El tercer asesinato, de Hirokazu Kore-eda

NADIE DICE LA VERDAD.

En la primera secuencia de la película, bajo el manto oscuro de la noche, nos sitúan cerca de un río, en el que vemos a dos hombres caminando uno tras el otro, en un momento, el de atrás, asesta un golpe al otro, que cae al suelo, inmediatamente después, el hombre en pie, se agacha y remata al otro propinándole más golpes que acaban con su vida. Seguidamente, rocía el cuerpo con gasolina y le prende fuego. Somos testigos de unos hechos, si, pero la nueva película de Hirokazu Kore-eda (Tokio, 1962) la número 11 en su filmografía, se centra en las pesquisas de un reconocido abogado Shigemori para esclarecer las causas que han llevado a su defendido Misumi, a cometer semejante crimen, la cosa no resultará nada sencilla ya que el acusado asume su culpa. El cineasta japonés deja de lado sus dramas familiares basados en experiencias muy personales, para adentrarse en otro marco, en el cine de género, el thriller judicial de investigación.

La película se centra en las pesquisas del abogado y su equipo para esclarecer la verdad de los hechos, empresa compleja, por no decir imposible, en un entramado de personajes, La mujer e hija del asesinado, y algún que otro trabajador de la empresa de alimentación de la que era dueño también el muerto. Aunque entre esta tela de personas que callan más que hablan, ocultando una verdad que jamás sabremos con exactitud, y que como es sabido el juicio tampoco la buscará, ya que el proceso judicial de nuestras sociedades existe para dirimir los intereses particulares de las partes implicadas en el proceso, sin ningún atisbo de buscar esa verdad que, por un lado, sería el primer mandato de cualquier proceso judicial, y por otro, nos haría entender el porqué de muchas cosas que ocurren. Kore-eda enmarca su película, como es habitual en su cine, en una trama de pocos personajes, si bien, la película se sitúa en el marco judicial, hay rasgos significativos que anidan en su mirada hacía las familias, centro de análisis de buena parte de su filmografía, aquí, volvemos a encontrarnos con familias desestructuradas, rasgadas por separaciones, odios, mentiras y enormes faltas de cariño entre ellos.

La película avanza en dos direcciones, los careos entre abogado y acusado, en los milimétricos y apabullantes encuentros filmados en la cárcel, donde descubrimos algo más de lo que se cuece en el interior de estos dos personajes, uno intentando levantar aire y mar para desempolvar la verdad de los hechos, que curiosamente, defiende a un hombre que treinta años atrás también, y con su padre de juez, fue condenado por doble asesinato. Y frente a él, al acusado, un hombre solo, contradictorio, que está alejado de su única hija, y parece asumir su destino o no. Kore-eda nos lanza infinidad de cuestiones al aire, sin inmiscuirse en la moral de sus personajes, dejándolos ir y venir, con sus consecuencias, por la película, eso sí, dejándonos a nosotros, sus espectadores, encontrar la verdad o no, a partir de todos los argumentos de unos y otros, y no sólo sus necesidades vitales, económicas y demás, sino aquellas que ocultan, aquellas que mantienen en secreto, que a la postre, son las verdaderas razones que les han llevado a obrar de una manera u otra.

Dejando la fotografía naturalista que nos tenía acostumbrados en sus películas familiares, Kore-eda opta por una luz artificial, obra de Mikiya Takimoto, muy propia de los clásicos americanos, en la que la cámara filma a sus personajes muy cerca, creando esa atmósfera inquieta, plaga de claroscuros que también viste en estas películas, que tanto en argumento como forma nos recuerda a El infierno del odio o Anatomía de un asesinato. Una película de ritmo cadencioso, suave, como susurrándonos al oído, sin esas incomodas sorpresas sacadas de la nada, aquí, no hay nada de eso, Kore-eda nos propone un intenso y emocionante thriller judicial, un apabullante tour de force entre sus dos intérpretes, Masaharu Fukuyama y Koji Yakusho, abogada y acusado, tanto monta, monta tanto, dos personajes atrapados en este entramado de apariencia y mentiras, a través de unos personajes complejos que se mueven entre las tinieblas de una sociedad demasiado agarrotada en sus falsas mentiras, en un mundo de trajes oscuros, pero de doble moral, que contribuye a un mundo cada vez más legal con el sistema e ilegal con las personas, donde convertirse en adulto es comenzar a mentir como mencionaba Pessoa, reflexión que nos debería empezar a replantearnos qué tipo de sociedad estamos creando y para quién demonios sirve.

Desde allá, de Lorenzo Vigas

desde_alla-cartel-6928MIRAR PERO NO TOCAR.

Armando es un hombre de mediana edad que vive en un barrio acomodado de Caracas, se gana la vida como prótesico dental, y con sudinero atrae a jóvenes de mal vivir de barrios deprimidos hasta su vivienda para masturbarse mientras los contempla desnudos. Un día, conoce a Elder, y entre los dos nace una relación paterno-filial que se mueve entre el deseo, el amor, la manipulación y el poder. La puesta de largo de Lorenzo Vigas (1967, Mérida, Venezuela), sigue profundizando en las relaciones paterno-filiales, los mismos derroteros que ya exploraba su cortometraje Los elefantes nunca olvidan (2004), que se vió por Cannes. Ahora, partiendo de una historia del propio Vigas y Guillermo Arriaga (productor de su corto e insigne guionista de los primeros títulos de Iñárritu), construyen una cinta pequeña y poderosa, de factura bellísima, con personajes profundamente complejos, que se mueven entre las desigualdades de una ciudad fuertemente azotada por la crisis social y econòmica de un país a la deriva. Alfredo y Elder pertenecen a mundos diferentes, pero los dos comparten el mismo conflicto, la ausencia paterna, una ausencia de afecto que ha transformado y condicionado por completo sus vidas, a Alfredo, lo ha convertido en un fantasma en su propia ciudad, un ser abyecto, que rehuye el contacto físico, un automáta que no encuentra la manera de satisfacerse, un tipo acomplejado por un pasado traumático que no le deja seguir hacía adelante. Por su parte, Elder, es un joven de la calle, que vive en los bloques pobres de Caricuao (que ya vimos en Pelo malo, de María Rondón) y malvive de aprendiz en un desguace de coches y con lo que roba con sus compinches.

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La película está construida a través de la relación que se establece entre Armando y Elder, la serenidad y comodidad del primero, contrasta fuertemente por la energia y la pobreza del segundo, una relación que se vera fuertemente condicionada por la aparición de alguien del pasado de Alfredo, que zarandeará la trama cambiando totalemente el rumbo inicial. Todo ello edificado a través de una forma férrea, en la que la cámara sigue sin descanso a los personajes, penetrando en sus maltrechas almas de manera sencilla y poderosa, ejerciendo una fuerza extenuante que los vapulea, sacándoles sus más bajos instintos, en un paisaje urbano tremendo y salvaje, en el que deben de sobrevivir. Una estructura sólida, sin aristas, y con hechuras, va in crescendo, manejando el tempo narrativo de manera eficaz, exponiendo, con calma pero sin pausa, las diferentes derivas emocionales a las que se van enfrentando la dupla protagonista.

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Vigas (que se alzó contra todo pronóstico, con el León de Oro del pasado Festival de Venecia) se ha reunido de un equipo excelente para levantar supelícula: los productores que le han acompañado en esta aventura son los directores Michel Franco y Gabriel Ripstein, además del actor Edgar Ramírez, en el apartado fotográfico ha contado con el grandísimo trabajo de Sergio Armstrong (responsable de la cinematografía del cine de Pablo Larraín) que imprime a la película esa luz adormecida y triste de la Caracas actual, una ciudad de recortes, de interminables colas esperan de comida, de calles desesperanzadas por una violencia extrema, que contrasta con el entorno de Alfredo, la vivienda de colores ópacos y tristes, y el blanco roto del laboratorio donde trabaja, pero sin dejar esa frialdad que recorre toda la película, y se ajusta de manera brutal y corrosiva a la ausencia que padecen los protagonistas.

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Una historia que navega entre el melodrama y el thriller, de unos seres condenados a una realidad que les asfixia sin remedio,  que tienen que enfrentarse a un pasado terriblemente doloroso, que por mucho que lo intenten so incapaces de dejarlo atrás. Una película que recuerda a elementos y ambientes próximos del cine de Fassbinder, Paul Morrisey o Eloy de la Iglesia, en esa mirada a la crudeza de los bajos fondos en contraposición con las clases acomodadas. La cinta se beneficia de la gran labor de sus intérpretes, la mezcla entre el actor professional y el amateur (ya experimentada con grandes aciertos por Vigas en su cortometraje) el actor chileno Alfredo Castro (habitual del cine de Larraín) y el joven debutante Luis Silva (de pasado truculento, al igual que su personaje)  manejan unos personajes de gran complejidad emocional, componiendo unas almas perdidas, que vagan por las calles a la caza de algo o alguien, sin más futuro que el que dicta otro día más, que acabará esfumándose como cada atardecer.