La peor persona del mundo, de Joachim Trier

TODAS LAS VIDAS, TODOS LOS AMORES.

“Siento que los peligros, la soledad y un futuro incierto no son males abrumadores mientras el cuerpo esté sano y las facultades en uso, y sobre todo, mientras la libertad nos preste sus alas y la esperanza nos guíe con su estrella”

Charlotte Brontë

Primero fueron Erik y Phillip, dos jóvenes amigos y aspirantes a escritores, con destinos dispares entre el éxito y el fracaso. Los dos protagonistas de Reprise (2006). Anders era el foco de atención en Oslo, 31 de agosto (2011), un joven en un centro de desintoxicación vive una jornada en la que se arrepiente de sus actos pasados y las oportunidades desaprovechadas con la esperanza de comenzar de nuevo. Y ahora, nos llega Julie, la protagonista de La peor persona del mundo, una joven indecisa, vital, guiada por sus sentimientos y emociones del momento, como deja claro su excelente y conciso prólogo, en el que la vemos cambiando constantemente de carrera, sin decidirse por ninguna. Julie es una mujer actual, a punto de entrar en la treintena, en esa parte de la vida en la que aparentemente y socialmente esta uno presionado para ser “normal” y aceptado por todos, o sea, tener un trabajo, una hipoteca y una pareja, y quizás, hijos. Julie no tiene nada de eso, y lo que es más, tampoco tiene nada claro que quiera hacer nada de eso.

La protagonista vive, duda, se equivoca, se enamora o no, emprendiendo relaciones íntimas, las empieza y deshace y se va recomponiendo como puede, sin pensar en el porvenir, un futuro que se le antoja como una tumba o algo peor. Tercera entrega de la trilogía de Oslo del cineasta Joachim Trier (Copenhague, Dinamarca, 1974), en la que vuelve a poner la atención en la juventud como en sus antecesoras ya citadas. Un elemento el de la juventud que ya estaba en El amor es más fuerte que las bombas (2015), su primera y hasta la fecha última experiencia en el mercado anglosajón, y en Thelma (2017), sobre la llegada a la universidad, a la edad adulta, al amor de una joven, con la atmósfera propia del género de terror y el thriller psicológico. Trier que siempre trabaja con el guionista noruego Eskil Vogt, y director, del que hemos podido ver Blind (2014), enmarca sus relatos con la omnipresencia de la enigmática y fría Oslo, ciudad-testigo y profundizando en esa etapa de la vida en la que ya somos conscientes de cada una de nuestras decisiones y opciones que nos ofrece la vida, ya sea trabajo, vivienda, y amor.

La parte técnica abrumadoramente plástica, cautivadora y llena de matices, marca de la casa en la filmografía del director afincado en Noruega, desde las potentísimas y fascinantes imágenes del cinematógrafo Kasper Tuxen, que debuta con Trier, y del que conocíamos sus trabajos en las recientes Jinetes de la justica y Entre la razón y la locura, posicionándonos ya no en el cuerpo y el rostro de la protagonista, sino en su forma de mirar y sentir, caminando junto a ella, o más bien, caminando dentro de ella, situando a la protagonista, como sucede en su cine, en el centro de todo, en el centro de su universo. Olivier Bugge Coutté en la edición, un cómplice que ha estado en toda la filmografía del director danés, condensando de manera brillante y dosificando la información de manera ejemplar, donde el tiempo se estira y se maneja de forma emocional, voluble y física. El músico Ola Flottum, otro colaborador fiel, del que hemos escuchado la composición de Fuerza mayor, de Ruben Östlund, que teje unas melodías que nos atrapan desde el primer minuto, creando esos espacios entre imaginarios, corpóreos y abstractos, dentro de una extrema cotidianidad por la que se mueven los personajes.

El fantástico guion estructurado a través de un prólogo y epílogo y en medio doce capítulos, elegidos al azar y elegantemente desestructurados, nos van encerrando en una atmósfera de apariencia ligera, pero sumergiéndonos en los conflictos y avatares vitales más profundos e intensos. Todo parece estar contado desde la perspectiva de una sofisticada comedia romántica, y su contrario, con sus rupturas necesarias, donde todo se torna de otro color y textura, y donde había romanticismo, ahora hay oscuridad y las cosas huelen con otro aroma, en que la historia se va a los problemas más propios de la existencia y todo lo que le envuelve. Julie vive sin importarle el mañana, se enamora y se desenamora, o quizás, nunca ha estado enamorada, porque es un personaje vitalista, emocional y pasional, todo lo experimenta de forma intensísima, como si el mañana no existiera, lanzándose sin red a todos sus abismos, no queriendo decidir su futuro, dejando pasar la vida o simplemente, no saber qué camino tomar por miedo a equivocarse o arrepentirse. Julie no es un personaje construido para caer bien o mal, sino para observarlo, sentir como ama o no, compartir su fragilidad y vulnerabilidad, acompañarlo a ver qué decide y vuelve a desdecirse, con esa duda permanente, en que la película hace una oda a la duda, a la incertidumbre de la vida, y sobre todo, a posponer las decisiones importantes, a mirarnos de otros ángulos, más humanos y cercanos, más de carne y hueso, alejándonos de tanta apariencia y felicidad impostada de los tiempos actuales. Mirar desde el otro lado, desde los que se equivocan, y dan marcha atrás, desde los que nada tienen claro, de los que se pierden y se encuentran cuando pueden.

La magnífica Renate Reinsve, que ya tenía un papel en Oslo, 31 de agosto, se mete en la piel de Julie, componiendo un personaje inolvidable, que se le acaba queriendo, porque es ante todo un ser humano como nosotros, llena de dudas, que toma buenas y malas decisiones a la vez, que debe aprender a soltar lastre de una familia que pasa bastante de ella, que debe amar como si no fuera un mañana, que debe decir no cuando cree que todo ha terminado, sino cuando ha dejado de querer aunque todavía siente que quiere, que no tiene porque entender todo lo que hace o dejar de hacer, que debe disfrutar de la vida, de cómo quiere vivir su vida a pesar de los otros, y sobre todo, debe no sentirse mal cuando hierra y decide volver o no a enamorarse otra vez o quizás querer de verdad a la persona que abandonó años atrás. Le acompañan el siempre comprometido y visceral Anders Danielsen Lie, protagonista de Reprise y Oslo, 31 de agosto, aquí en el rol de Aksel, un exitoso dibujante de novela gráfica, mucho más mayor que Julie, de la que está enamorado, pero con sus grandes diferencias, que no logra entender a Julie y le agobia esa indecisión constante de la joven. Herbert Nordrum, habitual en el teatro noruego, interpreta a Eivind, un tipo encantador del que Julie también se enamora o simplemente emprende una relación sentimental.

Trier ha hecho una película excelente y emocionantísima, que tiene su sentido en todo esa experiencia vital de un personaje que amamos y reivindicamos, guiados por ese deambular por la vida de Julie, que va de aquí para allá, huyendo de los problemas y dejando relaciones como quemando etapas, personas que no olvidamos porque por mucho que nos alejemos todavía siguen en nuestro corazón. Una película que nos envuelve en cada uno de sus planos, en cada una de sus situaciones, donde hace hincapié en las relaciones actuales, en cómo nos enamoramos o creemos enamorarnos, en esa incertidumbre vital, en ese desasosiego que nos ensombrece en nuestra cotidianidad, en vivir a pesar de todo y todos, y sobre todo, al derecho a equivocarnos, volver atrás y no sentirnos juzgados, a sentir la vida de verdad, olvidándonos de tanos prejuicios y presiones sociales, que no sirven para nada, solo para sentirnos infelices y alejados de nosotros mismos, porque aunque queramos o no, la vida no se detiene por nadie, simplemente continúa y no hay nada escrito, cada día escribimos nuestra vida y todo lo que vivimos o creemos vivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Slalom, de Charlène Favier

LA SOLEDAD DE LA JOVEN ESQUIADORA.

“La adolescencia es la conjugación de la infancia y la adultez”

Louise J. Kaplan

Muchos amantes al cine nos quedamos abrumados por la belleza plástica y la poesía que destilaba la película The Great Ecstasy of Woodcarver Steiner (1974), de Werner Herzog, en la que en unos sobrecogedores 44 minutos, nos mostraban la soledad y los límites del saltador de esquí Walter «Woodcarver» Steiner. La opera prima de Charlène Favier (Lyon, Francia, 1985), coescrita junto a Marie Telon y la colaboración de Antoine Lacomblez, también se mueve en el universo de los esquiadores y las montañas nevadas, en este caso a los aspirantes a esquiadores de velocidad, y nos traslada a un pueblo aislado de los Alpes, en el que seguimos la experiencia de Liz, una joven de 15 años fichada por un club de esquí, que entrena el exigente Fed. A modo de diario, asistimos a todos los procesos de entrenamiento, como su espectacular y concisa apertura con ese ejercicio de pies, que la cámara describe de forma nerviosa al movimiento de los pies, en planos muy cerrados y rápidos, para acabar en la mirada de la adolescente y ese destino-obsesivo de la montaña nevada.

A medida que avancen la intensidad y la exigencia en la preparación, la trama se centrará en varios puntos: la capacidad y auto exigencia de Liz para el esquí de velocidad, su soledad, ya que sus padres andan separados y con vidas alejadas a la de ella, y sobre todo, la relación con Fred, ex campeón de esquí, que ve en la joven una futura campeona. Su relación se irá estrechando y haciéndose más íntima, sobrepasando todos los límites habidos y por haber. Slalom está compuesta de forma admirable y muy detallada, desde sus bellísimos planos y encuadres, donde la montaña nevada adquiere esa omnipresencia reveladora para Liz, y sus compañeros, que andan al acecho, todos con el propósito de conquistarla esquiando. El excelente trabajo de cinematografía de Yann Maritaud, que ha crecido profesionalmente con la directora, y que actualmente tiene en cartel El triunfo, de Emmanuel Courcol, realiza un soberbio manejo del encuadre y la luz, con una plástica composición que describe con exactitud, tanto el exterior gélido como ese interior caliente de los personajes en liza.

El asombroso trabajo de sonido que firman el trío experimentado Gauthier Isern, Louis Molinas y Thomas Besson, dotando de fuerza y espectacularidad en todos esos vertiginosos descensos de la esquiadora, y todos los interiores de la película, con naturalidad y cercanía, así como el clarividente y conciso montaje de Maxime Pozzi García, colabora habitual de Favier, que le da ritmo e intensidad a los noventa y dos minutos en los que se desarrolla la trama de la película. Slalom necesita un gran trabajo técnico, donde en las secuencias de acción vemos las diferentes pruebas de esquí, elementos esenciales en los que se posa la película: la velocidad, el deseo de conquista, el miedo, el sacrifico, el crecimiento y la soledad de los esquiadores. La directora conjuga todos estos elementos de forma auténtica y compleja, en la que sus dos protagonistas no solo dan vida a los oscuros personajes que tienen en frente, sino que les dan esa humanidad tan necesaria para seguirlos y ser testigos de sus dudas, deseos y vulnerabilidad.

La fascinante y enigmática Noée Abita, que vuelve a trabar con la cineasta francesa después de la película corta Odol Gorri (2018), un cortometraje de 26 minutos en el que se relata la odisea de Eva, una adolescente que escapa de un taller de integración laboral y huye de polizón en un pesquero, en la que también se hablaba de soledad y el enfrentamiento a elementos externos y difíciles de superar, al igual que le ocurre a Liz, que vivirá el paso de la infancia a la edad adulta de forma brusca, asfixiada por un entrenador ambicioso y sin escrúpulos, que también la usará sexualmente y emocionalmente. Noée Abita demuestra una serenidad y una fuerza admirables para meterse en la piel de la solitaria Liz, convertida en mujer de golpe, sin transiciones ni nada, que debe lidiar con sus emociones, tanto dentro como fuera de la pista. Frente a ella, su entrenador, un tipo que no tiene límites, obsesionado con las medallas, que hará lo imposible y lo denunciable para conseguir sus objetivos y poner contra las cuerdas tanto físicamente y emocionalmente a sus pupilos. El natural y soberbio trabajo de Jérémie Renier, que aunque debutó en el 92, será en el 96 con quince años cuando interpreta El niño con los hermanos Dardenne, a las que siguieron cuatro películas más, y construir un carrerón con solo 41 años que ha continuado con directores tan importantes como Ozon, Bonello, Lafosse, Assayas y Trapero, entre otros.

Charlène Favier ha construido una película que no estaría muy lejos de lo que planteaba el excelente documento Over the Limit (2017), de Marta Prus, donde se seguía la cotidianidad del durísimo entrenamiento de Margarita Mamun, una gimnasta rítmica en su preparación para los Juegos Olímpicos. Slalom también nos habla de las intensas preparaciones a las que se somete una adolescente, en un ejemplar trabajo de verdad, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, contando sin titubeos una experiencia apabullante para una niña que está entrando en la edad adulta en soledad. La realizadora francesa ha urdido a fuego lento un relato magistral, profundo, honesto y brutal sobre el viaje iniciático de una adolescente que se topará con una realidad muy oscura y salvaje sobre la competición desmedida,  y la mentira de los adultos, sin olvidarnos de otro tema crucial de la película, la pasión devoradora que nos puede llevar a infiernos sin salida, y sobre todo, la fuerza y la valentía y todo lo que hay que aprender para vivir como una mujer adulta, conviviendo con dudas y miedos, y venciendo obstáculos en forma de personas como de deseos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Primavera en Beechwood, de Eva Husson

EL AMOR IMPOSIBLE DE JANE FAIRCHILD.

“El espíritu busca, pero el corazón es el que encuentra”

George Sand

La historia arranca el treinta de marzo de 1924, el llamado “El domingo día de las madres”. Ese día será crucial para la vida de Jane Fairchild, la criada de los Niven. Un día que tiene libre. Un día que pasará la mañana en compañía de su amante, una relación que ya dura siete años. Una relación imposible porque su amante, el Sr. Paul Sheringham, un rico heredero de una familia cercana, está a punto de contraer matrimonio. Basada en la novela “Mothering Sunday”, de Graham Swift, los productores de Number 9 Films, Elizabeth Karlsen y Stepehn Woolley, que tienen en su haber grandes títulos como Carol, Byzantium y En la playa de Chesil, entre otros, adquirieron los derechos de la novela y encargaron a la guionista Alice Birch la adaptación, que tiene en su haber el guion de Lady Macbeth, y en las series Sucession y Normal People, y la dirección a Eva Husson (Le Havre, Francia, 1977), responsable de títulos como Bang Gang (une histoire d’amour moderne) de 2015, y Les filles du soleil (2018), en su primera aventura en inglés.

Primavera en Beechwood tiene su pilar en el día citado. Un día que viviremos en primera persona por la desdichada Jane, su encuentro amoroso y sexual con Sheringham, Pero la historia no solo se queda en ese instante, porque a partir de los acontecimientos que se desarrollaran ese día, el relato también se trasladará a finales de la década de los cuarenta, cuando Jane, convertida en una importante escritora, echa mano de sus recuerdos, y mira a su pasado, y más concretamente, a los sucesos del mencionado día. La película está narrada con pulso, intensidad y pausa, con el romanticismo de las novelas de Jane Austen y las hermanas Brontë, y el aroma de los mejores títulos british, como los recordados melodramas de Ivory-Merchant. Todo está en su sitio, pensando en el más mínimo detalle, donde brilla la parte técnica, con esa excelente música de Morgan Kibby, que vuelve a trabar con Husson, al igual que Emilie Orsini, en el apartado de montaje, amén de tener en su filmografía a Sally Potter, la luminosa cinematografía de Jamie Ramsay, y el grandísimo trabajo de arte, caracterización, y vestuario que firma Sandy Powell, la responsable de Carol.

Qué decir de la composición del reparto, con interpretaciones soberbias y sobre todo, concisas y sin estridencias, todo muy comedido, desde dentro a fuera, con toda esa retahíla de estupendos intérpretes, otra de las marca de la casa de este tipo de películas, que todos son importantes, todos. Tenemos a dos grandes en estas lides como son Colin Firth y Olivia Colman, como el matrimonio Niven, riquísimos pero tristes, ya que han perdido a sus tres varones en la maldita guerra. La maravillosa presencia de Glenda Jackson, una de las actrices británicas más importantes de la historia, aquí en un breve pero interesante papel, las interesantes aportaciones de Sope Dirisu como Donald, el novio de Jane en los cuarenta, también escritor como ella. Josh O’Connor como Paul Sheringham, que habíamos visto destacar en Tierra de Dios, Regreso a Hope Gap y Emma, entre otras, y la australiana Odessa Young que se queda el rol protagonista de Jane Fairchild, una actriz que ya nos había llamado la atención en películas como Shirley y Nación salvaje, entre otras. Odessa ilumina cada fotograma y sale muy bien parada del envite que tenía en frente, con una gran composición llena de intensidad, aplomo y formidable, llena de esas miradas y esos silencios arrebatadores y llenos de vida y energía. Todo un acierto por parte de los responsables y un precioso descubrimiento para el que escribe estas palabras.

Husson no lo tenía nada fácil con la empresa que se le venía por delante, y la saca con fuerza y brillantez, con un texto ajeno basado en una novela de éxito, un guion firmado por otra, sus dos anteriores películas estaban escritas por ella misma, un idioma nuevo, una película de época, contada en varios tiempos, y una traba desestructurada, todo un reto que la directora francesa saca adelante con energía y pulso narrativo, creando esa inquietante atmósfera que va desde el romanticismo ya mencionado, y algunas incursiones del thriller, donde el espectador sabe todo lo que ocurre, muy acertado por parte de la película, y los personajes lo irán o no descubriendo, creando ese marco de suspense y nerviosismo que ayuda a entender ese universo burgués donde todo se oculta bajo la alfombra, una alfombra llena de mugre, que desprende un olor demasiado pestilente, y todo eso la película lo hace desde la naturalidad y sin caer en el sentimentalismo o el dramatismo exacerbado, todo contado con ritmo, pausa y amor, todo el que se procesan los protagonistas, todo ese amor que deben de ocultar, que deben callar, que deben sentir sin demostrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Drive My Car, de Ryûsuke Hamaguchi

LA VIDA… Y LUEGO NOSOTROS.

“Cuando se carece de verdadera vida, se vive de espejismos…”

De la obra “Tío Vania”, de Anton Chéjov

Apenas tres meses del estreno de La ruleta de la fortuna y la fantasía, volvemos a cruzarnos con otra película de Ryûsuke Hamaguchi (Kanagawa, Japón, 1978), y como no podía ser de otra manera, volvemos a reencontrarnos con sus personajes de existencias cotidianas, de instantes fugaces, de sentimientos vulnerables, con sus conflictos existenciales, sus continuas derivas emocionales, y sobre todo, volvemos a mirar de frente aquellos problemas invisibles, aquellos que ocultamos a los demás, y también, y sobre todo, a nosotros mismos. El cineasta nipón nos habla sobre la vida, o mejor dicho,  sobre aquello que creemos que es vivir, sobre todo aquello que nos ocurre, sobre todas esas heridas y el dolor que nos producen las situaciones vitales, y sobre como gestionamos ese dolor, la forma en que nos relacionamos con él, y como lo usamos o no frente a los demás. Sus relatos se van sucediendo frente a nosotros como ocurría en las obras de Ozu, casi sin darnos cuenta, aplastadas por la cotidianidad de nuestros quehaceres diarios, unos relatos breves y fugaces que se perdían casi sin llamar la atención, pero que continuaban viviendo en nuestro interior. Esos pequeños conflictos a los que apenas damos importancia, pero acaban dirigiendo nuestras vidas, porque están ahí, quietos, sin revolver, viviendo en nosotros, agazapados y esperando su oportunidad, donde serán expuestos y enfrentados y quizás, resueltos o no.

En esta ocasión, la mirada de Hamaguchi toma prestado un cuento homónimo de Haruki Murakami (de título extraído de una canción de The Beatles), que apareció en el libro “Hombres sin mujeres”, y escribe junto a Takamasa Oe un guion que nos sitúa frente a una pareja dedicada a contar historias. Él, Yusuke Kafuku, actor y director teatral, y ella, Oto, guionista de televisión. Una pareja que se quieren, y poseen una peculiar forma de contarse las diferentes historias que van inventándose. El automóvil de él, un Saab 900 Turbo, un vehículo de más de diez años de vida, es el encargado de acoger esas historias y funciona como espacio donde los personajes se abren mucho más y exponen más sus emociones y por ende, descubrimos lo que son en realidad. Estamos ante una película donde la interpretación y la fabulación son usadas como máscaras, como escaparates ficticios para ocultar los verdaderos sentimientos en forma de heridas. No obstante, veremos dos obras de teatro representadas. La primera, Esperando a Godot, de Beckett, la obra que más ha buceado por el hastío y el vacío vital, que explica con detalles todo lo que le sucede al personaje masculino, y luego, en las dos terceras partes siguientes, asistiremos a los ensayos de Tío Vania, de Chéjov, una de las obras que mejor ha descrito la desesperación y el vacío de la vida, en la que cada uno de los personajes arrastra sus heridas y su desconsuelo vital.

El automóvil actúa como acicate ante tanto dolor no compartido, la parsimonia de la circulación y la paz que le produce al protagonista es usado como bálsamo de paz, porque mientras conduce va escuchando la obra recitada por su mujer Oto. No es casualidad que la acción suceda en Hiroshima, la ciudad junto a Nagasaki, arrasadas por las bombas atómicas. Una ciudad de dolor, sobre el dolor, en la que todavía se perciben las secuelas de la tragedia y el inmenso dolor que produjo. En ese espacio, en sus calles, va a parar Yusuke, arrastrandon su dolor, y mientras trabaja en el montaje de “Tío Vania”, recorrerá sus calles y diferentes espacios con un chófer que le pone el festival de teatro, la elegida que conducirá su coche es Misaki, una joven de veinte años, que será su compañera, confidente y escuchadora durante esos dos meses en Hiroshima. Otro personaje clave en la película es Koshi Takatsuki, un actor que volverá a la vida de Yusuke, que pertenece a su pasado, a ese pasado que compartió con Oto.

Los aspectos técnicos del cine de Hamaguchi son extraordinarios y sumamente elegantes y llenos de matices. Desde todo el anacronismo existente en la película, con ese automóvil en la cabeza, un modelo del pasado, con sus cintas de casete donde vamos escuchando las obras, o ese tocadiscos, con sus discos de vinilo que escucha la pareja. La excelente banda sonora que escuchamos firmada por Eiko Ishibashi, donde se van detallando con suma delicadeza todos los sentimientos de los personajes que van aflorando tímidamente. El ágil, exquisito y rítmico trabajo de edición de Azusa Yamazaki,  como si se tratase de una partitura musical, para aligerar sus ciento setenta y nueve minutos de metraje, que se nos pasan casi sin darnos cuenta, completamente ensimismados por sus imágenes, sus palabras y sus emociones. La cinematografía de Hidetoshi Shimoniya ayuda a armonizar toda esa gama de sentimientos complejos que arrastran los dos personajes principales, donde la ligereza y suavidad de sus imágenes, confronta con todo ese espacio interior, donde todo es complejidad, oscuridad y dolor.

La mirada de Hamaguchi no está muy lejos del cine de Rohmer y Hong Sang-soo, otros dos autores-cronistas sobre las dificultades emocionales ante la vida y sus catástrofes, con sus personajes sin tiempo, que hablan y discuten, y miran y se mueven intentando ser, que nos es poco. Hamaguchi es otro creador maravilloso de personajes, porque es a través de ellos que se cuentan los diferentes conflictos, a través de sus hermosos y transparentes diálogos, y sus importantísimos silencios, quizás más elocuentes y auténticos, con ese revelador detalle del personaje que no habla y solo se comunica con el lenguaje de signos. Sus criaturas son individuos como nosotros, cercanísimos en sus problemas emocionales, en el que cada uno de ellos actúa como reflejo del otro, como espejo deformador de sus propias existencias, donde las diferentes composiciones, en los que abundan los personajes femeninos fuertes y sensibles, como sucede en Drive My Car, con esa Oto y Misaki, quizás dos mujeres muy diferentes o no, que conducirán, y nunca mejor dicho, la existencia y el trabajo de Yusuke. Un grupo de grandes intérpretes como los Hidetoshi Nisgijima, al que vimos recientemente en El teléfono del viento, de Nobuhiro Suwa, da vida a Yusuke, el tipo que encontrará en la actuación la terapia para acompañar y vivir su dolor, aunque quizás la amargura de Vania esté demasiado cerca para poder interpretarlo.

Y los de reparto, igual de importantes que los principales, por la huella y la presencia-ausencia que dejan en estos, como Tôko Miura es Misaki, la joven que también arrastra su herida, y se convertirá no solo en la eficiente chófer de Yusuke, sino en su confidente, y su hermana de dolor, y los dos compartirán mucho más que la mera relación profesional. Reika Kinishima es Oto, una mujer compleja, enamoradísima y una herida difícil de llevar, y finalmente, Masaki Okada es Koshi, el joven actor que aparecerá en las vidas de la pareja de forma inesperada e intensa. Hamaguchi ha vuelto a construir una grandiosa película, como son las grandes películas, de armazón ligero, suave como una brisa frente al mar, y denso y complejo en su interior, con unos personajes cercanos e íntimos, pero convertidos en una especie de islas emocionales, llenos de heridas, llenos de dolor, que les iremos conociendo y sintiendo en su proceso de acompañar el dolor, de mirarlo de frente, de no huir de él, de vivir con ello, porque la vida a pesar de su tristeza y su sin sentido, siempre está ahí para regalarnos una conversación con alguien, una mirada cómplice o simplemente, compartir unas miradas y un silencio que lo dicen todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El brindis, de Laurent Tirard

ADRIEN, EL DESAMOR Y SU FAMILIA.

“¿Conocen este chiste? Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña y dice una: Vaya, aquí la comida es realmente terrible. Y contesta la otra: Sí, y además las raciones son tan pequeñas. Pues, básicamente, así es como me parece la vida. Llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza… Y sin embargo se acaba demasiado deprisa”.

Alvy Singer en Annie Hall, de Woody Allen

En los tiempos actuales, abundan gran cantidad de películas llamadas “comedias románticas”. Que en realidad no son esas deliciosas, divertidísimas e inteligentes comedias que hicieron gentes como Cukor, Hawks, La Cava, Capra, Sturges, Wilder, y tantos otros. Las de ahora son otra cosa. Películas planteadas para entretener y nada más, estereotipadas y en bucle, porque todas son idénticas, con los mismos gags y chistes malos, si que hay amores, pero son tan increíbles que cuesta creerlos. En fin, de vez en cuando, en la cartelera se abre hueco alguna que otra comedia romántica que está contada de otra manera, más cercana a aquellas maravillas que venían de Hollywood, cuando existía.

Con el aroma de las grandes, nos encontramos con  El brindis, un película que tiene algo que la hace especial, y lo consigue a través de lo cotidiano y un personaje memorable y torpe, como lo son los personajes inolvidables. El título que, a simple vista pueda parecer muy alejado del original que es Le discours, no es el caso, porque nuestros vecinos franceses llaman de esa manera al momento del brindis, cuando alguien de la familia nos ilumina con unas palabras, si se da el caso, claro está. Basada en una novela de Fabrice Caro, el octavo trabajo del francés Laurent Tirard, sigue la línea de sus anteriores películas, en la que encontramos de todo, un par de cintas dedicadas al famoso personaje de El pequeño Nicolás, una de la saga de Astérix y Obélix¸ otra con Romain Duris sobre Las aventuras del joven Molière, una serie sobre metacine, y una par de comedias que no desentonaban con Jean Dujardin. En El brindis, todo el peso recae en Adrien, un tipo muy peculiar, neurótico e hipocondriaco, con notables síntomas de inmadurez, una mezcla del Cary Grant de La fiera de mi niña, y del mencionado Alvy Singer, un tipo simpático, pero con muchos conflictos internos.

Con Adrien somos testigos de sus historias y miedos, y no sitúa en dos momentos. En uno, estamos en una cena familiar que Adrien comparte con sus padres, su hermana Sophie y su cuñao. El joven está completamente ausente, ya que está desconsolado, porque su novia Sonia, con la que vivía y de la que está profundamente enamorado le ha pedido un descanso y él lo lleva fatal. Además, su cuñado, un idiota insoportable, le ha pedido el famoso discurso, y Adrien intenta quitarse como sea del engorroso encargo. En el otro momento, nos encontramos en la boda de la hermana y vemos todos los posibles discursos que va imaginando Adrien. La película va de un lado a otro tiempo, presenta, pasado y futuro, como la infancia y adolescencia de Adrien y a otros momentos con Sonia y su familia. No hay descanso, todo se cuenta a un ritmo febril y muy divertido. Tirard consigue una comedia que tiene de todo: amor y desamor, ironía, inteligencia, muchos gags, y sobre todo, una radiografía intensa y muy profunda de quiénes somos, lo que realmente nos preocupa, y lo poco sinceros que somos con los demás y con nosotros mismos.

Aunque todo el entramado argumental y formal de la película, y mucho más en una cinta de estas características, sin un buen plantel de intérpretes como los François Morel y Guilaine Londez como los simpáticos padres, que siempre cuentan la misma anécdota y son un amor, Julia Piaton es la hermana, enamoradísima del imbécil de su novio, Kyan Khojandi, que encima quiere ser guay, una ricura, Sara Giraudeau es Sonia, el amor en descanso de Adrien, frágil y delicada, que acaba hasta el mismísimo de las estupideces e historias de Adrien, y finalmente, un actor como Benjamin Laverhne, que en los últimos años le hemos visto en personajes muy distintos como el tipo que tiene Asperger de Pastel de pera con lavanda, el enamorado de Quisiera que alguien me esperara en algún lugar, el arrogante marqués del siglo XVIII en Delicioso, todos roles donde Lavernhe demuestra sus grandes dotes para la comedia y el drama, y para todo lo que se le ponga de frente, un grandioso intérprete que se hace con la película, lleva a su Adrien a donde haga falta, dándole ese toque de idiota simpático, de un pobre tipo que puede enderezar su gilipollez. Tirard ha construido una comedia romántica con el aroma de las de antes, cuando contaban cosas y trataban al espectador con respeto y admiración, donde se utilizaba el género para hablar de los males e injusticias sociales y emocionales, y aunque en muchos casos ya supiéramos el desenlace, el inevitable beso de los protagonistas contrariados, eso no deslucía en absoluto toda la película, aún más, no nos importaba el final, porque era lo de menos, disfrutábamos de cada desplante, cada equivoco, cada carrera, cada metedura de pata, y sobre todo, nos hacían pensar, reír y sobre todo, disfrutar del cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La crónica francesa, de Wes Anderson

LOS HECHOS Y LOS PERIODISTAS.

“Cualquier escritor, supongo, siente que el mundo en que nació es nada menos que una conspiración contra el cultivo de su talento. No es posible que alguien sepa lo que va a pasar: está sucediendo, cada vez, por primera vez, por única vez”.

James Baldwin

El universo cinematográfico de Wes Anderson (Houston, Estados Unidos, 1969), está dividido en dos mitades. A saber. En la primera, la que comprendería de 1996 con Bottle Rocket, su opera prima, pasando por Academia Rushmore (1998), The Royal Tenenbaums (2001), Life Aquatic (2004), y Viaje a Darjeeling (2007). Todas ellas comedias sobre personajes excéntricos, cualidad que le acompañará en todas sus películas, localizadas en pequeños grupos, más bien familias, ya sean padres e hijos y hermanos, y sobre todo, desarrolladas en ciudades de la América profunda, con esa mirada crítica, ácida, burlona y grotesca del sentir y mediocridades estadounidenses. Con Fantastic Mr. Fox (2009), cinta de animación, comienza una segunda etapa, en que su cine se abre a otras posibilidades estéticas y arriesgadas, eso sí, sin perder un ápice de esos mundos oníricos, extravagantes y fabulosos, llenos de individuos cotidianos, pero llenos de rarezas, estupideces y locuras, donde la estética adquiere un elemento de suma importancia, y el dolorido aumentan, y su historias se hacen mucho más abiertas, y aumentan considerablemente los personajes y los lugares de pequeñas ciudades, pasan a lugares más exóticos y extraños. Moonrise Kingdom (2012), Gran Hotel Budapest (204), su vuelta a la animación con Isla de perros (2018).

La décima película del director tejano que tiene el título de La crónica francesa (Del Liberty, Kansas Evening Sun), sigue la línea de sus últimas películas, y elabora con ingenio y brillantez, una especial carta de amor a la revista que leía en su juventud “The New Yorker” Magazine, inventándose su sección francesa, ubicada en la ciudad de Ennui-sur-Blasé, y lo hace desde el amor a la crónica periodística, a esas personas que bolígrafo en mano relataban los sucesos más extraños y fantásticos que se sucedían a lo largo y ancho del siglo XX. La trama de Anderson escrita por él mismo a partir de una historia ingeniada por él, y cómplices que están casi desde las primeras películas como Roman Coppola, Hugo Guinness y el actor Jason Schwartzman, que se reserva una aparición en la película. La acción arranca con el fallecimiento del querido director Arthur Howitzer Jr., el personal se reúne para escribir su obituario y recuerdan sus “casos”, sumergiéndonos en cuatro historias: un reportero ciclista nos propone un diario de viajes por la ciudad a través de sus zonas más oscuras, sórdidas y deprimentes.

En la segunda de las fábulas, “La obra maestra del cemento”, sobre un demente pintor condenado por homicidio, su carcelera convertida en su musa y amante, y el marchante fascinado por su obra, y enloquecido por todo el dinero que ganará. En “Revisiones de un manifiesto”, es un relato de amor y muerte, sobre el levantamiento de unos jóvenes estudiantes contra la tiranía y el poder, y se cierra con “El comedor privado del comisario de policía”, una historia negra que desprende una trama de drogas, secuestros y exquisitez. No es la primera vez que el cine de Anderson mira a Francia, y a su cine y cultura, ya lo hizo en la mencionada Life Aquatic¸ una especie de retrato muy particular y cotidiano del gran Jacques Cousteau, y Moonrise Kingdom, donde desplegaba todo el abanico de amor al cine de Truffaut y Rohmer, en una tierna y real love story protagonizado por dos jóvenes adolescentes en su primera vez. En La crónica francesa, el amor a lo francés invade cada plano y encuadre de la película, con esos tableau vivants, marca de la casa, que estructuran toda la película, y el blanco y negro de los relatos que contrasta con ese color pop y detallista de la vida en la redacción de la revista.

El sincero y maravilloso homenaje al cine primitivo en la primera historia, al genio de los Lumière y sobre todo, Mélies, en la segunda, podríamos reconocer al cine de entreguerras, al de los Carné, Renoir, Prevert, etc…, con ese blanco y negro sucio y lleno de desesperanza, en una historia tremendamente fatalista, donde cada uno de los personajes está sujeto a la desdicha, a sea personal como social, con su amor fou, donde el amor, el destino y el contexto social dirimen completamente la existencia de los personajes. En la tercera, la sombra de Godard y su película La chinoise es más que evidente, con todos esos estudiantes, sus cigarros Gauloises, sus cafeterías de tertulia política y existencialista con los Camus y Perec, y toda esa discusión sobre todo de la vida, la lucha, el amor, la libertad, etc…, con ese periodista negro que homenajea al gran James Baldwin. Y por último, nos encontramos con el relato de género negro más puro, con polis, gánsteres, putas y gentes de mal vivir, con ese aroma de los Melville, Clouzot, Becker, Vernuill, y otros, del cine francés noir de los cincuenta y sesenta.

Anderson se nutre de sus colaboradores más cómplices y estrechos, empezando por Robert Yeoman en la cinematografía, seis películas juntos, Andrew Weisblum en el montaje, cuatro trabajos juntos, al igual que Adam Stockhausen en el arte, Milena Canonero en el vestuario, y la excelente música de todo un experto como Alexandre Desplat, que repite con el director después de Isla de perros. El reparto, otro tanto de cómplices y amigos, con Bill Murray a la cabeza, como el director de la película, Owen Wilson, que ya estaba en su primera película, como reportero ciclista, Elisabeth Moss como inquietante secretaria, Tilda Swinton como narradora-oradora que explica la segunda de la historias, con un animal y genio Benicio del Toro, como ese pintor mitad loco-mitad animal, con Léa Seydoux, como la musa que le arrebata todo, y Adrien Brody, el marchante enloquecido por su arte. Frances McDormand es la periodista que relata las revueltas estudiantiles de la tercera historia, con un grandioso Timothée Chalamet, un interesante cruce entre Jean-Pierre Léaud y el poeta Georges Perec, bien acompañado por una dulce y fuerte Lyna Khoudri. Jeffrey Wright es el homenaje al gran Baldwin en el relato que cierra la película, con un comisario Mathieu Amalric, que ayudado por su hijo, intenta descifrar el enigma, en la que vemos a Saoirse Ronan como prostituta, y otras apariciones de la película son las de Edward Norton, Anjelica Huston y Willem Dafoe, entre otros.

El cineasta estadounidense ha construido una película maravillosa y asombrosa, convertida en una cinta de culto al instante, como suele pasar con los últimos títulos del cineasta de Houston, llena de ritmo, ágil, laberíntica y caleidoscópica, con esa estructura de muñecas rusas, donde las historias van y vienen por el presente y el pasado, y donde cada personaje, sombra, detalle y objeto adquieren una importancia atroz, en un viaje hipnótico y fascinante por la cultura francesa y esos hombres de prensa, aquellos que ya no quedan, con sus relatos, sus miradas y esa forma de implicarse en lo que contaban, cuando los diarios eran no solo un objeto para informarse, sino una fuente magnífica de conocimiento, entretenimiento, y sobre todo, vitalista. Y este homenaje a su revista y por ende, a su juventud, Anderson lo hace a través de miles de referencias cinematográficas, literarias, teatrales, circenses, desde el teatro del Grand Guignol, esas pequeñas localidades francesas, con su suele adoquinado, que en la realidad es la ciudad de Angoulême, esos bares, esas putas, esa vida bohemia de gentes de vida oscura, escritores sin trabajo, marineros en busca de diversión, mujeres solitarias, amantes sin amor, vidas sin destino, y sobre todo, muchas historias y relatos que se perdían cada día, a cada hora y cada momento, porque todo lo que nos cuenta La crónica francesa solo es una pequeña porción de todas las vidas y existencias que se cocían en esas calles y tugurios, donde todo pendía de un hilo demasiado fino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La historia de mi mujer, de Ildikó Enyedi

EL AMOR QUE SOÑAMOS.

“No es el amor quien muere, somos nosotros mismos. Inocencia primera Abolida en deseo, Olvido de sí mismo en otro olvido, Ramas entrelazadas, ¿Por qué vivir si desaparecéis un día?”.

Luis Cernuda

Muchos conocimos el inmenso talento de la directora Ildikó Enyedi (Budapest, Hungría, 1955), a través de la fascinante y magnífica En cuerpo y alma (2017), una sublime e inquietante historia de amor que jugaba con todo tipo de géneros para envolvernos en un amor difícil y tierno. Con su nuevo trabajo, La historia de mi mujer, en la que adapta una novela por primera vez después de seis película, la del autor húngaro Milán Füst, y la vertebra en siete capítulos, para contarnos el amor de Jakob Störr, una capitán de barco, un tipo de mar, un hombre seguro y valiente en el mar, y en tierra firme, un mar de dudas e inseguro. Frente a él, Lizzy, una francesa joven y atractiva, que se casará con Jakob. Un amor que aparentemente parece ejemplar, pero todo esa apariencia irá resquebrajándose por los celos y las inseguridades de Jakob.

Una película bajo el prisma del capitán, a través de su mirada, a través de su vida y sus sentimientos, magníficamente envuelta en el período de entreguerras, en la década de los veinte, salidos de la Gran Guerra, y disfrutando de un tiempo que será una especie de oasis ante el terror que vendrá en la década siguiente. La cineasta húngara apenas usa un par de personajes, a los que se añadirán algunos otros, pero de forma breve, toda la historia está compuesta por dos almas, dos almas que solo conoceremos a través de una, el capitán de barco que es una especie de Dr. Jekill y Mr. Hide, porque navega siempre en aguas turbulentas cuando se encuentra en tierra firme, comido por los celos, por la amistad sólida e íntima de Lizzy y Dedin (un aspirante a escritor de tío millonario), ahogado por la vida liberal de su mujer, una vida que no entiende, una vida muy alejada a su existencia tranquila, rutinaria y triste en el mar. Enyedí envuelve su relato con la elegancia y la melancolía de muchas novelas que tratan el amor romántico con sus sombras como lo hacían Arthur Schnitzler, Stefan Zweig, Henry James, Edith Wharthon, con esas miradas críticas a una burguesía infeliz y amargada que tampoco conseguía en el amor sus dichas.

La película habla de dos mundos, de dos formas de ver la vida, de dos almas que se aman pero son como el sol y la luna, y todo lo que conocemos lo vemos desde Störr, todo lo que podemos imaginar o soñar, porque el amor tiene esa estructura de ensoñación, de irrealidad, de imaginar e imaginarse, de sentirse otro, de ser aquello que anhelamos, de una fantasía real y falsa a la vez, de sentimientos contradictorios, de ilusiones perdidas, y sobre todo, de idas y venidas, de caminar juntos y por separado, de un tiempo y un mundo imperfectos, de belleza y maldad, de héroes y traidores, de besos y lágrimas, de esperanzas y muerte. La directora húngara consigue una película bellísima, con esa luz que brilla y duele, creando esa inquietante y hermosa atmósfera en un grandísimo trabajo que firma el cinematógrafo Marcell Rév (del que conocemos por sus trabajos para Kornél Mundruczó), el formidable ejercicio de concisión y ritmo del exquisito montaje de Károly Szalai (que ya trabajó en En cuerpo y alma, y en la reciente Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido, de Lili Horvát), que condensa sus 169 minutos en un relato lleno de capas, de sombras y contornos difíciles de descifrar, y el extraordinario trabajo de arte de Imola Láng, que también estaba en En cuerpo y alma.

Tanta sabiduría técnica y formal, tenía que acompañarse de un buen reparto, un reparto a la altura de unos personajes llenos de complejidad y tan humanos, como el capitán de barco Jakob Störr que hace el actor holandés Gijs Naber, auténtica alma mater de la película, que habíamos visto a las órdenes de Verhoeven en El libro negro, un hombre de mar perdido en tierra, lleno de dudas, de tristezas, un enamorado arrastrado por un amor que lo mata que, probablemente no existe, porque la película nunca desvelará sus sospechas de celos y demás conflictos que él cree de su mujer. Frente a él, la siempre maravillosa Léa Seydoux que, a cada trabajo que hace nos deslumbra con su enrome naturalidad, toda esa luz que irradia y sobre todo, toda su elegancia y ambigüedad, toda la que demuestra en su Lizzy, esa femme fatale que deslumbra y ensombrece a Jakob, incapaz de navegar en el mundo bohemio, díscolo y nocturno de su esposa, una mujer enigmática, sensual y llena de vida, quizás demasiada para el bueno y torpe de Jakob. Y finalmente, el amante o no de Lizzy, el actor Louis Garrell, siempre apuesto y cercano en ese traje del escritor que quizás no escribe o si lo hace, no quiere mostrar, un tipo de la vida, de la noche, de las mujeres, aunque apenas sepamos si todo eso es real, porque nos lo cuenta el atribulado y a la deriva capitán de barco.

Recorremos esa Europa despreocupada e íntima después del horror de la guerra, dejándonos seducir por los ambientes parisinos en plena década de la alegría, la libertad y el amor, donde nos toparemos con la presencia de una fascinante Romane Bohringer, entre otros muchas y muchos, tan alejados de la existencia de Jakob, y también, pasearemos por la neblina y la melancolía de Hamburgo, donde el amor de Störr y Lizzy se vuelve diferente, donde el capitán querrá ser quién no es, y donde su esposa seguirá amándole a su manera, o a la manera que él cree que lo ama. Enyedi ha construido una película fascinante y sensual, llena de erotismo y belleza, de amor y desamor, de deseo y muerte, y sobre todo, un relato donde el amor que siente Jakob siempre pende de un hilo, no porque ocurran cosas que lo lleven a esas conclusiones, sino porque su vida y sus ausencias por su trabajo, le imponen un amor lleno de dudas y sombras, porque si queremos amar, o creer que amamos, hay una cosa que nunca debemos olvidar, la otra persona siempre será otra persona, con sus decisiones y sus vidas, y por mucho que creamos que la relación depende de algo racional, olvidamos que la mayoría de nuestras acciones carecen de racionalidad, y mucho de impulsos, circunstancias y hechos totalmente ajenos a nuestra voluntad, y por mucho que queremos ir contra eso, no es posible, y solo nos queda una cosa, algo que realmente podemos hacer, y esa no es otra que, dejarnos llevar por lo que sentimos, así sin más, y disfrutar de cada instante, porque puede ser el último que abracemos a nuestro amor, y no pensar en lo que vaya a ocurrir, porque  pasará hagamos lo que hagamos, porque el destino siempre nos espera a la vuelta de la esquina, y finalmente, nos alcanzará y nada podremos hacer ante él. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Aurel

Entrevista a Aurel, director de la película «Josep», en el marco de la VIII Setmana del Cineclubisme, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el viernes 1 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aurel, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Tariq Porter de Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Libertad, de Clara Roquet

EL ÚLTIMO VERANO.

“Uno no puede ser uno mismo de manera absoluta cuando se está en público, porque estar en público ya te obliga a cierta autodefensa”

John Lennon

Para hablar de Libertad, opera prima de Clara Roquet (Malla, Barcelona, 1988), nos tenemos que ir a sus primeros trabajos, El adiós (2015), una película de quince minutos, en la que nos hablaba de forma muy íntima y profunda de la muerte, a través de la cuidadora sudamericana y de una niña bien. En su segundo trabajo, Les bones nenes (2016), de 17 minutos, retrataba las consecuencias de los actos a través de una niña y su hermana adolescente en un entorno rural. Para su debut en el largometraje, la directora barcelonesa nos envuelve en un verano, el último de la infancia de Nora, una adolescente de 14 años, con su familia, una familia tradicional y conservadora que representa su madre Teresa, y su abuela Ángela, cuidada por Rosana, una colombiana que recibirá la visita de su hija Libertad, a la que no ve hace años. La recién llegada trastocará por completo la existencia de Nora, porque lo que parecía un verano más, aburrida y solitaria por los juegos demasiado infantiles de los pequeños, y las conversaciones ajenas de los adultos, se convertirá en otra cosa, porque Libertad, un año más que ella, le mostrará otra forma de vivir, de relacionarse con los chicos, y una especie de libertad que hasta ahora, era una quimera para Nora, siempre vigilada y caminando por una senda trazada de antemano.

Roquet se ayuda de parte del equipo que le ha acompañado en sus anteriores trabajos como la productora Lastor Media, el músico Paul Tyan, que le da ese toque sutil y triste de los conflictos que atraviesa la protagonista, y la cinematógrafa Gris Jordana, con una luz cegadora en el exterior, e íntima y densa en los interiores, que recoge con precisión los diferentes tipos de luz que había en los cortometrajes citados, y el delicioso y acogedor montaje de la siempre estupenda Ana Pfaff. Libertad no subraya en absoluto las situaciones que se van produciendo, todo está contado desde el interior y la mirada de Nora, que a modo de fábula, nos va conduciendo por esa transición en la que está inmersa. Por un lado, no encaja en esa vida llena de convenciones, de la que se siente muy alejada, una desconocida para ellos, luego, a más está las decisiones de su madre que no entiende, por la hipocresía y falsedad en la que se mueve, luego, su abuela, ensimismada en sus recuerdos y su demencia, en la que entrada de Libertad en la casa y en ese verano que pinta tedioso, dará un vuelco en el todo cambiara. La visitante le mostrará otra forma de ver la vida, más acorde a lo que Nora siente, sus juegos, sus escapadas, sus baños a la luz de la luna, y sobre todo, una vida de idas y venidas, todo lo contrario a la vivida por Nora.

Nos rondan en la cabeza algunas películas que tienen mucho que ver con lo que cuenta Roquet, esa mirada libre, extraordinaria y sensible de acercarse a esos universos familiares, de verano y llenos de oscuridades, como por ejemplo, La ciénaga, de Lucrecia Martel, Tres días con la familia, de Mar Coll,  Las horas del verano, de Olivier Assayas y Una segunda madre, de Anna Muylaert, donde el verano, la familia, las cuidadoras e hijos/as de éstas, juegan un papel fundamental en ese choque de clases, en ese espejo deformador entre los privilegios de unos y las carencias de otros, en esa especie de paraísos invertidos porque lo que materialmente les sobra a unos, emocionalmente les falta. La directora catalana que ha coescrito películas tan interesantes como 10000 km y Los días que vendrán, de Carlos Marqués-Marcet, y Petra, de Jaime Rosales, conoce estos universos burgueses y sus grietas, ya que creció en una familia de estas características, y sabe atrapar de forma sutil y extraordinaria, sus intimidades, sus zonas oscuras y todas sus apariencias y mentiras, y los muestra de forma detalla, intensa y nada invasiva, como deja patente en el cuadro que abre la película, con esas cortinas mecidas levemente por el viento, y de repente, Rosana, las abre y empieza a destapar los muebles ante la inminente llegada de Nora y su familia.

Todo se cuenta sin sobresaltos ni piruetas argumentales, todo encaja de forma maravillosa y llena de sutilezas, el guion escrito por la propia directora, se acoge a un relato lineal, un relato de iniciación, o podríamos decir, un relato de despedida, de ese tiempo de la infancia que Nora está dejando, y entrando en la vida de los adultos, donde todo está bajo la alfombra, donde todo se oculta, donde todo está impregnado de la tristeza y la mentira, de ese mundo que Nora va a huir porque no es el suyo, y sobre todo, porque está provisto de la verdad y la libertad de ser y ejercer de uno mismo, eso que da tanto miedo a los adultos, y por eso siguen el plan establecido desde generaciones. Cada detalle, cada plano y cada movimiento de cámara está supeditado al estado de ánimo de la protagonista, como ocurre con las dos canciones que suenan durante la película: “Pena, penita pena”, de Lola Flores, relacionada con ese mundo de la abuela que se está extinguiendo, y el otro tema que escuchamos, “Si supieras”, de Gloria, que alude completamente a las emociones de Nora, a esa cárcel y esos impedimentos de su madre hacia la joven.

Amén de las interpretaciones brillantes de Nora Navas que es Teresa, la madre de Nora, esa mujer acomodada, que sigue una tradición que ya ni cree ni siente, Vicky Peña como la abuela Ángela, en su mundo, con su enfermedad y ausente y cercana, Carol Hurtado como Rosana, la cuidadora, servil y una más, aunque en la práctica, una menos, y las dos niñas, Nicolle García es Libertad, y María Morera como Nora, que ya nos encantó en La vida sense la Sara Amat, de Laura Jou, se erigen no solo como la pareja protagonista de la película, sino como el contrapunto perfecto a todo el entramado de la historias, con esas dos formas de mirar, de sentir, de esos dos mundos opuestos, tan diferentes, pero que en la práctica, las dos adolescentes tan distintas entre sí, encontrarán ese punto que las une, las acerca, a pesar de sus diferencias, que son muchas, encontrarán aquello que las hace iguales, las ansias por ser ellas mismas, por descubrir el mundo de fuera, sintiéndose que están haciendo algo por ellas, sin nadie que las dirija, que les diga y dejándolas sentir todo eso que andaban tanto tiempo buscando o queriendo encontrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pleasure, de Ninja Thyberg

QUIERO SER UNA PORN STAR.

“Prometieron que los sueños pueden hacerse realidad, pero olvidaron mencionar que las pesadillas también son sueños”.

Oscar Wilde

Habíamos muchas películas que hablan del mundo del porno desde diferentes ámbitos, formas y géneros, adentrándose en el interior de una de las industrias más millonarias del planeta. Pero, quizás, nunca habíamos visto sus entrañas de forma tan cruda, explicita y demoledora como lo hace Pleasure, opera prima de Ninja Thyberg (Gotemburgo, Suecia, 1984), que no es solo una película sobre el mundo del porno, sino que nos sumerge en un universo donde encontramos de todo: neones, éxito, fantasía, miseria, violencia, sexo, y sobre todo, nos tropezamos con una crudísima realidad que se oculta detrás de los focos, detrás de todo ese oropel que vende y vende. Pleasure ya había sido el título de un cortometraje filmado en el 2013, de tan solo 15 minutos, donde Thyberg ya se adentraba en la industria pornográfica, a través de una chica que quería hacer una escena difícil para hacerse un hueco en el sistema.

Ahora se convierte en un largometraje, protagonizado por la debutante Sofia Kappel, de la que luego hablaremos más detenidamente, en la piel de Jessica,  una joven de 19 años que, deja su Suecia natal, para llegar a Los Ángeles convertida en Bella Cherry, y con la firme intención de ser una porn star. El guion escrito por la propia directora y Peter Modestij (que ya estaba en el cortometraje Pleasure), sigue a Bella Cherry por su periplo por la “Big City”, peor muy alejada de los lugares turísticos que tanto se venden, andamos por esas casas en las colinas, donde chicas como ella, veteranas y debutantes, esperan su oportunidad, entrando en ese negocio de exponerse, mostrando carne, acudiendo a fiestas e intentar conectarse con la gente importante. Acompañamos a Bella Cherry a sus pruebas, que siempre van de menos a más, porque no solo hay que demostrar la valía, sino también ser capaz de todo, de participar en escenas duras, donde la joven es humillada, azotada y practicar sexo duro de todas las formas desagradables y dolorosas.

La película se mueve entre un realismo salvaje, son una naturalidad que duele, sin dejarse nada fuera, mostrándolo todo, sin caer en el morbo, sino en captar todos los sentimientos contradictorios de la Bella, que ambiciona un lugar en el porno, pero desconocía por completo todas las pruebas durísimas que tiene que pasar, pero ella sigue adelante, sometida a un grupo de hombres, que dominan el negocio, y dan carnaza y suciedad porque saben que es lo que más vende. La fría y naturalista luz de la cinematógrafa Sophie Winqvist (que también trabajó en el cortometraje Pleasure), capta de manera creíble y sincera todo el interior de la joven protagonista, que se mueve entre la luz mortecina de la casa donde vive, con esa otra luz falsa y artificial de los rodajes, donde todo el resultado final envuelve una realidad muy dolorosa, angustiosa y miserable por la que deben pasar todas las chicas que quieren ser la nueva porn star. El ágil y rítmico montaje que firman Olivia Neerrgaard-Holm (responsable de títulos tan interesantes como Victoria, Holiday y Border, entre otros), y Amalie Westerlin Tjellesen, hacen que el retrato se vea con una gran fuerza, donde las esperas de la casa, y demás, se ven cruzados con todas esas escenas tan viles por las que pasa Bella.

Pleasure sería otra película sin la presencia de Sofia Kappel, auténtica revelación del film, metiéndose en la piel y el cuerpo de Bella Cherry, ambiciosa e ingenua, que transmite todo el esplendor y las pesadillas de su personaje, con esa grandísima fuerza y naturalidad, en continuo debate consigo misma, entre aquel placer que la seduce, y a la vea, todo el dolor y sufrimiento por el que debe pasar para conseguirlo. Kappel muestra toda la vulnerabilidad de un personaje inolvidable, con toda ese ímpetu, su valentía y también, sus miedos, su dolor y sobre todo, su posición de soledad y vacío en ese mundo de sombras, pesadillas y mentira, como les sucedía a otras mujeres que vieron en Los Ángeles y el mundo del cine, una forma de ser felices o no, hablamos de las Betty y Rita de Mulholland Drive (2001), de David Lynch, las mujeres de Maps to the Stars (2014), de David Cronenberg, y la Jesse de The Neon Demon (2016), de Nicolas Winding Refn, entre otras muchas incursiones cinematográficas al mundo de la fábrica de sueños, o pesadillas, porque según se mire y quién lo cuente, porque hay muchas historias, retratos y personajes.

Otro gran acierto de la película es mostrar la industria pornográfica desde dentro y a través de sus personas reales, ya que vemos muchos de ellos interpretándose a sí mismos, como Mark Spiegler, fundador de “Spiegler Girls”, una de las agencias más importantes, o las actrices porno Evelyn Claire, Dana Dearmond y Kendra Spade, entre otras. Ninja Thyberg, auspiciada por el director sueco Ruben Östlund, responsable de grandes títulos como Fuerza mayor y The Square¸ se convierte con Pleasure en una de las directoras más interesantes del actual panorama europeo, porque no solo ha hecho uno de los retratos más profundos, incisivos y brutales del mundo del porno, sino que lo ha construido de forma crudísima y reveladora, con una transparencia que a ratos parece un documento del aquí y ahora, y en otros, una fábula de toda la negritud que encierra ese universo de placer y dolor, con uno de esos personajes que lo tiene todo y le falta todo, alguien capaz de todo y de nada, alguien que se lanza al vacío sin nada que perder, aunque no ha reflexionado en todas esas partes oscurísimas que existen, pero hay que entrar para verlas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA