Shayda, de Noora Niasari

UNA VIDA SIN MIEDO. 

“Cada momento es una nueva oportunidad para elegir el amor en lugar del miedo”

Louise Lynn Hay

Los primeros instantes de Shayda, la ópera prima de la iraní Noora Niasari son de puro terror, se palpa la tensión, la inquietud y el miedo. La cámara se encierra en el rostro de la protagonista, la magnífica Zar Amir Ebrahimi, envuelta en un mar de dudas e incertidumbre, junto a Mona, su hija de tan sólo 6 años. Momentos de angustia que van de la llegada al aeropuerto y el posterior traslado a la casa donde se refugian otras mujeres maltratadas como ella. Apenas son necesarias las palabras, porque la angustia y el silencio están tan presentes que van más allá de la pantalla y se meten en nuestras conciencias. No sabemos de qué huye, lo sabremos más adelante, pero esa sensación de huir, de dejar atrás algo malo, y buscar refugio, una mirada cómplice y un abrazo que dé paz y tranquilidad. Shayda es una mujer iraní que ha pedido el divorcio de su marido iraní en algún lugar de Australia, lejos de su país, aunque su marido actúa como si siguieran en él. Así empieza la película, una forma que nos sujeta bien fuerte y no nos soltará hasta el final. 

Como sucedía con Aftersun (2022), de Charlotte Wells, con la que tiene mucha de hermandad en su tono, la directora Noora Niasari expone en su primer largometraje sus vivencias de niña y su relación con el mundo de los adultos, si en aquella eran unas vacaciones en Grecia junto a su padre, ahora, estamos en la otra parte del mundo, en otoño, y junto a su madre. El tono documento y de verdad de la historia viene de los años en que la directora viajó por el mundo realizando documentales como Casa Antúnez, entre otros, porque la directora construye una película que nace de la memoria, en la que se mete de lleno en temas como empezar de nuevo dejando un pasado de horror, la fraternidad entre las mujeres del refugio, la sensación de sentirse acompañada, pero también, en constante peligro, y la eterna y espeluznante burocracia para quedarse en un país cuando eres extranjera. Temas de ahora y de siempre que la película trata con sencillez y honestidad, sin alardes argumentales ni nada por el estilo, sino desde la mirada, el gesto y el diálogo pensado y transparente, introduciéndonos en una intimidad, sensibilidad y ternura que ayudan a paliar un relato muy duro y de puro terror, en muchos momentos. 

La parte técnica va al unísono con lo que se cuenta, desde la cercana y cámara-testigo que firma Sherwin Akbarzadeh, en la que cuenta y detalla cada mirada y gesto, siguiendo la mirada de las protagonistas, situándose en esos pliegues donde la película se mueve, en una línea muy frágil entre la alegría y la esperanza en construir una nueva vida y por ende, un hogar, un lugar de paz, con esos otros momentos en que la película se enfila, donde el marido iraní aparece y las cosas se tornan turbias, frías y muy peligrosas. El montaje de Elika Rezaee es ejemplar, porque explica sin mareos ni estridencias técnicas una historia sumamente compleja que se mueve entre unos personajes vulnerables y a punto de derrumbarse como el personaje principal con esos toques de leve esperanza con esos otros donde la violencia entra a saco. Un relato que consigue cimentar con pausa y sin prisas muchas realidades de mujeres que deben huir y refugiarse para encontrar una vida, sea donde sea, porque es una realidad que, desgraciadamente, existe en cualquier parte del planeta, en sus 118 minutos de metraje, que explican muy bien una realidad que, lejos de solucionarse, sigue creciendo. 

Ya he mencionado a la maravillosa Zar Amir Ebrahimi, que nos encanta, por su intensa mirada, su forma de moverse en el cuadro, y cómo habla y sus silencios que transmiten todo lo que está viviendo y sobreviviendo su Shayda, que hace muy poco la vimos en Tatami, que codirigía y cointerpretaba. A su lado, la sorprendente Selina Zahednia como Mona, la niña de 6 años que está estupenda, sin olvidarnos de los demás intérpretes como Osamah Sami como Hossein, el marido iraní, Mojean Ari como un amigo, Leah Purcell como Joyce, la encargada de la casa refugio, Jillian Nguyen y Rina Mousavi, y demás, dotan de profundidad a la historia que se cuenta y consigue esa naturalidad y complejidad tan necesaria en una película de estas características. Debo mencionar una de las productoras ilustres que ha tenido la película que no es otra que la gran actriz Cate Blanchett a través de Dirty Films junto a sus dos socios como Andrew Upton y Coco Francini, que da una visión más amplia de la magnitud de la historia de la directora Noora Niasari, tanto su importancia como su forma de abordar un tema tan candente y muy preocupante. Acérquense a ver una película como Shayda, porque les va hacer reflexionar y sobre todo, les va a mostrar muchas realidades ocultas e invisibles que, ahora mismo, siguen luchando por una nueva vida, y les dará un poquito de esperanza porque verán que todavía existe, aunque muy poco, valores como la solidaridad, la hermandad y la fraternidad, y eso, en el mundo qué vivimos, es muy grande. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestro último baile, de Delphine Lehericey

BAILAR POR AMOR. 

“Nada nos hace envejecer con más rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos”,

Georg Christoph Lichtenberg

Un par de películas protagonizadas por adolescentes que están descubriendo el amor y el sexo, y también, la oscuridad y la complejidad del mundo de los adultos. Por un lado, tenemos Puppylove (2013), con Diane de 14 años, a la que su vida dará un vuelco con la llegada de una nueva vecina inglesa que la despertará demasiado deprisa. Por el otro, El horizonte (2019), con Gus de 13 años que, en el verano del 76, vivirá el hecho traumático de ver cómo la vida de su familia de granjeros se termina. Ambas están dirigidas por Delphine Lehericey (Neuchâtel, Suiza, 1975), que, en su tercer largometraje Nuestro último baile (Last Dance, en el original), se va al otro extremo de la vida, a la madurez, a la de Germain, un jubilado de 75 años que acaba de enviudar. Aunque pueda parecer que la directora suiza está hablando de cosas antagónicas, la cosa no es así, porque tanto los adolescentes como el jubilado tienen mucho que ver, mucho diría yo, porque comparten el mismo espíritu indomable ya que los tres comparten la ilusión y la energía por dejarse llevar siendo conscientes que la vida les está ofreciendo nuevas y ricas oportunidades. 

La trama es sencilla. Germain lleva a cabo la promesa que se hicieron con su esposa, que consiste en que el superviviente del otro/a, se hará cargo de su sueño. Así que, el hombre no tiene más obligación que ponerse a bailar danza contemporánea, sin complejos ni miedos. al pobre jubilado, al que los hijos sobreprotegen después de su pérdida, que no dejan en paz, con horarios, preocupaciones y tuppers sin freno. La promesa le viene al pelo para huir de su familia y volver a ilusionarse y empezar de nuevo, tantas veces haga falta. El tono de la película no es nada serio ni mucho menos profundo, no hace falta para profundizar y reflexionar sobre la vida en la madurez, porque Germain hace lo que debe hacer, a pesar de su dificultad y nervios, porque el amor hacia su mujer fallecida, le empuja para atreverse con lo que haga falta. Un marco como evidencia la sensible e íntima cinematografía de Hichame Alaouié, que ha trabajado con grandes de la cinematografía francesa como Joachim Lafosse y François Ozon, entre otros, en una trama en la que abundan los interiores, unos espacios que definen los sentimientos contradictorios de los personajes, sobre todo, del actor principal. 

La música de Nicolas Rabaeus, que ya trabajó con Lehericey en El horizonte, aporta un plus determinante porque ayuda a definir esos dos mundos por los que se mueve Germain, el de la danza y sus nuevos “colegas”, y el de su familia, tan recta, tan controlada, que oculta su nueva actividad. El montaje que firma Nicolas Rumbo, del que hemos visto las extraordinarias Un pequeño mundo, de Laura Wendel y El caftán azul, de Maryam Touzani, es un alarde de ritmo y naturalidad, porque sus fantásticos 84 minutos de metraje se nos pasan volando, y además, van situando la comicidad y la emocionalidad con pausa y sin prisas, en su justa medida y cuando toca. Aunque esta película no sería lo que es sin la magnífica elección del actor principal que encarna al juguetón y reposado Germain. Lo de François Berléand es un auténtico lujo, un actor veterano que ha participado en más de 100 títulos al lado de nombres que han pasado a la historia como Louis Malle, Jerzy Kawalerowicz, Bertran Tavernier, Claude Berri y Claude Chabrol, entre muchos otros, y personajes tan recordados como el del director del colegio de Los chicos del coro. Su Germain es todo un alarde de concisión y sobriedad, si alguno todavía no lo conoce, esta película es una buena forma de comenzar a conocerlo, porque el actor francés mira y se mueve con arte y gracia, incluso cuando no sabe y vemos que le cuesta. 

Germain es un tipo mayor con espíritu muy joven como evidencian las secuencias donde hace más migas con los nietos que con los hijos, tan pesados, tan preocupados y tan atosigantes. A Monsieur Berléand le acompañan una retahíla de buenos intérpretes muy heterogéneos y bien escogidos que arman un buen plantel que transmiten naturalidad y transparencia. Empezamos por la fantástica La Ribot, la prestigiosa bailarina y coreógrafa madrileña de danza contemporánea, que debuta en el cine, Kacey Mottet Klein, un colega del baile, que hemos visto en películas de Ursula Meier y Andre Techiné, Déborah Lukumuena es una bailarina negra y grande que se mueve de maravilla, que estaba en Las invisibles y Entre las olas, Astrid Whettnall, también bailarina, que vimos en Madame Margueritte y en Road to Istanbul, de Rachid Bouchareb. Los “hijos” son la actriz suiza Sabine Timoteo, con un carrerón al lado de directores tan potentes como Petzold, Glawogger y Rohrwacher, y el belga jean-Benoît Ugeux, con más de 30 películas y finalmente, la esposa que no puedo seguir bailando que es una gran dama del cine francés que ha trabajando con Garrel, el citado Lafosse, Jacquot, Assayas y Akerman. 

Les digo de verdad que una película como Nuestro último baile, dentro de su marco ligero, que no facilón, de su innegable transparencia, que huye del dramatismo y la sensiblería de algunas historias sobre la vejez, porque lo que se cuenta y el cómo se hace, se hace desde la verdad, el cariño y la dificultad, no te dice que sea fácil, sino que hay que seguir remando aunque cuesta más. Es también una inolvidable historia sobre el amor y sobre que significa amar, que en estos tiempos, tan líquidos, ya se nos ha olvidado que es amar. No es una obra sobre la vejez, que lo es, sino también, sobre la vida y todos esos deseos e ilusiones que todavía nos quedan por hacer, aunque todavía no sepamos cuáles son, y no es para nada una película lacrimógena, todo lo contrario, nos habla de vivir, de seguir trabajando por lo que deseamos, y sobre todo, es una película sobre nosotros y nuestro entorno, los que están con nosotros, para las buenas y las malas, y todas esas personas que nos quedan por conocer que son muchas, si seguimos ilusionándonos por todo eso que nos pasa y nos pasará a pesar de todos aquellos que ya no seguirán con nosotros, por las circunstancias que sean, porque estén o no estén, la vida continúa y nosotros con ella, sea riendo, cantando, bailando o lo que sea, y si no, que se lo digan a Germain. !Vaya tipo¡. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Negu Hurbilak, de Colectivo Negu

LA JOVEN ESCONDIDA. 

“No me preguntéis dónde estoy. Este lugar no aparece fácilmente en los mapas. No me preguntéis dónde estoy. Este lugar no entiende de altitudes ni latitudes. No me preguntéis dónde estoy. Estoy bailando en un lugar mutable. Y aunque me busquéis nunca me encontraréis”.

“Non”, del libro de poemas “Alde erantzira nabil” (2016), de Ekhine Eizagirre

Los primeros minutos de Negu Hurbilak (traducida como “Cercano invierno”), ya nos muestra la honestidad de la película, es decir, nos sitúan en la actividad de un aserradero donde el ruido de las máquinas se confunden con el de las maderas, el barro acumulado y la lluvia fina que cae, en una zona montañosa, la que pertenece al Valle de Santesteban en Navarra. La cámara filma como un documento, aunque también está ese aroma de lo oculto, como veremos en el siguiente capítulo, en mitad de la noche, uno de los camiones que transportan madera, se detiene en un pueblo y se baja una joven, que es recogida por alguien. La película se mueve, muy sigilosamente, por diferentes texturas y géneros, como el documento, el thriller, lo social y sobre todo, todos esos momentos cotidianos e íntimos que ocurrieron después del cese de actividad de ETA en 2011. 

Los cineastas que se recogen bajo el Colectivo Negu (Ekain Albite, Mikel Ibarguren, Adrià Roca y Nicolau Mallofré), vascos y catalanes que se conocieron mientras estudiaban en la Escac, y en sus cortos han explorado el País Vasco y Cataluña a través del 16mm con Erroitz, Uhara y A rabassa morta, y en el mediometraje Laiotz (2023), con el viaje interior como motor de la trama. En su primer largo, el mencionado Negu Hurbilak, inspirada en una canción homónima de Mikel Laboa, también exploran en el viaje interior de una joven de la izquierda abertzale por Zubieta, un pueblo fronterizo, último paso para pasar a Francia y huir. Como ya hacían en sus anteriores trabajos, vuelven a filmar en 16mm, con un aspecto formal de 1.66:1, que ayuda a componer esa atmósfera densa y asfixiante de un lugar detenido al igual que la protagonista, apoyada en silencios como estado de ánimo, como una idiosincrasia de tantos años de callar, porque no se podía hablar, y en la cotidianidad de gentes dedicadas al campo y al ganado, y a sus quehaceres diarios, con sus fiestas, tradiciones y costumbres, y demás, como si nada de lo que sucediese fuera con ellos, pero nada que ver, en una forma de vivir a pesar de todo. 

Mucho del equipo que participó en sus obras anteriores, vuelve a estar en esta, como el cinematógrafo Javier Seva, el montaje de Edu V. Romero y Ezkain Albite, uno de los directores y guionistas, y el sonido de Iosu Martínez, conforman un espacio natural y transparente, pero también misterioso, más propio del género fantástico, devolviendo al cine esa fantasmagoría que fue protagonista en sus inicios, creando un estado en que se bucea en un espacio límbico entre lo físico y lo emocional, donde la frontera juega un papel importante, que describe ese ánimo donde ya nada tiene sentido y todo lo tiene, con un personaje escondido, oculto a los demás, y a la vez, presente y ausente, que vive y muere cada día, mirado por los vecinos de Zubieta, y que se mira a sí mismo, encontrando o no su nuevo lugar, perdido, en soledad y en compañía, en una abstracción que más parece un muerto viviente que alguien con identidad, encarcelado en un lugar y no lugar que no reconoce y que no se reconoce. Estamos ante una película que no estaría muy lejos de Stromboli, terra di Dio (1950), de Rossellini, en la que Karin huye de una prisión para meterse en otra, algo parecido le sucede a la joven protagonista de Negu Hurbilak, en un situación intermedia y límbica, en el que nada ni nadie parece cercano y lejano a la vez.

Una película apoyada en el paisaje y en lo doméstico, necesitaba una presencia capaz de revelar estos misterios y sombras que tan presentes están en el relato, y lo consigue con la gran elección de una actriz como Jone Laspiur, que desde lo íntimo y lo conciso, sin alardes de ningún tipo, consigue esa sensación de miedo y desconcierto de su personaje. Una actriz que nos encantó en Akelarre, Anne y Cuerdas, demuestra una extraordinaria capacidad para hacer grande lo mínimo, en un personaje del que apenas sabemos nada, en un presente continuo donde el pasado está muerto y el futuro parece muy confuso y totalmente incierto. Una joven que viene de un lugar y quizás, no puede seguir hacia adelante, y se ha quedado en un tiempo del que está atrapada, sin posibilidades de escapar, al igual que le ocurría a Ingrid Bergman en la extraordinaria película de Rossellini. Sería irrespetuoso no hacer una mención especial a los otros, los vecinos de Zubieta, que conforman toda esa población vasca que ha sufrido tantos años de conflicto, tantos años de silencio, de miradas, de frases no dichas y de apariencias y de ocultamientos, de un tiempo de silencio que mencionaba Luis Martín-Santos, un tiempo que ya finalizó, y la película profundiza en ese otro tiempo que todavía no ha llegado, en ese tiempo intermedio en el que todavía los actores implicados desconocen que vendrá. 

No dejen pasar una película como Negu Hurbilak, porque traza una mirada desde lo personal después de todo lo que significó los años de ETA, como hacía la magnífica Ander eta Yul (1989), de Ana Díez, donde enfrentaba lo humano con lo colectivo, las huellas del conflicto, en una de las mejores obras que se han filmado sobre el conflicto vasco. Quédense con estos cuatro nombres: Ekain Albite, Mikel Ibarguren, Adrià Roca y Nicolau Mallofré del Colectivo Negu que, ya sea en conjunto o por separado, sigan trabajando en el cine y reflexionando sobre los temas que forman parte de la condición humana, guiándonos por todos esos rescoldos y grietas que dejan tantos años de silencio y dolor, tantos años de incertidumbre y de miedo, tantos años de ausencias y presencias no queridas, tantos años que ahora parecen tan visibles como invisibles, en películas que se detengan y miren a su alrededor, en este tiempo de prisas y estupideces, da inmensa alegría que existan películas como Negu Hurbilak, donde hay tiempo para no hablar, para perderse en pueblos y bosques, para mirar hacia afuera y hacia adentro, para estar y no estar, para ser y no ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El viejo roble, de Ken Loach

UN CUENTO SOBRE LA ESPERANZA. 

“La esperanza es promover la ilusión en circunstancias que sabemos que son desesperadas”. 

G. K. Chesterton

El cineasta Ken Loach (Nuneaton, Reino Unido, 1936), autor de una de las filmografías más interesantes a nivel social y humanista, ya que, desde sus primeras películas como Poor Cow (1967), Kes  (1969) y Family Life (1971), entre otras, su cine se ha decantado por la “Working Class” británica, construyendo tramas alrededor de los conflictos sociales que han ido sufriendo esa parte de la población más desfavorecida. No hay tema social que no haya sido reflejado en su cine en sus más de 32 películas si incluimos sus trabajos para televisión. En una trayectoria que abarca más de medio siglo ha habido de todo, pero sobre todo, ha habido una necesidad de focalizar su cámara en el rostro y las circunstancias de los trabajadores/as desde un lado humanista y socialista, abogando por valores humanos que el consumismo ha ido eliminando sistemáticamente como la humanidad, la fraternidad, la igualdad, la cooperativa y sobre todo, la comunidad como eje fundamental para ayudar y ayudarse los unos a los otros. 

Con El viejo roble (The Old Oak, en su original), cierra la trilogía iniciada con Yo, Daniel Blake (2016), y continúo con Sorry We Missed You (2019), sobre obreros focalizados en el noroeste de Inglaterra, en tantas pequeñas poblaciones que fueron prósperas por la minería que posteriormente, se cargó la Thatcher en los ochenta, y ahora viven de recuerdos del pasado mirando fotos antiguas colgadas en una pared de una parte del local en desuso, toda una reveladora metáfora de la situación de ahora, como vemos en El viejo roble. A partir de un guion de Paul Liberty, 15 películas junto a Loach, la historia se posa en la existencia de TJ Ballantyne, un tipo que regenta el pub del mismo título que la película, que fue y ahora sólo alberga a unos cuántos parroquianos que sólo hablan del pasado glorioso y de las penas y tristezas de la actualidad. Toda esa armonía de estar y ya, se ve interrumpida con la llegada de familias sirias refugiadas, como evidencia su arranque construido a partir de fotografías en blanco y negro acompañadas de su sonido real. La hostilidad y el rechazo que dejan claro muchos lugareños, se ve contrarrestada por el citado TJ Ballantyne que se hace amigo de Yara, que hace fotos, y la gran ayuda de la trabajadora social Laura. 

Loach traza una excelente trama con tranquilidad y sin aspavientos sin recurrir a lo facilón ni la condescendencia, sino todo lo contrario, situando su cámara a la altura de los ojos de sus protagonistas, sumergiéndonos en sus conflictos personales y sociales, sus necesidades que son muchas en una población donde la crisis aboga a la desesperación y la tristeza a muchos de ellos y ellas. Con la compañía de la productora Rebecca O’Brien que desde el 2002 junto a Loach y Laverty están al frente de la compañía Sixteen Films, el director británico no hace una película de falsas ilusiones, nos muestra la realidad del lugar, con una imagen que se acerca y entra en las casas con respeto e intimidad, en un grandísimo trabajo de cinematografía de Robbie Ryan, quinto trabajo con el inglés, amén de películas con Frears, Arnold, Baumbach, Potter y Lanthimos, entre otros. La magnífica edición de Jonathan Morris, 24 películas con Loach, que ajusta con detalle y precisión un relato que se va a los 110 minutos de metraje, en el que hay de todo: documento, ternura, valores humanos y necesidad de acompañarse en los momentos jodidos de la vida. El músico George Fenton, 19 películas con Loach, amén de Frears, Jordan y Attenborough, entre otros, compone una música que ayuda a entender y entrar en el interior de los personajes a partir de donde vienen y porqué actúan de la manera que lo hacen. 

El cineasta británico hace cine y habla de valores humanos y los reivindica, porque es lo único que les queda a los pobres y pisoteados en este mundo mercantilizado donde unos pocos privilegiados someten a la mayoría que vive de sus migajas. Pero, sus películas no son panfletos ni proclamas para construir un mundo mejor, su cine es su mejor ejemplo y ha explorado todas las iniciativas humanas para estar más cerca, para abandonar ese individualismo de mierda que nos deja más sólos cada día y más aislados. Su cine, como hacían los Renoir, Rossellini, Ozu, Kaurismäki y demás, está para y por el obrero, el empleado, el trabajador de lunes a viernes, el que trabaja mucho para tener muy poco, el que sueña con una vida mejor y se jubila sin que llegue, el que mira los partidos de fútbol en el bar de turno rodeado de unas cervezas y amigos. La maestría de Loach para escoger intérpretes que no sólo componen unos personajes de carne y hueso, sino que transmiten todo el desánimo y la esperanza que recorre la película. Tenemos a Dave Turner, que ya estuvo en las dos anteriores que hemos citado un poco más arriba, encarnando a TJ Ballantyne, uno de esos tipos machacados por la vida, que arrastra demasiadas heridas sin curar, pero que aún así, sigue resistiendo en su viejo roble, y se muestra solidario y ayudante a los recién llegados.

Junto a Turner tenemos otros actores y actrices que son tan naturales y cercanos como el mencionado, demostrando la intimidad que consigue el británico para hablar de aquellos problemas que invisibiliza el cine comercial. Valores como la amistad, de las de verdad, de las duras y las maduras, como la que entabla Turner con Yara que hace la debutante Ebla Mari, una de esas mujeres valientes y de coraje que, a pesar de las dificultades, sigue ahí, junto a su familia, y manteniendo una dignidad asombrosa, Claire Rodgerson interpreta a Laura, una actriz que también debuta, escogida del lugar donde filmaron. Trevor Fox hace de Charlie, uno de los parroquianos del citado pub que se muestra hostil a los refugiados. Y luego, una retahíla de intérpretes naturales que han sido reclutados del lugar para dotar a la película de esa verdad y cercanía que tiene el cine de Loach. Las películas del británico gustarán más o menos, estarán más conseguidas o no, pero lo que nunca se le puede reprochar es su mirada al proletariado, a los necesitados, a los desahuciados del desaparecido estado del bienestar, que han quedado en el olvido de los diferentes gobiernos, tan abocados a generar riqueza a costa de la explotación laboral y el recorte de servicios públicos esenciales. 

El viejo roble no es sólo la última película de Ken Loach, sino que como ha anunciado el propio director, esta película es su despedida del cine, a sus 87 años deja de mover la manivela, como se hacía antes. Así que, con El viejo roble se despide del cine uno de los grandes, uno de los nombres que más han hecho para retratar las miserias de una sociedad más idiotizada y absurda a costa de los trabajadores/as como nosotros, porque algunos/as se han creído esto del trabajo y de sus miserables condiciones y siguen ahí, esforzándose en solitario y perdiéndose la vida para conseguir más estupideces materiales y visitar más lugares en una existencia estúpida e histérica. Loach nos pide que por favor dejemos de correr, nos detengamos y miremos a nuestro alrededor, que miremos a nuestro interior y al interior de los demás, que nos demos tiempo, que paremos tanta locura, y sobre todo, nos ayudemos y empaticemos, porque si no, seguiremos solos en el infierno más desesperado, y nos pide que lo hagamos ya, antes que sea demasiado tarde, porque la vida es otra cosa, es compartir y estar cuando las cosas se ponen feas, porque, aunque no lo parezca, seguimos siendo lo que somos y seguimos teniendo las mismas necesidades, y seguimos deseando querer y nos quieran y muchas cosas, y seguimos teniendo ilusión, seguimos resistiendo y por mucho que las élites hacen lo posible, todavía no hemos perdido la esperanza. ¡LONG LIFE FREEDOM! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Anna Mari Kähärä y Susanna Helke

Entrevista a Anna Mari KäHärä y Susanna Helke, compositora y directora de la película «Armotonta menoa – hoivatyön laulula (Ruthless Times: Songs of Care)», en el marco de LAlternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del Auditori CCCB en Barcelona, el viernes 25 de noviembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Mari Kähärä y Susanna Kelke, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Mariona Borrull de Comunicación de L’Alternativa, por su labor como traductora, y su especial trabajo, amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No se admiten perros ni italianos, de Alain Ughetto

LUIGI Y CESIRA, MIS ABUELOS. 

“(…) Mis únicos amigos eran la plastilina, el pegamento, las tijeras y el lápiz. Hoy, siento la magia de esas formas en las manos contando una historia, una historia que viene de lejos, muy lejos. Mi padre contaba que en Italia había un pueblo llamado Ughettera. Allí todos tenían el mismo nombre que nosotros. Ughettera, la tierra de Ughetto. Todo empezó aquí, a la sombra del Monte Viso. Mi abuelo y mi abuela vivían en una casa como esta…”

Durante la presentación de su última novela Volver a dónde, el escritor Antonio Muñoz Molina mencionó la frase: “Todo lo que somos lo debemos a otros”. Una frase que casa totalmente con la película No se admiten perros ni italianos, de Alain Ughetto (Francia, 1950), el cineasta especializado en animación, del que conocíamos títulos como los cortometrajes La fleur (1981), L’échelle (1981), La boule (1984), y el largometraje Jasmine (2013), una historia de amor y revolución en la Francia de finales de los setenta. Con su nuevo largometraje, Ughetto echa la vista atrás y establece un ríquisimo y vital recorrido por la historia de sus abuelos, Luigi y Cesira, que abarca unos cuarenta años de vida. 

Hay muchísimos elementos que hacen de la película una verdadera maravilla, empezando por su visualidad, con estos muñequitos animados con la técnica de stop motion, sus leves movimientos, todos los detalles que llenan cada plano y encuadre, y sobre todo, la mezcla finísima entre historia e intimidad, entre dureza y sensibilidad, entre realidad y magia, entre los que encontramos toques de poesía, belleza y crueldad. También, tiene especial singularidad la forma que nos cuenta el cineasta su película, porque establece un maravilloso diálogo ficticio entre su abuela Cesira (que hace la actriz Ariane Ascaride) y él mismo Alain, un diálogo de todas aquellas lagunas, secretos y olvidos que hay en todas las familias. Un diálogo en el que van interviniendo los demás personajes, y en el que además, existe una interacción mutua en el que se pasan objetos unos a otros, y viceversa. No se admiten perros ni italianos, brillante título para está fábula y vital que recorre los primeros cuarenta años de Italia y Francia y sobre todo, la de la inmigración italiana, con sus durísimos trabajos labrando la tierra, picando piedra para abrir nuevos caminos, torpedeando y escarbando la montaña para abrir túneles y extraer carbón, y demás, las nefastas guerras como la del 1911 de la Italia colonizadora en Libia, pasando por las dos guerras mundiales, el aumento de la familia, y los años que van pasando. 

Un relato escrito por Alexis Galmot (que ha trabajado en películas de Cédric Klapisch y Anne Alix, entre otras), Ane Paschetta (que se ha especializado en documentales tan interesantes como A cielo abierto), y el propio director, donde construyen una película cercana y muy íntima, de las que se clavan en el alma, por su asombrosa sencillez y capacidad de concisión y brevedad para albergar toda una amalgama de historias y personajes y situaciones y circunstancias para una duración de apenas 70 minutos en un grandísimo trabajo de montaje de Denis Leborgne, así como el ejemplar empleo de la cinematografía por parte del dúo consumado en animación del país vecino como Fabien Drouet (que estuvo en el equipo de La vida de calabacín) y Sara Sponga (que hizo las mismas funciones en el film Nieve, entre otros). Toda la belleza y tristeza que contienen las imágenes de la película no se verían de la misma forma sin la excelente y sencilla música de un maestro como Nicola Piovani, cada mirada y gesto de la película, en una película en la que abundan, junto a la música del músico italiano adquiere una sonoridad y majestuosidad sublime, dotando a la historia de una capacidad maravillosa para universalizar un relato íntimo de gentes sencillas y del campo, en uno de los mejores trabajos de composición y ritmo de uno de los grandes de la cinematografía italiana con una trayectoria que abarca más de medio siglo con más de 150 títulos, con los más grandes del cine italiano como Antonioni, Fellini, los Taviani, Bertolucci, Monicelli, Bellocchio, Amelio, Moretti, y muchos más. 

No se admiten perros ni italianos está a la altura de grandes obras sobre la familia y la inmigración como Rocco y sus hermanos, de Visconti, América, América, de Kazan, Los inmigrantes, de Troell, los primeros momentos de El padrino II, de Coppola, Lamerica, de Amelio, entre otras, en las que se habla de las personas como nosotros, personas que recorren medio mundo para encontrar ese lugar que les dé tierra para trabajar, comer y crecer. La película de Ughetto también se puede ver como una película de viajes, porque acompañamos la desventura de Luigi y sus dos hermanos por su Ughettera natal, pasando por tierras francesas como Ubaye, Valais, el valle del Ródano, Ariège y Drôme, etc… Idas y venidas por cuarenta años de vida, de ilusiones, de esperanzas, de tristezas, de trabajo duro, de guerras, de pérdidas, de despedidas, de amores y desamores, de hijos, de partidas y regresos, de fascismo, de nazis y cambios, de un tiempo que pasó, que el director francés de origen italiano recupera en forma de fábula sin huir de la dureza de los tiempos, de los cambios inevitables de la vida, de todo lo que deseamos y todo lo que somos al fin y al cabo. 

Sólo nos queda decir, si ya no están convencidos, que no deberían perderse una película como No se admiten perros ni italianos, porque entra de lleno en el olimpo de las mejores películas de animación y del cine en general y en particular, porque les hará soñar con ese cine que ha hecho grande el cine, que sin dejar de fabular puede ser brillante, rigurosamente visual, y también, contarnos una historia profunda y reflexiva, recorriendo la historia, la que pasa delante de nosotros y la nuestra, aquella que empieza cuando se cierra la puerta del hogar, y tanto como una otra nos afecta, nos interpela, en ambas somos protagonistas y testigos. La película de Alain Uguetto no sólo es una obra sobre la memoria y la melancolía de un tiempo, devolviendo a sus abuelos un protagonismo, una vida que él apenas vivió, y el cine con su magia y su camino de regresar fantasmas, que también lo es, hace posible lo imposible, y volvemos a aquella vida y conocemos a Luigi, sus hermanos y su familia, a Cesira, la francesa, y la familia que forman, todos los lugares que recorren y los hogares que forman, con los hijos que van llegando y otros que van marchando, en fin, la vida, eso que pasa mientras nosotros estamos aquí, porque otros antes lo hicieron posible, no lo olvidemos, recordémoslo, antes que sea demasiado tarde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Traición, de Jean-Paul Civeyrac

LA MUJER ENGAÑADA. 

“No hay hombre ni mujer que no se haya mirado en el espejo y no se haya sorprendido consigo mismo”.

Revelación de un mundo (1984), de Clarice Lispector

Las primeras secuencias de Traición (del original Une femme de notre temps), de Jean-Paul Civeyrac (Firminy, Francia, 1964), resultan muy reveladoras para situarnos en contexto de manera directa y sin complicaciones. Vemos a la protagonista Juliane Verbeck en su casa en soledad, luego, dejando flores en una tumba de alguien fallecido a los 40 años, y más tarde, en un centro lanzando unas flechas de forma precisa y brillante. En un lugar, donde coincide con una mujer y hablan de la fallecida, hermana de Juliane. Sin apenas diálogos, nos han informado de todo, y sobre todo, del estado de ánimo de la protagonista, que después de cinco años, sigue sufriendo la pérdida de su hermana. El relato, conciso y sin artificios, se posa en la existencia de Juliane, jefa de policía en París, metida en un caso arduo, felizmente casada con Hugo, un vendedor de pisos que se ausenta demasiado. Las sospechas ante esas ausencias, llevarán a la protagonista a dar un giro radical a su vida, o quizás, podríamos decir, a su existencia más inmediata, porque todo lo que parecía controlado y rutinario, se vuelve espeso, inquietante y complejo. 

El director francés, autor de 11 largometrajes, viste su drama íntimo y personal, en una película a lo Hitchcock y Chabrol, unos maestros que disfrazan lo doméstico y lo más cercano con personajes inquietantes y sucesos que alertan considerablemente en una intimidad demasiado estática y desapercibida. Lo que empieza como una película de corte policíaco, pero no desde el género, sino desde lo personal, de una protagonista a la que parece que nada ocurre, porque el conflicto va apareciendo, sin hacer ruido, de forma pausada, sin golpes de efecto ni nada que se le parezca. Un conflicto que cuando estalla convierte a la protagonista en otra, sometida a una espiral que no tiene camino de vuelta, sólo de ida, un viaje en la que experimentará todas esas cosas adormecidas que guardaba en su interior y todavía no habían explotado. Civeyrac se hace acompañar de sus colaboradores más cercanos de sus últimas tres películas. Tenemos al cinematógrafo Pierre-Hubert Martin, que ha estado en Mon amie Victoria (2014), y Mes provincials (2018), que consigue una luz tenue y muy claroscura, que ayuda a acercarse al personaje principal y ese “despertar”, siempre con la noche como compañía, la editora Louise Narboni, que amén de las dos películas citadas, también estuvo en la predecesora de ambas, Dos filles en noir (2010), teje con paso firme y de buen ritmo un montaje que se aleja de los efectismos y sigue con pausa y sin descanso esta huida sin rumbo de la protagonista en sus 92 minutos de metraje. 

Un fichaje lo encontramos en la música del ruso Valentin Silvestrov, que tiene en su haber películas de grandes directores rusos como Kira Muratova, Oleg Frialko y Aleksandr Borisov, entre otros, con una melodía que escenifica el cambio inquietante de la protagonista cuando su vida se pone patas arriba. Una actriz de la experiencia y la categoría de Sophie Marceau, con una filmografía de más de 40 años, que le ha llevado a trabajar con directores de la talla de Zulawski, Pialat, Tavernier, Antonioni, Wenders, Ozon, y muchos más, con más de medio millar de títulos, compone una magnífica Juliane Verbeck, una mujer que parece ausente, en otro lugar, estancada en su vida y en sus no ilusiones, que despertará de golpe, como un tiro o en su caso, una flecha inesperada o quizás no tanto, que le entra y la saca de esa especie de ostracismo en el que se encuentra. el actor belga Johan Heldenbergh, un actor que ha trabajado junto a cineastas como Felix Van Groeningen, del que hace poco hablábamos de su cinta Las ocho montañas, entre otros, hace de Hugo, el marido ausente de Juliane, que oculta algo, algo que sacará a su mujer de esa especie de limbo de dolor y vacío en el que está. 

Civeyrac ha construido una película modélica, pero no en el sentido de academicista, sino en el sentido de que sigue las reglas del género sin salirse del camino, quizás esa forma desencante a todos aquellos espectadores que necesitan de estímulos más atronadores y menos comedidos, pero a los demás espectadores, los que se emocionan con las historias cotidianas pero que encierran muchos misterios como hace Traición, porque si el cine sigue su camino hasta nuestros días después de más de un siglo, no es sólo porque quiera asemejarse al ruido y demás espectacularidades, sino porque sigue fiel a contar historias excelentes con personajes como nosotros, es decir, complejos, humanos, vulnerables, cobardes, valientes, tranquilos, llenos de ira, decepcionados, desafiantes, peligrosos y todo a la vez, como le pasa al personaje principal que, sin comerlo ni beberlo, se deja llevar en una espiral en la que ya no es consciente de sus actos ni de lo que ocurrirá a su alrededor, porque está experimentando lo peor que le puede suceder a una persona que confiaba en otra, que sepa que ha sido engañado, y entonces, todo se vuelve del revés, y ya no somos quiénes éramos, somos los engañados, los traicionados, y los perdidos, y eso ya no tiene vuelta atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Helena Wittmann

Entrevista a Helena Wittmann, directora de la película «Human Flowers of Flesh», en el marco del D’A Film Festival, en el Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 27 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Helena Wittmann, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Víctor Paz de Lost & Found Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tengo sueños eléctricos, de Valentina Maurel

EL LABERINTO DE EVA. 

“Tengo sueños eléctricos. Una horda de animales salvajes se aman a gritos, a veces a golpes”.

Ese ese período de la adolescencia en ese tránsito de la niñez a la edad adulto, un espacio tan delicado, y a la vez, tan cambiante y lleno de incertidumbre ha sido retratado por un cine sudamericano personal y profundo, analizando los cambios físicos y fisiológicos, la construcción de la identidad propia, el despertar al amor y la sexualidad, el divorcio de los padres y demás. Películas como La niña santa (2004), de Lucrecia Martel, Después de Lucía (2012), de Michel Franco, Las plantas (2015), de Roberto Doveris, Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, Tarde para morir joven (2018), de Dominga Sotomayor y Las mil y una (2020), de Clarisa Navas. Todas ellas podrían ser espejos donde se miraria Tengo sueños eléctricos, la ópera prima de Valentina Maurel (San José, Costa Rica, 1988), en la que focaliza todo su conflicto en la mirada de Eva, una adolescente de dieciséis años, que no lleva bien la separación de sus padres, y está empezando a descubrir las necesidades y cambios sexuales de su cuerpo, y se debate en vivir con un padre violento o una madre demasiado susceptible.

Las primeras imágenes de una película siempre resultan importantes, pero en el caso de Tengo sueños eléctricos lo son aún más, porque su increíble e impactante arranque resulta muy revelador a lo que luego veremos, con la cámara se sitúa en la parte trasera del automóvil, donde se encuentra el punto de vista de Eva, y vemos la violencia que se va desatando in crescendo hasta explotar en un ataque de ira del padre golpeándolo todo objeto que se encuentra, y luego, en la casa, cuando la madre reforma la casa y quiera lanzar todo lo antiguo. Veremos la relación de Eva con su madre y su padre, llena de contrastes, entre una madre que quiere paz imperiosamente y huir del pasado, y un padre, que busca lo contrario, volver a su escritura, salir de fiesta y conocer mujeres. con una imagen tremendamente cotidiana y muy cercana, que firma Nicolás Wong Díaz, que trabajó en La llorona (2019), de Jayro Bustamante, con una textura gruesa que traspasa la pantalla, en la que podemos ser testigos al instante de esa relación padre e hija llena de altibajos donde la línea que separa del amor al odio es demasiado fina, tan frágil que amenaza tormenta constantemente. El preciso montaje obra de Bertrand Conard, que nos lleva sin descanso ni tregua por los diferentes ambientes de la capital, lugar de nacimiento de la directora, donde se desarrolla la película que son un espejo revelador de la relación cambiante entre los dos principales protagonistas. 

La fuerza de las imágenes y la sencillez y calidez de la propuesta, consiguen un relato profundo y sensible no solo de la adolescencia o mejor dicho, de ese tránsito complejo y lleno de incertidumbre por el que hemos pasado todos los adultos, y en el que nunca se sabe a ciencia cierta si todo aquello que te está ocurriendo tiene mucho que ver contigo o la imperiosa necesidad de abandonar la infancia y ser uno más del mundo de los adultos, aunque no comprendas la mayoría de cosas que viven y mucho menos, sienten. La grandísima labor de Maurel en su dirección de intérpretes consigue que cada uno de ellos brille con luz propia, sin nada de estridencias ni aspavientos que no vienen al caso, aquí todo se construye desde dentro, desde el alma, con sencillez y honestidad más cercanas e íntimas, mostrando todo aquello invisible a partir de la mirada, el gesto y el detalle más ínfimo. La pareja protagonista es magnífica con Reinaldo Amien Gutiérrez en el papel de Martín, ese padre que, después de la separación, quiere volver a ser adolescente, recuperar sus sueños de artista e irse de fiesta, y andar con muchas mujeres, una vida que seduce a Eva, su hija, pero a la vez, esos ataques violentos de su padre la devuelven a cuando la vida era muy oscura. 

Pero si algo resulta grandiosa la película Tengo sueños eléctricos es la elección para el personaje de Eva de una actriz debutante como Daniela Marín Navarro, porque cada mirada, detalle y gesto que tiene en la película es sumamente portentoso, con una fuerza y una sensualidad fuera de lo común, de las que se recuerdan, en una de las llegadas al cine más deslumbrantes que se recuerdan, porque la actriz debutante posee una inteligencia natural y alejada de la pose que es toda una lección de interpretación de composición de personaje sin necesidad de caer el sentimentalismo ni la condescendencia. Celebramos la llegada al cine de una cineasta como Valentina Maurel, porque no seduce con brillo y sobre todo, sin caer en errores de mucho cine de esta índole, en el que hay que empatizar por decreto con los personajes, aquí no hay nada de eso, porque la cineasta franco-costarricense muestra y retrata una relación en la que los espectadores la vemos, la vivimos y nos dejan que saquemos nuestras propias conclusiones de forma libre y honesta, y eso es ya mucho en un cine cada vez más cómplice de lo establecido y lo políticamente correcto, en fin, la película de Maurel huye de lo complaciente y cómodo, para mostrarnos muchas situaciones que nos generan tensión, muchísima incomodidad y sobre todo, nos lanzan gran cantidades de preguntas, que esa y no otra debería ser la función de cualquier expresión artística, y también, del cine que es el que ahora nos ocupa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los verdes años, de Paulo Rocha

UNA HISTORIA DE AMOR. 

“La misma historia puede contarse de dos maneras, una buena y otra mala, y ser exactamente la misma historia. Que yo priorice la puesta en escena es por lo tanto una guerra contra la pereza, contra la pereza mental, contra la pereza moral (…) en Los verdes años intenté ir en contra de eso. Lo que más me interesaba era la relación entre el decorado y el personaje, el tratamiento de la “materia cinematográfica”. 

Paulo Rocha

¿Cuántos cineastas siguen enterrados en el olvido? ¿Cuántos cineastas todavía no conocemos?. ¿Cuántos cineastas todavía nos faltan por descubrir?. Si el año que acabamos de dejar descubrimos a la cineasta Márta Mészáros de la mano de Lost&Found Films. Ahora, de la mano de Atalante Cinema, volvemos a descubrir a un cineasta como Paulo Rocha (Oporto, Portugal, 1935 – Vila Nova de Gaia, Portugal, 2012), uno de esos cineastas abanderado del “Novo Cinema Portugués”, que no tenía vocación de abogado, pero sí de cineasta, por eso estudió cine en el Institut des Hautes Études Cinématographiques en París, y fue asistente de dirección en Le caporal épinglé (1962), de Jean Renoir y en Acto da primavera (1963) y en A caça (1964), ambas de Manoel de Oliveira, para inmediatamente al año siguiente debutar en el largometraje con Los verdes años.

La película se centra en un encuentro, el encuentro que protagonizan Julio, un muchacho de 19 años recién llegado del pueblo a Lisboa para alojarse con su tío Afonso, y trabajar de zapatero. Allí, conoce a Ilda, una joven que trabaja de empleada doméstica. Los dos jóvenes se enamoran. Con esa premisa argumental, leída y vista muchas veces, la película se quedaría ahí. Pero, la película va muchísimo más allá. Rocha, influenciado por la corriente de los “Nuevos Cines” que se iba instalando en todo el panorama internacional, y con la ayuda del escritor Nuno Bragança, construye un guion sólido y lleno de detalles y de matices, asentado en los contrastes que recorren toda la historia, entre aquello que viven los personajes y aquello que no consiguen tener para tener una vida digna que se les niega, con ese primer choque entre diferentes realidades sociales y económicas, con esas casas metidas en un hoyo de la periferia lisboeta frente a los edificios altos de los incipientes barrios de la ciudad, que queda muy bien reflejado en la mise en scene con esas cuestas y esas maravillosas secuencias descriptivas de subidas a edificios y a montes para divisar la ciudad que queda a los pies y tan lejos de la realidad de la joven pareja enamorada.

Porque si hay un elemento esencial en la película del cineasta portugués es el decorado físico, porque la ciudad se muestra llena de desigualdades, entre aquellos que la sueñan y otros aquellos que la viven, donde ese decorado físico actúa de forma demoledora y profundamente precisa en no solo el aspecto social de los protagonistas, sino en el estado de ánimo de ellos mismos, con esas secuencias largas entre los dos jóvenes caminando por los caminos alejados de la urbe, sin nada que hacer y sobre todo, sin dinero que gastar en esos domingos eternos, vacíos y tristes, acompañados de la misma sensación que los enamorados protagonistas de Un domingo maravilloso (1947), de Akira Kurosawa. Una cinematografía en luminoso y doloroso blanco y negro que firma Luc Mirot, que había trabajado como cámara para Max Ophüls y Henri Decoin, y como cinematógrafo para Jean-Pierre Melville en El silencio del mar. El montaje conciso que llena de melancolía y una no vida en sus ochenta y nueve minutos de metraje que hace Margareta Mangs, que volvería a trabajar con Paulo Rocha. La excelente música de Carlos Paredes, que trabajó con Manoel de Oliveira, con esa guitarra que va marcando no solo los pasos, sino también ese caminar deambular por la no ciudad de los enamorados, un tránsito donde la vida parece detenida, donde la vida no se parece a la vida ni mucho menos a la ilusión que puedan tener una pareja que se quieren, porque el decorado les golpea con esa realidad económica tan dura y tan difícil para los más jóvenes.

Una película tan pensada en el apartado de realización y escenarios, no podía tener un elenco frío y alejado, sino todo lo contrario, porque sus intérpretes consiguen transmitirlo todo con apenas unas miradas, sus silencios y unos diálogos que ocultan toda esa desazón anímica que sienten. Un reparto por los desconocidos de entonces Isabel Ruth, una gran dama del cine protugués que después ha trabajado con Manoel de Oliveira, Teresa Villaverde, Pedro Costa y Rita Azevedo Gomes, entre otros, da vida a Ilda, la joven que sueña con tener su pequeño negocio de costura, que añora a su madre fallecida, que tiene ese momentazo en el que sueña con esa otra vida que se le niega diariamente, probándose los trajes de su señora y creyéndose esa otra, esa que la vida y la sociedad le niega diariamente. A su lado. Rui Gomes, que interpreta a Julio, el joven recién llegado que choca contra los prejuicios y las desigualdades sociales y económicas de la gran ciudad, y encuentra en Ilda una especie de tabla de salvación, en la que los días son menos duros y las ilusiones parecen más reales. Tenemos a Afonso, el tío de Julio, que hace Paulo Renato, la antítesis del joven, el hombre realizado con su trabajo y que se engaña con esa vida que sin ser nada, él cree que es mucho, y la breve presencia como actor del cineasta Manoel de Oliveira.  

Cada plano, cada encuadre y cada mirada de los personajes de Los verdes años nos lleva a muchos lugares, muchos estados de ánimo, y sobre todo, nos lleva a aquellos años sesenta en que el cine se detuvo a mirar a su alrededor, a describir las ciudades que crecían con mano de obra barata y explotada que venía de los pueblos. Un cine que todavía resuena y siendo un grandísimo retrato de aquellos años, ahora lo vemos como una excelente descripción de la vida en la juventud, que sea como fuere, nos remite a tantas otras películas y sus momentos, como aquellos infelices que llegaban a Madrid del pueblo en Surcos (1951), de José Antonio Nieves Conde, o aquellos otros italianos en Rocco y sus hermanos (1960), de Luchino Visconti, y aquellos otros enamorados que deambulaban y se sentían atrapados en una ciudad grande en miserias y pequeña en sueños como Nubes flotantes (1955), de Mikio Naruse, Calle mayor (1956), de Juan Antonio Bardem, El pisito (1958), de Marco Ferreri, Ascensor para el cadalso (1958), de Louis Malle, La noche (1961) y El eclipse (1962), ambas de Antonioni, Nueve cartas a Berta (1966), de Basilio Martín Patino, y otras tantas que siguen ahí, capturando unos años que después de la Segunda Guerra Mundial se esperaban de otra manera, pero la realidad económica siempre va hacia otro lado, desconocemos cual es, eso sí, muy alejado de la realidad y la necesidad de las personas, y muchos menos de lo que se atreven a enamorarse, porque en los tiempos de ahora, de ayer y de siempre, el amor siempre se ha visto amenazada por la sociedad, esa que no cree en nada y sí en cosas tan estúpidas como el dinero, la riqueza y lo material, una lástima, porque la vida y el amor se nos escapa sin remedio alguno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA