Tailor, de Sonia Liza Kenterman

EL SASTRE QUE HACIA VESTIDOS DE NOVIA.

“La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”

Jorge Luis Borges

En Los tomates escuchan a Wagner (2019), de Marianna Economou, unos primos griegos y la ayuda de unas abuelas reciclaban su cultivo de tomates en conservas orgánicas que vendían al extranjero. Algo parecido le sucede a Mikos, un sastre a la antigua usanza que ha heredado el negocio de su padre. Los cambios en la moda masculina, unos clientes envejecidos o fallecidos, y la crisis arrasadora del país, obligan a Nikos a mirar hacia el futuro de forma diferente y dejar su trabajo como sastre y mirar a las mujeres y a los vestidos de novia. La directora Sonia Liza Kenterman (Atenas, Grecia, 1982), de madre griega y padre alemán, que ya había dirigido un par de películas cortas como Nicoleta (2013), y White Sheet (2015), con gran aceptación internacional, vuelve a colaborar en el guion con Tracy Sunderland, con la que ya coescribió Nicoleta, y continúa en el mundo de los marginados y perdedores, y aquellos que han sufrido alguna pérdida en el entorno familiar. Individuos como Nikos, que no se resigna al inminente embargo de su tienda por falta de pagos, y sobre todo, de clientes.

La trama arranca con el padre de Nikos en hospital, y con la soga al cuello, se las ingeniará para sacar a flote su negocio, con la inestimable ayuda de su ingenio y de su vecina Olga, y su pequeña y espabiladísima hija Victoria, formaran un equipo que recorrerá las calles con un especie de remolque tirado por una moto en busca de clientas, imposible no acordarse del motocarro de Plácido y sus penurias para afrontar la primera letra del citado vehículo. Tailor tiene ese tono de fábula mágica, con el aroma del cine mudo de Chaplin o Keaton, con un tipo muy curioso, de hablar poco, mirar mucho y de vida tranquila y anodina, solo de su trabajo. Tiene también mucho del cine de Tati, y su inolvidable Monsieur Hulot, el tipo hecho a la antigua que choca con tanto aparato moderno, y sin olvidarnos del toque de cuento, con tonos melancólicos y tragicómicos que deambulan por el imaginario de Menzel, Iosseliani, Kusturica, entre otros, y películas como Delicatessen, donde la comedia y el tono de fábula ayuda a mirar la realidad de formas y texturas diferentes.

Kenterman confía plenamente en su plantel de intérpretes para dar vida a unos personajes que hablan lo justo, y miran mucho, eso sí, y como miran, diciéndolo todo, expresando todo lo que tienen en su interior. Dimitris Imellos da vida a Nikos, el callado y rutinario Nikos, un tipo que ya no seduce con el maravilloso arranque de la película, cuando lo vemos en plena faena, con sus telas, sus patrones, sus hilos y alfileres y agujas y demás herramientas de su sastrería, con ese olor a naftalina y a inamovible. La actriz rusa Tamila Kouieva es Olga, una vecina que le ayudará con los vestidos de novia, y quizás a algo más, la niña Dafni Michopoulou es Victoria, hija de Olga, con la que mantiene una peculiar correspondencia, y en el otro lado, están Thanasis, el padre de Nikos, que interpreta el veterano Thanasis Papageorgiou, un hombre de antes, que ve a su hijo como un ser inferior, alguien a quien dirigir, un pobre tipo que ha aprendido el oficio y no es nada sin él, y finalmente, Kostas, el marido de Olga, que compone el actor Stathis Stamoulakatos, un tipo rudo, corriente, y todo lo contrario a Nikos.

Sonia Liza Keterman ha dado con el tono y la forma de su opera prima, una película que no solo habla de la crisis económica desde otra posición, no de aquella triste y crudísima, sino desde un espacio donde se habla de valores que en la sociedad actual parecen olvidados, como la dignidad, la amistad, la fraternidad y la cooperativa, ayudarse unos a otros, mirar al otro, y sobre todo, empatizar. Y todos esos valores humanos nos lo cuenta en el marco de una hermosísima y sensible fábula con el aroma de los cuentos de toda la vida, con la cotidianidad e intimidad que vivimos diariamente. Una película que no debería pasar desapercibida entre la maraña de estrenos semanales, porque el espectador no solo va encontrar un relato bien contado y unos intérpretes que destilan bondad, trabajo y dignidad, valores que en este mundo se hacen cada vez más necesarios y valientes, sino que también van a encontrar humanismo, esa palabra que muchos no solo desconocen, sino que sus actos les llevan a todo lo contrario, porque en casos de dolor y tristeza, como el caso de Nikos y su sastrería, es cuando más necesitamos al otro, que nos mire, que nos entienda y sobre todo, que nos coja de la mano y nos acompañe, porque no somos un número de cuenta corriente ni los bienes materiales que lleven nuestro nombre, eso no es ser, es solo tener. Ser es otra cosa, ser es como somos y nos relacionamos con los demás cuando estamos tristes y jodidos, eso es lo que nos hace personas de verdad, y sobre todo, humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marc Sempere-Moya

Entrevista a Marc Sempere-Moya, codirector de la película «Canto cósmico. Niño de Elche», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Parc de la Ciutadella en Barcelona, el viernes 26 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Sempere-Moya, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Eva Calleja de Prismaideas y al equipo de prensa de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Drive My Car, de Ryûsuke Hamaguchi

LA VIDA… Y LUEGO NOSOTROS.

“Cuando se carece de verdadera vida, se vive de espejismos…”

De la obra “Tío Vania”, de Anton Chéjov

Apenas tres meses del estreno de La ruleta de la fortuna y la fantasía, volvemos a cruzarnos con otra película de Ryûsuke Hamaguchi (Kanagawa, Japón, 1978), y como no podía ser de otra manera, volvemos a reencontrarnos con sus personajes de existencias cotidianas, de instantes fugaces, de sentimientos vulnerables, con sus conflictos existenciales, sus continuas derivas emocionales, y sobre todo, volvemos a mirar de frente aquellos problemas invisibles, aquellos que ocultamos a los demás, y también, y sobre todo, a nosotros mismos. El cineasta nipón nos habla sobre la vida, o mejor dicho,  sobre aquello que creemos que es vivir, sobre todo aquello que nos ocurre, sobre todas esas heridas y el dolor que nos producen las situaciones vitales, y sobre como gestionamos ese dolor, la forma en que nos relacionamos con él, y como lo usamos o no frente a los demás. Sus relatos se van sucediendo frente a nosotros como ocurría en las obras de Ozu, casi sin darnos cuenta, aplastadas por la cotidianidad de nuestros quehaceres diarios, unos relatos breves y fugaces que se perdían casi sin llamar la atención, pero que continuaban viviendo en nuestro interior. Esos pequeños conflictos a los que apenas damos importancia, pero acaban dirigiendo nuestras vidas, porque están ahí, quietos, sin revolver, viviendo en nosotros, agazapados y esperando su oportunidad, donde serán expuestos y enfrentados y quizás, resueltos o no.

En esta ocasión, la mirada de Hamaguchi toma prestado un cuento homónimo de Haruki Murakami (de título extraído de una canción de The Beatles), que apareció en el libro “Hombres sin mujeres”, y escribe junto a Takamasa Oe un guion que nos sitúa frente a una pareja dedicada a contar historias. Él, Yusuke Kafuku, actor y director teatral, y ella, Oto, guionista de televisión. Una pareja que se quieren, y poseen una peculiar forma de contarse las diferentes historias que van inventándose. El automóvil de él, un Saab 900 Turbo, un vehículo de más de diez años de vida, es el encargado de acoger esas historias y funciona como espacio donde los personajes se abren mucho más y exponen más sus emociones y por ende, descubrimos lo que son en realidad. Estamos ante una película donde la interpretación y la fabulación son usadas como máscaras, como escaparates ficticios para ocultar los verdaderos sentimientos en forma de heridas. No obstante, veremos dos obras de teatro representadas. La primera, Esperando a Godot, de Beckett, la obra que más ha buceado por el hastío y el vacío vital, que explica con detalles todo lo que le sucede al personaje masculino, y luego, en las dos terceras partes siguientes, asistiremos a los ensayos de Tío Vania, de Chéjov, una de las obras que mejor ha descrito la desesperación y el vacío de la vida, en la que cada uno de los personajes arrastra sus heridas y su desconsuelo vital.

El automóvil actúa como acicate ante tanto dolor no compartido, la parsimonia de la circulación y la paz que le produce al protagonista es usado como bálsamo de paz, porque mientras conduce va escuchando la obra recitada por su mujer Oto. No es casualidad que la acción suceda en Hiroshima, la ciudad junto a Nagasaki, arrasadas por las bombas atómicas. Una ciudad de dolor, sobre el dolor, en la que todavía se perciben las secuelas de la tragedia y el inmenso dolor que produjo. En ese espacio, en sus calles, va a parar Yusuke, arrastrandon su dolor, y mientras trabaja en el montaje de “Tío Vania”, recorrerá sus calles y diferentes espacios con un chófer que le pone el festival de teatro, la elegida que conducirá su coche es Misaki, una joven de veinte años, que será su compañera, confidente y escuchadora durante esos dos meses en Hiroshima. Otro personaje clave en la película es Koshi Takatsuki, un actor que volverá a la vida de Yusuke, que pertenece a su pasado, a ese pasado que compartió con Oto.

Los aspectos técnicos del cine de Hamaguchi son extraordinarios y sumamente elegantes y llenos de matices. Desde todo el anacronismo existente en la película, con ese automóvil en la cabeza, un modelo del pasado, con sus cintas de casete donde vamos escuchando las obras, o ese tocadiscos, con sus discos de vinilo que escucha la pareja. La excelente banda sonora que escuchamos firmada por Eiko Ishibashi, donde se van detallando con suma delicadeza todos los sentimientos de los personajes que van aflorando tímidamente. El ágil, exquisito y rítmico trabajo de edición de Azusa Yamazaki,  como si se tratase de una partitura musical, para aligerar sus ciento setenta y nueve minutos de metraje, que se nos pasan casi sin darnos cuenta, completamente ensimismados por sus imágenes, sus palabras y sus emociones. La cinematografía de Hidetoshi Shimoniya ayuda a armonizar toda esa gama de sentimientos complejos que arrastran los dos personajes principales, donde la ligereza y suavidad de sus imágenes, confronta con todo ese espacio interior, donde todo es complejidad, oscuridad y dolor.

La mirada de Hamaguchi no está muy lejos del cine de Rohmer y Hong Sang-soo, otros dos autores-cronistas sobre las dificultades emocionales ante la vida y sus catástrofes, con sus personajes sin tiempo, que hablan y discuten, y miran y se mueven intentando ser, que nos es poco. Hamaguchi es otro creador maravilloso de personajes, porque es a través de ellos que se cuentan los diferentes conflictos, a través de sus hermosos y transparentes diálogos, y sus importantísimos silencios, quizás más elocuentes y auténticos, con ese revelador detalle del personaje que no habla y solo se comunica con el lenguaje de signos. Sus criaturas son individuos como nosotros, cercanísimos en sus problemas emocionales, en el que cada uno de ellos actúa como reflejo del otro, como espejo deformador de sus propias existencias, donde las diferentes composiciones, en los que abundan los personajes femeninos fuertes y sensibles, como sucede en Drive My Car, con esa Oto y Misaki, quizás dos mujeres muy diferentes o no, que conducirán, y nunca mejor dicho, la existencia y el trabajo de Yusuke. Un grupo de grandes intérpretes como los Hidetoshi Nisgijima, al que vimos recientemente en El teléfono del viento, de Nobuhiro Suwa, da vida a Yusuke, el tipo que encontrará en la actuación la terapia para acompañar y vivir su dolor, aunque quizás la amargura de Vania esté demasiado cerca para poder interpretarlo.

Y los de reparto, igual de importantes que los principales, por la huella y la presencia-ausencia que dejan en estos, como Tôko Miura es Misaki, la joven que también arrastra su herida, y se convertirá no solo en la eficiente chófer de Yusuke, sino en su confidente, y su hermana de dolor, y los dos compartirán mucho más que la mera relación profesional. Reika Kinishima es Oto, una mujer compleja, enamoradísima y una herida difícil de llevar, y finalmente, Masaki Okada es Koshi, el joven actor que aparecerá en las vidas de la pareja de forma inesperada e intensa. Hamaguchi ha vuelto a construir una grandiosa película, como son las grandes películas, de armazón ligero, suave como una brisa frente al mar, y denso y complejo en su interior, con unos personajes cercanos e íntimos, pero convertidos en una especie de islas emocionales, llenos de heridas, llenos de dolor, que les iremos conociendo y sintiendo en su proceso de acompañar el dolor, de mirarlo de frente, de no huir de él, de vivir con ello, porque la vida a pesar de su tristeza y su sin sentido, siempre está ahí para regalarnos una conversación con alguien, una mirada cómplice o simplemente, compartir unas miradas y un silencio que lo dicen todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En el umbral, de Coraci Ruiz

LA MADRE QUE FILMA A SU HIJO TRANS.

“Intentar entender al otro significa destruir los clichés que lo rodean, sin negar ni borrar su alteridad”

Umberto Eco

La opera prima de la directora brasileña Coraci Ruiz, codirigida junto a Julio Matos fue Letters to Angola (2012), en la que nos hablaba de personas nacidas en Angola y su migración y exilio en países como Portugal y Brasil, en la que también se abordaba el encuentro con el otro. Bajo esa premisa, la cineasta nacida en Sâo Paulo, se enfrenta a otro reto mayúsculo, esta vez centrándose en la intimidad de su familia, porque ha comenzado a filmar el proceso de su hija que siente la necesidad de ser otra persona. La película está construida  desde múltiples ángulos y texturas, desde el material de archivo, con esas imágenes domésticas donde vemos la infancia de su hijo, la juventud de la madre, y la propia de la directora. Hay una parte importante que la película se apoya en el diálogo íntimo y transparente, entre la madre de la directora y ella misma, donde conocemos su activismo político en aquel Brasil de principios de los setenta con la dictadura derrocada y una sociedad nueva llena de cambios y sobre todo, de libertad. Y ese otro diálogo, entre madre e hijo, donde nos adentramos en las reflexiones, dudas y preocupaciones tanto de madre como de hijo, a través de una conversación tranquila, profunda y abierta.

Las imágenes de Ruiz traspasan el documento para profundizar en la vida, y en el otro, en todas las ideas, prejuicios y combates internos que tenemos ante los conflictos emocionales que se nos van presentando en nuestra existencia. La película tiene una vitalidad extraordinaria, porque maneja con soltura los citados momentos íntimos, con otros como las manifestaciones feministas y LGTBI, en el Brasil que abarca tres años de rodaje de la película, el que va de 2016 con el fin de la progresista Dilma Rousseff y la llegada del ultraderechista Jair Bolsonaro en el 2019. Acontecimientos que impregnan la película y la hacen muchísimo más reivindicativa y humana, porque estamos ante una película que abraza la diferencia, la diversidad, y sobre todo, nos plantea todo aquello que pensamos sobre cuestiones diferentes a nosotros, colocándonos en una situación en la que debemos mirar, escuchar y entender al otro, liberándonos de todo aquello que se ha ido cociendo en nuestro interior, siendo valientes para observar y ver que hay dentro de esas personas que sienten diferente a nosotros, y mucho más cuando se trata de tu propio hijo.

La directora brasileña trata con suma delicadeza y sensibilidad todo aquello que filma, el archivo que edita, y las personas que filma y cómo las filma, de frente, nunca sin condescendencia ni sentimentalismo, sino de forma auténtica, de verdad, sin acompañamientos ni efectos estilísticos, de forma natural, con esos encuadres cerrados y llenos de humanidad, acercándose con tacto y ternura a sus compañeros de viaje como su madre y su hijo. La película empieza hablándonos de un conflicto íntimo e interno, para crecer enormemente y construir todo un viaje personal, político, social y económico sobre querer ser otro, y cómo esa sociedad que cada vez se vuelve más intransigente y conservadora, responde ante esos cambios que nos hablan de una nueva generación de personas, como aquella otra de los setenta, la de los abuelos, que quiere y necesita vivir sin miedo, aceptando a los demás y sobre todo, aceptándose a sí mismos, construyendo y luchando por una sociedad más justa, con más liberta, y llena de vida, de amor, y de personas que son respetadas y aceptadas por los demás independientemente de su identidad y su género.

Aplaudimos y celebramos la valentía y la sinceridad de una película que habla del individuo para hablarnos de lo colectivo, de una película que se formula a través de lo que filma y como lo hace. Un gran alegría por el coraje de Coraci Ruiz, su coguionista Luiza Fagá, su productor Julio Matos, y de todo su equipo, para levantar una película bellísima, tanto por su contenido como por su forma, por poner sobre la mesa tantos temas de aquí y ahora que entroncan con el pasado, en un tiempo de lucha, reivindicación y manifestaciones, alzándose contra el poder, contra los muros y barreras que continuamente ponen a la libertad de uno mismo. En el umbral habla en realidad de todos nosotros, de todos aquellos que alguna vez en la vida nos hemos sentido diferentes y hemos querido vivir de otra manera, más acorde a lo que sentíamos, aunque para ello tuviéramos que ser objeto de críticas y demás. Todos somos Noah, y también, Coraci, y la abuela. Porque todos vamos en el mismo barco, porque todos queremos una vida tranquila y sobre todo, una vida de verdad, aunque para ello tengamos que enfrentarnos a tantos cavernarios. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Canto cósmico. Niño de Elche, de Marc Sempere-Moya y Leire Apellaniz

RETRATO DEL ARTISTA CALEIDOSCÓPICO.

“No han entendido bien en el flamenco que la identidad es algo móvil, algo que se construye y algo que puede tomar muchas formas. En ese sentido es en el que creo que habría que hablar de la relación entre lo flamenco y lo queer”.

Pedro G. Romero

Según la etimología, la palabra “revolucionario” está formada con raíces latinas y significa «relativo a la acción y efecto de dar vuelta de un lado a otro». En el flamenco ha habido revolucionarios como Camarón de la Isla, que sorprendió a propios y extraños con su monumental “La leyenda del tiempo” en 1979, con poemas de Lorca, la presencia de lo electrónico, y la multitud de artistas presentes. Todos los puristas se alzaron en su contra, y lo machacaron, el tiempo le dio la razón y hoy es considerado uno de los grandes álbumes de la historia de la música. Algo parecido sucedió años después, en 1996, con Enrique Morente y su “Omega”, que hizo junto a Lagartija Nick, también con poemas de Lorca, con una fantástica fusión entre el flamenco y rock, nació uno de los discos más innovadores.

A los Camarón y Morente se les une ahora alguien que ha traspaso todos los límites conocidos, porque para eso están, para romperlos. Uno de los artistas que podemos considerar como cantaores revolucionarios, y ese no es otro que Francisco Contreras Molina (Elche, 1985), más conocido como “Niño de Elche”, un artista caleidoscópico, único, multidisciplinar, y sobre todo, un artista-performance, alguien capaz de meterse con todo, explorar los infinitos mundos de la representación e interpretación, a través del cante, los sonidos y demás voces ancestrales y contemporáneas. La película Niños somos todos (2019), de Sergi Cameron, ya exploró la figura del Niño de Elche, a través de un viaje por Latinoamérica. Ahora, nos llega Canto cósmico. Niño de Elche, de la mano de Marc Sempere-Moya, que había dirigido El ball del vetlatori (2014), y propuestas que mezclan lo escénico y cinematográfico, con las que ha trabajado con Niño de Elche, y de Leire Apellaniz (Bilbao, 1975), que conocíamos su faceta como directora con El último verano (2016), y de productora en trabajos con Maider Fernández Iriarte, Chema García Ibarra, Cristóbal Fernández y Ana Schulz, y Artiz Moreno, entre otros.

Los cineastas nos conducen por un viaje que no tiene ni principio ni fin, como adelantan en su espectacular arranque, con ese cuadro negro y el puntito de luz, que irá abriéndose en una masa blanquecida y borrosa y el sonido industrial se irá mezclando con la voz de Niño de Elche, que lo llenará todo, y lo amplificará, creando una fascinante mezcla entre cine, poesía, y espíritu. La cámara penetrará en la vida y el espíritu del cantaor, escritor, artista, y lo escucharemos detenidamente hablarnos, reflexionar y dialogar de su arte, de sus miedos, del amor, de política, de literatura, de Elche, de su familia, de sus amigos, de sus amantes, de flamenco, como no, pero, también, escucharemos a su familia, a sus padres, y hermanos, amigos, cómplices, entendíos y opuestos  de flamenco como Pedro G. Romero, C. Tangana, Angélica Liddell, y demás, y actuaciones musicales, en la intimidad del terrado de casa de sus padres, en su hogar ordenando libros, en soledad, fundiéndose con el paisaje, o junto a su padre, o con el bailaor Israel Galván, y otros artistas del mundo, submundo y múltiples universos que toca y tocará Niño de Elche.

Canto cósmico se adentra en todo aquello físico, aquello que podemos ver y tocar, pero también, en lo intangible y espiritual, entre lo infinito, todo aquello que existe y no podemos ver ni apreciar, solo sentir, viendo más allá de nuestros sentidos, de lo cotidiano y adentrándose en aquello más del alma, de lo sugerente, de lo extraño, de lo poético, de lo que nace de nuestras entrañas y explora otros mundos dentro de este, en un retrato que aborda de manera sencilla y directa la eterna lucha de la condición humana entre el individuo y el colectivo, entre la tradición y la modernidad, y la libertad como arma para vencer el miedo y los miedos. La película huye del retrato simple y condescendiente, para dar un retrato poliédrico de un artista que a cada paso que da sigue en su incesante camino sobre su arte, y todos los artes satélite, vías y ventanas donde seguir experimentando, explorando y lanzándose al abismo infinito de un tipo de personalidad y artes arrolladores, que parece no descansar nunca, que camino hacia lo diferente, lo prohibido y sobre todo, hacia lo inexplorable, un revolucionario que acepta esa condición porque es tan diferente y experimentador que se sale de todos los cánones habidos y por haber, alguien que nació y se forjó así, porque no se detiene nunca, y busca y busca y mira y remira, y canta y recanta, y escribe y reescribe, y actúa y vuelve a actuar, ya sea sobre un escenario, o debajo de él, con el cante, las voces y los sonidos ancestrales y de ahora, con otros artistas en otros géneros y texturas y formas y fondos.

La película se mimetiza completamente con Niño de Elche, y no solo lo retrata de forma extraordinaria, tanto de frente como de atrás, de todos los lados posibles, sino que lo enfrenta a los otros, a los familiares, amigos y conocidos, desconocidos, detractores y demás, acercándose a grandes títulos del género como Don’t Look Back (1967), Gimme Shelter (1967), Let’s Get Lost (1988), La mugre y la furia (2000), Searching for Sugar Man (2012), entre otros, donde no solo profundizan en el artista y su trabajo, sino en los suyos y en todo lo que socialmente impactan o no. Canto cósmico. Niño de Elche se cuenta en presente, si exceptuamos alguna grabación doméstica cuando Niño era Francis y se hartaba de ganar premios debido a su admirado cante. Una película de aquí y ahora, que se cuenta en muchos tiempos, el que vemos y el que no, donde Niño de Elche vive su universo y de todos aquellos que le rodean, en una masa viva y en continuo movimiento, que nunca se detiene y sigue explorando y adentrándose en nuevos universos, unos conocidos y otros por explorar, porque Niño es un artista del renacimiento, de antes y de ahora, del no tiempo, porque anda creando sin límite y sin concesiones, solo él, y con otros, todos juntos y por separado, todo en marcha y con vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El brindis, de Laurent Tirard

ADRIEN, EL DESAMOR Y SU FAMILIA.

“¿Conocen este chiste? Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña y dice una: Vaya, aquí la comida es realmente terrible. Y contesta la otra: Sí, y además las raciones son tan pequeñas. Pues, básicamente, así es como me parece la vida. Llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza… Y sin embargo se acaba demasiado deprisa”.

Alvy Singer en Annie Hall, de Woody Allen

En los tiempos actuales, abundan gran cantidad de películas llamadas “comedias románticas”. Que en realidad no son esas deliciosas, divertidísimas e inteligentes comedias que hicieron gentes como Cukor, Hawks, La Cava, Capra, Sturges, Wilder, y tantos otros. Las de ahora son otra cosa. Películas planteadas para entretener y nada más, estereotipadas y en bucle, porque todas son idénticas, con los mismos gags y chistes malos, si que hay amores, pero son tan increíbles que cuesta creerlos. En fin, de vez en cuando, en la cartelera se abre hueco alguna que otra comedia romántica que está contada de otra manera, más cercana a aquellas maravillas que venían de Hollywood, cuando existía.

Con el aroma de las grandes, nos encontramos con  El brindis, un película que tiene algo que la hace especial, y lo consigue a través de lo cotidiano y un personaje memorable y torpe, como lo son los personajes inolvidables. El título que, a simple vista pueda parecer muy alejado del original que es Le discours, no es el caso, porque nuestros vecinos franceses llaman de esa manera al momento del brindis, cuando alguien de la familia nos ilumina con unas palabras, si se da el caso, claro está. Basada en una novela de Fabrice Caro, el octavo trabajo del francés Laurent Tirard, sigue la línea de sus anteriores películas, en la que encontramos de todo, un par de cintas dedicadas al famoso personaje de El pequeño Nicolás, una de la saga de Astérix y Obélix¸ otra con Romain Duris sobre Las aventuras del joven Molière, una serie sobre metacine, y una par de comedias que no desentonaban con Jean Dujardin. En El brindis, todo el peso recae en Adrien, un tipo muy peculiar, neurótico e hipocondriaco, con notables síntomas de inmadurez, una mezcla del Cary Grant de La fiera de mi niña, y del mencionado Alvy Singer, un tipo simpático, pero con muchos conflictos internos.

Con Adrien somos testigos de sus historias y miedos, y no sitúa en dos momentos. En uno, estamos en una cena familiar que Adrien comparte con sus padres, su hermana Sophie y su cuñao. El joven está completamente ausente, ya que está desconsolado, porque su novia Sonia, con la que vivía y de la que está profundamente enamorado le ha pedido un descanso y él lo lleva fatal. Además, su cuñado, un idiota insoportable, le ha pedido el famoso discurso, y Adrien intenta quitarse como sea del engorroso encargo. En el otro momento, nos encontramos en la boda de la hermana y vemos todos los posibles discursos que va imaginando Adrien. La película va de un lado a otro tiempo, presenta, pasado y futuro, como la infancia y adolescencia de Adrien y a otros momentos con Sonia y su familia. No hay descanso, todo se cuenta a un ritmo febril y muy divertido. Tirard consigue una comedia que tiene de todo: amor y desamor, ironía, inteligencia, muchos gags, y sobre todo, una radiografía intensa y muy profunda de quiénes somos, lo que realmente nos preocupa, y lo poco sinceros que somos con los demás y con nosotros mismos.

Aunque todo el entramado argumental y formal de la película, y mucho más en una cinta de estas características, sin un buen plantel de intérpretes como los François Morel y Guilaine Londez como los simpáticos padres, que siempre cuentan la misma anécdota y son un amor, Julia Piaton es la hermana, enamoradísima del imbécil de su novio, Kyan Khojandi, que encima quiere ser guay, una ricura, Sara Giraudeau es Sonia, el amor en descanso de Adrien, frágil y delicada, que acaba hasta el mismísimo de las estupideces e historias de Adrien, y finalmente, un actor como Benjamin Laverhne, que en los últimos años le hemos visto en personajes muy distintos como el tipo que tiene Asperger de Pastel de pera con lavanda, el enamorado de Quisiera que alguien me esperara en algún lugar, el arrogante marqués del siglo XVIII en Delicioso, todos roles donde Lavernhe demuestra sus grandes dotes para la comedia y el drama, y para todo lo que se le ponga de frente, un grandioso intérprete que se hace con la película, lleva a su Adrien a donde haga falta, dándole ese toque de idiota simpático, de un pobre tipo que puede enderezar su gilipollez. Tirard ha construido una comedia romántica con el aroma de las de antes, cuando contaban cosas y trataban al espectador con respeto y admiración, donde se utilizaba el género para hablar de los males e injusticias sociales y emocionales, y aunque en muchos casos ya supiéramos el desenlace, el inevitable beso de los protagonistas contrariados, eso no deslucía en absoluto toda la película, aún más, no nos importaba el final, porque era lo de menos, disfrutábamos de cada desplante, cada equivoco, cada carrera, cada metedura de pata, y sobre todo, nos hacían pensar, reír y sobre todo, disfrutar del cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Almudena Amor

Entrevista a Almudena Amor, actriz de la película «La abuela», de Paco Plaza, en el Hotel Seventy en Barcelona, el martes 21 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Almudena Amor, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La abuela, de Paco Plaza

SUSANA Y LA VEJEZ.

“Todo el mundo quisiera vivir largo tiempo, pero nadie querría ser viejo”.

Jonathan Swift

Uno de los primeros trabajos de Paco Plaza (Valencia, 1973), fue el cortometraje Abuelitos (1999), una excelente fábula de terror sobre una misteriosa residencia de ancianos, cargada de una atmósfera inquietante, en la que se sugería mucho, se hablaba poco y se decía más. El tema de la vejez siempre ha estado presente en la filmografía del cineasta valenciano, de una forma u otra, aunque en La abuela, parecen haber convergido dos de los temas que ya había tratado en dos de sus anteriores filmes. En Verónica (2017), producida por Enrique López Lavigne, una adolescente debía hacerse cargo de sus pequeños hermanos en un espacio donde lo doméstico se convertía en una cárcel, donde el más allá irrumpía con fuerza, y en Quién a hierro mata (2019), la vejez en forma de residencia de ancianos era una parte fundamental de la trama, así como el legado y la herencia de nuestros mayores. En La abuela, escrita por el cineasta Carlos Vermut, vuelve a la vejez y al espacio único de lo doméstico, un piso donde habita el tiempo, la memoria y sobre todo, la cárcel de la vejez, y como los jóvenes se relacionan con ella.

La acción es bien sencilla y directa, Pilar, octogenaria sufre un derrame cerebral, y su único pariente es Susana, una modelo que vive en París de su belleza y su cuerpo. Susana viaja a Madrid y cuida de la abuela, como ella hizo a su vez cuando la joven era niña y perdió sus padres. Todos los intentos de Susana se encaminan en deshacerse de esa carga y buscar a alguien que cuide de la abuela, totalmente ausente y dependiente. Con el mismo aroma y tono de las películas inquietantes y domésticas de Polanski, amén de Repulsión, La semilla del diablo y La locataire, el terror irá tomando la casa, igual que le ocurría a Verónica, y convertirá la existencia de Susana en una pesadilla terrorífica, donde confluirán el tiempo, la memoria, la vejez, y sobre todo, la vivienda se tornará una cárcel imposible de escapar de ella. Todos los elementos confluyen para que todo cuadre de forma tenue y cotidiana, empezando por su luz, que en películas de este estilo es fundamental, la textura del 35 mm consigue esa sensibilidad en el espacio, tanto de sus objetos como su atmósfera, con ese peso en el aire y en cada espacio de la casa, un gran trabajo de cinematografía de Daniel Fernández Abelló, que había estado en los equipos de cámara de películas tan interesantes como Blog y Buried.

El ágil y preciso ejercicio de edición que firma David Gallart, un cómplice estrecho de Plaza, que ha estado en varias de sus películas, que usa con pausa e intensidad los cien minutos del metraje, la música de Fátima Al Qadiri, que puntúa con sabiduría y llena todos los silencios que explican mucho más de lo aparentemente parecen, una de las marcas más características que encontramos en la filmografía del autor levantino, como la presencia de esos temas musicales, que tanto dicen, como los de Vainica Doble, Estopa y Los panchos. La gran labor de arte de Laia Ateca, que repite después de Quién a hierro mata, adornada con todos objetos como los espejos y sus reflejos, los objetos del pasado común, y demás detalles que pululan por toda la casa, así como su impactante sonido, que viene de la mano de Diana Sagrista, que en una película de este calibre, donde se sugiere más que se muestra, como el terror más auténtico y clásico, el que hizo grande el género, sino que se lo digan a los monstruos de los treinta de la Universal, o a los grandes títulos de Tourneur o la Hammer. Una producción elegante y cuidadosamente bien ejecutada que corre a cargo del ya citado Lavigne, y la incursión de Sylvie Pialat, mujer del desparecido director francés, con hechuras de una película que toca temas muy cercanos y a la vez, universales y sin tiempo.

La abuela nos habla de grandes temas de ahora y siempre como el inexorable paso del tiempo, con la vejez convertida en una prisión que nos dificulta lo físico y lo emocional, dependiendo de los otros, y convirtiéndonos en espectros de nosotros mismos, y también, como nos relacionamos con todos esos problemas, como los más jóvenes, los que fuimos cuidados, hacemos lo impensable para quitarnos el conflicto de encima, no queriendo ver, no queriendo participar, sacándolo de nuestras vidas, donde la culpa y la traición entran en juego, como bien introduce la trama de la película. Como planteaba Verónica y Quién a hierro mata, la presencia de pocos personajes y dotados de una complejidad que casará con todo lo que se está contando, y lo consigue con dos actrices completamente desconocidas. Por un lado, tenemos a la brasileña Vera Valdez, modelo de profesión que enamoró a Chanel y compañía, con pocos títulos en el cine, consigue con Pilar una interpretación inconmensurable, en un rol mudo, que apenas emite sonidos o algunas risas inquietantes, escenifica una anciana llena de pasado y un presente que lo domina todo, un grandioso acierto de la película, porque llena la pantalla sin emitir ninguna línea de texto, como ocurría con las grandes heroínas del mundo como la Gish o la Swanson.

Frente a Valdez tenemos a la no debutante Almudena Amor, que ya vimos no hace mucho en la mordaz El buen patrón, de Fernando Léon de Aranoa, siendo una paternaire excelente de Javier Bardem, en un personaje de loba con piel de cordera, en La abuela, tiene un rol completamente diferente, siendo esa mujer joven que vive de su cuerpo y belleza, tiene que afrontar la vejez de su abuela, los secretos que se ocultan en esa casa y sobre todo, en la relación enigmática que irá descubriendo a medida que avance la acción. Con muchos elementos que la relacionan con la Verónica que hacía Sandra Escacena, su Susana es otra joven enfrentada a lo maligno, a lo desconocido, pero en su casa, en su pasado, en todo lo que ella fu y es, y no se atreve a reconocerse y admitir. Plaza ha construido un extraordinario cuento de terror, donde se huye del efectismo y lo espectacular, para adentrarse en una atmósfera muy terrorífica, todo muy bien contado, con su ritmo y su pausa, con tranquilidad, con ese tono en el que nada parece estar sucediendo, pero en realidad todo sucede, con ese toque psicológico que hiela la sangre, con ese crujir de puertas y sonidos que no sabemos de dónde proceden, quizás, todo viene de nosotros, o quizás somos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El pacto, de Bille August

LA ESCRITORA Y EL JOVEN POETA.

“Te conoceré no por tu rostro, sino por la máscara que llevas”

Karen Blixen

La película se abre de forma elegante, seductora y oscura, con esa inquietante imagen de Karen Blixen mirándose en un espejo. ¿Quién es realmente la genial escritora? La imagen de alguien que observa en el espejo el paso del tiempo y su vejez, o quizás, es esa otra imagen reflejada en el espejo, una imagen que guarda una alma rota, desesperada y muy oscura. Un maravilloso juego con los espejos que nos iremos encontrando a lo largo de toda la trama. El pacto, que se basa en las memorias del poeta danés Torkild Bjornvig, en las que detalla minuciosamente su tumultuosa y manipuladora relación con la escritora danesa Karen Blixen, nombre real del pseudónimo más conocido de Isak Dinesen, con el que firmó la famosa Memorias de África, entre otras. La película aborda ese período que va del año 1948 a 1955, cuando el joven poeta fue apadrinado por la madura escritora, conduciéndolo por el lado oscurísimo de la condición humana, a partir de acciones y consejos muy discutibles, todos para convertirlo en un gran escritor y poeta.

El cineasta Bille August (Brede, Dinamarca, 1948), lanzado al panorama internacional con Pelle el conquistador (1987), durísimo drama sobre la inmigración sueca de finales del XIX, le siguieron Las mejores intenciones (1992), con guión del grandísimo Bergman, un extraordinario drama familiar, que le valió los grandes reconocimientos del año, de ahí a las producciones internacionales como La casa de los espíritus, Los miserables, entre otras, que compagina con las producciones más íntimas en su Dinamarca natal, con producciones tan notables como Marie Kroyer (2012), y Corazón silencioso (2014), estupendo alegato a favor de la forma de decidir el final de la vida. Con el mismo guionista de esta última, Christian Torpe, se ha puesto manos a la obra para dirigir una obra íntima y muy inquietante, entre dos seres antagónicos, donde se juega a la seducción, tanto a seducir como ser seducido, y a las malas artes que entran en escena como la manipulación, la mentira y la lucha imperiosa por querer ser necesitado.

Una película excelente en su ejecución, tanto en su forma como en su fondo, con una extraordinaria cinematografía del chileno Manuel Alberto Claro, que ha trabajado en muchas de las últimas películas de Lars von Trier, el gran trabajo de edición que firman un viejo conocido del director, Janus Billeskov Jansen, que lleva con él desde Pelle el conquistador, junto a Anne Osterud, que han trabajado juntos en las películas de Thomas Vinterberg, el gran trabajo de diseño de producción de Jette Lehmann, que repite con August, y ha colaborado con von Trier, el exquisito diseño de todo el vestuario de Anne-Dorthe Eskildsen, y la formidable música de Frédéric Vercheval, que sabe conjugar toda esa trama inquietante que cubre toda la película, con todo el entramado de miradas y silencios que llenan toda la acción, con el  Piano Sonata No. 20 in A Major, D. 959 de Franz Schubert, convertido en leit motiv de toda la trama. Todos los detalles de la película brillan por su elegancia y sensibilidad, todos compuestos para materializar una obra que nunca se pierde, y acoge muy bien y con tacto cada uno de los ciento quince minutos del metraje, llevándonos de la mano por una relación que gusta y repele a partes iguales, que parece brillar y en otras ocasiones, se llena de infiernos, esos espacios de los que uno sabe como entra, pero nunca cuando va a salir, y sobre todo, en qué estado.

La casa familiar en Rungstedlund se convierte en el centro de todo, donde todo se cuece, y donde todo sucede, donde la veterana escritora puede manipular a su antojo al joven poeta, que sin medir concienzudamente las consecuencias se lanza al abismo que le brindan en bandeja. Uno de los elementos que más cuida de sus obras el cineasta danés es la interpretación, porque en El pacto, nunca vemos ninguna composición desajustada o falta de credibilidad, al contrario, todos los intérpretes brillan con sensibilidad, creando todo ese universo de silencios, miradas y relaciones, unas más oscuras que otras, y todas que les dejarán una huella imborrable, quizás demasiada. Empecemos por los de reparto, con esas dos mujeres de la vida del joven poeta. Por un lado, su mujer Grete, que hace Nanna Skaarup Voss, madre de su pequeño hijo, una humilde y tranquila bibliotecaria, que se verá absorbida por los acontecimientos, y deberá luchar por su vida y su hogar. En el otro lado, tenemos a Benedicte Jensen, que interpreta Asta Kamma August, la mujer del adinerado, amiga de la escritora, que establece una relación demasiado íntima con Torkild, que los llevará a cuestionarse demasiadas cosas que creían inquebrantables, como la naturaleza de amar y el significado del amor.

Simon Bennebjerg, al que vimos en el reparto de The Guilty (2018), es el joven poeta Bjornvig, un tipo que cambiará y mucho a lo largo de la película, alguien que no sabe en qué jardín se está metiendo, un espacio que parece maravilloso, pero en él que descubrirá sus infiernos, y eso le hará tambalear y de qué manera, su hasta entonces apacible y aburrida vida. Y finalmente, la soberbia composición de Birthe Neumann (una gran actriz danesa que ha brillado en teatro y en cine con von Trier y Vinterberg), entre otros, que se enfunda en la piel arrugada y carácter maligno de Karen Blixen, mostrándonos un rostro o una máscara que desconocíamos en absoluto, muy alejada de esa otra imagen de la mujer que vivió en África, que tuvo que vender su propiedad y soportar el dolor de perder por accidente a su gran amor Denys Finch Hatton, y regresar a su tierra Dinamarca y convertirse en una celebridad y una mentora para jóvenes intelectuales como Torkild. Un buen ejercicio es ver Karen, la película minimalista, evocadora y magnífica, que hizo el año pasado María Pérez Sanz de los años africanos de la escritora, y El pacto, de August, para ver dos rostros muy distintos de una mujer que fue muchas cosas: una extraordinaria escritora, una aventurera, una valiente, y también, una pérfida manipuladora, cuando el dolor, tanto físico como emocional, llenó sus últimos días. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En un muelle de Normandía, de Emmanuel Carrèrre

LA PRECARIEDAD DE PRIMERA MANO.

“El capitalismo no es un régimen armonioso, cuyo propósito sea la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, sino un régimen antagónico que consiste en asegurar las ganancias a los capitalistas”

Michal Kalecki

En la maravillosa Los viajes de Sullivan (1941), de Preston Sturges, un director de cine obsesionado con hacer una película sobre la miseria se disfraza de vagabundo y recorre el país conociendo la realidad más sucia y tiste. Una experiencia parecida es la que vive Marianne Wincler en En un muelle de Normandía, una escritora escritora que para conocer de primera mano la oscura realidad de las mujeres limpiadoras se convierte en una de ellas. Emmanuel Carrèrre (París, Francia, 1957), se ha hecho un gran nombre como escritor de novelas de no ficción entre las que destacan El adversario, Dos vidas ajenas o El reino, entre otras, y paralelamente, ha escrito sobre cine en libros y revistas especializadas, y ha dirigido películas de no ficción como Retour à Kotelnitch, y de ficción como La moustache (2003).

Ahora nos llega su tercer trabajo como director amén de coescribir el guion junto a Hélène Devynck, basado en la novela “El muelle de Ouistreham”, de Florence Aubenas, en una cinta que no estaría muy lejos de los temas y elementos que pululan en su obra literaria, como la mentira y la impostura. Tenemos a una escritora, que se hace pasar como mujer recién abandonada por su marido, que llega a una pequeña ciudad como Caen, al norte de Francia, un lugar gris, triste y en invierno, una atmósfera que recuerda a la que sentíamos en La vida soñada de los ángeles (1998), de Èrick Zonca. Asistimos a la cotidianidad de una mujer desde cero, una anónima más que se levanta a diario para ganarse la vida, o al menos intentarlo, como mujer de la limpieza, limpiando bungalows o ferris donde los turistas pasan su tiempo libre. A modo de crónica periodística, Carrèrre nos sumerge en ese submundo de personas corrientes y de carne y hueso, como Cristéle, una madre soltera con tres hijos pequeños y muy lanzada, con la que Marianne entablará una estrecha amistad. También, conoceremos a Marilou, una joven que sueña con huir de Caen junto a su novio, Justine, una rubia atractiva que trabaja cada día con la esperanza de salir de esos trabajos precarios, y algunas más, todas mujeres que trabajan a destajo por una vida mejor, o por una dignidad tan difícil de encontrar.

Con un excelente trabajo de cinematografía que firma el veterano Patrick Blossier, que tiene en su haber películas con Costa-Gavras, Tavernier, Agnès Varda y Bigas Luna, entre muchos otros, construyendo un espacio muy real, cercanísimo, que tanto recuerda a los trabajos de Alain Marcoen para los hermanos Dardenne. El exquisito y ágil montaje de Albertina Lastera, que tiene en su filmografía a nombres como los de Téchiné y Abdellatif Kechiche, que condensa con intimidad y sensibilidad los 106 minutos de la película.  La película trata con sabiduría y tacto temas morales muy complejos y nada complacientes, desde los límites del periodismo para acercarse a otras realidades, el engaño como parte del trabajo, y sobre todo, profundiza en temas como la amistad y el compañerismo entre unas mujeres que malviven en unos trabajos, si les puede llamar así, donde trabajan a velocidad de crucero, se destrozan la salud, y encima, deben dar gracias. Una realidad explotada y muy precaria de las mujeres que limpian, que pudimos ver en el interesante trabajo de Hotel explotación: Las Kellys (2018), de Georgina Cisquella.

La misma realidad que muestra En un muelle de Normandía, una realidad cruda y sin concesiones, pero de verdad, sin embellecerla, ni convirtiéndola en mera excusa de trama, sino acercándose a través de la cotidianidad, sus relaciones y su no futuro,  mirándola sin titubeos, y sobre todo, sin condescendencia ni sensiblería, sino mostrando cuerpos, miradas y relaciones que viven a diario, con mucha incertidumbre, y soportando trabajos de mierda y situaciones laborales terroríficas. La parte interpretativa está a la misma altura que la parte técnica, porque no lo componen personajes transparentes y llenos de matices y complejos, sino que son personajes convertidos en personas, personas como nosotras, personas con las que te cruzas a diario, en un gran trabajo de casting porque casi todas son actrices no profesionales, como las magníficas Hélène Lambert, Léa Carne, Emily Madeleine, Patricia Prieur, Evelyne Poreé, entre otras, que dan esa verosimilitud y autenticidad que tanto necesita una película de estas características.

Y qué decir de Juliette Binoche que no se hay dicho ya. Su Marianne es una auténtica obra de arte, porque la actriz parisina se mete en la piel de una mujer normal, una mujer sola, una mujer que trabaja, una mujer que quiere conocer, una mujer que quiere verlo de primera mano, una mujer que conocerá, se reirá y sobre todo, sufrirá con el trabajo. Un trabajo que recuerda a aquel que hizo Marion Cotillard para los mencionados Dardenne en Dos días, una noche en el 2014, donde no hay máscara, ni caracterización, sino verdad, sensibilidad y sobre todo, humanidad, porque tanto la película de los Dardenne como la de Carrèrre nos hablan de humanismo, de ese aspecto y dignidad que tanto se menciona y que tan poco vemos en la sociedad que vivimos, o como ocurre con las mujeres que limpian de la película, donde sus vidas ya no son vidas, sino sombras, las mismas sombras que tropiezan contra un modelo de turismo de pura explotación,  donde todo se gasta y se consume, tanto trabajadores como turistas, esos visitantes ajenos a las realidades tan oscuras y miserables con las que se cruzan por un pasillo, unos turistas que lo gastan todo, ya sean edificios, hoteles, calles, comidas, y nunca ven más allá de todo eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA