Entrevista a Xavier Artigas

Entrevista a Xavier Artigas, codirector de la película «Idrissa. Crónica de una muerte cualquiera». El encuentro tuvo lugar el jueves 7 de noviembre de 2019 en el domicilio del director en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xavier Artigas, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Liberté, de Albert Serra

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.

“Llegamos a amar nuestro deseo, y no al objeto de ese deseo.”

Friedrich Nietzsche

Sentarse en una sala de cine para ver una película de Albert Serra (Banyoles, 1975) es un acto de desnudez emocional, sentirse participe de aquello que estamos viendo, dejándose los prejuicios morales o éticos fuera de la sala, alejados de nuestra mirada, y adentrarnos en su universo, siendo capaces de dejarnos llevar por sus imágenes, liberarnos en cierta forma de toda idea preconcebida de las formas cinematográficas, fusionándonos con sus bellas imágenes y experimentando de forma muy personal aquello que vemos. Las dos primeras películas de Serra Honor de caballería (2006) y El cant dels ocells (2008) bebían de cierto cine contemplativo en el que desmitificaba y pervertía la historia mostrándonos dos viajes, el que emprendían El Quijote y Sancho, y el de los tres reyes magos, para filmar su cotidianidad, aquello que el rumbo de la historia dejaba fuera, capturando la humanidad y las contradicciones.

En el 2013 con Historia de mi muerte, Serra adentraba su cine en el siglo XVIII, en una senda diferente, más oscura y más perversa, en el que la decadencia de la burguesía, el ocaso de los dioses, que diría Visconti, es el centro de la acción, o podríamos decir de la inacción, narrando el imposible encuentro entre Casanova y Drácula, entre lo romántico y la luz en pos a la oscuridad y el terror, en una película bellísima plásticamente, con unos intérpretes, amigos del director en su mayoría, como ocurre en su cine, en estado de gracia, sobre todo Vicenç Altaió, creando un Casanova inolvidable, humano y decadente. Con La muerte de Luis XIV, con un sublime Jean-Pierre Léaud como rey enfermo, decrépito y postrado a una cama, narrando como una pieza de cámara a lo Brecht, la crónica diaria de la enfermedad del monarca en su lenta y dolorosa desaparición.

Con Liberté sigue explorando minuciosamente los terrenos de esa lenta decrepitud de un tiempo que jamás volverá, situándonos en el año 1774, a menos de veinte años de la Revolución, entre Potsdam y Berlín, en un bosque indeterminado durante una noche muy oscura, en el que un grupo de libertinos expulsados de la corte puritana y aburrida de Luís XVI, dan rienda suelta a sus deseos más íntimos y oscuros. El director gerundense reúne a una serie de nobles y criados en los alrededores de las sillas, a los que un grupo de novicias se les unirá, donde a modo de sombras y deseos en danza nocturna, con ese aroma romántico de las fantasías de Goethe, moviéndose de un lugar a otro, como si estuviéramos observando un laberinto infinito, donde desconocemos su inicio y su cierre, mirando y siendo mirados por unos y otros, asistiendo a un lugar donde impera la ley del deseo, un deseo insatisfecho, doloroso e imposible, alejado de toda condición moral o personal, donde nunca sabremos ubicarnos en la noche ni en las acciones sexuales que presenciamos, abarcando múltiples formas de deseo, tanto a nivel sexual como emocional, en la que a medida que avanza la noche veremos el aumento de tono de las acciones sexuales, filmadas por Serra de manera explícita, en la que podremos acercarnos, casi entrando en el espacio, sentirlas, olerlas y casi tocarlas, done lo que prima no es el acto en sí, sino como lo miramos y como nos hace sentir.

Los personajes con sus ropajes abiertos y liberados rompen la barrera social que los separa y tanto amos como siervos se mezclan y se funden donde el deseo los convierte en uno solo, en una masa vulnerable y sudorosa de miradas, gestos, caricias, dolor, sugestión, gemidos, amagos, miembros erectos, eyaculaciones, y sobre todo, seres ávidos de deseo, de sexo, como si fuese su último aliento, expulsados de ese paraíso que querían imponer en la corte de Luis XVI, espectros en la noche, que deambulan intentando materializar ese deseo que les arde en su interior, una fisicidad que no encuentra consuelo, que se revuelve insatisfecha, dolorosa y vacía. El Duque de Walchen interpretado por una leyenda como Helmut Berger es el objeto de deseo y destino de estos libertinos que andan viajando en busca de su lugar en el mundo, perdidos, casi a la deriva en plena huida de la corte falsa e hipócrita de Luís XVI.

La maravillosa y fantástica luz de Artur Tort, cómplice habitual de Serra desde Historia de mi muerte, creando ese magnetismo cercano y alejado a la vez, que crea ese especie de limbo aterrador y bello por el que se mueven estos seres, el preciso y delicado montaje de Ariadna Ribas, que también firman Tort y Serra, convierten la película y su ritmo pausado, fantasmal y velado, en un relato muy profundo, intenso y personal. Una cinta que nos interpela constantemente, en la que reconocemos las diabluras emocionales y la desnudez formal de Fassbinder, los descensos a los infiernos de Visconti, con sus cortes venidas a menos, su decrepitud y decadencia de aquellos reyes o esos señores en su ocaso que deambulaban por ciudades eternas esperando su último amor en forma de deseo no carnal, o los retratos oscuros y dolorosos sobre los que tanto le gustaba indagar a Buñuel, en que El ángel exterminador, aquellos burgueses incapaces de salir de una habitación después de una fiesta, podría ser el espejo deformador por el que se desplazan los libertinos que filma Serra, quizás abandonados a su último paraíso terrenal, experimentando con sus cuerpos, sus deseos, su carne, sus demonios, sus sinrazones, lo que son y lo que no podrán ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Idrissa, Crónica de una muerte cualquiera, de Xavier Artigas y Xapo Ortega

DESENTERRAR LA DIGNIDAD.

“Con Idrissa, crónica de una muerte cualquiera (2018), el tándem Artigas-Ortega se radicaliza llevando su concepción del cine-acción al extremo: toda la realidad que se relata en el documental ocurre gracias al hecho de que se está haciendo una película. A modo de profecía autocumplida se huye así del llamado cine de denuncia para dar paso al cine de reparación”.

(Textos recogidos en el dossier de prensa)

Xavier Artigas (Sabadell, 1980) y Xapo Ortega (Barcelona, 1972) se conocieron durante las protestas del 15M, donde pertenecieron a la comisión del audiovisual filmando todo lo que allí aconteció. En el 2010 había nacido Metromuster, que se define como una cooperativa independiente dedicada al cine político y social siguiendo los principios de la Cultura Libre. De ahí han surgido trabajos tan interesantes como [NO-RES] vida i mort d’un espai en tres actes  (2011) que recogía los últimos días de la Colònia Castells, una de las pocas colonias fabriles todavía en pie en Barcelona a punto de ser derruida. Su segunda película fue Ciutat Morta (2014) que a través de imágenes de archivo y testimonios directos, se adentraban en un caso que llevó a la cárcel a cinco víctimas de un sistema podrido y deshumanizado, destapando así la corrupción policial de Barcelona.

Su tercera incursión es Idrissa, crónica de una muerte cualquiera, en el que nos sumergen en la vida de Idrissa Diallo, un joven guineano de 21 años que falleció en un centro de detención de extranjeros en Barcelona. Artigas y Ortega y su equipo de colaboradores, entre los que destaca Laia Manresa, en labores de escritura, emprenden una investigación farragosa y kafkiana para esclarecer los hechos que se produjeron aquella noche aciaga donde Idrissa perdió la vida, y localizar su cadáver. A modo de cine directo, y work in progress, seguimos la crónica diaria de una investigación, donde la película se va haciendo a medida que la investigación sigue su curso, en la misma línea que el cine de Hubert Sauper, donde la cámara filma para mostrar, reparar y concienciar, en el que los propios cineastas participan de manera activa y visible en las pesquisas, moviéndose de aquí para allá, desde Guinea, con ese primer plano que alumbra el relato, donde las alambradas, como símbolo triste de un mundo que separa la riqueza de la pobreza, y el siguiente encuadre con el señor blanco en la piscina del hotel y unos niños, al otro lado del muro, jugando en una playa.

En Melilla, Francia o en Barcelona, en una suerte de road movie, enmarcada en un thriller de investigación, para intercambiar información, muy escasa, con abogados, activistas y agentes sociales que al unísono trabajando pro reparar la dignidad enterrada de Idrissa, así como miembros de su familia, amigos o personas que lo conocieron o viajaron con él en la travesía terrorífica desde su Guinea natal hasta el CIE de Barcelona donde encontró la muerte. Las obstaculizaciones de las autoridades les llevan a un callejón sin salida respecto a su muerte, y siguen con su camino localizando el cuerpo de Idrissa enterrado en un nicho anónimo. El equipo de la película logra sacarlo y mediante un crowfunding logran llevarlo al pequeño pueblo de Guinea donde salió en busca de un futuro mejor. Artigas y Ortega construyen una película de una belleza plástica exultante, contándonos sin prisa pero sin pausa su investigación, las movilizaciones sociales que llevan a cabo, en una película vivida, donde el activismo social y político se confunde y se mezcla de forma natural con el cineasta, donde todo es un conjunto.

La película se convierte en una forma de cine reparador, cine de justicia, cine de memoria, cine que devuelve a la vida a Idrissa, aunque sea de forma emocional o espiritual, la biografía de este joven guineano, así como su existencia y circunstancias, como ocurría con Patricia Heras en Ciutat Morta, en que el cine recupera su memoria, reparándola y situándola en el lugar que merece, restituyéndola, con el propósito de rendirle homenaje, que no quede relegada al olvido, como en el caso de Idrissa a un nicho anónimo de Barcelona como pasa con tantos otros, volviendo como en el caso de Ciutat Morta, otro caso de corrupción y racismo del estado, con prácticas deleznables e impropias de una democracia en el que se practica una violencia estructural demencial y modus operandi, con esa terrible y triste mención que escuchamos en la película: “Es sintomático que el estado persiga al inmigrante para expulsarlo cuando está vivo y lo oculte en el país cuando está muerto”.

Un cine político, reivindictivo, justo, necesario y valiente, sin concesiones ni nada por el estilo, cine de primer orden, un cine hecho desde la necesidad de reparación, de devolver la justicia a quién no la tuvo, de recuperar su cuerpo y entregárselo a su familia como sentido humanitario, de utilizar el cine para aquello necesario y humanista que mencionaban cineastas como Renoir, Rossellini o Kiarostami, donde el objetivo principal de el hecho cinematográfico residía en mirar con detenimiento los problemas de las personas y devolverles su lugar en el mundo y su importante en la sociedad, visibilizar a todos aquellos desfavorecidos, desplazados o anónimos, a “los nadie”, que escribía Galeano. Cine reposado, cine que repara y lo hace desde la belleza de unas imágenes y una planificación formal brillante y soberbia, mostrándonos las diferentes realidades desde el respeto y la mirada del otro, sumergiéndonos en las diferentes formas de ver y sentir las cosas, con imágenes y hechos aterradores pero descritos desde lo más profundo, desde la sencillez y la humildad del cineastas que quiere conocer, aclarar y reivindicar de forma humanista a un chico desconocido que la película lo visibiliza, lo desentierra del olvido institucional, y lo devuelve a su tierra, con ese último plano sobrecogedor donde su pueblo lo acoge en su seno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/297970311″>Trailer IDRISSA – subt&iacute;tulos castellano</a> from <a href=»https://vimeo.com/polarstarfilms»>Polar Star Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

 

Parásitos, de Bong Joon Ho

LA VIDA DE LOS OTROS.

“El desarrollo desarrolla la desigualdad”

Eduardo Galeano

Para alguien que nunca haya visto ninguna película de Bong Joon Ho (Daegu, Corea del Sur, 1969) seguramente le sorprenderá muchísimo su forma de narrar y conducir sus relatos, porque el universo del cineasta surcoreano es muy peculiar, impredecible e inigualable. Un cine que nos habla sobre la condición humana, que en ocasiones resulta cómico, y en otras, aterrador, o ambas cosas a la vez, nunca hay límites, todo se cuenta desde las acciones de los personajes, unos seres sumergidos en situaciones extremas, que los hacen tomar decisiones acertadas en algunas ocasiones, y en otras, muy perjudiciales para sus intereses, para sus planes. Desde su primera película Barking Dogs Never Bite (2000) el director Bong Joon Ho ha demostrado que tiene una mirada exquisita e incisiva sobre los problemas universales de la humanidad, haciendo hincapié en todo aquello que nos separa, nos desplaza y provoca desigualdad, injusticia y miseria.

Con Memories of murder (2003) sorprendió a propios y extraños con una película sobre un crimen violento y las investigaciones de dos policías, uno rural y otro urbano, y todas las diferencias que había entre uno y otro, mostrando las diferentes miradas entre aquello que creemos ser y lo que en realidad somos. Con The Host (2006) un monstruo simbolizaba las consecuencias de ese capitalismo feroz que todo lo contamina creando criaturas voraces y solitarias, en una mezcla de película social, fantástica y tremendamente arraigada en la actualidad de ahora y de siempre. En  Mother (2009) volvía a la suerte de thriller para conmovernos y martirizarnos con la relación de una madre desesperada con un hijo a la deriva plagado de secretos. Sus dos aventuras internacionales filmadas en inglés son Snowpiercer (2013) en la que otra vez en un marco fantástico, construía una distopía sobre los errores económicos de la sociedad y cómo afectan a la vida de los humanos, y Okja (2017) donde otro monstruo, un cerdo gigante, volvía a simbolizar ciertas formas de la condición humana invisibles que una niña trataba de reivindicar de un modo humanista e íntimo.

En Parásitos, Bong Joon Ho vuelve a sus orígenes y a su idioma, para plantearnos una película de corte social, una cinta que retrata las terribles desigualdades cada vez más agudizadas y sus consecuencias en la cotidianidad de las personas, con esa idea terrorífica de que todo lo que viene de los Estados Unidos es de calidad, como centro del capitalismo mundial, como menciona en varias ocasiones la repipi Sra. Park, mostrándonos la vida de una familia que vive en un semisótano en uno de los barrios más masificados y angostos de Seúl, donde los padres no tienen trabajo y los hijos son rechazados continuamente de las universidades a las que aspiran. Ante semejante panorama malviven con trabajos precarios y necesidades constantes. Pero, un día todo cambia para ellos cuando reciben la visita de un joven amigo de Ki-Woo, que le ofrece la posibilidad de trabajar como profesor de inglés particular para una niña, hija del Sr. Park, un nuevo rico de las nuevas tecnologías. El joven acepta y comienza a frecuentar una casa de diseño, que construyó un afamado arquitecto, y conocer a la Sra. Park, al hijo pequeño y a la sirvienta. Las inquietudes artísticas del benjamín de la casa ofrece la posibilidad de que Ki-Jung, la hija, con dones para la falsificación, entre a trabajar como profesora de pintura y psicóloga del chaval.

Y ahí no acaba la cosa, porque mediante una vil estrategia terminan con el trabajo del chofer del Sr. Park, siendo sustituido por Kim Ki-Tek, el padre de la casa. Con el affaire de la sirvienta tienen más problemas y más desgaste, pero finalmente consiguen provocar su despido e introducir a la madre como nueva sirvienta. Ahora toda la familia trabaja para la familia Park, y aprovechan para vivir en la casa cuando los verdaderos dueños se ausentan. Todo parece marchar con una normalidad aparente, porque las situaciones “normales” en las películas de Bon Joon Ho nunca resultan lo que parecen, y todo encierra algo sorprendente y extraordinario, ya que las cosas se torcerán y de qué manera, devolviendo a la realidad más dura y brutal para los nuevos empleados de los Park, porque todo aquello que golpeas te vuelve incluso con más fuerza y de otra manera, y en muchas ocasiones, nunca como la esperabas. Los parásitos a los que se refiere el título de la película lo son todos, unos y otros, nadie se salva, donde unos desean esa vida de lujo y derroche, y otros, utilizan ese poder para decidir y construirse su colmena alejada de toda esa realidad triste e invisible.

El director surcoreano ha construido una película magnífica, intensa e inolvidable, con el aroma de las películas de Chabrol, uno de los cineastas que mejor ha retratado las relaciones duras y oscuras entre señores y criados, como dejó patente en su fantástica La ceremonia, uno de los cenit de su carrera, atrapando toda esa mentira y  mugres instaladas en la que fusiona de forma brillante todos los géneros y formas habidas y por haber, y lo hace de una manera natural y nada artificial, casi sin darnos cuenta, incluso en la misma secuencia mezcla narrativas y miradas antagónicas, que en otras películas chirriarían y no conectarían en absoluto, pero en el cine de Bon Joon Ho casan a la perfección, donde capta extraordinariamente bien la vulnerabilidad de nuestras emociones y nuestras vidas, desde el retrato social más profundo y conciso, pasando por la comedia negra más sofisticada y malévola, con tremendas dosis de suspense y terror, jugando con toda esas miseria humana que vemos cada día en nuestras sociedades, a través de una violencia seca y desgarradora que parece devolvernos a la realidad más oscura cuando la película se mueve dentro del vodevil y lo absurdo, con esa magia con la que se mueve la cámara por la casa, deslizándose entre los diferentes espacios, capturando todos los movimientos, gestos y miradas que se van entrecruzando entre unos y otros, entre poderosos y embaucadores.

La película contiene una maravillosa y exquisita utilización del espacio como símbolo social de lo que separa tanto a unos como a otros, y porque no decirlo, de aquello que les une, con esas escaleras que continuamente suben y bajan unos y otros, donde los diferentes niveles de la casa ocultan otras realidades, igual de terribles y tristes, con secuencias donde todo parece que va a estallar, donde toda la verdad parece que saldrá a la luz de una forma brutal y golpiza, pero la película dosifica la información de manera magistral, dejando un detalle por aquí y otro por allí, sumergiéndonos desde el primer momento en sus propias reglas, amasando la narración desde lo más cercano e íntimo, sin dejar ningún cabo suelto, manejando de forma sobria y ligera las diferentes pequeñas historias dentro de la historia principal, conduciéndonos por ese espacio y por las relaciones de los personajes para mostrar concienzudamente una alegoría siniestra y real de la sociedad actual, rompiendo con habilidad todos los esquemas que nos hayamos hecho al transcurrir de sus imágenes.

Song Kang Ho, actor fetiche de Bong Joon Ho encabeza un reparto estupendo q de buenos intérpretes que asumen sus roles de forma perfecta, sencilla y muy convincente, entre los que destacan Lee Sun Kyun, Cho Yeo Jeong, Choi Woo Sik, Park So Dam y Lee Jung Eun, entre otros, en el que el citado Song Kang Ho da vida a ese padre sin trabajo que le llegará su oportunidad como conductor del Sr. Park de forma ilícita, con la ayuda de sus hijos y junto a su mujer se volverán “ricos” aunque sea aparentemente, pero ellos, como si la vida y la sociedad fuese un espejo donde el reflejo saca a relucir todas las miserias y el alma oscura que ocultamos, todo se volverá en su contra, y tendrán que cambiar de plan, o como dice el padre es mejor no tener planes para no frustrarse y volver a esa realidad tan durísima de la que tanto quieren huir como dejará clara la magnífica secuencia de la inundación, en la que la situación del váter de la casa se convierte en una metáfora de aquello de abajo que irremediablemente acabará subiendo a la superficie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Galder Gaztelu-Urrutia

Entrevista a Galder Gaztelu-Urrutia, director de la película «El Hoyo». El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Galder Gaztelu-Urrutia, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Iván Massagué

Entrevista a Iván Messagué, actor de la película «El Hoyo», de Galder Gaztelu-Urrutia. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Messagué, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a David Desola

Entrevista a David Desola, coguionista de la película «El Hoyo», de Galder Gaztelu-Urrutia. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Desola, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El Hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia

ROMPER LAS CADENAS.

“Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”.

George Orwell

Goreng despierta en el nivel 48 de el hoyo, le acompaña el libro de El Quijote, tiene como compañero de nivel a Trimagasi, un veterano del lugar que conoce al dedillo, o eso dice, la estructura y la vida en el hoyo. La plataforma baja una vez al día con la comida que les sobra a los de arriba y después de unos pocos minutos, continuará su trayecto hacia abajo. Se desconoce el número de niveles, eso sí, una vez al mes se repite la rutina y cambias de nivel. Y sobre todo, reza para que toque un nivel de los de arriba, porque si es alguno de abajo, la escasez de comida llevará a sus habitantes a tomar medidas extremas. La puesta de largo de Galder Gaztelu-Urrutia (Bilbao, 1974) es una metáfora de la sociedad clasista en la que vivimos, donde no existe la compasión ni la humanidad, sino una durísima supervivencia anclada en el egoísmo, la competitividad y el individualismo como únicas formas de sobrevivir en un universo deshumanizado y lleno de miseria y horror. La obra recrea esa inquietante atmósfera austera y desnuda, a partir de esos niveles, con solo dos personajes, uno acabado de llegar y el otro veterano, en el que vamos conociendo tanto lo físico, con esa plataforma que va y viene con comida o no, dependiendo del nivel que te toque, y lo emocional, donde lo psíquico juega un papel muy intenso donde lo humano se verá sometido a las circunstancias de un lugar que puede resultar siniestro y terrorífico.

La cinta hace de su modestia su mejor virtud, planteándonos una estructura sencilla y muy seductora, a partir de un guión obra de David Desola y Pedro Rivero (uno de los autores de Psiconautas, los niños olvidados, una excelente muestra de cine de animación enraizado en la distopía profundizando en las convenciones sociales) que plantea una sociedad jerárquica y aleatoria, donde los de abajo, meros despojos que viven de la basura que tiran los de arriba, asumiendo las condiciones inhumanas de los de arriba, de aquellos que viven en la abundancia, donde la comida se convierte en una alegoría de la sociedad, como el mayor de los tesoros y reflejo de las diferencias sociales. Gaztelu-Urrutia construye una primera parte más estática, donde abundan diálogos y algún que otro falshback en una película muy lineal, y una segunda mitad, más física donde el tiempo avanza más rápidamente, en el que nos propone un juego de múltiples capas narrativas donde a medida que avanza el metraje, nos va abriendo una capa más y descubriendo los terribles secretos que anidan en el hoyo, una especie de cárcel, donde voluntariamente o no, acceden personas de toda condición social, económica y cultural, independientemente del sexo, raza o religión.

Situada a medio camino del thriller oscuro y terrorífico y el retrato social, nos concentraremos en Goreng, un tipo extraño muy diferente a lo que se encuentra en el hoyo, con un libro como compañía, que querrá romper las normas del lugar, aceptando sus reglas pero de manera personal, yendo más allá, intentando encontrar la forma de cambiar una estructura sombría por una más humana, convirtiéndose en ese antihéroe peculiar y raro que pululan por las películas distópicas en las que alguien un día despierta y comienza a caminar diferente al resto y hacerse preguntas y sobre todo, a ejecutar unas ideas revolucionarias y contrarias a todos los demás. La luz tenebrosa y aciaga de Jon D. Domínguez, se convierte en el mejor cómplice para sumergirnos en este retrato alegórico que realiza una crítica demoledora a una sociedad perdida, a la deriva, llena de soledades amargadas e inútiles, donde el amor ha desaparecido, donde reina el odio, la mentira, la venganza y la muerte como únicas formas de subsistencia. La penetrante y extraordinaria música de Aranzazu Calleja da ese toque esencial e íntimo que tanto necesita este tipo de películas.

La película bebe de ese cine psicológico y distópico producido en su mayoría en la serie B estadounidense donde sucesos anclados en la ciencia-ficción servían para retratar la sociedad capitalista y la condición humana a través de sus miedos y paranoias. Un potente cast en el que sobresale la capacidad tanto física como gestual de un Iván Massagué en estado de gracia, en su mejor personaje hasta la fecha, convertido en ese extraño tipo que quizás tiene la forma de cambiar la estructura horrible y mortal de tan siniestro lugar, bien acompañado por Zorion Egilor, que consigue con esa mirada penetrante y esa voz cavernosa enriquecer a un tipo que oculta más que habla. Emilo Buale compone a un ser desesperado, a alguien que emprende un camino salvaje y muy peligroso para alcanzar un sueño que parece imposible. Antonia San Juan es otro personaje desesperado, alguien que ya nada tiene que perder, y sobrevive sin más. Y finalmente, Alexandra Masangkay convertida en esa mujer misteriosa y muda que busca incesante a un hijo que parece no existir.

El Hoyo es un thriller oscuro y extraordinario sobre lo más profundo de la condición humana, que mantiene un pulso narrativo intenso y espectacular durante todo su metraje, sumergiéndonos en una marabunta de emociones, tensiones y conflictos de primer órdago, con ese ambiente agobiante y terrorífico por el que maneja toda la cinta, sin descanso, sin parpadeo posible, sujetándose con firmeza la butaca, dejándonos llevar por este impresionante descenso a los infiernos del alma humana, erigiéndose en una excelente muestra de cine potente y magnífico sobre aquellos miedos profundos que nos atenazan diariamente en una sociedad cada vez más vacía, ajena a las necesidades humanas, donde el amor se compra y donde todo tiene precio, incluso las vidas de las gentes, donde unos y otros viven o podríamos decir que sobreviven soportando unas leyes económicas, sociales y culturales que no les satisfacen y además, los convierten en meros autómatas de sus propias existencias, reduciendo sus vidas a una explotación diaria donde lo material se ha convertido en la felicidad absoluta, donde lo emocional ha perdido su sentido y se ha transformado en meras excusas para regocijarse en la opulencia, la ostentación, el lujo y las posesiones como único bienestar humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Farewell, de Lulu Wang

UNOS DÍAS CON LA FAMILIA.

“Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.”
León Tolstói

La película se abre anunciándonos que se trata de “una mentira real”, una mentira que experimentó la directora Lulu Wang en sus propias carnes, cuando al descubrir que su Nai Nai (abuela en mandarín) tenía una enfermedad terminal y la familia decidió ocultárselo. A partir de esa experiencia familiar, Wang, nacida en Beijing, China y emigrada a los Estados Unidos con 6 años, tuvo la necesidad de contar la historia familiar en forma de audiocomentario que se escuchó en un episodio de This American Life titulado Lo que no sabes. De esa primera incursión en su familia, nació The Farewell, su segunda película después de Posthumous (2013) en la que también explicaba otra mentira, la que oculta un artista que ve como la noticia errónea de su suicidio revaloriza su carrera. En su segundo largo, Lulu Wang aborda un relato anclado en la familia, en una familia muy peculiar ya que los dos hermanos, hijos de Nai Nai, han emigrado de China, uno a Japón y el otro a EE.UU.

La familia instalada en Estados Unidos tiene una hija Billi, convertida en alter ego de la directora e hilo conductor en esta historia que nos habla de aquellos lazos invisibles que unen a las familias, los choques culturales y generacionales, el arraigo de las tradiciones ancestrales y la forma que han ido cambiando según la familia, y sobre todo, nos habla de una despedida, de decir un adiós sin decirlo, de convocar a toda la familia con la excusa inventada de una boda, que esconde un fin aún mayor y más complejo, el de compartir los últimos días con la matriarca familiar. Lulu Wang se mira en el espejo de otro compatriota cineasta como Wayne Wang (Hong Kong, China, 1949) que también ha abordado las relaciones familiares de los chinos-estadounidenses en películas como El club de la buena estrella, La princesa de Nebraska o Mil años de oración, entre otras, y lo hace de manera elegante, sobria y magnífica, llenando su película de intimidad, cercanía y cotidianidad, con una extraordinaria interpretación de Awkwafina que compone una soberbia Billi, la artista que no logra triunfar en la “tierra de las oportunidades” y mantiene una existencia desordenada y perdida, a la que su vida da un vuelco cuando se entera de la fatal noticia de su abuela, con la que mantiene una relación muy estrecha.

La vuelta a China de Billi, una vuelta a sus orígenes, aunque sean tan lejanos y con recuerdos muy distorsionados, con lugares que quedaron en el olvido, se encuentra con una situación diferente a la que esperaba con la decisión familiar de ocultar la enfermedad a la abuela, situación que llevará a Billi a cuestionarse sus propios principios y los de sus familiares, acentuando esa forma tan diferente de aceptar y vivir el conflicto que ha estallado en las ideas de la joven china-estadounidense. Wang no se centra en la tristeza de la familia, sino que lo marca sin profundizar, porque a la directora chino-estadounidense le interesa más las relaciones humanas, los diferentes puntos de vista con el conflicto existente, y sobre todo, el grandísimo choque cultural entre unos y otros, en el que Billi pivota en el medio de todos, perpleja ante la decisión familiar y experimentando ese proceso de aceptación ante algo que considera gravísimo, el hecho de ocultar la enfermedad a alguien que va a morir.

De la mano de Billi, no sólo conoceremos a todos los integrantes de esta peculiar familia, acaso no todas las familias lo son, con sus existencias, dificultades, deseos y conflictos, tan variopintos y diferentes, sino que también haremos un recorrido por esa China tan cambiante y encaminada a un capitalismo feroz y arrasador, donde la joven no verá tantas diferentes con el ambiente capitalista occidental de Estados Unidos, donde si verá el choque más enraizado será en la forma de afrontar la tristeza y los conflictos entre los componentes de su familia donde sí que todos van a una y se parecen demasiado. La directora tiene tiempo para tomarse a sus personajes y el conflicto que plantea de forma ligera y nada traumática, a partir de ese arraigo de las tradiciones que tienen en los países asiáticos, como aseverará el tío de Billi en contraposición a los países occidentales, y también, con un sentido del humor que en ocasiones rayará lo absurdo y lo excéntrico como las mejores comedias de los hermanos Marx o Jerry Lewis.

Lulu Wang ha construido una obra estupenda, sincera y llena de múltiples capas, con resonancias dramáticas a las que planteaba Mar Coll en su estupenda Tres dies amb la familia, que va descubriéndose a partir de las relaciones entre sus personajes, en la mejor tradición del cine de Ozu, donde padres e hijos chocan entre lo tradicional y lo moderno, en la que ha contado con un atractivo y convincente reparto donde podemos encontrar destacadas figuras del cine chino-estadounidense como Tzi Ma, Diana Lin, Zhao Shuzhen, A Mayo, entre otros, que dan vida a una familia llena de diferencias culturales y personalidades, pero que saben formar un conjunto para despedirse de la abuela sin decirlo, montando una verdad que no es verdad, pero que todos la toman como tal, situación que explica con suma delicadeza y detalle la película, interpelando constantemente al espectador, colocándolo en esa tesitura moral y removiendo de forma crítica todas nuestras ideas y creencias respecto a la familia, las tradiciones, la muerte y las relaciones humanas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las niñas bien, de Alejandra Márquez Abella

SE ACABÓ EL PASTEL.

“Los cubiertos de plata. El gran Magnier. Las copas de vino blanco. No me convencen los alcatraces, quiero que me los cambien por tulipanes. Le pido a Mari que le pegue sesenta veces al pulpo porque si no queda duro y es una tristeza. Hay una mariposa negra en la pared de la sala. El jardinero me dice que hay que dejar que se salga sola si no es de mala suerte. Es mi fiesta de cumpleaños. Traigo el vestido marfil que me compré en Nueva York. La casa está preciosa. Llena de gente. Todos me miran. Entre los invitados está Julio Iglesias, se me acerca, me dice que me ama, me toma la mano, me lleva con él a España y vivimos en El Corte Inglés”.

La protagonista de la película se llama Sofía de Garay, casada con un heredero acaudalado y madre de tres hijos pequeños. Sofía es la perfecta anfitriona, ambiciosa, altiva, soberbia y obsesionada con las apariencias y los bienes materiales y la imagen personal. Su vida se reduce a contentar a su marido, ordenar a su servicio, jugar al tenis en el club con sus amigas, asistir a eventos sociales y sobre todo, comprar con el dinero del marido, cuidando al detalle en la burbuja que habita.

Un día, la crisis económica estalla en el México de 1982, encendiendo la mecha de que todo ese mundo de Sofía de Garay tiene los días contados, ha empezado a desmoronarse, pero Sofía seguirá aparentando tranquilidad y paz ante sus conocidas, como si nada estuviera pasando, como si todo su universo quedase intacto ante los problemas económicos. Después de Semana santa (2015) primer largo de Alejandra Márquez Abella (San Luis Potosí, México, 1982) en el que retrataba un viaje familiar que sacaba a la luz tantos secretos reprimidos, que tuvo un gran recorrido internacional, vuelve a la dirección con Las niñas bien, basada en la novela homónima de Guadalupe Loaeza, en la que se lanza al convulso año 1982 para contarnos a modo de crónica social y personal la decadencia de una señora de altos vuelos, contando al detalle las miserias de una clase pudiente mexicana autodestructiva y derrochadora, que ve impotente desmoronarse su castillo de marfil, con un marido inmaduro y cobarde en pleno colapso mental y físico, y unos hijos que empiezan a hacer demasiadas preguntas incómodas con las que Sofía nunca llegó a imaginar.

La directora mexicana nos cuenta su película a través de la mirada de Sofía de Garay, una de esas señoronas insoportables y superficiales que tanto habitan en esos espacios de riqueza abundante y poco más. Una mujer que cuida todos los detalles superfluos y aparentes que tanto se valoran en su mundo, en ese universo alejado de la realidad, ajeno a todos los problemas, o quizás no tanto, como demostrarán los acontecimientos que Sofía se niega a ver, a continuar con su mentira cuando la realidad comienza a ser devastadora. Ese mundo de cuento, de pétalos de rosas, música romántica y champán, al ritmo de la música de Julio Iglesias, con el que Sofía fantasea con una vida al lado del cantante y viviendo en hoteles de lujo, caviar y en El Corte Inglés. La estética naif y pop alimentan el mundo de Sofía, y le quitan amargura y oscuridad a la película, llevándola a ese terreno donde los personajes resultan caricaturas de sí mismas y constantemente el relato cuida los detalles para no caer en la burda crítica o el ensañamiento gratuito, sino describiendo con precisión quirúrgica y aplomo los distintos movimientos y conflictos en los que se va encontrando la caída sin remedio del mundo de Sofía.

Una actriz elegante, inmensa y cercana como Ilse Salas era la guinda del pastel, llevándonos con esa naturalidad que nos sobrepasa, conduciéndonos desde el primer instante, como ese espectacular arranque con esa voz en off, la peluquería y la descripción de los detalles de la fiesta, así como sus movimientos y su forma de mirar a esos invitados que tanto odia, pero a la vez, tanto necesita para seguir reinando en su trono. Márquez Abella ha conseguido hilvanar una película grandiosa a partir de los pequeños detalles, de aquellos que son imperceptibles para el espectador, creando ese universo de apariencias, superficialidad y de vacíos, peor haciéndolo con elegancia, clase y sobriedad, sin convertir a sus personajes en meras figuras, sino yendo mucho más allá y describiendo con valentía y profundidad todo ese mundo clasista que tanto ha vivido en México, y desgraciadamente, en tantos otros países, donde viven ajenos a toda la realidad social, y es de agradecer que la película retrate a una mujer y su reino de cristal romperse, desmoronarse y caerse sin remedio, y cómo la va afectando y lo que trata de mentir y falsear en su círculo social, haciendo creer lo inevitable, agarrándose a la última puerta lujosa aunque ya no quede ni rastro material de la vida que tuvo y sobre todo, de ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA