El acontecimiento, de Audrey Diwan

ANNE SE HA QUEDADO EMBARAZADA. 

“El tiempo ya no era una serie de días que llenar con clases y papeles, se había convertido en una cosa informe que iba creciendo dentro de mí”.

“El acontecimiento”, de Annie Ernaux

En la magnífica e inolvidable 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007), de Cristian Mungiu, nos mostraban de manera realista las penurias y la represión por las que tenían que pasar las estudiantes embarazadas en la Rumania de 1987. El acontecimiento transita por los mismos lares, esta vez trasladándose a la puritana Francia de 1963. Nos encontramos con otra estudiante universitaria, Anne, de 20 años, perteneciente a la clase obrera, que descubre que está embarazada y encontrándose con la terrible tesitura de no tenerlo en un país que castiga con cárcel la interrupción voluntaria del embarazo. Segundo trabajo de la directora Audrey Diwan, después de su opera prima Mais vous étes fous (2019), en la que relataba la adicción de un padre en el seno de una familia bien avenida. En su segunda película, adapta la novela homónima y autobiográfica de Annie Ernaux, en un guion en el que vuelve a coescribir junto a Marcia Romano (una guionista que ha trabajado con cineastas tan importantes como Ozon, Emmanuel Bourdieu y Rebecca Zlotowksi, entre otros), y la colaboración de Anne Berest, que tiene en su filmografía a la directora Valérie Donzelli.

Desde sus primeras imágenes, con el aspecto de 1:37, ese formato cuadrado y asfixiante, en el que no solo encaja al personaje en su interior, sino que asistiremos a su peculiar vía crucis siempre desde su mirada, su cuerpo, y su alma, siguiéndola a todas partes, sufriendo y maldiciendo con ella, en una carrera contrarreloj, como nos irá marcando, a modo de diario, las semanas de embarazo que van cayendo como una losa en los tres meses en los que encajona la película. Aunque la atmósfera de la historia nos remite a aquellos años sesenta en Francia, la película huye de la recreación histórica al uso, porque lo que pretende y consigue es hacer un retrato de todas las mujeres que, en algún momento de sus existencias, han querido abortar y las leyes no se le permitían. La cinematografía de Laurent Tangy construye un relato angustiante y lleno de terror, en un marco de thriller psicológico, donde la tensión y el dolor van en un impresionante in crescendo, con esa cámara que sigue, amordaza y escruta a la protagonista, generando ese miedo ante el abismo que persigue continuamente a Anne.

El magnífico montaje de Géraldine Mangenet (de la que hemos visto las interesantes Porto, de Gabe Klinger, y Mi hija, mi hermana, de Thomas Bidegain), actúa como un ejercicio cortante, abrupto y frío, recurriendo a unos impresionantes planos secuencia para mostrar con toda su crudeza todos los momentos hardcore de la película. El grandísimo trabajo con la música, que firman los talentosos hermanos Evgeni y Sacha Galperine (que tienen en su trayectoria a nombres ilustres como Farhadi, Ozon, Zvyagintsev y Jan Komasa, entre otros), consiguen una banda sonora diferente, que actúa como la respiración del personaje, situándonos en un mosaico de sonidos  y silencios, que duelen y rasgan la existencia de la joven Anne, con los que sentimos con el personaje todo lo que le ocurre, porque los espectadores somos los únicos que conocemos todo el drama que vive, o mejor dicho, que sufre. El acontecimiento huye de la típica película de denuncia, no en el sentido literal de la palabra, sino que nos pone en el interior de una mujer que ve su vida acabada con un embarazo que no desea, que le rompe la vida y sobre todo, el futuro.

Anne es una mujer que hará lo imposible, poniendo su vida en serio peligro, intentando por todos los medios a su alcance de parar el embarazo. La luz de la película se irá ensombreciendo a medida que avance en su particular descenso a los infiernos, rodeado de esa mentalidad conservadora de entonces, con esos médicos que se niegan a ayudarla, esos hombres amigos que o se desentienden del problema o quieren aprovecharse de él, y esas amigas más pendientes de perder la virginidad que otra cosa, que hablan de todas sus cosas, pero obvian las más importantes, o los padres de Anne, orgullosos de su hija y ella, muerta de miedo, sin saber qué hacer, guarda silencio, por toda la vergüenza, el miedo y la falta de información. Un plantel artístico maravilloso arrancando por los intérpretes más experimentados como la inolvidable Sandrine Bonnaire (que nunca la olvidaremos por sus trabajos con Pialat y Varda), como la madre de la protagonista, tan provinciana ella, y Anne Mouglais, la femme fatale de Romanzo criminale, entre otras, en un personaje importante en la trama que mejor no desvelar.

Los protagonistas jóvenes, todos estudiantes, tan felices ellos y ellas, con ganas de bailar rock y beber coca-colas, y deseosos de echar unos cuantos polvos con el chico o la chica más guapos o guapas de la pista, alejados del drama de Anne y alejados de todos los dramas en los que pueden verse inmersos. Tenemos a Kacey Mottet Klein como Jean, un amigo fiel, pero también, con esa mentalidad tan machista y sus dos amigas del alma, como Louise Orry-Diquéro en Brigitte, la rubia que lo sabe todo del sexo y todavía no lo ha hecho, o eso dice ella, al igual que la callada Luàna Bajrami que hace de Hélène. Para el personaje protagonista, nos encontramos con la grandísima presencia y composición de Anamaria Vartolomei, que muchos recordamos por ser una de las jóvenes alumnas de Manual de la buena esposa, y en Cambio de reinas. Su Anne es un persona complejo, una joven que lleva la terrible desgracia de su embarazo en silencio, en su camino tortuoso enfrentándose a una realidad dramática para ella, donde todo se pone en su contra, donde todo se vuelve una quimera, pero demostrando su resistencia, su coraje y su valor.

El acontecimiento es una película apabullante y brutal, donde brilla su implacable honestidad, su transparencia. No quiere ser una película de buenos y malos, sino retratar un período de aquella Francia que se enorgullecía de libertad y otras cosas, pero que en realidad nada de eso se materializaba, y las jóvenes con deseos de experimentar, porque la película habla de la confrontación entre el deseo y la realidad, entre descubrir el sexo y luego, enfrentarse a un embarazo no deseado y las barreras habidas y por haber que significaba abortar y enfrentarse a la cárcel, un sin sentido y una liberación, esta vez sí, para todas las mujeres que llegó en 1975, con la ley “Loi Veil”, que despenalizaba el aborto en Francia, así que hasta entonces cuantas Anne se vieron sometidas a semejante drama en sus vidas, y cuántas se ven en la misma tesitura en tantos países que todavía son perseguidas. Cuanto camino queda por recorrer y sobre todo, cuanto camino queda para que seamos humanos de verdad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Manual de la buena esposa, de Martin Provost

MUJERES LIBRES.

“Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”.

Emily Dickinson

Hasta el año 1977, la Sección Femenina, encabezada por Pilar Primo de Rivera, educó y adiestró a cientos de miles de mujeres en la España franquista, reivindicando un modelo de mujer esposa y madre, obediente, educada y sobre todo, sumisa al hombre. En Francia, también funcionaron este tipo de instituciones contra la libertad de la mujer, las llamadas “Escuelas de economía doméstica”, centros en los que mujeres de origen humilde y campesinado en su mayoría, recibían instrucción de cómo ser una buena esposa, bajo un estricto control moral y religioso. En Manuel de la buena esposa conocemos una de estas escuelas tradicionalistas y muy conservadoras, una ubicada en Alsacia-Mosela, en la frontera con Alemania, durante el curso de 1967-68, tiempo de cambios, de reformas y libertad. El director Martin Provost (Brest, Francia, 1957), del que habíamos visto las estimables Séraphine (2008), sobre la sencilla y peculiar vida de la pintora Séraphie de Senlis, Violette (2013), sobre la sincera amistad de Violette Leduc y Simone de Beauvoir, o Dos mujeres (2017) que se adentraba en el reencuentro entre una comadrona y la amante de su difunto padre. Relatos sobre mujeres de carácter, libres y humildes, relatos para todos los públicos, donde se reivindica la necesidad de contar historias de mujeres fuertes y resistentes, y enfrentadas a sus circunstancias.

En su nuevo trabajo, Provst, que coescribe el guion con Séverine Werba, capitanea su relato a través de Paulette Van Der Beck, que protagoniza con sabiduría y cercanía una grandísima Juliette Binoche, que siempre está brillante. Paulette es una de esas mujeres que hizo lo que debía y no lo que sentía, que se casó con Robert y ahora lleva la dirección de la escuela. Con la muerte del muermo y salido de su esposo, empieza tanto su liberación personal, a raíz de André Grunvald (fantástico el actor Edouard Baer, poniendo ese contrapunto masculino al relato), un antiguo amante que llegó tarde de la guerra, y la liberación social, que se avecina en la Francia del revolucionario 1968. A su lado, dos mujeres más, la hermana Marie Thérèse (interpretada por una desatada Noémie Lvovsky), que representa la ejecución de esa moral cristiana sobre las mujeres, con ordeno y mando por bandera, y Gilbert, la cuñada de Paulette, la maestra de la cocina, muy reservada y enamorada en secreto de los hombres que la rechazan, que hace una grandiosa Yolande Moreau, actriz fetiche del director.

En la otra parte de la cancha, encontramos a las alumnas, un buen ramillete de jovencitas con esos aires de cambio, como ese maravilloso momento donde bailan desatadas la canción de moda, encabezadas por Annie (Marie Zabulkovec), la más lanzada y liberal con los hombres, Albane (Anamaria Vartolomei) y Corinne (Pauline Briand), que descubrirán que su relación va más allá de la amistad y sueñan con una vida en común en la bohemia de París, y finalmente, Yvette (Lily Taïeb), más apocada y callada, que quiere liberarse de un matrimonio forzado. Provost nos cuenta la cotidianidad de las clases, con sus conflictos propios de una escuela que inculca sometimiento y cadenas a las mujeres, mientras que, en la Francia de entonces, los cambios sociales, y sobre todo, relacionados con las mujeres están cambiando a pasos agigantados. La mezcla de comedia disparatada, con sus momentos “Slapstick”, sus momentos irreverentes y chocantes entre maestras y alumnas, o esos momentos delicados en los que vamos conociendo mucho más los sentimientos que ocultan los diferentes personajes, en los que su trabajo difiere mucho con su intimidad.

La comedia se mezcla con el melodrama, un melodrama femenino, íntimo y singular, donde cada mujer tiene sus motivos para romper las cadenas, ponerse de pie y abrazar otra vida, más libre, más suya, y sobre todo, mirándose al espejo de frente, y relacionarse con los hombres de otra manera, más humana y por igual. Cuanto más se desata y más loca se vuelve la película, más divertida, comprometida y estupenda se vuelve, como ese extraordinario momento con Paulette y André lanzados a correr y jugar por el prado, solos y sin miradas indiscretas, y sobre todo, sin la moral impuesta, se sienten vivos y libres después de muchísimos años, o ese momento completamente hilarante con el equipo de televisión grabando las buena moral de la escuela. Provost ha construido una película de sentimientos y también, de actrices, como sus trabajos anteriores, donde el relato adquiere toda su fuerza y energía por el magnífico trabajo interpretativo de las actrices en cuestión, generando ese espacio donde intérprete e historia casan a la perfección y donde todo gira hacia donde se desea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA