Crash, de David Cronenberg

LOS DEMONIOS Y LA CARNE.

“Las marcas triangulares del coche se habían formado con la muerte de una criatura anónima, de identidad desvanecida, inscrita abstractamente en la geometría del vehículo. ¿Cuánto más misteriosas podían ser nuestras propias muertes, y las de los afamados y poderosos?”

J. G. Ballard de la novela “Crash”

El término “ballardiano” es recogido por el diccionario Collins bajo la siguiente definición “una modernidad distópica, un paisajismo inhóspito creado por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o medioambiental”. J. G. Ballard (1930-2009), describió de forma intensa y profunda los males del ser humano moderno ante una sociedad superficial, consumista y aterradora que, eliminaba el humanismo para abrazar como un salto al abismo la superficialidad y lo material como síntoma de poder, ambición y locura. Un universo peculiar, muy personal y alejado de convencionalismos, modas y demás estupideces, en títulos como La exhibición de las atrocidades, Rascacielos, Hola, América o Noches de cocaína, entre muchas otras.

Los mundos distópicos demasiado “reales” del genial novelista británico que profundiza de manera extraordinaria en todos los males de nuestra sociedad. Universos no muy alejados de los que filma David Cronenberg (Toronto, Canadá, 1943), que en su primera etapa despachó títulos como Crimes of the Future (1970), Vinieron de dentro de… (1975), Rabia (1975), Scanners (1980), o Videodrome (1983), donde implantaba los elementos que han definido su filmografía, la llamada “nueva carne”, en la que retrata de forma admirable los miedos humanos, tanto los cambios físicos y psicológicos ante la transformación física y la infección, en el que se desvanecen los límites entre lo mecánico y lo orgánico, moviéndose en dramas con tintes de terror, ciencia-ficción y el fantástico, dentro de una cotidianidad de horror. Cronenberg ha adaptado autores tan relevantes como Burroughs, King, DeLillo, entre otros. En 1996 adapta “Crash”, novela de Ballard publicada en 1972 (que tuvo una adaptación televisiva protagoniza pro el propio autor), poniendo en imágenes un relato muy oscuro y tremendamente físico y psicológico.

En Crash nos tropezamos con James Ballard, alter ego del propio autor, dedicado a la dirección televisiva, casado con Catherine, que han basado su relación en el sexo como principal estructura, un sexo liberal entre ellos y con otros. Después de un accidente automovilístico, Ballard entra en contacto con Helen Remington y entre los dos nace una atracción mutua a través del sexo y los coches. Más tarde, entrará en juego Vaughan, un tipo apasionado de los accidentes de coches, que además de escenificar accidentes históricos de grandes estrellas del cine clásico, su vida gira en torno a los accidentes, las cicatrices y el sexo, al igual que Gabrielle, una amiga que lleva una prótesis debido a un accidente. Veinticinco años después, Crash  sigue manteniendo su vigencia, quizás las psicopatías siguen igual o incluso más de acentuadas, retratando una serie de personajes abocadaos al constante peligro, en un viaje a las profundidades del alma, a su parte más oscura, más horrible, a aquello que nos negamos a admitir, a lo prohibido, a nuestras pulsiones sexuales, las más ocultas, las que no queremos desvelar.

Cronenberg se acompaña de los cómplices más cercanos como el cinematógrafo Peter Suschitzsky, el editor Ronald Sanders y el músico Howard Shore, la película nos sumerge en un mundo de poder y ambición, donde el automóvil como objeto de posición social se ha convertido en una metáfora del sexo más sucio, más animal y más pueril, donde ya no existen fronteras entre lo real y lo soñado, donde la vida carece de sentido sino es una existencia de constante peligro, donde la muerte bordea a cada instante, donde cada cicatriz y herida se convierte en una pulsión sexual, en una marca más de ese desenfreno alucinatorio y autodestructivo por el que se mueven estas criaturas atrapadas en su sexualidad y en sus objetos mecánicos, en unos automóviles que se funden en falos y vaginas, expuestas y dispuestas para ir más allá, sin pausa, a velocidad vertiginosa, donde velocidad, o lo que es lo mismo, el peligro de morir, deviene la única forma de soportar y llenar ese vacío de vidas opulentas, sí, donde falta tanto a nivel interior. Con un reparto heterodoxo y nada comercial con un James Spader en la piel del atribulado y frío Ballard, la escenificación del tipo que se adentra en la oscuridad, en su propia oscuridad, sin miedo, como si la cosa no fuese con él, pero con la determinación de que no hay marcha atrás, Deborah Kara Unger como su esposa, su amante y la compañera perfecta que también se lanza al abismo para aceptarse y descubrirse a través del sexo y lo prohibido, Holly Hunter como la Dra. Helen Remington, también abocada a la locura sexual, a ir más allá, a olvidarse de los convencionalismos y dejarse arrastrar por el sexo más superficial y la morbosidad.

Y los dos personajes más siniestros, dementes y robotizados de la película como el que hace Rosanna Arquette como Gabrielle, con esa aparatosa prótesis que le cubre las dos piernas y la profunda cicatriz que le cubre media extremidad, uno de esos personajes reservados que tanto le gustan al cineasta canadiense, ya que tiene todo aquello que le interesa, la sexualidad de un ser casi autómata, donde cada movimiento y gemido duele e hiere. Y finalmente, Elias Koteas da vida al siniestro Vaughan, un tipo que ha ido más lejos que nadie, su escenificación de los accidentes es toda una declaración de principios de un personaje psicópata convertido en la figura de macho alfa, de un tótem sexual, donde su cuerpo y todo su ser emanan sexualidad y velocidad, una especie de gurú de esta peculiar aquelarre de sexo, automóviles y muerte. El binomio Ballard-Cronenberg sigue levantándonos de la butaca, incomodándonos, martirizando nuestras pesadillas y pulsiones, y sobre todo, mostrando la oscuridad más profunda y siniestra de lo que somos, de todo aquello que nos autocensuramos, de todos nuestros miedos, de nuestros deseos, pasiones, y nuestra sexualidad, tan llena de tabúes, prejuicios y convencionalismos. Crash  se mueve entre todo lo diferente, todo aquello no aceptado por una sociedad llena de miseria moral tanto a nivel físico como emocional, en un retrato sobre la vida y la muerte, la eterna lucha entre eros y tánatos, entre nuestra existencia aceptada y todos esos infernos que habitan en nuestro interior y gritan sin cesar para salir al exterior y escenificarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maps to the Stars, de David Cronenberg

maps_to_the_stars_cartelLA PARADA DE LOS MONSTRUOS

Un guionista de tercera conoce a estrella de cine mudo olvidada encerrada en un caserón envejecido en El crepúsculo de los dioses; Un productor ejecutivo recibe anónimos amenazantes que hacen peligrar una carrera de blockbusters en El juego de Hollywood; Dos actrices, una de ellas amnésica, se mueven entre las sombras de Hollywood a la espera de un papel que no llega en Mulholland Drive. Tres retratos despiadados y feroces del submundo hollywoodiense firmados por Wilder, Altman y Lynch, respectivamente, que miraron de forma crítica y profunda ese otro escenario alejado de los focos. Ahora, el turno es de David Cronenberg (Toronto, 1943) uno de los nombres más importantes del cine actual, acreedor de más de 20 títulos, con una carrera que alcanza más de tres décadas y responsable de obras de la talla de Videodrome, Inseparables, Crash o Una historia de violencia, entre muchas otras. Películas donde se sumergía en los infiernos particulares que nos acechan, eliminando las fronteras y los límites de lo humano, mecánico, físico o psicológico, creando un sinfín de realidades y atmósferas tanto subjetivas como objetivas. En esta ocasión, se enfunda el traje de observador y cirujano para escrutar y escisionar todo lo que rodea la meca del cine, esos lugares de calles sin fin, de mansiones lujosas envueltas en cristales, ropa de diseño, liftings y máscaras por doquier, y de individuos que se mueven como fantasmas a la caza de un buen personaje que les contamine de fama y dinero. El realizador canadiense se mueve por estos escenarios como pez en el agua, sabe manejarse por estos inframundos helados y artificiales, sus personajes viven en el abismo, rozando la locura o traspasándola, sobreviven encarcelados en sus particulares infiernos, y se arrastran por las pulsiones y encantos más nocivos y peligrosos. El relato arranca con la llegada de Agatha (maravillosa la composición de Mia Wasikowska, en un personaje con referencias al que hizo en Sólo los amantes sobreviven, donde también ejercía de elemento perturbador) se sube a una limusina que conduce Jerome (Robert Pattinson repite con Cronenberg, después de Cosmopolis, ahora es un trepa aspirante actor que acaba sus servicios con final feliz), llegan hasta un lugar abandonado donde antes hubo una casa. Agatha, con medio cuerpo quemado por un incendio que ella provocó, vuelve del pasado para rendir cuentas, para enfrentarse a su padre, el Dr. Stafford (brillante John Cusack, en un rol de gurú terapeuta, de matasanos de tres al cuarto, que vende bestsellers, con la excusa de curarlas de todo mal, le saca los cuartos a las actrices deprimidas y esquizofrénicas como Havana (una Julianne Moore en estado de gracia) que sufren pesadillas junto a su madre difunta y mueren por un papel que las saque del ostracismo más caótico. Para redondear el panorama, también tenemos al hijo del Dr., una estrella televisiva adolescente adicto a la coca y perturbado, y cerrando la familia malsana, una madre sobre protectora que vive en un paraíso ficticio que le impide ver. Personajes todo ellos a un paso de la locura, que se desplazan sin sentido y ahogados por sí mismos y por una vida enfermiza contaminada por flashes y miradas perversas. Cronenberg describe un paraíso sucio y mugriento, que no sería ni cielo ni infierno, sino más bien un limbo de espectros alucinados de alcohol, cocaína o pastillas que matan por un trozo del pastel de esa popularidad y fama que ansían a toda costa, como único objetivo vital que viaja a velocidad de vértigo hacía el abismo en un solo sentido. Un cuento moderno sobre esa fábrica de pesadillas, perversión, drogas, locura, donde no faltan incendios, incestos, pedofilia, orgías y polvos en el asiento trasero, niñas vengativas con tendencias homicidas, y sobre todo almas a la deriva que ni saben dónde están ni adonde van.