Entrevista a Hugo Silva

Entrevista a Hugo Silva, actor de la película «La buena suerte», de Gracia Querejeta, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el lunes 28 de abril de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hugo Silva, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La buena suerte, de Gracia Querejeta

PABLO FRENTE AL ESPEJO. 

“¿Qué le sucede al hombre que ha huido frente a su miedo? No le ocurre nada, sólo que no aprenderá nunca”. 

Carlos Castaneda 

Después de debutar con la estimable Una estación de paso (1996), Gracia Querejeta (Madrid, 1962), adaptó la novela “Todas las almas”, de Javier Marías en una película que se llamó El último viaje de Robert Rylands (1996), en inglés y con un reparto internacional en un relato admirable sobre el compromiso del amor y la solidaridad. Han tenido que pasar 7 largos entre los que destacan Cuando vuelvas a mi lado (1999), Siete mesas de billar francés (2007) e Invisibles (2020), algunas series, tantos cortometrajes y demás trabajos, para que la hija del célebre Elías Querejeta adaptará una novela, en este caso la de Rosa Montero bajo el título La buena suerte. Estamos ante un interesante cruce de historia intimista y thriller cotidiano donde un padre abrumado por los delitos de su único hijo, intenta dejarlo todo y huir a un pueblo cualquiera en el que refugiarse de tanto dolor y desesperación. 

Si bien la película se encuadra en una cinta que obedece a cierto academicismo, donde todo está muy bien encuadrado y contado, aunque se aparta un poco de esa convencionalidad para irnos descubriendo una historia que aparentemente parece una cosa pero esconde otras que sorprenderán y mucho. Seguimos la existencia de Pablo, un arquitecto de éxito en Madrid que huye dejándolo atrás y acabando en un pequeño pueblo perdido en algún lugar de la provincia de La Rioja. En ese recóndito lugar, conocerá a Raluca, mitad rumana-española que trabaja en el macro súper de la zona, a Felipe, una especie de viejo marino que pasa sus días entre escepticismo y lo sarcástico, y el Urraca, el mota broncas del lugar que acosa a Raluca. En ese microcosmos, Pablo hará lo imposible para olvidarse de quién era, o quizás, empezar de nuevo o simplemente, dejarse llevar mientras se oculta de otros acontecimientos que lo mantendrán alerta. Con un guion de María Ruiz (actriz que conocemos por su faceta como actriz en El camino de los ingleses y Un buen día lo tiene cualquiera, y posteriormente, como traductora y adaptadora de textos en musicales que dirige Antonio Banderas) y la propia directora obedece al cine intimista, de personajes y naturalista que tanto gusta a Querejeta. 

La directora madrileña se ha acompañado de dos de sus cómplices como son Juan Carlos Gómez, con casi el centenar de títulos en la cinematografía, en su cuarto trabajo juntos, con una luz cercana, nada impostada que recoge todo el momento emocional que tiene el protagonista, perdido en mitad de un cruce y ante un abismo que se acerca inexorablemente. Leire Alonso en el montaje, más de 35 largometrajes, también el cuarto largometraje con la directora, en un trabajo conciso y sobrio donde apenas hay sobresaltos, todo contado con una sencillez y clarividencia que recuerda aquel cine clásico y algún que otro western de personajes cayendo de no sé sabe donde en unos 90 minutos que no dejan indiferente. La música de Vanessa Garde que debuta en el universo Querejeta, después de una larga trayectoria de más de 30 películas con nombres tan interesantes como Raúl Arévalo, Daniel Sánchez-Arévalo, Álvaro Fernández Armero e Imanol Uribe, entre otros, consigue seducirnos con unas melodías honestas que saben captar todo el desbarajuste sentimental que sufre Pablo, sin hacer esa música que simplemente acompaña sin más.

Un reparto que brilla con honestidad y capta con sinceridad todas las capas de unos personajes muy perdidos o simplemente dejando que la vida vaya pasando, esperando algo, alguien o vete tú a saber. Tenemos a unos estupendos Hugo Silva como Pablo y Megan Montaner como Raluca, que repiten después de la estimable Dioses y perros (2014), aquí haciendo un dúo que sin saberlo, parecen estar bajo la misma barca de náufragos. Miguel Rellán es Felipe, un actor que lleva casi medio siglo de oficio con más de 150 títulos añadiendo todos esos toques de realidad y sobriedad al protagonista y por ende, a la película. Y luego, nos encontramos una retahíla de personajes que con su breve presencia dan a la historia una profundidad tan necesaria como humana, que encontramos en otras obras de la cineasta como Ismael Martínez en Urraca, una especie de antagonista y una amenaza constante, otra más. Eva Ugarte es la socia de Pablo, que ya habíamos visto por la factoría Tornasol. Chani Martín como un Guardia Civil con mucho sentido irónico, y no podemos olvidar a la pareja de polis que hacen Francisca Horcajo y Josean Bengoetxea, unos roper bien/mal avenidos de la ley. 

La nueva película de Gracia Querejeta sigue la estela de su cine, aunque ahora parta de la base del genio de Rosa Montero, porque tiene muchos elementos que la directora madrileña ha ido construyendo en una larga filmografía que arrancó casi tres década con personajes de clase media/alta que se ven sumergidos en conflictos que los traspasan de tal manera que entran en barrena, es decir, en una deriva laberíntica que los enfrenta con sí mismos, con sus propios ideales, prejuicios y demás. En La buena suerte encontramos muchas de estas cosas, con la añadidura del thriller como hizo en Ola de crímenes (2018), eso sí, bajo otro tono, donde hay había humor negro, aquí hay un tono más amargo y más duro, donde un padre se ve violentado por las terribles fechorías de su primogénito, donde un padre tiene miedo a su propio hijo. Un tema que está tratado con inteligencia y sin caer en lo burdo ni en lo mundano. La película se ve con pausa, sin grandes peripecias de guion ni de forma, porque Gracia Querejeta no va por ahí, sino por contar una historia interesante con solvencia, respetando al espectador y sobre todo, siguiendo las formas de cómo se ha hecho cine durante tanto tiempo, atrapando al espectador con lo más mínimo y llevándolo sin sobresaltos, pero con solidez y sin atajos tramposos, que tanto hay en el cine de nuestro tiempo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Misericordia, de Alain Guiraudie

JÉRÉMIE HA VUELTO A SAINT-MARTIAL. 

“Todas las novelas son historias en las que nos contamos lo que somos, lo que nos gustaría ser y lo que no sabemos que somos”. 

Michel Schneider

La película se abre como un western fronterizo y crepuscular con el protagonista Jérémie llegando en coche a su pueblo. La cámara opta por un punto de vista subjetivo en esos primeros minutos, nosotros somos el personaje, y seguramente, estamos experimentando unos espacios del pasado que ahora, vemos como extraños, la vida y agitación de antaño han pasado a mejor vida y estamos ante un lugar casi deshabitado y desolado. Es otoño, un tiempo intermedio, Jérémie regresa a lo que fue su casa para ir al entierro de Jean-Pierre, su antiguo jefe en la boulangerie del pueblo. Allí se reencontrará con viejos fantasmas que irá desenterrando como Martine, la viuda, Vincent, el hijo, con él que fue amigo antaño pero que ahora es todo diferente. También, con el cura extraño y callado, y Walter, alguien con quién no tuvo mucha relación. El joven que parece en mitad de la nada, se quedará unos días, todavía no sabe cuántos, y comenzará a deambular por el bosque a la caza de setas y entablar ciertas compañías. 

Al director Alain Guiraudie (Villefranche-de-Rouergue, Francia, 1964), lo conocemos por su inolvidable El desconocido del lago (2013), un interesante cruce de amores homosexuales y thriller asfixiante alrededor de un lago en un pequeño pueblo apartado. En Misericordia, su séptimo largometraje, sigue la línea de un cine que mezcla géneros, texturas y formatos, cogiendo un poco de cada cosa y creando un conjunto que juega al desconcierto y la confusión a partir de unos personajes nada convencionales de los que conocemos muy poco y donde el pasado se sugiere de una forma intrigante. Un cine con una trama inquietante que le acerca a Chabrol, tanto en sus atmósferas como tempos y lugares, en que el deseo, ya sea correspondido como ocultado es el motor de sus protagonistas, donde vemos mucho el cine de Buñuel, porque la historia dentro de una cotidianidad aplastante y una sucesión de lugares comunes y repetitivos, se va creando una red de relaciones cada vez más turbias, raras y muy oscuras. El director francés nos sumerge en una trama que se va componiendo a través de los personajes, de todo lo que vemos de ellos y lo que no, en un juego complejo de espejos-reflejos donde lo noir es una excusa para que podamos conocer el ambiente que se respira o no. 

El formato 2;35 ayuda a crear ese halo de misterio que cruzado con lo doméstico va tejiendo una atmósfera “real” pero con sombras alrededor. Una cinematografía que firma Claire Mathon, en su tercera película juntos, que tiene en su haber cineastas como Maïwenn, Céline Sciamma y Pablo Larraín, entre otros, donde el frío y gris otoño genera ese aire cercano y alejado a la vez, donde lo rural con el bosque omnipresente va creando ese lazo invisible entre los diferentes personajes con Jérémie como hilo conductor. El gran trabajo de sonido formado por Vasco Pedroso, Jordi Ribas, Jeanne Delplancq y Branko Nesko, donde cada detalle resulta importante para el devenir de todo lo que se cuenta. La música de Marc Verdaguer aporta el halo de incertidumbre y agobio que sobrevuela toda la trama. El montaje de Jean-Christophe Hym, también con 3 títulos con Guiraudie, en una filmografía con titanes como Raoul Ruiz y Hou Hsiado-Hsien, realiza un ejercicio metódico y calculado del tempo cinematográfico de la película con sus desapasionados y concisos 103 minutos de metraje en que pivotan apenas cinco personajes a los que se añadirán otros que irán creando ese retrato de unos personajes que callan mucho, hablan poco y miran aún más. 

Los repartos de las películas del cineasta galo están muy bien escogidos porque sus películas están cruzadas por muchos aspectos y elementos y son sus intérpretes los que las hacen más profundas y diferentes. Tenemos a un impresionante Félix Kysyl en la piel de Jérémie, uno de esos personajes tan cercanos como alejados, nada empáticos, que es el narrador de la historia o quizás, es un invitado que nos muestra ese lugar atemporal entre el pasado y el presente, en una especie de limbo que conocemos, y a la vez, nos resulta totalmente desconocido. Le acompañan Catherine Frot como Martine, una actriz curtida en más de 50 títulos hace de una mujer que le coge cariño a Jérémie y le ayuda a pasar el duelo, Vincent, el hijo malcarado de Martine y del fallecido lo interpreta Jean-Baptiste Durand, uno de esos personajes con actitudes violentas que tiene mucho rencor a Jérémie de un pasado en el que fueron amigos y algo ocurrió que ahora ya no pueden volver a serlo. Jacques Develay, un actor sobrio y estupendo hace del cura, un personaje vital en la historia y lo es porque tendrá una parte esencial en su transcurso, de esas presencias que difícilmente se olvidan en una película de este tipo. Tenemos a David Ayala dando vida a Walter, otro “amigo” del pasado con el que el protagonista mantiene algo o quizás, no. Y finalmente, otras presencias que no desvelaremos para no anticipar interesantes sorpresas. 

No deberíamos dejar de ver Misericordia, de Alain Guiraudie, con un título al que el director nos remite al cine de Bergman, un término en desuso pero muy necesario en estos tiempos actuales donde se juzga muy a la ligera y se nos olvida la empatía. Destacar la presencia de Andergraun Films de Albert Serra y Montse Triola como coproductores de la cinta, a los que añade la contribución de los mencionados Jordi Ribas y Marc Verdaguer, en uno de los títulos del año y no lo digo porque de vez en cuando hay que expresarse en términos lapidarios, ni mucho menos, lo digo porque es una película de las que hacían Lang, Huston y demás, donde se profundiza en valores como la moral, la ética y lo que significa la bondad y la maldad en nuestro tiempo, y donde se cuestionan las estructuras y convenciones sociales en lo referente a todo aquello de la conducta, el deseo y demás acciones y sentimientos. Una película que tiene el amor fou buñueliano como motor de su trama, amores ocultos, invisibles y nunca expresados, también aquellos otros consumados y ocultados a los demás, en las diferentes vidas vividas y no vividas en una película que juega a preguntarse y no hacer juicios de sus personajes y muchos menos de lo que hacen, ese matería, tan difícil se la deja a los espectadores, pero tengan cuidado, que alguno de ellos podría ser usted. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vermiglio, de Maura Delpero

LAS MUJERES DE VERMIGLIO.   

Vermiglio es un paisaje del alma, un “Lexico familiar (Natalia Ginzburg) que vive dentro de mí, en el umbral del inconsciente, un acto de amor por mi padre, su familia y pequeño pueblo. Al atravesar un período personal, quiero rendir homenaje a una memoria colectiva”. 

Maura Delpero

Erase una vez… La existencia tranquila y anodina de un pueblo remoto escondido entre los Alpes Italianos a finales de la Segunda Guerra Mundial. Allí, entre montañas cubiertas de nieve y quehaceres agricultores y ganaderos se desenvuelven sus habitantes, entre ellos, la familia del maestro Cesare, su mujer Adele y sus diez hijos. Un lugar que huele a heno recién cortado y leche recién ordeñada como deja patente su cuidadoso prólogo que anuncia un nuevo día y vemos a toda la familia levantándose, cada uno con su tiempo y pesadez, e inmediatamente después, en primerísimo primer plano, las cazuelas van pasando frente a nosotros y llenándose de leche caliente. Un relato casi en primera persona porque la directora nos sitúa en el pueblo de su padre, en su memoria y en su tiempo y silencio. 

La directora que ha dirigido hasta la fecha tres documentales Signori professor (2008), de la cotidianidad de diferentes maestros, Nadea e Sveta (2012), sobre mujeres inmigrantes, y 7 salamancas (2013), sobre la mitología y lo sagrado, en los que abordaba las fronteras entre el documento y la ficción, y una de ficción Maternal (2019), sobre dos madres adolescentes. Mucho de esa textura contiene Vermiglio, su primera película de ficción, aunque con varios peros, porque en muchos momentos podríamos decir que la película se acerca al documento propiamente dicho donde vemos una mirada de las costumbres y oficios y quehaceres de los habitantes de mediados de los cuarenta del siglo pasado. En ese sentido, la película se mueve entre lo colectivo y lo individual a partir de las miradas de estas mujeres de diferentes edades, siguiendo la estela de las anteriores citas de Delpero, con sus nacimientos y muertes, amores, desamores y otros infortunios y alguna pequeña alegría en silencio, y en cómo estas mujeres se enfrentan a las adversidades de la existencia, en una sociedad patriarcal y altamente religiosa en la que ellas están completamente sometidas a la voluntad masculina, y deben hacer frente a los conflictos que estos les generan. Se habla de maternidad en compañía y soledad, en los dificultosos destinos que les esperan a las mujeres, y sobre todo, se habla de cómo el destino fatal se va imponiendo en un lugar donde hay nulas oportunidades de ser y hacer cosas diferentes. 

Delpero se ha acompañado de un gran equipo entre los que destacan el cinematógrafo como el ruso Mikhail Krichman, habitual del cineasta Andrey Zvyagintsev, amén de otros como Liv Ullmann y Jim Sheridan, donde se impone el cuadro bien cuidado que recoge cada detalle con minuciosidad y pausado, donde abundan los encuadres fijos, en el que el off se convierte en la estructura esencial de la película, porque los momentos de gran tensión se despachan en fuera de cuadro seguidas de magníficas elipsis, alejando a la historia de esos momentos de estridencia sensiblera y sumergiéndonos en un tono de dureza, dolor y tristeza sin caer en el tremendismo. La composición de Matteo Franceschini, ayuda a acercarnos a los altibajos emocionales y complejidades de los diferentes personajes de modo reflexivo y emocionante, así como el gran trabajo del arte y vestuario que son extraordinarios, al igual que la estupenda labor de sonido que firman, entre otros, Dana Farzamehpour, con más de 90 títulos entre los que destacan nombres como los de Asghar Farhadi, Jean-Gabriel Péirot y Alice Diop, entre otros. El conciso y trabajado montaje de Luca Mattei, que ya trabajó en la citada Maternal, consigue elaborar un ritmo que nos va atrapando desde lo cotidiano, la sencillez y la naturalidad del lugar y los personajes, en un ritmo pausado, sensible e íntimo. 

Si el apartado técnico es de primer nivel, el artístico no se queda atrás, con la maravillosa presencia de un actor como Tommaso Ragno como el maestro y padre de la familia numerosa, con una espléndida filmografía que le ha llevado a trabajar con Bertolucci, Vrizi, Rohrwacher, Moretti, entre otros, haciendo de ese maestro de pueblo, tan recto como poco padre y menos esposo. Roberta Rovelli es la madre, más acogedora, realista y cercana con su prole. La debutante Maria Scrinzi es la desdichada Lucia que, ante la fatalidad deberá sacar fuerzas y ser fuerte. orietta Notari hace de una tía que es una mano más que ayuda y alienta todo lo que puede. Sara Serraiocco, que hemos visto en No odiarás, El caso Braibanti y El primer día de mi vida, es otra hija que, en silencio y sin molestar, va haciendo y es una testigo esencial en el devenir de las mujeres de la familia, y Carlota Gamba, una de las protagonistas de la reciente ¡Gloria!,  la diferente del pueblo, y Giuseppe De Domenico es el soldado desertor que trastoca la tranquilidad del lugar, como Santiago Fondevila, otro soldado que vuelve de la guerra, familiar y perdido como el otro. 

El tono y la atmósfera que desprende una película de Vermiglio se hermana de forma muy cercana con la cotidianidad y la profundidad que tenían obras de Vittorio De Seta como sus maravillosos documentales, de Ermanno Olmi como El árbol de los zuecos (1978), y de los hermanos Taviani como La noche de San Lorenzo (1982), en sus formas de mirar el trabajo, a sus gentes, sus costumbres, sus sociedades, sus lugares y sus maneras de enfrentarse a la adversidad del tiempo, de los animales, de la tierra y del progreso y demás asuntos como el amor, la familia, etc… La cineasta Maura Delpero no sólo ha construido un retrato sensible, profundo y reflexivo sobre el pueblo de su padre y sus habitantes y ese momento de final de la guerra, sino que también, ha tejido a fuego lento un minucioso y extraordinario retrato sobre las mujeres, sobre todas las mujeres que debieron enfrentarse y cooperar en una sociedad machista y sobre todo, una sociedad que les dejaba pocas salidas en la vida, y que tuvieron que armarse de valor y coraje para ser ellas mismas y ayudarse entre ellas a pesar de los pesares. Vermiglio debería ser de obligada visión por todo lo explicado, además su historia y contexto circunstancial y emocional se cuentan de forma muy honesta y directa, donde se refleja el arduo camino que han tenido que recorrer tantas y tantas mujeres. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esperando la noche, de Céline Rouzet

LA IMPOSIBILIDAD DE SER. 

“La valentía es no dejarse intimidar por el miedo”

Rebecca Solnit 

Erase una vez… Una familia que llega a una zona residencial, de esas tan tranquilas que parecen esconder algo oscuro, llenas de casas con su jardín verde tan natural como artificial, con piscina de agua demasiado azul, y demás lujos innecesarios de gente que no sabe en qué gastar el dinero que gana. La familia en particular son Laurence y Georges, madre y padre, Lucie, la hija pequeña y finalmente, Philémon, el hijo adolescente, demasiado pálido y extraño. A parte del hijo, lo demás no parece raro, aunque a medida que avanza la trama, nos daremos cuenta que la cosa si guarda ciertas rarezas. La directora francesa Céline Rouzet, que debutó con 140 km à l’ouest du paradis (2020), un documental sobre una de las zonas más remotas de Papúa Guinea que analiza el turismo y el neocolonialismo. Para su segunda película Esperando la noche (“En attendant la nuit”, en el original), se adentra en el género para contarnos una sensible e íntima historia sobre el difícil paso de la infancia a la adolescencia de un chaval, el tal Philémon, que tiene un secreto: necesita sangre humana para alimentarse. 

Rouzet huye deliberadamente del vampirismo como fenómeno terrorífico para situarse en los pliegues de ese momento vital, tan esperanzador como inquietante, en la que nos habla desde el alma de conflictos cotidianos en los que impone una naturalidad oscura, parecida a la de las películas de David Lynch, donde todo lo que vemos insinúa unas puertas para adentro donde ocurren los terrores más espeluznantes. Su relato se aleja de las argucias argumentales y construye un guion junto a William Martin en el que prevalece la honestidad, el secreto no es ningún misterio, porque como hacía Hitchcock, lo desvela al principio, así que, la trama se desarrolla en eso que comentábamos al inicio del texto, en el proceso de un joven que quiere ser aceptado por los jóvenes del lugar y aún más, en el miedo que siente en revelar su “secreto”. Por el camino, el film habla del sacrificio familiar para proteger a su hijo, llevándolos a hacer cosas ilegales y demás cosas. La película plantea lo vampírico como una enfermedad o discapacidad que nos puede alejar de los demás, incluso del amor como le ocurre a Philémon que se siente atraído por Camille. 

La cineasta francesa huye de los lugares comunes del terror más convencional, porque su película va de otra cosa, y la llena de lugares extremadamente domésticos y cercanos como la casa y las calles y el bosque y el río, siempre de día y en verano, con esa luz tranquila y pausada que firma el cinematógrafo Maxence Lemonnier, del que hemos visto hace poco HLM Pussy, de Nora el Hourch, en la que envuelve de cotidianidad y cercanía su película. El montaje de Léa Masson, habitual de Claire Simon, que además estuvo en el debut de Rouzet, huye del corte enfático y se instala en un marco reposado donde todo se cuenta con el debido tiempo, sin prisas ni estridencias, en sus 104 minutos de metraje. La excelente música de Jean-Benoît Dunckel, la mitad de “Air”, que ha trabajado en grandes títulos como María Antonieta, de Sofia Coppola, El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté y en Verano del 85, de Ozon, nos envuelve de forma natural e inquietante al anthéore de la película, confundido y torturado, en ese estado de ánimo entre el miedo, el conflicto y la necesidad de abrirse del protagonista, enfrascado en sus temores y oscuridades, y las otras, las de fuera, las que más miedo le producen, porque no sabe cómo reaccionan los otros cuando sepan su “secreto”.

La presencia del debutante Mathias Legoût Hammond en la piel del oculto Philémon es todo un gran acierto, porque el joven actor sabe transmitir todo el problema que arrastra un adolescente que quiere ser uno más y no puede, protegido por el amparo familiar pero con ganas de descubrir otros espacios de la vida como la amistad y el amor. Le acompañan una siempre arrolladora Elodie Bouchez como la la madre, que fácil lo hace y todo lo que genera una actriz dotada de un aura especial. Jean-Charles Clichet es el padre, que le hemos visto en películas de Honoré y Hansen-Love, entre otros, la niña es la casi debutante Laly Mercier, genial como hermana pequeña, tan lista como rebelde, y finalmente, la estupenda presencia de Céleste Brunnquell como Camila, la amada de Philémon, una actriz maravillosa que nos encantó en El origen del mal y Un verano con Fifí, entre otras, siendo esa mujer que, al igual que el protagonista, se transformará. No se pierdan Esperando la noche, de Céline Rouzet, si les gustan las películas de terror sin efectismos y que profundicen en el alma humana, sus verdades y mentiras, y sus brillos y oscuridades, y todo lo que nos hace humanos o no, y cómo reaccionamos ante el diferente y lo desconocido, que es eso lo que nos hace inteligentes  y sobre todo, bellas personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestro momento perfecto, de Aylin Tezel

LOS ESPEJOS A LOS QUE NO NOS MIRAMOS.   

“Cómo te amas a ti mismo es cómo les enseñas a los demás a amarte”.

Rupi Kaur

Érase una vez… en la isla escocesa de Skye, durante un fin de semana, allí se juntaron dos desconocidos. Por un lado, tenemos a Kira, una mujer en los cuarenta, que ha vuelto a revivir un viaje al lugar cuando estaba con su ex. Por el otro, tenemos a Ian, también en los cuarenta, que visita a sus padres, en plena huida constante de sus conflictos llevando una vida al día. Los dos, sin pretenderlo, pasarán 24 horas juntos, donde corren, saltan, bailan y ríen, y se olvidarán de sí mismos, y sobre todo, vivirán experiencias diferentes y fuertes. Todo quedará ahí, en Skye, porque volverán a London, a sus vidas, a sus huidas, y a sus problemas de los que siguen huyendo. La primera película como directora de la actriz Aylin Tezel (Bünde, Alemania, 1983), retrata las relaciones de hoy en día y las huidas de unos cuarentones que les cuesta lidiar con el conflicto, y viven con un miedo constante para ser ellos mismos y trabajar en sus sueños en una sociedad tan vacía y mercantilista, y tan líquida como mencionaba Bauman.

 Tezel demuestra una gran observación en tejer con paciencia y detalle las dos vidas de los respectivos protagonistas, en la que nosotros los espectadores somos testigos de sus trabajos, sus sentimientos y sus devaneos en general, en un relato escrito por la propia directora en el que nunca se juzga nada ni a nadie, sino que se muestran unos hechos y unas circunstancias y se deja espacio para que el público los juzga como buenamente pueda. No estamos ante una película que pretenda sacar conclusiones de cómo vivir y relacionarse, eso sí, nos habla de dos personajes que están en constante huida, con el daño que eso produce en ellos, contándonos sus respectivos conflictos personales, unos problemas que los arrinconan de los demás, y les llevan a tener relaciones superficiales y nada complacientes. Son dos personajes complejos, como somos todos, pero están en ese momento de limbo, de no saber qué hacer con sus respectivos problemas, como dos islas a la deriva que chocan y de qué manera, aunque la vida con sus caprichos y meteduras de pata los aleja porque todavía no están preparados, ya que siguen en su lucha, aprendiendo a amarse, una cosa tan vital y tan difícil.

La excelente cinematografía que firma el alemán Julian Krubasik, con experiencia en el cine de su país en películas tan importantes como We Are Nest of Kin (2022), de Hans-Christian Schmid, donde priman los planos y encuadres muy cercanos para construir la profunda intimidad en la que está instalada la historia que nos cuentan, donde la cámara se mueve al son de sus dos personajes, sin incomodarlos ni nada que se le parezca, dejando ese especia esencial para ver y no juzgar. El montaje de David J. Achilles es dinámico, lleno de ritmo mezclando con inteligencia esos momentos de pausa donde los protagonistas hablan de ellos, que van in crescendo, dentro de sus torpezas, inseguridades y miedos, donde no existe un ápice de falta de ritmo ni de pausas innecesarias, en una película que se va a casi las dos horas de metraje, de continuas idas y venidas, de amor y desamor dentro de ellos. La música, esencial en la trama, él toca el piano y desea convertirse en músico, entre otras cosas, está compuesta por el músico electrónico Jon Hopkins y el berlinés Ben Lukas Boysen, con experiencias en cine, que dotan a la historia de esos subidones y reposos que viven los dos personajes.

Uno de los aspectos que destacan más de Nuestro momento perfecto (“Falling into Place”, en el original), es su fantástica pareja protagonista, o podríamos decir, su anti pareja, jajaja. La propia directora Aylin Tezel se reserva el personaje de Kira, una alemana en London, siendo la eterna aspirante en todo: al amor, en plena crisis de ruptura, en el trabajo, no acaba de ser la escenógrafa principal en el teatro, siempre la ayudante, y muchas cosas más. Ella no vive, ella está y finge vivir, como les ocurre a muchos. Frente a ella, o mejor dicho, en el mismo estado emocional de huida y pérdida, nos encontramos a Chris Fulton como Ian, que hemos visto en series como Bridgerton, The Witcher y Outlander, se convierte en el partenaire perfecto para Kira, porque los dos están ahí, esperando a romper el cascarón, a enfrentarse al espejo, a ser las personas que no se atreven o no pueden ser por ahora. El resto del reparto, tan cercano y transparente, marca de la película, así como los paisajes tanto rurales como urbanos, componen un equipo artístico de gran nivel con los Rory Fleck-Byrne, Alexandra Dowling, Olwen Fouere, Samuel Anderson, Anna-Russell Martin, entre otros, tan bien en sus composiciones dándole a la película esa amplitud y naturalidad tan necesaria.    

Una película que tiene de título Nuestro momento perfecto, tan ideal para lo que cuenta, está llena de reflejos en la sociedad actual, en nuestra forma de amarnos o no, y de amar o no a los demás, de quiénes somos, de nuestros sueños, miedos e inseguridades y de estos tiempos en qué todo va tan rápido y hemos olvidado lo esencial de nuestras vidas, nuestros verdaderos propósitos y al fin al cabo, para qué estamos aquí, y para que nos levantamos cada día, fingiendo nuestra vida y haciendo como si no fuera con nosotros. La película no olvida su cine deudor, es decir, la comedia romántica clásica, tan divertida, tan personal y profunda que habla de amor, sí, pero desde prismas diferentes, donde no se limita al éxito o fracaso impuestos por los estereotipos mercantilistas, sino desde la convicción personal de no tener miedo de ser lo que queremos ser y sobre todo, luchar por ello, y sobre todo, no huir de nosotros y encerrarnos ante lo que somos y ante los demás, siempre mirándonos a esos espejos que cuesta tanto mirarse, aunque si logramos mirarnos todo va a cambiar, todo va a verse con otra mirada, y todo aquello que creíamos a pies juntillas va a desaparecer y en ese instante, podremos mirarnos y descubrirnos sin miedo, sin trampas y sobre todo, amándonos para amar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Dolores Fonzi

Entrevista a Dolores Fonzi, actriz y directora de la película «Blondi» en la terraza del Hotel Catalonia Barcelona 505 en Barcelona, el jueves 4 de julio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Dolores Fonzi, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta belleza, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Blondi, de Dolores Fonzi

MAMÁ ES MI AMIGA. 

“Creo que es muy importante que cada madre encuentre su propio camino”.

Solange Knowles

Blondie tiene más de cuarenta tacos, que mencionaba Sabina, no es una madre convencional, ella es ella misma, con sus cosas y consecuencias. Si la miras de lejos parece una adolescente más, una joven con ganas de vivir el momento e irse de fiesta con sus colegas, dejándose llevar por la vida, por cada día, y sobre todo, sin mirar a ese futuro que tanto miedo meten con él. Blondi vive de forma diferente, hace encuestas, vive con su hijo Mirko veinteañero, que sueña con ser dibujante,  se ve con su madre, Pepa, viuda, pero de aquí y ahora, y mantiene una relación de amor-odio con su hermana, la “perfecta” Martina, casada y con dos hijos pequeños, pero tan infeliz como cualquiera. Blondi vive al día, sale de fiesta con su hijo y sus colegas, es una más, una “colega” más, una confidente de su hijo con el que fuma porros y habla de forma abierta y libre. Eso sí, nunca ha sido una mala madre, siempre ha estado ahí, desde que se quedó embarazada a los 15. Blondi es una madre diferente, alejada de la “normalidad”, o eso que nos han vendido que es “normal”. 

De Dolores Fonzi (Buenos Aires, Argentina, 1978), ya conocíamos de sobras su faceta como actriz en la que lleva dedicada más de 25 años en películas de cineastas tan importantes como Luis Ortega, Damián Szifrón, Fabián Bielinsky, Cesc Gay, Claudia Llosa y Santiago Mitre, entre otros. Ha sido con este último, coproductor de la cinta, con el que ha debutado en el largometraje como directora que también protagoniza, con Blondi, coescrita junto la también actriz Laura Paredes, importante intérprete que conocemos por sus trabajos con el citado Mitre y los “pampero”, entre otros,  en un relato que se mueve entre un modo desenfadado, libre y cómico, nos adentramos en el microcosmos de la citada protagoniza, con un tono ligero, directo y transparente, se adentra en conflictos que no se habían tratado en el cine, porque padres diferentes ya habíamos conocido unos cuántos, pero madres, no. Por eso, la primera película actúa de llenar un vacío, retratar a este tipo de mujeres y madres, personas que no actúan según los malditos cánones establecidos, y no por eso no son buenas madres, que lo son. Hay tantas cosas que cambiar para alejarnos de tantos modelos impuestos que sólo sirven para autocensurarse y en la mayoría de los casos, señalarnos y estigmatizar por no seguir los caminos marcados y desviarnos según lo que sentimos y según lo que deseamos. La película nos hace reír, por su gamberrismo y sorpresa constante, pero también, nos conmueve porque la cinta también habla del final de un camino, un instante que tanto madre e hijo deberán aceptar para seguir viviendo. 

La ligereza y la intimidad de sus imágenes que firma el cinematógrafo Javier Juliá, con más de 30 títulos, con nombres como los de Tristán Bauer, y los mencionados Szifrón y Mitre, construyendo una obra intimista, doméstica y con muchos interiores, donde la cámara se desliza entre los intérpretes, mostrando sin juzgar. El montaje de Susana Leunda y Andrés Pepe Estrada juega en la misma latitud, donde prevalece el ritmo y la libertad de contar y construir en una película agitada, muy física y nada complaciente en sus intensos 88 minutos de metraje. Mención aparte tiene la labor musical de la película, porque contiene 6 cortes inolvidables de la Velvet Underground, entre los que destacan “Sunday Morning” y “Run Run Run”, amén de temas como “Hice todo mal”, de Las ligas menores, y algunas más, que contribuyen, junto a la composición original de Pedro Osuna, que tiene en su haber el trabajo que hizo para Argentina, 1985 (2022), de Mitre. Un gran reparto que tiene a Carla Peterson como Martina, la hermana competidora con su momento “particular”, la gran Rita Cortese, con medio centenar de filmes, es Pepa, una madre tan y tan diferente, siguiendo el no modelo familiar que retrata la película, y Toto Rovito es Mirko, el hijo-amigo, que vimos en la reciente La sociedad de la nieve, y por último, el fantástico Leonardo Sbaraglia, todo un marido, tan y tan… pelmazo, o pelotudo, como dicen por acá. 

Hemos dejado para el final la interpretación de Dolores Fonzi, porque lo hace tan bien, es decir, transmite con tanta genialidad que nos convence desde esa primera secuencia, tan loca, tan diferente, tan domingo por la mañana, y sobre todo, tan ella, una mujer tan alejada de los convencionalismos, tan inesperada como tan auténtica, viviendo su vida, su realidad, y tan de verdad que, es imposible, no sentir que todo lo que hace es por el bien de los demás. Quizás, es el personaje más de verdad, el que más amiga es de los demás, siempre de cara, y sin juzgar a los demás. Un personaje brutal por su sinceridad y complejidad, con una composición tan magnífica como la de Paulina que hizo en La patota (2015), de Mitre. Dejense llevar por lo que propone una película como Blondi, de Fonzi, porque se darán cuenta de toda esa “verdad” de mentira que rige sus vidas y sus decisiones, porque Blondi vive de forma tan diferente, tan alejada a todo eso, siguiendo su propio camino, con sus errores y meteduras de pata, y qué más dará, cuando se vive como uno desea, como uno quiere, y eso que parece tan sencillo, no lo puede decir la mayoría de la gente, más interesada en seguir el camino marcado que el suyo propio, olvidando la persona que quiere ser, y ser la madre que siente, porque lo establecido está para cuestionarlo constantemente de manera que no te impida ser la persona que quieres ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Faus

Entrevista a Miguel Faus, director de la película «Calladita», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Faus, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Arantxa Sánchez de Karma Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Violeta Rodríguez y Nany Tovar

Entrevista a Violeta Rodríguez y Nany Tovar, actrices de la película «Calladita», de Miguel Faus, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Violeta Rodríguez y Nany Tovar, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Arantxa Sánchez de Karma Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA