Entrevista a Carolina Yuste, actriz de la película «Saben aquell», de David Trueba, en la terraza del Hotel Zenit en Barcelona, el lunes 23 de octubre de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carolina Yuste, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Gerard Jofra, hijo del humorista Eugenio y autor de las novelas «Eugenio» y «Saben aquell que diu», sobre la película «Saben aquell», de David Trueba, en la terraza del Hotel Zenit en Barcelona, el lunes 23 de octubre de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gerard Jofra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El odio es muy fácil. El amor requiere de valentía”.
Hannah Harrington
La primera imagen que vemos de la película es la de Antek, su protagonista, un joven polaco de sólo 20 años, tallando con un hacha una cruz en un árbol con mucho esfuerzo y sudando la gota gorda, rodeado de un grupo de amigos. Inmediatamente después, el grupo rodea la citada cruz y siguiendo a Antek, que ejerce de líder, comienzan a rezar de forma intensa y apasionada. La naturaleza y el grupo definen mucho la vida de Antek, que ha crecido en una familia de extrema derecha y muy religiosa. La existencia de Antek es eso y nada más, un círculo cerrado y vicioso, en la que también se incluyen actividades como pertenecer a “La Fraternidad”, donde celebran su cristianismo, su celibato, su homofobia y su Polonia blanca. La película Adiós, queridos haters, con el título original de Polish Prayers (traducido como “Oraciones polacas”), habla de la creciente religiosidad del país presidido por Andrzej Duda con su partido “Ley y Justicia”, que aboga por un país de derechas, conservador y tremendamente religioso, en el que no cabe otra forma de actividad e idea.
La directora Hanka Nobis (Bialystok, Polonia, 1990), que ha trabajado tanto en cine como en teatro, al lado de nombres como los de Jacek Poniedziatek, Anna Smolar, Pawel Lozinski, Markus Ohrn, entre otros, debuta en el largometraje con el documental Adiós, queridos haters, que no es un retrato al uso, sino que va más allá, porque habla de Antek, alguien atrapado en su familia y la fraternidad de amigos, explica la existencia de alguien que nunca ha juzgado a los suyos, ni se ha planteado otra cosa que seguir el camino marcado sin cuestionarlo. Pero, he aquí la cuestión, Antek conoce a una chica de la que se enamora, una mujer que es diferente a él, alguien que respeta a los demás y se plantea las cosas desde la reflexión profunda, intentando ser la persona que quiere ser y no dejándose influenciar por las ideas reaccionarias. La cineasta polaca demuestra una madurez y síntesis asombrosas, porque explica su película de forma sutil, sencilla y muy honesta, sin caer en las superficialidades, ni en los torpes juicios de otros y otras, en su relato hay verdad e intimidad, nada es baladí, todo se cuenta desde la firmeza de tener un material potente y muy incómodo, situando al espectador en el centro de la trama, mostrando lo que ocurre y no interviniendo más que lo necesario, sin guiar ni conducir al público, dejando que la audiencia mire, juzgue y sienta.
La cinematografía de Milosz Kasiura ayuda a crear esa atmósfera intensa y cargada por la que se mueve el joven protagonista, y sobre todo, cuando le asalta las dudas, las contradicciones y empieza a mearse en ese espejo donde ya no se reconoce, o también podríamos decir, en el espejo donde ve las oscuridades que todavía no se había atrevido a ver. Un montaje preciso y rítmico que firma el dúo Bigna Tomschin y Olivia Frey, lleva el relato por un universo donde abundan las sombras y los (des) encuentros nada complacientes en una película que se va a unos estupendos y poderosos 83 minutos de metraje. Nobis traza un retrato certero y lleno de fuerza de la Polonia actual, pero no lo hace desde el lado de la complacencia, sino desde el otro lado, desde el espacio de la maldad, el odio y el poder. Y no lo hace desde ese poder oculto de señores de traje que manejan el dinero y todo lo demás, sino lo que hace desde un joven soldado, un chaval de 20 años, que está posicionado y relaciones con ese odio atroz, pero tampoco se queda ahí, porque la película está concebida desde la verdad y la transparencia de un personaje que tiene dudas, que se plantea lo que nunca se había planteado, y desde la pausa y la tranquilidad.
La cineasta polaca sitúa la cámara y el encuadre desde la distancia perfecta en el que muestra sin juzgar, en la que enseña respetando la intimidad de la persona, con cercanía pero sin demasiado lejanía que distorsione para un lado o el otro la historia que quiere contarnos con veracidad y honestidad. Adiós, queridos haters, de Hanka Nobis, debería ser de obligada visión en todos los institutos del mundo consumista, para que los jóvenes pudiesen ser testigos y reflexionar sobre los valores de muchas personas de este continente llamado Europa, que en su teoría tiene buenas intenciones, pero en la práctica se mueve a partir de valores demasiado tradicionales y conservadores, que atentan contra la libertad de colectivos como los de LGTBIQ+ e inmigrantes y demás que abogan por un mundo más libre, democrático, y sobre todo, de verdad, todo aquellos valores con los que Europa soñó una vez y que a medida que ha ido avanzando el tiempo, poco a poco se han ido reduciendo en pos a la riqueza económica y el individualismo depredador, que acuñó hace poco David Trueba. En fin, vean la película y sobre todo, la recomienden, porque así su mensaje de amor y respeto llegará más lejos y con más fuerza, que ese es la idea de este cine, un cine que nos hable de lo que pasa y lo haga con seriedad, desde la verdad y con muchos puntos de vista y miradas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“¿El humor? No sé lo que es el humor. En realidad cualquier cosa graciosa, por ejemplo, una tragedia. Da igual”.
Buster Keaton
Desde que fuera uno de los guionistas de aquella delicia que fue Amo tu cama rica (1991), de Emilio Martínez-Lázaro, el humor ha sido una de los palos mayores en la carrera de David Trueba (Madrid, 1969), pero no un humor chabacano y grosero, de chiste fácil, nada de eso. El humor del menor de los Trueba es irónico, inteligente, socarrón y muy crítico, un humor azconiano, una forma de enfrentarse con risas a la tragedia de la vida. Fue con su segunda película, la injustamente vapuleada Obra maestra (2000), en la que ofrecía una visión dura y triste de la soledad del artista, y de aquellos otros, más bufones, que pretendían serlo. Con trece largometrajes, un buen puñado de series, novelas, ensayos y guiones para otros, encontramos tres ficciones basadas en personajes reales. La primera, Soldados de Salamina (2003), basada en la novela homónima de Javier Cercas que hablaba de la peripecia de Rafael Sánchez Mazas durante la Guerra Civil. Diez años después, llegó Vivir es fácil con los ojos cerrados, sobre la aventura de Antonio, un maestro de inglés que quería conocer a John Lennon en la España gris de los sesenta. Ahora, una década después, otra vez, llega otro personaje real, el humorista Eugenio (1941-2001), que se autodenominaba como “Intérprete de cuentos”, un hombre de humor que fue uno de los reyes de la risa en las décadas del ochenta y noventa.
El relato se centra en trece años, los que van del 1967 hasta 1980, el tiempo en que Eugenio Jofra dejó de ser joyero y se convirtió en un incipiente artista de la “Nova Cançó”, primero, y luego, en el genio que todos recordamos. A partir de una sublime y fidedigna reconstrucción de la época, llena de detalles, donde no hay nada que chirríe y exista ese decorado demasiado edulcorado y preciosista, en Saben aquell no hay nada de eso, sino todo lo contrario. El acertadísimo y revelador título de la película, que era la frase con la que Eugenio empezaba su repertorio, y el período elegido para contarnos la historia que narra, basada en los libros Eugenio y Saben aquell que diu, ambos de Gerard Jofra, primogénito del artista, apoyándose en un guion que firman Albert Espinosa, de sobra conocido por su faceta en el teatro, en la novela y en el cine, y el propio Trueba, en la que nos cuentan en aquella España grisácea y triste, como la que contaba Vivir es fácil… , pero ahora en Barcelona, en la que el joven veinteañero Eugenio conoce a Conchita, una joven que quiere hacerse un hueco en el mundo de la música con su guitarra y canciones. El amor los junta y empiezan a cantar con más dificultades que éxito.
La película profundiza en el hombre y en su faceta más íntima y desconocida, antes del fenómeno Eugenio, y lo hace desde la intimidad y la cotidianidad, sin sobresaltos ni estridencias argumentales, de forma lineal, con pausa y con atención, consiguiendo atraparnos a los espectadores a partir de una naturalidad y transparencia. Los que vimos el documental Eugenio (2018), de Jordi Rovira y Xavier Baig, ya sabíamos los pormenores de esos difíciles comienzos en el mundo del espectáculo, pero no entra en conflicto con Saben aquell, y no lo hace, porque la trama se mueve entre dos líneas bien definidas: la historia de amor de Eugenio y Conchita, y sus complicados caminos en el mundo de la cançó, y por otro lado, la historia del país que estaba a punto de el cambio, con la muerte del dictador y los primeros años de la democracia en aquella transición dura y compleja. En ese sentido, la película podría haberse llamado Conchita, como ocurría en Doctor Zhivago (1965), de David Lean, en que Lara, la mujer del citado matasanos, se convertía en la alma mater de la vida del protagonista. En Saben aquell, la cosa va por el mismo estilo, porque conocemos a Conchita, una mujer fuerte, valiente y enamorada, que creía en el talento de Eugenio, en su peculiar voz, que mezclaba el catalán y el castellano, en su don de gentes, y sobre todo, en el personaje de negro que creó, contando sus cuentos de forma tan peculiar, imperturbable, seria, su cubata, su tabaco y el gesto inconfundible, y sobre todo, el cariño que le profesó un público atónito con un tipo triste pero que les hacía reír a carcajadas.
Una luz claroscura que encuadra de forma precisa y a conciencia cada espacio y cada personaje, en un gran trabajo de cinematografía de Sergi Vilanova Claudín, que ha trabajado en documental, ficción con Calparsoro y Sánchez-Arévalo, y en series con Berto Romero. El brillante y rítmico montaje de Marta Velasco, una crack con más de cuarenta películas a sus espaldas con Jonás Trueba, Carlos Vermut y Fernando Trueba, entre otros, en la sexta colaboración con David. Y qué decir de la exquisita y envolvente música de una fenómena como la trompetista Andrea Motis, que ya compuso la banda sonora del documental El sueño de Sigena. Qué decir de su maravilloso reparto, muy heterogéneo que como es habitual en David, funciona muy bien sin alardes, con la mayor sencillez y cercanía posibles. Tenemos a Ramón Fontseré en el rol de dueño de la sala donde actúan los protagonistas, en su tercera película con Trueba, después de las citadas de personajes reales, Pedro Casablanc como manager de Eugenio, con esa fuerza y voz derrochante, Marina Salas es la hermana de Eugenio, Matilde Muñiz y Quimet Pla son los padres del artista, la bailaora Cristina Hoyos hace de madre de Conchita. Después nos encontramos con variados y sorprendentes cameos que van, por no desvelar todos, los de Ignacio Martínez de Pisón, Anna Alarcón, que ya estuvo en A este lado del mundo, Paco Plaza y Mónica Randall, que interpretan a figuras muy populares y a ellos mismos.
Hemos dejado para el final a los dos tótems de la película: un David Verdaguer en la piel de Eugenio, que no lo imita, es él, convenciendo sin abrir la boca, con ese gesto, esa ceja arriba y esa pose de la sombra del caballero de la triste figura, o alguno de esos personajes tan anodinos e invisibles que hacía el genial Keaton. Hace de alguien que tuvo que lidiar con su carácter extremadamente introvertido y gran timidez para contar sus cuentos. Verdaguer demuestra para que ellos que todavía lo dudaban, ser uno de los más grandes intérpretes de su tiempo, consiguiendo lo más difícil, ser el artista y sobre todo, el hombre triste que había detrás, con su seriedad, sus noches sin fin, sus ausencias, y sobre todo, su mundo interior que era todo lo contrario del personaje que tuvo que interpretar encima de un escenario. Para el personaje de Conchita, tenemos a Carolina Yuste, que es ella, sin poses ni imitaciones, con su belleza, frescura, inteligencia y encantadora, reflejando esa fuerza avasalladora que era, y que hizo no sólo a Eugenio, sino que domó a la fiera interior que era Eugeni Jofra Bafalluy y le sacó todo aquello que tenía, creyó en él, porque era una mujer que creía en el amor y en la felicidad de la persona que tenía al lado.
Por favor, no se fien si leen o escuchan por ahí que la película sobre Eugenio es así o asa, porque se estarán perdiendo una experiencia sumamente enriquecedora, porque Saben aquell, una de las mejores películas de David Trueba, con permiso de La buena vida, la mencionada Soldados de Salamina y Madrid 1987,es una obra que les habla desde la “verdad”, desde la misma verdad que mira al personaje y a la persona que se escondía tras las cortinas, o cuando acaba el show y se ponía a charlar, fumar y beber con sus allegados y demás. Y no sólo eso, también conocerán su entorno, su espacio más íntimo, su lado más invisible, y a Conchita, una mujer que fue clave en su vida y significó todo lo que fue y lo que es, en su maravillosa y envolvente historia de amor, de las de verdad, no las otras. Estamos frente a una película que es más que eso, es una parte de la crónica de nuestro país, de aquellos que nos hacían reír, que buena falta nos hacía y nos hace, y conocer lo que había detrás, un tipo que fue intérprete de cuentos, como decía él, muy a su pesar, como casi todas las cosas bonitas que nos suceden en la vida, por casualidad, y totalmente por azar, que conozcamos a alguien y todo cambie, y para siempre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda”.
Umberto Eco
El año pasado, también de la mano de Begin Again Films, se estrenó El rezador (2021), de Tito Jara. Una película que abordaba la extraña relación entre la familia de una niña con visiones de la Virgen María y un estafador que vendía fe. La película colombiana ponía de manifiesto la extrema devoción por la fe del país sudamericano. Nuevamente de Colombia, nos llega una película que también aborda la fe en Dios, pero ahora lo hace desde otros puntos de pista, en el que conoceremos a cuatro individuos que tienen formas muy peculiares de acercarse a Dios y a su fe. La cosa va sobre un predicador, el monseñor Andrés Tirado, que ha creado su propia iglesia, y en la que hace exorcismos, entre muchos de ellos, a Gladys Rodríguez, que cree estar poseída por un ser maligno. Por otra parte, tenemos a Edgar Kerval, un famoso ocultista ferviente admirador de Lucifer, que prepara la boda con su chico Rick Nekro, veinticinco años menor.
A medio camino entre el documental de retrato y testimonial, y la ficción en que prevalece el drama más íntimo y el terror psicológico, la segunda película de Alejandro Naranjo (Bogotá, Colombia, 1985), después del interesante documento La selva inflada (2015), donde abordaba el suicido de los jóvenes indígenas sometidos al materialismo del hombre blanco. Filmada con un detallista y denso blanco y negro, donde abundan las sombras y las figuras a contra luz, en un gran trabajo de cinematografía con formato 16:9, que firma el propio Naranjo, así como el montaje al que le acompaña el cineasta Omar Al Abdul Razzak, del que vimos hace poco la interesante Matar cangrejos, en un film muy pausado y complejo, en el que se aborda la cotidianidad sin estridencias ni esteticismos vacuos, en una trama que se va a los breves 70 minutos. Producida por el colectivo DirtyMacDocs, del que forma parte Alejandro Naranjo, el mencionado Razzak a través de Tourmalet Films, y Rodrigo Dimaté, están detrás de una producción independiente que hace un cine que mira a sus personajes de un modo humano y nada complaciente, escarbando sus necesidades, fortalezas y sobre todo, sus debilidades y sus posicionamientos respecto al amor.
La trama nos muestra a un cura que sobreprotege su entorno hasta límites difíciles de entender, abocado a una vida dedicada en exceso a sus feligreses que le piden ayuda, y a su familia, que acoge con demasiadas ataduras. Gladys Rodríguez es una mujer que todavía está anclada, muy a su pesar, a su divorcio, obsesionada con su ex, al que acusa de magia negra contra ella, y a una vida de sujeción de la que no puede liberarse, y por eso, le pide ayuda al Monseñor. Después están Edgar y Rick, que deben lidiar con su amor y las necesidades ocultistas de Edgar, y los conflictos de estar enamorado. Besos negros, acertado título que define muy bien el estado emocional de los cuatro individuos que protagonizan la película, se mueve a partir del tema del maligno, del Diablo, pero si nos detenemos y miramos con más profundidad a sus fascinantes imágenes, podemos reflexionar sobre el tema que sobrevuela por toda la película, y no es otro que el amor, su fragilidad, y sus múltiples formas y miradas de acercarse a él, o simplemente, sentirlo, que hay muchas maneras y quizás, ninguna la más acertada, porque cuando nos enamoramos, o creemos estar enamorados, que lleva consigo la necesidad imperiosa de sentirse de algo o alguien, lleva consigo una vulnerabilidad emocional asfixiante, nada bien gestionada, porque saca lo mejor, pero también lo peor de todos nosotros.
Seguramente, la misión más difícil de la existencia es saber amar con humanidad, respeto y dignidad, y sobre todo, aceptar ser amados o amadas, porque en eso también nos equivocamos con facilidad, porque queremos sentirnos amados, pero no de verdad y cómo mandan las circunstancias, sino como deseamos, que nos lleva a estar en conflicto con los demás y con nosotros mismos, desconociendo la verdadera naturaleza del amor y lo que significa amar y ser amado. Besos negros, de Alejandro Naranjo es una película seria y bien concebida, porque no alimenta falsas esperanzas, tanto en su contenido como en su forma, que huye del esteticismo y la falsa verdad, que tanto venden otros y otras, tiene ese blanco y negro, algo sucio, ínitmo y “real”, y me refiero a real a esa forma que mira sin manipular en exceso, como lo hacía películas como Agarrando pueblo (1977), de Luis Ospina y Carlos Mayolo, y La perdición de los hombres (2000), de Arturo Ripstein, en las que se mostraban unos hechos y unas circunstancias, pero desde la mirada del que observa con mimo y honestidad, sin caer en trampas moralistas ni ese positivismo de libro de autoayuda. Vean sin prejuicios ni discursos buenistas una película como Besos negros, de Alejandro Naranjo, porque caerán en todo aquello que la película escapa, en la mirada del que cree saber como deben vivir, relacionarse y sentir todos aquellos que piensan, viven y sienten diferente, no caigan en eso, por favor, miren, aprendan y sobre todo, sientan, lo que sea, peor con humildad, respeto y amor hacia los demás y a ustedes mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Ya me las arreglaré para encontrar también la felicidad. Como usted sabe, la felicidad es una fiesta movible». Pero si no amas, no puedes divertirte realmente».
De la novela Al otro lado del río y entre los árboles (1959), de Ernest Hemingway
Después del verano, llega la marabunta de estrenos. Un montón de películas que se estrenan cada semana a borbotones. Por un lado, es una gran noticia que lleguen a salas muchas películas. Pero, por otro, la gran cantidad dificulta tener el tiempo y la calma suficientes para ir descubriendo cine. La película Al otro lado del río y entre los árboles es una de esas cintas que no debería pasar desapercibida para espectadores ávidos de cine, y digo cine, porque aunque pudiera parecerlo, no es tan casual encontrarse con cine en las películas que se agolpan en los cines. La película tiene muchos elementos que la hacen diferente y muy interesante. Primero de todo, está basada en una novela de Ernest Hemingway (1899-1961), uno de los mayores escritores del siglo XX, publicada en 1950, que todavía estaba inédita en el cine, con un estupendo y detallista guion de Peter Flannery, que se ha fogueado en series como La cortesana y New Worlds, entre otras, y dirigida por Paula Ortiz (Zaragoza, 1979), una cineasta que ha demostrado en películas como De tu ventana a la mía (2011), y La novia (2015), basada en las Bodas de sangre, de Lorca, su gran capacidad para la narrativa y la forma, donde se aprecia una mirada sensible y profunda para explorar el deseo y la sensualidad femenina.
En esta película, una obra de encargo para Ortiz, el protagonista es el coronel Richard Cantwell, un cincuentón cansado, enfermo, envejecido y triste de tanta guerra inútil, hijo desaparecido y amores frustrados, que llega a la Venecia inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial a pasar un fin de semana con la idea de cazar patos. Allí, se encontrará con la condesa Renata Contarini, una bellísima joven de 19 años, prometida para salvar el nombre arruinado de su familia, que lo único que desea es vivir y amar en libertad. La inusual pareja caminará y hablará por las calles casi vacías de una Venecia depresiva, llena de brumas y algo desolada. Macarrones entre velas, bailes en la madrugada, paseos entre la niebla, visitas a conventos entre pinturas, y traslados en lancha por las aguas oscuras de una ciudad que está como aletargada, a la espera de algo o alguien. La película se mueve entre magníficos diálogos sobre la vida, o el final de ella, la muerte, la vejez, la estupidez de la guerra, y la nada, donde el amor parece el único consuelo, o quizás, la única cosa que, sin tener sentido, tiene todo el sentido en esas circunstancias tan especiales. La película está vertebrada por historias de amor imposibles como Casablanca (1942), de Curtiz, Breve encuentro (1945), de Lean, Carta de una desconocida (1948), de Ophüls, y Noches blancas (1957), de Visconti, las dos últimas adaptaciones de Zweig y Dostoievski. Relatos sobre el amor, sobre su imposibilidad, atados a las circunstancias, y sometidos al contexto en el que han nacido.
A través de una implacable y arrolladora cinematografía en blanco y negro, con el mejor aroma de los títulos anteriormente citados, de un grande como Javier Aguirresarobe, en el que prima el preciosista marco por el que se mueven estas dos almas, estos dos fantasmas sin rumbo ni destino, atrapados en esas noches sin fin, en ese encuentro que no pueden evitar por mucho que deseen, a pesar de todo y todos, y de Venecia, que los acoge, los desarbola y los desnuda tanto emocionalmente como fisícamente. Una Venecia diferente y enigmática, fantasmal y a la deriva, y nunca mejor dicho, que hacía tiempo que no la veíamos tan gótica, quizás desde aquella joya de El placer de los extraños (1990), de Schrader, de una novela de Ian McEwan y guion de Pinter, ahí es nada. Un montaje del dúo Stuart Baird, con más de medio centenar de títulos para directores como Ken Russell, Richard Donner, Fred Zinnemann, Tony Scott y Martin Campbell, entre otros, y Kate Baird, que la encontramos en series como Cristal oscuro y The Witcher, una pareja que ha colaborado en varios de los títulos mencionados. Una exquisita y pausada edición con un gran ritmo y equilibrio en sus 106 minutos de metraje, que ayuda a encuadrar a estas dos almas solitarias y enamoradas, deambulando como sonámbulos en una ciudad desierta y todavía compungida por el miedo de la guerra que todavía sigue muy abierto y cercano.
La deliciosa y suave música de Mark Tschanz, que ha trabajado Jane Campion y Edward James Olmos, entre otras, consigue ese estado de letargo por el que viaja toda la película, en una especie de sonata a hurtadillas, casi en silencio, a poco volumen, donde estos dos seres y los demás e inquietantes personajes pertenecen a una amalgama de sombras y existencias en suspenso y en un limbo en el que todo parece haber sucedido o quizás, sucederá, quién sabe. Un reparto bien escogido y que consigue credibilidad y mucha naturalidad empezando por un soberbio Liev Schreider como el coronel, un personaje que casa maravillosamente bien con el actor estadounidense, una fascinante y cautivadora Matilde De Angelis como la condesa rebelde, y luego, los satélites como Josh Hutcherson como Jackson, la sombra del coronel, Danny Huston como un capitán-padre del coronel, y finalmente, una bellísima y enérgica Laura Morante. Las más de la veintena de novelas adaptadas al cine, con títulos que han pasado la historia como Adiós a las armas (1932), de Borzage, Por quién doblan las campanas (1943), de Wood, Tener y no tener (1944), de Hawks, Forajidos (1946), de Siodmak, El viejo y el mar (1958), de Sturges, Código del hampa (1964), de Siegel, entre otras, a las que hay que añadir con todo merecimiento por sus valores a Al otro lado del río y entre los árboles porque recupera el aliento de aquel cine romántico y suspense de los años treinta y cuarenta, con amores imposibles, soldados o pistoleros cansados, porque el coronel podría ser uno de los cowboys que también retrató King en El pistolero en 1950, igual que hizo Peckinpah en Grupo Salvaje en 1969.
Estamos ante una película que recupera el cine romántico más clásico e imperecedero, pero no de forma ñoña y aburrida, sino todo lo contrario, con solidez, belleza y complejidad, a través de unos personajes inolvidables, pero muy rotos por dentro, muy perdidos y muy enamorados, que se mueven de aquí para allá, por una ciudad que huye sin contemplaciones de la imagen de postal, convirtiéndola en otro personaje, una especie de laberinto en que la noche se muestra atrayente e inquietante, en ese cruce de espejos de lo que somos y jamás volveremos a ser, ni nosotros ni el mundo que nos rodea. Una película para degustar sin prisas, recorriendo las calles y los callejones de esa Venecia fantasmal y oscura, acompañando a un viejo y enfermo coronel que habla de temas como la guerra, el amor y la muerte, que jalonan las novelas de Hemingway, junto a una joven condesa que quiere huir lejos de allí y no le importaría hacerlo con este soldado o lo que queda de él. Esos otros intérpretes que dan la réplica y ayudan a la pareja protagonista a ir y venir, y no saber qué. Que no les tire para atrás su largo y precioso título Al otro lado del río y entre los árboles, porque se estarán perdiendo una gran película, de esas que se saborean con entusiasmo y sin expectativas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos”.
Fernando Pessoa
De los cuatro largometrajes de Tomasz Wasilewski (Torun, Polonia, 1980), In a Bedroom (2013), la dura existencia de una prostituta que droga y roba a sus clientes, Rascacielos flotantes (2013), sobre la homosexualidad reprimida de una atleta que vive con su novia, y Estados Unidos del amor (2016), sobre cuatro mujeres que lidian con la represión sexual y los amores insatisfechos en la Polonia poscomunista de 1990, que estrenó Golem por estos lares. De la mano de Reverso Films volvemos a tener por nuestras pantallas un nuevo trabajo del cineasta polaco, Insensatos (Glupcy, del original polaco), que nuevamente sigue rastreando la psique humana a través de sus pasiones y deseos más ocultos, aquellos que anidan en su interior en silencio. Ya sea en el pasado o en la actualidad, los espacios de sus cuatro películas siguen respirando suciedad y asfixia moral, lugares feos y hostiles, grises y de extrema palidez, hurgando en esos tonos marrones, oscurecidos y nocturnos.
Con Insensatos, el cineasta polaco sigue explorando la condición humana a través de sus peculiares y certeros retratos femeninos en el ámbito doméstico, retratando situaciones familiares y domésticas complejas y muy difíciles, donde las relaciones son complicadas y sometidas a un pasado demasiado pesado, un pasado que en algún momento estallará como les ocurre a los dos protagonistas. Una pareja atípica y nada convencional como Marlena de 62 años y Tomasz, veinte años menos, con ese descriptivo arranque cuando los vemos practicando sexo en la cama y escuchando sus sonoros gemidos. Una pareja que vive su amor en un lugar desolado y alejado de todos y todo, en una casa en la costa encima de unas dunas, con el rugido constante del Mar Báltico. Esa vida apacible, monótona y tranquila, se verá fuertemente sacudida con la llegada a la casa de Nikolaj, el hijo moribundo de Marlena, que erosiona y de qué manera la convivencia de la pareja. Además, ese nuevo “huésped”, llega con la visita de Magda, también hija de la mujer, que evidenciará ese pasado que los ha distanciado.
A partir de una excelente cinematografía de un grande como el rumano Oleg Mutu, que ya trabajó con Wasilewski en Estados Unidos del amor, que tiene en su haber grandes títulos de la cinematografía rumana con nombres como los de Cristian Pugiu, Cristi Puiu, y el ucraniano Sergei Loznitsa, entre otros. A través de un inhabitual formato panorámico, la película cuece una luz que duele, que atraviesa a los personajes, entre esos claroscuros, en que el espacio los somete y agobia, contaminando cada lugar, cada mirada y cada gesto, en un relato en el que hay pocos diálogos, porque estos personajes, estos cuatros personajes hablan poco, porque todo lo que tienen en su interior es sumamente difícil expresarlo en palabras. Un estupendo y detallado montaje de Beata Walentowska, que estuvo en Estados Unidos del amor, y tiene en su amor a directores polacos tan prestigiosos como Piotr Dumala, mantiene de forma formidable la tensión y la violencia que existe entre estos cuatro personajes en una trama que se va casi a las dos horas de metraje a través de unos seres atravesados por un pasado traumático del que huyen y no tienen fuerzas para enfrentarse a él. Sin olvidar la producción de una clase como Ewa Puszczynska, que tiene en su haber las películas Ida y Cold War, ambas de Pawel Pawlikowki, El capitán, de Robert Schwentke y Quo Vadis, Aida?, de la bosnia Jasmila Zbanic.
Un magnífico cuarteto protagonista que imprime toda esa dureza y brutalidad que manifiestan en cada mirada, cada plano y cada encuadre. Encabezados por una sobresaliente Dorota Kolak en el papel de Marlena, una mujer que ama, que vive su amor con intensidad, tendrá que lidiar con todo lo que dejó en el pasado, y debatirse entre su amor y su hijo, y todo lo que ello comporta. Muchos la recordaréis por ser Renata, que se sentía fascinada por su vecina en la mencionada Estados Unidos del amor. Ahora, en Insensatos, el director polaco le ha brindado uno de esos personajes maduros y de verdad, un personaje que avanza y retrocede con mucha dignidad, sin querer ser aceptada, sólo amada. A su lado, nos encontramos con Lukasz Simlat como Tomasz, que mantiene un amor alejado de todos, un amor de verdad, íntimo y muy visceral. Un actor que hemos visto en películas de Malgorzata Szumowska y en la conocida Corpus Christi, de Jan Komasa, entre otros. El hijo moribundo, inmóvil y que no cesa de gritar, ya estuvo en In a Bedroom, al igual que Katarzyna Herman, también en Rascacielos flotantes, amén de trabajar con maestros como Zanussi y Agnieszka Holland, entre otras. Su Magda es una especie de fantasma, una mujer amargada, perdida y llena de ira. Y la presencia de Marta NieradKiewicz que hade de Iza, vecina y amiga, que fue actriz en Rascacielos flotantes y Estados Unidos del amor.
Insensatos es una película difícil en su complejidad emocional, porque nos habla de temas y elementos de los que no cuesta hablar, de los que duelen y nos alejan de los demás, por ese miedo de no enfrentarnos a lo que sentimos y al dolor que arrastramos. Su gran ventaja es que no deambula y construye una forma complicada ni mucho menos, porque la película se aposenta en una drama íntimo y sencillo, sin complicaciones y directo, con el mejor aroma de las películas del este que siempre nos han encantado, por su extrema sobriedad, su dureza en sus personajes, y en esas atmósferas tan inquietantes, más próximas a los cuentos de terror bien construidos, en que la diferencia con ese género que recurre a lo convencional y al susto fácil, en la película de Tomasz Wasilewski el terror sí que da miedo, porque lo cotidiano se torna una prisión agobiante de resentimiento e insatisfacción, donde sus personajes callan pero cargan con sus traumas, con sus silencios pesados y unas cargas emocionales que arrastran como pueden en ese devenir cotidiano e inquietante en el que transitan diariamente. Vayan a ver Insensatos porque no se van a encontrar la típica película de tensiones familiares, sino una de tensiones familiares de verdad, de las que quizás hayan vivido o conocen de cerca o por amigos o por otros, porque si una cosa tiene la familia es que muchas se parecen, y lo que ocurre en su seno, es el reflejo de lo que nos pasa a muchos o nos pasará. Decidan ustedes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Los payasos son los primeros y más antiguos contestatarios, y es una lástima que estén destinados a desaparecer ante el acoso de la civilización tecnológica. No sólo desaparece un micro universo fascinante, sino una forma de vida, una concepción del mundo, un capítulo de la historia de la civilización”.
Federico Fellini
El jueves pasado tuve la oportunidad de mantener una entrevista con el investigador y cineasta Érik Bullot con motivo de la exposición “Cine Imaginario”, que se puede visionar y soñar en la Filmoteca de Barcelona. Le pregunté: ¿Qué es el cine?, en relación al ensayo de Bazin que se publicó en los cincuenta. Me miró fijamente y me dijo: Más que preguntarnos ¿Qué es el cine?. En estos momentos, la pregunta sería: ¿Dónde está el cine?. A esta cuestión, el cineasta Nanni Moretti (Brunico, Italia, 1953), apostaría por la reflexión de Bullot y nos expresaría que el cine está dentro de nosotros, en ese espacio sólo nuestro donde evocamos nuestros sueños, nuestra imaginación y sobre todo, nuestra vida pasada por el filtro del cine, porque la vida mirada desde la ficción se ve de otra forma, más ordenada, más clara y mejor concebida.
La filmografía del italiano que abarca casi la cuarentena de títulos que podríamos categorizar, perdonen por la palabra, a partir de tres bloques. En el primero están todas esas películas que hablan sobre cine y cineastas como su debut Io sono un autarchico (1976), Sogni d’oro (1981), después nos tendríamos en esos documentos donde el director reflexiona sobre política como La cosa (1990), Santiago, Italia (2018), y luego, todos sus dramas ambientados en la familia como Ecce Bombo (1978), La habitación del hijo (2001), Mia Madre (2015), Tres pisos (2018), y todos esos dramas, también, con mucha sorna, que dedicó a Berlusconi con El caimán (2006), y a la Santa Sede en Habemus Papam (2011). Mención aparte tienen ese par de maravillas como Caro Diario (1993), y Abril (1998), en la que el propio Moretti se quita prejuicios y convencionalismos y ataca y se ataca hablándonos sobre el cine, las gentes del cine, la política, el pasado y todo lo que se le va ocurriendo, donde hay mucha música, bailes y de todo. La habilidad natural del director azzurro para hablar de temas serios como el amor, la familia y la política, siempre dentro de un relato en el que el humor, la crítica y la sorna hacia uno mismo consiguen que su cine sea una alegría, una forma de vida y una manera de enfrentarse a los avatares oscuros de la existencia.
En su último filme, El sol del futuro, escrito a cuatro manos por Francesca Marciano, sus cómplices Federica Pontremoli y Valia Santella y el propio Moretti, el cineasta italiano vuelve a lo que más le gusta. A esa comedia de aquí y ahora, pero con todo lo que ha sido y es su cine, con su tono tan bufonesco y libre. Él mismo interpreta a un director de cine que está haciendo una película ambientada en un barrio comunista de la periferia romana, ese lugar que tanto adoraba Pasolini, filmado en los míticos Cinecittá, en el año 1956 con la llegada de un circo húngaro, con el aura felliniana en todo su esplendor. Toda esa armonía y felicidad se truncará con la invasión soviética de Hungría. Ahí, se creará una división entre los partidarios del Partido Comunista Italiano y su líder, y los dirigentes. Mientras, la vida de Giovanni, el director, también se viene abajo, porque su mujer, Paola, que ha producido todas sus películas, quiere divorciarse, y para más inri, está produciendo una de esas películas de acción sin nada y sin alma. La vida y la ficción de Giovanni se mezclan de tal manera que el director como vía de escape, esa idea del cine de refugio, imagina dos películas, en una, un nadador vuelve a casa visitando las piscinas de las personas de su vida, y en otra, una musical con historia de amor.
Moretti tiene la capacidad de cambiar de registro, de tono, incluso de textura, en la misma secuencia o plano, en la que todo encaja, nada es artificioso y tramposo, sino que forma de un todo y de una naturalidad aplastante en la que él sabe que todo va a funcionar, en la que vemos secuencias poéticas como ese paseo en patinete con el director y el extraño productor francés en bancarrota, o el baile, mejor no hablemos del baile, por respecto a los espectadores que todavía no la han visto. Momentos Buster Keaton como esa cena con el novio de su hija, o hilarantes como la entrevista con los de Netflix, tan real como triste en estos tiempos, el aspecto moral de la última secuencia de la película que produce su mujer o no. Y muchos más que mejor no desvelar. El aspecto técnico luce con naturalidad, transparencia e intimidad, parece fácil, pero no lo es. Con la cinematografía de Michel D’Attanasio, con él hizo Tres pisos, y hemos visto la reciente Ti mangio il cuore. La complicidad de dos amigos de viaje como el montaje de Clelio Benevento, seis películas con Moretti y la música de Franco Piersanti, diez películas juntos. La parte actoral también está llena de rostros conocidos para el director transalpino como Margherita Buy, siete películas juntos, es la paciente o no Paola, que aguanta carros y carretas de las crisis y salidas de tono de Giovanni, Silvio Orlando con ocho títulos con Moretti, da vida a Ennio, el actor que hace de líder comunista entre la espada y la pared, entre sus principios y su corazón, al que pertenece Vera que interpreta Barbora Bobulova, y no olvidemos al productor al que da vida Mathieu Amalric, entre otros.
Ojalá mucho cine de ahora tomará la idea y la reflexión que tiene El sol del futuro, de Moretti, porque sin pretenderlo o quizás, si, nos habla de cine, de la vida, de que somos, y qué recordamos, y todo en una atmósfera de felicidad, de alegría, de baile,y oscuridad, que también la hay. De jugar al balón, de quitarse tanta mierda, y perdonen por el término, que nos arrojan y arrojamos diariamente en esta sociedad abocada a la hipnosis tecnológica donde mucho cine lo hacen máquinas, o mucho peor, personas que han dejado de serlo. Moretti aboga por el cine, por ese maravilloso y extraño proceso de hacer y construir películas, de hablar con los intérpretes cuando tú quieres hacer cine político y quizás, estés haciendo una sensible historia de amor. El cine como refugio para mirar el pasado, a esas tradiciones de y sobre el cine, de ver películas de antes qué son las de siempre, las que continúan emocionándonos y haciéndonos reflexionar sobre el tiempo, la vida, el propio cine, y demás, porque El sol del futuro nos previene qué el futuro se hace y se vive ahora, alejándonos de la tecnología imperante, esos productores o digamos, ejecutivos de finanzas, que imponen sus criterios y su cine o algo que se le parezca. Sigamos defendiendo el cine, ese espacio que continúe alegrándonos la vida o lo que quede de ella. Porque volviendo a la pregunta del inicio, el cine está, en nuestro interior, en esos sueños dormidos y vividos que nos acompañarán a lo largo de nuestra vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Carlos Cuevas, Anna Moliner y Vicente Villanueva, intérpretes y director de la película «La ternura», en los Cines Kinépolis en Cornellà de Llobregat, el lunes 16 de septiembre de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Cuevas, Anna Moliner y Vicente Villanueva, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Judit Huguet de Intèrmedia Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La raíz de todas las pasiones es el amor. De él nace la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación”.
Lope de Vega (1562-1635)
La filmografía de Vicente Villanueva (Valencia, 1970), siempre se ha movido dentro de una comedia romántica al uso, películas-producto producidas para el gran público con el fin de romper taquillas. Unas más conseguidas que otras, entre las que destacan Toc Toc (2017), y Sevillanas de Brooklyn (2021), de los cinco largometrajes que ha dirigido. Con su sexo largometraje, La ternura, que adapta la pieza teatral homónima de Alfredo Sanzol, representada con grandísimo éxito, la carrera del director valenciano entra en otro campo. Un espacio donde la comedia sigue siendo el vehículo, pero deja el chiste fácil y el enredo convencional, para adentrarse en otras latitudes de comedia inteligente, es decir, una comedia que evoca a grandes nombres como los de Shakespeare, quedan evidentes sus resonancias a obras como La tempestad, Sueño de una noche de verano, y Mucho ruido y pocas nueces, entre otras, donde se introduce la fantasía con la magia de esa Reina Esmeralda que guarda mucho parecido a la Reina de Corazones de Alicia en el país de las maravillas, de Carroll, con ese aroma a aquel Hollywood clásico con aquellos queridos fantasmas de las películas de Lean, Clair y Mankiewicz, entre otros.
Estamos frente a una deliciosa y entretenidísima aventura amorosa donde hay cabida para todo tipo de elementos y situaciones como el drama, el slapstick, las aventuras con isla de volcán por medio, rica metáfora, los enredos, los inequívocos, la guerra de sexos, el travestismo, la identidad, el género, incluso, el terror y mucho más. Villanueva trata con mesura y gracia un texto potente e inteligente, llevándolo a un terreno alejado a lo convencional, mezclando texturas, fondos y argumento, que parecía que no iba a funcionar, pero todo lo contrario, porque consigue una historia llena de intensidad, ritmo y mucho amor, el de todo tipo, incluso el más inesperado y extraño. La ternura funciona como un excelente cruce entre la comedia-producto con algo más, con esa trama que nos divierte, pero no sólo eso, sino que nos hace reflexionar, sobre todo, en nosotros y cómo nos relacionamos en las relaciones personales. En definitiva, en lo mal que lo hacemos con los demás y con nosotros, en todas nuestras torpezas, vilezas y demás desastres, unas actitudes provocadas por el miedo constante y esa búsqueda incapaz e impaciente del amor, sea como sea, y al precio que sea, en fin, un desvarío y una tragedia, porque es el amor el que muere ante tanta idiotez y superficialidad.
Una película con un gran esfuerzo de producción que les ha llevado a rodar en las Islas Canarias y la República Dominicana, que casan a la perfección en ese lugar en el que todo puede ocurrir, con ese volcán amenazante, esas flores difíciles de conseguir para fabricar pócimas que encanten a los demás… Con la gran cinematografía de Luis Ángel Pérez, del que le debemos su gran trabajo en El crack cero (2019), de Garcí, que empezó en los cortometrajes de Villanueva como La rubia de Pinos Puente (2009), y ha realizado con él la mencionada Sevillanas de Brooklyn y El Juego de las llaves. El estupendo montaje de José Manuel Jiménez, que ha trabajado en películas de Achero Mañas, Miguel Ángel Vivas, Isabel Ayguavives, entre otras. Y especialmente, la extraordinaria música de un grande como Fernando Velázquez, con más del centenar de títulos en su filmografía, al lado de Bayona, Guillermo del Toro, Wim Wenders, Koldo Serra, Oriol Paulo, y muchos más. Su trabajo en la composición es de una gran belleza con una música llena de matices, colores y apabullante que ayuda a crear esa madeja de sentimientos y emociones que hay en la película.
Otro de los grandes aciertos de la película es su reparto. Un elenco que brilla con intensidad y funciona a las mil maravillas, porque junta a dos titanes como Emma Suárez como la Reina Madre, un personaje que no está muy lejos en su vis cómica de Diana, la condesa de Belflor en la maravillosa El perro del hortelano (1996), de Pilar Miró, basada en una pieza del mencionado Lope de Vega, del que La ternura también se nutre con esa intensa mezcla de comedia y drama amoroso que funciona con brío y gran elocuencia, con ese verso que se integra con naturalidad en la cotidianidad de la isla, de estas seis almas en busca del amor o de sí mismos, y sobre todo, de ese lugar en el mundo que todos nos encantaría encontrar. Le acompaña un partenaire magnífico, un Gonzalo de Castro como Leñador Marrón, en su salsa, ya sea como padre o como enemigo de las mujeres, cuánta perorata sale de sus labios cuando habla de las féminas, todo un caso. Sus hijos son Fernando Guallar como el Leñador Verdemar, el mayor, el que sigue a pies juntillas las proclamas y deseos paternos, aunque no los crea. Y el pequeño, el Leñador Azulcielo en la piel de un desatado y estupendo Carlos Cuevas, el ignorante y engañado. Al otro lado, o quizás sea mejor decir, al lado o encima o debajo de ellos, las hijas de la Reina, que escapan de un destino odiado y acaban en la isla, que vaya isla para acabar. Tenemos a Alexandra Jiménez como la Princesa Rubí, una actriz que se desenvuelve muy bien en la comedia, y en los enredos y mentiras, y junto a ella, Anna Moliner, la pequeña Princesa Salmón, una actriz que baila y canta, como deja bien claro en el maravilloso número musical en el que se lucen en la playa la Reina y sus hijas, ahí es nada.
Seis personas en busca del amor o en enamorarse, que no es lo mismo, aunque lo parezca. Seis náufragos perdidos por convicción que aún se perderán mucho más cuando sepan que no están solos, porque la compañía los desbarata y de qué manera. Seis personajes no en busca de autor, como mencionaba Pirandello, sino en busca de una salida a sus desgracias, aunque quizás, y todavía no lo saben, con este encuentro fortuito, porque ellos huyen a la isla para olvidar a las mujeres, y ellas, huyen por el mismo problema, pero con hombres. Un encuentro desafortunado que tendrá de todo, con el amor de por medio, un amor de verdad, un amor inesperado que nos revuelve y de qué manera y aún más, no sabemos el porqué, esa racionalidad que siempre nos aleja de la emoción y el sentimiento que vivimos. Quizás estamos ante la mejor película de Vicente Villanueva, juzguen ustedes, al que suscribe le ha interesado y gustado mucho, porque se deja de lo esperado y nos habla de esas torpezas, miedos y tonterías que hacemos cuando nos enamoramos o cuando creemos que hemos encontrado a alguien que sí. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA