajes más siniestros, dementes y robotizados de la película como el que hace Rosanna Arquette como Gabrielle, con esa aparatosa prótesis que le cubre las dos piernas y la profunda cicatriz que le cubre media extremidad, uno de esos personajes reservados que tanto le gustan al cineasta canadiense, ya que tiene todo aquello que le interesa, la sexualidad de un ser casi autómata, donde cada movimiento y gemido duele e hiere. Y finalmente, Elias Koteas da vida al siniestro Vaughan, un tipo que ha ido más lejos que nadie, su escenificación de los accidentes es toda una declaración de principios de un personaje psicópata convertido en la figura de macho alfa, de un tótem sexual, donde su cuerpo y todo su ser emanan sexualidad y velocidad, una especie de gurú de esta peculiar aquelarre de sexo, automóviles y muerte. El binomio Ballard-Cronenberg sigue levantándonos de la butaca, incomodándonos, martirizando nuestras pesadillas y pulsiones, y sobre todo, mostrando la oscuridad más profunda y siniestra de lo que somos, de todo aquello que nos autocensuramos, de todos nuestros miedos, de nuestros deseos, pasiones, y nuestra sexualidad, tan llena de tabúes, prejuicios y convencionalismos. Crash  se mueve entre todo lo diferente, todo aquello no aceptado por una sociedad llena de miseria moral tanto a nivel físico como emocional, en un retrato sobre la vida y la muerte, la eterna lucha entre eros y tánatos, entre nuestra existencia aceptada y todos esos infernos que habitan en nuestro interior y gritan sin cesar para salir al exterior y escenificarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Martin Eden, de Pietro Marcello

LA BELLEZA Y EL DOLOR.

“El escribir… era el esfuerzo consciente de liberarse de una angustia y el momento límite que indicaba que otra angustia había de surgir. Era algo como eso que hacen muchos hombres y mujeres, el “desahogarse”, que les lleva a decir hasta la última palabra de un dolor real o imaginario para curarse de él”.

De la novela “Martin Eden”, de Jack London

La novela “Martin Eden”, de Jack London (1876-1916), era un relato muy autobiográfico del escritor estadounidense, donde exponía los males de su oficio, las consecuencias de convertirse en un escritor de éxito, y sobre todo, el libro era un durísimo ataque al individualismo, a dejar de ser una persona para convertirse en un mero producto para las masas, abandonando la realidad para ser uno más, un títere de la sociedad de consumo, un infiel a sus ideales humanísticos para ser un extraño. Pietro Marcello (Caserta, Italia, 1976), ha desarrollado una filmografía con documentales muy interesantes donde exploraba los viajes en tren y sus habitantes en Il passaggio della línea (2007), o la redención de un ex convicto y su amor en La bocca del lupo (2009), también había tocado la ficción anteriormente con Bella y perdida (2015), una fantasía sobre un sirviente que quiere salvar a un búfalo atrapado.

Con Martin Eden, coescrita por su guionista cómplice Maurizio Braucci (autor de prestigio que tiene en su haber nombres como los de Matteo Garrone o Abel Ferrara), el cineasta italiano ha compuesto un puzle que engloban sus anteriores trabajos, porque conocemos a un antihéroe nacido en el fango, alguien que viene de orígenes pobres, un tipo que se gana la vida como marinero y que conoce los barrios populares, las dificultades de ganarse la vida en el Nápoles de principios del siglo XX, un hombre que tiene todo lo que lleva puesto, al que la vida le cambiará cuando conoce a Elena, una mujer joven y hermosa, rica y sofisticada, que pertenece a otro mundo, a otra clase social. El amor que siente por ella, le abre un nuevo mundo, una nueva vida, y empieza a leer, y sueña con convertirse en escritor, mientras sigue viviendo, adentrándose en el convulso y triste siglo XX, con sus luchas obreras, su idealismo político, sus idas y venidas con gentes humildes, y sus continuos rechazos a sus cuentos y novelas, donde plasma su vida, lo que ve y sus gentes.

La película recorre los avatares históricos de buena parte del siglo XX, donde Martin Eden es testigo, muy crítico con el socialismo, y también, con la burguesía a la que pertenece la familia de Elena, con la figura de Russ Brissenden, el intelectual de izquierdas bastante frustrado y triste, que ejemplifica el sentimiento de la lucha obrera y las formas de contenido político frente al capitalismo creciente. Eden es un outsider, alguien que no encuentra su lugar en el mundo, una especie de náufrago sin isla en la que añorar un lugar en el que se sienta comprendido, o simplemente, acogido, un hombre que sueña con ser escritor fiel a sus raíces y cronista del tiempo que le rodea, casarse con Elena y vivir felices en una posición a la que aspira, pero también, esta Margherita, una mujer de su misma condición, de su lugar, pero que Eden la mira con otros ojos, convirtiéndose en esa figura que el joven aspirante a escritor quiere abandonar.

La película está estructurada mediante capítulos que se abren con imágenes de archivo reales, como las primeras que pertenecen al anarquista Errico Malatesta, y le seguirán otras, que vienen a contextualizarnos el tiempo de Eden, con esa cinematografía que firman Francesco Di Giacomo y Alessandro Abate, en la que priman los colores pálidos y los encuadres atmosféricos, donde constantemente vemos al protagonista y el entorno por donde se mueve, que va desde los lugares más tristes y pobres a los espacios más lujosos y detallistas, en un viaje que podríamos considerar de Pasolini a Visconti, pasando por los ambientes de Bertolucci, Scola o Germi, en que el rítmico y sobrio montaje de aline Hervé y Fabrizio Federico, resulta ejemplar en este recorrido por tantos lugares y tiempos, donde abundan las continuas disputas entre obreros y patronos, las relaciones laborales deprimentes y una sociedad en continuo cambio social, económico, político y cultural, donde Martin Eden actúa como testigo de su tiempo, convertido en un vehículo para hablarnos de su sociedad, de su interior y todo su proceso social, esos tipos que abundan en las novelas de Marsé, el “pijoaparte” de turno que quiere escalar en la vida, a través del amor de la rica, aunque este sea sincero.

Otros de los elementos destacadísimos de la película es la inmensa y magnífica interpretación de Luca Marinelli, uno de esos personajes “bigger than life”, una explosión de furia y humanidad, una mezcla de toro desbocado y apasionado, al que vemos por todo ese recorrido vital, tanto físico como emocional, con su idealismo, su sueño de ser escritor, sus contradicciones, sus miedos, inseguridades, su pasión por la lectura y la escritura, su complejidad, su constante búsqueda de la belleza, y el dolor al que deberá enfrentarse cuando este le toca, la infidelidad de dejar de ser quién era para convertirse en un escritor de masas, la frustración de ser la persona que pierde su sentido de la realidad, de perderse en una existencia que no le llena, en un mundo complejo y triste, que solo aplauden a los exitosos y aplasta a los más vulnerables y necesitados, a esa sensación permanente de tristeza de no saber qué hacer y haber perdido el sentido de su vida, y su desolación tras ser escritor y no encontrarse en su propio reflejo, como le ocurría a Dorian Grey, de venderse al diablo y sentirse vacío e invisible, mientras la sociedad italiana y el mundo, se encaminan a la destrucción y el horror, como demuestra la estupenda secuencia en la playa, donde vemos completamente abatido a Eden, mientras no lejos de allí, unos camisas negras se mofan de un hombre bajito.

Bien secundado en el reparto por las actrices Jessica Cressy como Elena, y la otra cara de la moneda, Denise Sardisco como Margherita, dos mujeres que ejemplifican la vida y el tiempo de Eden, la burguesía y el pueblo, los privilegiados que viven acosta del hambre de la inmensa mayoría, dos mundos que se necesitan, pero completamente irreconciliables y literalmente opuestos. Y el veterano Carlo Cecchi (actor con Bertolucci o Tognazzi, entre otros) como Brissenden, el mejor ejemplo para Eden de ese desencanto de los ideales políticos, de la frustración de una lucha que sin saberlo, solo pretende continuar las injusticias. Marcello ha construido una película asombrosa, intensa y dolorosa, que se convierte en un clásico al instante, llena de verdad, humanidad, furia y contradicciones, de pasiones arrebatadores, de sencillez y honestidad, una película para entender quiénes somos y de dónde venimos, que se da una vuelta por el siglo XX, a través de alguien que es un hombre de su tiempo y sus ideales, y como suele pasar, el tiempo se encarga de manejarlo a su antojo, de exprimir sus valiosas ideas, y la sociedad y su ideario con el individualismo feroz y salvaje como banderas, le convierten en un fantasma, en un espectro sin vida, sin ilusión, y sin nada, alejado de su verdadera identidad, y lanzado a los devoradores de ideas que las utilizan para su beneficio económico. Eden es uno más de tantos poetas y escritores malditos, que nunca encajaron en una sociedad vacía, enferma y desoladora, adicta a lo material, y perdida en la inmensidad de su desoladora existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

La llorona, de Jayro Bustamante

LA JUSTICIA NEGADA.

“Todos lloraban tu tierra, llorona, tu tierra ensangrentada.

Sollozos de un pueblo herido, llorona, y de su voz silenciada».

(Extracto de la canción La llorona de los cafetales, de Gaby Moreno)

Cuando apenas han transcurrido un par de meses del estreno de Temblores, de Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, Guatemala, 1977), nuevamente de la mano de Atera Films, volvemos a encontrarnos con otra película del guatemalteco, La llorona, la cinta que cierra su trilogía sobre el significado de tres nombres ofensivos en su país. “indio”, de la que dio buena cuenta con Ixcanul (2015), en la que colocaba el foco en la situación miserable de las indígenas guatemaltecas, con “hueco”, palabra que hace referencia a los homosexuales, se centró en Temblores (2019), donde seguía la catarsis creada en una familia burguesa y tradicional cuando uno de sus miembros les comunica que es homosexual, y todos los esfuerzos para reconvertirlo con terapias evangélicas.

Ahora llega con la palabra “comunista”, referida a todas aquellas personas que luchan por los derechos humanos y la justicia, con la película La llorona, también de 2019, en la que el propio director firma un guión junto a Lisandro Sánchez, en que pone el foco en Enrique, un anciano militar acusado de genocida durante la dictadura guatemalteca, condenado en el juicio, para inmediatamente después, ser eximido por la ley. Bustamante encauza los dos temas principales de sus anteriores películas en un solo. Por un lado, tenemos a las mujeres indígenas que reclaman justicia ante sus desaparecidos, y por el otro, la descomposición de una familia evangélica, militar y conservadora, que ve como uno de sus miembros es acusado de terribles crímenes contra la humanidad. Dos temas que se funden en un relato opresivo y asfixiante, siguiendo la línea de los anteriores, aunque en esta va más allá, porque nos sumerge en las cuatro paredes de la casa del general, un hombre que deambula como alma en pena, agobiado por los fantasmas de los desaparecidos, como le sucedía a Ebenezer Scrooge en la inmortal Cuento de Navidad, de Dickens.

Al general, perseguido por sus monstruos y frente a sus demonios más inquisidores, le acompaña su familia, Carmen, su mujer, igual de negacionista y leal a su marido, Natalia, la única hija, que irá descubriendo la verdad que encierra el oscuro pasado de su padre, Sara, la hija pequeña de Natalia,  junto al equipo de seguridad, y las dos sirvientas, Valeriana, que lleva toda la vida al servicio de la casa, y Alma, la recién llegada, una figura enigmática que hará temblar los cimientos de la vida familiar. Y luego, los de fuera, toda una cantidad ingente de familiares y amigos de desaparecidos que se han agolpado a la entrada de la casa, reclamando la justicia que la ley les ha negado, acosando con ruido y música al general y su familia. La cinematografía de Nicolás Wong, construida a través de claroscuros, llenando la casa de sombras y sonidos malévolos, como si de una película de género se tratase, consigue crear una atmósfera terrorífica, que también se mueve por el fantástico, creando un espacio físico y espiritual pro el que se mueven los personajes, con la edición de Gustavo Mattheu, que repite después de Temblores, esta vez firmando el trabajo junto al propio Bustamante, escenificar ese mundo pesadillesco, entre una memoria que algunos quieren borrar, y otros recordar.

Mención aparte tienen el sonido y la música de la película, con la excelente música de Pascual Reyes, autor cómplice en la trilogía, que consigue crear ese universo fantasmagórico con su composición, sin olvidarnos la maravillosa versión de “La llorona de los cafetales”, que canta Gaby Moreno, especial para la película, que junto a ese sonido en off que va contaminando toda la casa y el alma de los personajes. El realizador guatemalteco vuelve a rodearse de un plantel que interpreta sus personajes de forma sincera y natural, recuperando a María Mercedes Coroy, protagonista de Ixcanul, dando vida a Alma, un ser misterioso que guarda muchos secretos, Sabrina de la Hoz, que deja a la mantis religiosa que hacía en Temblores, para convertirse en Natalia, la hija que desconoce la verdad del pasado de su padre, Margarita Kénefic es la madre, que habíamos visto en Aro Tolbukhin, codirigida por Villaronga, María Telón como Valeriana, que ha estado en las tres películas, Julio Diaz como Enrique, el general acorralado por sus fantasmas, Ayla-Elea Hurtado como la niña Sara, que también la vimos en Temblores, y finalmente, Juan Pablo Olyslager como guardaespaldas del general, que descubrimos como Pablo en Temblores.

Bustamante vuelve a destacar, no solo en la inteligente composición y ritmo de su relato, que lentamente, va ahogándonos en un espacio doméstico donde pasado y presente se mezclan, en la que la verdad y la justicia, en forma de espectros acosadores van llenando, no solo los espacios físicos de la casa, sino también, los espacios espirituales de cada personaje, los que no pueden dormir, los que tienen miedo, y los que no entienden que ocurre, elementos que van escenificándose y manteniendo la angustia en la historia. Resulta ejemplar la atmósfera malsana que va creándose a medida que avanza el metraje,  creando esa pesadilla donde el pasado viene a reclamar lo suyo, para que los verdugos confiesen sus crímenes y de esa forma, los muertos y sus familiares puedan descansar y encontrar paz en sus existencias, en que “La llorona”, del título hace referencia a tantas víctimas de la dictadura que siguen llorando sin consuelo a los que ya no están, que siguen esperando la justicia que se les niega. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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