En la sombra, de Fatih Akin

LA MUJER HERIDA.

La vida familiar de Katja, una mujer alemana que vive junto a su marido (ex convicto turco por tráfico de drogas) e hijo, se ve trágicamente interrumpidas por un atentado terrorista que acaba con las vidas de su esposo e hijo. Inmediatamente son detenidos los responsables de la matanza y llevados ante un tribunal. Después de un par de comedias, más o menos interesantes, y el drama armenio que fue El padre. El nuevo trabajo de Fatih Akin (Hamburgo, Alemania, 1973) vuelve a moverse por los marcos de su cine anterior, donde la conexión germano-turco preside casi la totalidad de su cinematografía (recordando el origen turco de sus padres) un cine entre el documental (en el que ha retratado sus orígenes familiares turcos o la efervescencia musical turca) y la ficción, en la que siempre parece encaminarse por el fatalismo y la tragedia, a través de unos retratos duros, ásperos y sucios, donde sus personajes se mueven entre los márgenes o en ocasiones, los trasgreden, fábulas modernas en el que se respira los conflictos derivados a la inmigración, la identidad, el arraigo, y demás, en el que las relaciones que se establecen entre sus criaturas suelen moverse a través de unas emociones a flor de piel, donde el drama íntimo y personal los lleva a sobrevivir en situaciones complicadas y extremadamente difíciles.

Ahora, nos presenta a Katja, una mujer que ha construido una vida convencional y sana, y que un día, sin tiempo para digerirlo, su vida se va al garete y le arrebatan los dos seres que más ama. A partir de ese instante, la vida de Katja, por llamarla de algún modo, se mueve por otros derroteros y el dolor y sus múltiples capas invaden su vida y su existencia. Akin desestructura su película en tres tiempos, en el primero, conocemos a la familia, en el segundo, nos instala en una sala de juicios donde se lleva a cabo el procedimiento, y finalmente, nos lleva al mar de Grecia, donde se resolverá el entuerto. El cineasta turco-alemán se inspira en los casos reales que se produjeron en Alemania, cuando unos grupos neonazis perpetraron una serie de atentados contra las comunidades inmigrantes, a partir de esa premisa real, Akin profundiza en el interior de una mujer herida, una mujer rota por el dolor, que sólo existe para que se haga justicia, que haya una reparación legal que mitigue su inmenso e inabarcable dolor.

La película navega por toda la radiografía del dolor de Katja, focalizando toda la cinta en la mirada dura y triste de Diane Kruger, y pasando por diferentes capas en la película, arrancando con un drama íntimo y familiar, que derivará al thriller judicial, para finalmente, adentrarse en el thriller más puro y frenético, donde la investigación y la acción formarán la parte final del filme. Akin, de la mano de su cinematógrafo habitual, Rainer Klausman, consigue profundizar de un modo directo y naturalista, al alma de esta criatura desdichada y rota por el dolor, pero, en su caso, el dolor no la paraliza, sino todo lo contrario, la convierte en una especie de justiciera nata, que si bien la justicia, con su maldita burocracia y tecnicismos estúpidos, no conseguirá calmar su sed de venganza, ella tomará cartas en el asunto y emprenderá su camino, alejado de todos y todo. La inmensa y magnífica interpretación de Diana Kruger (que aunque nacida en Alemania, ha desarrollado una carrea internacional muy interesante, sobre todo, en Francia y EE.UU.) es uno de los grandes aciertos de Akin, que construye un personaje profundamente humano, con sus complejidades y contradicciones, en el que la composición de Kruge, en uno de sus mejores trabajos, por no decir el mejor, apoyado en sus mirada e ínfimos detalles, en los que logra transmitir toda ese dolor latente, tanto físico como emocional.

El realizador alemán construye una fábula moral, donde asistimos a posiciones complejas y actitudes de la protagonista que pueden derivar en ilegales, actividades que nos hacen preguntarnos por la situación que atraviesa, e interpelar directamente a los espectadores, en una película que aborda temas candentes como la magnitud de nuestros principios morales y sociales, los mecanismos oscuros y profundos del dolor, y hasta qué punto seríamos capaces de confiar en la justicia, y más cuando nos es adversa, que sentiríamos y luego, que seríamos capaces para hacer justicia, no legal, sino humana. Katja es una mujer valiente y fuerte, que el dolor la empuja a seguir, cueste lo que cueste, y pase lo que pase, porque quizás en su situación, nosotros seríamos capaces de llegar tan lejos como ella, o quizás no, aunque la película de Akin se sumerge en esas contradicciones del alma humana, y lo hace de forma brillante y acertada, provocando la incomodidad y el debate, porque el cine es una excelente herramienta para abrir heridas que vivimos diariamente en las sociedades modernas, y debatir sobre los métodos, tanto legales como personales, que tanto unos como otros, tarde o temprano, salen a relucir.

 

Olvídate de Nick, de Margarethe von Trotta

LA EXTRAÑA PAREJA.

Una alocada chica de la alta sociedad estadounidense participa en un estúpido juego que consiste en recoger deshechos de la ciudad. En la periferia encuentra a Godfrey, un vagabundo irónico e inteligente que acaba convirtiéndose en el mayordomo de la casa familiar, el elemento ajeno que destapará las miserias, prejuicios e hipocresía instalada en el hogar burgués. Este argumento pertenece a la película Al servicio de las damas, de Gregory La Cava, producida en 1936. Aunque, parte de él, podría ser la trama de la nueva película de Margarethe von Trotta (Berlín, Alemania, 1942) con la que comparte ese elemento ajena que se introducirá en el hogar para trastocarlo todo, ya que  por circunstancias ajenas que escapan del incierto destino, dos mujeres, muy diferentes entre sí, que tienen en común el mismo ex, deberán compartir un ático lujoso del centro de New York. El título número 17 en la filmografía de von Trotta vuelve a reunirla junto a una de sus guionistas habituales Pamela Katz y la productora Bettina Brokemper, que después de Hannah Arendt (2012) se conjugaron para volver a trabajar pero alejadas del drama, yéndose al otro extremo, a la comedia sofisticada, pero como suele ocurrir en el cine de la berlinesa, en el que sus personajes femeninos, complejos y de carácter, se ven enfrentados a situaciones ajenas que las llevan a posicionarse en lugares que ni imaginaban, donde existe una vinculación entre los hechos del presente con el pasado.

Ahora, nos muestra dos mundos opuestos, el de Jade, que acaba de ser abandonada por Nick por una modelo muchísimo más joven (exmodelo, independiente y profesional, vestida de blanco y negro, que vive rodeada de lujos, y ha abrazado el estilo de vida estadounidense a pesar de ser extranjera) y de Maria, la primera mujer de Nick y madre de su hija (la antítesis de Jade, liberal, madre divorciada, sencilla, que viste de colores, y que no ha perdido sus raíces germánicas aunque viva en EE.UU.). Y el tercero en cuestión será Nick (adinerado y Don Juan) que aunque no físicamente, estará presente durante todo el metraje. Después de El mundo abandonado (2015) en el que la directora alemana seguía las evoluciones del reencuentro de dos hermanas separadas en la infancia, se ha fundido el traje de faena y ha cambiado radicalmente de registro, proponiéndonos una comedia neoyorquina, con el aroma de aquellos clásicos maravillosos, la “screwball comedy”, en el que los Capra, Hawks, Lubitsch, McCarey , Wellman… nos seducían con películas estupendas de sencillos argumentos, donde convivían formas de pensar y actuar radicales, que provocaba situaciones genial y sumamente divertidas, o las comedias sesenteras como La extraña pareja, y porque no decirlo, von Trotta, también recoge el espíritu del cine de Woody Allen, con esos mundos sofisticados, llenos de lujos, de fiestas donde todo está perfecto, y la gente aparentemente es educada y alegre, aunque suelen esconderse en amores infelices que intentan sobrellevar con amantes imperfectos, inocentes o trastornados.

El conflicto que nos propone von Trotta es muy sencillo, Jade después del sobresalto, sigue con su vida, recuperar a Nick y presentar su nueva colección como diseñadora, aunque para eso le hará falta dinero, y por eso, intenta convencer a Maria en vender el ático, en cambio, esta última, no siente ningún deseo de vender, y ahí estamos. Las tiranteces comenzarán con el estilo de vida, tan antagónico, desde el diseño y la colocación de los objetos, la alimentación, y los horarios incompatibles, luego, pasaremos a las diferentes posiciones respecto a Nick, y más tarde, con la llegada de la hija y nieto de Maria, que provocará otro cisma entre las dos mujeres. Una alta comedia bien contada, llena de ritmo, con situaciones divertidas y surrealistas, generando ese espíritu de ligereza que lejos de convertirse en una trama superficial, se erige como un relato sofisticado, y lleno de inventiva que no solo es agradable de ver y seguir, sino que se sumerge en el carácter de las dos mujeres, y convirtiendo en una situación caótica y problemática, en un aprendizaje emocional y vital que les servirá para descubrirse a ellas mismas, y encarar el futuro con más alegría y expectativas humanas.

Otro de los grandes aciertos de la película es la mise en scene de la directora berlinesa que a través de ese ático casi desnudo y oscuro, consigue dejar clar los dos mundo en colisión y los espacios que van creando como propios este combate a “muerte”, sin olvidarnos de la maravillosa elección de las dos intérpretes y la brillante dirección de actores de von Trotta, a través de la estupenda pareja de intérpretes que consigue enamorarnos a través de las miradas y las sutilezas de sus personajes,  inmenso el  trabajo de ambas, con Katja Riemann que da vida a Maria (habitual en el cine de von Trotta, con la que ganó la prestigiosa Copa Volpi del Festival de Venecia con la película La calle de las rosas, que recuperaba una serie de protestas contra el nazismo) y la incorporación en la filmografía de von Trotta de la actriz noruega Ingrid Bolso Berdal, y el tercero en discordia, Nick que interpreta el actor turco Kaluk Bilginer (colaborador de Ozpetek o Bilge Ceylan). Dos mujeres llenas de vitalidad y carácter, cada una a su manera, que comparten el abandono de Nick, y a pesar de ellas y las circunstancias que viven, deberán reinventarse y mirar hacia delante de forma constructiva, audaz e independencia, preguntándose cómo quieren vivir sus vidas.

Renta básica, de Christian Tod.

PENSAR LA UTOPÍA.

“Creo que la democracia hoy en día se ha convertido, en buena medida, en consentimiento manipulado, no forzado, sino manipulado, cada vez más manipulado, con la ayuda de la publicidad”

Erich Fromm (1900-1980)

La crisis mundial de hace menos de una década ha destapado las entrañas de una sociedad basada en un modelo económico insostenible, donde el 1% posee la misma riqueza que el 99% restante, y en el que la globalización, y la incorporación al mercado laboral de la automatización, elementos que vienen a cambiar completamente las estructuras de las finanzas económicas mundiales, con las graves consecuencias como la desaparición de puestos de trabajo, y un sistema que no podrá asimilar la gran mano de obra laboral que no tendrá disponibilidad de acceder a ningún trabajo. Problemas acuciantes para un sistema económico que deberá reiniciarse y encontrar otro modelo sostenible, en el que todas las personas del mundo encuentren su espacio y puedan vivir dignamente.

La película de Christian Tod (Linz, Austria, 1977) reputado economista que ha hecho de la renta básica su objeto de estudio, aborda de manera didáctica y profunda todos los aspectos de las causas nefastas del actual modelo económico y las posibles ideas para frenar este caos vital como la aplicación de una renta básica garantizada en el que las personas puedan cobrar del estado una retribución mensual para llevar a cabo su vida. El cineasta austriaco habla con empresarios, economistas, sociólogos, psicólogos, trabajadores, políticos, activistas y otros expertos en el tema para dialogar sobre la aplicación de esta renta, evaluando concienzudamente sus pros y contras, a partir de las experiencias ya realizadas en los años setenta y ochenta en pequeñas comunidades de Canadá y EE.UU., y los más recientes experimentos en una comunidad muy pobre en Namibia, estudiando sus resultados a nivel económico y sociológico en la población que participó en estas pruebas sobre la renta básica.

La película-documento hace un recorrido exhaustivo y profundo sobre las personas que a través de asociaciones reivindican la aplicación de una renta básica, desde Suiza, Alemania, Namibia o EE.UU., donde expertos en la materia nos explican un modelo económico que redistribuiría la riqueza y ayudaría a acabar con las gravísimas desigualdades económicas actuales. También, se expone, de un modo sencillo y claro, la idea de trabajar por dinero, y las consecuencias, positivas y negativas, que resultarían de trabajar sin tener que depender del sueldo, de terminar con ese poder indigno de aquellos que ofrecen el trabajo, y los otros, que dependen de él para sobrevivir. Un abanico de personas que alrededor del mundo defienden la renta básica y otros, por el contrario, se muestran completamente contrarios a su aplicación, esgrimiendo sus argumentos, basados en la pérdida de un modelo económico que, por otra parte, ya ha dado graves síntomas de su ineficacia y de pedir a gritos un cambio o la tecnología lo cambiará porque se será más factible económicamente hablando.

Tod construye una película que ayuda a reflexionar y a acercarse al tema de la renta básica desde múltiples puntos de vista y su necesidad en este mundo más desigual, y lo hace recurriendo a todos los elementos habidos y por haber, como los dibujos animados, o la saga de Star Trek (tanto la serie clásica como las películas, posiblemente la obra audiovisual que mejor ha plasmado los cambios y avances tecnológicos que nos depararan en el futuro) que abre y cierra la película, y a través de una voz en off, en un futuro remoto de 300 años después, donde las necesidades materiales han desaparecido y los seres humanos no tienen la necesidad de trabajar para ganar dinero, sino el trabajo se ha convertido en una realización personal y un espacio para descubrirnos. Interesante paradoja la que exponen en la película, un universo donde lo humano prevalece ante el materialismo, y en el que los seres humanos disponen de su vida para ellos, sin la necesidad de cambiar vida por dinero.

Bye Bye Germany, de Sam Garbarski

SOBREVIVIR CON HUMOR.

“Tu amigo está arruinando nuestra buena reputación

¿Desde cuándo tienen una buena reputación los judíos?”

Nos encontramos en el Fráncfort de 1946, en un campo de refugiados judíos que han vuelto a Alemania después de la caída del Tercer Reich. En ese espacio, de idas y venidas, de empezar de nuevo, de volver con los tuyos que quedan, donde reina la incertidumbre, la camaradería y también, la venganza, nos centramos en David Berman, uno de tantos, un tipo que idea junto a seis amigos un negocio de venta de ropa de cama para conseguir el dinero que necesitan para emigrar a EEUU. La tarea no será nada fácil, deberán tirar de ingenio, jeta y muchas dosis de humor para recuperar su dignidad y sobre todo, dejar atrás tantos horrores que desgraciadamente han tenido que vivir. La quinta película de Sam Garbarski (Planegg, Alemania, 1948) nos cuenta un drama, pero con altas dosis de humor, en este caso judío, ese humor tan característico de ellos, que no abofetea, sino acaricia, que utiliza la auto parodia como arma para seguir avanzando en un mundo convulso, y en ocasiones, horrible.

Garbarski centra su filmografía en grupos de personas, en familias como lo hacía en su debut Rashevski’s Tango (2003) en el que la muerte de la abuela Rosa trastocaba todas la identidad de una familia peculiar, en Irina Palm (2007) su mayor éxito hasta la fecha, una señora madura, con el propósito de ayudar económicamente a los suyos acababa trabajando haciendo felaciones, en Barrio lejano (2010) un cuarentón se despertaba una mañana habiendo retrocedido hasta su adolescencia, y en Vijay and I (2013) donde un actor frustrado acaba jugando a ser quién no es y así salir de su cotidianidad aburrida. El cineasta teutón plantea sus dramas a través de la comedia, en situaciones absurdas, simpáticas e incluso negras, muy negras, donde sus personajes se mueven entre la amargura y la sonrisa a partes iguales, a medio camino entre la burla y la crítica de Berlanga o Wilder, en el que todas sus criaturas andan tras lo que buscamos todos, tirar palante en este mundo tan raro y caótico, aunque para ello tengamos que inventar las mil y una, y rara vez consigamos lo que nos proponemos.

Basada en las novelas de Michel Bergmann (que también es guionista junto al director) “Die Teilacher” (en el que se relatan la vida como vendedores ambulantes del padre y tío del escritor) y en “Machloikes” (de otro cariz, pero continuando la primera novela, donde un superviviente judío se ve interrogado por su pasado colaboracionista). Dos historias que se suceden en el mismo tiempo, por un lado el negocio ambulante de venta de ropa de cama, en el que utilizan las argucias más insospechadas para vender, como ofertas de las empresas donde los alemanes trabajan, o ventas ficticias realizadas por alemanas antes de morir, etc…) pero todo cambia, cuando Berman es citado a declarar por su pasado oscuro, para averiguar porque posee dos pasaportes o estuvo en Obersalzberg, el refugio de montaña del Führer. Berman se verá sometido a exhaustivos interrogatorios por parte de Sara Simon, una agente especial judía alemana que ahora trabaja para los EEUU. Garbarski plantea una película tragicómica, con momentos duros, en los que el pasado parece querer adueñarse del futuro con otros, donde el característico humor judío ayuda a estos caraduras simpáticos a salvar su pellejo en más de una ocasión, y empujarles a conseguir su objetivo, y también, la introducción de otro elemento importante en la acción, el amor que va surgiendo entre los habitantes de este microcosmos, rodeado de destrucción, todo a reconstruirse de nuevo, donde las ansias de una vida en otro país que les haga aliviar su dolor se convertirá en el motor de sus existencias.

Garbarski se rodea de un buen grupo de grandes intérpretes que con algunos detalles y gestos alimentan todo el pasado terrible que han vivido y esa cotidianidad, entre amarga y cómica, en la que viven ahora, entre los que destaca la pareja protagonista, Mortiz Bleibtreu (que ya había protagonizado Vijay and I) como David Berman, ese simpático buscavidas, alma mater, de este grupo de desvalidos emocionales que se lanzan a emprender una nueva vida, y Antje Traue, la agente especial de los interrogatorios, que combina la seriedad del ejército con la ternura y la simpatía que le va despertando suavemente Berman, sin olvidar el ramillete de excelentes intérpretes que forman este curioso grupo que en algunos momentos recuerda a Los inútiles, del gran Fellini, en otro contexto y con otras argucias, pero atrapados en ese espíritu de jetas irreductibles. El realizar alemán, criado profesionalmente en Bélgica en la publicidad, nos remueve las conciencias, a través de una cuidada planificación formal, rescatando un episodio poco retratado como la cotidianidad de cientos de miles de judíos que volvieron a su país después de la caída de los nazis, unos seres humanos con profundas heridas pero vivos, como bien recuerda uno de los personajes, vivo a pesar de todo, dotados de un humor muy suyo que les ayuda a derribar los muros tanto físicos como emocionales.

 

 

Encuentro con Jean-Gabriel Périot

Encuentro con Jean-Gabriel Périot, director de «Une jeunesse allemande», con motivo de la sesión organizada por el colectivo OVNI (Observatori de video no identificat). El acto tuvo lugar el domingo 18 de junio de 2017 en el CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Gabriel Périot, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, y al colectivo OVNI, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Toni Erdmann, de Maren Ade

1481631771-cartel-toni-2LA SONRISA AMARGA.

Winfred Conradi es un sesentón singular, bromista y solitario, que se gana la vida como maestro y lleva una vida cotidiana, entre las visitas a su madre octogenaria que no lo soporta y poco más. Aprovechando que Ines, su única hija, ahora convertida en ejecutiva agresiva, vive en Bucarest, decide ir a visitarla. La repentina aparición del padre, no gusta nada a la hija, que lo despacha como puede sin hacerle mucho caso, pero el padre, le pregunta: ¿Si es feliz? a lo que la hija se muestra incapaz de responder. De esta manera, reflexionando sobre esta cuestión sencilla, pero compleja a la vez, se abre la tercera película de Maren Ade (Karlsruhe, Alemania, 1976) que sigue explorando el universo femenino actual, como en sus anteriores trabajos. En su debut, que llevó por título Los árboles no dejan ver el bosque (2003) retrataba a Melanie, un joven profesora rural que llegaba a un instituto al que no lograba adaptarse y menos aún, relacionarse con los demás. En la siguiente, en Entre nosotros (2009) describía a una joven pareja en un viaje aparentemente idílico, que a raíz de un encuentro con otra pareja, su relación se convertía en una serie de desencuentros y hastío difíciles de resolver.

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Ade pone el foco en lo femenino, en mujeres que gozan de un gran reconocimiento profesional, pero completamente solitarias, amargadas e infelices en lo emocional. Mujeres competitivas, fuertes e implacables en los negocios, pero que no logran entenderse y menos relacionarse con naturalidad con los demás fuera de ese ámbito. Su nueva heroína, la seria y atractiva Ines Conradi, apenas habla con su padre. Su vida gira en torno a su trabajo, a convertirse en la mejor en lo suyo, en un mundo dominado por hombres, dejando apartada a su familia y todo lo que representa. El padre, viendo la poca afectividad de su hija, no vuelve a Alemania, y se presenta en los ambientes laborales de su hija, pero convertido en otra persona, en el enigmático y envolvente Toni Erdman – personaje deudor del Toni Clifton creado por el gran humorista del no humor Andrew Kaufman, fallecido en 1984-  un tipo disfrazado con una peluca de melena y unos dientes postizos que dejan entrever su generosa dentadura, y utiliza saquitos de pedos, y demás articulos de broma. El padre, siendo otro, se introduce en la vida de Ines, en la Ines de los negocios, en la mujer seria y etérea con el objetivo de triunfar en su carrera profesional, con el objetivo de conocerla mejor y aliviar esa carga que la impide ser feliz.

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Ade nos cuenta su película de forma cómica, disfrazando la compleja y distante relación entre padre e hija, en una comedia de aroma clásico, como las “screwall comedy” del Hollywood de antaño, en las que vagabundos se hacían pasar por mayordomos, enamoradas alocadas hacían lo imposible por seducir al galán o actores inseguros se paseaban por las calles disfrazados de Hitler, comedias que tuvieron su continuidad en el universo de Billy Wilder, como aquella en la que un gendarme parisino se disfrazaba de gentleman para soportar los dispendios de su amada prostituta. Aunque también, como sucede en las buenas comedias, hay amargura en unos personajes que han dejado de ser ellos para convertirse en lo que odiaban. Ade ha hecho una película de 162 minutos que parece más corta, introduciendo todo tipo de situaciones que van desde la comedia más delirante, con situaciones rocambolescas, absurdas y surrealistas, hasta el drama más cotidiano, aquel en el que nos miramos al espejo y no somos capaces de encontrarnos a nosotros mismos, como si la imagen que teníamos de nosotros hubiera desparecido, y ahora viésemos a un extraño, a alguien que no nos define y tampoco sabemos quién es realmente. Ade nos construye una tragicomedia dura y tierna, sencilla y compleja, divertida y triste, y todo para contarnos la relación de un padre y una hija, solitarios los dos, seres que han perdido el amor que se tuvieron en la infancia, y que ahora el distanciamiento y sus vidas los han convertido en otras personas, sobre todo a Ines.

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Winfred convertido en Toni Erdmann convierte el juego “del otro” en un intento de acercamiento a su hija, en recuperar a la niña que fue, a la hija que dejó Alemania, a esa persona, que ni ella misma recuerda, en el que la propia Ines, queriendo resistir y aprobar su vida, ante la aparición de su padre, entra en este juego, en este baile de máscaras, en el que se mezclan momentos delirantes con otros más amargos, para ahuyentarlo y sacarlo de su vida, creyéndose que su vida es  la que siempre quiso. La cineasta alemana construye una película viva, inteligente, y apasionada, de sublime capacidad para la comedia más hilarante con momentos sensibles, sin caer en ningún momento en la autocomplacencia, filmando su película a través de una imagen realista, pero sin inmiscuirse, sin juzgar a sus criaturas, dejando libertad al espectador, conmoviéndonos desde la intimidad y la sutileza de la cotidianidad, creando una película que le sirve para hablar de un padre y una hija, que representan las diferentes generaciones, entre ese mundo capitalista deshumanizado, en el que el país rico, Alemania, compra al pobre, Rumanía, en el que todo vale para conseguir los objetivos económicos, que representa la hija, frente al padre, un hombre tranquilo y sencillo, que desaprueba la vida siniestra de su primogénita, representa a lo humano, la lucha por la libertad y las desigualdades sociales.

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Un pareja en estado de gracia, en el que la magnífica composición de Peter Simonischek como padre, siendo Toni Erdmann, ese ser fantástico, que parece de la nada, que convierte cada instante en una broma, y que no parará hasta que su hija deje de mirarse el ombligo para ser quién fue, con valores y sencillez, y frente a él, Sandra Hüller dando vida a Ines, la hija, metida en su burbuja, que hasta sus ratos de ocio y sexo los toma como reuniones de trabajo, en los que siempre hay que estar correcta y sumisa a sus jefes, en que las relaciones, el deseo y la pasión se han vuelto frías y vacías. La mirada de Ade de la Europa actual es despiadada, demoledora y triste, en el que el continente se divide entre terribles insjusticias sociales, entre unos ricos, que se mueven en ambientes exclusivos, sin relacionarse con los autóctonos, sólo lo hacen para decidir sobre sus empleos y otras maneras de producción que conllevarán a despidos y precariedad (como la secuencia de la extracción dibujada entre el terror y lo siniestro). Ade consigue arrastrarnos a su comedia amarga, a una obra que nos hará reír a carcajadas, con secuencias memorables (como la del disfraz de Kukeri, una tradición búlgara para ahuyentar a los malos espíritus, en la peculiar fiesta de cumpleaños de Ines) con otros momentos de amargura y tristeza, en el que los personajes, idiotizados en sus trabajos competitivos, han olvidado su humanidad, y sobre todo, su incapacidad para el amor en aquellas personas cercanas que las quieren.

Encuentro con Hanna Schygulla

Encuentro con la actriz Hanna Schygulla con motivo de la presentación del ciclo «Hanna Schygulla: Imatge i Veu, dedicado a su obra, conversando con Esteve Riambau (Director de la Filmoteca de Catalunya). El acto tuvo lugar el miércoles 7 de septiembre de 2016 en la Filmoteca de Catalunya de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hanna Schygulla, por su tiempo, conocimiento, y cariño, a Esteve Riambau y su equipo, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Reina Cristina, la mujer que fue Rey, de Mika Kaurismäki

reina_cristina-cartel-6712UN CORAZóN INDOMABLE.

El arranque de la película nos introduce de manera sutil y tenebrosa en el espíritu que transitaba en la Suecia del primer tercio del siglo XVII, un mundo lleno de caos, guerras y destrucción. Vemos a la futura reina Cristina, cuando apenas es una niña de 6 años, obligada por una madre de carácter fiero y trastornada, a besar el cadáver de su padre difunto, el rey Gustavo Adolfo II, que su madre sigue tratando como si estuviera vivo. Después de aquello, Cristina es nombrada heredera y trasladada al castillo para seguir su educación, bajo el amparo de la iglesia luterana. A los 18 años, es nombrada reina. El director Mika Kaurismäki (1955, Ormattila, Finlandia) – empezó su carrera junto a su hermano, el también director Aki, pero a comienzos de los 90 los dos hermanos separaron sus caminos, Mika se instaló en Brasil, donde ha seguido dirigiendo películas documentales, y dirigiendo en otros lugares, donde se ha labrado una interesante filmografía -.

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Kaurismäki, que ha necesitado de una década para levantar el proyecto, encontró en la figura de Michel Marc Bouchard (escritor quebequés de gran éxito, que también ha escrito para Xavier Dolan, y su obra Cristina, la reina hombre, de gran éxito en Canadá en 2012, y posteriormente, traducida al inglés en 2014) el vehículo perfecto para acercarse a la figura de la Reina Cristina. Un enorme esfuerzo de producción que ha agrupado a compañías de cuatro países como Finlandia, Canadá, Alemania y Suecia, y un rodaje de 40 días realizado en el sudoeste de Finlandia, y en la región de Bavaria en Alemania, para contar una película de época, cuidada hasta el más mínimo de los detalles, que huye de obras ambientadas en ese marco, aquí no hay heroísmos ni grandes discursos, ni la épica de grandes batallas y conquistas, la cinta viaja por otros derroteros, se centra en los personajes, empezando por la Reina Cristina, una mujer educada como un varón, ejecutiva, contradictoria, excéntrica y solitaria, que tiene que lidiar con su país, enfrascado en una guerra, llamada de los 30 años, entre católicos y protestantes, que la Reina quiere zanjar, y las continuas conspiraciones que le acechan. Una mujer adelantada a su tiempo, que tuvo que elegir entre la pasión y la razón, moderna, de espíritu libre, que lucha a espada con todos sus enemigos para modernizar su país del oscurantismo de la religión, dotando a su país de ideas nuevas, basadas en las ciencias y artes.

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Kaurismäki centra su relato en la Reina Cristina, en su mirada y sus gestos, su manera de moverse y ocupar la secuencia, una mujer que se mueve en un mundo dominado por hombres, que se enfrentará a todos y a ella misma, para ser la persona que quiere ser, y amar a quién desea, como su amor por la Condesa Ebba Sparre, a la que hace dama de compañía, y compañera de lecho, una relación oculta, y llena de deseo y pasión, que la llevará a múltiples problemas y conflictos, elegir entre su pueblo y ella, entre lo que uno siente, y lo que los demás desean. La amistad con el filósofo René Descartes le guiará a abrir su mente, a decidir por ella misma, abandonando la voluntad de Dios, y aceptar que más allá de las murallas de su reino y su vida, hay un mundo de saber y conocimiento que la espera a ser conquistado. Una película arrolladora, de excelente concepción formal, de narración enérgica, con personajes complejos y pasionales (como el canciller, aliado de la Reina), o los hombres que quieren conquistar el corazón solitario e independiente de la monarca, o la figura de la madre, que odia a su hija). Excepcional el trabajo de todo el elenco (en la que destaca la figura de Malin Buska, que interpreta con sabiduría y temple a la inquieta y confusa Reina). Una cinta de bellísima y fría luz obra de Gy Dufaux (cinematógrafo de Dennys Arcand, entre otros), que desde un tiempo pasado, aquel 1632, edifica las relaciones y lazos con la historia actual, con sus intrigas, conspiraciones y enfrentamientos políticos, en la que un mundo antiguo se niega a desaparecer y luchará para no hacerlo, enfrentado a otro, uno moderno que avanza sin cesar, a pesar de los obstáculos, para iniciar otro camino, provocando un cambio en la manera de pensar, dotado de una naturaleza más abierta, humana y honesta.

El mundo abandonado, de Margarethe von Trotta

552728DESCUBRIR LOS ORÍGENES

La cineasta alemana Margarethe von Trotta (1942, Berlín) lleva más de medio siglo dedicada al cine, primero como actriz, en obras del director de corte vanguardista Herbert Achternbusch y Rainer Werner Fassbinder, y luego, como directora, desde que debutase, junto a su marido de entonces, el cineasta Volker Schlöndorff, en aquella maravilla de El honor perdido de Katharina Blum (1975). Su cine se edifica a través de la mirada hacía el retrato femenino, como las históricas (Rosa Luxemburgo, en 1986, Visión. La historia de Hildegard Von Bingen, del 2009 y Hannah Arendt, del 2012, todas protagonizadas por una de sus actrices fetiche, Barbara Sukowa), o aquellas películas protagonizadas por hermanas, Las hermanas alemanas (1981), siempre desde un punto de vista crítico y humano, en el que dibuja un retrato de la mujer en Alemania y cómo se ha visto señalada a través del devenir histórico de la Alemania del siglo XX.

Ahora, vuelve a una historia de hermanas, y a una mirada personal, ya que la propia directora vivió un caso parecido con su hermana. Nos presenta a Sophie, una atractiva cantante de blues y jazz, que es informada por su padre, que ha visto el asombroso parecido entre su madre (recientemente fallecida) y una cantante de ópera que vive en Nueva York. Sophie viaje a la ciudad de los rascacielos y conoce a Caterina, que primero se muestra reacia ante la posibilidad que sean hermanas, y más tarde, irá abriéndose y conociendo su pasado, a través de su madre, que padece demencia senil y las averiguaciones de Sophie. Von Trotta realiza una película sencilla y honesta, donde la trama se va abriendo paso a paso a medida que las dos mujeres van descubriendo su pasado, y sabiendo quiénes son en realidad, y la relación que lentamente va naciendo entre ellas. Una composición y puesta en escena firme y eficaz, y el inmenso trabajo interpretativo de la pareja de actrices, Katja Riemann y Barbara Sukowa, colaboradores de la directora en anteriores trabajos, y la aportación de los demás intérpretes componen una película sobre la familia, las dificultades del pasado, el odio y rivalidad entre hermanos, y la necesidad de conocer de dónde venimos y sobre todo, de saber quiénes somos.

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Una película que rezuma ese aroma de drama familiar encerrado en cuatro paredes, construido a través de leves detalles y miradas, que se sigue tranquilo, y que la directora, sortea con gran admiración los momentos de revelaciones familiares, (como ocurría en Todo sobre mi madre, de Almodóvar), que en otra película, podrían convertirse en auténtico folletín desmesurado y plañidero, aquí no, todo se va envolviendo en pocos personajes y la investigación que se desarrolla entre dos países, Alemania y EE.UU., tendrá su epicentro en la amistad entre dos amigas y también, entre el enfrentamiento de dos hermanos. Una historia familiar y doméstica, donde von Trotta vuelve a demostrar su buen hacer en las tramas sencillas sobre mujeres de carne y hueso, filmadas de forma humana y realista, los problemas y preocupaciones de estas mujeres y la lucha constante que tienen que emprender para poder seguir siendo ellas mismas. Una mirada noble y contundente sobre las mujeres, y sobre todo, un retrato sobre sus emociones.

Victoria, de Sebastian Schipper

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Victoria es una joven española que lleva 6 meses abriéndose camino en Berlín. Lo único que ha conseguido hasta ahora es de camarera en una cafetería por 1200 euros al mes. Una noche baila tecno en una discoteca del barrio Kreuzberg. Cuando sale conoce a Sonne y sus tres colegas que la invitan a conocer el Berlín de verdad, el que nadie conoce. Son un poco más de las 4:30 de la mañana, y a partir de ese instante, Victoria, Sonne y los 3 amigos, se irán introduciendo en una vorágine siniestra y oscura en la que tendrán que perpetrar el robo de un banco y huir de la policía. El director germano Sebastian Schipper (Hannover, 1968) en su cuarto filme, primero que vemos por estos lares, nos sumerge en un pozo de vértigo, locura y criminalidad que nos llevará a ritmo de música de piano, cuerda y electrónica por las fauces de una ciudad que parece que nunca quiere dormirse, que siempre quiere estar despierta, al acecho de algo o alguien.

Su propuesta es radical, interesante y harto compleja, nos cuenta su película utilizando una única toma, un plano secuencia de 140 minutos, sin cortes, ni trampas, donde apenas hay descanso, nos conduce por 22 localizaciones, donde vamos desde el final de la noche a las primeras horas del día, hasta llegar a eso de las 6:54 de la mañana, donde perderemos de vista a sus personajes y a este viaje hacía las entrañas de las calles iluminadas artificialmente, donde deambulan almas perdidas, gentes que no saben adónde ir, tipos que ocultan lo que no quieren que se conozca. Schipper emula el plano secuencia de Sokurov en El arca rusa, si aquel condensaba años de historia de la Rusia zarista, la propuesta del cineasta alemán parece fluir en el lado contrario, embutida en dos horas y algo, a contar la hora antes de un robo, el robo, y la hora que le sigue. Colocar al espectador en el “Aquí y ahora”, no hay nada más, sólo nos cuenta algo del pasado de algunos personajes, como que Victoria, se encuentra en un estado de frustración y de huida (cuenta a Sonne que después de 16 años, practicando piano durante 7 horas diarias, le han comunicado que no vale, que se dedique a otra cosa), también se nos explica que Boxer, uno de los colegas de Sonne, ha estado en la cárcel, experiencia que le llevará a lidiar con unos gánsteres que le pedirán el cobro de su ayuda. Y poca información más. Quizás el interés de la película se posa en ese sentido, en conocer poco de los personajes, en seguirlos, en participar en ese robo que tienen que cometer, en cómo se van desarrollando los acontecimientos, en esa agitación que les envuelve, en vivir deprisa, sin tiempo, sin respirar, sin aliento, sólo en hacer lo que tienen que hacer y punto.

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Schipper logra una buena película, un más que interesante policíaco o thriller, como gusten. Nos conduce por una noche donde no hay escapatoria, donde las cosas se pueden torcer en cualquier instante, donde alguien que parece no tener nada que ver, acaba teniendo una importancia tremenda. La estupenda y contenida interpretación de Laia Costa que se revela como el alma de la película, en protagonista a su pesar, o dicho de otra manera, de sentirse como una isla perdida y triste, en ese estado de reencontrarse a sí misma, de llevar medio año en Berlín y no conocer a nadie, en dejarse llevar por una existencia que ahora no parece entusiasmarle, lo que empieza como un encuentro casual, donde conocer a unos tíos, y la aventura de un amour fou, le llevarán a meterse donde no debe, o donde no debería. Una mirada que ilumina, envuelve y conduce la película, ella es lo que vemos, ella es lo que sentimos, ella, al fin y al cabo, es nosotros. Un Oso de Plata en el Festival de Berlín de este año, y 6 Premios Lola de la Academia alemana de cine (incluyendo uno a Laia Costa, la primera vez que lo consigue una actriz española), certifican que la idea de Schipper no iba desencaminada, y el resultado es un viaje nocturno hacía lo desconocido, lleno de intensidad y energía, donde también hay tiempo para la dulzura y la delicadeza. El inmenso trabajo del cinematógrafo Sturla Brandth Grøvlen Dff, que escruta y se pega a los personajes y su situación, y la música de Nils Frahm ayudan de manera sencilla y contundente a conseguir ese aroma de huida imposible, de morir matando, y sobre todo, de escapar a donde sea con ese deseo irrefrenable de vivir la noche y a fuego.