Entrevista a Manuel Gómez Pereira y Joaquín Oristrell, director y coguionista de película «La cena», en la terraza del Hotel Barcelona Center en Barcelona, el miércoles 15 de octubre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Gómez Pereira y Joaquín Oristrell, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Carmen Balagué, actriz de la película «La cena», de Manuel Gómez Pereira, en la terraza del Hotel Barcelona Center en Barcelona, el miércoles 15 de octubre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carmen Balagué, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.
Antonio Machado
Existen muchas comedias. Está la comedia divertida y entretenida que su objetivo es hacer pasar un buen rato y si puede ser, reventar la taquilla. Está otra comedia, también divertida y entretenida, que va más allá, porque construye un relato lleno de situaciones cómicas a la vez que rescata algo que lo usa para atizar con fuerza a ciertos mecanismos de la sociedad y a esos poderes altivos que manejan a su antojo. Pensamos en el cine de Berlanga-Azcona, un binomio que puso de vuelta y media a las penurias del franquismo y de un país de pandereta y en blanco y negro y lleno de horror, además de construir excelentes comedias negras que reflejaban una sociedad atrasada y vengativa. En La cena, de Manuel Gómez Pereira (Madrid, 1958), basada en la obra La cena de los generales, de José Luis Alonso de Santos, estamos ante una comedia excelente, porque casa con una brillantez exquisita los momentos graciosos con aquellos que retratan aquella España acaba de salir de la guerra, donde las heridas todavía estaban demasiado calientes y tantos unos como otros seguían en pie de guerra.
La trayectoria de Gómez Pereira que abarca más de tres décadas haciendo cine desde que debutara con Salsa rosa (1991), a la que le siguieron estupendas comedias que cosecharon grandes taquillas como Todos los hombres son iguales (1994), Boca a boca (1995) y El amor perjudica seriamente la salud (1996), con un equipo memorable de guionistas como Joaquín Oristrell, Yolanda García Serrano, ambos en La cena, junto al director, y Juan Luis Iborra. Una película que equilibra esa idiosincrasia tan de aquí con una comedia ácida y amarga como las de Chaplin y Keaton, y exquisita y sofisticada, muy Lubitsch, La Cava, Hawks, y más tarde, por los Mackendrick, Wilder, Edwards, y demás autores que desafiaron la hipocresía y la estupidez mediante brillantes comedias que, sin aparentarlo, retratan con inteligencia los males de la condición humana. En la cena, dos personajes aparentemente antagónicos como el teniente Medina y el maître Genaro, uno militar, y el otro, monárquico, se ven envueltos en la preparación de una cena para Franco en el Hotel Palace, reconvertido en un hospital. Los dos harán su propio viaje de conciencia en una España tan destrozada como violenta en la que todavía huele a guerra y sobre todo, a venganza con los vencidos.
Una producción detallista y cuidada en la que encontramos a técnicos experimentados como el cinematógrafo Aitor Mantxola, con más de 40 títulos, que ha compartido películas con Gómez Pereira en series como Velvet y films como La ignorancia de la sangre, que hace todo un entramado de planos y encuadres en una película muy de interior pero llena de movimiento e intensidad. La música de Anne-Sophie Versnaeyen, que ha trabajado con Nicolas Bedos y en la reciente La mujer del presidente, de Léa Domenech, hace un trabajo excelente mezclando pasos dobles y otras melodías que casan a la perfección con el entramado tragicómico que destila la película. Los otros apartados técnicos brillan como el vestuario de Helena Sanchís, que coincidió con el director en la citada Velvet y Las chicas del cable, el diseño de producción de Carlos Amoedo y la caracterización de Amparo Sánchez. El gran trabajo de edición de Vanessa Marimbert, con más de 40 películas en su filmografía, al lado de grandes como Carlos Saura, Esteban Crespo y Fernando Léon de Aranoa, cimenta un relato in crescendo en el que une una gran descripción de personajes, y por ende, de las dos Españas, y sus relaciones, llenas de claroscuros, en sus espectaculares 100 minutos de metraje.
Si el apartado técnico es estupendo, el equipo interpretativo no se queda atrás, en un reparto coral, marca de la casa del director madrileños, encabezados por una pareja que recuerda a los Lemmon-Matthau, en la piel de Mario Casas como teniente, y un gran Alberto San Juan como maître, que trabajó con Pereira en la serie Cheers. Ellos son la película, o quizás, la película son ellos, porque componen dos almas encerradas en una especie de manicomio con barra libre que se ha convertido España y en concreto, el Palace. Les acompañan Asier Etxeandia como un falangista violento y muy desagradable, Nora Hernández y Carlos Lasarte como una pareja joven que lo tiene muy crudo, Elvira Mínguez, una mujer de carácter que no se amilana ante los fascistas, Carlos Serrano, un camarero de los vencedores que pretende a la joven emparejada, Eva Ugarte es la mujer del teniente que busca su oportunidad y finalmente, Carmen Balagué, una cómplice del dúo Gómez Pereira-Oristrell tiene su momento, y muchos más que pululan por la cena intentando sobrevivir. Un reparto extenso en el que cada uno tiene su momento, en una historia que se va complicando y de qué forma, siempre dentro de un orden o un caos, según se mire.
Dentro de la filmografía de Gómez Pereira, una película como La cena nos devuelve a aquel director que construía excelentes comedias, donde el amor y el sexo eran los destinos de los atribulados y perdidos personajes. Esta no se queda atrás, y además, como sucedía en la mencionada El amor perjudica seriamente la salud, se da una vuelta por el franquismo, por esa dicotomía entre la crudeza y la violencia del régimen y las ansias de vivir, amar y descubrir. Con La cena se desenvuelve en el par de meses que siguieron al fin de la guerra, donde las cosas andaban muy calientes en todos los sentidos: unos en la cárcel, otros, sin saber qué hacer, y los de arriba, celebrando con cenas sus éxitos. Un panorama que retrata con acierto e inteligencia esas dos Españas, incluso una tercera… ya verán, en una película ácida y divertidísima y muy elegante, porque no entra en lo grosero y zafio para hacer brillantes gags y momentos muy de slapstick, y comedia negra muy berlanguiana. Para los más jóvenes es un gran ejercicio ver una película como esta, porque además de pasar un buen rato, es también muy aleccionadora en el sentido de retratar la dictadura que empezaba, donde no había sitio para formas de pensar y sentir diferentes, y si no me creen, pregunten a Medina y Genaro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza”
Miguel de Cervantes
Como se mencionaba en la inolvidable Touch of Evil (1958), de Orson Welles, aquello que las fronteras eran los estercoleros de los países. Eso mismo sucede en Un cabo suelto, de Daniel Hendler (Montevideo, Uruguay, 1976), en la que Santiago, un oficial de poco rango de la policía argentina ve algo que no debía y no tiene más remedio que cruzar la frontera con Uruguay y ocultarse en la ciudad y alrededores de Fray Bentos. El agente sólo puede huir, esconderse como una alimaña a la que vienen en su acecho. En esa travesía a lo desconocido, se irá encontrando con individuos como un vendedor de quesos ambulante que toca melodías tristes a la guitarra, un abogado que le encantan los quesos, y finalmente, una mujer que trabaja en una de esas tiendas de frontera que venden de todo y de nada. Vestida como un thriller con toques de comedia negra, con esa mezcla entre la idiosincrasia de la zona, tan peculiar y hermosa, y esa atmósfera de no cine negro tan habitual de los Coen y Kaurismäki.
De Hendler conocemos su gran y dilatada trayectoria como actor con más de 25 años de carrera que la ha llevado a trabajar en más de 60 títulos junto a Daniel Burman, Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll, Santiago Mitre y Ana Katz, entre otros, amén de su interesante filmografía como director con tres largos y una serie, que arrancó con Norberto apenas tarde (2010), El candidato (2016), la serie La división (2017) y la que nos ocupa. Historias llenas de tipos al borde todo y de nada, donde la situación los desborda y deben adaptarse y sobre todo, aceptar sus circunstancias y limitaciones. El policía Santiago se une a estos tipos don nadies, metidos en un embrollo de mil demonios, muy a su pesar, que debe huir, esconderse y encontrar un lugar diferente en un viaje lleno de obstáculos y peligro constante. Hendler no se olvida de los lugares comunes del noir, pero los llena de cotidianidad y de unas situaciones muy cómicas, incluso absurdas, como la vida misma, en la que el género se transforma en un costumbrismo que recoge esos espacios alejados del mundanal ruido que no parecen reales, pero sí lo son. Ese no tempo que recorre toda la historia consigue ese tono triste y melancólico que ayuda a mirar a los personajes de muy cerca y de frente.
La excelente cinematografía de un grande como el argentino Gustavo Biazzi, con más de 40 títulos, acompañando a directores de la talla de Alejo Moguillansky, Santiago Mitre, Hugo Santiago y Ana Katz, entre otros, que ya estuvo en la mencionada La división, construye una forma clásica, de planos y encuadres fijos y de gran factura técnica para darle esa prisión en la que vive el protagonista moviéndose por una zona desconocida y hostil. La música del dúo Gai Borovich y Matías Singer, que ha estado en todas de Hendler, amén de Carolina Markovicz, ayuda a mantener ese suspense y ligereza que se combina en todo su entramado. La edición de otro grande como Nicolás Goldbart, aparte de director, con casi medio centenar de películas, junto a Pablo Trapero, Damián Szifrón y Rodrigo Moreno, cimenta un ritmo pausado y nada estridente, que brilla en su cercanía y naturalidad en sus reposados 95 minutos de metraje, en una película que combina un gazpacho donde hay policíaco lleno de sombras y oscuridades, humor uruguayo donde se describe muy bien una forma de ser, sentir y hacer, con ese tono de tristeza, sin caer en la desesperanza, que tanto define una forma de estar en la vida.
Alguien como Daniel Hendler, con una filmografía impresionante de títulos como actor, debía tener especial elección y trabajo con sus intérpretes que brillan con actuaciones minimalistas, donde se habla poco y se mira mejor, con el argentino Sergio Prina dando vida al huido Santiago, Alberto Wolf es el peculiar y tranquilo vendedor de quesos, Néstor Guzzini es el abogado que recoge al huido, que recordamos en la reciente Un pájaro azul, el uruguayo y reputado César Troncoso, que ya estuvo en El candidato, es otro abogado que asesora a Santiago, Pilar Gamboa, una de las maravillosas protagonistas de La flor, de Llinás, es la mujer que trabaja en el súper de la aduana y que baila los viernes en un club, y además, tendrá un (des) encuentro con el protagonista. Una película como Un cabo suelto huye de los sitios manidos del cine negro, y lo hace de una forma nada artificial, sino todo lo contrario, a partir de esos espacios tan domésticos y tan extraños, casi de otro planeta que hay en las aduanas y los pasos fronterizos, donde unos van de aquí para allá y viceversa en un ir y venir de personas, de historias, de huidas, de amor, de mentiras y de no sé sabe muy bien, porque esos lugares y volvemos a Welles, no pueden traer nada bueno porque está lleno de individuos desconocidos y con muchas cosas que ocultar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Lila Ingolfsdottir, directora de la película «Adorable», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 30 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lila Ingolfsdottir, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Miguel de Ribot de Comunicación de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en el aula. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra”.
Gabriela Mistral
Los más viejos del lugar cuentan que… En la campiña francesa, allá en el otoño de 1889, con las primeras luces del día llegó Louise Violet, una maestra de París que pretendía dar clases a los niños del lugar. Así empieza la novena película de Éric Besnard (Francia, 1964), que vuelve a la recreación histórica y lo rural como hizo en Delicioso (2021). Esta vez, un siglo después, cuando la República obligaba a la educación pública y en un entramado narrativo y formal que no está muy lejos de la citada, porque vemos a un señor rudo y cerrado, terrateniente del lugar, y frente a él, una mujer que llega a su casa con ideas diferentes y de otro lugar, que también escapa de un pasado oscuro. La mencionaba se centraba en la cocina, y los primeros lugares para servir comida, y la que nos ocupa, de la educación y la primera escuela que va haber en el pueblo. El gusto por lo humano y las relaciones que se van entretejiendo a partir de caracteres diferentes es lo que sucede a un cineasta como Besnard que, en los últimos años, su cine ha crecido enormemente tanto en temas como en sus ejecuciones.
Un elemento sumamente ejemplar en La primera escuela (“Louise Violet”, en el original), es su ambientación y atmósfera empezando por su cuidadísimo trabajo de producción, con un excelente equipo que nos traslada a la Francia rural de finales del XIX empezando por los decorados de Virginie Tissot, el vestuario de una grande como Madeline Fontaine, con más de 40 películas entre las que destaca Amélie, Séraphine, Violette, Jackie y la reciente El profesor de esgrima, que ya trabajó en Delicioso, todas recreaciones históricas de ejecución acertadísima. En el arte encontramos a una leyenda como Pascal Chevé con más de 150 títulos con grandes autores de renombre como Jeunet, Frears, Haneke, Ozon, Farhadi, Polanski y Wes Anderson, entre muchos otros, amén de trabajar en la citada Delicioso. Una película de época que no está acartonada, ya que en cada secuencia todo emana cercanía y naturalidad, huyendo de los tópicos que, en muchas ocasiones, encontramos en este tipo de películas, mucho más interesadas en contarnos los grandes nombres y se olvidan de los invisibles y humildes que también forman parte de la historia.
La excelente cinematografía de Laurent Dailland, con más de 40 años de carrera, al lado de Catherine Breillat, Radu Mihaileanu, Agnès Jaoui y Régis Wargnier, en su primera película con Besnard en la que capta con sencillez y fuerza todos los espacios de una película con una luz cambiante porque pasa por todas las estaciones durante casi un año, tanto en exterior como exterior. La música de Christophe Julien, cinco películas con Besnard, y junto a sus habituales Albert Dupontel, Josiane Balasko y Pablo Agüero, entre otros, donde va mucho más allá que el simple acompañamiento y ejerce un elemento imprescindible para recoger todos los altibajos y complejidades humanas que se desarrollan en la trama. El montaje de Lydia Decobert, otra cómplice más que estuvo en Delicioso, amén del cine de Nicolas Boukhrief, donde en sus reposados e intrincados 108 minutos de metraje nos va contando de un modo clásico las peculiaridades de los principales personajes, las diferentes relaciones que se establecen y el conflicto y los conflictos que estallan con la llegada de Louise Violet, una especie de extraterrestre en forma de forastera que deberá ganarse la confianza de unos aldeanos poco dados a las nuevas amistades. La película alberga puntos en común con El cabezota (1982), de Francisco Lara Palop, ambientada en el Asturias de 1857 que relata el enfrentamiento de un aldeano y la maestra porque se niega a llevar a su hijo a la escuela.
En el campo interpretativo tenemos a Alexandra Lamy que alberga más de 40 películas principalmente en comedias populares, que le da una enorme humanidad y complejidad a su Louise Violet que, la República ha dado una oportunidad expulsándola de la gran urbe por resistencia política, y enviándola al rural para reflexionar sobre sus actos. Uno de esos personajes que se quedan en el recuerdo porque no sólo quiere que sus alumnos aprendan sino que les ayuda a convertirse en buenas personas llenas de honradez y humildad. A su lado, Grégory Gadebois, protagonista de las tres últimas películas de Besnard, la ya comentada Delicioso, Las cosas sencillas (2023), y ésta, donde su terrateniente bruto con una gran coraza que esconde un enorme corazón se resentirá al principio y con el tiempo veremos que algo cambia en él. La veterana Annie Mercier recrea un personaje maravilloso, el de la madre del terrateniente, una especie de bruja y muy sabia que habla poco y mira aún más. Jérémy López, otro Delicioso, Jérôme Kircher y Patrick Pineau completan el reparto que se nutre de figurantes de la zona. Vayan a ver La primera escuela porque habla de educación, del hecho de enseñar, hay algo más bonito en este planeta que aprender, escuchar y descubrir el lenguaje, la historia y todo lo que ignoramos y sobre todo, saber y comprender que no estamos tan sólos, que hay más montañas tras los muros del lugar que te vio nacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”.
Gabriel García Márquez
Se cuenta que una vez, en un tiempo pasado, hubo un jugador de baloncesto estadounidense llamado Charles Ray Thomas que, no saltaba, simplemente volaba por encima de todos. Se contó que llegó a España a finales de los sesenta para jugar en el Sant Josep de Badalona, recién ascendido a la élite, donde fue el mejor. De ahí pasó al Barça donde hizo una dupla de oro con Norman Carmichael, mítico jugador de la sección en la que jugó nueve temporadas. Tenía una mujer Linda que lo adoraba y dos hijos pequeños. Pero aquellos de esplendor y de cielo infinito se truncaron con la importante lesión de rodilla frente al eterno rival Real Madrid. Después de todo aquello, la cosa cambió radicalmente, porque Thomas no fue el mismo. Aparecieron el alcohol y las drogas, su mujer lo abandonó y finalmente, un día de 1976 desapareció para volver a aparecer cuatro años después como una noticia que confirmaba su muerte. Una noticia nunca contrastada y por ende, abierta a ser cierta o no. La película Temps mort, de Fèlix Colomer (Sabadell, 1993), recoge su historia y la reconstruye de forma fidedigna, revelando información sobre la vida y la no vida de Charles Thomas, el jugador que voló.
De Colomer hemos visto películas como Sasha (2016), que recogía las vivencias de un niño ucraniano en su verano de acogida en Cataluña, Shootball (2017), que seguía el vía crucis de Manuel Barbero para destapar un caso de abusos en un colegio religioso, la serie Vitals (2021), sobre los primeros meses de la Covid en un hospital en su ciudad natal, en Fugir (2022), seguía a cinco hermanos ucranianos que huyen de la guerra, y El negre té nom, de este mismo año, donde daba buena cuenta del hombre disecado en Banyoles y la búsqueda sobre su identidad. La identidad en relación a lo humano es el leitmotiv de los trabajos del cineasta catalán, en que su cine-investigación se alimenta de seres que, en contra de todo y todos, deciden alzar su voz, luchar por la verdad, la dignidad y la justicia, en un camino lleno de obstáculos y presiones sociales y legales. Un cine bien contado, muy cercano, que usa un lenguaje directo y nada enrevesado, con una estructura con su parte didáctica e informativa, pero sin olvidarse del cine, es decir, con tensión, calma, giros inesperados y sobre todo, un incesante trabajo para destapar casos que han caído en el olvido, en algunos casos, y otros, que no han tenido la información adecuada y han quedado en suspenso.
En Temps mort, con la complicidad del periodista Carlos Jiménez que investigó la figura de Charles Thomas, Colomer hace su Searching for Sugar Man, la película que siempre cita como la obra que lo llevó al documental, y rescata la vida y trayectoria del jugador, y lo hace componiendo una película que se hace con maravilloso material de archivo, en el que vemos a Ramón Ciurana, el señor que lo llevó a España, y algunos fragmentos de partidos de la época, imágenes del propio Thomas y su familia en sus momentos domésticos, e increíbles recreaciones, además de estupendos testimonios familiares del mencionado Ciurana, ex compañeros como el propio Carmichael, con el que eran íntimos amigos, Manolo Flores y Aito García Reneses, grandes jugadores como Santillana y Ramos, entre otros, para trazar un enigmático y contundente viaje por las luces y las sombras de un jugador que iba destinado a marcar una época pero la lesión de rodilla y la depresión lo alejaron de todos y de él mismo. Una película contado con un feroz ritmo, acompañado de una música excelente de Joaquim Badia, que ha trabajado en seis ocasiones con Colomer, amén de Ventura Pons, bien acompañado por temazos de la motown de aquellos años, con una brillante y lúcida cinematografía del dúo Juan Cobo y Pep Bosch, que ya estuvo en Sasha, y el febril montaje de Guiu Vallvé, habitual y pieza capital en el cine del director sabadellense, consiguen atraparnos y llevarnos en volandas por una historia llena de altibajos y sorpresas.
La película evita la sorpresa tramposa, cuenta las cosas de forma honesta y nada especulativa, se centra en los hechos y los relata a partir de lo humano, sin necesidad de volantazos ni estridencias de ningún tipo, todo emana mucha verdad, es decir, vemos a personas que nunca son juzgadas, personas que son escuchadas atentamente, con la distancia justa y dotándolas de un espacio relajado y sin prisas. Temps mort es una gran película y lo es por su humildad y sencillez, con una trama digna del mejor thriller de investigación lleno de giros sorprendentes y totalmente inesperados, erigiéndose en un implacable retrato de historia, y de los personajes anónimos que son rescatados y sacados del olvido injusto del tiempo, porque no sólo nos sumerge en las antípodas de lo que era el baloncesto en España a finales de los sesenta y principios de los setenta, sino que traza un interesante, profundo y revelador cuento sobre la memoria, el tiempo, la amistad, la salud mental, el pasado que nos somete, el presente como oportunidad, y ejecuta un sólido e interesantísimo documento sobre los olvidados, los marginados y los invisibles, que quizás no están tan muertos, y siguen esperándonos para contarnos su historia, la suya y la de nadie más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Pappi Corsicato, director de la película «Jeff Koons. Un retrato privado», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 25 de abril de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pappi Corsicato, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Ferzan Özpetek, director de la película «Diamanti», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el sábado 26 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ferzan Özpetek, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Alba Sala, por su gran labor como intérprete, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El cine nunca es arte. Es un trabajo de artesanía, de primer orden a veces, de segundo o tercero lo más”.
Luchino Visconti
Hubo un tiempo que el cine italiano, de la mano del gran Luchino Visconti (1906-1976), se convirtió en una de las cinematografías más importantes en el apartado de vestuario, porque de la mano del magnífico diseñador Pietro Tosi (1927-2019), erigió ese departamento en uno de los más sofisticados y elegantes, dotando a la ropa un significado muy especial, no visto hasta ese momento. Películas como El gatopardo (1963), La caída de los dioses (1969), Muerte en Venecia (1971) y Ludwig (1972), entre otras. Un cine y una época ya desaparecida. Un cine y una época que el director Ferzan Özpetek (Fenerbahçe, Turquía, 1959), que cuando empezó trabajando como ayudante de directores como Massimo Troisi conoció la sastrería donde trabajaba el citado Tosi. En Diamanti, su película número 14 mira aquel pasado y construye un gran homenaje a aquella sastrería, ahora llamada como “Sartoria Canova”, donde hacen los trajes para el cine.
A partir de un guion de Elisa Casseri, Carlotta Corradi (que trabajó con Özpetek en a serie Los ángeles ignorantes), y el propio director, nos sitúan en la mencionada sastrería que capitanea la temperamental y recta Alberta, que aprendió el oficio en París al lado del gran Balenciaga, y la reservada y apocada Gabriella, que arrastra la pena de su hija fallecida. Con el fabuloso prólogo en que, el propio director turco nacionalizado italiano, convoca a sus actrices a una comida y les explica la película que estamos a punto de ver. Cine y realidad, o más bien, cine dentro del cine, donde el cine registra la vida o viceversa, quién sabe. En la sastrería conocemos al resto de empleadas, todas mujeres, con sus conflictos personales y secretos inconfesables. Estamos ante una película que evoca un tiempo y una forma de hacer cine ya desaparecida. La película convoca un tiempo pasado, o lo que es lo mismo, nos sitúa en una recreación o en sueño, en un año como el 1973, con los encargados de alguna película de Visconti. El relato va por dos caminos. En uno, nos envuelven en la magia del cine, en la dificultad de encontrar el traje que se acomode al personaje, y por ende, a la actriz. Por el otro, vamos conociendo la intimidad de las empleadas, en sus hogares, sus situaciones personales, algunas muy duras.
Özpetek construye una película llena de detalles, en que se respira el aroma de las películas de época del mencionado Visconti, donde cada objeto y color estaba muy pensado. Una cuidadosa cinematografía que firma Gian Filippo Corticelli, con el que ha hecho 8 películas, en que la cámara se mueve de manera elegante por las diferentes habitaciones de la doble planta de la sastrería, en unos deslizantes planos secuencia donde prima el movimiento y la belleza de los colores del espacio. Muy trabajados los departamentos de arte de Silvia Colafranceschi y vestuario de Sefano Ciammitti, así como la música del dúo Giuliano Taviani y Carmelo Travia, que ya trabajaron en varias películas de los Taviani. El montaje de Pietro Morana, otro gran cómplice del director de Hamam, el baño turco, con el que ha trabajado cuatro cintas, en un gran trabajo nada sencillo ya que la película se va a los 135 minutos de metraje, pero en ningún instante se apaga su luminosidad y ajetreo, tanto en el interior de la sastrería, con sus problemas y tejemanejes, y en el exterior de la misma, donde cada una de las mujeres vive su realidad cómo puede, en una sociedad donde todavía las mujeres debían luchar el doble para ser reconocidas y sobre todo, lidiar con unos conflictos que no resultaban muy complejos.
Si el cine del director de La ventana de enfrente destaca es por su gran trabajo con el elenco de sus películas. En Diamanti recluta para la causa a alguna de sus actrices cómplices como Luisa Ranieri como Alberta, la voz cantante con su peculiar oscuridad en París, ya lo verán. La fascinante Jasmine Trinca hace de Gabriella, una alma rota y ausente que lleva su pena como puede. Y las sastras: Geppi Cucciari, Nicole Griamudo, Loredana Cannata, MIlena Mancini, Anna Ferzetti, Lunetta Savino, Aurora Giovinazzo, y más, la nerviosa diseñadora Vanessa Scalera, la mamá Mara Venier Silvana, las “actrices” Kasia Smutniak y Carla Signoris, y algún que otro hombre, como el director Stefano Accorsi, y otros. Un plantel que interpreta con naturalidad que consigue transmitir toda esa comunidad femenina que, gracias a la compañía y la solidaridad, construyen una familia que aborda con valentía y coraje las vicisitudes y demás oscuridades que deben afrontar en la Italia setentera. La película tiene esa dosis de realidad, tan dura y compleja, aunque lo que transmite es esa luz mágica que tenía el cine de entonces, donde cada traje era una obra de arte muy especial e importante, donde cada detalle era fundamental, en que cada pliegue y cada costura tenía su razón de ser. Un lugar donde los sueños se materializan, donde el trabajo, la magia y la fantasía hacían su labor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA