Selma, de Ava DuVernay

selma_34131I HAVE A DREAM

En Lincoln (2012), Steven Spielberg centraba su mirada sobre la figura de Abraham Lincoln, reconstruyendo uno de los momentos cruciales de la historia de los EE.UU., cuando en 1865, en plena contienda de la Guerra Civil, el mandatario luchó lo indecible, ofreciendo bienes y todo tipo de recompensas a sus adversarios políticos, para que votaran a favor de la 13ª enmienda que prohibía la esclavitud, que finalmente consiguió aprobar. La realizadora afroamericana Ava DuVernay (EE.UU., 1972) en su tercer trabajo, centra su relato un siglo después, en 1965, en otro momento histórico para la comunidad afroamericana estadounidense. Cuando el pastor bautista y activista político Martin Luther King Jr. (1929-1968) emprende una protesta pacífica por los derechos civiles, con el fin que se apruebe una ley que permita a los negros votar libremente como ciudadanos de pleno derecho. La marcha del domingo 7 de marzo de 1965, que partió de Selma a Montgomery, en el estado de Alabama, que acabó con los manifestantes apaleados y alguno de ellos asesinado, por un destacado grupo de policías y una muchedumbre blanca que los esperaba para detener su marcha. La película habla de todos estos momentos históricos, centrándose en la figura del Dr. King, y sus colaboradores, las dudas y miedos de un hombre amenazado por los radicales, que padeció atentados y todo tipo de boicots para frenarle en su deseo de libertad para los suyos. Sigue el relato de los biopic reivindicativos, aunque su línea se bifurca ofreciendo propuestas y alternativas en otros términos. Película asentada sobre una mirada crítica y humana hacía todo el movimiento, los continuos debates y diferentes puntos de vista de la manera de afrontar la lucha de los diferentes grupos y asociaciones, la postura del líder negro Malcolm X, más radical e impetuosa, todos ellos bajo la inteligencia y la paciencia de un Luther King, que maneja como puede su liderazgo y la intimidad del hogar, alejado de su mujer e hijos. La película nos muestra el otro pensamiento, la postura blanca, el retrato que se hace del presidente Lyndon B. Johnson, que sustituyó al asesinado Kennedy, como un hombre atrapado entre sus propios intereses económicos blancos, y la injusticia hacía los negros. También, nos presentan la figura del gobernador del estado, el racista George Wallace, que hace los imposibles para que el movimiento se reduzca utilizando la violencia. Estamos ante una obra honesta y sincera, sencilla en su planteamiento, y formalmente clásica, de ritmo pausado, haciendo hincapié en todo aquello que resulta contradictorio y complejo. La figura de King está retratada de una forma similar a como Spielberg retrató a la de Lincoln, un hombre de su tiempo que dijo NO a la injusticia y no cesó en su idea para que su nación avanzase poblada de hombres libres que se les reconociera como seres humanos. Destacar el enorme y brillante trabajo  de David Oyelowo, componiendo un King de claroscuros que se debate entre el hombre y el activista líder que pone en pie a la gente, lo acompañan los efectivos Tom Wilkinson y Tim Roth, la mirada y humanidad que desprende el trabajo de Carmen Ejogo como mujer de King, y la presencia de Oprah Winfrey (productora de la cinta), que protagoniza uno de los momentos tristes de la película, cuando se inscribe para votar y el funcionario blanco la desprecia cruelmente. La incipiente carrera de DuVernay está rompiendo barreras, alzándose con premios o siendo nominada por primera vez en categorías que habían ignorado el trabajo de los creadores de raza negra. Su anterior trabajo, Middle of nowhere (2011) se alzó con el premio en Sundance, y con Selma, se ha convertido en la primera vez nominada a los globo de Oro, y en los Oscar, la película ha sido considerada al premio. Logros para una directora que  acomete una película interesante, difícil y didáctica sobre la reciente historia de los EE.UU., una película necesaria y desgraciadamente de rabiosa actualidad, como atestiguan los recientes hechos de Ferguson (Missouri), donde el asesinato de un joven negro por disparos de un policía blanco, provocaron un estadillo de protestas y violencia en varias poblaciones. Desde aquella marcha y protestas, donde se consiguió abolir una ley injusta y fascista, se ha caminado mucho, pero viendo estos casos, todavía queda mucho por caminar.

Maps to the Stars, de David Cronenberg

maps_to_the_stars_cartelLA PARADA DE LOS MONSTRUOS

Un guionista de tercera conoce a estrella de cine mudo olvidada encerrada en un caserón envejecido en El crepúsculo de los dioses; Un productor ejecutivo recibe anónimos amenazantes que hacen peligrar una carrera de blockbusters en El juego de Hollywood; Dos actrices, una de ellas amnésica, se mueven entre las sombras de Hollywood a la espera de un papel que no llega en Mulholland Drive. Tres retratos despiadados y feroces del submundo hollywoodiense firmados por Wilder, Altman y Lynch, respectivamente, que miraron de forma crítica y profunda ese otro escenario alejado de los focos. Ahora, el turno es de David Cronenberg (Toronto, 1943) uno de los nombres más importantes del cine actual, acreedor de más de 20 títulos, con una carrera que alcanza más de tres décadas y responsable de obras de la talla de Videodrome, Inseparables, Crash o Una historia de violencia, entre muchas otras. Películas donde se sumergía en los infiernos particulares que nos acechan, eliminando las fronteras y los límites de lo humano, mecánico, físico o psicológico, creando un sinfín de realidades y atmósferas tanto subjetivas como objetivas. En esta ocasión, se enfunda el traje de observador y cirujano para escrutar y escisionar todo lo que rodea la meca del cine, esos lugares de calles sin fin, de mansiones lujosas envueltas en cristales, ropa de diseño, liftings y máscaras por doquier, y de individuos que se mueven como fantasmas a la caza de un buen personaje que les contamine de fama y dinero. El realizador canadiense se mueve por estos escenarios como pez en el agua, sabe manejarse por estos inframundos helados y artificiales, sus personajes viven en el abismo, rozando la locura o traspasándola, sobreviven encarcelados en sus particulares infiernos, y se arrastran por las pulsiones y encantos más nocivos y peligrosos. El relato arranca con la llegada de Agatha (maravillosa la composición de Mia Wasikowska, en un personaje con referencias al que hizo en Sólo los amantes sobreviven, donde también ejercía de elemento perturbador) se sube a una limusina que conduce Jerome (Robert Pattinson repite con Cronenberg, después de Cosmopolis, ahora es un trepa aspirante actor que acaba sus servicios con final feliz), llegan hasta un lugar abandonado donde antes hubo una casa. Agatha, con medio cuerpo quemado por un incendio que ella provocó, vuelve del pasado para rendir cuentas, para enfrentarse a su padre, el Dr. Stafford (brillante John Cusack, en un rol de gurú terapeuta, de matasanos de tres al cuarto, que vende bestsellers, con la excusa de curarlas de todo mal, le saca los cuartos a las actrices deprimidas y esquizofrénicas como Havana (una Julianne Moore en estado de gracia) que sufren pesadillas junto a su madre difunta y mueren por un papel que las saque del ostracismo más caótico. Para redondear el panorama, también tenemos al hijo del Dr., una estrella televisiva adolescente adicto a la coca y perturbado, y cerrando la familia malsana, una madre sobre protectora que vive en un paraíso ficticio que le impide ver. Personajes todo ellos a un paso de la locura, que se desplazan sin sentido y ahogados por sí mismos y por una vida enfermiza contaminada por flashes y miradas perversas. Cronenberg describe un paraíso sucio y mugriento, que no sería ni cielo ni infierno, sino más bien un limbo de espectros alucinados de alcohol, cocaína o pastillas que matan por un trozo del pastel de esa popularidad y fama que ansían a toda costa, como único objetivo vital que viaja a velocidad de vértigo hacía el abismo en un solo sentido. Un cuento moderno sobre esa fábrica de pesadillas, perversión, drogas, locura, donde no faltan incendios, incestos, pedofilia, orgías y polvos en el asiento trasero, niñas vengativas con tendencias homicidas, y sobre todo almas a la deriva que ni saben dónde están ni adonde van.

El país de las maravillas, de Alice Rohrwacher

El_pa_s_de_las_maravillas-122541360-largeY EL TIEMPO SE VA…

Érase una vez al norte de Italia, en la región de Umbría, en una granja en medio del campo, que vivía una niña de 13 años que respondía al nombre de Gelsomina (explícito homenaje a Fellini con el personaje de La Strada). Esta niña y su familia (un padre inmaduro y socarrón, una madre abnegada y sufridora (personaje que interpreta la hermana de la directora), su hermana menor Marinella, que no para de imitarla, y las dos pequeñas que no cesan de revolotear) trabajaban en el campo cultivando verduras y hortalizas, criando ovejas y gallinas, y sobre todo, en el oficio artesanal de apicultores haciendo una rica miel. Los problemas por falta de dinero se acumulaban, las cosas han cambiado y en la actualidad, la granja ya no da los beneficios esperados. La llegada de un niño problemático y la aparición de un concurso de TV cambiarán la cotidianidad del entorno, y quizás provoquen la llegada del tan ansiado sustento. La segunda película de Alice Rohrwacher (1981, Fiesole, Toscana) viaja de una manera crítica e íntima hacía el mundo rural que lucha por no desaparecer, en un verano que quizás sea el último que vivan en ese lugar. Un lugar que está filmado de diferentes maneras, a modo de contrastes, como si el estado de ánimo, tanto del espacio como de sus habitantes, impregnará el ambiente que se respira. Una tierra fea y bonita a la vez, tierna y dura, con momentos de felicidad y compañía, de vitalidad y alegría, pero en cambio en otros, de tensiones, lágrimas y amargura, de convivencia y de soledad. La cineasta de madre italiana y nacida en Castel, lugar donde pasó su juventud junto a su familia. Un padre apicultor que le han inspirado en esta fábula donde no hay buenos ni malos, sino un cambio en la estructura social, que provoca la desertificación de la vida rural y campesina, en pos de un modelo económico situado en las grandes urbes. Paraísos que acaban convirtiéndose en espejismos o vestigios de un pasado que ya no volverá y se perderá en el tiempo. Rohrwarcher sigue la línea ya empezada en su debut Corpo Celeste (2011), donde una niña Marta de 10 años, a punto de confirmarse, se adaptaba junto a su familia en Calabria, en el sur de Italia, donde chocaba con la fuerte tradición católica del lugar. En esta ocasión, vuelve a centrarse en otra niña, dos personas en momentos cruciales de sus vidas, el tránsito de la infancia a la edad adulta, de dejar de ser niñas para convertirse en mujeres, sendos relatos de iniciación que tratan dos temas candentes: la desaparición del entorno rural y la moral católica. La película, en su gran parte, recuerda a otros grandes que miraron de forma lírica y amarga los problemas de los más desprotegidos que se enfrentan a la naturaleza, los terratenientes y el progreso para poder subsistir, maestros como Dino Risi, Pietro Germi o Ermanno Olmi y su magnífica El árbol de los zuecos, con la que comparte temática y mirada, y ciertos planteamientos, amén de galardones en el Festival de Cannes. Un cine poético a través de la observación de la naturaleza y su espectacular belleza, pero sin caer en la nostalgia o el excesivo embellecimiento de las imágenes. En su último tercio, la mirada de Rohrwarcher se desata y explotan las emociones contenidas de los personajes, parte que nos remite nuevamente al universo Felliniano, ya que el esperpéntico concurso televisivo entre ñoño, populista y hortera (presentado por una guapísima y valkiria Monica Bellucci) parece una secuencia extraída de alguna de sus célebres películas como La dolce vita o Ginger y Fred, esos personajes circenses y quijotescos hacen las delicias de un personal aburrido ávido de nuevas emociones. Una obra naturalista, sencilla y honesta, sin pretensiones, que observa un mundo que desaparece lentamente, el cual sólo seguirá vivo en la memoria de los personajes.

Ex_Machina, de Alex Garland

exmachinaENTRE LA MÁQUINA Y LO HUMANO

En la novela Lágrimas en la lluvia (título que rinde homenaje a Blade Runner) de Rosa Montero, se pinta un futuro deshumanizado en el que conviven humanos y robots en (im) perfecta armonía, donde se aman y odian los unos a los otros. Tendencia similar reúne buena parte de la acción de Ex_Machina, que arranca con el personaje de Caleb, un joven informático que trabaja en una de las empresas de Internet más importantes del mundo,  y acaba de ganar un concurso que consiste en pasar una semana con Nathan, fundador y propietario de la compañía, en su lujosa mansión, perdida y aislada en una reserva natural. Allí, se encontrará inmerso en un mundo automatizado, sofisticado y controlado por fuertes medidas de seguridad, en el que se verá inmerso en un alucinado experimento: conocer y relacionarse con Ava, una “fembot” -cyborg con apariencia femenina-, en el que el joven protagonista tendrá que averiguar su “inteligencia artificial”, si la máquina/robot es capaz de pensar por sí misma. Alex Garland (Londres, 1970), guionista de Danny Boyle en títulos como 28 semanas después (2002) o Sunshine (2007), debuta tras las cámaras con esta fábula que homenajea a Frankenstein fabricando un excelente ejercicio de corte minimalista, en el que hace gala de una atmósfera inquietante y absorbente, en una trama repleta de trampas, máscaras, laberintos y pistas falsas, en un juego macabro e intrigante donde se desconoce a ciencia cierta quién es quién y que papel esta representando. El cineasta británico se basta de sólo tres personajes (el joven tímido y solitario de caza fácil, el gurú inteligente, elitista y con aires de prometeo, y una robot manipuladora y seductora con deseos de libertad) situados en un único escenario, un lugar por el que se mueven entre sombras y mentiras, en una cinta donde se mezcla de forma brillante la ciencia ficción, el terror y el triángulo amoroso. La cinta se aparta de las tribulaciones y pirotécnica de ciertas películas del género, para adentrarse en una trama centrada en la complejidad y los conflictos de la naturaleza humana y las relaciones que se desencadenan entre los distintos personajes, poniendo en tela de juicio las responsabilidades de crear seres y las situaciones que todo ello conlleva. Una obra que recupera el aroma de los clásicos, Metrópolis; 2001, una odisea en el espacio o la citada Blade Runner, y las películas de los años 70 que encumbraron la ciencia-ficción como THX 1138, La amenaza de Andrómeda, Solaris, Naves misteriosas, Almas de metal, El engendro mecánico o Alien… o  más recientes como Moon y Her… Cine del bueno, cine de género, pero cine reflexivo y profundamente filosófico, que ambienta sus guiones en las más avanzas tecnologías para entender el mundo que nos rodea y las cosas que nos ocurren, y forman parte de nuestras vidas.

 

Avanti Popolo, de Michael Wahrmann

Avanti_Popolo_2012_Film_PosterLA MEMORIA INDÓMITA

El arranque de la película deja bien claras sus intenciones narrativas y formales en su sencillo y magistral prólogo. La película se abre con un plano general de una calle, es de noche. Escuchamos el sonido del motor de un coche, y comenzamos a viajar por las calles mientras escuchamos la radio. El locutor (la voz del director) va desgranando himnos y cantos revolucionarios clásicos como La muralla, de Quilapayún, Ay Carmela!, o Me matan si no trabajo, de Daniel Viglietti. El realizador Michael Wahrmann, de origen uruguayo-israelí, y brasileño de acogida, nos conduce hasta a André, un hijo que visita a su padre (el mítico cineasta brasileño Carlos Reichenbach). Un hombre en la sesentena que vive apartado con la única compañía de su perra ballena. Una casa donde se acumulan recuerdos y objetos de un pasado que pesa y ahoga, un tiempo fantasmal y detenido que el hijo quiere recuperar a través de las viejas películas de super 8 filmadas por el hermano desaparecido durante la dictadura de los 70. Wahrmann se rodea de pocos elementos expresivos para contarnos su particular e íntimo viaje a través de la exploración sobre las ideologías. Un par de espacios, el exterior/patio de la casa, que vemos a través del enrejado, y el interior, presentado en sendos planos, estáticos, no nos muestra más habitaciones, incluso al hijo recién llegado, el padre le niega que utilice la habitación del hijo ausente. Unos decorados mostrados siempre frontalmente donde  el tiempo se dilata, creando una atmósfera que inquieta y subyuga a la vez. Apenas tres personajes, el citado Reichenbach, el hijo, que encarna otro director, André Gatti, y el cineasta dogma, que interpreta Eduardo Valente, también director. Dos almas, padre e hijo, que apenas se relacionan y se mueven entre las sombras que restan de los ideales, tanto políticos como cinematográficos, de aquellas luchas revolucionarias y filmes que abogaban por una vida digna y humana. No estamos frente a una película nostálgica que pretenda darnos lecciones pedagógicas y demás, nada de eso. La película nos habla en primera persona y de manera sincera, de un tiempo que ya no existe, un tiempo que habita en la memoria, y por sus imágenes, parece que difícilmente renacerá. Tiempo de espera o tiempo vacío, emociones que ahora sólo quedan en cantos e himnos que parece que no existieron, que quedaron demasiado atrás. El cine y el imaginario revolucionario como vehículos para recuperar a los ausentes, a los que ya no están. Wahrmann filma un trabajo minimalista sobre la ausencia y contra la amnesia, casi expresionista, a ratos parece una cinta de terror, donde no falta la ironía y el humor (el taxista entusiasta de los himnos nacionales, o el director dogma que habla del cine solitario), y en otras  insufla a sus imágenes resistentes el aroma olvidado de aquellas canciones y películas revolucionaras, que quizás hoy en día nos deberían servir para conocernos más en profundidad y no olvidar un pasado que siempre está presente, porque nunca se fue.

<p><a href=»https://vimeo.com/116770948″>Trailer Avanti Popolo</a> from <a href=»https://vimeo.com/user13755413″>ANDOLIADO PRODUCCIONES</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

 

Brasserie Romantic, de Jöel Vanhoebrouck

Brasserie_Romantic-697602053-largeESA COSA LLAMADA AMOR

En su aclamada y deliciosa novela Amor se escribe sin hache, el escritor Enrique Jardiel Poncela se reía a carcajadas de las novelas rosa, del amor y sus absurdos, y lanzaba dardos del tipo: “El amor es como las cajas de cerillas, que desde el primer momento sabemos que se nos tiene que acabar, y se nos acaba cuando menos lo esperamos”. De amor y otras catástrofes o menesteres nos habla el realizador belga Jöel Vanhoebrouck –fogueado en series televisivas- en su puesta de largo, -filmada en Bélgica y hablada en alemán, que nos llega con tres años de retraso-, y no sólo de amor, sino también de comida, porque su película se sitúa en las cuatro paredes del restaurante la Brasserie Romantic durante la noche de San Valentín. En ese lugar acogedor donde sirven buena comida, se cruzan una serie de personajes variopintos de diferentes edades y condición social que andan perdidos y quién no, en cuestiones sentimentales. Pascaline –admirable la composición de la actriz Sara De Roo- es una mujer de cuarenta y largos sin suerte en esto de amar, que regenta el local junto a Angelo, su hermano separado y padre de una adolescente, y chef del negocio. También, tenemos a un camarero tardón que intentará consolar y de paso agradar a una joven clienta con tendencias suicidas incapaz de olvidar a su ex, el tímido ayudante del chef enamorado de la espabilada ayudante de cocina, un matrimonio de comensales que bordea los 50, ella, se siente perdida y sola, él consumido por los éxitos profesionales, trata como un mueble a su esposa, dos tortolitos dando sus primeros pasos en esto de quererse, ignorantes ellos de los males que les aguardan, un joven acomplejado, fantasioso y nervioso que se ha citado con una mujer que ha conocido por internet, y finalmente, para acabar de encajar este heterogéneo puzzle, aparece un antiguo amor de Pascaline, con la firme intención de llevársela consigo al otro lado del charco. Con estos ingredientes, a fuego lento se va cociendo esta agradable comedia romántica que funciona a las mil maravillas, que nos susurra y nos vocea poniendo sobre la mesa las diferentes cuestiones que tienen que ver con el amor o con los sentimientos o con esas explosiones de locura transitoria que experimentamos y que llamamos amor. La cinta se desarrolla en dos ambientes, la cocina y el comedor, la cámara viaje mesa por mesa, entra y sale de la cocina, se detiene en los personajes que se cruzan, se mezclan sin saber muy bien en qué lugar se encuentran y porque. Dividida en cuatro capítulos que son los diferentes platos que componen el menú exquisito y de qualité que han preparado para esa noche. Empezamos por los fantásticos entrantes, luego pasamos al primer plato, ostras al gratín con espinacas en salsa de champán, delicioso, el segundo, pichón estofado con endivias, col lombarda y champiñones ostra, servido en salsa de oporto, para chuparse los dedos, y para acabar, el delicioso postre: frivole framboos –dúo de helado de frambuesa y crème brulée de frambuesa, cubierto de crème fraîche, frambuesas frescas y chocolate belga, ideal para comensales con paladares exquisitos… sin olvidarnos de un buen vino tinto como excelente acompañamiento. Excelente servicio y agradable compañía o no, en una velada para sacarle jugo a las relaciones humanas donde hay de todo, sentido del humor, algo de mala uva y también, mucho de alegrías, tristezas, gritos, peleas, enfados y sobre todo, la dificultad de amar y ser amado, o no, o como nos mencionaba nuestro amado Jardiel Poncela: “El amor es un punto de acuerdo entre un hombre y una mujer que están en desacuerdo en todo lo demás”. Una cosa antes de despedirme… Bon appétit!!!!

Red Army, de Gabe Polsky

labocaredarmypcd550EL DEPORTE COMO ARMA DE ESTADO

Desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, la URSS y EE.UU. rivalizaron en todos los ámbitos, dirimiendo cual de las dos grandes potencias ejemplificaba mejor el modelo de estado y sociedad. Casi medio siglo de guerra fría que contaminó todos los sucesos internacionales en los que participaron los dos países. El deporte, y más concretamente la selección nacional, que actúa como símbolo de un país  y emblema de una manera de ser y pensar. La segunda película de Gabe Polsky (de padres soviéticos) –su debut fue en The Motel life (2012), donde se centraba en la relación fraternal de dos hermanos que se refugian en un motel después de verse involucrados en una accidente- se detiene en la Selección Nacional de Hockey sobre hielo de la Unión Soviética, llamada El ejército rojo, un combinado considerado por los expertos como el mejor equipo de la historia de este deporte. Para contarnos su auge y caída, parte de la figura de Slava Fetisov, capitán del equipo, mediante su testimonio y a través de otras figuras como Scotty Bowman, Anatoli Karpov  y Alexei Kasatonov, los otros cuatro integrantes del equipo, y demás testigos, etc… y la compañía de material de archivo, nos sumerge en la estructura de una gran nación y sus habitantes, donde se recuerda no sólo la trayectoria de aquel quinteto invencible, sino la vida y milagros de unos seres humanos que pertenecían a un país, el más grande de todos en extensión que rivalizaba con los Estados Unidos para ver quién ejercía más influencia por su forma de vida en el orden internacional. Fetisov habla sin tapujos frente a la cámara, describe su infancia y su amor al hockey desde el cariño y las penurias de una infancia dura, luego su alegría al hablarnos de los éxitos deportivos de su carrera, el viejo entrenador que le enseño a ser no sólo buen jugador sino una buena persona, las conquistas mundiales, medallas olímpicas y reconocimientos nacionales que lo exaltaron a héroe nacional. En la segunda mitad de la cinta, Fetisov nos habla del ordenamiento interno del país, de los severos y militarizados entrenamientos que lo alejaban de su familia y vida personal,  los problemas en los que se encontró cuando quiso irse a EE.UU. a jugar que coincidieron con el final de la Unión Soviética, que lo convirtieron en enemigo del pueblo, el desencanto de la vida capitalista hasta llegar a los tiempos actuales. Polsky ha parido un gran documento sobre el deporte, que actúa como magnífica metáfora y retrato de una época y un país ya extinguidos. Una obra que rezuma humanismo y honestidad, donde no juzga ni reprocha nada ni a nadie, cada persona se explica y recuerda su vida, donde hay aciertos y errores. El realizador se mantiene firme en su propuesta, extrae de sus testimonios todos los puntos de vista y posturas de los sucesos que relata, saca a la luz no sólo las alegrías, sino también las sombras y los agujeros negros que todos tenemos, así como la suciedad de cada uno, sus contradicciones y miedos. Destacar la presencia en labores de producción de Werner Herzog –que Polsky le produjo Teniente corrupto (2009)- y la figura de Jerry Weintraub, veterano productor con títulos como la saga O’ceans eleven (2001-2007), entre otros. Una visión realista, enérgica y eficaz del esplendor y desaparición de una gran nación a través de lo social, político y cultural.

 

 

Edificio España, de Victor Moreno

Edificio_Espa_a-411027524-largeLA AGONÍA DEL NAUFRAGIO

En el arranque de Mercado de futuros, de Mercedes Álvarez vemos a un grupo de operarios vaciando una vivienda que acaba de ser vendida. La película de Álvarez continúa el camino de los objetos y muebles hasta su destino final en el mercado de los encantes, donde se amontonan a la espera de encontrar algún vendedor. Objetos que sacados de su entorno original pierden lo que eran para convertirse en otra cosa, quizás en algo mejor, o quizás en lo que nunca fueron, y pasan irremediablemente a no ser, a pertenecer a los objetos que ya nadie quiere, que todos olvidan. Edificio España, de Víctor Moreno comparte con la película de la realizadora soriana, la fascinación por los objetos y lugares olvidados, esos sitios fantasmales que albergan muchas historias de antes, que ellos nos quieren contar a través de los elementos actuales. Relatos que nos hablan de eso mismo, de un lugar que ya no es, que dejó de ser, y pertenece al mundo espectral, al espacio de los recuerdos, a ese lugar que fue, pero que ya nadie recuerda porque todos olvidaron. El realizador canario ha elegido el emblemático edificio España, mastodóntica construcción que se alza en pleno corazón de Madrid, inaugurado en 1953, y convertido en los años 60 en ejemplo del desarrollismo económico del régimen franquista, lugar que albergaba oficinas, viviendas, galerías comerciales y el lujoso hotel Plaza España. Venido a menos en los años 70 por la edificación de otros edificios, sus años de esplendor comenzaban a ser un puro espejo, una inmensa ciudad espectral que desaparecía al unísono del régimen que representaba. Olvidado y resquebrajado por los albores del tiempo, a finales de los noventa un grupo inversor lo adquirió y proyectó un gran obra que empezó en 2007 con el vaciado y demolición con obreros de más de doscientas nacionalidades distintas. En ese instante, arranca la película de Moreno, agarrado de su cámara penetra en los laberínticos pasillos, habitaciones y demás lugares del edificio para reconstruirnos su memoria y ser testigo de su nueva vida. El relato se despieza siguiendo la cotidianidad de los obreros, acompañando a los guardias de seguridad que van explicando su experiencia en el edificio. Moreno los filma tranquilamente, su visión distante y segura es la de un observador que mira cada detalle, cada gesto y objeto, se detiene en los lugares, en lo que queda de ellos, lo que fueron, qué había, cómo se distribuían, también, se tropieza con algún vecino a punto de salir de la casa que habitaba. Los recuerdos se amontonan, es tiempo de fantasmas, de viajar al pasado, de investigarse a uno mismo y buscar donde se pertenece o de donde se viene. Moreno no solamente habla de la memoria o el pasado de un edificio, sino también, de la memoria de una parte de la historia de este país que el tiempo ha llenado de sombras y la está desvaneciendo. Dos años después, debido a la crisis económica que no parece tener fin, las obras se detienen, el edificio vuelve a quedar vacío y sin ningún destino en puertas. Moreno vuelve al lugar del crimen, filma de nuevo el edificio, – como hiciese Àgnes Varda con sus criaturas -, ahora ya no sigue a nadie, sigue a la nada, a la sombra, el vacío, lo que es, investiga sus rincones, sus paredes, lo que queda de el… Su película no se acaba, continúa aunque no siga filmando, porque el lugar sigue ahí, a la espera de encontrar su destino convertido en un nuevo lugar o su final…

Camino a la escuela, de Pascal Plisson

Camino-a-la-escuela-CartelLA ÉPICA DE LO COTIDIANO

En el arranque de ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), de Abbas Kiarostami, un maestro se dirigía a sus alumnos explicándoles las dificultades en las que se encontraban para asistir al colegio, durante el desarrollo de la película, éramos testigos de los obstáculos y conflictos en los que se veía inmerso Ahmed para devolver el cuaderno a su compañero Mohamed. La enorme distancia que separa a los dos amigos dificultaba la tarea de encontrarlo. En la distancia y los problemas en los que se encuentran unos niños en llegar al colegio desde sus casas ubicadas en zonas rurales y remotas se desarrolla la película de Pascal Plisson, documentalista francés con dilatada experiencia en trabajos en el continente africano, se encontró en uno de sus rodajes, en el Lago Salado de Magadi (Kenia), a un escolar que le explicó que llevaba dos horas de camino para llegar a la escuela. Ese encuentro le llevó a localizar a tres niños más y a contar sus historias. La película empieza en  Kenia, en una familia de la tribu de los Sumburu, que se dedican al ganado y la agricultura, allí conocemos a Jackson, de 11 años, que junto a su hermana Salomé, de 6, caminan y corren durante dos horas para alcanzar los 15 km que separa el colegio de su casa. Luego, el relato se traslada hasta un rincón de Los Andes, en la Patagonia (Argentina), en una familia de pastores,  allí nos presentan a Carlitos, de 11 años, que junto a su hermana menor Micaela, recorren a caballo durante hora y media los 18 km que ahí hasta el colegio. La tercera zona geográfica de la cinta se sitúa en Marruecos, en una remota aldea del valle de Imlil, en las montañas del Atlas, en una familia bereber (zona que en invierno tienen temperaturas de 20º bajo cero) allí nos encontramos con Zahira, de 12 años, que junto a dos amigas, recorren los 22 km en 4 horas que hay desde su aldea hasta la escuela-internado donde pasa toda la semana. Finalmente, la película nos lleva hasta Kuruthamaankadu (Índia), en un pueblo de pescadores al sur en las orillas del Golfo de Bengala, donde conoceremos a Samuel, de 13 años, nacido prematuro y con una discapacidad que le impide caminar, que recorre junto a sus dos hermanos pequeños que, arrastran su silla de ruedas, durante una hora para alcanzar la escuela que está a 4 km de su casa. Cuatro niños separados por miles de km, pero todos ellos con algo en común, la ilusión de ir al colegio, a pesar de todas las dificultades, obstáculos y conflictos que viven diariamente para conseguir su sueño. Ellos son los primeros de su familia que acuden a la escuela, son conocedores de la importancia de este hecho. Su alegría, perseverancia y espíritu que desprenden es contagioso y enérgico. Plisson ha contado sus historias y ha penetrado en sus vidas de manera sencilla y honesta. Mirándolos con emoción pero desde un punto de vista humano. Una película humanista y pedagógica, que contiene una bella lección de honestidad abogando por unos valores perdidos en el mundo capitalizado e inhumano en el que nos movemos. Una película que nos habla de presente y futuro, de un tiempo que a pesar de todos los males que ocurren, siempre hay una luz para la esperanza, una grieta por la cual se puede construir un mundo más humano, o simplemente humano. Bellísimo y enorme documento sobre la extraordinaria capacidad de unos niños para ir al colegio. Niños de origen muy humilde, que viven en zonas rurales y aisladas del mundanal ruido, pero con su propósito y espíritus inquebrantables llegarán hasta donde se propongan, con la ilusión de aprender y llegar a ser buenas personas.

No llores vuela, de Claudia Llosa

No_llores_vuela-407163688-largeLOS CAMINOS DEL DOLOR

La filmografía de Claudia Llosa (Lima, Perú. 1976) arrancó en 2006 de forma sorprendente con Madeinusa, ambientada en un pueblo en pleno corazón de la cordillera andina, se detenía en un relato deudor del realismo mágico, donde en pleno tiempo santo, una joven –dulce y maravillosa Magaly soler- era seducida por el amor carnal. Tradiciones y costumbres se mezclaban en una película desigual pero sugerente. Tres años más tarde confirmaba su talento con La teta asustada, también situada en el mismo epicentro que la anterior y nuevamente protagonizada por Magaly, aunque esta vez, en una trama realista en la que el interés radicaba en sobre cómo llevar las heridas del pasado, un pasado tortuoso en el que muchos andinos fueron asesinados durante el período de 1980 a 1992. Una película que se alzó con el Oso de Oro en la Berlinale y estuvo nominada a los Oscar. En No llores vuela, Llosa continúa por los mismos derroteros que en La teta asustada, mismo entorno, pero ha cambiado el idioma -rueda por primera vez en inglés-, y se ha refugiado en un drama íntimo y familiar. La cinta arranca a principios de los 80, cuando una madre angustiada y desesperada, con dos hijos, lleva al menor, que padece una terrible enfermedad, hacía un lugar donde espera encontrarse con un sanador. A partir de ese momento, Llosa quiebra su narración en dos tiempos: uno, donde esta madre lucha incansablemente por salvar a su hijo, y el otro, donde han transcurrido 20 años, en el que el hijo mayor, casado y padre de un hijo y se dedica a la cría de halcones, recibe la visita de una periodista que quiere encontrarse con su madre, que ahora se ha convertido en una sanadora. Los dos emprenden un viaje por las agrestes zonas heladas de Manitoba, Canada. Llosa mediante esta estructura in crescendo, va construyendo una atmósfera, tanto física como emocional, entre los tres personajes que les conduce hasta el inevitable reencuentro entre madre e hijo. Un viaje difícil y tortuoso por el desierto helado, en el que la directora, mediante una imagen realista y a la vez, mágica, atrapa al espectador por instantes, aunque en otros, la película demasiado concentrada en su entramado formalista,  pierde su contención emocional y divaga hacía otros aspectos menos interesantes. El trío protagonista raya a gran altura, Jennifer Connelly, la madre que arrastra su dolor y abraza su fe como camino redentor, Cillian Murphy, el hijo, que debe enfrentarse a su propio dolor para perdonarse y perdonar, y Mélanie Laurent, una periodista que emprende su particular viaje desesperado para encontrar su propia salvación. Tres seres que no pueden escapar de un pasado duro y doloroso, en este cuento de almas perdidas donde se ponen en liza temas como la culpa, el perdón y la fe en tiempos revueltos y confusos como los que vivimos.