Instinto maternal, de Olivier Masset-Depasse

LA VECINA DE AL LADO.

Alice y Céline son vecinas y muy buenas amigas en la Bruselas de comienzos de los 60. Además, las dos mujeres son madres de dos niños de la misma edad, Théo y Maxime. Viven en casas contiguas muy parecidas, con sus respectivos maridos y rodeados de un ambiente de clase media bien posicionado. Hasta ese instante todo parece ir como la seda, con sus cotidianidades muy bien avenidas en la que todos forman una gran familia. Pero toda esa aparente felicidad aburrida destapará graves tensiones entre las dos amigas cuando Maxime, el hijo de Céline muere trágicamente con Alice como testigo. La armonía desaparecerá de este peculiar vecindario y la guerra interna y oculta empezará a instalarse en las vidas de las dos mujeres. Después de dos películas como Cages (2006) e Illégal (2010) en la que abordaba retratos femeninos cargados de fuerte contenido social en espacios cerrados, amén de dirigir para televisión Santuario (2015) en la que se enfrentaba al terrorismo de ETA desde la visión francesa, el director Olivier Masset-Depasse (Charleroi, Bélgica, 1971) sin perder un ápice de la atmósfera de sus anteriores trabajos y siguiendo en un marco estilizado, adapta de forma libre la novela Derrière la Haine, de la escritora belga Bárbara Abel, sumergiéndonos en un ambiente opresivo y doméstico, en el que aparentemente todo parece funcionar a las mil maravillas, eso sí, felizmente aburrido, pero como ocurre en el universo de Lynch, cuando nos adentramos en sus jardines o piscinas, en los lugares fuera de nuestra vista, nos encontramos con terribles y ocultas verdades, como ocurrirá en el relato que nos ocupa, la trágica muerte del hijo de los vecinos, desencadenará una atmósfera fangosa e irrespirable que batirá en una lucha encarnizada entre las dos mujeres y madres.

El cineasta belga impone un thriller psicológico con esos paisajes propios de las películas estadounidenses de Douglas Sirk, donde los habitantes bien pensantes y conservadores manejan unas vidas vacías y alineadas, que solo son caparazones para ocultar sus verdaderos deseos que chocan con la realidad acomodada y de clase media. La película se instala en el interior de las hogares, entre meriendas con niños, cumpleaños sorpresas, cenas entre matrimonios tomando cocktails muy elaborados y conversaciones para regalarse los oídos y cosas por el estilo, como esos ambientes que tan bien describían tanto Hitchcock, Chabrol o Truffaut en sus películas, lugares de vidas programadas, espacios en el que todo está decorado y ambientado hasta el más mínimo detalle, aunque solo sea un mero escaparate para ocultar aquello que esconden bajo la alfombra, como sucederá en la trama cuando muere Maxime.

La muerte del niño de los vecinos desencadenará de forma profunda las tensiones invisibles entre las dos amigas, y propiciará que la película se adentré en las mentes desquiciadas tanto de una como de otra amiga, que nos llevarán por ese cruce de vidas y espejos deformantes sobre el deseo, la culpa y el odio, en el que los puntos de vista irán cambiando para desviar nuestra atención o no según convenga para la película, eso sí, el relato huye despavorido de las tendencias actuales del thriller, donde abundan ese cine ramplón y tramposo, lleno de giros inverosímiles, argumentos enrevesados y resoluciones poco sólidas. Los referentes de Masset-Depasse son los ya mencionados, los clásicos por trabajo e ideas que no solo han creado escuela para los cineastas que han llegado más tarde, sino que en mayor o menor medida siempre están presentes porque han creado imágenes sin tiempo que embellecen con el tiempo.

El buen hacer de la pareja de actrices con Veerle Baetens que da vida a Alice, la madre de Théo que sospecha de las intenciones y los actos que va perpetrando una desquiciada Anne Coesens que interpreta a Céline, esa madre rota y vacía que hará lo imposible para sustituir a su hijo fallecido, cueste quién cueste. El relato emana tensión y sensibilidad, manejando con astucia y veracidad los cambios de tono en el que pasa de la angustia a la cotidianidad en un suspiro sin apabullar al espectador, y sobre todo, dejando que el respetable digiera con aplomo y pausa todo lo que va aconteciendo, en este ejercicio de estilo que apabulla por su estilizada y colorista forma, su excelente manejo del terror doméstico, sin sustos ni aspavientos, creando con sutileza y sobriedad todos los componentes para crear esa tensión psicológica que aterra con pocos detalles, tanto en el fondo, el decorado o los magníficos movimientos de cámara que sitúa el rostro y las miradas de las mujeres en el centro de la acción y ejecutando esa amenaza in crescendo que las va oprimiendo cada día sin descanso, en que el excelentísimo trabajo interpretativo es fundamental en este tipo de películas para conseguir la verosimilitud y la intimidad necesaria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dolorosa Gioia, de Gonzalo López

UNA HISTORIA DE PASIÓN.

“Fuerte como la muerte es el amor”.

San Agustín

Carlo es un músico joven, un compositor con un extraordinario talento, su piano se ha convertido en una parte más de su alma y su cuerpo. Cada día lo toca incansablemente, sin descanso, con la idea fija de extraer una composición única y muy personal, una música que sacie sus ambiciones musicales. Aunque, esta vida solitaria y abnegada a su arte, se verá truncada con la aparición de María, una bella mujer de la que se enamora y se casan. La vida marital parece llenar a los dos, pero al poco, la vida de Carlo vuelve a sus rutinas musicales, aunque a María parece no importarle, lentamente se siente desplazada y encuentra cobijo en los brazos de un apuesto joven llamado Fabrizio, a espaldas de Carlo. La segunda película de Gonzalo López (Barcelona, 1977) se instala en un marco muy profundo, explorando las pasiones más internas del ser humano, esas obsesiones que alimentan nuestra alma y la convierten en un esclavo sin vida. Después de haber sido ayudante de producción en el mediometraje Génesis (1998) de Nacho Cerdà, y haber debutado en el largometraje con Embrión (2008) remake de la película japonesa The Embryo Hunts in secret (1966) de Koji Wakamatsu, en una interesante mezcla de sexo, deseo y violencia.

Muchas de estas obsesiones vuelven en su segundo trabajo, que coge como guía la vida de Carlo Gesualdo, gran músico del Renacimiento que se vio envuelta en un asunto my trágico, pero adecuándola a nuestros días. Y no sólo acaban ahí los cambios, quizás el más sorprendente es la ausencia de diálogos, en una película estructurada a través de los personajes, la música que escuchamos y sus espacios, en el que la vivienda que comparten Carlo y María se acaba convirtiendo en el centro de la trama, testigo de su historia de amor, distanciamiento, los encuentros de María con su amante, y la resolución final. López junto a su cinematógrafa Gemma Rogés, imprimen a la película una forma muy estilizada y casi desnuda, en la que podemos encontrar pocos elementos en lo físico, que ayuda a incrementar la soledad de los personajes y sus oscuras relaciones, y esa especie de descenso a los infiernos que sufre Carlo, aumentado con sus terribles pesadillas y visiones macabras. Una película desestructurada, con continuos saltos en el tiempo, ya que empieza con el final y va contándonos todos los detalles y elementos que nos van adentrando en su trama convencional, si, pero bien contada y resuelta.

Quizás su excesiva frialdad en los encuadres y espacios podría dejar indiferente a algún espectador, pero si se dejan llevar podrán degustar una película sencilla pero con ingredientes muy interesantes y sugestivos, como ese rojo sombrío, color que no podía faltar en un relato de estas características. López echa mano a sus referentes del Giallo italiano sin esconderse, mirándose a su espejo sin dudar de su herencia, llevando con inteligencia y sobriedad su relato caleidoscópico en el que hay amor, pasión, celos, inseguridad, sexo, envidias, soledad, mentiras, obsesiones, música, y sobre todo, miedo y muerte. Dolorosa Gioia se desenvuelve bien en el thriller psicológico, el terror más puro, y también, porque no decirlo, en la fantasía romántica y  el drama más doméstico, manejándose con soltura y fusionando con audacia los diferentes géneros que recorren la película.

Destaca un reparto desconocido pero que interpreta con naturalidad y sobriedad, a partir de detalles y gestos mínimos pero significativos, en la que las miradas acaban siendo importantísimas para una historia que prescinde de los diálogos, entre los que encontramos a Amiran Winter como el atormentado Carlo, ese músico solitario, introvertido y de pasión enfermiza, bien acompañado por Paula Célières como María, la esposa que se siente sola y desplazada por esas lucha interna de Carlo entre su pasión (alma) y su esposa (cuerpo), y el vértice de este amor confuso, roto y solitario, Fabrizio al que da vida Cristian Monasterio, ofreciendo un tipo bien parecido, una pasión arrebatadora que engatusa a María, y la participación del siempre convincente Pep Tosar. El director barcelonés estructura su película a través de aquello que tanto mencionaba Fritz Lang en su cine, que se contaba a través de tres elementos que se encontraban en su universo cinematográfico: el amor, la venganza y la muerte. La película tiene todo esto y nos explica el enfrentamiento entre aquello que nos apasiona y aquello que amamos, que pudieran parecer compatibles y quizás, para algunas personas, no lo sean tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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La viuda, de Neil Jordan

UN BOLSO DE CUERO VERDE.

“Todos estamos solos y algunos están más solos”

Charles Bukowski

Un vagón de metro, uno más, uno cualquiera de los muchos que circulan incesantemente por una gran ciudad, y uno de esos vagones, un bolso de cuero verde olvidado en uno de los asientos, y entre los miles de viajeros diarios una joven, una chica que se llama Frances McMullen, una chica más que vive en un ático en el corazón de Manhattan junto a su adinerada amiga, hija de un magnate, trabaja como camarera en uno de esos restaurantes del Village, la zona más exclusiva de Nueva York, e intenta olvidar superar la muerte de su madre. Esa joven, y no otra, encuentra el bolso y decide devolverlo a su legítima dueña, una señora solitaria que vive en una casa envejecida en uno de esos barrios sin más, su nombre Greta Hideg. Un gesto que parece uno más, de alguien que devuelve a su dueño algo que no es suyo, aunque no será un gesto más, será el gesto. La decimonovena película en la filmografía de Neil Jordan (Sligo, Irlanda, 1950) es un atractivo y elegante thriller psicológico, una especie de tela enmarañada con aroma de fábula, como tanto les gusta al director, donde una joven demasiado introvertida se enfrentará a su peor pesadilla convertida en la enigmática y extraña Greta, una señora que parece albergar buenas intenciones pero sólo eso, quizás hay algo más y su casa, tan alejada de todo, y a la vez, cerca del centro de la ciudad, oculta demasiadas cosas.

Desde que debutase en el cine, en 1982 con el sugerente thriller Angel, la carrera de Jordan se ha mantenido cercana a lo noir, con títulos como Mona Lisa, Juego de lágrimas, Michael Collins, El fin del romance o La extraña que hay en ti, retratos de personajes que el destino obliga a enfrentarse a sus propios miedos en forma de malvados que atentan contra su apacibles y aburridas vidas. También ha coqueteado con la comedia más desmadrada como en El hotel de los fantasmas o Nunca fuimos ángeles, y también, sus cuentos infantiles de terror muy personales y profundos donde mezcla lo humanista con seres fantásticos, indagando en los conflictos sobre identidad, en trabajos como En compañía de lobos, Entrevista con el vampiro, In dreams, Ondine o Byzantium (2012) su penúltimo largo. Ahora, con guión escrito junto a Ray Wright, un especialista en el género, nos trae un thriller muy oscuro, sin fantasmas ni fantasías extravagantes, muy intimista, protagonizado por dos mujeres, lo femenino siempre presente en el cine de Jordan, sumergiéndonos en una demoledora crítica contra la sociedad que produce solitarios que pueden llegar a convertirse en monstruos despiadados para llenar esa soledad angustiosa y demente.

Greta es una señora a todas luces agradable y elegante, pero detrás de ella, lo que esconde debajo de la alfombra es terrible, “caza” a jovencitas para paliar a su soledad, incluso llegando a manipularlas y destrozarles la vida, Frances, es una de ellas, una de esas jovencitas atractivas y vitales, pero que se encuentran en un estado emocional difícil, muy a la deriva, en procesos complejos personales, sin saber muy bien a qué dedicar su existencia, y se mueven como pollos sin cabeza a la espera de algo o alguien que les saque de su oscuro ostracismo. Greta y Frances encajan en un principio, parecen gustarse y se hacen muy buenas amigas, se ayudan y se entienden, aunque lo que parece algo agradable, pronto se torcerá y adquirirá otro color, como ocurre en el cine de Jordan, que nunca nada es lo que parece, y siempre hay algo turbio y muy oscuro que esconden algunos personajes.

El cineasta irlandés maneja con audacia y oficio su relato, una trama quizás muy vista, sí, pero la elegancia y el detalle con la que la filma Jordan la hace algo diferente, centrándose no solo en el aspecto psicológico de las dos mujeres, sino en su entorno, y en los gestos y detalles que las definen, conociendo sus entornos más íntimos y externos, contándonos con ritmo pero sin prisa toda la trama que encierra la película, que en un primer tramo nos estarían contando una película con ese aire finales ochenta y noventero como Atracción fatal  o Instinto básico, en ese juego perverso de las apariencias y ocultar cómo es realmente la naturaleza de cada personaje. En el segundo tiempo, la película da un giro sorprendente y terrorífico, donde el exterior de la ciudad, y las idas y venidas por distintos lugares y situaciones, da paso al exterior, a las cuatro paredes de un lugar donde se desarrollará la película, donde la trama se parece a esas historias donde lo malvado se impone a la bondad y todo puede ocurrir y nadie está a salvo, conociendo la verdadera personalidad de los individuos de la película.

Una muy buena pareja de actrices encabezadas por el aplomo y la mirada de Isabelle Huppert, extraordinaria en su rol de ogro sin escrúpulos y muy peligroso, en un rol muy alejado de lo que nos tiene acostumbrados, aunque a veces la hemos visto metida en marañas parecidas a las órdenes de Chabrol, Haneke o Verhoeven, bien acompañada por la calidez y la sobriedad de Chlöe Grace Moretz, componiendo el alter ego perfecto como la caperucita de este cuento moderno en el que el lobo se ha disfrazado no de abuelita, pero sí de madrastra de Cenicienta.  Maika Monroe da vida a Erica Penn, la amiga y compañera de piso de Frances y esa especie de ángel de la guarda que todos en algún momento nos viene bien tener a nuestro lado, y finalmente, Stephen Rea, un viejo conocido de Jordan, que debutaron juntos y han trabajado en 11 títulos juntos, interpretando a ese detective veterano y suspicaz que acaba desafiando a la bruja malvada. Jordan muestra oficio y consigue absorbernos en su trama sencilla y eficaz, que mantiene al espectador expectante e inquietante, en esta despiadada crítica a nuestra sociedad, tan individualista y desestabilizada emocionalmente, llena de solitarios y seres con existencias muy anodinas y vacías, esperando que alguien le saque de quiénes son y así encantarse de alguna manera, encontrar algún sentido a sus vidas o lo que sea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Bernat Quintana

Entrevista a Bernat Quintana, prtotagonista de la película «Boi», de Jorge M. Fontana, en el Soho House en Barcelona, el lunes 25 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Bernat Quintana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Marina Cisa y Sílvia Pujol de Madavenue,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Hugo Silva

Entrevista a Hugo Silva, actor de la película «70 binlandens», de Koldo Serra, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 5 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hugo Silva, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Emma Suárez

Entrevista a Emma Suárez, actriz de la película «70 binlandens», de Koldo Serra, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 5 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Emma Suárez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

70 binladens, de Koldo Serra

MUJERES DE ARMAS TOMAR.

Un binladen son 500 euros. 70 son los binladens, es decir, 35000 euros son los  que necesita Raquel ya, dinero que le ayudará a recuperar a su hija, ahora de acogida con otra familia. Su último recurso es pedir un préstamo bancario, cuando el acuerdo está cerrado y todo está a punto, un par de atracadores irrumpen en la sucursal y todo cambia. Lo que era una salida para Raquel se convierte en un túnel oscuro en el que todo se torna imprevisible y complejo. El tercer largo de Koldo Serra (Bilbao, 1975) se enmarca en el thriller, género en el que el realizador bilbaíno se siente muy cómodo, no olvidemos que su debut con Bosque de sombras (2006) se arraigaba en un áspero y crudísimo drama rural lleno de violencia con ecos de Peckinpah y el Furtivos, de Borau. En su siguiente trabajo, Gernika (2016) enmarcado en el trágico suceso de la Guerra Civil, también había aroma de thriller romántico con espías en un ambiente de desolación y desesperanza. Ahora, en su película más urbana y realista, que podría estar ambientada en las noticias de sucesos actuales nos habla de Raquel, estupenda Emma Suárez, con una racha de excelentes películas que le ha llevado a trabajar con Pedro Almodóvar en Julieta y con Isa Campo e Isaki Lacuesta en La próxima piel, en una especie de trilogía no consciente sobre la maternidad y sus consecuencias.

Raquel es una mujer sola y desesperada, sin salida, una mujer en una encrucijada en la que le va la vida, es un sí o sí, no hay marcha atrás, a pesar del entuerto en el banco con los atracadores, tiene que salir con sus 70 binladens como sea. Frente a ella, los atracadores, Lola, imprevisible y psicópata con más tiros pegados que nadie y desquiciada (con la brillante interpretación de Nathalie Poza, con ese ojo blanco y esa chulería y mala leche) a su lado, el Jonan (magnífico Hugo Silva, en una caracterización brutal como yonqui, en la que está afeado, chupado y malcarado, tipos sin suerte y batalladores de la vida, que recuerda a sus roles en Dioses y perros o Las brujas de Zugarramurdi) y por si eso no fuera poco, Raquel tiene la policía fuera, el jefe del dispositivo académico y racional (genial Dani Pérez-Prada, en un rol muy diferente al del guardia civil con acento yanqui que hacía en la reciente Tiempo después) con Bárbara Goenaga como su ayudante perspicaz y fiel (que repite con Serra después de Gernika) y Kandido Uranga (que vuelve con Serra después de la experiencia de Bosque de sombras) interpretando a ese policía de toda la vida con métodos muy distintos a los nuevos jefes.

Serra ha tejido un sobrio y magnífico thriller actual y realista, con ese tono tan característico que lo acerca al policíaco norteamericano de los setenta que cineastas tan grandes como Lumet, Pakula, Boorman o Siegel hicieron tan excelso, bien mezclado con el cine quinqui ochentero de gente como Saura, De la Iglesia y demás, con esos personajes de atracadores, y más aún, cierto thriller surgido en los noventa que se mira en el setentero al estilo de Sospechosos habituales, de Bryan Singer o los policíacos de Tarantino con Jackie Brown o Kill Bill, en el que este tipo de heroínas fuertes y valientes se parecen al ímpetu tanto de Raquel como de Lola. Una localización en una ciudad como Bilbao, tan industrial y sombría, arrecia en ese tono opresivo y angustioso que recorre toda la película, con esos planos generales bien mezclados con ese aire asfixiante que se respira en el interior de la sucursal, muy setentera, con esos tonos cálidos y a la vez, con esa luz mortecina y pálida.

Una luz sombría, de día nublado que amenaza lluvia, obra de Unax Mendia, colaborador de Serra, con ese ambiente realista y muy urbano, nos somete a una película de una sola jornada, de unas cuantas horas, en que las horas pesan cada vez más. Un buen equipo técnico encabezado por la música de Fernando Velázquez, que cuenta sin estridencias, el sobrio y contenido montaje de Josu Martínez, explicando con detalle todos los puntos de vista, tanto de los de dentro como los de fuera, y un trabajo interesante de arte, obra de Mónica Ausín, todos ellos colaboradores en el trabajo de Serra. Serra construye un brillante y audaz juego de espejos, de reflejos, de dobles, en el que todo se refleja y se convierte en un antagonista, con esa Raquel, convertida en la mirada y alma mater de la película, desde el interior, donde encontramos a Raquel y sus otras yo, la propia Raquel enfrentada a Lola, Lola y Jonan, y los de fuera, los jóvenes jefes de policía salidos de la universidad con nuevos métodos de actuación enfrentados a la vieja guardia, con otras maneras de hacer, más a las “bravas”, y si aún no es suficiente, las relaciones que se establecen entre Raquel y los polis, en ese juego maravilloso de capas, insinuaciones, caleidoscopios varios, en el que el espectador deberá dilucidar qué diantres está ocurriendo, conociendo de primera mano todo lo que está pasando al instante.

El cineasta vasco nos lleva en volandas de un lugar a otro, sin soltarse en ningún momento, tejiendo minuciosamente, como solo los grandes narradores saben hacer, todo el entramado de la película, a través de detalles, con esas miradas de Raquel, o esos encuadres enclavados de ventanas y marcos de cada personaje, llenos de múltiples capas, en el que nunca sabremos que esconden y qué pretenden, tanto Raquel, los atracadores como los rehenes, en una trama que recorre cada espacio, yendo del banco a la calle y viceversa, manteniéndonos en tensión constante, sabiendo cómo manejar los puntos de vista de sus personajes en una narración magnífica, in crescendo, en el que de forma reposada se van entretejiendo las relaciones y los mensajes ocultos, en que cada personaje nos lleva a su terreno sigilosamente, ocultándonos su verdadero objetivo y sus intenciones, tantos unos como otros, en un brillante thriller con sorprendentes giros de guión en una trama de gran ritmo y excelente, que no sólo hará las delicias de los amantes del género en su más primigenia esencia, sino a todos aquellos que devoran los relatos femeninos de carácter, realistas, violencia física como emocional, sociales y sobre todo, humanistas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Border, de Ali Abbasi

LA HUMANIDAD DEL MONSTRUO.

Había una vez una mujer llamada Tina que trabajaba como agente de aduanas y poseía un gran olfato que le permitía oler la culpa de los demás. Un día, se encuentra con Vore, un tipo de aspecto monstruoso como ella, que oculta algo, pero Tina, no logra adivinar. Además, Tina se siente fuertemente atraído por el misterioso personaje. La segunda película de Ali Abbasi (Teherán, Irán, 1981) vuelve a estar enmarcada por los mismos derroteros que su opera prima Shelley (2016) en la que alrededor de un bosque, una pareja que no podía tener hijos, contrata un vientre de alquiler que tendrá consecuencias terribles. Con la apariencia de fábula, en un espacio natural, apartado de todo, vuelve a contarnos el relato de una pareja triste, una pareja sin sexo. Él, un apasionado de las competiciones caninas, vago y aburrido. Ella, Tina, con su quehacer diario en el trabajo, sus largos paseos en el bosque y las visitas al geriátrico donde está su padre. Todo cambiará con la aparición de Vore, con una apariencia física parecida a la de Tina, alguien que repele a Tina, pero a la vez seduce y engancha, y la hará descubrir secretos ocultos de su pasado, una nueva ilusión, su verdadera identidad, y también, el otro lado del espejo, una malévola actividad que realiza Vore y que intentará arrastrar a Tina con él.

Abbasi disfraza su relato de película fantástica, en la que casan de maravilla la parte social con lo terrorífico, para hablarnos de la soledad, la tristeza, el ser diferente, las capacidades naturales, sentirse de otro mundo, la maternidad, la falta de amor, el lado oscuro de la condición humana, y demás temas que nacieron de la novela homónima del escritor sueco John Ajvide Lindqvist, coautor del guión junto al director e Isabella Eklöff. Autor entre otras, de la novela Déjame entrar, que fue adaptada al cine por el director Tomas Alfredson, en la que a través del vampirismo, nos contaban una historia sobre acoso escolar, soledad en la infancia y el deseo de escapar. Muchos de estos temas vuelven a tocarse en Border, título que alude a esa frontera en la que se encuentra Tina en relación a Vore, un ser extraño, repelente y singular, que le cambiará toda su existencia, para bien y para mal, sin medias tintas, que descubrirá placeres como el sexo y la felicidad, y también, tormentos, como la monstruosidad de los seres humanos o no, y las consecuencias de unos actos deleznables.

Abbasi realiza una película de género, sin ser de ningún género en concreto, porque la mezcla es brutal, hay secuencias de cine social que dejan paso a otras más de terror, de puro fantástico, e incluso esa parte thriller de investigación, donde los personajes de un medio u otro, se mezclan, se confunden e interactúan, en cierta manera, estamos ante un cuento fantástico donde humanos y monstruos conviven, se relacionan y viven de manera natural, aunque sin ocultar sus grandes diferencias y secretos, en que la naturaleza se convierte en paradigma de la libertad y la felicidad, pero también, de lo más terrible, donde se ocultan grandes maldades, en que la línea que separa el bien del mal es tan fina que es imposible reconocer, donde seres de diferentes mundos y condición, se mezclan de tal manera que es imposible definirlos, y saber de qué materia están hechos, de qué color es su alma, y cuáles son sus ilusiones y anhelos.

Eva Melander como Tina y Eero Milonoff como Vore son los dos magníficos intérpretes que dan vida a estos seres fantásticos, estos trols, bajo un espectacular maquillaje, en una composición que opta más por las miradas y los gestos que por las palabras, donde los hechos prevalecen al verbo, donde sus acciones describirán sus interiores y aquello que sienten, en una película que recuerda a esas fábulas donde monstruos y humanos convivían y se mezclaban, con una apariencia física que aterra, pero que también atrae, como le sucede al personaje de Tina con Vore, esa frontera, ese muro emocional que deberá franquear o no, en el que se sentirá especial y rota por dentro, en el que descubrirá lo mejor y lo mejor de la condición humana, el alma que se esconde y oculta agazapada en su interior, en un viaje emocional hacia lo más bello y lo más oscuro del alma, en el que la magia y la realidad que Abbasi envuelve toda su película, consiguiendo momentos realmente poéticos y sobrecogedores, como las secuencias sexuales entre los dos trols, que esconden toda la belleza y lo grotesco en un mismo acto, o el tempo narrativo que hace gala la cinta, en la que de forma pausada y detallista nos mueven de un lugar a otro, de una mirada a otra, de un carácter a otro, de un espacio a otro, de forma natural y poética, dejando que el espectador se sumerja en un mundo diferente, salvaje, humanista, y lleno de sensaciones bellas, oscuras y contradictorias, donde la vida y nuestros sentidos palpitan y estallan, a veces de felicidad, y otras de terror.

Galveston, de Mélanie Laurent

VIDAS AL LÍMITE.

Roy Cady es uno de estos tipos con mala suerte. Roy ha crecido en una de esas familias desestructuradas, con problemas desde la cuna, con pocas expectativas, o ninguna, de labrarse una vida normal y legal. Sus años de juventud desperdiciados como pandillero y hurtos de poca monta, han llevado sus huesos a las cloacas de la sociedad, a hacer el trabajo sucio de esos tipos sin escrúpulos que son valorados en la comunidad y regentan negocios legales al servicio de los ciudadanos, en este caso, una lavandería, metáfora irónica de lo que esconde realmente detrás de esa fachada, negocios de blanqueo de dinero ganado ilícitamente a través de drogas, armas y putas. En uno de esos encargos, Roy es traicionado por su jefe, y decide huir desesperadamente junto a Rachel “Rocky” Arceneaux, una de esas chicas solitarias que acaban de putitas en busca de sus sueños. Además, Roy ha sido diagnóstica con un cáncer terminal, así que su huida aún es más incierta. En este panorama desolador y deprimente se instala la nueva película como directora de la actriz Mélanie Laurent (París, 1983) que algunos recordarán como la rubia vengadora de Malditos bastardos (2009) de Quentin Tarantino. Su carrera como directora, que con esta película llega a la cifra de 5 títulos, se ha movido entre las historias de mujeres en entornos familiares, donde ha explorado las relaciones humanas, ahora, bajo un espacio diferente, el del sur de Estados Unidos, en esa América invisible, desplazada, donde habitan seres desfavorecidos, individuos sin suerte, con vidas ajadas, vidas difíciles, y sobre todo, vidas sin futuro, esa América que el cine comercial de Hollywood obvia y olvida, o la edulcora de manera emotiva y simplista.

Laurent ha elegido la pequeña ciudad de Galveston, en Texas, esas ciudades limítrofes tan cerca de la frontera con México, tan cerca de una nueva vida, de un empezar de nuevo. Roy es un tipo duro, acostumbrado a la mala vida, a los tragos en bares sucios y malolientes, y en relaciones esporádicas y deprimentes, si alguna vez tuvo una pareja digamos normal, hace mucho tiempo que lo ha olvidado o simplemente, ya no le importa. Roy es como uno de esos vaqueros que vagaban sin rumbo, esperando un golpe de suerte, o algo que los detuviera en algún lugar para vivir en paz. A su lado, como compañera accidental de este viaje al abismo, se encuentra Rachel, que se hace llamar Rocky, de pasado oscuro y violento, dejó su familia, o algo que le parecía, para escapar de un infierno acabó en otro peor, y ahora con el encuentro con Roy parece que su vida, dentro del peligro que corren, se ha encaminado a algo de tranquilidad, algo que no había tenido jamás en su vida.

La cineasta francesa se mueve en los mecanismos del thriller, en esas películas film moir que tanto les gustaban a Fritz Lang y Jean Renoir en su etapa estadounidense, o a los Fuller o Peckinpah, relatos oscuros, violentos y ásperos, donde el fatalismo persigue inexorablemente a sus personajes, seres que la vida parece ayudarles, pero siempre, pro un error fatal del destino, acaban envueltos en huidas desesperadas y callejones sin salida. Con ese aroma tan sureño, de sudor agobiante, de moteles de carreteras secundarias, de tipos que van y vienen, de putitas jovencísimas que andan perdidas a la caza de algo o alguien, y gentes profundamente anclados a un lugar que parece que nunca se va a mover, una atmósfera que describe con amargura y encanto Nic Pizzolatto, guionista y autor de la novela, y creador de True Detective, una de las series más innovadoras y fascinantes de los últimos años. El cinematógrafo Arnaud Potier, colaborador habitual de Laurent, firma un trabajo magnífico donde captura con naturalidad la oscuridad y suciedad de esos lugares rasgados por la miseria, y aquellos donde el sol ilumina un poco las vidas de estos errantes sin vida y sin camino.

La estupenda labor de la pareja protagonista bien encabezado por Ben Foster, muy alejado de sus papeles en los blockbusters, y la siempre y maravillosa presencia de Elle Fanning, convertida en una de las actrices más potentes y fascinantes de su generación. También, encontramos la labor de Beau Bridges, elegante y malvado, y la contribución de María Valverde, que ya había trabajado en la anterior película de Laurent. Laurent ha construido una película con brío y fuerza, dura pero honesta, donde hay oscuridad, pero también esperanza, asemejándose en tiempo por la sobriedad de Jeff Nichols, y por trama en la cinta En un lugar sin ley, de David Lowery, donde unos Casey Afleck y Rooney Mara, emprendían una huida imposible y peligrosa. Roy y Rocky dentro de su huida desesperada y peligrosa, y su constante dificultad para avanzar, acaban sintiéndose parte el uno del otro, como si toda su existencia hubieran esperada un momento así, encontrarse con alguien que simplemente este ahí, que los escuche, que no haga preguntas incómodas, y sobre todo, les dé un poco de calor, algo que les haga confiar en ellos, y les ayude a confiar en sí mismos.

 

The Guilty, de Gustav Möller

SERVICIO DE EMERGENCIAS, DÍGAME.

Los amantes del cine recordarán a Will Kane, el sheriff del pequeño pueblo de Hadleyville, en Solo ante el peligro, de Fred Zinnemann. Un western magnífico que narraba con firmeza la espera de Gary Cooper ante la inminente llegada en tren del criminal fugado de la cárcel que el mismo envió a prisión. Asistíamos con temor a 80 minutos agobiantes donde Kane esperaba sin remedio el fatal desencuentro, sin que nadie del lugar le ayudase. Algo parecido le sucede a otro representante de la ley, el agente Asger Holm en The Guilty, en el que recibe una llamada al servicio de emergencias y deberá lidiar un caso de secuestro, donde hay implicados una mujer que se hace llamar Iben, y su secuestrador, su ex, Michael. El director Gustav Möller (Gotemburgo, Suecia, 1988) que debuta con esta película, enmarca su película en las cuatro paredes del servicio de emergencias, donde a través del teléfono y las conversaciones veremos todo lo que sucede en off, escuchando atentamente todo lo que acontece al otro lado del aparato. La premisa es sencilla y muy efectiva, por un lado, tenemos a Asger Holm, el agente sancionado por un caso de homicidio imprudente, y degradado por sus superiores, y metido a atender llamadas en una sala fría durante la noche.

Avanzada la noche, recibimos la llamada aterrorizada de Iben, una mujer joven que explica su caso, su secuestro y su terror. Entonces, a partir de ese instante, las llamadas irán a velocidad de crucero de un lado a otro, a comisarias, a patrullas, al hogar familiar de los implicados, que han dejado solos a sus dos hijos menores, y a Rashid, un confidente y colaborador de Asger. La película no tiene un minuto de descanso, va de un lugar a otro sin salir de esa habitación a media luz, donde las voces y los sonidos ambientales se van cruzando entre unos y otros, siguiendo una estudiada tensión psicológica que va in crescendo, guiándonos por caminos trillados y nada claros, donde Asger deberá descifrar las claves que se hallan en el suceso, sin más ayuda que su instinto, su inteligencia y su capacidad para dirimir situaciones de peligro. Möller se ha rodeado de un equipo muy joven y profesional, para contarnos en tiempo real (como ocurría en el western de Zinnemann) la peripecia de Asger, contándonos la película a través de planos detalle del rostro y el cuerpo del policía, mezclándolo con planos más abiertos, siempre sin salir al exterior y casi sin diálogos con los otros compañeros de Asger, centrándose solo en las diferentes conversaciones del teléfono, en que el peligro inminente siempre está al acecho.

Möller construye una cinta de fuerte carga psicológica, con ese estilo depurado e inquietante de Hitchcock, en el que todos los personajes tienen algo que esconder, donde nada es lo que parece, y sobre todo, hay que estar muy atentos a todo lo que escuchamos a través del teléfono, siguiendo la montaña rusa de emociones que sienten los personajes, donde Asger pasa por casi todos los estados emocionales existentes durante los 80 minutos que dura la película, sometido a una presión brutal, y ejecutando sus propias órdenes, dejándose llevar por su instinto policial, e intentando sacar adelante semejante entuerto. La película tiene ese aroma que ya impregnaban otros títulos donde el teléfono se convertía en el foco de atención como Buried, de Rodrigo Cortés, donde un enterrado vivo tenía un móvil como único medio para salir de semejante situación, en Locke, de Steven Knight, un tipo con vida aparentemente feliz era manipulado en su coche a través del móvil. Cintas de gran tensión dramática, que manejan las emociones de los espectadores, llevándolos por ese laberinto emocional en el que todo ocurre fuera de ese espacio, pero tiene su raíz en ese ataúd, en ese coche, o en esa habitación de emergencias.

Quizás, otro de los elementos indispensables para los cimientos de la película sea la  soberbia interpretación de Jakob Cedergren (que ya cosechó muchas menciones con su trabajo en Submarino, de Thomas Vinterberg) creando un agente de policía solitario, de mal carácter y aislado, que construye una grandísima composición de sobriedad y detalles con su voz y sobre todo, en su rostro, que en la película se convierte en ese espejo de emociones en el que se reflejan todas las situaciones con las que tiene que lidiar a lo largo y ancho de esta trama peliaguda, oscura y terrorífica. Möller ha cimentado una película de grandes hechuras, sencilla y contenida en su forma, y muy creativa en su fondo, donde ese off acaba contaminando toda la habitación, y donde acabamos viendo aterrorizados todas esas acciones y personajes que solo escuchamos, que ocurren en off, manteniendo con gran habilidad y soltura esa tensión áspera y brutal que tiene toda la película, condensando con eficacia la transmisión de información de todo lo que va ocurriendo y sobre todo, cómo se nos irá desvelando toda esa información que permanece oculta.