Ghostland, de Pascal Laugier

HORROR EN LA CASA DE MUÑECAS.

Erase una vez una madre Coleen que junto a sus dos hijas adolescentes, Beth, introvertida e incipiente escritora de terror amante de la literatura de Lovecraft, y Vera, extrovertida y enganchada a las nuevas tecnologías. Las tres llegan a un pequeño pueblo donde les espera una nueva vida en la vieja granja de una tía lejana que coleccionaba muñecas de aspecto diabólico. La primera noche se ven asaltadas por dos psicópatas que las someten a una espiral de horror y violencia. La premisa inicial de Ghostland no parece nada del otro jueves, siendo casi un calco de tantas películas donde inocentes jóvenes son asaltadas por asesinos despiadados. Pascal Laugier, auténtico especialista en el género con títulos tan recordados como El internado (2004) o Matyrs (2008) ambas rodadas en su Francia natal antes de su salto a EE.UU. con El hombre de las sombras (2012), va algo más allá en su propuesta, porque sin pretender originalidad en un género muy machacado, si que abre nuevas ventanas para reformular este tipo de historias. Los relatos de Laugier tienen mucho que ver con los espacios cerrados o alejados del mundanal ruido, sitios oscuros, siniestros y llenos de maledicencia, donde jovencitas se ven inmersas en universos terroríficos en los que deberán sobrevivir cueste lo que cueste.

El director francés nos sitúa en un cuento de nuestro tiempo, donde lo novedoso de la propuesta será el juego con el subjetivismo del personaje principal de Beth, esa niña inquieta y observadora que sueña con escribir historias de terror, introduciéndonos en varias formas de ver y sentir la historia, llevándonos por este laberinto narrativo en el que lo real y lo onírico se dan la mano sin conocer a ciencia cierta en que universo nos encontramos. Laugier nos lelva por dos caminos, cuando Beth es adolescente y sufren el terrible ataque y luego, 16 años después, cuando Beth, convertido en exitosa escritora de novelas de terror, vuelve a su casa, donde su madre sobrevive atendiendo a Vera, la hermana pequeña que vive perturbada y anclada en aquella noche fatídica.

Cinco personajes en el interior de una casa que cruje por todos los lados, que desprende un olor entre rancio y a ambientador añejo, con una decoración de poco gusto, envejecida y carcomida, y llena de muñecas de todos los materiales posibles, abundando las de porcelana y las de aspectos siniestros y diabólicos, muñecas que parecen cobrar vida o simplemente creemos que cobran vida. Quizás para muchos espectadores el juego narrativo que propone la película les resulte ya muy visto, pero Laugier no pretende levantar de la butaca, sino todo lo contrario, cogiendo vías y propuestas ya trilladas para abrir un resquicio de luz, en este caso de oscuridad, para mantener al espectador sometido y anclado a su butaca, inquieto y revolcado entre tanta maldad, siendo testigos del horror más puro encarnado en esos dos tipejos que se enfundan en un ogro, una mala bestia enorme con una fuerza descomunal y feísimo, una especie de jorobado de Notre Dame de la maldad, a su lado, una bruja travestida que se dedica a jugar con muñecas humanas, disfrazando a las dos hermanas y convirtiéndolas en dos marionetas a la merced de ese ogro asesino.

Laugier pone sobre la mesa el secuestro, los abusos pedófilos, la depresión, la locura, los traumas psicológicos difíciles de resolver, o el pasado horrible del que tanto cuesta escapar, y todo contado entre una realidad espeluznante, esa de casos de asesinato y violaciones que podemos escuchar diariamente en los informativos mezclada con ese cuento macabro y espeluznante que traspasa lo grotesco y lo horrible, entre la realidad y el sueño, entre lo que vemos o lo que imaginamos, entre lo que está pasando y lo que nos gustaría que hubiera pasado, entre presente y pasado, con ese aroma de los buenos títulos de terror puro como La noche de los muertos vivientes,  La matanza de Texas, Viernes 13 o Posesión infernal, entre muchos otros, con el impecable reparto de la función, tanto en su adolescencia como la etapa adulta, que saben componer unos personajes reales y muy cercanos, naturales, dentro de esa casa convertida en el infierno donde ninguna muñeca está a salvo, sea real o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maps to the Stars, de David Cronenberg

maps_to_the_stars_cartelLA PARADA DE LOS MONSTRUOS

Un guionista de tercera conoce a estrella de cine mudo olvidada encerrada en un caserón envejecido en El crepúsculo de los dioses; Un productor ejecutivo recibe anónimos amenazantes que hacen peligrar una carrera de blockbusters en El juego de Hollywood; Dos actrices, una de ellas amnésica, se mueven entre las sombras de Hollywood a la espera de un papel que no llega en Mulholland Drive. Tres retratos despiadados y feroces del submundo hollywoodiense firmados por Wilder, Altman y Lynch, respectivamente, que miraron de forma crítica y profunda ese otro escenario alejado de los focos. Ahora, el turno es de David Cronenberg (Toronto, 1943) uno de los nombres más importantes del cine actual, acreedor de más de 20 títulos, con una carrera que alcanza más de tres décadas y responsable de obras de la talla de Videodrome, Inseparables, Crash o Una historia de violencia, entre muchas otras. Películas donde se sumergía en los infiernos particulares que nos acechan, eliminando las fronteras y los límites de lo humano, mecánico, físico o psicológico, creando un sinfín de realidades y atmósferas tanto subjetivas como objetivas. En esta ocasión, se enfunda el traje de observador y cirujano para escrutar y escisionar todo lo que rodea la meca del cine, esos lugares de calles sin fin, de mansiones lujosas envueltas en cristales, ropa de diseño, liftings y máscaras por doquier, y de individuos que se mueven como fantasmas a la caza de un buen personaje que les contamine de fama y dinero. El realizador canadiense se mueve por estos escenarios como pez en el agua, sabe manejarse por estos inframundos helados y artificiales, sus personajes viven en el abismo, rozando la locura o traspasándola, sobreviven encarcelados en sus particulares infiernos, y se arrastran por las pulsiones y encantos más nocivos y peligrosos. El relato arranca con la llegada de Agatha (maravillosa la composición de Mia Wasikowska, en un personaje con referencias al que hizo en Sólo los amantes sobreviven, donde también ejercía de elemento perturbador) se sube a una limusina que conduce Jerome (Robert Pattinson repite con Cronenberg, después de Cosmopolis, ahora es un trepa aspirante actor que acaba sus servicios con final feliz), llegan hasta un lugar abandonado donde antes hubo una casa. Agatha, con medio cuerpo quemado por un incendio que ella provocó, vuelve del pasado para rendir cuentas, para enfrentarse a su padre, el Dr. Stafford (brillante John Cusack, en un rol de gurú terapeuta, de matasanos de tres al cuarto, que vende bestsellers, con la excusa de curarlas de todo mal, le saca los cuartos a las actrices deprimidas y esquizofrénicas como Havana (una Julianne Moore en estado de gracia) que sufren pesadillas junto a su madre difunta y mueren por un papel que las saque del ostracismo más caótico. Para redondear el panorama, también tenemos al hijo del Dr., una estrella televisiva adolescente adicto a la coca y perturbado, y cerrando la familia malsana, una madre sobre protectora que vive en un paraíso ficticio que le impide ver. Personajes todo ellos a un paso de la locura, que se desplazan sin sentido y ahogados por sí mismos y por una vida enfermiza contaminada por flashes y miradas perversas. Cronenberg describe un paraíso sucio y mugriento, que no sería ni cielo ni infierno, sino más bien un limbo de espectros alucinados de alcohol, cocaína o pastillas que matan por un trozo del pastel de esa popularidad y fama que ansían a toda costa, como único objetivo vital que viaja a velocidad de vértigo hacía el abismo en un solo sentido. Un cuento moderno sobre esa fábrica de pesadillas, perversión, drogas, locura, donde no faltan incendios, incestos, pedofilia, orgías y polvos en el asiento trasero, niñas vengativas con tendencias homicidas, y sobre todo almas a la deriva que ni saben dónde están ni adonde van.