El león duerme esta noche, de Nobuhiro Suwa

LA VIDA, EL AMOR Y LA MUERTE.

 “La muerte es el encuentro, lo importante es verla llegar”

Jean-Pierre Léaud

Hemos tenido que esperar casi una década para ver el nuevo trabajo de Nobuhiro Suwa (Hiroshima, Japón, 1960) uno de los autores contemporáneos más interesantes y diferentes que surgió a mediados de los noventa con la película 2/Dúo (1997) en la que a través de una pareja analizaba los sinsabores de la convivencia, le siguió M/Other (1999) a partir de las difíciles relaciones entre una mujer y el hijo de su pareja, en el 2001 abordó la película H Story, en la que un director japonés (el propio Suwa) rodaba un remake de Hiroshima mon amour, donde hacía una estupendo análisis del valor actual de las imágenes de la cinta de Resnais y la memoria colectiva de un país. Luego, se trasladó a Francia donde dirigió Una pareja perfecta (2005) en la que diseccionaba con delicadeza e intimidad la separación de una pareja. Cuatro años más tarde filmaba Yuki & Nina, donde se sumergía en el universo de la infancia a través de la amistad de dos niñas que por circunstancias ajenas tenían que separarse.

En El león duerme esta noche, título nacido de una canción infantil que habla de la muerte de un león pero en un tono alegre y festivo, Suwa, al igual que la melodía, juega a esa dicotomía, a la mezcla de la vida y la muerte, de las alegrías y las tristezas, a las ilusiones y las desesperanzas, a vivir y a morir, pero, a partir de la realidad y la ficción, uno de sus elementos preferidos, a investigar la validez de las imágenes pasadas, presentes y futuras, a través de un fascinante y enigmático juego de espejos donde nos sumergimos en un emocionante y maravilloso cuento en el que nos encontraremos con un actor veterano que rueda una película (especial el arranque de la película, con el rostro de Jean- Pierre Lèaud inundando el cuadro) que en de sus parones, se tropezará con un caserón vació en el sur de Francia, un espacio donde se reencontrará con Juliette, el fantasma de un amor de juventud que jamás pudo olvidar, y también, con un grupo de niños que pretenden hacer una película con él, el viejo caserón y fantasmas.

Suwa a través de una sutil y sobria delicadeza, nos sumerge en ese mundo donde todo es posible, en el que se mezclan tiempos, fantasmas e infancia, en el que la vida y la muerte viven y se alimentan de una forma natural, como un mecanismo certero y cotidiano, pero todo lo hace con una sensibilidad apabullante, en el que la belleza cotidiana de las cosas toma el mando narrativo, capturando esa luz mediterránea (obra del cinematógrafo Tom Harari) que invade de naturalidad cada espacio de la película, azotándolo con esa luz brillante y luminosa los rostros, tanto de Léaud como de Juliette (la maravillosa naturalidad de Pauline Etienne, vista en Edén de Mia Hansen-Love) como de esos niños (reclutados en Grasse en un taller de cine) que se convierten junto a Léaud, en los auténticos protagonistas de la cinta, con esas magníficas secuencias donde comparten espacio, naturalidad, imrovisación y espontaneidad con el veterano actor.

El cineasta japonés evoca la vida y la muerte en un mismo espacio, con dulzura y sensibilidad, escuchando esas canciones que nos devuelven a la infancia perdida, a aquello que fuimos, a todo lo que dejamos, pero no es una película triste o nostálgica, sino todo lo contrario, habla de la vida, de su esplendor, de nuestro interior, de la alegría de vivir, de lo magnífico que es estar vivo y hacer cine, compartir momentos y sentir que las cosas, aunque hayan momentos duros y tristes, siempre hay un motivo para cantar, reír y perseguir y (re) encontrarse fantasmas. Suwa crea un inmensa y onírica fábula donde todo obedece a una armonía singular, extraña y esplendorosa, en la que sigue explorando sus temas favoritos: el amor, el tiempo, la vida, la infancia, las inmensas e infinitas posibilidades del lenguaje cinematográfico, la metaficción y la realidad vivida o soñada, y sobre todo, las relaciones humanas entre unos y otros, sus orígenes y su pervivencia, la incertidumbre y la maravillosa existencia que puede provocarnos un cisma sorprendente o una crisis existencial, en que el tiempo constantemente juega con nosotros y nos retorna de manera mágica y oscura  a aquel tiempo en el que nos enamoramos y no pudimos olvidar.

Suwa nos lo cuenta con la presencia de Jean-Pierre Léaud, que entró por la puerta grande del cine cuando a los 14 años protagonizó Los 400 golpes, y ha trabajado con los grandes del cine de antes, y de ahora, en un fascinante caleidoscopio de espejos donde ficción y realidad se mezclan creando un nuevo espacio onírico y fascinante (como ya ocurrió en What Time Is It Over There?, de Tasi Ming-Liang, en el que un apasionado de la película de Truffaut se encontraba con Léaud) en una película que es casi en un diario filmado de su propia vida, donde nos habla de la muerte, de sus sueños, sus amores y su oficio de actor (como la canción escrita por su padre, que interpreta junto a Etienne)  excelentemente acompañado de Pauline Etienne, que emana dulzura, carácter y naturalidad, y esos niños fantásticos y soñadores (que recuerdan a esa infancia de Truffaut o Eustache) que nos devuelven a esa pasión primigenia, inocente y mágica de hacer cine, de amar el cine y convertirse en otros, aunque sean sólo por unos instantes.

9 dedos, de F. J. Ossang

LOS PASAJEROS ESPECTRALES.

“El mapa no es el territorio”

Alfred Korzybski

Noche cerrada en una ciudad costera. Magloire cae en una emboscada con el fajo de billetes de un moribundo. La banda de Kurtz lo captura y lo convierten en uno de ellos. Después de un robo fallido, emprenden una huida sin fin a bordo de un carguero fantasmal, lúgubre y asfixiante, que parece llevarlos a la deriva. El cineasta F. J. Ossang (París, Francia, 1956) músico punk y escritor, abre su película enmarcándola en el cine noir, con el aroma oscuro y tenebroso del cine de Melville, en el que hay espacios propios del cine de Carné, con esos lugares costeros donde hombres sin suerte se encuentran con mujeres desvalidas que huyen de tipos sin alma, o incluso, también podríamos añadir a los ejercicios de cine negro casi abstractos del cine de Godard como Alphaville, con esas mansiones vacías y apartadas, y rodeados de gentes extrañas que hablan poco y observan mucho.

Aunque después de este primer tercio, la película cambia de registro cuando los personajes abandonan la ciudad para adentrarse en mar abierto a bordo del carguero, esa mole de hierro que desaparece en la noche, en el que cada uno de los siniestros y ambiguos habitantes del barco ocupará un espacio, desde donde intentará sobrellevar esa travesía sin rumbo que los aislará de todos y todo. De la mano, o mejor dicho, de la mirada de Maglorie nos moveremos de un lugar a otro del barco, conversando con unos y otros, en el que sus captores y ahora cómplices, la banda de Kurtz (que recuerdan a la banda de nihilistas de El Gran Lebowski) parece guardar un material que se ha convertido en su salva conducto en toda esta aventura negra. 9 dedos, sigue los caminos ya transitados del cine de Ossang, desde la utilización del 35 mm, y el blanco y negro (obra del cinematógrafo Simon Roca, del que vimos La chica del 14 de julio) los ambientes industriales, donde prima la ruina o el desecho, las aventuras pos apocalípticas, donde se mezclan texturas, tiempos y espacios de diferentes épocas y lugares, y la gama de personajes extraños y oscuros, que parecen escapar de algo o simplemente, deambulan en busca de algo.

Ossang es un creador de atmósferas fascinante, en el que sus personajes son engullidos por el armatoste de hierro y hormigón que los rodea, donde no hay más escapatoria que sus emociones, donde todas las almas que viajan en ese barco parecen almas sin descanso, almas devoradas por el ambiente y el espacio que habitan, almas que huyen del infierno para meterse en otro que parece peor, en el que el tono noir del arranque deja paso a una película existencialista, como si el barco a la deriva en mitad de ninguna parte, se convirtiera en la isla donde desaparecen personas de La aventura, de Antonioni, en el que las cosas ya no son lo que parecen, y todos sus personajes buscan una salida que parecen no encontrar o ya ha dejado de existir, y todos se mienten para sobrevivir dentro de ese espacio terrorífico y asfixiante.

El cineasta francés introduce algunas dosis de humor absurdo, surrealista, acompañado de esa banda sonora, tanto la música vanguardista e industrial, obra de MKB Fraction Provisoire (el grupo de Ossang) y los sonidos de ultratumba, martillantes y desesperantes que absorben todo la atmósfera irrespirable del carguero. El relato existencialista se apodera del relato, y más aún cuando una extraña fuerza desconocida ha contaminado a todos los habitantes del barco, y la aparición de un extraño personaje que provocará al resto de los viajeros. Ossang construye una película oscura y fascinante, llena de sombras y espectros que vagan sin rumbo, con ese tono romántico del cine de Murnau, en el que recordamos a las aventuras psicóticas de las novelas de Conrad, donde los personajes se adentran a lo desconocido sin más armas que su maltrecha conciencia, o ese cine de terror y ciencia-ficción de finales de los sesenta y setenta.

Magloire vivirá atrapado dentro del horror, sin ninguna posibilidad de escape, encarnando a ese pobre diablo perdido y sin futuro, muy propio de las novelas  negras, que casi por casualidad, penetran en mundos ajenos y terroríficos, donde siempre hay alguna mujer seductora y ambigua que los consuela. Ossang se rodea de un contenido y asombroso reparto de caras conocidas como Paul Hamy como el desdichado Magloire, bien secundado por Pascal Greggory como el delirante Ferrante, la siniestra banda de Kurtz, las dos mujeres: una de ellas, la enigmática Gerda, con una imagen que mezcla la de las heroínas del cine mudo con la vanguardia de los años sesenta, a la que da vida Elvire (musa de Ossang que protagoniza todos sus trabajos) y la joven e inocente Drella que interpreta Lisa Hartmann, y por último, Gaspard Ulliel como un pasajero que llega al barco en último lugar. Ossang ha construido una película de una gran fuerza visual y sonora, donde encontramos un lugar, habitado por personajes huidos que no saben que se encontrarán ni hacia adonde van, en una especie de travesía crepuscular, en una especie de sueño profundo en el que no son incapaces de despertar, en un viaje existencial a lo más oscuro de sus almas, en el que cada uno de ellos tendrá que construirse su propio destino dentro de un mundo que tiene que construirse desde la ruina.

Entrevista a Nely Reguera

Entrevista a Nely Reguera, directora de “María (y los demás)”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 30 de noviembre de 2016 en la Plaza Joan Llongueras en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nely Reguera, por su tiempo, generosidad, y cariño, a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia y cariño, y al cineasta Sergi Pérez, por su amistad y cariño, y tener el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

El destierro, de Arturo Ruiz Serrano

cartel_final_destierro-bigLA JOVEN QUE SURGIÓ DEL FRÍO.

La película se inicia con una estampa hibernal, la nieve ha ocultado un páramo perdido en algún lugar sin nombre de España. Un miliciano tapado hasta el alma, guía a su mula cargada hasta las trancas, asoma entre el tupido manto blanco como una mancha en medio de la nada. Arriba hasta uno pequeño refugio del que sale otro miliciano, le deja algunas provisiones, y le presenta a su nuevo compañero de morada, otro miliciano destinado a ese lugar. Así empieza esta película minimalista, íntima y honesta, en la que nos sitúan en mitad de la Guerra Civil, aunque sólo la vemos de pasada,  algunos aviones que sobrevuelan con destino a bombardear Madrid, y ráfagas a lo lejos. La cinta se centra en un puesto de vigilancia en mitad de un lugar desconocido, en el que hay que vigilar el fuego para soportar las bajísimas temperaturas del entorno. Un paisaje hostil, agreste, de los que hacen daño, sólo dos personajes, a los que se añadirá más adelante un tercero, son los ingredientes de esta película sencilla que plantea un relato sobre la condición humana, independientemente de la ideología política, sólo centrada en las necesidades cotidianas, en las incertidumbres de una guerra fratricida que aleja a los seres queridos, y lo convierte a uno en un animal hambriento.

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El director Arturo Ruiz Serrano (Madrid, 1972) prolífico autor de cortometrajes, con los que ha cosechado más de 180 premios tanto nacionales como internacionales, que ya estuvo como guionista en la interesante El perfecto desconocido (2011), de Toni Bestard (autor junto a Marcos Cabotá del documental I Am your father, aquí haciendo tándem en labores de producción), que también planteaba una situación parecida, la llegada de alguien a un pueblo y las relaciones con los vecinos. Ahora, para su puesta de largo, Arturo Ruiz Serrano, aborda un conflicto que enfrenta a dos personajes antagónicos, por un lado, teneamos a un miliciano rudo y animal, de aspecto fuerte, hombre de la tierra, del ejército fascista, nada convencido de la causa que defiende, y con la familia en el Madrid sitiado, y por el otro, un joven seminarista, intelectual y frágil, católico y fascista de familia. Las fricciones y conflictos no tardan en aparecer, una relación impuesta que no les agrada, pero tienen que luchar contra unos elementos atmosféricos muy hostiles que los amenazan más que los disparos de los enemigos que no se ven en todo el metraje. La aparición de Zoska, la joven polaca idealista que encuentran moribunda, incrementará la difícil convivencia entre los tres, y las diferentes oposiciones que se manifiestan con respecto al futuro de la joven.

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Ruiz Serrano construye, con acierto y sencillez, una película in crescendo, un menage a trois distinto, de corte clásico, huyendo de los aspavientos y demás artimañas modernas, para mirar hacia el cine de los maestros, y el cine de los países del este, todo se cuenta de forma austera, el paisaje se convierte en un personaje más, y la guerra funciona como trasfondo, situando su relato en la retaguardia, donde las ideologías y las heroicidades no valen, aquí se cuecen otras actitudes y necesidades: se fraguan las batallas interiores, las que no salen en los diarios, los miedos personales, la compleja supervivencia, el conflicto con el otro… Un grupo de técnicos profesionales que como Nicolás Pinzón en la fotografía (excelente la atmósfera hibernal) o Iván Ruiz en la música han acompañado tanto a Arturo Ruiz como a los productores mencionados, con la grandísima aportación de la montadora Teresa Font (habitual de Aranda, De la Iglesia o Uribe, entre muchos otros) han levantado una película de un esfuerzo titánico de producción, que nace con vocación de cine diferente, resistente y sobre todo, un cine que huye de convencionalismos y etiquetas, para mostrar aspectos de la condición humana, tanto físicos como emocionales. Amén del excelente trío protagonista, con Eric Francés como Silveiro, el huraño y bestia de una sola pieza, Joan Carles Suau como su contrapunto, la inteligencia emocional y la carga de los miedos que le atenazan, y la joven polaca Monika Kowalska como la perdida y guerrera Zoska. Un trío que emociona, nos envuelve y además, nos transmite toda la fuerza y la sensibiliada de sus personajes, y cuestión moral que propone esta fábula, no sobre la contienda bélica, sino sobre las emociones, los miedos, la soledad, y la estupidez de la guerra, que además de provocar que unos y otros ase maten, acaba relacionando a gentes de diverso corte social diferente, pero con las mismas necesidades que cualquiera.


<p><a href=”https://vimeo.com/144899813″>Trailer The Exile</a> from <a href=”https://vimeo.com/user13031022″>David Castellanos</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>