Una casa junto al mar, de Robert Guédiguian

EL TIEMPO QUE FUE, EL TIEMPO QUE VENDRÁ.

“El pasado es la única crítica completa del presente”

Pier Paolo Pasolini

En el cine de Robert Guédiguian (Marsella, 1953) podemos encontrar lazos y lugares comunes que se suceden en sus trabajos de manera continua, como si se tratasen de retazos o trozos de vida que funcionan de manera propia, pero que pertenecen a una especie de álbum familiar de un lugar, un tiempo y unas vidas. El lugar sería Marsella y sus barrios, con su puerto y sus cotidianidades, el tiempo, el que abarca su filmografía, con 20 títulos, que arrancó en 1981 con Dernier été (Último verano)  y las vidas, la que conforman su trío actoral cómplice formado por Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan (que aparecen en casi la totalidad de sus películas) que conforman entre todos ellos no sólo un grupo de cineastas que vuelven a reencontrarse para contar historias, sino una familia cinematográfica especial, casi única en toda la historia del cine. Un cine del cineasta marsellés preocupado por los más débiles, los de abajo, aquellos que se levantan cada día con la esperanza de seguir manteniendo su trabajo y que sus ilusiones no caigan en saco roto. Unas gentes que pertenecen a la clase obrera, a la que lucha, a la que protesta, a la que resiste en ese mundo cada vez más deshumanizado y terrorífico.

La casa junto al mar, es una película que podría mirarse como un compendio de muchas de las preocupaciones del cine de Guédiguian, aunque aquí su mirada, aunque sea cargada de melancolía y algo sombría, siempre deja algún lugar, aunque sea minúsculo, para mirar con esperanza los días que vendrán, porque a veces, es lo único que tenemos las gentes de nuestra condición. Ya desde su precioso arranque, cuando Ascaride se baja del taxi y llega a ese escenario, entre bucólico y fantasmal, donde no vemos a nadie a su alrededor, como si el tiempo hubiera aplastado sin contemplación ese lugar, mira a su entorno, como si reconociera el lugar y sobre todo, ese tiempo que pasó allí, cuando fue feliz, cuando todo era diferente, cuando había gente. De repente, bajo ese manto de soledad y quietud, una voz amiga la llama y la reclaman desde la terraza de una vivienda. Le esperan Armand (Gérard Meylan) el hermano que decidió quedarse y llevar el restaurant familiar, Joseph (Jean-Pierre Darroussin) el profesor retirado que tiene una novia muy joven Bérangère (Anaïs Demouster) y el padre, que debido a un ataque se ha quedado postrado y ido. Ella es Angèle, una famosa actriz de teatro que vive en París.

Guédiguian nos sitúa en una pequeña cala, cerca de Marsella, alejada del mundanal ruido, entre un mar abierto y una montaña, con ese omnipresente viaducto por donde pasan trenes a toda velocidad. El lugar donde su padre construyó su casa y el restaurant, ese lugar, una arcadia feliz o lo fue, durante un tiempo, donde pasaron tanto tiempo de infancia y juventud, ese lugar que vivió tantos años de esplendor, pero que ahora parece olvidado, detenido en algún lugar de la memoria, perdido entre las brumas del tiempo, porque la película se detiene en el reencuentro de estos tres hermanos y sus recuerdos, que forman parte de su vida, en un momento de sus vidas que parecen quietos, sin camino que caminar, sin tiempo que vivir, alejados de sus vidas, y sus esperanzas. El mundo cambiante ha pasado por encima de ellos, robándoles aquello por lo que vivían, sus luchas, su trabajo, su vida, conduciéndolos hasta un tiempo y un lugar que ya no existe, sólo en sus memorias, en aquel tiempo, la enfermedad y ausencia emocional del padre es toda una metáfora del estado emocional de sus hijos, con ese contrapunto con los más jóvenes, con otros ideales y otras formas de vida tan diferentes a las de ellos, y la amenaza exterior, como los especuladores a bordo del yate o la polícia.

Pero, Guédiguian no se detiene a juzgar que tiempo fue mejor, si aquel que pasó, o este que vivimos ahora, o el que está por venir, nada de eso, su cine es más complejo y rico en ese sentido, su investigación reside en como ese tiempo ha pasado por estos tres personajes, que ha dejado en ellos, y sobre todo, como lo han vivido, y que recuerdan, que sienten ahora mismo, y si al menos, en el tiempo de la película, en este instante, les queda algo de esperanza. Los vecinos ancianos de toda la vida, representan a aquellos que siguen al pie del cañón, o al menos quieren creerlo así, y sienten que también su tiempo pasó, como cuando uno de los personajes mira a su alrededor y observa todas las casas cerradas y se pregunta por lo ocurrido, y el anciano le exclama en tono triste, que lo que ha pasado es el dinero. El cineasta marsellés nos habla del paso del tiempo, de la vulnerabilidad de la vida y los cambios constantes, y lo hace desde el presente (aunque introduzca dos episodios del pasado, como la fiesta de navidad, cuando la gente poblaba el lugar, o las secuencias de la película Ki lo sa?, el momento más hermoso de la película, protagonizada por los mismos actores y filmada en el mismo lugar, pero en 1985, cuando esos mismo personajes, con 30 años menos, representaban la vida, las ilusiones y la esperanza por un mundo mejor) un presente rodeado de quietud, melancolía y recuerdos, algo así como una caja de pandora del que ninguno de los personajes quiere abrir para no darse de bruces con cosas que quería olvidar o pensaba olvidadas.

La película nos habla de la importancia del teatro o la cultura como medio de refugio para soportar los avatares de la vida y una herramienta esencial para reflexionar sobre nosotros, con esas secuencias de seducción y enamoramiento entre Angèle y el marinero, sobre los amores pasados y presentes, como el amor generacional, en el que somos testigos de uno que se extingue y otro que acaba de arrancar. Guédiguian estructura su película de forma sencilla y honesta, yendo al grano de su exploración, apoyándose en la naturalidad de sus intérpretes, y construyendo a fuego lento su trama, con esos diálogos ingeniosos y algunos llenos de amargura, como  los que va soltando Joseph (el personaje que interpreta Jean-Pierre Darroussin) como esa frase que podría definir muchos de los aspectos de la película y del tiempo en que estamos ahora,  “Piensan a la derecha y se sienten a la izquierda”, sin olvidarnos, de la elegancia y sobriedad de su mise en scène, donde el director francés economiza su narrativa para darnos el tiempo suficiente para conocer a sus personajes, escucharlos y sobre todo, no juzgarlos. Detenerse en sus vidas pasadas, presentes y futuras.

La introducción de los refugiados en el último tramo de la película, parece desenterrar antiguos ideales de los hermanos, que encuentran en el hallazgo de tres niños inmigrantes desamparados la forma de reengancharse a todo aquello por lo que lucharon en el pasado y ahora, parecía olvidado y oxidado, o simplemente sin sentido en esta sociedad individualizada y mecanizada. Podríamos ubicar la película en un melodrama familiar, pero en este caso contadas “a cau d’orella”, recordando aquel tiempo, ese otro tiempo, en que el rumor del mar entraba por la ventana una tarde de verano cálida y tranquila, mientras una leve brisa marina inundaba toda la estancia, y  los últimos rayos de luz iban desapareciendo lentamente, mientras a lo lejos escuchábamos a los últimos bañistas recogiendo sus cosas y encaminándose para encarar la noche que se antojaba larga y alegre, como todas las de verano. Una película política, revolucionaria, de resistencia, contada de manera libre y sencilla, una fábula moral, como todo el cine de Guédiguian, en la que se describe la compleja condición humana, con sus miedos, recuerdos e inseguridades, en la línea de las películas de Renoir, Rossellini o Kiarostami, donde se habla de lugares, personas y vidas, o Kaurismaki y El otro lado de la esperanza, un cine humanista de cualquier tiempo, lugar y vida, en el que los personajes como cualquier ser humano de cualquier época, desean algo tan frágil y ala vez tan difícil como estar bien y rodearse de los suyos.

Entrevista a Robert Guédiguian

Entrevista a Robert Guédiguian, director de “Una historia de locos”. El encuentro tuvo lugar el lunes 20 de febrero en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Robert Guédiguian, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Lorea Elso de Golem, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Una historia de locos, de Robert Guédiguian

VÍCTIMAS DE LAS INJUSTICIAS.

“Me gusta pensar que los momentos más importantes de la Historia no tienen lugar en los campos de batalla o en los palacios, sino en las cocinas, los dormitorios o las habitaciones de los niños”

David Grossman

La película arranca de forma magistral y concisa, situándonos en el Berlín de 1921, bajo una luz prodigiosa filmada en blanco y negro, y una sobria ambientación, asistimos al asesinato de Talat Pashá, uno de los autores del genocidio armenio de 1915 a manos de Turquía, llevado a cabo por el  ciudadano armenio Soghomon Tehlirian, y su posterior juicio. El acusado que, se declara culpable, es absuelto. De esta apertura, pasamos a principios de los ochenta en la ciudad de Marsella, en la que conocemos a la comunidad armenia refugiada, y más concretamente a una de sus familias, la cual será el núcleo de la trama que se nos contará.

Robert Guédiguian (Marsella, Francia, 1953) se ha caracterizado por construir un cine contemporáneo, situado en su Marsella, y a partir de comedias con apariencia ligeras y cercanas, ha realizado películas de índole social, en las que habla de temas candentes de los ciudadanos de ahora, como el desempleo, la inmigración, las carencias sociales, todo ello, a través de personajes próximos, cálidos y humanistas, interpretados por los habituales Ariane Ascaride, Gérard Meyland y Jean-Pierre Darroussin. En su 19 película de su filmografía, vuelve a sus orígenes, al pueblo de sus antecesores, a Armenia, su padre era armenio, y se embarca en una reconstrucción histórica, como ya hiciera en el 2006 con Le voyage en Arménie, en la que nos contaba la vuelta de un exiliado y como se encuentra la tierra de su infancia, ahora, Guédiguian ha ido mucho más lejos, y se ha planteado una película compleja y difícil, tanto por lo que cuenta como por los temas que trata.

Guédiguian ha tomado una noticia real, la sucedida en Madrid en 1981, cuando el periodista José Antonio Gurriarán quedó paralítico a consecuencia de un atentando perpetrado por el ASALA (Ejército secreto Armenio para la liberación de Armenia), suceso que llevó a Gurriarán a investigar sobre el tema, y a conocer a sus verdugos, de la que salió la novela “La bomba”. El director marsellés nos cuenta la historia de Aram, uno de aquellos jóvenes armenios/franceses que, instigado por la madre, acaba enrolándose al ASALA, y en una de sus acciones, una bomba que hace volar el coche del embajador de Turquía en París, hiere, dejando paralítico, a Guilles Tessier, un ciclista que casualmente pasaba por allí. Guédiguian realizado una película primorosa, cuidando todos los detalles, filmando en los lugares donde se desarrollaron los hechos y centrándose en la complejidad de sus personjes, hablándonos de varias cosas, por un lado, tenemos a Aram y su lucha armada, con sede en Beirut, en el que asistimos a los conflictos, tanto internos como externos del joven, la cotidianidad en la vida clandestina y su lucha por que su pueblo sea reconocido. Y por el otro, a Guilles, el joven francés que, después de su ardua recuperación, quiere conocer a su verdugo, después que Anouch, madre de Aram, lo visitará en el hospital para expresarle sus condolencias.

El cineasta francés nos habla sobre la culpa y el perdón, en un relato político, que investiga la memoria y la identidad no solamente de un pueblo, sino también la de cada uno, sin olvidarnos, del tema más complejo que aborda la película, el posicionamiento sobre la legitimación de la violencia para defender una cusa justa. Guédiguian no toma partido, nos cuenta su película mostrándonos todas las razones que justifican sus personajes, sin decantarse por ninguno de ellos, no estamos ante un panfleto político, no hay nada de eso, y celebramos enormemente la decisión de Guédiguian, que logra mantenernos en vilo, consiguiéndolo a través de lo más mínimo, centrándose en las historias humanas, que jalonan su filmografía, unos seres que luchan por tirar hacia adelante, a pesar de las dificultades con las que se encuentran, gentes humildes, con dudas y miedos, que se equivocan mucho y pocas veces aciertan, esta vez, el realizador marsellés se ha adentrado en un freso histórico que recorre un siglo del pueblo armenio, que arrastra la desidia y lucha contra el olvido de muchas naciones que no reconocen su triste pasado.

Una película reflexiva, contundente y apasionante, que se va contando con pausa, sin prisas, que consigue apoderarse de cada uno de los espectadores de forma sutil, sin aspavientos ni desmesura, mostrándonos que a veces los ideales que defendemos obedecen más al miedo que a un pensamiento reflexivo, y en ocasiones, el único camino que nos queda es la lucha armada, aunque eso nos obligue a tomar decisiones que vayan en contra a nuestros principios morales. Guédiguian con su habitual Ariane Ascaride y un trío de jóvenes intérpretes, que ofrecen vitalidad y naturalidad a sus personajes, cimenta una historia donde no existen inocentes y culpables, sobre la necesidad de entender primero antes de juzgar, sobre las injusticias cometidas, aquellas que nadie responde, aquellas que se quedaron en el olvido, que hacen daño, pero que el pueblo armenio se niega a ese destino y sigue en pie, valiente y decidido, luchando por ser reconocido.